domingo, 18 de mayo de 2014

"Qui credit in me, opera, quæ ego facio, et ipse faciet et maiora horum faciet, quia ego ad Patrem vado"


Dominica V post Pascha

Bien sabemos que, entre las aves, sin duda alguna las avestruces son las más grandes. Su largo cuello  y su aguda mirada les permiten ver a gran distancia y detectar así la presencia de cualquier intruso. Naturalmente, compiten entre ellas en altura, velocidad y fuerza para ser los líderes dominantes de la manada. Las avestruces son animales curiosos, inquisitivos. A diferencia de cualquier otra ave, les fascina todo lo que brilla, de modo que picotean y a veces hasta se tragan alguna pieza de joyería, algún pedazo de alambre o incluso vidrios, una avaricia que podría costarles la vida. Sin embargo, a pesar de su arrogancia y de su genio prepotente, las avestruces conocen una cierta humildad.
Todos hemos oído alguna vez que las avestruces suelen esconderse entre los matorrales pegando su cabeza al suelo. Desde polluelos suelen reposar en el nido con el cuello tendido por tierra para descansar sus cabezas. Y cuando crecen continúan descansando la cabeza en el suelo, aunque su cuerpo sea ya enorme y se alce un par de metros sobre el suelo. Hacen esto no porque tengan miedo de enfrentar los peligros, pues saben bien que sus potentes piernas les consienten fácilmente huir a toda prisa o patear a matar. En efecto, las avestruces tienen uñas muy duras y afiladas. Una patada hacia atrás o hacia delante podría ser letal. Más bien colocan su cabeza en el suelo porque saben que su cuello es la parte más vulnerable de su cuerpo. Y si se aproxima cualquier agresor lo mirarán desde abajo. Así recuerdan que no hay adversario pequeño.
Algo así es el misterio cristiano. Un cristiano nunca es más que nadie. Y en su lucha contra las tentaciones y el pecado no hay adversario pequeño. Imagina que tú fueras lo máximo. Y por encima de ti no hubiera nadie mejor. Muy pronto, al mirar tus defectos y saber que nadie es mejor que tú, caerías en una tremenda desesperación. No habría remedio. Pero no, fíjate bien, el Señor Jesús, después de lavarles los pies a sus discípulos les dijo: «Yo les aseguro: el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán dichosos». Dijo esto el Señor Jesús luego de que él, que es nuestra cabeza, se puso a nuestros pies, como sirviente. Y es ésta la actitud cristiana. El Señor Jesús nos ha enseñado a nosotros sus discípulos que el cristiano debe ponerse a los pies de sus hermanos porque desde esa noche de amor, en que él lavó nuestros pies, siempre hay alguien a quien servir, siempre hay alguien mayor que tú, siempre hay un camino que ascender por el amor con la esperanza de poder ser mejores. Tu hermano, el pobre,  quien te necesita, se vuelve una estrella que alcanzar, una estrella que te traza el camino al cielo y te obliga a aprender el arte de vivir y de amar.
Imagina que el techo de esta iglesia estuviera al ras de tu cabeza. Y que tu cabeza erguida fuera el límite de la iglesia. Difícilmente podrías elevar los ojos al cielo. Tu mirada estaría fija en eso que somos y nada más. Hoy hemos escuchado las palabras del Señor: «Yo les aseguro, el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre». En verdad, grandes cosas hizo el Señor cuando caminó entre nosotros como hombre entre los hombres. Pero su promesa de que nosotros haremos obras aún mayores es tal vez la más grande de sus obras. El Señor dijo que haríamos obras aún mayores porque él iba al Padre. Es que, al ir al Padre, Cristo levantó el techo de la Iglesia. Lo hizo más alto, tan alto que sube de nuestros pies a los pies del Padre, de nuestros corazones al corazón de Dios, de nuestros ojos a la mirada divina. Así, al ir al Padre, Cristo nos dio mucho, mucho, mucho cielo por ascender por las buenas obras. Por eso los templos cristianos siempre son altos, precisamente para recordarnos que Cristo nuestra cabeza se abajó a nuestro suelo, y se puso a nuestros pies, y luego se fue al Padre y nos preparó un cielo que ascender para estar con él: «Cuando me haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes». El camino es Cristo, es su ejemplo de humildad, si lo conoces, conoces a Dios. Si entiendes esto y lo pones en práctica serás dichoso.

domingo, 4 de mayo de 2014

"Mane nobiscum"

Dominica III post Pascha

Todos sabemos que detrás del fuego muchas veces sigue el humo. Tras el fuego del conocimiento, muchas veces viene el humo de la vanagloria, de la soberbia, de la aburrición, la sospecha y la duda. Detrás del fuego del amor, a menudo viene el humo del hastío, los celos, el odio, el abandono. El fuego deja su luz en nuestros ojos. El humo nos deja lágrimas en el rostro y mal olor en nuestros vestidos. Y así, muchas veces después de haber conocido algo de la luz de Cristo, nuestros ojos se ciegan por el humo de nuestra insensatez, y después de haberlo amado intensamente nos olvidamos, por la dureza de nuestro corazón, del fuego que él vino a prender al mundo. El humo ciega nuestra mirada con un velo llorón y maloliente.
Cleofás creía saber todo acerca de Jesús. Y con humo de arrogancia confesó que Jesús «era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo». Una humareda de enojo y decepción se levantó orgullosa del corazón de Cleofás: «Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron». El humo de la duda velaba los corazones de los discípulos y por eso no comprendieron ni amaron el misterio de la tumba y las mortajas vacías. No se alegraron de ello. Les dolía demasiado el vacío de su corazón como para alegrarse de una tumba vacía.
A tientas, en medio de su ceguera, los discípulos acertaron a encontrar el cerrojo de  la puerta de sus corazones y la abrieron con un gesto de hospitalidad que tenía acentos de plegaria: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer». Es como si dijeran: Quédate con nosotros porque el fuego del conocimiento y del amor ya se apaga y muy pronto las densas nubes de nuestra noche de decepciones y hastío lo invadirán todo. Quédate con nosotros, porque no podemos vivir sin una chispa de luz en nuestros ojos, sin el recuerdo de la luz que la esperanza encendió en nuestras almas y que ahora lentamente se apaga». Y la hospitalidad los salvó de la desesperación. La hospitalidad sola con su palabra mágica: «Quédate».
Él conocía hasta sus corazones, pero ellos no lo reconocieron. Caminó con ellos e hizo arder en sus corazones el fuego de la caridad, ese fuego que como cirio de pascua arde sin humo, esa columna que es frescura de día y brillo de noche. Como enseña San Gregorio el Grande, ellos «escuchando los mandamientos de Dios no fueron iluminados, mientras que sí lo fueron poniéndolos en práctica». Aunque no lo reconocieron como Dios verdadero y Vida inmortal, lo amaron como peregrino, y eso los salvó: «Entró para quedarse con ellos».
Al bendecir el pan, al partirlo, al entregarlo, sus ojos lo reconocieron. Pero él desapareció, mostrando así el verdadero misterio de su cuerpo. El cuerpo resucitado del Señor ya no es un cuerpo visible; es más bien un cuerpo que se muestra, que aparece, porque es un cuerpo que se entrega al Padre y a los hombres. En la sangre derramada y en el cuerpo entregado se oculta todo el destino de nuestra humanidad. Nuestros ojos ya no verán más a Jesús. Pero verán su sangre derramada y su cuerpo entregado. Sangre que maquilla la fealdad de nuestra humanidad. Cuerpo que regenera nuestras almas desnutridas. Viendo su sangre derramada en las vidas de cada hombre y de cada mujer que peregrina a tu lado, viendo su cuerpo entregado por tu hermano que tiene un corazón hambriento, cada vez que por el amor digas la palabra mágica de la hospitalidad: «Quédate», habrás visto y reconocido al Señor.