domingo, 13 de noviembre de 2016

"Oportet enim primum hæc fieri, sed non statim finis"

Dominica XXXIII per annum

Desde los primeros tiempos de la Iglesia, los Padres reconocieron que en la Escritura había pasajes oscuros y de difícil interpretación. Por lo mismo, la tradición ha construido hermosos edificios de interpretación, ofrendas votivas que cada Maestro espiritual deja a su paso en nuestras manos como una abuela deja en un recetario sus mejores secretos. Y así como la receta de la abuela puede reconstruir con olores y sabores un hogar entero de recuerdos, así la tradición se vuelve un hogar donde los creyentes pueden saberse a salvo en sus dudas. Así, las mejores mentes dejaron algo al servicio de la fe, así, sin derechos reservados, pues sabían que el autor de la fe no eran ellos sino Dios. Con todo, muchas veces la noche anterior a la predicación de un sermón acerca de algún pasaje oscuro la mente del predicador enfrenta guerras y revoluciones, terremotos, cataclismos, epidemias y, sobre todo, hambre. La sensación de no tener cómo explicar el misterio y el hambre espiritual se encuentran con las palabras de Jesús: «Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes».
Bueno, para tratar de explicar lo que dijo el Señor Jesús en su evangelio acerca de guerras, terremotos y disfuncionalidad familiar, se me ocurre decir algo acerca de lo que sucede en el mar. En el mar existen muchas relaciones de mutualismo. Por ejemplo, existe un cangrejo que carga sobre su concha un cierto tipo de anémona. Así la anémona puede viajar y obtener a su paso variadas presas que le sirven de alimento, y el cangrejo queda bien protegido en caso de que algún pulpo malvado se lo quiera comer. Otras anémonas se alían con algunos peces. Así, al ser organismos que no pueden desplazarse fácilmente y que por tener tentáculos urticantes alejan a sus posibles presas, les viene muy bien que un pez tolerante al ardor de sus tentáculos les lleve algo de comer y encuentre en sus esponjosos brazos un abrigo seguro contra posibles depredadores. Lo malo es que si la anémona muere, su proceso de descomposición puede intoxicar todo lo que está cerca, causando la muerte incluso a sus ayudantes que no siempre logran liberarse de su cercanía a tiempo.
Tal vez lo peor de una guerra, de un terremoto, de una epidemia no es sólo que perdemos aquello por lo que invertimos todas nuestras fuerzas, sino que su misma pérdida hace que se nos vengan encima sus despojos, a la manera como el amor a la patria nos destruye en tiempo de guerra, o como cuando un terremoto desploma sobre nosotros la casa que nosotros mismos construimos. Es como cuando un niño cae del árbol tratando de salvar el papalote que él mismo echó a volar sin más combustible que su imaginación de que se trataba de un gran avión aventurero.
Lo doloroso de ser traicionado por los propios padres, hermanos, parientes y amigos, no está sólo en la herida que abre la traición, sino también en que se desplomen sobre nosotros los restos de la confianza, y ya convertidos en escombros nos aplasten el alma. Con todo, el Señor Jesús nos advierte: «Que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin».
En el otoño del mundo, hay una gran lucha que libran todas las cosas por no caer del árbol de la vida que las sujeta. Aunque el marchitarse es el color inconfundible del despojo, la hoja no se rinde apenas el verdor se marcha. Permanece en la rama hasta que el viento la arranca y el peso de su ocre pérdida la hace caer. Dios nos busca en nuestras pérdidas, como un niño que corre tras las hojas marchitas que el viento hace bailar. Nos sigue en todas nuestras guerras, epidemias y terremotos. Muchos son nuestros caminos hacia la ruina: eso tiene que suceder porque es el misterio de nuestra muerte. Y Dios nos acompaña en todos ellos, para eso se hizo hombre: para correr tras nuestra danza agitada por la música del viento del tiempo, que se lleva todo. Dios baila nuestra danza de hojas marchitas, arrancadas del árbol de la vida. Y así para él no somos algo perdido. Sabe dónde estamos, somos suyos. Pero nosotros, en nuestra caída, sólo lo encontramos en los caminos que él ha escogido para manifestarse, para mostrarse a nosotros, pues no ha querido que nosotros lo encontremos a él en todas las tragedias ni en todos nuestros caminos. Aunque Dios camina con nosotros en todas nuestras desgracias, no ha ligado su manifestación a la desgracia en sí misma. No se nos muestra en la desgracia sólo porque es desgracia. Ha querido manifestarse en los caminos que él ha elegido para mostrar que también eso es gracia.

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