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martes, 12 de marzo de 2013

"Iam non dicam vos servos", 2: San David Uribe


En el primer centenario de la Cantamisa del glorioso Mártir San David Uribe

«Había prisa. El tres de marzo llegaba David a su pueblo natal, Buenavista de Cuéllar. Llegó a las nueve de la mañana y, maleta en mano, se dirigió a la casa paterna en las afueras de Buenavista.
Su madre, que se encontraba en el patio de la casa, lo vio venir, pero no lo reconoció, pues no lo esperaba. Eran días en los que su hijo debía estar en el Seminario, pues los cursos habían iniciado apenas dos meses antes.
—“Allá viene un catrín”, dijo su madre a sus familiares. Pero pronto su corazón de madre le hizo exclamar: —“¡Es mi hijo!”
Gritó llena de gozo y con un dejo de angustia. Gozo porque llegaba su ser querido; angustia, porque temía que alguna enfermedad, algún problema, le hubiera hecho dejar el Seminario. Estaba segura de que su hijo tenía vocación al sacerdocio. Las madres de los sacerdotes parecen tener una especial vocación.
Había oído a su esposo decir a David: “Hijo, tú sabes que los tiempos se están poniendo difíciles para la Iglesia y que en algunos Estados hay verdadera persecución. Se dice que también aquí habrá complicaciones y que perseguirán a los sacerdotes hasta matarlos. Sería bueno que dejaras el Seminario y te dedicaras a otra profesión”. Oyó también cómo su hijo, a quien faltaba poco para dar el paso decisivo, respondía: “No, papá. Debo seguir en el Seminario. Si hay persecución aquí y me quitan la vida, para mí sería una dicha morir en defensa de mi fe”.
Doña Victoriana, llorando de emoción, abrazó a su hijo al tiempo que le preguntaba: —“¿Qué te pasa, hijo? ¿Por qué te viniste?” —“¡Cómo! ¿No recibieron mi comunicación?” —“Ninguna”. —“Pues que ya soy sacerdote y el doce de este mes debo celebrar mi cantamisa”. Tarea fácil resulta imaginar la escena que siguió: abrazos, felicitaciones, besos a esas manos recién ungidas.
Es muy justo suponer que ese mismo día, por elemental cortesía, por respetuosa estimación, y para programar la ceremonia, se entrevistaría con el señor cura del lugar. El Padre Regino Moreno, que así se llamaba el párroco, desplegó su natural entusiasmo pastoral para movilizar al pueblo que fue muy sensible al llamado de su pastor, haciendo honor a su raigambre y abolengo cristianos.
Y ese doce de marzo de 1913, a los bonavistenses les pareció que sus campanas estrenaban sones. Oliendo a trapo nuevo, jubilosos acudieron a la Primera Misa Solemne de un coterráneo».

Tomado del libro Beato P. David Uribe Velasco. Vida y martirio, escrito por el R.P. José Uribe Nieto.

sábado, 2 de marzo de 2013

"Iam non dicam vos servos", 1: San David Uribe


En el primer centenario de la Ordenación Sacerdotal del glorioso Mártir San David Uribe

«Habían pasado tres meses del inicio del último año de Teología. Sabía el diácono David que el presbiterado estaba cerca y que era preciso dedicarse totalmente a la piedad, al estudio y a la disciplina. Unos meses más y sería sacerdote del Altísimo. Pero Dios tenía otros proyectos. Él quería darle a su mártir otra preparación que el Seminario no podía prestarle.
Un día, el Obispo Diocesano, el hierático pero sapiente Señor Francisco Campos y Ángeles, llamó al diácono David Uribe. Acudió obediente, sin sospechar siquiera el motivo del llamado. El sacerdote guerrerense, el P. Antonio Hernández, originario de Pungarabato, hoy Ciudad Altamirano, había sido preconizado Obispo de Tabasco. Había recibido la ordenación episcopal en la catedral diocesana de Chilapa, pero por las circunstancias peculiares del Estado de Tabasco, no había podido tomar posesión de su sede.
La situación en aquella entidad daba signos de mejorar y el nuevo prelado ansiaba estar con sus ovejas. Sabía de la situación política de las tierras tabasqueñas, de los graves problemas y sobre todo de la escasez de sacerdotes. Por eso rogó encarecidamente al Señor Campos que le prestara siquiera por un tiempo a David Uribe, al que deseaba llevar consigo ya sacerdote.
El Señor Obispo de Chilapa amaba a la Diócesis de Tabasco. De Tabasco había salido el tercer Obispo Fray Buenaventura Portillo y Tejeda para venir a esta Iglesia particular de Chilapa. Aunque necesitaba los servicios de David, accedió con admirable generosidad. No podía, sin embargo, ordenar presbítero al Diácono Uribe ni enviarlo a otra Diócesis sin pedirle su consentimiento.
Con exquisita prudencia informó del asunto a David Uribe manifestándole el deseo de que obsequiara la petición del Señor Hernández. Para el Diácono David los deseos del superior eran órdenes y aceptó con su proverbial generosidad, no por el deseo de ser ordenado presbítero con tanta premura, sino porque sentía que era la voz de Dios.
Y así, el dos de marzo de 1913, en la Catedral Diocesana de Chilapa, y por ministerio del Señor Obispo Francisco Campos y Ángeles, fue promovido al Orden de los Presbíteros.
Escribiría más tarde: “Si fui ungido con el Óleo Santo que me hace ministro del Altísimo, ¿por qué no he de ser ungido con mi propia sangre?”
David, tirado, sí, tirado, rostro en el piso, sentía descender sobre él como una lluvia benéfica, cuando el coro de la Santa Iglesia Diocesana entonaba las letanías de todos los Santos. Un día estaría tirado en la tierra que bebería su sangre como la del justo Abel. No podía saberlo él. Pero Dios no podía ignorarlo, y hermosamente, dulcemente, divinamente, acariciaría el alma de su siervo llamándolo al martirio.
El Obispo Consagrante, puesto de pie, solemnemente invocaba sobre ese hombre las bendiciones del Altísimo. “Ut hunc electum tuum, benedicere et sanctificare et consecrare digneris…”,“Que te dignes bendecir, santificar y consagrar a éste tu elegido…”
Con emoción inefable sintió posarse sobre su cabeza las robustas manos del Señor Campos. Un sacudimiento de Pentecostés hacía cimbrar todo su ser cuando el Prelado dejaba caer las palabras consecratorias en el majestuoso latín: “Da, quæsumus, omnipotens Pater, in hunc famulum tuum, presbyterii dignitatem”, “Da, te rogamos, Padre omnipotente, a este siervo tuyo, la dignidad del presbiterio”. Y hasta las médulas de su alma llegarían las palabras: “Innova in visceribus eius Spiritum sanctitatis…”, “Renueva en su interior el Espíritu de santidad”.
Y cuando sus manos eran ungidas, manos que ya podrían levantarse para bendecir, para absolver, para ser un altar de Jesús, para llevar el Pan de Vida a sus hermanos, cuando esas manos eran acariciadas por el Óleo, las contemplaría espantado de su propia dignidad.
Las dulcísimas notas del coro, dulcísimas porque arropaban las palabras del Maestro, tenían un pregusto de cielo: “Iam non dicam vos servos, sed amicos meos”, “Ya no les diré siervos, sino amigos míos”.
Monseñor Francisco Campos y Ángeles, teniendo entre las suyas las recién ungidas manos del Presbítero David Uribe y mirándole a los ojos, le pregunta: “Promittis mihi et successoribus meis reverentiam et obœdientiam?”, “¿Prometes a mí y a mis sucesores obediencia y reverencia? “Promitto”, respodió el sacerdote quebrándosele la voz por la emoción.
Por fin sacerdote, meta de sus juveniles anhelos. Meta que era punto de partida. Principio de un penoso caminar gastándose en el servicio de los demás. Y porque Jesús no le cabía en el pecho, sentía un callado y no identificable deseo de darse, no a cuentagotas, sino de quebrarse como el alabastro de la Magdalena».

Tomado del libro Beato P. David Uribe Velasco. Vida y martirio, escrito por el R.P. José Uribe Nieto.

viernes, 5 de octubre de 2012

"Bonitatem et disciplinam et scientiam doce me", 6: San David Uribe


«Una de las mayores preocupaciones del Excmo. Señor Obispo Campos y Ángeles, luego que tomó posesión de la Diócesis de Chilapa, fue su Seminario, al que encontró con serias deficiencias en todos los órdenes. Tuvo el encomiable acierto de traer a los Padres Eudistas para que hicieran del Seminario un centro de formación de sabios, santos y, por ende, celosos ministros del Señor.
Los Padres franceses no defraudaron las esperanzas del Prelado. El Obispo les dio luz verde para que utilizaran cuanto recurso estuviera a su alcance. Eran relativamente pocos para tan ardua tarea y solicitaron la ayuda del alumno de Teología David Uribe para que, sin descuidar sus estudios, ayudara en la disciplina y en las clases.
El joven Uribe había alcanzado una madurez excepcional, un gran sentido del deber, y Dios le había dado una capacidad intelectual fuera de lo común. Así pudo, en un tiempo relativamente corto, mejorar considerablemente la disciplina del Seminario con energía y suavidad. Sus clases eran amenas y profundas. Sabía despertar en los estudiantes la afición al latín y a la literatura. El estudio del latín es, cuando menos, una verdadera gimnasia intelectual.
El ejercicio del magisterio fue para David una formidable preparación para el ejercicio de la predicación. Sabría más tarde exponer la verdad uniendo felizmente la elocuencia y la profundidad de la doctrina.
El siguiente hecho nos revela cómo sabía David llevar la disciplina: un seminarista causaba serios desórdenes y nadie podía hacer nada para que abandonara su actitud. Se acercó David y le dijo, mirándolo fijamente: “¿Qué le pasa, Don, qué le pasa?” Y eso bastó.
Es justo destacar que, a pesar de ayudar en la disciplina y en el magisterio, David no interrumpió sus estudios de Teología; siguió obteniendo los primeros lugares en los exámenes, y en muchas ocasiones fue escogido para presentar examen público».

Tomado del libro Beato P. David Uribe Velasco. Vida y martirio, escrito por el R.P. José Uribe Nieto.

"Bonitatem et disciplinam et scientiam doce me", 5: San David Uribe


«Ya diácono[1], David Uribe solicitó al Excmo. Obispo Diocesano Dr. D. Francisco Campos y Ángeles—por la situación de pobreza que vivía su familia—le concediera no pagar pensión en el Seminario. Hizo la solicitud cuando estaba por iniciar el cuarto año de Sagrada Teología.

“El infrascrito alumno interno del Seminario Conciliar de ésta, deseando continuar sus estudios eclesiásticos, humildemente y con el respeto debido, suplica a V.S.I. se digne admitirle como alumno agraciado. Promete someterse a los reglamentos vigentes en la casa. Esperando obtener esa gracia de la bondad de V.S.I., le anticipa las más cumplidas gracias.
Dios Nuestro Señor conserve muchos años su importante existencia.
Chilapa, enero 30 de 1913.
David Uribe, Diác.
[Rúbrica]
Al Ilustrísimo y Rvmo. Sr. Obispo Diocesano, Dr. D. Francisco Campos y Ángeles.
Presente”.

Al reverso del documento anterior, se encuentra lo que sigue:

“Gobierno Eclesiástico de Chilapa.
Chilapa, enero 31 de 1913.
Pase al Sr. Rector, para que nos dé su parecer sobre si ha de concederse la gracia pedida. Lo proveyó y firmó el Ilmo. Y Rvmo. Sr. Obispo Diocesano.
M.F. El Obispo.- [Firma]
Por mandato de S.S.I.  y Rvma. Antonio Hernández, Obispo de Tabasco”.[2]

En seguida la contestación del gran formador de sacerdotes, el R.P. Charles Le Petit:

“Seminario de Chilapa, 31 de enero de 1913.
El diácono D. David Uribe siempre ha dado en todo y a todos el mejor ejemplo, y me parece muy digno del favor que pide.
Carlos Le Petit, Rect. del Sem.
[Un sello que dice ‘Rectorado del Seminario Conciliar, Chilapa’]

El Seminario Conciliar de Chilapa estaba a cargo de los Padres Eudistas: hombres sabios y prudentes, especializados en la formación de los sacerdotes. Aunque eran franceses, pronto se adaptaban a su campo de trabajo porque a ello se entregaban con todas sus fuerzas. Ahí estaban los RR.PP. Chapoteau, Piriou, Arístide Righi, y sobre todo el santo varón el Padre Rector Charles Le Petit.
Tan honda huella dejaron estos grandes formadores, que no se ha borrado del todo, a pesar del tiempo transcurrido. Muchos sacerdotes de la Diócesis de Chilapa tienen como un timbre de gloria el haber sido formados por alumnos de los Padres Eudistas».





[1] En el libro “Statu Animarum” de la parroquia de S. Antonio Buenavista de Cuéllar, marzo del año 1912, el Señor Cura D. Regino Moreno dejó asentado bajo el número 2008 y a fojas 14: “David Uribe Velasco, Diácono”. N. del A.
[2] El Señor Hernández ya era Obispo de Tabasco, pero mientras no tomaba posesión de su Diócesis, ayudaba en la Curia de Chilapa. N. del A.


Tomado del libro Beato P. David Uribe Velasco. Vida y martirio, escrito por el R.P. José Uribe Nieto.

viernes, 14 de septiembre de 2012

"Bonitatem et disciplinam et scientiam doce me", 4: San David Uribe


«Era diácono David Uribe cuando el Señor quiso probarlo con el sufrimiento y al mismo tiempo hacerle experimentar la misericordia infinita del buen Dios. Recibió la noticia de que su buena madre se encontraba gravísima y que se abrigaban muy pocas esperanzas de recuperación.
Fue al Sagrario de la capilla del Seminario y con lágrimas pidió a Jesús Hostia le permitiera a su madre verlo sacerdote y que le concediera la gracia de tener madre siquiera los primeros cinco años de ministerio sacerdotal. Y su madre sanó, y entregó su alma al Creador cinco años después. Por eso en la última enfermedad de su madre, decía el Padre David a sus hermanos: “Ustedes pueden pedir la salud de mamá; yo no puedo hacerlo porque me concedió lo que le supliqué hace cinco años”.
De muchos modos prepara el Señor a los que elige al supremo testimonio del martirio; y si el llamado responde con generosidad, va ascendiendo en la ascesis de esa misteriosa vocación».

Tomado del libro Beato P. David Uribe Velasco. Vida y martirio, escrito por el R.P. José Uribe Nieto.