sábado, 10 de octubre de 2020

"La conversione non è altro che lo spostare lo sguardo dal basso verso l’Alto, basta un semplice movimento degli occhi"


Hay tiempos en que el mundo atraviesa noches muy oscuras. Y en esas noches la luz de los santos brilla con nitidez, como diamantes sobre terciopelo negro. Así fue el tiempo de Teresa de Jesús. Un tiempo en el que santos como ella, como Juan de la Cruz, el Maestro San Juan de Ávila, San Juan de Dios y tantos hombres y mujeres espirituales iluminaron las tinieblas de sus noches. Nuestro tiempo, en cambio, no conoce noches verdaderamente oscuras. En nuestras noches pobladas de faros, de alumbrados públicos, de anuncios espectaculares, de asistentes de luz de carretera, no conocemos más la noche oscura, ni el silencio verdadero, ni la oscuridad de ningún camino. Aun así los santos siguen brillando en nuestro tiempo. Es que a menudo Dios los manda a visitar el mundo para llenarnos de esperanza. 

Hace unos días, nuestra Madre la Iglesia agregó al canon de los bienaventurados al venerable siervo de Dios Carlo Acutis. Carlo fue un jovencito que vivió apenas quince años. Y con esos pocos años demostró qué tan poco basta para ser amigo de Dios y preparar la eternidad con él. También el Padre Dom Christian de Chergé solía decir: «Dios tiene mil años para hacer un día: ¡yo tengo sólo un día para hacerlo eterno, y es hoy!»

La fe de Carlo era limpia y graciosa, como suele ser la fe de los pequeños. Ya completa, y sin embargo todavía pequeña. A esa edad la fe es como la risa o como las manos: ya definitivas, y necesitadas de tan poco para estar colmadas. Hay frases de Carlo que me maravillan por su pureza: «La única mujer de mi vida es la Virgen María»; «la Eucaristía es mi autopista al cielo»; y todavía más incisiva: «la felicidad es mirar a Dios, la tristeza es mirarnos a nosotros mismos».

Como benedictinas y benedictinos, creo que desde muy jóvenes aprendemos que la comunidad ha de ser nuestra gran pasión en la vida. Hay que dar todo y dejar todo por ella. Era novicio cuando leí las palabras de Dom Christian: «Este monasterio es como la novia de mi elección, más imperfecta que mi sueño, pero única en su realidad». Sus palabras daban la vuelta al mundo y en mi cabeza en esos años, palabras selladas fielmente con la sangre de su martirio. Para una verdadera benedictina, para un verdadero benedictino, la comunidad es nuestra pasión. Estamos llamados incluso a despertar de nuestros sueños y abrir nuestros ojos a su realidad única, a veces inmadura, a veces envejecida y neurótica, a veces marchita, y seguir cuidando de ella con toda el alma, como del amor de tu vida. Cuando leí por primera vez las palabras de Carlo: «La única mujer de mi vida es la Virgen María», me vinieron también a la mente las palabras de Pedro Casaldáliga: «Al final del camino, cuando se me pregunte: “¿has vivido, has amado?”, abriré el corazón y estará lleno de hombres». Y comprendí que el camino de Carlo era un camino muy diferente del nuestro. La Eucaristía fue su autopista al cielo. Pero nosotros vamos enfrascados en el tráfico de las horas pico. Y a veces recorremos el evangelio «puebleando», como decimos en provincia. Moisés mismo habría sido un fracasado si hubiera puesto una agencia de viajes. Su largo camino por el desierto apenas le permitió gustar el maná, lejano aroma del pan del cielo que cada día alimentaría al mundo. Tomó tanto tiempo llegar a la mesa prometida. Y si Cristo se identifica con quienes han de nacer es precisamente por la larga espera que significó su venida al mundo. La humanidad recorrió tantos caminos antes de encontrarlo. Y eso bien lo sabía Carlo: «Somos más afortunados que los Apóstoles que vivieron con Jesús hace dos mil años. Para encontrarnos con él basta que entremos en la Iglesia».

Pero los santos nunca son un fracaso. Nunca están de más. Incluso aunque sus ideas y mociones no correspondan con la experiencia inmediata de nuestro tiempo. Aun entre las muchas luces mundanas, brillan. Algunos de ellos, como Francisco de Asís o el mismo Carlo Acutis, son hombres no de su tiempo sino del mañana. Vienen de un siglo futuro para llenarnos de esperanza y hacernos anhelar el evangelio ya cumplido.

Pienso que ahora Carlo, desde el cielo, recorre muchos caminos, trayendo sanación y esperanza a un mundo doliente, embotellado, embotado. Pienso que Carlo ahora llena su corazón apasionado de tantas amistades espirituales. Pienso que Cristo ha hecho de él un pescador de hombres con redes sociales. Y pienso que Carlo ha hundido su mirada en la mirada del Padre y nos mira como Dios nos ve, sin tristeza y con entrañable amor.

Mientras tanto, a manera de oración, caminemos con las palabras del Padre Casaldáliga: «Es tarde, pero es nuestra hora. Es tarde, pero es todo el tiempo que tenemos a mano para hacer el futuro. Es tarde, pero aún es madrugada si insistimos un poco».



domingo, 6 de septiembre de 2020

"Si te audierit, lucratus es fratrem tuum"

Dominica XXIII per annum


Hace unas noches entró en mi celda un grillo. Curiosamente su presencia me resultó ingrata desde el principio, a pesar de haber dormido en el pasado muchas noches con música de grillos. Recordé la historia de un sabio que coleccionaba libros. Tenía volúmenes muy hermosos y hermosuras voluminosas en una gran biblioteca. Libros de cantos dorados y tapas cubiertas de tersa piel. Libros de delicadas páginas y preciosos grabados. Lo único malo era que nuestro sabio tenía muchos de esos libros sólo en su mente. Y los libros son más útiles cuando están en el corazón y en las manos. 

Un buen día, comenzaba el invierno, y un pequeño grillo daba brinquitos por el jardín. Había una ventana abierta en la casa de nuestro sabio y por allí entró. Llegó a la cocina y los aromas lo fascinaron. Mordió una manzana, pasó junto a una cebolla y mejor pasó de largo. Pero el grillito buscaba algo más cómodo para pasar el invierno. Subió la escalera a grandes saltos y descubrió la gran biblioteca de suaves alfombras. Se acurrucó y tomó allí una larga siesta.

Esa tarde, el sabio se disponía a disfrutar largas horas de lectura. Llevó una gran taza de té caliente y su pipa encendida; se puso sus pantuflas y su pijama, y se acomodó en su sillón dispuesto a que la noche y el sueño lo sorprendieran absorto en la lectura. Todo marchaba muy bien. Hasta que un crujidito lo sacó de sus cavilaciones. Luego, silencio. Apenas retomó la lectura, el crujidito pasó a tomar la forma de un rasgueo repetitivo. Luego, no cabía duda. Había un grillo en la biblioteca.

Tomó una escoba y se puso a buscar al polizón. Movía libros y libreros y nada. El grillito grillaba a ritmo de música celta, imitando gruñidos de gaita, mientras recorría los volúmenes de leyendas celtas; castañeteaba sobre las historias andaluzas y zapateaba al ritmo de la historia de las revoluciones de México. Así amaneció y nuestro sabio no pudo ni leer ni dormir. Luego el grillito mordisqueó un pedacito de la Metafísica de Aristóteles y se entregó al sueño reparador, y el sabio también le dio tregua.

La noche siguiente, el sabio no sólo planeaba atrapar al grillito y echarlo fuera, al frio del invierno. Había decidido matarlo aplastándolo si era preciso con sus propias manos. Pero todo fue inútil. No pudo leer ni dormir y mucho menos atrapar al grillo. Así pasaron varias noches insomnes, sin lectura tranquila y con grillo. Hasta que en un hermoso atardecer, cercanas ya las melodiosas horas nocturnas, el grillo probó un fragmento densísimo de las Enéadas de Plotino o tal vez algo de algún filósofo decimonónico, y pues le resultó algo indigesto. El pobre grillo se sentía pesado y le costaba mucho trabajo saltar. Fue la primera vez que se vieron cara a cara, el sabio y el grillo. El sabio se le arrojó encima, y el grillo de un salto pasó a otro librero, pero muy pronto se sintió acorralado, los gruesos dedos del sabio casi lo alcanzaban, y finalmente el sabio lo atrapó. Tenía en su mano la maquinita musical más sofisticada que había conocido y le pareció injusto matarlo. Pero pensaba que el grillo merecía un escarmiento. Así que obrando con justicia decidió encarcelarlo el mismo número de noches que no lo había dejado leer ni dormir. Lo llevó entonces a la cocina, hizo un agujero en una cebolla y metió allí al grillito. Puso en la entrada una reja de palillos y el pobre grillo quedó encarcelado, llorando el olor de la cebolla y sin espacio para poder moverse ni cantar.

Así pasaron las horas. Hasta que el triste grillo sintió hambre. No teniendo otra alternativa comenzó a morder la cebolla. Y poco a poco le comenzó a gustar. Descubrió que cuanto más se nutría de ella, más libre era. Y el sabio comenzó a extrañar en su biblioteca la compañía del grillo. Desde que lo había encarcelado el silencio no lo dejaba dormir. Así el grillo aprendió a ser libre nutriéndose en el silencio y el sabio comprendió que el grillo era más que el ruido que hacía: «Yo les aseguro que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Queridas amigas, queridos amigos, el Señor nos enseña que para pedir algo al Padre nos conviene ponernos de acuerdo entre nosotros por el perdón. El perdón nos enseña a nutrirnos y ser libres ante las diferencias, y nos recuerda que los amigos son siempre mucho más que las molestias que nos causan.



domingo, 23 de agosto de 2020

"Tu es Petrus"

Dominica XXI per annum
Hace varios años hubo en nuestro monasterio un monje hospedero muy diligente. Atendía con especial solicitud todas las necesidades de huéspedes, pero no siempre escuchaba bien. En una ocasión, a la hora de servir la mesa, un huésped lo llamó y le dijo: «Disculpe, hermano, ¿me puede traer un hielito?» A lo que el hermano respondió: «Sí, cómo no. ¿Lo necesita ahora mismo?» Y pues el huésped asintió. Entonces el hermano subió de la hospedería al monasterio, con su característica sonrisa, entró en la sastrería, tomó algunos carretes de hilo, pensando que había olvidado preguntar de qué color y bajó a toda prisa. Al llegar le entregó al huésped los hilos y él maravillado y un tanto impaciente le dijo: «No, hermano, le pedí un hielito, no un hilito». Y el hermano, rascándose la frente, dijo: «Ya se me hacía raro. Bueno, ahorita se lo traigo». Entró rápidamente en la cocina, abrió el refrigerador y sacó un puñado de chiles y se los llevó aprisa al huésped. Éste ya menos impaciente comenzó a reír, tomó un bolígrafo y escribió una nota: «Le pedí un hielito, no un chilito». Suele pasar que cuando somos maestros nos preocupa un poco que los alumnos copien las respuestas de sus compañeros en los exámenes. O que se pasen las respuestas en secreto. Pero hay que notar que esto también tiene un cierto arte de escucha. Si pasas la respuesta a un compañero y no te entiende ni escucha bien puede ser un desastre. Más si el examen es de latín o de francés. Hoy asistimos en el Evangelio al examen más importante de todo el magisterio de los Apóstoles. El momento solemne en que el Señor examinó a sus discípulos. No les preguntó ninguna definición dogmática, clara y precisa. Pero tampoco les preguntó nada de su experiencia con él, de los años transcurridos juntos ni de la aventura emprendida. Les preguntó algo muy elemental: «¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Y ustedes quién dicen que soy yo?» Las dos preguntas no exigían saber mucho o haber vivido mucho. Lo único que exigían era saber escuchar. En primer lugar saber escuchar a la gente y luego saber escuchar al Padre: «Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre, que está en el cielo». Tal vez en el fondo nuestra confesión de fe no depende tanto de nosotros, de cuánto sabemos acerca de Dios ni de nuestra experiencia y encuentro personal con Jesús. Más bien nuestro principal examen es cosa de saber escuchar cuando Dios nos sopla la respuesta. Aquel día Pedro supo escuchar: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Y Jesús estableció lo que eso significaría en su vida. El Maestro lo calificó como piedra: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Del mismo modo en nuestra vida el Señor nos examina una y otra vez. El examen sólo nos exige saber escuchar. Pero si logramos hacerlo, él nos hará piedras firmes de fe, amor y esperanza. Basta abrir nuestros oídos y darnos cuenta que él nos pide una y otra vez ser roca firme para edificar nuestras familias como iglesias domésticas. Basta abrir nuestros oídos y entender que hemos de ser piedras firmes para edificar en nuestras alumnas y alumnos el reino que se nos ha confiado. Hay que abrir nuestros oídos y sostener en el amor y la esperanza los corazones dolientes, derrumbados y derruidos por la pena. Inclinemos pues el oído del corazón para edificar como piedras vivas el templo espiritual que es la Iglesia.

domingo, 26 de julio de 2020

"Sei nato originale, non vivere da fotocopia"

Dominica XVII per annum

El Señor dijo que el reino de los cielos se parece a la red que unos pescadores echan en el mar. «Cuando se llena la red, los pescadores la llevan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos». Explicó también el Señor que «lo mismo sucederá al final de los tiempos. Vendrán los ángeles y separarán a los malos de los buenos». Luego le preguntó a la gente si habían entendido todo eso, y ellos le respondieron que sí. En general cuando se sabe dónde pescar hay poco que tirar; pero lo que se tira en realidad se devuelve al mar. Y los peces buenos, que quedan en los canastos de hecho mueren. Tal vez todos respondieron que sí habían entendido todo eso porque les resultaba bastante obvio que la bondad cuesta la vida.
El Señor dijo también que el reino se parece a un comerciante en perlas finas y a un tesoro escondido en un campo. Se trata de una perla y de un campo que valen todo lo que tienes, que te cuestan la vida. En el misterio de la cruz, el Señor dio prueba de ello. Él era el comerciante en perlas finas que estimó la perla más valiosa nuestro corazón. Y por ella derramó las perlas de sus sudores, lágrimas y fatigas, las joyas preciosas de su sangre. Él se despojó y descendió a la tierra de nuestra humanidad. Su corazón fue entonces el tesoro de gracia que él escondió en nuestra tierra. Y compró ese campo al precio de su sangre. Con toda verdad afirma el Apóstol: «Pero nosotros llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se manifieste que este poder procede de Dios y no de nosotros».
Lo que aún me inquieta es esa distinción tremenda entre los peces buenos y los malos. Nuestro corazón muchas veces se sabe dividido. Y además de esas fracturas todos conocemos muchas de las grietas que duelen en nuestra humanidad. Hace poco leí una frase del venerable Carlo Acutis, un joven particularmente entregado al amor de Dios. Decía que «todos nacemos como originales, pero algunos terminan como fotocopias». Al leerla me preguntaba si esta distinción es justa. De por sí es ya complicado anudar los cabos sueltos de nuestra humanidad. ¿Qué necesidad habría de hacer nuevas distinciones?
Pensando un poco en estas cosas recordé un viejo cuento chino. Se trata de un hombre que amaba tanto a los dragones que su casa estaba bellamente decorada con motivos alusivos a ellos. Desde las tazas en que bebía el té hasta las cornisas del techo de su casa, los grifos de agua y la cabecera de su lecho, todo representaba magníficos dragones. Sucedió entonces que un buen día, un dragón que surcaba los cielos al notar la curiosa casa llena de representaciones de dragones sintió que sería muy bien recibido allí por gente que amaba tanto a los dragones. Descendió y se posó en el pórtico de la casa, retozando en el jardín. Se asomó entonces por una ventana y aquel hombre al verlo se llenó de tanto terror que corrió a esconderse y a buscar un arco para dar muerte al dragón en el caso que quisiera entrar en su mansión.
Queridas amigas, queridos amigos. A veces nuestro amor es un amor de retrato, de pintura, de fotocopia. Pero no amamos lo que de veras vale. Al final cuando seremos juzgados dignos del reino nuestro corazón será pesado y su peso es ya el amor. Entonces nuestro amor verdadero o de fotocopia hará la distinción. Ahora el Señor nos ha enseñado a dar la vida entera por el amor verdadero. Y nada falso cabe en ese amor. Él espera también que nosotros le amemos de verdad y que el amor a él sea la perla más valiosa, el tesoro escondido por el cual gastemos nuestra vida entera.

domingo, 19 de julio de 2020

"Domine, nonne bonum semen seminasti in agro tuo? Unde ergo habet zizania?"

Dominica XVI per annum

Hace algunos años un conocido monje era el mayordomo de su monasterio. Como ya hemos dicho, en un monasterio el mayordomo es el monje que se encarga de proveer la despensa y atender las temporalidades de la comunidad. Este monje atendía todas las necesidades de la cocina con ayuda de su gran aliada Nieves. Nieves era una excelente cocinera. Sabía cocinar deliciosos sopes, quesadillas, tamales suavecitos, pozoles, salsas de sabores intensos, carne asada, cecina y muchas otras cosas buenas de aquellas tierras. Nieves sabía usar con maestría y amor los ingredientes y con los mismos sabores podía dar la impresión de hacer sabores siempre nuevos. Siempre que Nieves iba a la alacena tomaba las mismas cosas, harina, aceite, chiles, ajos, sal… ¿y luego?… luego hacía magia. Como la comunidad se hizo numerosa, llegó el momento en que para las grandes fiestas se necesitó apoyo de otra cocinera. Entonces el hermano mayordomo llamó a otra amiga suya que sabía cocinar platillos muy sofisticados. Cuando la nueva cocinera entró en la bodega de la despensa se maravilló de varias cosas que allí había y que nadie había utilizado: sal del Himalaya, alcaparras, palmitos, espárragos, pepinillos, confituras artesanales, aceites de ajonjolí y de aguacate, vinagres de frutas, atún ahumado, arenques, chipirones, zamburiñas y otras rarezas que nadie sabía bien cómo habían llegado allí. Y asombrada la nueva cocinera pasaba revista de todo lo que había, preguntando por qué nadie había utilizado cosas tan buenas, mientras Nieves simple y serenamente encogía a un tiempo los hombros y la comisura de sus labios y dijo: «Ummm, eso siempre ha estado allí».
A veces nos sorprendemos cuando descubrimos algo que siempre ha estado en nuestra vida y no lo habíamos notado. El Señor Jesús en su parábola de amor nos habló de la cizaña que fue arrojada en un campo sembrado con buena semilla. Brotaron juntos hasta que los trabajadores se maravillaron: «¿Que no sembraste buena semilla en tu campo?» Todos quisiéramos que nuestro prójimo no nos sorprendiera con su cizaña. Queremos que mamá sea buena. Y nos cuesta trabajo perdonarle sus neurosis, su aprehensión, sus fatigas por controlarlo todo. Un padre trata de ser bueno y generoso, pero ya antes de cualquier pandemia guardaba una distancia no tan sana que acabó por abrir una llaga de inseguridades y recelos en su familia. Y lo sabemos: todos somos buenos, pero no solamente buenos. En el campo de nuestro corazón hay siempre cizaña que crece junto a la buena semilla: «Eso siempre ha estado allí».
Y Dios no ha querido romper la caña resquebrajada, ni apagar la mecha que todavía humea. «Eso siempre ha estado allí». En primer lugar para aprender la humildad. El pecado y nuestra maldad tienen una cierta funcionalidad. La mentira funciona en su imitación perversa de la verdad. Cuando alguien tiene autoridad moral es fácil obedecerle; pero cuando carecemos de esa autoridad, la arrogancia puede suplirla. La arrogancia, la ira y la mentira funcionan. Pero delante de la verdad de Dios, a la luz de su santidad, comprendemos que por mucho que la cizaña se asemeje al trigo, jamás alcanzará la grandeza de servir de alimento para la vida.

Dios no ha querido arrancar la cizaña porque así nos enseña a ser compasivos, amando lo que es bueno y soportando con paciencia las espinas. Con razón un célebre poeta ha escrito: «No son mis espinas las que me defienden, dice la rosa, es mi perfume». Y es que si la piensas en serio, sin el perfume y la delicada belleza de la rosa, creo que nadie querría un arbusto tan espinoso. No es la espina lo que la defiende; es su perfume. Dios ama el campo de nuestra humanidad por la buena semilla que en él ha sembrado. Para eso vino al mundo, para hacer florecer el perfume de su gracia en la tierra de nuestra humanidad. Ante Dios no es la espina de nuestra arrogancia ni de nuestra mentira lo que nos defiende. Es el perfume que él, compasivo, ha sembrado en nosotros para que nosotros también veneremos el buen olor de Cristo derramado en los corazones de nuestros hermanos.
Cuando lleguemos ante Dios, él, por ministerio de sus ángeles, apartará de nosotros la cizaña, perdonará compasivo nuestras debilidades. Pero no podremos entrar en sus graneros con las manos vacías, sin llevar con nosotros del fruto maduro que él sembró en nuestros corazones. Hagamos ahora lo que nos conviene para la vida eterna.

domingo, 5 de julio de 2020

"Tollite iugum meum super vos et discite a me, quia mitis sum et humilis corde"

Dominica XIV per annum

Hace muchos años conocí una Orden religiosa, cuyo nombre omitiremos por razones obvias. Había en ella un fraile que solía decir que para ser un buen religioso se requería tener lomo de burro, estómago de puerquito, y corazón de paloma. La idea ahora me hace sonreír, pero en ese tiempo me parecía algo muy serio. Con los años he tratado siempre de entender las comparaciones espirituales con ciertas precisiones, observando de cerca la naturaleza de las cosas. De este bestiario espiritual me gustaría arreglar un poco los trasplantes. Preferiría que el buen cristiano, una buena cristiana, tuviera lomo de paloma y corazón de burro. Bueno, es que en realidad las palomas son muy belicosas y enamoradizas de corazón. En cambio, su espalda no carga nada, ni el peso ni los golpes de la vida. Digamos que las palomas siempre viajan ligeras de equipaje.
Hace también varios años conocí a un colombófilo que entrenaba palomas mensajeras. Y bueno, cuando tenemos delante nuestro una bandada de mensajeras pues se nos ocurre que podríamos mandar saludos a medio mundo con la facilidad con que se envían los mensajes hoy. Pero las cosas no son así. Todo el arte de la comunicación con palomas radica en que las palomas siempre vuelven al lugar donde han nacido o a donde han establecido su nidal. Las palomas siempre regresan. Las que se entrenan para mensajeras pueden recorrer muy grandes distancias a velocidades de hasta setenta kilómetros por hora. Pero siempre con el afán de regresar. Entonces, si quieres comunicarte con alguien, tienes que llevarle las palomas a donde se encuentre y cuando ese alguien quiera mandarte un mensaje, simplemente colocará el pequeño colombograma en la patita de la paloma y ella volverá contigo.
A un cierto punto de la vida nos damos cuenta que necesitamos muy poco para vivir, viajamos más cómodos cuando vamos ligeros de equipaje, pero nos hace mucho bien volver. Volver al corazón de Dios, a la fuente del amor. «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera».
Fíjate bien, los burros suelen parecer animales solitarios. No se mueven en tropel como los búfalos o en manada como las cebras. Más bien andan solitarios. Pero los asnos tienen un gran corazón, manso y humilde. A veces pensamos que sus largas orejas son del tamaño de su irracionalidad. Pero en realidad sus largas orejas tienen la finalidad de escuchar a gran distancia los fuertes rebuznos de otros burros. Así, aunque estén lejos, pueden escucharse. Y tal vez esa sea la mansedumbre que cada cristiana, cada cristiano debe cuidar, la mansedumbre de un corazón que sepa escuchar. Muchos de nuestros juicios apresurados vienen más de nuestra carga que de nuestra escucha. Que Dios nos dé la ligereza de espíritu para volar como palomas, llevando sólo el mensaje del evangelio hecho camino en nuestras vidas. Que Dios nos dé un corazón manso que sepa escuchar para crecer en comunión.

viernes, 19 de junio de 2020

Fac cor nostrum secundum cor tuum

In festo Sacratissimi Cordis Iesu

Una Maestra cuenta que hubo una vez, hace mucho tiempo, en un magnífico pueblito, una gran juguetería en la que un ancianito fabricaba hermosas muñequitas y elegantes soldaditos de madera. Todos los días chicos y chicas venían a jugar con ellos. Había un soldadito, el primero que fabricó el juguetero, que tenía un corazón musical, como el de aquellas cajitas que les das cuerda y producen música. Así que cuando los niños venían a jugar, lo primero que hacían era dar cuerda al soldadito del corazón musical y éste sonaba alegres marchas y tonadas que ponían a los demás soldaditos a hacer un gran desfile, mientras las muñequitas patinaban y bailaban graciosamente y los payasitos hacían piruetas y acrobacias. Todos eran así alegres y disfrutaban grandes tardes de jolgorio. Un día, sin que nadie supiera cómo, llegó a la juguetería un soldado que no tenía corazón. Escuchó la música y la fiesta y se sintió enojado y vacío. Así que una tarde de lluvia, en que no había niños en la juguetería, empujó al soldadito del corazón musical y éste cayó fuera de la vitrina hasta rodar fuera de la juguetería. La lluvia lo arrastró y pronto estaba lleno de fango, mientras la gente que corría a cobijarse de la lluvia lo pisoteaba, dejándolo muy maltrecho.
En la juguetería muy pronto cambiaron las cosas. Ya no había música ni bailes. En su lugar había gritos de guerra y explosiones de terribles combates. Y los niños jugaban a la guerra. Todo era muy triste. Un día, una niña caminaba cerca de la juguetería y de pronto vio entre los charcos de la calle algo que brillaba. Era el corazón musical del soldadito. Recogió el juguete pisoteado y maltrecho y todavía pudo apreciar en su carita raspada algo como una sonrisa. Fue corriendo a casa y al llegar pidió a su padre si podía arreglar el juguete que había encontrado. Su padre sonrió con ternura y dijo: «Está bien, tomará algo de tiempo pero lo puedo arreglar».  Lavó el juguete y lo pintó de nuevo. Lo más difícil sería arreglar el corazón. Había que remover la herrumbre, devolverle el brillo, y aceitarlo. Cuando hubo terminado, el padre sonrió complacido y dijo: «Muy bien, ahora sólo falta afinarlo de nuevo para que vuelva a sonar». Así que puso su oído en el corazón de la niña y comenzó a afinarlo al ritmo de su corazón. Y el soldadito volvió a sonar. Fue corriendo entonces la niña a la casa del juguetero, tocó con fuerza y le dijo: «Pronto, tengo algo que entregarle». Abrió su mochila y sacó al soldadito del corazón musical. El juguetero asombrado le dijo: «¿De dónde lo has sacado? Es el primer soldadito que fabriqué. Su corazón es mágico y tiene el poder de llevar armonía y felicidad al mundo entero».
Queridas amigas, queridos amigos, Dios creó nuestro corazón para que llenara de armonía al mundo entero. Y por la armonía dominara todo lo creado. Pero la envidia del diablo hizo que nuestro corazón cayera en el fango del pecado. Entonces surgieron guerras, divisiones y rencores entre nosotros. Nuestro corazón se fue ensuciando hasta ser incapaz de producir armonía y de encontrar la felicidad. Como la niña, Cristo nos condujo a la casa del Padre. La cruz fue el taller en que el Padre nos hizo de nuevo. Y a nuestros corazones desafinados por la desemejanza, los quiso afinar según el corazón de su Hijo, para que quienes aprendan de él a ser mansos y humildes de corazón puedan hacer resonar la música que trae descanso al mundo entero.
Por eso, por muy ruidoso que sea el mundo, Dios siempre hará sonar una nota de armonía si nuestro corazón es semejante al de su Hijo. Por muy oscuros que sean los tiempos, Cristo ha encendido una luz de amor en nuestros corazones. Dejemos pues brillar esa luz y resonar la armonía que devuelve la alegría al mundo. Fac cor nostrum secundum cor tuum.