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domingo, 29 de septiembre de 2024

"Sed sunt sicut angeli in cælis"


In solemnitate Sancti Archangeli Michäelis, Gabrielis et Raphäelis

 


Ya era tarde. La llave desde fuera dio la segunda vuelta en la cerradura de la carpintería. Por hoy el viejo carpintero daba por terminado su trabajo. Dentro de la carpintería se quedaba todo pendiente. Las virutas dispersas en el suelo. Las herramientas más o menos ordenadas. Muchos trabajos por terminar, y muchos sueños y proyectos esperando su turno para saltar entre las manos amables del carpintero y el metálico rigor de sus herramientas hacia el mágico mundo de la realidad.

Una caja que apenas estaba tomando forma se puso a conversar con un cajón. El cajón le aseguraba que pronto estaría lleno de cosas importantes, probablemente en la alcoba de una hermosa princesa, en la oficina de un gran banquero, o en el escritorio de un maestro brillante. Es que él ya estaba casi terminado. Ya se veía, entrando y saliendo para ofrecer cosas importantes, joyas, alhajas, sellos, reglas, gises, ¡qué sé yo!

Y nuestra caja pensó que tal vez ella, cuando estuviera terminada también sería un cajón lleno de cosas importantes. Todavía estaba terminando de pensarlo, cuando ya el cajón tenía listas las palabras exactas para sobajarla, esas palabras de cajón que embonaban muy bien con la ocasión: «Lástima que tú nunca serás un cajón, eres demasiado delicada para eso. Las cosas importantes son de gran peso, ¿eh?... Debilucha». Nuestra caja se sintió, pues, vacía. De cosas y de sentido.

Una gran caja entonces le habló: «¿Se puede saber por qué estás triste, pequeña cajita?» A lo que nuestra caja respondió: «No lo sé, me siento vacía». «Espera, espera—se apresuró a decir la gran caja—, no te sientes vacía: estás vacía, ja,ja,ja,ja,ja. Pero vamos, eso no tiene importancia». Nuestra cajita le contó a la gran caja el incidente del cajón, y ésta trató de consolarla: «Vamos, no seas tan sensible, ni que fueras de cristal. Ese cajón es un pesado, pero lo que no sabe es que no viajará tanto como yo. Los cajones como él llevan una vida muy sedentaria, encerrados en su trabajo lo más que recorren son unas decenas de centímetros para entrar y salir. Yo en cambio, soy una caja mensajera, y viajaré por todo el mundo». «¿Una caja mensajera? ¿Cómo así?—replicó sorprendida nuestra cajita—, había oído de palomas mensajeras pero no de cajas mensajeras». La gran caja respondió entusiasmada: «Nosotras somos grandes cajas que la gente utiliza para enviar cosas por el mundo. Viajamos de un país a otro en grandes aviones, poderosos barcos, trenes parsimoniosos, y en grandes camiones con música de banda. Los comerciantes y mercaderes nos esperan con emoción, siguen nuestro recorrido por el mundo, y aguardan nuestra llegada». Nuestra cajita ya estaba imaginándose con su pasaporte, viajando por el mundo, pero, como si le leyera el pensamiento, la gran caja se apresuró a borrarle los sellos de sus ilusiones: «Lástima que tú no puedas ser una gran caja viajera. Verás, nuestro mundo es muy rudo. Unas cajas viajamos encima de otras, sin importarnos mucho la incomodidad del peso. Pero tú eres tan... ¿cómo decir?... Delicadita... Que si estiban una caja de mis dimensiones sobre de ti, quedarás convertida en aserrín, ja,ja,ja,ja,ja. Pero..., no te preocupes... Si no te barren y alguien junta el aserrín y lo comprime, tal vez un día puedan hacer de ti una caja de verdad».

Nuevamente nuestra caja se sintió vacía. Un gato saltó de un pequeño cajón blanco. Y el cajón le preguntó a nuestra caja: «¿Por qué tan triste? ¿Te sientes mal? ¿Estás enferma?» Todavía estaba nuestra caja pensando quién era el cajón blanco, cuando, como si le leyera el pensamiento, el cajón explicó: «Soy el cajón del veterinario. Por ahora gatos y ratones entran y salen de mí, pero llegará un día en que huirán de mí, ya lo verás, pues sólo guardaré amargos medicamentos, dolorosas jeringas, frascos de inyecciones, asquerosas pastillas desparasitarantes e incómodos collares antipulgas... En fin, todo aquello que te hace sentir fatal, para que te sientas mejor». Y estaba a punto de decir que a ella también le gustaría curar a la gente y a sus amigos, cuando el gatito volvió al cajón para contiuar con su larga rutina de sueño y el cajón blanco volvió al silencio como por respeto al gato.

Se hizo de noche. Y nuestra caja sentía miedo de quedarse vacía para siempre, como el oscuro taller del carpintero. Pero de pronto una débil y hermosa luz hizo resplandecer la vacía oscuridad con su debilidad. Era un hada, la misteriosa asistente del carpintero, que se encargaba de llenar de magia, lo que con sus manos y sus herramientas el carpintero hacía vacío. Es que todos los carpinteros sólo construyen el vacío. La magia la pone esa misteriosa hada. 

Se acercó el hada a nuestra caja, y la miró complacida: «Está casi terminada», pensó. La acarició con sus manos, pero no quiso llenarla con nada. Más bien puso en ella seis cuerdas. Nadie sabe si para impedir que entrara algo en ella y perturbara el vacío, o más bien para no dejar que el vacío se escapara de ella. Lo cierto es que las seis cuerdas estaban allí, en la entrada de la caja. 

A la mañana siguiente, cuando la llave giró la cerradura dos veces. El carpintero corrió a acariciar el milagro. Comenzó a rasgar las cuerdas, y su sonido muy pronto se convirtió en melodía, en música, en canción. Y nuestra caja, se convirtió en guitarra. Comprendió que ahora ella guardaba cosas importantes; comprendió que era una caja mensajera, y un cajón de medicina. Todo junto.

Queridas amigas, queridos amigos, hoy celebramos el misterio de los arcángeles de Dios. Es curioso, el evangelio nos muestra algo de lo que será también nuestro misterio compartido con el de los ángeles en el cielo: «No se casarán ni serán dados en matrimonio». Esto no significa que entre los ángeles no haya amor, ni que nuestra vida futura no sea una vocación de amor. Amaremos libremente a todas y a todos. Pero lo que habrá desaparecido es la necesidad de poseer para proteger. Ahora existe la institución matrimonial, porque el amor en el tiempo presente corre muchos riesgos, atraviesa grandes peligros. El matrimonio, la alianza cristiana, con la fuerza sobrenatural de su sacramento, es la caja robusta y firme que protege el amor, lo lleva a todas partes y lo sana. Pero en la vida futura, cuando el amor no correrá ya ningún riesgo, no requeriremos una caja protectora. Seremos, más bien, como los ángeles. Pues bien sabemos que existen las posesiones diabólicas; pero no existen las posesiones angélicas. Si la posesión diabólica resulta tan dolorosa y angustiante, tanta gloria y majestad del ángel, no la soportaríamos. El ángel no es carnal ni es posesivo. Ama, permítanme decirlo con palabras insensatas, ama como un instrumento musical a su música. Una música que a un tiempo es suya y no le pertenece. La mano divina toca el abismo de interioridad que es el ángel, y en él todo se llena. Resuena entonces la armonía más importante para el mundo, el mensaje del amor divino y de su belleza que es medicina para todo ser viviente. Con toda razón un Maestro cristiano se pregunta: «¿Cómo podremos cantar nuestro eterno agradecimiento a Dios, si no permaneciera en nosotros la conciencia y la memoria de lo que le debemos?» Así, en la vida futura, el abismo de cuanto somos, de cuanto hemos conocido y amado, será armonía, si es la mano de la caridad divina la que pulsa las cuerdas de nuestra historia. Que Dios nos conceda ser instrumentos vacíos por la humildad y el desapego, para llenarnos con la armonía de su amor, de su comunión. Y que podamos también nosotros conservar lo que vale a los ojos de Dios, llevar al mundo su palabra, y sanar el dolor de las almas.

martes, 15 de agosto de 2023

"Domine, dilexi decorem domus tuæ et locum habitationis gloriæ tuæ"

La Escritura nos enseña que Dios habita una luz inaccesible. Y es que en el principio, cuando dijo Dios: «Que exista la luz», fue creada la luz espiritual, que es la creatura angélica. Los ángeles participan de la eternidad de Dios, y desde que fueron creados se adhieren a la beatitud de Dios con el afecto de una dulce y bienamada contemplación. Su único deleite es Dios, y gozan de su misterio con perseverantísima pureza. A esto se refiere el salmista cuando dice: «Dios mío, qué grande eres. Te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto». Es que Dios inhabita eternamente con la luz de su felicidad la ciudad santa que son los ángeles. Ellos contemplan las delicias de Dios sin el hambre del que busca el pan entre las piedras. Y nosotros, que peregrinamos bajo la inclemencia de los tiempos, nuestra alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. Las lágrimas son nuestro pan, mientras buscamos a Dios y anhelamos habitar en esa casa sagrada en que los ángeles, como una tierna madre, nos harán gustar el cálido afecto y la dulzura de las delicias de Dios. Los ángeles son la casa de Dios, su ciudad santa. Cada uno es un castillo de interioridad, una torre elevada para alcanzar misterios, una muralla sólida, una fortaleza. Con toda verdad el salmista canta: «Domine, dilexi decorem domus tuæ et locum habitationis gloriæ tuæ», «Señor, yo amo la belleza de tu casa, el lugar donde reside tu gloria». Tú, Señor, muchas veces me has enviado tu ángel, que como desde una torre altísima me ha hecho vislumbrar desde lejos tus sagrados misterios. Porque mandas tus ángeles para que nos guarden en tus caminos y como con alas invisibles protejan tu obra en nosotros, abriéndonos las ventanas de tu ciudad santa para llenar los ojos del alma con la claridad de la esperanza. «Señor, yo amo la belleza de tu casa, el lugar donde reside tu gloria».

Tú, Señor, me has permitido ver la luz de este mundo portentoso. Desde niño iluminaste y protegiste mi vida con el amor seguro de una pequeña familia creyente y fiel. Mis padres me guiaron por las vías de la fe. Y alegraste mi mirada con el plumaje de tus pájaros, los juegos de tus peces, la belleza de tus flores, la suavidad de tus creaturas. La cuidadosa mirada de mi madre me enseñó a ver todas estas cosas. Tú, Señor, has hecho resonar por todo el orbe de la tierra la voz de tu melodía que canta: «Ecce quam bonum et quam iucudum habitare fratres in unum», «Vean qué bueno y qué alegre que habiten los hermanos unidos». Con toda verdad enseña el bendito Agustín que pronunciaste esta voz tuya y «se animaron los hermanos que querían vivir unidos. Este verso fue trompeta para ellos». Así creaste los monasterios como tu casa y ciudad santa, fortificada por la bondad y la alegría de permanecer en la unidad. Tú, Señor, también me hiciste oír tu voz. Y, cuando era apenas un muchacho y no sabía hablar, mis padres me condujeron para habitar en tu casa—tú, Señor, que nunca olvidas a nadie, no te olvides de sus lágrimas y de sus manos vacías cuando volvían a casa—. Ya entonces «amé, Señor, la belleza de tu casa, el lugar donde reside tu gloria». Guardé en mi memoria tu alabanza para que tú, Señor, no olvides mis plegarias. Amé tu sagrado servicio y la solemne belleza de tu santa liturgia. «Memento mei, Deus meus, pro hoc». La suavidad de tu yugo me dio hermanos y una regla de vida según el espíritu de san Benito. A ti te confiesa mi alma, más con lágrimas que con letras y voces. Yo fui tu amigo, tu confidente, tu profeta. Adornaste mi mente y mi palabra con el sagrado carisma de enseñar, y me concediste un lugar entre los que narran la gloria de tu Verdad. Tú, Señor, que con el fuego de la caridad haces de muchas almas una sola, en tu magnanimidad has iluminado mi mente con la claridad de tantos maestros y maestras, y has llenado mi corazón con el afecto de amigos y amigas, peregrinos de la misma aventura de la vida, del amor y de la fe. Guárdalos siempre en el temor de tu nombre y líbralos con la ternura de tu bondad.

Cuando descendiste, Señor, por el misterio de tu encarnación y de tu nacimiento, hiciste de María Virgen tu ciudad santa, construida en lo alto del monte de los ángeles. Porque la altura espiritual de la Soberana irreprensible no conoce la bajeza del pecado. Ella no mereció el dolor porque en ella jamás hubo mancha de pecado. Sin embargo, ella es una torre de fino y alargado marfil y también una hermosa torre con los escudos de mil héroes. Así nos muestra la Sapientísima Maestra que la altura del blanco dolor es la misma que la altura de la gloria del heroico amor puro. En cuántas noches oscuras, la lámpara encendida de la Virgen prudentísima ha brillado como una ciudad construida en lo alto del monte del dolor y del amor, para llenar mis ojos de consuelo y esperanza. 

Tú, Señor, con tus trabajos y tus fatigas, con tu predicación y tus largas horas de camino, y toda tu vida entregada a la salvación de los pecadores, sembraste tu palabra en el campo del mundo y plantaste la viña de tu reino. Pusiste en mis manos por el don del sacerdocio el pan de tu cuerpo y el vino de tu verdadera sangre. Admite a la mesa de tu reino a todos los que has alimentado con tu gracia por mis manos.

Tú has dicho que «las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos», pero tú no tienes donde reclinar la cabeza. En tu agonía y tu pasión, en medio de tus crueles angustias y tu desamparo, abandonado en todo a la voluntad del Padre, hiciste de la cruz tu última morada terrena y anidaste en ella rodeado de las espinas de nuestras maldades. En el nido de nuestra crueldad reclinaste tu santa cabeza para entregar, con tu muerte, el Espíritu que da vida, e hiciste brotar del umbral abierto de tu sagrado corazón, la sangre de tu gran misericordia y el agua viva de tu perdón. «Tú lo sabes todo». Sabes que no soy digno de habitar en tu ciudad santa, en la luz inaccesible de miríadas de ángeles, en la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo. Ábreme, pues compasivo el umbral de tu sagrado corazón, en el que acogiste el llanto de Pedro arrepentido, en el que absolviste a los pecadores que llamaste para que te siguieran. Porque también yo amo, Señor, la belleza de ésa tu casa, donde también reside escondida tu gloria, la gloria de tu misericordia y de tu perdón. «Domine, dilexi decorem domus tuæ et locum habitationis gloriæ tuæ». Dame la humildad y la paciencia, el don de perseverar en el umbral de tu compasión, porque es de noche y eres mi amigo, y toda mi esperanza no está sino en la grandeza de tu misericordia. Concede, pues, benigno que podamos encontrarnos un día todos juntos, forasteros bienaventurados, amparados en tu casa, en el claustro de tu perdón, y bendecidos por la voz del divino amor que nos dice: «Hodie mecum eris in Paradiso», «Hoy estarás conmigo en el paraíso».

Pastor bueno, acuérdate de este día, que tú hiciste, consagrado con la gloria de la asunción de la prudentísima e incontaminada Virgen Madre, reina de tu casa. No tengas en cuentas mis pecados, oh Bueno, y guíame por los senderos de la vida, para que tu pueblo se alegre contigo. Consérvame perpetuamente, oh Santo, en el honor de tu santo servicio y en el temor de tu Nombre, tú que brillas sereno, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos.



domingo, 2 de agosto de 2015

"Et ecce angeli accesserunt et ministrabant ei"


In solemnitate BVM Reginae Angelorum

Si entraras en una habitación oscura de un viejo castillo abandonado, lo primero que necesitarás es un poco de luz. Si luego recuerdas que tienes una cajita de cerillos, seguramente la buscarás en tus bolsillos para encender uno cuanto antes. Si entonces descubres que sólo tienes un cerillo, el que acabas de encender, tu vista se apresurará a buscar una vela donde puedas alojar y alimentar el pequeño fuego que tienes entre las puntas de los dedos. Mirarás el suelo, por si acaso hay algo que te pueda hacer tropezar y caer. En fin, si enciendes un cerillo en una habitación tenebrosa, te ocupas de explorar lo que hay a tu alrededor. Creo que difícilmente te quedarías contemplando la luz que estalla despeinada cuando el fósforo se enciende y luego se ordena vertical para ascender al cielo. Tal vez si te quedas contemplando la solemne presencia de la luz y su decidido avance, fríamente azul, hacia tus dedos, francamente pierdes tu tiempo y tu único cerillo.
Algo así sucede en la vida espiritual. Cuando Dios enciende su luz en nuestro interior, lo primero que hay que hacer es mirarnos por dentro, buscar una lámpara donde alojar el pequeño fuego que se ha encendido y, entre nuestras sombras que lo invaden todo, hay que habitar con nosotros mismos. Cuando Dios enciende su luz en nuestro interior, distinguimos en la penumbra algo de lo que puede hacernos tropezar y caer, la presencia amenazadora de lo que suele hacernos daño, y finalmente esa batalla constante que hacen las sombras a la luz. Y si la luz se apaga, todas nuestras seguridades de nuevo nos abandonan. Vamos, hasta nuestra sombra nos abandona cuando la luz se apaga. ¡Necesitamos tanto la luz! Sobretodo la luz interior que Dios enciende. Hasta para ver nuestras sombras la necesitamos. Pero una vez encendida no tenemos tiempo para ella. No tenemos tiempo para mirarla. Nuestros ojos apenas la toleran. La miras fijamente unos instantes y te queda un recuerdo alucinante, extraño, que te obliga a cerrar la mirada y a esperar a que tus ojos la olviden. No tenemos tiempo para la luz. Ni tiempo ni mirada. Más bien nosotros miramos lo que la luz ilumina y en eso se va nuestro tiempo.
También sucede algo así con los ángeles. Decimos que los ángeles son luz. Y en verdad lo son, pero nosotros no tenemos más que tiempo que se nos escapa, y no tenemos mirada para esa luz. Vemos lo que ellos iluminan, pero no los vemos a ellos. Ellos templan la claridad de su gloria para  estar con nosotros.
Es curioso, Jesús fue al desierto, empujado por el Espíritu. Pero allí en el desierto no estaba solo. Quien quiera ir al desierto a buscar a Jesús, bien pronto se dará cuenta que allí Jesús no está a solas. El diablo está allí con él y con él platica como la luz platica con las sombras en un castillo nocturno. Dice la Escritura que allí en el desierto el diablo tentó a Jesús. La prueba era la llaga abierta de su hambre, pero Cristo la venció, abriendo sus llagas a la sed que le hizo manar sangre y agua. La prueba era arrojarse desde el templo al vacío de la idolatría, pero él fue más allá y descendió hasta el abismo de nuestra muerte. La prueba era un monte tan elevado que hacía mirar todos los reinos de la tierra, pero él subió más alto, subió hasta la cruz, que abre la mirada al reino de los cielos. Y cuando Cristo lo hubo vencido, se retiró el diablo, y los ángeles se acercaron y le servían.
Un Maestro enseña que así da a entender el Evangelio que «el escenario del combate estaba rodeado de ángeles. Pero ninguno se acercó hasta que Cristo no hubo vencido. Porque ciertamente el Señor no necesita ayuda alguna, él que es la ayuda de todos». Se acercaron cuando hubo vencido, y le sirvieron no en él sino en nosotros.
El diablo sabe muy bien que no hubo ángeles en la arena en que lucharon vida y muerte. Sabe que Dios combatió en la soledad más avara. Y aunque los ángeles rodearon la arena del combate, ninguno de ellos se acercó a ayudarlo. Ahora los ángeles están siempre donde Dios combate, donde Cristo combate. Están con cada cristiano que combate. Y no pudiendo alejar a los ángeles, los demonios quieren alejar a los cristianos. Con toda verdad un Maestro enseña que ésta es su consigna: «Que no haya cristianos». Cada mañana en nuestro coro, en nuestra iglesia, resuena el grito de batalla de Satanás: «Que no haya cristianos». Y tras las espaldas atormentadas de los cristianos perseguidos suena la salvaje furia de Satanás: «Que no haya cristianos». En las calles, en las plazas, en los hogares, en las celdas de los conventos resuena su árido alarido «Que no haya cristianos». Y ansioso de resecar la sangre el diablo secretea: «Que no nazcan los cristianos».
Hoy en la fiesta de la Virgen hay muchos ángeles en este lugar, porque donde está María siempre hay ángeles. Que haya muchos cristianos que vengan a este lugar a encontrar a los ángeles que aquí les sirven porque Dios quiso ser servido aquí.

sábado, 4 de abril de 2015

"Resurrexi et adhuc tecum sum"

In vigilia resurrectionis DNJC

Dice la Escritura que «en el principio creó Dios el cielo y la tierra». Y también dice la Escritura que «el cielo pertenece al Señor; la tierra se la ha dado a los hombres». Y al decir esto, como enseña San Agustín, no habla ciertamente del cielo que vemos, porque ese cielo pertenece a la tierra. Habla de esa creatura perfectísima, que es llamada «el cielo de los cielos», como si se llamara «lo mejor de lo mejor». Ese cielo son los ángeles, que son casa de Dios, ciudad santa. Unidos como una sola creatura, nunca abandonan la adhesión a Dios, sino que lo rodean como una muralla, como una fortaleza. Dios mora en ellos y ellos son su casa luminosa. Porque cuando Dios dijo: «Que haya luz», los ángeles fueron iluminados con el resplandor de la gracia, pues entonces contemplaron a Dios. Y por esa contemplación de la Luz ellos mismos son luz.
Esa contemplación de Dios los hizo sabios. Ellos son la sabiduría que estaba ante el trono de Dios cuando él hacía el mundo. Y mientras Dios creaba, ellos retozaban contemplándolo, jugueteando entre sus manos creadoras. Y cuando ordenaba Dios que se hicieran todas las cosas, antes tenían lugar en el conocimiento del ángel que en la propia naturaleza de las cosas. Los ángeles contemplaron en la gran claridad de Dios todo lo que él iba a crear. Como cuando nosotros miramos el rostro de un artista, y por el brillo de sus ojos y la expresión de sus facciones conocemos de algún modo ya su obra, así los ángeles conocieron en Dios su obra antes de conocerla en las cosas mismas. Si no lo comprendes, permíteme explicarlo con un ejemplo insensato. Cuando era niño jugaba con mis hermanitos a adivinar lo que mamá iba a cocinar. Y dependiendo de su cara yo podía afirmar: «Hoy se ve que va a cocinar un delicioso pastel»… o bien «hoy tiene cara de que va a cocinar crema de coliflores».
Cuando Dios estaba por terminar su obra, los ángeles vieron radiante de gozo y de amor el rostro de Dios. Estaba a punto de plasmar en tierra su propia imagen. Y vieron a Dios plantar un jardín cerrado en Edén como patria para esa creatura tan amada. Conocieron con gozo cada árbol que el amor de Dios con quiso plantar allí. Y vieron la mano de Dios hacer brotar toda clase de fruto bueno y agradable a los ojos. Pero ellos conocían todo aquello en Dios mucho mejor que en las cosas mismas.
Entonces la potente mano de Dios formó a Adán, el hombre, el dueño de ese jardín que con tanto amor Dios plantó. Y los ángeles se alegraron por tanto amor que Dios le tuvo. Sabían muy bien lo que era el hombre según Dios, porque habían contemplado en él su rostro antes de que lo plasmara en tierra y soplara en sus narices aliento de vida. Pero una vez formado, su carne opaca no les permitía ver lo que había en su corazón. A él no lo conocían en sí mismo, sino en Dios.
Un día funesto, Adán comió de un misterioso árbol que Dios le prohibió comer. Y su rostro se ensombreció envenenado. Ese rostro que Dios amaba y que los ángeles contemplaron en la claridad de Dios antes que en Adán mismo, ese rostro que era tan semejante al rostro de Dios, comenzó a sudar, a mentir, a esconderse, a deformarse tras una venenosa sombra que era el pecado. Jamás habrían imaginado que una tarde verían al amado de Dios así, tan desfigurado.
Dios vio marcharse a Adán del paraíso hacia una tierra de fatigas y sudores abundantes que es él mismo desde que conoció el pecado. Y luego de numerosas mordeduras de muerte, su cuerpo envejecido y humillado, sucumbió definitivamente a las fauces del averno. Herido mortalmente de pecado cayó por tierra y lo acogió un sepulcro, puerta de la región de los muertos. Entonces los ángeles vieron llorar a Dios, y viéndolo aprendieron a llorar con él la muerte de su amado.
Pero hoy toda la ciudad celestial canta himnos de victoria. Hoy del abismo asciende una marcha triunfal de ángeles en fiesta. Porque la patria de Adán, el paraíso, ha sido rescatada. Ángeles de Dios hacen fiesta porque el Hijo de Dios ha descendido al sepulcro para rescatar a Adán y devolverle el rostro que conocieron los ángeles en el amor de Dios. Esta noche el rostro del hombre se ilumina con el resplandor del Hijo resucitado que devuelve a nuestras almas la semejanza con Dios por pura gracia, mientras aguardamos la resurrección de nuestros cuerpos. Hoy un ángel instruye a las mujeres que no mezclen sus lágrimas con los perfumes de la muerte. Porque el perfume es una máscara de la muerte, pero las lágrimas son el canto de la nueva vida. Dejemos que el llanto de gozo se eleve al cielo transfigurando nuestro rostro. Porque esta noche Dios llora de nuevo, llora por su Hijo muerto y que ahora vive: ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya!

jueves, 17 de mayo de 2012

"Supra quæ propitio ac sereno vultu respicere digneris et accepta habere"

«Sobre los cuales, es decir, sobre el santo sacrificio y ofrenda inmaculada, dígnate mirar y considerarlos aceptables. Es como si dijera: sobre los que mires y consideres aceptables, por eso, porque son sacrificio santo y ofrenda inmaculada, para que los que desconfiamos de nuestro mérito, seamos ayudados con la majestad de tan grande sacrificio. ¿Por qué pedimos que el Padre sea propicio y sereno sobre esta ofrenda y la considere aceptable, si nada tiene el Padre más aceptable que ella y a ella siempre la mira propicio y sereno, como está escrito: “Éste es mi hijo amado en el que me complazco”? Esto se refiere a los oferentes, para que quienes se aterran de los pecados y desconfían de sí, antepongan la ofrenda aceptable a sí mismos y, protegiéndose con su escudo, debajo de ella rueguen por sí mismos al Padre propicio y sereno, y aceptados por él debajo de ella deseen la ofrenda que de ningún modo dudan que sea aceptable, y para que quienes no osan ofrecerse al Padre, no sea que lo irriten con sus maldades, ofrezcan en su lugar al Hijo amado, y bajo su tutela se entrometan en la corte de su Padre.
Oramos entonces para que sea aceptable y le agrade en favor nuestro, para que al ofrecer lo que le agrada, Dios se complazca en nosotros. De allí que se apliquen los ejemplos de los santos, del justo Abel, del patriarca Abraham, del sumo sacerdote Melquisedec, para que así como aceptó Dios los sacrificios de ellos, así reciba esta ofrenda apiadándose de nosotros. Se dice que el sacerdote Melquisedec era considerado ilustre entre los sacerdotes de aquel tiempo.
Suplicantes te rogamos, Dios omnipotente, que mandes que sean llevados estos dones por manos de tu santo Ángel a tu sublime altar, ante la presencia de tu divina Majestad. Y es de extrañarse cómo oramos que el cuerpo y la sangre del Señor sean llevados a la presencia de Dios, cuando está escrito que Cristo siempre está ante el rostro del Padre intercediendo por nosotros. Y leemos que Cristo al ascender a los cielos fue exaltado sobre todo y se sienta a la derecha del Padre. ¿Cómo entonces rogamos que Cristo sea llevado a donde siempre está? Más arriba rogábamos que volviera su rostro propicio y sereno sobre la ofrenda del Hijo. Esto no significa que el Padre pueda ser severo con su Hijo, sino que cuando en ocasión del Hijo entremos en la propiciación del Padre, por amor del Hijo se apiade de nosotros. Tampoco significa que el Padre desprecie al Hijo si no nos acepta por él. Así y aquí rogamos al Padre que lleve al Hijo que siempre está ante él a favor de nosotros, para que el anhelo y devoción nuestra llegue al Padre por el Hijo, y con la fuerza de tan grande sacrificio nuestros anhelos sean llevados ante la presencia de Dios, pues el Hijo no asciende al Padre si nuestra devoción allá no llega. Por tal razón rogamos para que así como Cristo ante los discípulos, de la tierra ascendió al cielo y se hizo invisible para sus miradas a los mismos que después les habría de enviar el don del Espíritu Santo, así esta ofrenda, del altar terreno sobre el que se inmola, al sublime altar ante la presencia de Dios se transfiera y de allí seamos colmados de toda bendición celeste y gracia; esto es, las cosas que visiblemente tratamos en la tierra, invisiblemente se realizan en el cielo».
Tomado de la Explanatio Dominicæ orationis (IV, 1, 990-1036) de Frowin von Engelberg, tr. mía.

domingo, 25 de marzo de 2012

"Et discessit ab illa angelus".




Queridos hijos e hijas: nosotros jamás hemos visto a los ángeles, ni hemos escuchado su voz. Yo diría que más bien conocemos el silencio que reina en nuestras almas cuando se marchan. Pero a los ángeles no los hemos visto. No hemos escuchado su voz.
La Virgen Madre de Dios vio el rostro del ángel del Señor y escuchó su voz luminosa. Habló con él. “Y el ángel se retiró de su presencia”. Entonces la Virgencita se quedó a solas; con Dios muy cerca del corazón. “El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”, le había dicho el arcángel Gabriel, y el gozo de María se iluminó por completo. Pero de toda esta luz sólo quedó la sombra. A partir de ese instante dichoso, comenzaron días muy oscuros para María. Oscuros porque el poder del Altísimo la cubría con su sombra. La dulce voz del ángel volvió al silencio. Y en su lugar vinieron los cotidianos dichos de los hombres, nuestra palabrería, nuestras murmuraciones y nuestros juicios apresurados. Eran días oscuros, de esos días en que el corazón se contenta con la chispa de la fe, el eco de la esperanza y el calorcito de la caridad. Y mientras María tejía al Verbo inefable en sus entrañas.
Fíjate bien, María dice: “Yo soy la esclava del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”. Es como si dijera: “que se cumpla en mí el Amor que necesita calor, cariño, gozo y esperanza. Que se cumpla en mí, el misterio del Dios que se hace carne humana. Que este Amor reciba de mí el amor que mendiga. Que el Dios inaferrable cumpla en mí su misterio”.
Dice la Escritura que cuando Adán pecó en el paraíso, Dios cosió túnicas de piel para él y para Eva, su mujer. Pero cuando Dios envió a su Hijo al mundo, fue María quien tejió una túnica de piel para el Autor de todas las cosas. Y también dice la Escritura que cuando Adán pecó, Dios lo puso fuera del paraíso y colocó un querubín en la entrada para que no volviera. Pero cuando Dios envió a su Hijo al mundo, mandó cortésmente a su arcángel a anunciar su visita a su nuevo paraíso, el seno virginal de María. ¡Oh estupenda hospitalidad virginal, en que Dios entra en su casa sin dejar huella alguna de su paso! ¡Oh gracia admirable de Dios que conserva virginal el cuerpo y el alma de la criatura que visita! Y es que así son las cosas cuando son de Dios. Su gracia entra en nuestras vidas, vive en nosotros, crece en nosotros, ama en nosotros, obra todo en todos, y sin embargo nuestra libertad y nuestras fuerzas permanecen virginales, intactas.
María llevó en sus entrañas al mismo Sol de Justicia, a la luz verdadera que ilumina a todo hombre. Y sin embargo afuera todo permaneció velado, oscuro, apenas el ángel partió. Afuera no se detuvieron la incomprensión ni las fatigas, la dureza de la vida, el vocerío de los hombres y sus leyes. Sin una especial iluminación de la gracia, nadie pudo siquiera sospechar que en las entrañas purísimas de la Virgen anidaba la fuente de la vida, porque el poder del Altísimo la cubría con su sombra, ese poder excelso que se complace en lo opaco, lo pequeño, lo secreto, lo humilde. En el interior de María acontecía lo mejor que le ha sucedido al mundo, y sin embargo afuera parecía que nada extraordinario sucedía. Incluso la virginidad de María excluye toda pretensión de demostrar al Dios indemostrable. Virgen tenía que ser la que diera a luz al Redentor de la soberbia humana, para que su humildad de esclava no tuviera ninguna prueba de que Dios había cumplido en ella todas sus promesas. Ésta es la humildad virginal “que hizo de Dios un niño”, la humildad virginal que no quiere otra prueba del Dios indemostrable que no sea Dios mismo.
Dinos, pues, Virgen Santísima, cómo era la voz del ángel. ¿Era como una luz ante los ojos de la fe? ¿O como un grito en el oído de la esperanza? ¿O era fuego de caridad en el corazón amante? Virgen Madre de Dios, acompáñanos cuando los ángeles se marchan y nos dejan a solas con Dios en el silencio. Muéstranos al Camino de la humildad que en ti se hizo nuestro camino, y haz que llevemos siempre a Cristo escondido en la oscuridad de nuestras vidas.

martes, 17 de enero de 2012

Sancte Antonius, ora pro nobis


"Tengan también esta otra señal: si el alma sigue con miedo, el enemigo está presente. Los demonios no quitan el miedo que producen, como lo hizo el gran arcángel Gabriel con María y Zacarías, y el que se le apareció a las mujeres en el sepulcro. Los demonios, al contrario, cuando ven que los hombres tienen miedo, aumentan sus fantasmagorías, para aterrorizarlos aún más, luego bajan y los engañan diciéndoles: 'Póstrense y adórennos'".
Tomado del discurso sobre el discernimiento de espíritus de la Vita Antonii escrita por San Atanasio

domingo, 4 de octubre de 2009

"Sinite parvulos venire ad me. Ne prohibueritis eos; talium est enim regnum Dei"

Dominica XXVII per annum

Cada año, por estos días, nuestra montañita comienza a vestirse de milagro. Toda la montaña se cubrirá de pequeñas fuentecitas de néctar que se llaman flores. Y nuestras abejas, locas hiperactivas, fascinadas por el aroma meloso de las flores comenzarán una frenética fiebre de recolección. Unos mil litros o más. Si lo piensas, la montaña mana miel. El chiste es saber encontrarla.
La primera vez que trabajé en la cosecha de miel me parecía un trabajo exquisito. Habría comido tanta miel si no fuera porque no conviene quitarse el velo que protege la cara mientras se trabaja. La dulzura perfumada atrae. Pero al siguiente año, extrayendo tanta miel, francamente quedé aburrido. Es siempre lo mismo. Comprendí entonces por qué las abejas viven tan poco. La mayoría no alcanza a disfrutar las seguridades de su propio trabajo y está bien. Lo que almacenan se queda para nutrir la nueva generación de abejas y, por supuesto, para nosotros los hombres. Creo que si tuvieran que hacer esta recolección una segunda vez ya no tendrían ni el humor ni la misma tenacidad. La muerte las libra de la aburrición y del tedio.
Cuando Dios te llama a la vida matrimonial, despiertas de la pesadez de tus sueños y tus ojos se abren a la realidad más bella. Todo se cubre de flores espléndidas que te fascinan con su aroma matutino. Pero la vida no se detiene con la primer dulzura. Como joven sacerdote he visto muy de cerca el cansancio, el aburrimiento y la desesperación de muchos matrimonios. También he visto el cansancio de algunos de mis hermanos en el presbiterado. Es como si el cansancio que exige la dulzura del primer día finalmente nos pasara la factura.
El Señor Jesús, médico de las almas y de los cuerpos, diagnosticó dureza de corazón. Por eso Moisés había recetado el divorcio. Moisés no tenía a la mano otro remedio. Hay matrimonios que no tienen ya más vínculo entre ellos que el odio y el tedio. El odio y el tedio se vuelven lazos tan poderosos entre sus corazones endurecidos que cuesta mucho trabajo desatarlos. Y si los cortas duele. Son carne viva. Moisés no encontró otro remedio. Había que cortar. Y una herida abierta siempre está expuesta a nuevas infecciones.
Jesús propone otro remedio. Una cirugía que no sólo corte con los lazos del odio y el tedio, sino que además rebaje los callos del corazón. Hay que limar el corazón hasta que quede chiquito, como nuevo, como el de un niño. Sólo así, con el corazón empequeñecido, puedes recibir al Reino de Dios que es tu esposa, tu esposo, los de tu casa. Un niño recién nacido recibe a los de su casa con un corazón pequeño y sin escrúpulos. Espera siempre algo bueno de los suyos, a pesar de todo. No le importa si el abuelo está viejo y enfermo. Le importa el cariño, el juego, la paciencia. En fondo no le importa si la mamá no es muy bonita. Le importa que es suya y que está cerca y que lo nutre. Le importa que su padre lo puede todo y no le importa que haya mejores.
Pero también es verdad que una vida matrimonial es mucho más difícil que esto porque hay más libertad interior y exterior en juego. Los niños crecen. Siempre. Es su principal tarea. Y la ropa de pequeños ni les queda ni les gusta. Todos crecemos, y la magia de muchas cosas se hace rutina, aburrición, rebeldía. Entonces el corazón se endurece. San Ambrosio, como muchos otros santos, cuando era niño jugaba a ser obispo. Cuando llegó a serlo descubrió que el mismo juego, tomado en serio exige también fatigas y cansancio.
Cuando el corazón se endurece por el tedio y las fatigas, el Señor Jesús nos manda recrearnos, ser como niños por la renovación de nuestras mentes. Fíjate bien, los ángeles no están sujetos al tiempo, por eso no tienen ni biografía ni historia. Son lo que deciden ser. Y no pueden dar marcha atrás. Sus existencias están de tal manera comprometidas con la pureza de su voluntad y de su inteligencia que no pueden retractarse, no tienen tiempo para arrepentirse. El ángel elige a Dios y es bienaventurado o elige la nada de donde fue sacado y se hace tenebroso y maléfico. Nada puede revocar lo que ha libremente elegido ser. Los hombres no somos así, aunque a veces tenemos la terrible tentación de tomarnos gravemente en serio. Somos la única criatura que puede iniciar, que puede crear algo nuevo, que puede ser niño para recibir el Reino de Dios. Y esto porque somos inicio. Nos fascina lo nuevo porque sin nosotros humanos, nada habría de nuevo bajo el sol, nada de nuevo en el universo.
Esto es el meollo de todo sacramento, lo nuevo que sólo el hombre a imagen de Dios puede hacer. Iniciar de nuevo es la tarea de todo matrimonio; dejar que Dios alegre nuestra juventud ante su altar es la tarea cotidiana de todo sacerdote. Que la gracia de nuestros sacramentos nos renueve cada instante y nos haga niños bajo las manos de Cristo, bendecidos por él.

jueves, 21 de diciembre de 2006

O Oriens

O Oriens, splendor lucis æternæ et sol iustitiæ: veni et illumina sedentes in tenebris et umbra mortis

Una monja cisterciense escribió acerca de una de sus visiones: «Vi y veo a las tres Personas en su eterna excelsitud, antes que la Virgen concibiera al Hijo de Dios; los ángeles bienaventurados contemplaban a cada una de estas Personas en su unidad, con sus nombres, y cómo estas tres Personas son un solo Dios verdadero. Pero aunque estos ángeles poseen una gran agudeza, no pudieron prever todos los misterios de la futura encarnación, porque no vieron la carne, la sangre, el rostro, ni el nombre glorioso de Jesús. Estas cosas estaban admirablemente ocultas a sus ojos en el pecho del Padre eterno […] Sólo Gabriel nos trajo del cielo el nombre de Jesús con el saludo divino. No se le concedió traer consigo huesos, ni carne ni sangre a la Virgen siempre incontaminada». Y en esto tiene razón. Porque los ángeles, contemplando el hoy eterno de las tres Personas descansan en su eterna majestad, y adoran la misteriosa verdad del Dios único. Ellos conocen el Nombre de Dios, santo y fuerte. Y conocen la gloria de cada una de las tres Personas, gloria que viene del Padre eterno y que colma enteramente al Hijo como un cáliz lleno hasta los bordes. Del amor eterno del Padre y del Hijo, procede como un abrazo suavísimo la gloria del Espíritu Santo. Fíjate bien, este misterio permanece oculto a los ojos de los hombres, pero los ángeles lo conocen en su claridad matinal, porque de esta gloria hermosa nace su propio brillo, de ella reciben su suprema razón, su belleza y armonía. La gloria de Dios es su trabajo, su servicio, su ministerio. Porque ellos sirven a Dios, no como se sirve a los tiranos de la tierra, sino que lo sirven, por así decirlo, dejándose amar por él, dejándose clarificar por él, sumergiéndose en su eternidad luminosa.
Ellos se sumergen en el misterio divino sin herirlo nunca. Se visten con los vestidos de Dios, jugando a ser reyes. Son agudos y conquistan eternamente el cielo sin que el cielo sufra dolores. Se apoderan del misterio divino y cuanto más lo conocen más lo adoran. Todos ellos son luz, y cada uno suma su virtud al cielo, pero su luz viene de Dios.
Ellos contemplan también y veneran el paso de Dios por el mundo. Ven sus huellas grabadas en los corazones de los hombres. Y a veces tienen que ingeniárselas para hacernos ver las pisadas de Dios en nuestras vidas. Y es que a menudo Dios pisa en nuestros corazones como quien pisa los racimos de las uvas. Entonces todo se llena de color, y los ángeles se alegran por el vino nuevo con que Dios ha salpicado su túnica. Pero nosotros sólo vemos uvas marchitas.
Los ángeles del cielo conocen al Hijo eterno de Dios como Sol que nace eternamente del seno del Padre e ilumina el cielo de los cielos; pero no conocieron a este Sol vestido de la noche del mundo. Ellos, que nunca probaron el caer de la noche sobre sus vidas, que no conocieron lo que es buscar enmedio de las tinieblas, se conmovieron hondamente cuando el Verbo eterno del Padre, la voz del Pastor bueno, hizo resonar por la tarde del mundo, de oriente a poniente, su grito desgarrador: «Adán, ¿dónde estás?» Desde entonces, el Sol de la vida, comenzó a vestirse de noche, para visitar a los hombres. Su traje tenía tantos hoyitos que su luz se filtraba a través de ellos como un firmamento de estrellas. Pero ellos en su ceguera no podían verlo. A veces intuyeron su paso en la profunda negra noche; a veces sintieron su calor. Tantas veces vieron sus espaldas cuando ya se marchaba, dejando a su paso la promesa matinal que lo ángeles adoran, su manto de estrellas.
Los ángeles suelen vestirse con los vestidos de Dios. Les gusta jugar a ser como él. Y Dios se complace en verlos vestidos de su gloria. A veces él mismo les pone su corona y ríe como un anciano rey cuando su pequeño hijo se prueba la corona. A esto se refiere la Escritura cuando dice: «Los cielos narran la gloria de Dios». Y los maestros llaman a este juego locución iluminativa, porque los ángeles cantan la gloria de Dios no sólo con voces, sino también con la luz de Dios que los reviste. Pero Dios les escondió en su pecho el vestido de su Hijo. Porque cuando Adán cayó en la desnudez, Dios hizo dos vestidos, uno para Adán y otro para su Hijo. Y escondió el de su Hijo en su pecho, para serle fiel al hombre, lo guardó como promesa.
Bien sabía Dios que este vestido no era como sus demás vestidos. Este vestido no soporta la luz de los ángeles, la luz lo devora. En este vestido los ángeles no pueden sumergirse absortos en el misterio sin crear un gran dolor. Por eso lo guardó en su pecho, porque ya había sentido un dolor inmenso cuando Adán cayó en la desnudez de la muerte, cuando lo vio marcharse, confundido al atardecer, cuando se apagaba la luz de la vida. Ver desgarrado el otro vestido sería un dolor demasiado grande para el cielo.
El Verbo eterno, el buen Pastor de las ovejas de su Padre, quiso venir a buscar la oveja perdida. Entonces se vistió con el vestido que Dios había escondido en su pecho. Tomó carne en el seno virginal de María, para mostrar a los hombres su noble origen y como Sol de justicia se alzó enmedio de las tinieblas de la noche y recorrió el mundo, de oriente a poniente, con la luz de su resurrección, devolviendo la vida al mundo.
Este Sol cubierto con la opaca piel de los hijos de Adán, asombró a los ángeles: «Ningún amor hay más grande que dar la vida por sus amigos… Adán, amigo, por ti me hice hijo tuyo. Yo, que incendio la excelsa razón de querubines y serafines, por ti me hice fuego crucificado. Yo, que visto de luz y doy color a los ángeles, por ti escondí mi gloria en la negrura de la noche. Por ti escondí tu carne en la luz de mi amor y la cargué luego en mis espaldas como un manto precioso, más blanco que la nieve, por ti, mi oveja caída en el abismo el sábado de mi descanso». Y conmovidos profundamente los ángeles juzgan: «Verdaderamente fue amigo de Adán… miren cuánto lo amaba». Por eso, acércate al altar a recibir al Sol que viene. Porque su amor es tan grande que quiso dejar su carne en testamento de vida eterna y como recuerdo perenne de que un día se hizo hijo tuyo. Acércate al Dios que viene y confiésalo verdadero amigo del alma.
«O Oriens, splendor lucis aeternae et sol iustitiae: veni et illumina sedentes in tenebris et umbra mortis». «Nosotros te pedimos, oh Bueno, que nazcas siempre, que tú florezcas en nuestro desierto, que tomes carne en ésta tu Iglesia. Regresa, pues, al final de los tiempos, y todo el reino te cantará la gloria, que te han dado el Padre y el Espíritu, antes de que tuviera inicio el mundo».