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domingo, 20 de julio de 2025

«Domine, non est tibi curæ quod soror mea reliquit me solam ministrare? Dic ergo illi, ut me adiuvet»

Dominica XVI per annum

 

Cuando escucho este pasaje del evangelio, la visita de Jesús al hogar de dos hermanas, Marta y María, no puedo evitar recordar una historieta que contaba un célebre maestro. En una casa como cualquier otra, había un perro como en cualquier otra. También había un gato, como en cualquier otra, y un ratón como en cualquier otra. Sucedía que el ratón vivía en paz. El perro era viejo e inofensivo, pero mantenía alejado al gato. Y al ratoncito de algún modo le había tomado ya la medida al gato. Así, cuando el perro ladraba, nuestro pequeño ratoncito podía entrar cómodamente en la cocina, roer alguna galleta, degustar un buen queso, pellizcar algo de salami, o simplemente mordizquear algún brownie abandonado. Y bueno, cuando el gato maullaba, el ratoncito se envolvía en su cama para no oírlo y seguir durmiendo. La vida de nuestro ratón era bastante segura, hasta que una tarde, oyó los ladridos del perro. Saltó de su cama, todavía bostezando y estirándose y se dispuso a ir a la despensa en la cocina. Apenas estaba escogiendo el quesito de su almuerzo, cuando las manos peludas del gato lo atraparon. Confundido, no entendía lo que había pasado. Estaba seguro de haber escuchado al perro. Y salió de dudas cuando escuchó al gato ladrar. «No es justo, dijo el ratoncito, estoy seguro de haber escuchado al perro». Pero el gato replicó: «Mira, como va el mundo, si uno no habla al menos dos idiomas, se muere de hambre». En efecto el evangelio nos enseña dos idiomas que es necesario hablar: el lenguaje de las cosas de cada día, de esas muchas cosas que nos inquietan, y el lenguaje del amor. Si uno no habla estos dos idiomas, se arriesga a morir de hambre. Ya sea por las cosas temporales, ya sea por el hambre del espíritu. Sin el lenguaje del amor, algo en nosotros, en nuestra vida familiar, en la comunidad, se muere de hambre.

Ahora, fíjate bien. Tampoco podemos despreciar los servicios y cuidados de Marta. Tal vez sin ellos el Señor ni siquiera se habría detenido en esa casa. No lo sé. Si te invitan a platicar lo primero que te preguntas es si no te hará daño platicar así. ¿Así como? Pues así, sin pan ni café. Sin los detallitos de Marta, tal vez la mejor parte de María pierde una poco su chistecito.

Además, no se necesita ser demasiado sutil para darse cuenta que su queja ante el Señor va cargada de enojo. Marta está incómoda porque de algún modo ha perdido a su hermana y se siente sola. La diligente y mandona Marta prefiere que Jesús se quede solo que seguir sintiéndose sola con todo el quehacer: «Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude». O sea, sí suena un poquito como «En esta casa mando yo, y yo decido quién se queda solo y quién no, pero tú dile».

Esta reacción ante la pérdida me recuerda otra historia que se parece a todas las historias de nuestras pérdidas. Hubo una vez un hada, que vino al mundo bajo la luz de una estrella. Y como suele suceder con muchas hadas, hacía magia con la luz de la estrella. Pedía deseos, concedía sueños, llenaba de ilusiones a muchos gracias a la luz de la estrella. Sólo que una noche, un gran cometa surcó el cielo, y el hada pidió al cometa que la llevara hasta su estrella. Y así sucedió. Pero cuando el hada llegó a su estrella, descubrió lo que jamás habría pensado. Hacía tiempo que la estrella se había apagado, no había luz en ella. Pero, como sucede con muchas estrellas, la luz que un día había brillado en ella seguía viajando, iluminando sueños y coloreando deseos a pesar de que la estrella ya no tenía luz. El hada se sintió profundamente decepcionada. Y sintió mucho enojo contra su estrella: «¿Me has tenido todo este tiempo, pidiéndote deseos, sin que me escuches, hablando sola como una loca?» Volvió a la tierra arrastrada por la cola del cometa, decidida a no volver a confiar más en las estrellas. Dejó de volar de noche, de iluminar sueños, de soñar deseos, de desear vuelos. Y comenzó a vagar a plena luz del día. Una mañana calurosa llegó a un encinar, pisando enojada la hojarasca. Sí, era un encinar como aquel bajo cuya sombra Abraham acogió e hizo descansar misteriosamente a tres hombres. Solo que en el encinar de nuestra hada cada encino era un esqueleto desnudo de hojas, una radiografía creada por el exceso de luz. El sol era tan radiante y fuerte en esa época del año que todas las hojas de los encinos se marchitaban y caían. El hada se sentó en la desnuda rama el encino y allí, en el árbol de las pérdidas y de la hospitalidad, descubrió que una orquídea comenzaba a florecer. Sorprendida, el hada le preguntó: «¿Cómo puedes florecer bajo un sol tan inclemente, con el aire tan reseco, sin hojas que te protejan?» Pero la orquídea le explicó: «Mira, las orquídeas de mi especie somos recibidas en los brazos de estos árboles cuando la lluvia y el buen tiempo los tienen llenos de follaje. Las verdes hojas de los encinos nos protegen cuando somos apenas unas plántulas. Entonces crecemos y nos hacemos fuertes. Luego vienen los tiempos difíciles, la inclemencia del sol de primavera, la lluvia se marcha y el encino lo pierde todo, menos la hospitalidad con que nos recibió. Es entonces cuando también nosotras, las orquídeas, sentimos la cercanía de nuestro fin, y cuando sentimos que ha llegado el momento de morir, florecemos, como agradecimiento al encinar que nos acogió y nos permitió vivir.

Muchas veces en nuestra vida las cosas cambian. En la historia de Marta y de María, María escogió la mejor parte, mientras Marta se quedaba sola con todo el quehacer. La tentación de Marta era la de estar enojada con María por haberla dejado sola. Su camino espiritual en adelante será el de aprender a amar a una María que ya no está con ella, sino que está sentada a los pies de Jesús. Y tendrá que caminar del enojo a la gratitud.

Fíjate bien. Un hombre anciano tenía un burro y un caballo. Con ellos ejercía todas sus labores, aún las más difíciles y luego de una larga rutina de trabajo volvía a casa con ellos. Sólo que al regreso solía colocar en cada uno un cántaro lleno de agua fresca. El cántaro del caballo era perfecto y también el caballo lo era. El del asno era un cántaro mal hecho y agrietado. Un día sucedió que el caballo se sintió enojado porque se daba cuenta que el burro perdía en el camino casi la mitad del agua del cántaro, porque en el camino iba rebuznando de alegría por regresar a casa, brincado entre las piedras, y además su cántaro tenía una grieta. En cambio él, el caballo, era firme, serio y seguro. No derramaba ni una gota y su cántaro siempre llegaba lleno. Así que el caballo se quejó con su amo. No era justo permitirle tanto al burro. Merecía un castigo. Pero el amo replicó: «Pero, has visto ¿cuántas flores nos muestran el camino de regreso a casa? Pues si el burro no regara el agua, tampoco tendríamos flores».

jueves, 11 de mayo de 2017

Paphiopedilum delenati


Este pequeño tiene unos cinco años viviendo conmigo. Ayer se abrió su primer flor. Es un Paphiopedilum delenati. Llegó a mi celda cuando era apenas una plántula de pocas semanas de haber salido del frasco. Si el tiempo se hiciera joya, sería algo así.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Ponthieva brenesii




Orquídea mexicana terrestre, florece en otoño e invierno en bosques de niebla y bajas temperaturas. Sus delicados tallos y hojas están cubiertos de vellosidades. No forma pseudo bulbos.

jueves, 28 de agosto de 2014

«Sangre de Cristo es contemplar las cosas creadas, el que la bebe se hará sabio gracias a ella»


In festo sancti Augustini Episcopi

«Sangre de Cristo es contemplar las cosas creadas, el que la bebe se hará sabio gracias a ella» (Ad Monachos 119). Con este enigma Evagrio Póntico invita en el desierto a sus monjes a encontrar por ellos mismos la sabiduría espiritual. Por su parte, San Agustín advierte para la lectura de las Sagradas Escrituras: «También la ignorancia de las cosas nos hace oscuras las expresiones figuradas, cuando ignoramos  la naturaleza de los animales, de las piedras, de las plantas o de otras cosas, que se aducen muchas veces en las Escrituras como objeto de comparaciones. Así el hecho conocido de que la serpiente expone todo el cuerpo a los que la hieren, guardando su cabeza, ¡cuánto no esclarece el sentido del pasaje en que Dios manda que seamos prudentes como la serpiente; a saber, que ofrezcamos nuestro cuerpo a los que nos persiguen antes que nuestra cabeza, que es Cristo, para que no muera en nosotros la fe cristiana si, por conservar el cuerpo, negamos al Señor! Lo mismo aquello que se dice de ella de que se mete por las rendijas de las cavernas y, dejada la vieja túnica, recibe nuevas fuerzas, ¡qué bien concuerda para que, imitando esta misma maña de la serpiente, pasando por las estrechuras conforme afirma el Señor “entren por la puerta estrecha”, cada uno se desnude del hombre viejo, como dice el Apóstol, y nos vistamos del nuevo. Así como el conocimiento de la naturaleza de la serpiente aclara muchas semejanzas que de este animal suele traer la Escritura, igualmente la ignorancia de la naturaleza de no pocos animales, de que también hace mención, con no menor frecuencia, impide no poco el entenderla. Lo mismo se ha de decir con respecto de las piedras, de las hierbas, y de cualquier cosa que se sostiene por raíces». (De doctrina christiana II,16, 24). Y San Bernardo aconseja: «Fíate de mi experiencia: encontrarás bastante más en los árboles que en los libros. Los árboles y las rocas te enseñarán lo que no pueden decirte los maestros. ¿O no crees que se puede extraer "miel de la roca y aceite del peñasco durísimo"? ¿O es que no manan licor los montes, no se deshacen los collados en leche y miel y los valles no se visten de mieses?» ( Epistola CVI)
Con estas enseñanzas como preludio, quisiera conversar con Agustín y con Alonso Gracián. En una publicación reciente[1] el Doctor Gracián afirma: «Parece que habitan los demonios donde no hay botánicas, en el puro desierto exterior o interior, en la nada artificial, o en las grandes colinas de hormigón y las moradas artificiales de hierro y plástico, donde el desierto técnico castiga al alma con su presencia asfixiante y su antropocentrismo electrónico. La presencia armoniosa de plantas, árboles y flores nos tranquiliza, hace amable y habitable el Mundo Caído. Lo vegetal parece el estrato de la Creación donde en menor medida ha penetrado el mal por el pecado. Allá donde avanza la consciencia, parece que proliferan los efectos de la Caída».
Pues bien, en uno de sus comentarios al Génesis, San Agustín respecto a la creación de los vegetales apunta al hecho de que no fueron creados en un día propio, sino en el mismo día en que Dios disipó las incomodidades de las aguas reuniéndolas en un solo lugar para que apareciera el suelo: «como por las raíces se unen a la tierra y permanecen fijas en ella, quiso que éstas perteneciesen al mismo día» (De Genesi ad Litteram II,25). En verdad, esta estabilidad ligada a la profundidad del arraigarse contradice radicalmente la girovagancia de los demonios,  siempre errantes, nunca estables, enemigos de toda profundidad, fascinados por la superficialidad originaria precisamente en cuanto que prefieren negar la creación.
A propósito de esta idolatría tenebrosa de la superficialidad originaria, me vienen a la mente las palabras con que se describe Mefistófeles en el Fausto de Goethe: «Soy un espíritu que continuamente estoy negando la evidencia de las cosas, y no me falta razón en parte, porque todo lo que existe, al fin y al cabo, es una mentira que se convertirá en polvo y que, para llegar a este resultado hubiera sido preferible que no hubiese existido jamás. En una palabra, lo que ustedes llaman pecado y destrucción, y más especialmente mal, es el elemento que me constituye». Mefistófeles se presenta a sí mismo como «una pequeña porción»; sin embargo, ante los ojos de Fausto aparece todo entero. Entonces Mefistófeles explica: «Te digo la pura verdad. Si el hombre, ese ente extravagante, cree componerse de un todo, yo, pues, me compongo únicamente de la parte de la parte que en un principio era un todo; me compongo de una parte de las tinieblas que engendraron la luz, esa luz altanera que al presente disputa a su madre, la noche, su antiguo rango y el espacio».
Esta crítica demoniaca de la luz, que tiende a llenar todo cuanto tiene a su disposición, como la música, revela una confianza diabólica de que todo lo creado vuelva a la faz de la nada, a la superficialidad originaria del abismo sobre el que fue llevado el Espíritu creador. «Pululan los demonios donde no hay árboles ni plantas, atraídos por el vacío como las moscas a la miel. Con razón la naturaleza tiene horror al vacío. Empeño diabólico es que no florezca ni arraigue nada», afirma Gracián, y resulta más que convincente su aseveración. Todavía más: «Los demonios sienten fascinación por el vacío, por el mal. Acuden a Él como moscas a la putrefacción. Nada más apetecible para las potestades del mal que los vacíos mentales provocados por técnicas de meditación […]».
Por su parte también el Mefistófeles de Goethe habla de su empeño siempre frustrado y frustrante de volver al vacío: «Y francamente, no he adelantado lo bastante en mi propósito, a pesar de lo mucho que he trabajado. Cuanto más me esfuerzo en destruir al mundo, más chasqueado me quedo; hay en él la realidad, enemiga acérrima de la nada, que le protege, y con todos mis esfuerzos sólo puedo alcanzar que se agiten los mares, que se desencadenen tempestades y que se desarrollen incendios; pero nada logro con ello, porque se apaciguan los mares, se calman las tempestades, se apagan los incendios y todo vuelve a su estado normal y el mundo no sufre por esto modificación que atente a su modo de ser: ¡nada puedo con este maldito semillero de hombres y animales! ¡Cuanto más destruyo en él, más joven y fresca es la sangre que le da vida! Así van las cosas ¡tanto del aire, como de las aguas y también de la tierra parten millares de semillas que germinan en terreno seco, en la humedad, en el calor y en el frío! Si no me hubiese reservado la llama, nada hubiera quedado para mí».
Ahora bien, del vagabundeo demoniaco ciertamente hay evidencia y llaga en los desiertos. Gracián trae a colación el caso de Antoine de Saint-Exupéry: «el aviador y escritor autor de El Principito se estrelló con su avión en el desierto del Sahara. Tanto él como su ayudante, que también sobrevivió, padecieron alucinaciones visuales y auditivas. Como contrapartida, el pequeño príncipe y su rosa nacieron allí, con sus dibujos de heroísmo natural». Curiosamente, cuando Antoine de Saint-Exupéry narra la travesía del Pequeño Príncipe por el desierto en la Tierra, dice que se encontró con una florecita insignificante de tres pétalos. Y cuando le preguntó dónde estaban los hombres, la flor que un día viera pasar una caravana le respondió: «¿Los hombres? Yo creo que existen seis o siete. Los vi hace muchos años. Pero no se puede saber nunca dónde se encuentran. El viento los lleva. Ellos no tienen raíces. No les gustan».
Pienso que en el paso de cuarenta años por el desierto, los israelitas vagaron no por desobediencia a la voluntad e Dios, sino por la murmuración, que es un vagabundeo verbal del corazón. Muchas veces he dicho que así como los israelitas por murmurar comprometieron su entrada en la tierra prometida, así nosotros los cristianos por la murmuración comprometemos nuestro derecho a la tierra prometida. Y nuestra tierra prometida es la cruz. En ella echamos raíces, en ella nos plantamos, en ella fructificamos.
En el discernimiento de espíritus no nos ha de extrañar que el vagabundeo que nada produce sea un signo de la presencia diabólica. Y de sus sugestiones. Dios no vaga. Como explica Agustín: «Así pues, cuando deambulaba Dios por el paraíso en la tarde, significa que al venir hacia ellos a juzgarlos, ya antes de imponerles la pena, él paseaba por el paraíso, es decir, como que se movía en ellos la presencia de Dios, cuando ya ellos mismos no estaban firmemente establecidos en su mandamiento» (De Genesi contra Manichæos II,16,24). En vano se cubren con hojas vegetales, añorando la estabilidad en la obediencia. Su destierro los hace salir al vagabundeo nocturno del mundo.
Por el contrario, la naturaleza del movimiento de los astros rectifica obediencialmente la finalidad del mundo. San Agustín muchas veces halló significados espirituales en las luminarias del cielo, el sol, la luna y las estrellas, como guías para el naufragio de los hombres. Pero esa función es secundaria pues es alivio para el hombre caído. En el día de su creación las luminarias eran signos eminentes de los tiempos, de los días y de los años litúrgicos, y su servicio se ordena establemente a brillar en el cielo y alumbrar la tierra. El mundo no fue hecho para el vagabundeo, el naufragio, el extravío. El mundo es el signo de la fidelidad perenne de Dios y por eso «no vacilará jamás». Y la abundancia de vegetales es promesa de la beatitud final para la que fue hecho el hombre.
Me viene a la mente otro pasaje de El Principito en que el Pequeño Príncipe cuestiona acerca de la importancia o la superficialidad con que se tomaría la destrucción de una planta si fuera la única existente: «Si alguien ama una flor de la que sólo existe un ejemplar en millones y millones de estrellas, eso basta para hacerlo feliz cuando las contempla. Él se dice: “Mi flor está allá, en algún lugar…” ¡Pero si el cordero se come la flor, es, para él, como si todas las estrellas repentinamente se apagasen!, ¡y esto no tiene importancia!» (c.7). La ternura de esta frase distrae a la hora de darnos cuenta que se trata de una hipótesis absurda. La multiplicidad, la abundancia de los vegetales impide obediencialmente su singularización que atraparía, como entre espinas, jirones del afecto humano, desintegrándolo en un desierto de alucinaciones que le harían creer que la nada está ya cerca, a punto de venir, y será «como si todas las estrellas repentinamente se apagasen». Hipótesis absurda, teoría diabólica del desierto final y de la vuelta a la faz de la nada. Señala Gracián: «Lo cierto es que el ecologismo postmoderno, que no ama la Creación, y que es idólatra de Gea, ha caducado la Botánica, ciencia y arte casi sacral, saber de los tiempos antiguos. Resulta notable el amor de los botánicos por la lengua de la Iglesia, el latín, la lengua más bella del mundo, como las flores. Resulta curioso que una lengua inmutable sirva de expresión a la ciencia de lo efímero. A la ciencia del pulchrum, que muestra lo inmutable». La lengua de la Iglesia de por sí no puede ser la lengua del desierto, es la lengua de una asamblea milenaria.
Todavía hay algo más. Me parece que el punto más agudo de la poderosa tesis de Gracián radica precisamente en una sentencia dicha un poco en broma: «Y es que el amor a la Botánica… ¿será señal de Predestinación?» Pregunta graciosa por el humor y agraciada por el amor. Me recuerda las palabras de Agustín: «entre la gracia y la predestinación existe únicamente esta diferencia: que la predestinación es una preparación para la gracia, y la gracia es ya la donación efectiva de la predestinación: prædestinatio est gratiæ præparatio, gratia vero iam ipsa donatio» (De prædestinatione sanctorum 10,19). Es que desde el instante mismo en que Dios plantó un jardín para el hombre, con árboles de aspecto agradable, había ya establecido el amor a la Botánica como signo de predestinación y el único árbol prohibido era la aversión a ella, árbol que deshilacha al hombre entre las espinas del conocimiento del bien y del mal, y lo convierte en una madeja de contradicciones. Ahora bien, la fuerza de atracción de la Botánica radica en que fue hecha germinar para saciar a todos los vivientes precisamente por su buen aspecto y suave sabor, pero también por su abundancia. El árbol de la condena atrae por su soledad desértica, funesta, aun en medio del paraíso. La atracción que ejerce la Botánica no viene de ella misma, sino del Verbo eterno de Dios: «Muestras un ramo verde a una oveja y la atraes; muestras nueces a un niño y lo atraes; se le atrae al lugar a donde corre; se le atrae mediante lo que ama, se le atrae sin violencia corporal alguna; se le atrae con la cuerda del amor. Ahora bien, si estas cosas que pertenecen a las delicias y placeres terrenos, ejercen tal atracción sobre quienes las aman nada más mostrárselas, dado que cada cual es atraído por su placer, ¿qué atracción será la de Cristo revelado por el Padre? ¿Ama el alma algo con más ardor que la verdad? ¿De qué cosa deberá ser ávido el hombre, con qué finalidad ha de desear tener sano el paladar interior con que juzgar la verdad, sino para comer y beber la sabiduría, la justicia, la verdad, la eternidad?» (In Evangelium Ioannis 26,5).
Ahora bien, no escapa a San Agustín el hecho de que el reino vegetal haya sido creado antes que las luminarias del cielo. Lo que habría que señalar es que las plantas necesitan la luz solar para alimentarse, pero no para ser alimento. Y esto se prueba física y metafísicamente. En efecto, la semilla, antes de germinar, es alimento que no se alimenta. Dios dispuso solamente a los vegetales como alimento, y por ello no son tocados por el dolor. Su destrucción conoce una regeneración que perdona incluso las más graves injurias. Pero esta condición física de los vegetales, enseña Agustín, obedece a la causalidad metafísica del Verbo eterno de Dios: «Luego las palabras dichas por Dios en el día sexto: “He aquí que os he dado a vosotros todo alimento seminal que siembra semilla y que está sobre la tierra” y las restantes, no son palabras que suenan, ni palabras proferidas con voz articulada y temporal, sino palabras que están en el Verbo de Dios como potencia creadora».
Dios está dando continuamente de comer al mundo porque el alimento vegetal que llena el vacío es analogía del ser de Aquél que se esconde en cereal y en vino. Cristo, antes de ser un niño que pueda nutrirse, es Pan de ángeles. Antes de tomar pan en la noche del mundo, Cristo es Pan vivo que baja del cielo. Porque en él mismo está la vida. Y si la Botánica atrae a los predestinados, como el néctar a las abejas, es porque todo el reino vegetal está cargado de la atracción a la alabanza que procede de Él, «y el corazón no hallará reposo hasta que repose en Él».

[1] http://infocatolica.com/blog/mirada.php/1408170423-13-de-botanicas-desiertos-y-e

domingo, 1 de junio de 2014

Stapelia gigantea: flor estrella de mar o flor de carroña


«La belleza sin virtud es como una flor hermosa que tiene un olor desagradable. Pero la verdadera belleza se baña en la luz sin la cual nada es hermoso. La belleza es un don de Dios, como la lluvia. Él permite que caiga la lluvia sobre justos y malvados, y él da la belleza no solamente a los buenos, sino incluso a los malvados. La belleza impía toca la vista, pero la belleza interior de la gracia conquista el alma». Venerable Fulton Sheen

tr. mía
Stapelia gigantea es una suculenta que produce grandes flores con forma de estrella, pero de olor desagradable, semejante a carne podrida, por lo que suele atraer moscas que hacen posible su polinización.

jueves, 6 de marzo de 2014

Cuitlauzina pendula



Cuitlauzina pendula es una orquídea epífita simpodial endémica de la región occidental de México. Se interpreta el nombre genérico Cuitlauzina referente al emperador Cuauhtláhuac, cuyo nombre significa «Águila sobre el agua». En efecto, la estructura de la flor asemeja a un ave que desciende, por lo que a menudo también es llamada «Orquídea del Espíritu Santo».
Es una orquídea que puede instalarse en raíces de helechos del género Polypodium. Requiere buena ventilación y riegos abundantes durante el verano; sin embargo, en el invierno hay que reducir al mínimo los riegos y colocarla en un sitio con baja humedad relativa. La vara floral nace en invierno junto con los nuevos pseudo bulbos que brotan, y que son particularmente sensibles a la excesiva humedad. La vara alcanza unos 20 centímetros y cuelga con unas quince flores.

sábado, 15 de febrero de 2014

Cœlia triptera


Orquídea exótica, una de las pocas especies que componen el género Cœlia, distribuida en México, Guatemala y el Caribe. Requiere luz filtrada, humedad relativa alta todo el año, y como sustrato una mezcla de tezontle rojo y negro, corteza, fibra de coco y esfagno. En los meses de enero y febrero produce un capullo al pie de los pseudobulbos que eventualmente se abre para dar paso a una vara floral erguida que no rebasa la mitad de la altura de las hojas, con numerosas flores blancas diminutas de suave fragancia.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Cœlogyne cristata

Cœlogyne es un género de orquídeas, originario del sudeste asiático, cuyo nombre viene de los vocablos griegos κοίλον, que significa  «hueco», y de γυνή, es decir, «mujer». Las orquídeas de este género son litófitas y epífitas simpodiales, de grandes pseudo bulbos ovales. Casi todas las Cœlogyne producen flores blancas, perfumadas, con labelos sofisticados. La especie C. cristata debe su nombre a las crestas amarillas que se forman a lo largo del labelo.


Coelogyne cristata es una orquídea que se localiza en regiones elevadas, por lo que requiere bajas temperaturas, con humedad relativa alta, buena ventilación y luz intensa. Puede ser cultivada en maceta con sustrato litófito de origen volcánico. Durante los meses de primavera y verano nutre sus nuevos pseudo bulbos, por lo que debe ser regada con regularidad, pero llegado el invierno hay que disminuir al mínimo los riegos. En México florece en los meses de diciembre a febrero.