viernes, 19 de abril de 2019

De septem verbis a DNJC in cruce prolatis

Feria VI in parasceve

Fíjate bien, cuando Adán pecó contra Dios, lo hizo por desobediencia, comiendo del fruto del árbol que Dios le había prohibido comer. Dice la Escritura que el fruto les pareció «agradable a los ojos y útil para adquirir sabiduría». De este modo, el pecado encontraba ventaja en la vista, el olfato y el gusto. Y pues, al extender la mano hacia el fruto funesto, el tacto se despojaría de su dignidad. Sólo el oído permanecería intacto, y por eso el diablo, enemigo de todo lo bueno, quiso hablar al oído de los primeros padres para que el pecado comenzara justo por el sentido que pudo permanecer inocente.
El Señor en la cruz nos ha dado a gustar el fruto más excelente de su obediencia al Padre. Él, el Pan de la vida, quiso ser para salvarnos fruto de obediencia. «Sin figura, ni belleza, lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por todos, varón de dolores, acostumbrado a sufrimientos, uno ante el cual se aparta la mirada, despreciado y humillado». Y así, no teniendo nada atrayente, el fruto que nos sana habló en el sagrado púlpito de la cruz al oído de nuestro corazón, para sanar así con la suavidad de sus palabras, la grave herida que un día infligiera en el oído humano la voz mentirosa del diablo. Y con la suavidad de sus palabras no deja de atraernos al amor de su belleza escondida, pues con toda verdad él había dicho de esta hora «cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».
Dice la Escritura que el fruto del árbol de la desobediencia, pareció a los primeros padres «útil para adquirir sabiduría». Y, en efecto, por tratarse del árbol del conocimiento del bien y del mal nos proporciona una sabiduría que es más bien estulticia e insensatez. Pues desde entonces conocer el mal nos da un remedo de sabiduría, como quien se vuelve experto en mentir, hábil en cometer crímenes, astuto para hacer fraudes, sabio por su propia experiencia del mal. Así, en la cruz, toda la industria y esfuerzo humanos se comprometían a fingir sabiduría, mientras se realizaba la locura de crueldad más grande que el mundo haya conocido, la fiebre de odio que recogía en sí misma todos los siglos de nuestros pecados. Y en nuestra locura de pecar y blasfemar contra Dios sólo la palabra del Señor se elevaba desde la cruz con sabiduría y sensatez:

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»

Fíjate bien y pon atención para que mejor comprendas los divinos misterios. Cuando el Señor fue bautizado por Juan en el Jordán, se sumergió el Señor en las aguas, no para ser lavado por ellas, él que es la cabeza de la Iglesia. Por así decirlo, él lavaba las aguas y las santificaba místicamente para que concibieran el poder de santificar. Con toda verdad Malaquías profeta anunció este día diciendo: «¿Quién podrá soportar el día de su venida?¿Y quién podrá mantenerse de pie cuando él aparezca? Él es como fuego de fundidor y como lejía de lavanderos». Así, todos nosotros, que somos miembros de su Cuerpo, hemos sido lavados por las aguas que lavó él, nuestra cabeza.
Y algo así ha sucedido también cuando el Señor oró en el huerto de los olivos. Con su oración Cristo santificó el óleo que se esconde en el duro corazón de las olivas. Por eso el Jueves Santo el obispo en la Iglesia bendice el óleo con que se ha de ungir el pecho y la espalda de los catecúmenos para impedir el paso al demonio y hacer de ellos un templo grato a Dios. Cristo, nuestro obispo, consagra también con su oración en el huerto de los olivos el Crisma indeleble que nos hace nación santa, linaje escogido, sacerdocio regio, según lo había anunciado David en su salmo cuando dijo: «me unges la cabeza con perfume», y bendice también con su oración el óleo de consuelo que conforta y sella el final de nuestras vidas.
Y para instruirnos mejor acerca de este misterio, el Señor invitó al buen ladrón a entrar en su gozo. Ungía con la fe el pecho del ladrón que renunciaba a Satanás y a sus obras y la espalda con que cargaba su cruz para seguirlo, y lo convertía así en templo del Espíritu Santo. Lo ungía con su Crisma, marcándolo con el sello indeleble de la redención, el sello «más fuerte que la muerte», ese sello que resplandece ante los ojos de los serafines y abre las puertas del cielo a quienes lo conservan luminoso como lámpara encendida. Y ungió también con el óleo de sus dolores la muerte que el ladrón completaba junto con el Señor.
Cristo nos nutre, nos limpia y perfuma con el óleo de su alegría, preparado en el huerto secreto de su oración y cosechado a través del dolor.  Y este óleo santo nos hace pasar como ladrones bienaventurados del huerto de los olivos al huerto del paraíso, a través de la puerta angosta que es la cruz. Por eso el Señor dijo al buen ladrón:

«Hoy estarás conmigo en el paraíso»

Y no hay ninguna tribulación ni estrechez en la cruz que no haya sido atravesada también por Cristo. Porque la cruz es la forma y medida de su amor. En ella —como en todos los misterios de la vida santísima de nuestro Señor— brilla como antorcha la claridad con que Dios nos ama y nos conoce. «En el pesebre, en la cruz, en la gloria eterna del Padre, Cristo ve ante sus ojos y tiene a sí unidos a todos los miembros de la Iglesia con mucha más claridad y mucho más amor que una madre conoce y ama al hijo que lleva en su regazo».
Por ello, la suerte de los mártires, los dolores de su Iglesia, no pueden ser ajenos a la pasión del Señor, pues en verdad él tuvo una inmensa solidaridad con los miembros de su cuerpo místico, cuando sin herida aparente derramó sangre en Getsemaní, padeciendo en anticipo cuanto habrían de padecer sus mártires y todos sus fieles. Y así, él era ya en Getsemaní apedreado en Esteban, crucificado en Pedro, decapitado en Pablo, quemado en Lorenzo, odiado en cada uno de sus hermanos, frutos nuevos de su Pasión, testigos de su sangre y de su amor. Porque con toda verdad uno de los Padres enseña que «éste es el que tuvo que sufrir mucho y en muchas ocasiones: el mismo que fue asesinado en Abel y atado de pies y manos en Isaac, el mismo que peregrinó en Jacob y fue vendido en José, expuesto en Moisés y sacrificado en el cordero, perseguido en David y deshonrado en los profetas. Éste es el que se encarnó en la Virgen, fue colgado del madero y fue sepultado en tierra, y el que, resucitado de entre los muertos, subió al cielo». Antes, pues, de ser clavado con clavos, él ya estaba unido a nosotros por el amor, crucificado en la cruz de nuestra carne por su misericordiosa encarnación.

«–Mujer, ahí tienes a tu hijo. –Ahí tienes a tu madre»

¿Cómo habría podido la Virgen Madre contemplar a su Hijo amado muriendo en una cruz, sin enloquecer de terror ante toda la maldad de que el corazón humano puede ser capaz? ¿Cómo habría podido sentir compasión de nosotros que extraviamos en la muerte al Hijo que ella con tanto amor dio al mundo? ¿Cómo habría soportado tanta pena si no fuera porque su corazón recibía todo de la mano de Dios y de su amada voluntad? En verdad, nunca hubo tanto dolor porque nunca hubo tanto amor, pues que es gloria del amor adornarse de dolor y el amor crece cuando el dolor lo ensancha. Dios es un viñador amoroso que limpia los sarmientos para que den más fruto. Pero María ya había dado el fruto más excelente. ¿Qué necesidad había de dolor? Sin embargo, quiso Dios hacerla experimentar el dolor de perder a Dios, el dolor de no poder estrecharlo entre sus brazos. Quiso hacerla probar tan grande dolor para aumentar el brillo de los méritos de su amor. El dolor de María no era por el peso del pecado—ella que había sido concebida sin pecado—; su dolor era por la gloria del amor.
La tarde en que murió Jesús la mirada de la Madre buscó en la caravana de nuestra crueldad. Buscó en nuestros corazones y en nuestras miradas un signo del amor y la compasión que él enseñó. Pero esa tarde lo perdimos todo. Y esa pérdida resume todos los momentos de nuestra vida en que nos hemos sentido lejos de Dios. Cristo muere en esta tarde y nuestro corazón llora por él, como se llora por el Hijo único, como se llora por el amigo del corazón, como se llora por el amor del alma. Y nuestro llanto es llanto de asesinos. Él murió por nosotros. Murió porque su amor no soportó nuestras lejanías, esas distancias infinitas que llamamos pecados.
La Virgen Madre lo busca entre nosotros y se compadece de nuestras miradas despiadadas, de nuestras crueles manos que taladran vidas, de nuestros pasos que caminan sin Dios, de nuestros corazones que matan. Ella nos toma por hijos mientras su Hijo se ocupa de las cosas de su Padre, clamando como zarza que arde sin querer consumirse:

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

El bendito cuerpo del Señor gozó desde su encarnación de impasibilidad. Era libre ante el dolor. Ninguna debilidad ni enfermedad podía vencer al que es la salud y la vida de todos. Por tanto, él quiso morir de amor, de sacrificio, porque para ello había nacido. Ningún dolor podía sobrevenirle al Señor si él no lo quería. Y, aunque sabemos que algunos hombres pueden aliviar sus dolores con el esfuerzo de sus mentes, Cristo no lo quiso así para su pasión. Quiso que su dolor fuera el más grande del mundo. Él, cuya alma y cuyos miembros de su cuerpo habían sido creados con inigualable perfección, tenía una sensibilidad más perfecta que la de cualquier otro hombre. Y, dado que ninguna enfermedad era digna del dolor más grande del mundo, Cristo deseó cumplir los sufrimientos de su pasión en la divina liturgia, pues nada más digno halló de ellos. Por eso, cuando las tinieblas lo invadieron todo, solemnemente recitó las palabras del Salmo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Y, sabiendo que esta profecía del salmista podía acarrear incomprensión y turbación, por ir acompañada de tinieblas, mostró desde la cruz su verdadero sentido. Por su encarnación se unió el Hijo eterno del Padre a nuestra naturaleza humana. Su cuerpo y su alma estuvieron y estarán por siempre unidos a su persona divina, sin experimentar jamás el abandono de Dios. ¿De qué abandono hablaba entonces el salmista? ¿Cuál abandono experimentaría el verdadero Salmista en la cruz? Un Maestro enseña que hablaba del abandono de la protección, pues al renunciar el Señor a protegerse a sí mismo de la crueldad de sus verdugos, se abandonaba a sí mismo a los dolores de su pasión que bien podía haber evitado por su impasibilidad soberana y se sumergía en el sueño de la muerte. Y no pronunció el Señor estas palabras como regateando el dolor. Más bien, al adentrarse en la oscuridad de la muerte, como un atleta enardecido clamaba al Padre: «Padre, por qué la muerte ponen fin a la ocasión de padecer por amor a tu voluntad y por caridad con mis hermanos? ¿Por qué termina en el tiempo el dolor que he encendido con amor eterno? ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?»
Del mismo modo, al agotarse el agua, el cuerpo de los hombres desfallece y experimentan la sed como un deseo muy profundo de renovarse y vivir. Por eso, el Señor al acercarse el final de su sacrificio, habló de su sed, de su deseo de refrescar su cuerpo para continuar su amor. Aquel que se entrega en nuestros labios diciendo: «Tomen y beban», dice también:

«Tengo sed»

Con razón dice la amada en el Cantar: «Reanímenme con pasteles de pasas, reconfórtenme con manzanas, porque me muero de amor». Fíjate bien que la amada, son aquellos que en la Iglesia quieren vivir como él murió. Y la amada pide pasteles de pasas, pues las pasas no son sino uvas que se han secado rápidamente para que no experimenten corrupción alguna. La amada no pide bebida alguna porque rechaza las aguas amargas de la duda y la tentación. Ha bebido sólo el vino del amor. Por eso dice también en el Cantar: «Son mejores que el vino tus amores, tu nombre es perfume derramado, por eso te aman las vírgenes». Pues el amado tampoco tiene sed de aguas amargas de duda y tentación. Sólo tiene sed de amores, de corazones virginales que lo aman. Y la amada se nutre de perfumes que sanan la pestilencia de la muerte. Así, el fruto del árbol de la vida es Cristo en la cruz, plantado en el corazón de su amada Iglesia, su hermana y Madre. Él es lo «que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palpado con nuestras manos». Él es el fruto que deleita la visión espiritual, refresca la sed de amor y perfuma el olfato virginal.
Dice la Escritura que con el dinero que Judas devolvió, los sacerdotes compraron el Campo del Alfarero, también llamado Campo de Sangre porque el color de su barro era rojo, como el barro del que Dios había modelado al Adán en el principio. Así Dios modelaba de nuevo al hombre con sus manos. Y una vez restaurados su sentidos espirituales, infundió en él un espíritu nuevo.
Por eso el Señor dijo:

«Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu»

Y así entregaba su amor y su vida en la nueva vasija de barro que el amor de Dios modelaba con su barro. Fíjate bien y no te distraigas. Dice la Escritura que en una ocasión, cuando la reina Ester se presentó delante del rey Asuero para abogar por su pueblo, el rey le dijo: «Qué es lo que tienes reina Ester, ¿Cuál es tu petición? La mitad de mi reino se te dará». Y es que nuestro Señor es rey de justicia y de misericordia. Pero María sólo tiene la mitad de su reino. Ella no juzga, sólo se compadece. Por eso, antes de llegar ante el juez eterno, aplica el remedio del Doctor que te aconseja: «Si se levanta la tempestad de las tentaciones, si caes en el abismo de las tristezas, eleva tus ojos a la Estrella del mar. Invoca a María. Si te golpean las olas de la soberbia, de la maledicencia, de la envidia, mira a la Estrella, invoca a María. Si la ira, la avaricia, la sensualidad quieren hundir la barca de tu espíritu, levanta los ojos de la fe, mira la Estrella, invoca a María. Si ante el recuerdo desconsolador de tus muchos pecados y de la severidad de Dios, sientes que vas hacia el abismo del desaliento y de la desesperación, lánzale una mirada a la Estrella del cielo y rézale a la Madre de Dios. En medio de tus peligros, de tus angustias, de tus dudas, piensa en María, invoca a María. El pensar en ella y el invocarla, sean dos cosas que no se aparten nunca ni de tu corazón ni de tus labios».
Y en verdad te digo que también el Señor, luego de entregar su Espíritu en las manos del Padre, sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, sabiendo que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas, que había salido de Dios y a Dios volvía, miró la Estrella. Miró a María y complacido exclamó amando hasta el extremo:

«Todo está cumplido». Todo está cumplido en el amor.

Virgen Madre, ruega Dios por mí, pecador. Salve, remedio eficaz de mi carne. Salve, plegaria ante el juez verdadero. Salve, orgullo glorioso de sacros ministros. Dignare me laudare te Virgo sacrata, da mihi virtutem contra hostes tuos.

domingo, 11 de noviembre de 2018

"... hæc vero de penuria sua omnia, quæ habuit, misit, totum victum suum"


Dominica XXXII per annum

Sucedió que los príncipes habían dado un edicto para que los hijos de los veteranos fueran alistados en el ejército. Martín desde los diez años escapó de su casa para ir a la Iglesia y pidió ser catecúmeno. A los doce años ya quería ir al desierto y abrazar la vida monástica. Pero por ese edicto a los quince años fue enrolado en el ejército. Cuenta Sulpicio Severo que en una ocasión Martín iba de camino cabalgando. Enrolado en la milicia, aún no había abrazado la vida monástica, pero ya su corazón ardía de caridad cristiana. Se encontró entonces a un pobre sin cobijo que pedía limosna tumbado en el suelo. Movido a compasión, no teniendo a la mano más que sus armas, tomó la espada y dividió en dos partes su manto. Era invierno. Esa misma noche en sueños supo San Martín que era el mismo Cristo quien le había suplicado. Vio en sueños al Señor vestido con el trozo de capa con que Martín había cobijado al pobre. Y escuchó al Señor que hablaba a una multitud de ángeles: «Martín, siendo apenas catecúmeno me ha cubierto con este vestido». Así el Señor mostraba cuánta estima tiene de quienes recuerdan sus palabras: «Lo que hicieron a uno de estos pequeños a mí me lo hicieron». Por eso proclamó con toda verdad haber recibido el vestido en la persona del pobre.
Hoy hemos visto a Jesús sentado frente a la alcancía del templo, como verdadero Dios. Pocas veces pensamos que la alcancía del templo sea un lugar cerca del cual Dios podría estar sentado. El botecito del pobre, la mano de la viuda, la alcancía del templo, podrían incluso parecer cosas sucias. Y sin embargo allí enfrente estaba Jesús sentado como juez supremo y juzgó que muchos echaban allí de lo que tenían en abundancia. Pero una mujer viuda echó mucho más porque lo dio todo. Eran dos moneditas que se revolvieron con las tantas otras monedas que mantendrían el decoro del templo. Pero la pobre mujer viuda ya no mezclaría con nada su vida. No había adquirido con ellas sino la mirada de Jesús y mañana no podría llamar ya a la puerta de ningún comerciante. En un gesto incomprensible había dejado en una gran alcancía todo lo que tenía para vivir. Dios no hace descuentos. Sin embargo, pensando en lo que sucedió al otro día, creo que, en el monedero de aquella pobre mujer viuda, buscando tantito, hurgando un poco, siempre habrá otras dos moneditas de muy poco valor que son todo lo que tiene para vivir. Esa gente de corazón grande suele encontrar muy pronto otra vez algo para vivir.
Mi madre solía presumir mucho de sus hijos. Y cuando caía en la cuenta de que ya estaba exagerando, pues entonces solía contar que hubo una vez una zarigüella, una simpática tlacuachita, que tenía muchos hijitos. Como se le perdiera uno, recorrió el bosque buscándolo por doquier. Y a cuantos animalitos encontraba les preguntaba: «¿Acaso han visto a  mi hijito?» Y a todos se lo describía con tanta gracia: «Tiene unos ojitos muy brillantes como azabache y vivarachos como luceros, sus pelitos muy bien ordenados y una colita de lo más tierna, además mi pequeño huele a bebé». Hasta que un sabio búho encontró al tlacuachito y al entregarlo a su madre le dijo: «He encontrado este animalejo con cara de sabandija, cola pelada y muy maloliente. Pero, bueno, ¿qué no dirá de su hijo una madre?»
Cuando somos ordenados sacerdotes el obispo unge nuestras manos con el santo crisma, óleo perfumado de la caridad del Señor. Sequé mis manos con borra de algodón que he guardado todo este tiempo. El día en que mi madre partió a la presencia de Dios corté un pedazo y lo puse en sus manos, para que cuando llegara ante el Señor se lo entregara como su monedita en la alcancía del cielo. Y pudiera decir orgullosa: «Señor, acuérdate de aquella historia: ¡Qué no dirá de su hijo una madre!»

¡Busque cada quien en el monedero de su corazón las dos moneditas que bastan para vivir, para dar la vida, para entregarlas orgullosos y confiados en la alcancía del cielo!

domingo, 4 de noviembre de 2018

"Non es longe a regno Dei"

Dominica XXXI per annum
Dios puso en primer lugar el mandamiento del amor a él mismo sobre todas las cosas. En segundo lugar puso el mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo. Pero lo cierto es que nadie puede amar a Dios a quien no ve, sin antes amar a su prójimo. Es decir, para cumplir el primer mandamiento hay que cumplir primero el segundo. Es algo así como el viejo enigma que enervó a algunos filósofos: ¿qué fue primero, la gallina o el huevo? Y quien resuelve este enigma no está lejos del reino de Dios.


Sobre el punto hay infinidad de opiniones aunque básicamente sólo haya dos, porque sólo se trata de una gallina y de un huevo. Y uno de los dos ha de ser primero. Hace algunos años unos artistas crearon un extraño cortometraje. Un cerdito se levanta como todas las mañanas, ajusta las mancuernillas de su saco, que curiosamente tienen forma de huevo frito, y va a su restaurante de todos los días. Toma su orden de huevos fritos, y su malteada con un par de huevos batidos. Y repite la orden varias veces. Hasta que, satisfecho, a punto de retirarse del restaurante, le sucede algo inesperado. Aparece una hermosa gallinita, fina y delicada, en el restaurante. Era tan bonita que le pareció al puerquito que era la prueba de que Dios existe. No sin antes caerse del banquito, el cerdito se acercó a ella y quitándose su sombrero le ofreció una margarita, de esas que enamoran y que muchas veces están en las mesas de los restaurantes, por cualquier cosa.
Se fueron al cine a comer palomitas de maíz, y luego comieron mazorcas en el parque, aunque los picotazos inciertos de la delicada gallinita pronto llenaron de pedacitos de  elote la cara y el saco de nuestro puerquito. Hicieron fotos juntos. Pero la prueba más fuerte llegó cuando volvieron al restaurante. Mientras degustaban una entrada de elotes amarillos maduritos relucientes de mantequilla, una gran platada de huevos con dos yemas redonditas, tiernas, aún en movimiento, pasaron frente a nuestro puerquito que adoraba los huevos. Era adicto a ellos, tenía que reconocerlo. Trató de mirar a otro lado. Y sus ojos tropezaron con la tierna margarita del restaurante, de esas margaritas que enamoran y que muchas veces están en las mesas de los restaurantes, por cualquier cosa, y que también tenía forma de… ¡huevo estrellado!
Estaba desesperado y ansioso. Así que cuando la gallinita, que de por sí se dormía tempranito, se acurrucó para dormir, se fue para asaltar el restaurante. Calientito y todo con pijama, nuestro puerquito abrió cuidadosamente la puerta del restaurante y comenzó a prepararse todos los huevos que encontró a la mano… bueno, a la pata. Y aspirando el delicado perfume de claras fritas y tiernas yemas, recordó al ver una margarita en la mesa todo el amor que tenía por la gallinita. Vio la primer foto y sintió en su corazón que había resuelto el enigma que hizo temblar a biólogos y filósofos: era primero la gallina y no el huevo. Al amanecer, cuando despertó la gallinita, el puerquito no estaba en la cama junto a ella. Había dejado un gran vacío. Pero un rico olor a elotes con mantequilla desde la cocina vino a darle los buenos días.
Queridas hijas, queridos hijos. En la Regla de San Benito hay una conocida frase que aprendí hace muchos años: «No anteponer nada a Cristo». Cuando era novicio me di cuenta que la frase en realidad viene de Cipriano. El texto de Cipriano dice: «Los que hemos sido redimidos y vivificados con la sangre de Cristo, nada debemos anteponer a Cristo porque tampoco él nada antepuso a nosotros». La frase de San Cipriano me parece bella, incluso más bella que la de San Benito. Y me preguntaba por qué Benito había recortado una frase tan bella. Con los años me di cuenta que Cristo sí antepuso algo entre él y cada uno de nosotros. Antepuso al hermano. Y nadie puede aspirar seriamente a la vida eterna si no piensa también en sus hermanos. El amor nos recuerda que fue primero la gallina y no el huevo. Porque la libertad está antes que nuestras dependencias y necesidades. El amor nos enseña que nadie puede pensar que ha amado a Dios si de verdad no ha amado a su prójimo hasta hacer del otro alguien mejor, alguien más elevado. Y que hay que sobreponer al tú por encima del yo para alcanzar juntos el cielo, porque no se va solos a la vida eterna. Por eso el amor es una elección que lleva consigo también muchas renuncias. No se hace de una sola renuncia, sino de muchas, a veces tantas como instantes tiene el tiempo. Y es precisamente la renuncia que Dios acoge lo que puede hacer eterno el amor, como todo sacrificio. «Tienes razón cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de él, y que amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

domingo, 28 de octubre de 2018

"...filius Timæi Bartimæus cæcus sedebat iuxta viam mendicans"

Dominica XXX per annum

Cuando conocí a Beno no sabía gran cosa acerca de los gatos. Pronto me explicaron que un gato es una excelente máquina de cacería. La sorprendente rapidez de los reflejos, la agilidad para evitar caídas desastrosas, la aguda percepción del movimiento, todo, todo hace del gato una trampa viviente. Un gato hace memoria de sus ancestros nocturnos, y pues percibe más el movimiento que el color, así se distrae menos y se enfoca más. Incluso el suave pelaje puede ser una defensa cuando después de un rato de caricias y ronroneos tu ropa impregnada de finos pelitos te advierte que ni se te ocurra cargarlo de nuevo. Y bueno, cuando al fin logras ponerlo boca arriba y hacerle cosquillas en su panza, tu mano está en serio peligro. La trampa de cuatro garras puede cerrarse y atrapar tu piel entre sus arañazos.
Beno es un gatote muy noble. Era desde cachorro un gatito aventurero que buscaba juegos, caricias y sabores. Lo mejor es que sabe devolver el juego sin hacer recurso de la sofisticada tecnología retráctil de sus uñas. Su astucia le hizo aprender que las almohadillas de sus manotas son mejores para hacer rebotar una pelotita de goma que sus uñas. Y que siempre que sus uñas se enreden en el cordel del juguete, pues perderemos tiempo precioso de juego.
Hemos pasado mucho tiempo jugando con pelotitas, cordeles, cascabeles y listones, y con el tiempo he llegado a sospechar que Dios hizo los gatos no para cazar, sino para jugar con ellos. Y que sólo en un mundo que conoce mucho de hambre, crueldad y apatía, los gatos convierten su talento de juego en un arma. Así la perfecta vista de un gato se vuelve ceguera. Deja de ver al mundo como juguete y lo comienza a ver como presa. Y algo parecido sucede en nosotros cuando dejamos de ver nuestro mundo como el espacio de nuestros juegos y lo comenzamos a ver como algo que depredar.
Algunos de los filósofos antiguos pensaron que los ojos eran órganos constituidos básicamente por agua y fuego, y por ello podían emitir rayos que alcanzaban a tocar todas las cosas iluminándolas y produciendo así la visión. Por medio de esos rayos nuestros ojos perseguían las cosas para acariciarlas, captar su imagen y así palpar el mundo. Luego se corrigió esa idea y comenzamos a pensar que más bien la luz llega a nuestros ojos y por eso vemos.
Bueno, hace algunos años adquirí un ejemplar de Trichoceros antennifer, una orquídea de flor pequeña que tiene el aspecto del moscardón que la poliniza. El enigma me parece fascinante: ¿fue el moscardón el que evolucionó hasta tomar el aspecto de la flor?, ¿quería el moscardón hacerse tan semejante a la orquídea hasta el punto de arriesgarse a confundir la flor con su pareja?, ¿pero para qué querría engañarse cortejando a una flor en vez de una mosquita real? Por mucho que el moscardón se sienta fascinado por las recatadas mosquitas muertas, para el caso enamorar a una flor es como proponerle matrimonio a un maniquí.
Pensemos la hipótesis contraria: ¿y si hubiera sido la flor la que tomó forma de mosca? Bueno, habría sido bastante difícil que la flor se disfrazara de algo que nunca ha visto. ¿Cómo lo habría logrado, puesto que la flor no puede ver al insecto? Con todo, sospecho que el Trichoceros antennifer tiene una flor que soñó con ser mosca y que poco a poco, con el paso del tiempo, lo ha ido logrando. Soñó con volar y tal vez en algunos milenios más de evolución lo logrará, aunque en su ceguera nunca haya visto lo que es volar.
En las cosas espirituales, los ojos sí emiten rayos de luz que persiguen lo que nunca han visto.  Eso es la fe, que nos permite perseguir a Dios para jugar con él. La fe que nos permite soñar que volamos como Dios, hasta transformarnos en él. Hoy escuchamos en el evangelio la historia de un ciego que, como la orquídea quiso volar. No vio a Jesús pero supo que Jesús volaba por el camino que conduce al cielo, y su deseo de ser como él lo llevó a volar a pesar de su ceguera. A pesar de que los hombres lo herían con miradas y regaños de importunidad, él jugó a perseguir a Jesús, y en su ceguera pronto estaba ya volando, soltando su manto, saltando tras el sueño de un Jesús que podía devolverlo al milagro de ver. 
No fuimos creados como trampas ni como armas. Fuimos creados para el juego de la amistad y de la compasión. Tampoco fuimos hechos para perder el tiempo enredando nuestros filos en heridas deshilachadas. Nuestros ojos fueron hechos para jugar a volar y perseguir a Dios a quien no vemos y soñando así sin ver que podamos transformarnos en él.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Pie Iesu Domine, dona eis requiem

Missa in sufragio pro R. Domno Benito Verber ON

Cuando conocí al Padre Benito, tenía un pavo real. Suelen los pavos reales volar recogiendo sus brillos en la fuerza de sus alas. Y en eso muestran, por el recogimiento de sus plumas, que son humildes cuando se elevan. Pero cuando posan por tierra, despliegan un circulo perfecto de plumas majestuosas. Así muestran que aman por igual a cada una de sus plumas y las despliegan con igual majestad a todas, orgullosos de cada una de ellas. Ninguna otra ave tiene un amor tan equitativo y justo por sus plumas como el pavo real. Y por eso son imagen de Cristo, humilde cuando asciende y justo cuando ama.
Cuando conocí al Padre Benito, tenía algunos cuervos. Y bueno, pues los cuervos representan la sabiduría benedictina que acarrea lo que nutre y aleja lo que envenena. Los antiguos creyeron escuchar en el graznido de los cuervos las voces: «cras, cras». Y pues «cras», en latín significa «mañana». Así, el cuervo benedictino es pregonero del mañana, pues siempre que haya monjes esforzados en llevar alimento al claustro y en alejar de los monjes cuanto puede envenenarlos, siempre habrá un mañana.
Hace algunas semanas he visto un magnífico copón, adornado con bellos esmaltes y con aplicaciones metálicas en forma de águilas. En la tapa lleva una inscripción que explica el sentido de las águilas: «Ubi est corpus, ibi congregabuntur et aquilae», «Donde está el cuerpo, allí se congregarán las águilas». En efecto, esa hermosa palabra evangélica es ley para los corazones de los monjes. Pues así como las águilas no se nutren de carne muerta, sino que se elevan para buscar desde lo alto la carne viva que las nutre, así las almas amantes han de buscar el Cuerpo vivo del Señor, elevándose por la humildad y cerniéndose por el amor. Habrá que perseguir a Cristo, como el águila persigue la carne que le alimenta.
Cristo es un monje laborioso que lleva incansable el pan de su vida a los corazones que lo buscan y aleja de ellos todo veneno mortal. Como imitador de Cristo, el Padre Benito fue también un trabajador incansable. El trabajo fue para él cáliz de salvación, cáliz de la pasión del Señor, que bebió con Cristo hasta el final. El trabajo fue para él vino nuevo para dejar atrás todas las amarguras de la vida. No creo que haya una mejor manera de honrar su memoria sino siguiendo su ejemplo de diligencia en el trabajo y en la plegaria.
Curiosamente el Padre Benito usó también un cáliz hermoso, regalo de su mamá, cuya copa se apoya sobre una cruz de amatistas, que son las piedras de la fidelidad. Pues como enseñaron nuestros padres, «la disciplina claustral es la cruz de Cristo, y nadie es depuesto de ella sino muerto». Hace unos días escuché a alguien decir que un abuelo es alguien que tiene cabellos de plata y corazón de oro. Y nosotros muchas veces escuchamos al Padre Benito decir con lágrimas: «La vida monástica vale oro». De ese oro monástico había mucho en su corazón, junto con lágrimas y fuego.
En Santa María de la resurrección el Padre plantó algunos árboles que él llamaba algarrobos. Pues siempre se sintió un hijo que añoraba la casa paterna, aun viviendo en este monasterio. Tal vez ahora, en el claustro del cielo, que es el corazón abierto de Cristo, tal vez ahora añore esta casa materna. Y puesto que ha imitado a Cristo en sus labores, y lo ha abrazado a través de la muerte como manojo de mirra, vuele al cielo como águila y como cuervo amigo vuelva a dispensar el pan de la intercesión y despliegue las alas de su protección sobre todos nosotros.
Todos soñamos un mejor monasterio, una comunidad mejor. Sé que no fui el mejor hermano ni el superior que él hubiera deseado, y pues quisiera pedir perdón y decir gracias, con el gracias de Cristo, que transforma nuestra insuficiencia en pan de vida y de bendición. En la mesa santa en que Dios sirve y es servido comulgamos juntos el perdón de Dios y su amor, que es él mismo. Imitamos juntos sus misterios y los realizamos para bien de la Iglesia. Sea el amor justo del Señor, nuestro pavo real y divino, lo que nos lleve a todos juntos a la vida eterna.
Requiem æternam dona eis, Domine. Et lux perpetua luceat eis.
Requiescat in pace.