domingo, 27 de mayo de 2007

Dominica Pentecostes


Sabemos bien que Dios es amor. Y el Espíritu Santo es el Amor del Amor. Y puesto que el Padre y el Hijo se aman mutuamente es preciso que el Espíritu Santo proceda de los dos y sea común a ambos. Sabemos que Dios es espíritu, y nada de su perfección es material. Y es santo, porque su divina bondad es purísima. El Padre es Espíritu y el Hijo es Espíritu; el Padre es santo y el Hijo es santo. Fíjate bien, el Espíritu de Dios es de tal manera común al Padre y al Hijo, que incluso tiene por nombre propio el nombre que el Padre y el Hijo tienen en común. Pero todo este misterio se oculta a nuestros ojos, y apenas si logramos gustarlo con la luz de nuestras mentes.
En el día santísimo de Pentecostés, el Espíritu del Señor descendió sobre su Iglesia. El Espíritu Santo, el soplo divino, que ora en secreto con gemidos indecibles, se hizo escuchar para manifestar su presencia entre nosotros y en favor de nosotros. La Escritura dice que repentinamente «se oyó un gran ruido, como cuando sopla un viento fuerte, que resonó por toda la casa donde se encontraban». Esta casa es la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, donde resuena unánime el canto nuevo, el himno de los redimidos, como en una flauta cuando el aliento del músico mueve todas sus armonías y crea la música siempre nueva. El Espíritu Santo es el soplo que hace sonar la flauta, que es la Iglesia, porque el Espíritu ora en nosotros.
Además, dice la Escritura que «aparecieron lenguas de fuego, que se distribuyeron y se posaron sobre ellos». Estas lenguas de fuego hicieron visible la presencia orante del Espíritu, porque así como el fuego arde en una continua ascensión al cielo, así el Espíritu continuamente ora en nosotros y lleva consigo nuestras plegarias al corazón del Padre. Estas lenguas de un mismo fuego se distribuyeron y se posaron sobre cada uno porque la oración es siempre el acto más solitario del hombre. Comienza como monólogo del alma consigo misma y luego se descubre como parte del continuo monólogo del Espíritu de Dios con Dios mismo. Cualquier diálogo en la oración no es más que eco de la misma voz orante del Espíritu. Por eso cada liturgia nuestra es un encuentro de solitarios reunidos en el Espíritu de Dios. Y hemos de venerar nuestras soledades juntas en el silencio y el recogimiento porque el Espíritu de Dios ora en nosotros. ¿Pero qué pide? ¿Qué nos enseña a pedir? Fíjate bien, hoy hemos escuchado las palabras evangélicas: «Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar». Es decir, la remisión de los pecados se da sólo en el Espíritu Santo. Este Santo Espíritu expulsa todo lo que es nocivo, y sin él reina entre los hombres el espíritu del pecado y la discordia, que hiere todo, corrompe todo, dispersa todo. El Espíritu del perdón habita en la unidad de la Iglesia. Por eso sólo en ella se da la remisión de los pecados. Así como no podemos trabajar la tierra sin la lluvia que baja del cielo, así es la remisión de los pecados. Sólo podemos sembrar la vida espiritual en la fecunda tierra de la Iglesia, bendecida por la temprana lluvia de la misericordia, que es el don del Espíritu Santo recibido en el bautismo.
Por eso, el Señor Jesús dejó en manos de sus Apóstoles el ministerio visible del Espíritu Santo invisible, para que todos los que nacen del agua y del Espíritu por el bautismo, puedan volver continuamente a las fuentes de la salvación. Pues así como un recién nacido ha recibido todo de su madre, y sin embargo continúa nutriendose de su leche y deleitándose en su amor, así también quien ha renacido en el Espíritu ha recibido toda la vida espiritual y sin embargo debe continuar buscando las cosas del cielo, nutriéndose con el don del Espíritu Santo, pidiendo el perdón de sus pecados.
Es curioso, San Agustín poco después de su conversión y de su ordenación sacerdotal, enseñaba con gran entusiasmo que el bautizado podía llegar a ser perfecto si vivía continuamente según el mensaje de Cristo, dado en el Sermón de la montaña como ley novísima. El camino de las bienaventuranzas era para Agustín una peregrinación sublime al monte santo de la palabra de Dios. Sin embargo, unos veinte años después, el Santo Doctor escribió: «Mientras tanto, he comprendido que uno sólo es el verdaderamente perfecto y que las palabras del Sermón de la montaña sólo se han realizado en uno sólo: en Jesucristo mismo. Toda la Iglesia, en cambio, todos nosotros, incluso los Apóstoles, debemos orar cada día: "perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden"».
Es ésta la oración del Espíritu Santo en nosotros. Por eso, aunque el Espíritu nos hace nacer en él a través de las aguas del bautismo, necesitamos volver continuamente a la fuente del perdón. Es más, el mismo Espíritu nos conduce a la penitencia. Corramos pues con el corazón dilatado, a las fuentes de la salvación y recibamos continuamente el Espíritu Santo para el perdón de nuestros pecados.

domingo, 15 de abril de 2007

"Accipite Spiritum Sanctum"

Dominica in albis

San Juan dice en su Evangelio que, seis días antes de su pascua, el Señor Jesús se fue a la casa de Lázaro. Allí le ofrecieron una cena. Marta servía y Lázaro estaba a la mesa con Jesús. Entonces María tomó un frasco de perfume de nardo para ungir los pies de Jesús. Se trataba de un costoso perfume que los judíos llaman «de confianza» porque se vende en pequeñas ampollas selladas y no se puede verificar su calidad sino una vez abierto. Comprar uno de esos perfumes es un negocio de alto riesgo.
María, la hermana de Lázaro, la que amaba estar a los pies de Jesús, rompió la ampolla, ungió los pies de Cristo y los enjugó con sus cabellos. Dice el evangelista que «la casa se llenó con el olor del perfume». Uno de los discípulos se escandaliza del precio de tan buena obra, pero Cristo le dice: «Déjala, porque esto es para el día de mi sepultura». Tal vez la noble hermana de Lázaro no sabía muy bien lo que hacía. Pero lo cierto es que amaba a Jesús. Y él, que lo sabía todo, guió como buen pastor el amor de María. Ella puso en los pies de Jesús la unción de la muerte, sin saber que esos pies, los pies «del mensajero que anuncia la paz», bien pronto habrían de ser arrestados y clavados a una cruz. Ella amarró a los pies del Verbo encarnado toda nuestra humanidad con los lazos de su cabello. Y el perfume que estaba encerrado en la botellita invadió toda la casa.
Fíjate bien, si quieres entrar en el misterio: en el Cántico más bello de Salomón el amado dice a su amada: «Tu melena es como un rebaño de cabras que ondula por el monte Galaad». Llama rebaño de cabras a la melena de la amada porque las cabras son animales destinados al sacrificio por el pecado. Además, las cabras ofrecidas en holocausto son «suave aroma para el Señor». Así, los cabellos de María, la hermana de Lázaro, representan a todos nosotros, atados a los pies del Señor como rebaño destinado al sacrificio por nuestros pecados. Pero son tantos nuestros pecados que el suave aroma de todos nuestros sacrificios no basta para ocultar su mal olor. Nuestro bálsamo no basta para curar las heridas que nos hacemos unos a otros.
Por eso, para mostrar que Cristo habría de morir por todos nosotros, continúa el Cantar de Salomón: «Tu melena es como púrpura, un rey entre tus trenzas está preso». Dice «tu melena es como púrpura» para indicar que la sangre de Cristo ha ungido con el buen olor de su virtud a todos los hombres. Y para manifestarnos la divinidad de Aquel que se entregó en nuestra humanidad a la muerte dice: «Un rey entre tus trenzas está preso». Es como si dijera: «Cristo, verdadero Dios, está preso en tu mortalidad».
Dice san Juan en su evangelio que «toda la casa se llenó con el olor del perfume». Es decir, al romperse el frasco de perfume por la muerte de Cristo en la cruz, toda la humanidad, que es su casa, se impregnó del buen olor del sacrificio redentor. El buen olor de su sacrificio ungió su divinidad y nuestra humanidad. La muerte redentora cubrió de púrpura al Rey de los ángeles. Y lo retuvo prisionero en nuestra muerte por tres días. Pero al tercer día, el Señor se levantó de la muerte y volvió al Padre, llevando amarrado a sus pies a su amado rebaño que su muerte había perfumado.
Por eso, algunos días después de su resurrección gloriosa se apareció enmedio de sus discípulos que estaban a puerta cerrada y les dijo: «La paz esté con ustedes». El mensajero que anuncia la paz, que trae la buena noticia, dice a sus amigos: «Ya reina tu Dios». Es como si dijera: «Tu rey, que estaba preso en la melena de tu mortalidad ahora es libre, y tú eres libre con él».
Como un día lo ungiste con el nardo de tu muerte, sin saberlo, ahora él te entrega el perfume de su vida divina, su Espíritu Santo; él sopla en la casa, que es la Iglesia, para perpetuar la obra de su misericordia y el perdón de los pecados. No desprecies el don de su amor.
Recuerda las palabras amables del Señor: «a vino nuevo, odres nuevos». Deja, pues tu obras muertas, endurecidas y oscurecidas en el pecado y recibe en un corazón renovado el vino nuevo del Reino, el Santo Espíritu de Dios, que trae la paz a toda la Iglesia.

viernes, 6 de abril de 2007

Via Crucis DN Jesu Christi


Feria VI in Parasceve
RP Domnus Evagrius OSB præparavit

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo
Señor mío, Jesucristo, Dios y hombre verdadero me pesa de todo corazón haber pecado, porque he merecido el infierno y perdido el cielo. Y sobre todo porque te ofendí a ti, que eres bondad infinita, te amo con todo el corazón y propongo con tu gracia no volver a pecar.

Primera estación
La agonía en el huerto
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, porque con tu santa cruz redimiste al mundo
En el Cántico más bello de Salomón está escrito: «Entré en mi huerto, hermana mía, esposa; he tomado mi mirra con mi bálsamo, he comido mi panal con miel, he bebido mi vino con mi leche. Coman, amigos, beban». Estas palabras son palabras de Cristo. Porque el camino de la cruz inicia en el huerto del amor de Dios, donde Cristo toma la mirra de su muerte con el bálsamo de su divina inmortalidad; come el panal de sus dolores con la miel de la voluntad del Padre; bebe el vino de su pasión con la leche de la vida nueva que renace en la cruz. Vengan, pues, amigos, coman y beban en el huerto del amor de Dios.
Padrenuestro

Segunda estación
El Señor es condenado a muerte
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
Cuando el Señor Dios repartió la tierra prometida entre las tribus de Israel, a cada una le dio una porción como herencia. Pero a la familia sacerdotal, a los hijos de Aarón, no les dio una herencia terrena, sino que el Señor les dijo: «Tú no tendrás tierra ni propiedades en Israel como los demás israelitas. Yo seré tu propiedad y tu herencia en Israel».
El sacerdote llevaba un pectoral con doce piedras que representaban a las doce tribus de Israel. Porque teniendo a Dios como heredad, poseía de algún modo todas las tribus y todas las promesas hechas por Dios a Israel. Por eso Caifás, que era sumo sacerdote el año de la muerte del Señor dijo: «Conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que toda la nación perezca». Con estas palabras, el sumo sacerdote entregó su heredad a la muerte. Dice la Escritura que cuando Cristo se manifestó ante Caifás como Hijo de Dios, Caifás se rasgó las vestiduras. El sumo sacerdote se escandalizó de la humildad de Cristo y por ello se privó del honor del sacerdocio, despojándose de sus ornamentos sagrados y rasgando el pectoral que une a los hijos de Israel. Entonces entregó a Cristo en manos de Pilato, que representa a los hombres de toda raza y lengua. A esto se refiere la Escritura cuando dice que Cristo iba a morir «no sólo por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos».
Padrenuestro

Tercera estación
El Señor lleva la cruz a cuestas
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
Dice la Escritura que un día Abraham, nuestro padre en la fe, llevó consigo a su hijo amado Isaac al monte que Dios le indicó para ofrecerlo en sacrificio. «Tomó Abraham la leña para el sacrificio, la cargó sobre su hijo Isaac, tomó Abraham en su mano el fuego y el cuchillo, y se fueron los dos juntos». Fíjate bien, Abraham puso la leña en los hombros de Isaac, pero mantuvo consigo el fuego y el cuchillo porque de verdad amaba entrañablemente a Isaac. Abraham tomó en sus manos el cuchillo y el fuego, porque con ellos podría hacerse daño el pequeño Isaac. En cambio, lo hizo cargar la leña en sus espaldas porque vio desde lejos el misterio de la cruz y la promesa de la vida. La fe condujo a Abraham al monte del sacrificio, a este monte santo donde amor entrañable, pasión y vida son la misma cosa.
En verdad, tanto amó el Padre celestial a su propio Hijo que aunque puso en sus espaldas el leño de la cruz, no lo abandonó a la muerte, sino que lo resucitó al tercer día. Así, pues, Cristo padeció toda la fatiga y los dolores de la cruz como verdadero hombre, y su divinidad no le ahorró ninguno de sus horribles sufrimientos; sin embargo, su divinidad tan verdadera nunca se separó de su humanidad. Tanto amó Dios a su Unigénito, lleno de gracia y de verdad, que puso sobre sus espaldas el leño en que había de ser glorificado, pero no le dio el cuchillo ni el fuego que apartan de Dios.
Padrenuestro

Cuarta estación
El Señor cae por primera vez bajo el peso de la cruz
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
La Escritura dice que una vez el patriarca Jacob iba de camino y, al ponerse el sol, se dispuso a descansar. «Tomó una de las piedras que allí yacían, se la puso por cabezal, y se acostó en aquel lugar. Y tuvo un sueño; soñó con una escalera apoyada en tierra, y cuya cima tocaba los cielos, y he aquí que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella. Y vio que el Señor estaba sobre ella, y le decía: «Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abraham, y el Dios de Isaac. La tierra en que estás acostado te la doy para ti y tu descendencia. Tu descendencia será como el polvo de la tierra y te extenderás al poniente y al oriente, al norte y al sur; y por ti y por tu descendencia se bendecirán todos los linajes de la tierra. Mira que yo estoy contigo; te guardaré por dondequiera que vayas y te devolveré a este lugar». Este sueño, hermanos y hermanas, era una profecía del misterio de Cristo. Lo que fue enigma, sueño y promesa para el santo patriarca, es realidad para Cristo, que es verdadera roca espiritual y piedra angular de la Iglesia. Cristo yace por tierra bajo la escalera que une el cielo y la tierra. Esta escalera es la cruz. Arriba está el Padre y sus antiguas promesas reposan sobre Cristo, roca espiritual. «La tierra en que estás acostado te la doy para ti y tu descendencia. Tu descendencia será como el polvo de la tierra». Significa que todos los descendientes del patriarca han de bajar a la muerte y serán como el polvo de la tierra. Pero Cristo, al caer por tierra, se extiende como una bendición sobre los que yacen en el polvo de la muerte. Es la promesa de la resurrección: «Mira que yo estoy contigo; te guardaré por dondequiera que vayas y te devolveré a este lugar».
Padrenuestro

Quinta estación
El Señor encuentra a su Madre dolorosa
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
En el Cántico más bello de Salomón, el amado dice a la amada: «Me robaste el corazón con una sola de tus miradas, con una vuelta de tu collar». Estas palabras se refieren a Cristo que contempla la mirada de su Madre Santísima. Mirada tan pura y tan profunda. Mirada que se roba el corazón doliente de Cristo, que arranca por un instante el dolor atroz del Hijo. En los ojos de la Madre de Dios estuvo, en ese instante, todo el peso del corazón doliente del Hijo. En sus lágrimas estuvo el insostenible peso del amor. «Me robaste el corazón con una sola de tus miradas». Fíjate bien que dice: «me robaste el corazón», porque el corazón de Cristo es el único artesano y verdadero dueño de la mirada inocente de la Madre. Pero con la mirada compasiva, la Madre dolorosa robó el corazón doliente del Hijo. Lo hizo suyo. «Me robaste el corazón con una sola de tus miradas». Es como si dijera: «Tu mirada habitó siempre escondida en el gozo secreto de mi corazón, pero ahora, con tus ojos inocentes fuiste un relicario para mi corazón lastimado». Y dice, «con una vuelta de tu collar», porque los misterios divinos reposan en el corazón de la Madre como cuentas preciosas de un collar. «María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón». En ella Cristo contempla sus misterios ya cumplidos, por eso dice: «Me robaste el corazón con una sola de tus miradas, con una vuelta de tu collar».
Dios te salve María

Sexta estación
Simón de Cirene ayuda al Señor a cargar la cruz
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
La pascua judía es una fiesta familiar. Todos los años, los israelitas debían ir a Jerusalén para celebrarla. Y, luego de inmolar los corderos en el templo, iban y hacían los festejos en las casas. Festejaban su vida y su libertad en la ciudad de salvación, con los de su casa, en el lugar más íntimo y cómodo, el que mejor hablaba de ellos. Pero los peregrinos, los que no vivían en Jerusalén, iban a la Ciudad Santa para la fiesta y buscaban sitio donde celebrar. Entonces podían unirse unos con otros en una casa, y eran como una misma familia por esa noche. Esa noche eran una familia pascual, una misma casa. También el Señor, entró en la Ciudad Santa y fundó para siempre con sus compañeros de camino, con sus amigos de peregrinación, una misma familia: nosotros somos los de su casa. Por eso «no se avergüenza de llamarnos hermanos». Como nos ha enseñado el beatísimo Papa Benedicto, Jesús celebró la Pascua «sin cordero y sin templo, y, sin embargo, no lo hizo sin cordero ni sin templo. Él mismo era el Cordero esperado, el verdadero… Y él mismo es el verdadero templo, el templo vivo, en el que vive Dios, y en el que podemos encontrarnos con Dios y adorarle». Hermanas y hermanos, la cruz es, entonces, nuestra Jerusalén, Ciudad de Paz, la casa en que habitamos, nuestra tierra prometida, donde echamos raíces y estamos crucificados con Cristo: él vive en nosotros y nosotros vivimos de la fe en él. Porque hemos comido su carne y bebido su sangre, y su vida divina corre en nuestras vidas como en un templo, como la savia vital corre por la cepa y los sarmientos de la vid hasta dar frutos de suave fragancia. Por eso el peregrino de Cirene cargó con la cruz del Señor, como el sarmiento carga con los frutos de la vid.
Padrenuestro

Séptima estación
Verónica enjuga el rostro de Jesús
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
La Escritura dice que cuando el profeta Elías estaba por salir de este mundo, Eliseo, su discípulo, quiso acompañarlo hasta el final. Poco antes de que Elías fuera arrebatado al cielo, el profeta dijo a su discípulo: «Pídeme lo que quieras que haga por ti antes de ser arrebatado de tu lado». Y Eliseo respondió: «Que tenga dos partes de tu espíritu». Entonces Elías le dijo: «Si alcanzas a verme cuando sea llevado de tu lado, lo tendrás; si no, no lo tendrás». Todavía estaban platicando cuando un carro de fuego con caballos de fuego se interpuso entre ellos y Elías fue llevado al cielo en un torbellino. Eliseo francamente ya no alcanzó a verlo. Era tanta la gloria del profeta que lo único que pudo hacer fue recoger los vestidos de Elías y su manto que se le había caído. Eliseo no vio al profeta revestido con el fuego de la gloria. Sin embargo recibió su espíritu. Tal vez porque pudo verlo en el manto que se le había caído. Eliseo vio a Elías en ese pobre hilacho, donde el profeta se cobijó tantas veces del frío de su noche oscura, en ese manto donde ocultó su miedo y sus pecados, en ese trapo que secó el llanto desesperado del profeta.
Algo así sucedió con Verónica. Una antigua leyenda dice que de entre la muchedumbre se acercó a Jesús una mujer, Verónica y enjugó el rostro maltratado de Cristo, «sin figura ni belleza». Entonces el rostro de Cristo se dibujó en el lienzo. Como dice la Escritura: «Lo vimos sin aspecto atrayente; despreciado y abandonado por los hombres, varón de dolores y conocedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro... Y con todo, eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba». Fíjate bien, en el lienzo de aquella mujer, el Señor nos dejó su Espíritu como consuelo en toda tribulación. Para recibirlo, basta mirar en nuestras fatigas, en nuestras dolencias, en nuestro arrepentimiento, su rostro humilde, el semblante de su pasión, de su amor hasta el extremo. Esa mujer, Verónica, es la Iglesia, y el lienzo con el rostro de Cristo sufriente son sus aflicciones y sus pruebas que un día brillarán como piedras preciosas en un espléndido traje de bodas.
Padrenuestro

Octava estación
El Señor cae por segunda vez bajo el peso de la cruz
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
En el Cantar de los cantares está escrito: «El rey Salomón se ha hecho un palanquín de madera del Líbano. Ha hecho de plata sus columnas, de oro su respaldo, de púrpura su asiento; su interior tapizado de amor por las hijas de Jerusalén». Salomón significa «rey de paz», y es un nombre de Cristo, porque él como verdadero rey pacífico puso en paz todas las cosas por su sangre derramada en la cruz. En efecto, el palanquín de Cristo es la cruz. Bajo su sombra Cristo recorre el mundo entero. Sus columnas son de plata, porque la plata es el precio de los esclavos, y la sombra de la cruz reposa sobre nuestra esclavitud. Su respaldo, en cambio, es de oro, porque el oro es la justicia y el poder de los reyes, pero su asiento es de púrpura porque la sangre derramada por su pueblo lo eleva por encima de todas las cosas. Y también dice el Cantar: «Su interior, tapizado de amor por las hijas de Jerusalén». Fíjate bien, se tapiza los espacios para habitarlos. La cruz es, pues, un palanquín tapizado de amor donde el rey de cielo y tierra espera que tú habites con él. Y dice «por las hijas de Jerusalén», porque Jerusalén significa «visión de paz» y las hijas de Jerusalén son las almas de los contemplativos que nada desean más que contemplar al Rey pacífico. Esas almas son los tapices amorosos de su casa. La cruz, en su misterio más profundo, está tapizada con el amor de los contemplativos.
Padrenuestro


Nona estación
El Señor consuela a las mujeres de Jerusalén que lloran por él
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
Los antiguos vieron en los sauces un símbolo de la condición humana. Los sauces llorones dan frutos muertos, que no sirven para nutrir la vida, y sus ramas caen como una lluvia de lágrimas. Bien pronto, los antiguos comprendieron su misterio y comenzaron a plantar sauces en los viñedos, para que, usando las ramas como guías, las vides pudieran trepar y adornaran sus ramas con jugosos frutos de vida nueva. Así es el misterio de nuestra humanidad, que no producía más que frutos muertos, pero cuando Cristo, vid verdadera, se acercó a nosotros, comenzó a trepar por nuestros llantos y a cubrirlos con racimos maduros de vida eterna. «No lloren por mí, hijas de Jerusalén, lloren por ustedes y por sus hijos». Es como si dijera: «Lloren por sus obras de muerte, por sus pecados, para que yo suba a través de sus llantos y los adorne con frutos de sabiduría, justicia, santificación y redención».
Padrenuestro

Décima estación
El Señor cae por tercera vez bajo el peso de la cruz
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
Cristo dice de sí mismo en el libro de los Salmos: «Aunque camine por cañadas oscuras nada temo porque tú vas conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan». ¿Y qué otra cosa son, hermanos y hermanas, las cañadas oscuras, sino las fatigas y el dolor que Cristo padeció en toda su vida santísima, como hombre entre los hombres? ¿Y no son la vara y el cayado divinos la cruz fiel que nos devolvió la vida? «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan». El Cordero que se ha dejado conducir por el Padre hasta la muerte es el Pastor bueno que conoce a sus ovejas, conoce sus fatigas porque él mismo ha aprendido por el sufrimiento a obedecer.
Padrenuestro

Undécima estación
El Señor es despojado de sus vestiduras
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
El Hijo de Dios, como hombre entre los hombres, tuvo necesidad de vestirse, de ocultar su misterio. Llevó sobre sí una túnica sin costura, que nos recuerda la túnica de piel de los hijos de Adán, esa túnica que abriga el corazón del hombre ante la frialdad del mundo, y que esconde la pena inexorable del pecado. En el misterio de la túnica sin costura ganada por un soldado, la humanidad entera sale victoriosa. Cristo, nuestro verdadero soldado, atraviesa la batalla de la cruz y gana intacta la túnica de la humanidad.
Padrenuestro

Duodécima estación
El Señor es clavado en la cruz
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
Cuando Adán vivía en el paraíso, podía comer de todos los árboles del jardín de Edén. Todos le pertenecían porque Dios le había encomendado custodiarlos. Sólo uno no le era permitido, el árbol del conocimiento del bien y del mal. Y sin embargo, Adán comió. Extendió su brazo hacia el árbol funesto para arrancar su fruto y comerlo. Adán robó su propia desgracia. Sin embargo, en el libro de los salmos está escrito: «He de devolver lo que no he robado». Son las palabras de Cristo, que no conoció pecado, que no extendió su mano a la maldad. Cristo ha devuelto lo que él no robó. Clavado en la cruz, ha colocado de nuevo el fruto robado en el árbol que conduce a la muerte. Así pagó la deuda de Adán y borró con su sangre inmaculada la condena del antiguo pecado.
Padrenuestro

Decimotercera estación
El Señor muere en la cruz
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
Un día, el padre prior llevó a uno de sus discípulos hasta el confín del monasterio. Entonces, con tanta agilidad se trepó a un árbol y comenzó a mirar la huerta de los vecinos. Decía a su discípulo: «Sabes, hermano, la huerta que plantaron nuestros vecinos es muy bonita. Tiene tantos árboles perfumados y de frutos tan jugosos y perfectos. En nada se parece a nuestras pobres huertas de aguacates». Y el monjecito atolondrado escuchaba desde abajo, imaginando la belleza y el esplendor de la otra huerta. Algo así sucede en el misterio de la cruz. Cristo, llegado a la frontera de su pascua, subió al árbol de la cruz y desde allí nos habló del amor de Dios, de su perdón, de su belleza, de sus delicias. Todavía más, desde ese árbol bendito, el Señor exhaló el aroma del jardín de la vida divina y perfumó nuestra pobre tierra. Con razón dice la Escritura: «El Padre todo lo ha puesto en las manos del Hijo». Todo el amor del Padre se entrega en las manos del Hijo. Todo el Espíritu Santo, amor de Dios, descansa en las manos del Hijo. Este amor es un gemido. Y el Hijo lo entrega a los hombres. Porque el Hijo ha recibido sin medida el Espíritu del Padre; ha sido ungido por él, con él y en él. Por eso en el momento más alto de la historia del linaje humano, cuando finalmente el cielo y la tierra se unen, en la cruz de la vida, el Hijo entrega el Espíritu como un grito en medio del silencio del Padre. El grito del Hijo y el silencio del Padre hacen la más perfecta armonía, la más sincera concordia, de la que toda armonía y toda música son apenas una imitación, una pálida imagen.
Padrenuestro

Decimocuarta estación
El Señor es bajado de la cruz y colocado en el sepulcro
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
«Muerto en la carne, pero viviente en el espíritu», Cristo permanece el único, el amado del Padre, la luz risueña de la gloria. Y esta Luz reina desde el madero de la Cruz. —Ave Crux, spes unica!— para que al acercarnos a ella podamos ver la verdad de nuestras obras y juzgarlas según el amor de Dios. En las llagas de Cristo hay un testimonio de su dolor, de su amor hasta el extremo, de su fidelidad al hombre, de su belleza destruida. En las llagas de Cristo la gloria de Dios se desfigura y se transfigura. En sus llagas hay un testimonio de un amor que faltó, de un amor que no pudo ser, el amor de sus hermanos. Si hubiera habido un poco de amor, «nunca habrían crucificado al autor de la vida». Y sin embargo, «era necesario que el Mesías padeciera para entrar en la gloria». En las llagas de Cristo está la gratuidad de su amor transformada en puerta. El hombre que toca las heridas de Cristo encuentra en ellas una puerta al corazón de Dios. Es la puerta estrecha por la que Cristo nos llama a entrar. «¡Qué terrible es este lugar!, verdaderamente es casa de Dios y puerta del cielo». Las llagas de Cristo, escuela del dolor y del amor hasta el extremo, son el inicio de la fe. Entonces nacemos a través de las llagas de Cristo y de sus sufrimientos para una vida nueva en el corazón de Dios.
Padrenuestro


Del Santo Evangelio según San Lucas
«Él les dijo: "Qué insensatos y qué duros de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas. ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?" Y empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que a él se refería en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: "Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado". Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: "¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?"»

viernes, 22 de diciembre de 2006

O rex gentium


O rex gentium et desideratus earum, lapisque angularis, qui facis utraque unum; veni, salva hominem, quem de limo formasti.

«Que me bese con los besos de su boca». Así comienza el más bello cántico de Salomón. Es el grito sapientísimo del universo entero que anhela el beso de Dios. Si el mundo por un instante dejara sus distracciones banales, sus deseos distorsionados, sus amores imposibles, insensatos, resonaría solamente este canto: «Que me bese con los besos de su boca».
Con razón la Sabiduría eterna dice: «Yo salí de la boca del Altísimo». ¿Qué significa? Fíjate bien, significa que el Padre se ama con Amor purísimo. Y porque se conoce y se ama perfectamente, en su seno es concebido y engendrado el Verbo eterno como la única Palabra del Padre, que está ante él eternamente. El Verbo consustancial al Padre es entonces el beso con que eternamente el Padre comunica su Amor. Permítanme decirlo con un ejemplo insensato: el Padre tiene ante sí su Verbo como un ruiseñor tiene ante sí su propio canto. Aun cuando el ruiseñor no canta, su canto está presente a él mismo, en lo íntimo de sí, y por eso puede vestirlo de timbres y armonía cuando la primavera llega, sin necesidad de aprenderlo o inventarlo de nuevo. De modo análogo, el Verbo eterno de Dios está ante el Padre. Y aun cuando el Verbo eterno se manifiesta a los hombres y les habla ya sea como Maestro interior, ya sea en las Escrituras, ya sea como un hombre entre los hombres, este único Verbo que habla en eterno silencio no se inmuta ni abandona el seno de la Majestad Omnipotente.
La Palabra eterna sale de la boca del Altísimo, como un esposo de su tálamo nupcial. Por eso la naturaleza humana aclama, suplica, gime, anhela: «Que me bese con los besos de su boca». Porque en el beso mismo que sale de la boca de Dios, al tocar nuestra tierra, toda la naturaleza humana es asumida, es llevada consigo por Dios mismo. Por eso dice la amada en el Cantar: «¡Llévame pronto contigo, llévame, oh Rey, a tus habitaciones! Lo llama rey porque es digno de un rey morir por su pueblo. Y le dice: «Llévame pronto contigo», porque él es el camino que conduce a Dios invisible. Y porque con la encarnación, Dios no fue llevado por la naturaleza humana agrietada por las luchas y las discordias, como una antorcha lleva el fuego; sino que toda la resquebrajada naturaleza humana fue llevada por y a Dios. Dios cargó con nosotros. De mucho habría servido que el Hijo de Dios tomara la carne de un pequeñito que tiembla y llora, y condujera al hombre a encontrarse consigo mismo. Pero para Dios sería demasiado poco. El Hijo eterno del Padre asumió la naturaleza humana para conducirnos a Dios. Por eso él fue conducido a nuestra muerte. Porque nuestra naturaleza cambia, pasa, y Dios, siempre más grande, la recorre como un caminito. El que es el Camino recorre nuestras pisadas. Muere nuestra muerte para que vivamos su vida, como el sol cuando recorre la superficie de la tierra y lo vemos morir detrás de los montes, después de haber llenado de color, madurez y vida todas las cosas. Pero no cambia ni se altera, del mismo modo como el canto del ruiseñor es siempre el mismo, y el ruiseñor ama y conoce fielmente su canto cuando está en silencio y cuando está cantando.
Así, pues, el universo entero añora el toque del beso divino, la armonía del Ruiseñor eterno. Por eso con razón la Iglesia en este día lo aclama: «O rex gentium et desideratus earum, lapisque angularis, qui facis utraque unum; veni, salva hominem, quem de limo formasti». Como la piedra angular asocia en armonía perfecta a un muro principal otro que va en diferente dirección, así el Deseado de los pueblos asocia a la naturaleza divina la humilde naturaleza humana, como cuando tras haber reunido el barro, el soplo divino se hizo vida del alma, que es vida del cuerpo y que lo unifica. En ese instante en que la boca del Altísimo tocó nuestro barro formado, el beso divino habitó en el corazón del hombre, como Maestro y guía interior, para que conserváramos su presencia como el perfume del Amado. Y cuando el barro del hombre comenzó a tener grietas, el beso divino no escapó, pero el corazón del hombre dejó de escuchar el eco de su voz. Entonces el Verbo eterno quiso vibrar, vestirse de armonías y de voces, porque el Ruiseñor es siempre fiel a su canto.
Como cuando queremos hacer una teja, mezclamos tierra y agua, y luego que el agua se va, queda firme la teja, y siempre que el rocío la empapa desprende un aroma único, como si se alegrara agradecida por el agua que le dio su origen, así nosotros, exhalemos el buen olor de las virtudes de Cristo, Verbo eterno que un día sopló en nuestra tierra y nos llamó a la vida, y en la cruz expiró sobre nuestro barro para darnos su misma vida divina.
Que en este día, como la Madre de Dios, cantemos un canto siempre nuevo. Que corramos con el corazón dilatado hacia Dios, detrás de sus perfumes, y seamos para el Rey de los pueblos una morada humilde, donde él habite, siempre más íntimo, como íntima es la piedra angular, y como intimísimo es el soplo divino que habita en el hombre. Que él nos conduzca a sus habitaciones, donde él, Piedra angular, es el fundamento de todas las cosas, donde él es la armonía y el descanso que pone en paz a Dios y a los hombres.

jueves, 21 de diciembre de 2006

O Oriens

O Oriens, splendor lucis æternæ et sol iustitiæ: veni et illumina sedentes in tenebris et umbra mortis

Una monja cisterciense escribió acerca de una de sus visiones: «Vi y veo a las tres Personas en su eterna excelsitud, antes que la Virgen concibiera al Hijo de Dios; los ángeles bienaventurados contemplaban a cada una de estas Personas en su unidad, con sus nombres, y cómo estas tres Personas son un solo Dios verdadero. Pero aunque estos ángeles poseen una gran agudeza, no pudieron prever todos los misterios de la futura encarnación, porque no vieron la carne, la sangre, el rostro, ni el nombre glorioso de Jesús. Estas cosas estaban admirablemente ocultas a sus ojos en el pecho del Padre eterno […] Sólo Gabriel nos trajo del cielo el nombre de Jesús con el saludo divino. No se le concedió traer consigo huesos, ni carne ni sangre a la Virgen siempre incontaminada». Y en esto tiene razón. Porque los ángeles, contemplando el hoy eterno de las tres Personas descansan en su eterna majestad, y adoran la misteriosa verdad del Dios único. Ellos conocen el Nombre de Dios, santo y fuerte. Y conocen la gloria de cada una de las tres Personas, gloria que viene del Padre eterno y que colma enteramente al Hijo como un cáliz lleno hasta los bordes. Del amor eterno del Padre y del Hijo, procede como un abrazo suavísimo la gloria del Espíritu Santo. Fíjate bien, este misterio permanece oculto a los ojos de los hombres, pero los ángeles lo conocen en su claridad matinal, porque de esta gloria hermosa nace su propio brillo, de ella reciben su suprema razón, su belleza y armonía. La gloria de Dios es su trabajo, su servicio, su ministerio. Porque ellos sirven a Dios, no como se sirve a los tiranos de la tierra, sino que lo sirven, por así decirlo, dejándose amar por él, dejándose clarificar por él, sumergiéndose en su eternidad luminosa.
Ellos se sumergen en el misterio divino sin herirlo nunca. Se visten con los vestidos de Dios, jugando a ser reyes. Son agudos y conquistan eternamente el cielo sin que el cielo sufra dolores. Se apoderan del misterio divino y cuanto más lo conocen más lo adoran. Todos ellos son luz, y cada uno suma su virtud al cielo, pero su luz viene de Dios.
Ellos contemplan también y veneran el paso de Dios por el mundo. Ven sus huellas grabadas en los corazones de los hombres. Y a veces tienen que ingeniárselas para hacernos ver las pisadas de Dios en nuestras vidas. Y es que a menudo Dios pisa en nuestros corazones como quien pisa los racimos de las uvas. Entonces todo se llena de color, y los ángeles se alegran por el vino nuevo con que Dios ha salpicado su túnica. Pero nosotros sólo vemos uvas marchitas.
Los ángeles del cielo conocen al Hijo eterno de Dios como Sol que nace eternamente del seno del Padre e ilumina el cielo de los cielos; pero no conocieron a este Sol vestido de la noche del mundo. Ellos, que nunca probaron el caer de la noche sobre sus vidas, que no conocieron lo que es buscar enmedio de las tinieblas, se conmovieron hondamente cuando el Verbo eterno del Padre, la voz del Pastor bueno, hizo resonar por la tarde del mundo, de oriente a poniente, su grito desgarrador: «Adán, ¿dónde estás?» Desde entonces, el Sol de la vida, comenzó a vestirse de noche, para visitar a los hombres. Su traje tenía tantos hoyitos que su luz se filtraba a través de ellos como un firmamento de estrellas. Pero ellos en su ceguera no podían verlo. A veces intuyeron su paso en la profunda negra noche; a veces sintieron su calor. Tantas veces vieron sus espaldas cuando ya se marchaba, dejando a su paso la promesa matinal que lo ángeles adoran, su manto de estrellas.
Los ángeles suelen vestirse con los vestidos de Dios. Les gusta jugar a ser como él. Y Dios se complace en verlos vestidos de su gloria. A veces él mismo les pone su corona y ríe como un anciano rey cuando su pequeño hijo se prueba la corona. A esto se refiere la Escritura cuando dice: «Los cielos narran la gloria de Dios». Y los maestros llaman a este juego locución iluminativa, porque los ángeles cantan la gloria de Dios no sólo con voces, sino también con la luz de Dios que los reviste. Pero Dios les escondió en su pecho el vestido de su Hijo. Porque cuando Adán cayó en la desnudez, Dios hizo dos vestidos, uno para Adán y otro para su Hijo. Y escondió el de su Hijo en su pecho, para serle fiel al hombre, lo guardó como promesa.
Bien sabía Dios que este vestido no era como sus demás vestidos. Este vestido no soporta la luz de los ángeles, la luz lo devora. En este vestido los ángeles no pueden sumergirse absortos en el misterio sin crear un gran dolor. Por eso lo guardó en su pecho, porque ya había sentido un dolor inmenso cuando Adán cayó en la desnudez de la muerte, cuando lo vio marcharse, confundido al atardecer, cuando se apagaba la luz de la vida. Ver desgarrado el otro vestido sería un dolor demasiado grande para el cielo.
El Verbo eterno, el buen Pastor de las ovejas de su Padre, quiso venir a buscar la oveja perdida. Entonces se vistió con el vestido que Dios había escondido en su pecho. Tomó carne en el seno virginal de María, para mostrar a los hombres su noble origen y como Sol de justicia se alzó enmedio de las tinieblas de la noche y recorrió el mundo, de oriente a poniente, con la luz de su resurrección, devolviendo la vida al mundo.
Este Sol cubierto con la opaca piel de los hijos de Adán, asombró a los ángeles: «Ningún amor hay más grande que dar la vida por sus amigos… Adán, amigo, por ti me hice hijo tuyo. Yo, que incendio la excelsa razón de querubines y serafines, por ti me hice fuego crucificado. Yo, que visto de luz y doy color a los ángeles, por ti escondí mi gloria en la negrura de la noche. Por ti escondí tu carne en la luz de mi amor y la cargué luego en mis espaldas como un manto precioso, más blanco que la nieve, por ti, mi oveja caída en el abismo el sábado de mi descanso». Y conmovidos profundamente los ángeles juzgan: «Verdaderamente fue amigo de Adán… miren cuánto lo amaba». Por eso, acércate al altar a recibir al Sol que viene. Porque su amor es tan grande que quiso dejar su carne en testamento de vida eterna y como recuerdo perenne de que un día se hizo hijo tuyo. Acércate al Dios que viene y confiésalo verdadero amigo del alma.
«O Oriens, splendor lucis aeternae et sol iustitiae: veni et illumina sedentes in tenebris et umbra mortis». «Nosotros te pedimos, oh Bueno, que nazcas siempre, que tú florezcas en nuestro desierto, que tomes carne en ésta tu Iglesia. Regresa, pues, al final de los tiempos, y todo el reino te cantará la gloria, que te han dado el Padre y el Espíritu, antes de que tuviera inicio el mundo».

domingo, 17 de septiembre de 2006

"et palam verbum loquebatur"


Dominica XXIV per annum

«Todo esto lo dijo con entera claridad», con la claridad del primer día de la creación, cuando todo sale a la luz de la vida. Pero, ¿qué dijo?: «que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho…, que fuera entregado a la muerte y resucitara el tercer día».
«Todo esto lo dijo con entera claridad», con esa claridad matinal que aparta el velo de los misterios. Si te fijas, la Escritura no dice que las palabras de Pedro: «Tú eres el Mesías», hayan sido dichas con entera claridad. Porque son una confesión de fe. Una afirmación verdadera, confiada y certera de un misterio que los ojos no ven. En estas palabras del Apóstol Pedro hay sinceridad y reconocimiento humilde y amistoso; pero no hay claridad porque una profesión de fe es la revelación de un misterio en medio de su luz enceguecedora.
Pedro dice: «Tú eres el Mesías», es decir, el Ungido, el Cristo, pero sus ojos no ven la unción que constituye a Cristo como Mesías, porque sólo el Espíritu de Dios penetra los juicios de Dios. Las palabras de Pedro son solamente el relicario que custodia un misterio que sus ojos no penetran. Estas palabras que custodian el misterio del Amado en su secreto nocturno son como un manto para el misterio de Cristo, porque lo envuelven reverentemente, pero sin distinguirlo del resto de los hombres. Las palabras de Pedro colocan a Cristo en las coordenadas de una vocación que se asoma a la luz de la vida. Como decimos entre nosotros: «tú eres el carpintero, tú eres el comerciante, tú el campesino», así Pedro dice: «tú eres el Mesías». Eso eres tú. Ése es tu lugar entre los hombres.
Ahora bien, este Mesías, el Cristo, es de por sí intocable. Basta recordar las palabras de David acerca de Saúl, el rey suplantado: «No levantaré mi mano contra el ungido del Señor». Este hombre es sagrado, no se toca. Y sin embargo, Cristo manifiesta con claridad meridiana que el Hijo del hombre ha de ser entregado a la muerte y resucitará.
Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo. Pedro quería devolver a Cristo a las tinieblas del misterio, sus oídos no podían soportar la crudeza desnuda de las palabras de Cristo: «el Hijo del hombre ha de ser entregado a la muerte», el intocable ha de ser puesto en las manos sucias de los pecadores, el más anhelado entre los hijos de los hombres ha de ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas.
Sin saberlo, Pedro estaba ya representando ante los ojos atónitos de los demás discípulos el drama de la pasión de Cristo, el combate entre la luz y las tinieblas, la agonía entre la vida y la muerte, esa lucha que todos los hijos de Adán enfrentamos cada día, en el esfuerzo luminoso que nos pone por encima de la oscuridad y las fatigas de la vida y un día acaba por vencernos. Pedro anhela un Mesías intacto, no golpeado por la crudeza de la vida, no llagado con la fragilidad que consume tarde o temprano a todos los mortales. Pedro quiere un Mesías sereno, que respire tranquilamente su unción bendita. Y sin embargo, el Mesías resuella, porque así lo ha querido, con la misma violencia que todos los hombres. Alcanzado por la venenosa mentira de la serpiente, el antiguo adversario, Pedro quiere evadir el triunfo de la cruz; es un soldado que colocándose delante de su rey para salvarle la vida, sin saberlo le niega la gloria. Pedro no ha comprendido que a estas alturas la cruz es una necesidad. No basta un juicio condescendiente y misericordioso de parte de Dios soberano. Eso nos perdonaría la deuda, pero no podría sanarnos. Para restaurar la relación entre Dios y el hombre es necesario el abandono libre y majestuoso de Dios en las alas de la muerte. Cuando todo está perdido, cuando todo se ha consumado, la muerte expresa mejor que nada el punto ínfimo donde toda relación termina, se interrumpe. Allí, en la cruz, en la ruptura con toda relación Dios se muestra infinitamente potente e infinitamente ofendido. Aprendemos en la cruz a abrazar el amor de Dios y nuestra condición humana tan fragmentaria. En la cruz abrazamos el pasaje salvífico de Dios que se hace víctima, del Hijo que se hace cordero llevado al matadero, del Logos que enmudece, de la Vida que padece la muerte. Es ésta la locura sana y salva de la redención.
«Camina detrás de mí, Satanás—dice Jesús a Pedro—, porque marchando delante de mí, eres para mí un adversario, pero si me sigues serás mi discípulo. Ven tras de mí, adversario, porque no juzgas según Dios, sino según los hombres». El Señor sabía que Pedro hablaba empujado por el diablo, y por eso le dice: «Sígueme, ven tras de mí, a la Pasión, porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres». Y es que el juicio de Dios es insondable, ninguna creatura puede penetrarlo, pero el juicio de los hombres es como una vasija agrietada, que fácilmente el diablo puede saquear. Así, el juicio de Pedro: «Tú eres el Mesías», es su más precioso tesoro, y sin embargo, bien pronto el diablo se le interpone en el camino y lo asalta: «Eso no puede sucederte a ti».
Por eso el Señor, volviendo victorioso del combate, dice a Pedro: «Sígueme. Sígueme hasta la cruz, sígueme a la Pasión, sígueme en la entrega hasta la muerte, allí donde nada puede apagar el amor. Sígueme hasta la gloria, donde el hombre ya no puede ser adversario de Dios. Porque yo soy el Mesías, el hijo de Dios vivo, que ha de ser entregado por ti. Yo soy el que por ti me hice camino para que no seas mi adversario sino mi discípulo».
La cruz brilla entonces como estrella de salvación, como chispa luminosa que aclara las tinieblas del pecado, que hace salir al hombre hacia la tierra prometida, tras el buen olor de los perfumes del Amado; la cruz enciende la luz de la vida que nos invita a correr mientras brilla. Y es también el peso de la vida que se carga en el camino, el viático que da sentido a la lucha. Cristo mismo nos llama a ser semejantes a él. El que por naturaleza ya existía en la forma de Dios, y que se hizo humilde y obediente hasta la muerte y muerte de cruz, nos llama a compartir la gloria que tiene «como Unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad».