viernes, 25 de noviembre de 2011
domingo, 20 de noviembre de 2011
In solemnitate Domini Nostri Jesuchristi universorum regis
En una ocasión, una monja cisterciense
tuvo una revelación. Se le apareció el Señor Jesús como un peregrino. Caminaba
apesadumbrado y se quejó con ella diciendo que mucho le dolía el que nadie
quisiera recibirlo en su casa, que nadie abriera las puertas de su corazón para
que él entrara. La monja tomó entonces una lámpara y la colocó en medio de un
cementerio. Entonces las gentes le preguntaron por qué hacía aquello, por qué
dejaba una lámpara encendida en el cementerio. Y ella les respondió: “Porque
así está Cristo entre la gente del tiempo presente, como una lámpara en medio
de hombres muertos que no gozan del calor del amor, que no abren el corazón a la
claridad de la gracia, que no reciben en su casa la luz de la verdad”.
En otra ocasión, esta misma monja tuvo otra visión. Le pareció ver a Cristo que venía a su encuentro vestido como un gran rey. Con dulce majestad entró Cristo en la habitación de la monja y se reclinó junto a ella sobre una almohada de amor. Y la monja reposaba en una almohada de dolor. Entonces Cristo le dijo: “Pídeme lo que quieras y te lo concederé”. La monja le respondió: “No te pido, Señor, que me hagas morir de amor, sino que me hagas morir de amor en amor, a la manera como el gorrión salta de rama en rama y el cristiano va de gracia en gracia. Porque quien muere de amor, queda finalmente inerte en manos de su amado, pero quien muere de amor en amor, muere y resucita una y otra vez para que el amado corra siempre tras su amada".
Y es que hay dos maneras de ser cristianos. Una es yaciendo muertos en vida, si no permitimos que el amor de Cristo y el calor de su misericordia nos iluminen. La otra manera es morir de amor en amor, sin que nada nos detenga ni entretenga. Ahora bien, todos sabemos que se puede morir de amor, pero no podemos decir a quién le ha sucedido algo así. Morir de amor es algo muy serio. Morir es entregar la vida. Y morir de amor es entregar la vida por amor. Por eso, desde que Dios se hizo hombre, cada día viene a ti como niño hambriento del pan de tu mesa, como adolescente sediento de tu escucha y aceptación, de tu sabiduría y experiencia. Viene a ti como forastero cargado de rechazos. El que se despojó de su gloria viene a ti despojado, buscando cobijo en la bendición con que Dios ha dado calor a tu casa. El que era la Vida y se hizo llaga abierta por amor, aguarda doliente tu visita. El que siendo invisible en su gloria asumió la cárcel del cuerpo quiere que lo vayas a ver en su cautiverio. Y todas estas cosas son una tarea muy difícil. Exigen la entrega de la vida por amor. Exigen ir muriendo cada día de amor en amor, exigen vivir muriendo.
Todos somos egoístas de nacimiento. Venimos al mundo envueltos en la oscuridad de nuestro amor propio, de nuestro interés y nuestras ambiciones. Por el bautismo se enciende en nosotros la luz de la gracia y de la caridad. Edificar el Reino de Dios es ir venciendo cada día nuestras tinieblas e ir avivando más y más el fuego del amor de Dios. Así seremos cada vez más “luz en el Señor”. Y moriremos a nuestras tinieblas por amor, de amor en amor.
En otra ocasión, esta misma monja tuvo otra visión. Le pareció ver a Cristo que venía a su encuentro vestido como un gran rey. Con dulce majestad entró Cristo en la habitación de la monja y se reclinó junto a ella sobre una almohada de amor. Y la monja reposaba en una almohada de dolor. Entonces Cristo le dijo: “Pídeme lo que quieras y te lo concederé”. La monja le respondió: “No te pido, Señor, que me hagas morir de amor, sino que me hagas morir de amor en amor, a la manera como el gorrión salta de rama en rama y el cristiano va de gracia en gracia. Porque quien muere de amor, queda finalmente inerte en manos de su amado, pero quien muere de amor en amor, muere y resucita una y otra vez para que el amado corra siempre tras su amada".
Y es que hay dos maneras de ser cristianos. Una es yaciendo muertos en vida, si no permitimos que el amor de Cristo y el calor de su misericordia nos iluminen. La otra manera es morir de amor en amor, sin que nada nos detenga ni entretenga. Ahora bien, todos sabemos que se puede morir de amor, pero no podemos decir a quién le ha sucedido algo así. Morir de amor es algo muy serio. Morir es entregar la vida. Y morir de amor es entregar la vida por amor. Por eso, desde que Dios se hizo hombre, cada día viene a ti como niño hambriento del pan de tu mesa, como adolescente sediento de tu escucha y aceptación, de tu sabiduría y experiencia. Viene a ti como forastero cargado de rechazos. El que se despojó de su gloria viene a ti despojado, buscando cobijo en la bendición con que Dios ha dado calor a tu casa. El que era la Vida y se hizo llaga abierta por amor, aguarda doliente tu visita. El que siendo invisible en su gloria asumió la cárcel del cuerpo quiere que lo vayas a ver en su cautiverio. Y todas estas cosas son una tarea muy difícil. Exigen la entrega de la vida por amor. Exigen ir muriendo cada día de amor en amor, exigen vivir muriendo.
Todos somos egoístas de nacimiento. Venimos al mundo envueltos en la oscuridad de nuestro amor propio, de nuestro interés y nuestras ambiciones. Por el bautismo se enciende en nosotros la luz de la gracia y de la caridad. Edificar el Reino de Dios es ir venciendo cada día nuestras tinieblas e ir avivando más y más el fuego del amor de Dios. Así seremos cada vez más “luz en el Señor”. Y moriremos a nuestras tinieblas por amor, de amor en amor.
Cristo vino al mundo en nuestra
verdadera carne y así vendrá de nuevo, rey y soberano de todo. Pero mientras
aguardamos su segunda venida él viene muchas veces para prepararnos y
asegurarse que su primera venida no fue en vano. Con toda verdad un Maestro
enseña que Cristo muchas veces nos visita para “convertir nuestro orgullo en humildad, esa humildad que él mismo mostró cuando vino por vez primeraAsí por la humildad él podrá transformar nuestro cuerpo de humilde condición a semejanza del cuerpo glorioso
que él manifestará cuando venga al final de los tiempos”. Siendo, pues, la
primera venida por gracia, la última venida será por gloria; pero Dios viene ya ahora en
nuestras vidas en gracia y en gloria, cada día. En gracia porque asistir a los pobres de
Dios nos consuela, y en gloria porque al aliviar los sufrimientos de los más necesitados
adelantamos la felicidad eterna. En su primer venida Cristo se manifestó
frágil, y en la segunda se manifestará temible. Por eso ahora viene cada día
frágil como un hambriento, y temible como forastero, enfermo y encarcelado. No
despreciemos pues a Cristo que viene cada día a nosotros. Con sabiduría
asistamos al Rey y Pastor que cada día viene al encuentro de sus ovejas.
domingo, 6 de noviembre de 2011
“Ecce sponsus! Exite obviam ei”
Dominica XXXIII per annum
Sin embargo, hoy hemos escuchado a Jesús, en su parábola. Diez vírgenes, cinco de ellas necias, imprudentes. Y nadie puede hacer algo por ellas, pobres insensatas, sin sentido práctico de la vida. Las prudentes no pueden comunicarles el aceite de su prudencia. Y el esposo no las reconoce, como si no bastara el rayito de luz de las prudentes para delinear su rostro. Esto nos preocupa.
Hace
algún tiempo, que podría haber sido ayer o antier, un poeta ahogado por el
dolor decidió callar sus cantos. Pasaron los días, como jirones de eternidades,
y una mujer le preguntó por el silencio. –“¿Seguirá el silencio?” Y el poeta
respondió: –“Por eso está la palabra de los otros poetas que también me revelan.
A veces se mira el silencio como una negación de la palabra. No, el silencio es
el reverso de la palabra. Las grandes palabras, las que hablan de verdad, nacen
de profundos silencios, y la palabra se recoge en el silencio […] La poesía es
mi patria y los poetas son mis hermanos y esos poetas me dicen al decirse”.
Para
nosotros, monjes cenobitas, la vida común es indispensable para recoger la
palabra divina entre las matas marchitas de la soledad y el silencio. En la
comunión de nuestras soledades cosechamos la palabra divina. En la troje común
de nuestro silencio depositamos las mismas semillas ruidosas de la palabra de
Dios. Como el niño campesino que pregunta a su padre sobre las hierbas buenas
que parecen malas, como el aprendiz que pregunta si los frutos ya están maduros
y pueden cortarse, así el monje pregunta a sus hermanos por el nombre de Dios y
su palabra misteriosa. La ayuda comunitaria es indispensable en el trabajo de
cosechar la voz de Dios. Además, los monjes confiamos firmemente en que la
Iglesia ruidosa hablará al mundo de nosotros y por nosotros, mientras nosotros
nos sumergimos en el silencio. Porque la Iglesia debe estar en todas partes, en
el silencio y en el ruido, en la luz y en la tiniebla, en la alegría y en el
dolor, en la guerra y en la paz.
Fíjate
que también cuando el hombre estaba solo en su paraíso, Dios no quiso dejarlo
así, solo. Le dio como ayuda la belleza viva, la suavidad humana, la
generosidad hasta el peligro, el calor de la mirada amante, le dio a la mujer.
Fíjate que los santos llevan aureolas porque la luz de sus mentes va más allá
de sus pequeñas cabezas. Dios ama el que vayamos más lejos de nosotros mismos,
ama la comunión, ama el amor.
Sin embargo, hoy hemos escuchado a Jesús, en su parábola. Diez vírgenes, cinco de ellas necias, imprudentes. Y nadie puede hacer algo por ellas, pobres insensatas, sin sentido práctico de la vida. Las prudentes no pueden comunicarles el aceite de su prudencia. Y el esposo no las reconoce, como si no bastara el rayito de luz de las prudentes para delinear su rostro. Esto nos preocupa.
Y
es que en la vida común cantamos juntos, caminamos juntos, reímos juntos, nos
fatigamos juntos, luchamos juntos, pero hay un punto de la aventura espiritual
donde el hombre está solo, a solas con Dios. El problema no es si pertenecer o
no al Reino: “El Reino de los cielos es semejante a diez jóvenes”. Las diez
eran del Reino. El tedio, la desesperación, el sueño y la muerte tampoco son el
problema: “Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron”. El
problema es de aceite, y aquí hay un misterio.
Cuando
leo este pasaje de la Escritura por alguna extraña razón me viene a la mente un
fragmento de una antigua fábula del Quiché. Cuentan que dos héroes mitológicos,
Hunahpuh e Ixbalanqué, fueron llamados a luchar en el inframundo, porque los
señores de la engañosa región de las sombras estaban enfurecidos de la alegría
de los hombres sobre la tierra. Así, los dos héroes se dirigieron a la primera
prueba que consistía en atravesar la Casa Oscura con solamente una raja de
ocote y un cigarro encendidos. Los señores infernales confiaron en que los dos
héroes no pasarían la prueba porque al final del recorrido debían devolverles
el ocote y el cigarro enteros. Pero nuestros héroes hicieron algo sorprendente.
Tomaron plumas de guacamaya y con ellas iluminaron el ocote y con luz de
luciérnagas iluminaron el cigarrillo para que no se consumieran. Lo señores
infernales los vigilaban desde lo alto mientras atravesaban la Casa Oscura y
sus corazones ardieron de ira al ver que nuestros héroes atravesaron la Casa
Oscura sin perderse, con su cigarrillo y su ocote bien encendidos y al mismo
tiempo bien apagados.
Puede
ser que este tipo de tretas funcionen bien en el infierno. Al diablo se le
puede engañar. Él mismo se engaña. Lo cierto es que en el Reino de los cielos
no es así. Un poeta ha de ser siempre una mirada, un sentir que permanece a
través del silencio. Un monje es siempre el aceite de una lámpara encendida a
mediodía. Su noche consiste en no alumbrar, ni brillar. Su noche es el silencio
y la soledad. El monje no brilla porque Dios sí brilla. Calla el monje porque
Dios calla con un silencio más grande, como la lámpara calla cuando el sol
resplandece, o como el aceite calla cuando la llama brilla. Una comunidad está
contigo en el claustro para ayudarte, pero hay un punto en que tú estás a solas
con Cristo. A solas con Dios como el aceite con el fuego. Y nadie puede cumplir
lo que tú has prometido. Nadie puede vivir por ti ni alumbrar por ti. No puedes
decir que no traes aceite porque eso es cosa de los prudentes, ni puedes decir
que no traes aceite porque basta la luz de Dios. Te toca a ti. Nadie va a
asumir la paternidad con que Dios te ha bendecido a ti. Nadie va a amar en
lugar tuyo. Te toca a ti. Una esposa siempre es el honor de su esposo. Y si el
poeta, el monje o la esposa han perdido su aceite, de nada sirve que hayan
brillado alguna vez ante los ojos de los hombres. Puedes comprar aceite ante
los ojos de los hombres: “¡vayan a donde lo venden!”, pero ante los ojos de
Dios, que ven en la oscuridad de la noche, no se puede comprarlo. Porque el
aceite es la sabiduría para vivir y para amar, el gozo de despertar y ver al
Esposo celestial en medio de la noche, en la oscuridad del mundo. Porque el
aceite es la verdad de tu vida, el aceite eres tú mismo.
domingo, 16 de octubre de 2011
"Reddite ergo quæ sunt Cæsaris, Cæsari et quæ sunt Dei Deo"
Dominica XXIX per annum
Esto
es fácil de entender, pero muy difícil de practicar. Este año creo que todos
hemos sufrido las consecuencias de la escasez de lluvias. Pueden ver nuestros
diminutos elotitos convertidos en mazorcas. Como comunidad hemos trabajado
mucho en esos campos y hemos disfrutado mucho de la amistad que proporciona la
fidelidad de la tierra. Hemos podido cosechar nuestro maíz y hasta compartirlo
en la caridad. Aún esperamos que las flores silvestres crecidas entre las
milpas nos proporcionen algo de miel. Pero las escasas lluvias no prometen gran
cosa. Las ganancias serán modestas. ¿Cómo podríamos convencer a quienes cultivan
hierbas venenosas de que el trabajo honrado es el camino mejor si nosotros
mismos casi salimos perdiendo? Y es que el cristianismo siempre debe caminar
por el camino más difícil. “Den, pues, al César lo que es del César”.
Creo
que todos pagamos impuestos para conservar la paz, impuestos para mantener la
limpieza pública, impuestos para fabricar la belleza urbana, impuestos para
asegurarnos nuevas ciudades, impuestos para no destruirnos unos a otros. No hay
virtudes civiles que florezcan sin impuestos. Las más hermosas ciudades no
nacen por generación espontánea. Se edifican nutridas por el cansancio y la
sangre de sus ciudadanos. Ninguno de nuestros monasterios se erigió como ciudad
monástica sin que cada monje rindiera entre sus muros el tributo de su vida.
Decimos
que los impuestos son justos cuando buscan el bien común. Pero no seamos
ingenuos. El bien común siempre es más difícil de lograr de lo que pensamos. La
ambición desmedida, la corrupción, la apatía, el conformismo, un extraño gusto
por destruir lo bueno sólo por arruinar el mundo, son los estorbos que nosotros
mismos ponemos a nuestra búsqueda del bien común. Hacer tu parte en la búsqueda
del bien común es ya de por sí algo bueno a favor de la vida.
Ayer
comentaba con alguien que hace algunas décadas se consideraba a los espíritus
que negaban la vida en otros planetas como gente de mente cerrada y mirada
estrecha. Yo nunca he creído esa posibilidad. No creo que haya vida en otros
planetas porque continuamente me maravillo de tan grande milagro en este
planeta. Si creemos en la evolución, necesariamente afirmamos que la vida es un
verdadero misterio, algo muy raro, tan raro que tuvo que remar contra corriente
y evolucionar para adaptarse a un mundo que de por sí le era adverso. La evolución
sería un absurdo si la vida fuera una obviedad, algo muy fácil de darse aquí y
en todas partes. No, la vida es algo muy raro y por eso precioso. Tuvo la
humildad de adaptarse y aceptar el reto de luchar en medio de todo lo que le
era adverso. Desde niño he visto nacer pájaros, peces, reptiles, abejas y
muchas bestias más. En los nacimientos en que hay menos lucha, peligra más la
vida. El polluelo que no lucha contra el cascarón se asfixia, el pececillo que
no nada contra corriente acaba desgarrado contra alguna roca, a la abeja que no
roe el opérculo de su celda natal le revientan las entrañas. El milagro de la
vida se humilla siempre para aceptar las condiciones de esta tierra de todos,
del aire común, del agua que todos bebemos. No somos nosotros, los humanos, los
únicos que hemos luchado por la vida. No somos los únicos que sabemos de dolor,
de traiciones estructurales, de malas pasadas. Todos los vivientes han puesto
la verdad de sus vidas al servicio del mundo de todos, en medio de muchas adversidades.
Dar al César lo que es del César es tener la humildad de luchar por la vida
presente sin hipocresías, sin hacer trampas, hasta las últimas consecuencias.
Nosotros,
los cristianos, sabemos que mientras construimos una ciudad terrena para
custodiar la honestidad de la vida, se nos prepara una ciudad celeste, donde la
vida no lucha más en medio de precariedades. Por eso el cristianismo es la
custodia, el sagrario, el tabernáculo de la vida. Dios nos ha encomendado
llevar la vida de la ciudad terrena a la ciudad celeste donde Dios reina. Ahora
vemos la vida como una vieja moneda gastada, grabada con la imagen del tiempo
que pasa. Pero cuando esto corruptible se vista de incorrupción, la vida tendrá
la imagen de Dios inmortal. Pidamos a Dios que nos ayude a dar lo mejor de
nosotros mismos a favor del bien de todos, a favor de la vida, y que su reino
venga pronto a nosotros para que nuestra vida vuelva a sus manos.
viernes, 22 de abril de 2011
Via Crucis DN Jesu Christi
Al RP. Benito Verber OSB, con cariño y admiración
RP Domnus Evagrius OSB præparavit
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo
Señor mío, Jesucristo, Dios y hombre verdadero me
pesa de todo corazón haber pecado, porque he merecido el infierno y perdido el
cielo. Y sobre todo porque te ofendí a ti, que eres bondad infinita, te amo con
todo el corazón y propongo con tu gracia no volver a pecar.
Primera estación
La agonía en el huerto
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, porque con
tu santa cruz redimiste al mundo
En el Cántico más
bello de Salomón está escrito: «¡Ya viene mi amado! ¡Ya escucho su voz! Viene
saltando sobre los montes, brincando sobre los collados. Mi amado es como un
venado: como un venado pequeño. ¡Aquí está ya, tras la puerta, asomándose a la
ventana, espiando a través de la reja!» Éstas son palabras de la Iglesia que
contempla a Cristo como un venadito. Lo llama «venado pequeño» porque «él no
cometió pecado ni hallaron engaño en su boca; cuando lo injuriaban no devolvía
los insultos, en su pasión no profirió amenazas». Como un venado pequeño que no
tiene cuernos para defenderse, así Cristo se entregó a su pasión. Vayamos,
pues, a buscar a Cristo que está a la puerta del amor, que se asoma por la
ventana de la esperanza, tras la reja de la fe. Para que así, puesto nuestro
corazón en pensamientos elevados, podamos saltar con él por los montes de la
Ley y los collados de los profetas. «No antepongamos nada a su amor, que Cristo
nada antepuso a nosotros».
Padrenuestro
Segunda estación
El Señor es condenado a muerte
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
Así como los
riachuelos descienden de lo alto de los montes y corren suavemente, sin dar
marcha atrás ni un instante, siempre humildes y elegantes, así Cristo se
entregó al cumplimiento de la voluntad del Padre. Aceptó con amor el dolor y la
muerte. Porque así como el fuego nace para arder, el agua para refrescar, el
viento para destruir, así Cristo nació para la pasión. Nació para arder en el
amor, para refrescar la vida y para destruir la muerte. «Vayamos también
nosotros a morir con él», pues con toda verdad se dice de Cristo que «nació
hombre, murió como toro del sacrificio, se levantó de la tumba como un león y
se elevó a los cielos como un águila». Para eso vino al mundo.
Padrenuestro
Tercera estación
El Señor lleva la cruz a cuestas
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
En el mundo de
las orquídeas, existe una misteriosa planta cuya flor asemeja a un insecto
igualmente misterioso. Se trata de una orquídea exótica con flores de formas
rosadas que simulan una mantis religiosa. La mantis, a su vez, con la forma de
sus patas de suave color rosa se asemeja perfectamente a la flor. Y es tan
perfecto el disfraz que a veces los mantis machos confunden la flor con su
hembra, y al abrazarla la polinizan, haciéndola fecunda. Me pregunto ¿cómo pudo
la mantis disfrazarse de flor si en ello se esconde una trampa? O ¿cómo pudo la
flor disfrazarse de insecto, si no puede verlo? Algo así sucede en el misterio
de la cruz. Cristo, al abrazar el árbol de la cruz, hizo fecunda la maldición
de la muerte. Y la cruz, al acoger en sus brazos al fruto de la vida, quedó
para siempre revestida de vida nueva. ¡Oh admirable prodigio! El fruto de la
vida carga su árbol. La ciega muerte se reviste de la luz de la vida, y la vida
se entrega por amor en la trampa de la muerte. ¡Salve, Cruz, esperanza única!
Padrenuestro
Cuarta estación
El Señor cae por primera vez bajo el peso de la
cruz
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
En una ocasión,
San Anselmo, el Doctor Magnífico, iba de camino a su monasterio, rodeado de su
séquito. De repente los perros de su caballería se lanzaron tras una liebre que
estaba escondida entre los pastos del camino. La liebre, aturdida por los
ladridos de los perros, buscó refugio entre las patas del caballo del Abad
Anselmo. Éste, sorprendido, bajó de su caballo, tomó la liebre entre sus brazos
y exhortó a los suyos a mirar la liebre y pensar que en el umbral de la muerte
nuestra alma angustiada buscará socorro. Y sólo encontrará clemencia si se
coloca humildemente en los brazos del Juez. Fíjate bien y no te distraigas. El
Señor Jesús, al entrar en el mundo, descendió de su divinidad y tomó la
condición de esclavo. Se abajó hasta caer por tierra para que nosotros, que
somos polvo y ceniza, podamos acercarnos a su clemencia y recibamos el don de
la verdadera libertad. Él que «tomó sobre sí nuestros pecados y cargó con
nuestras rebeldías», cayó por tierra, sumergiéndose en nuestra muerte, para que
nosotros podamos levantarnos del pecado y adentrarnos en su vida divina. Con
razón un Maestro dice: «El cielo se humilla, desciende y se convierte en
tierra. ¿Cuándo se levantará la tierra y se convertirá en cielo?»
Padrenuestro
Quinta estación
El Señor encuentra a su Madre dolorosa
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
Dice la Escritura
que cuando Dios restituyó a Job, después de muchos sufrimientos, todo lo que
había perdido, le concedió siete hijos y tres hijas. Una se llamó Palomita, la
otra Casia, y la tercera, Cuerno de perfumes. «No hubo en todo el país mujeres
más bellas que las hijas de Job». Ahora bien, el verdadero Job es Cristo, que
en medio de tantos sufrimientos encontró alivio y consuelo en su Madre
Santísima. Fíjate bien. Los siete hijos de Job representan la multitud de
creyentes, frutos de los sufrimientos de Cristo. Las tres hijas, en cambio,
representan a la Virgen Madre de Dios. Ella se llama Palomita, porque es
pequeña y sencilla. Se llama también Casia, porque en el Antiguo Testamento,
casia era uno de los ingredientes exquisitos con que se perfumaba el óleo para
ungir la Tienda del Encuentro, al sumo sacerdote, y a sus hijos. Y Cristo,
nuestra verdadera Tienda del Encuentro, nuestro sumo sacerdote, tomó la sangre
virginal de María para formarse un cuerpo como el nuestro y ungir a un pueblo
de sacerdotes. Casia es también un ingrediente del incienso que se quema en el
templo. Y Cristo, verdadero templo del Dios vivo, consumió su vida en
sacrificio de suave fragancia. Por eso Casia, la sangre purísima de la Madre de
Dios es uno de los ingredientes más preciosos de la unción de Cristo, de su
sangre derramada. Y ella. La Madre de Dios, se llama también Cuerno de los
perfumes, porque ella, que «guardaba todas estas cosas y las meditaba en su
corazón», es el relicario del perfume de las bodas, de los divinos misterios.
Dios te salve María
Sexta estación
Simón de Cirene ayuda al Señor a cargar la cruz
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
Las sagradas
manos de una Virgen amortajaron el cuerpo de Dios con pañales. Las manos
sagradas del virginal San José cargaron el cuerpecito de Dios. Manos santas
recibieron la santidad de Dios hecha carne. Pero el hijo de Dios hecho hombre
abrió sus manos y recibió de nosotros el dolor de la cruz y su ignominia. Por
eso, quien por amor carga la cruz está a un paso del cielo, casi toca a Dios,
casi carga con Dios. Un Maestro enseña que «el amor nunca está solo; el que con
él se casa, encarna el coro de todas las vírgenes». Y en verdad el amor nunca
está solo. Quien por amor carga la cruz reúne en la comunión de un solo corazón
a todos los corazones virginales que verán a Dios. Y quien toma la cruz con
pobreza de espíritu, la recibe como herencia, es su tierra prometida y virginal,
donde el corazón se planta y echa raíces.
Padrenuestro
Séptima estación
Verónica enjuga el rostro de Jesús
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
Sabemos que los
venados cambian de cuernos cada año. Y cuando comienzan a echar cornamenta
nueva, sus tiernos cuernos brotan cubiertos de una suave borra, delicada como
el terciopelo. Después de algunos meses, los venados tallan sus cuernos entre
los matorrales y la borra se desprende, quedándose atorada en las ramas de los
arbustos. Entonces vienen otros animalitos, trepan a los arbustos y se deleitan
comiendo este manjar muy nutritivo. El Señor Jesús, antes de entregar su vida
en el árbol de la cruz, quiso dejar la suave huella de su paso en los
matorrales que son nuestras pequeñas cruces de cada día. Por eso dejó impreso
su rostro verdadero en el lienzo de Verónica, para que podamos ver el rostro
del amor en nuestras vidas y podamos nutrir nuestras almas con la suavidad de
su benignidad.
Padrenuestro
Octava estación
El Señor cae por segunda vez bajo el peso de la
cruz
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
En una ocasión,
una monja le habló a la pequeña Teresa del Niño Jesús acerca de una prueba
insuperable por la que estaba atravesando su alma. Le dijo: «Esta vez me temo
que no puedo más. No puedo ponerme por encima de la situación». A lo que Teresa
respondió: «¿Y quién dijo que siempre tengamos que estar por encima de la
situación? Si no puedes, pasa por debajo de la situación». Y le contó que
cuando era niña en una ocasión en casa de unos vecinos un caballo les impedía
pasar al jardín. Mientras los adultos buscaban otro acceso, una amiguita suya
no encontró nada más fácil que pasar por debajo del animal. Pasó primero ella y
luego le tendió la mano. Teresa la siguió sin tener siquiera que inclinarse mucho,
y así pasaron juntas al jardín. Por eso, concluyó Teresa, «No hay obstáculos
para los pequeños, ellos se deslizan por doquier». Cristo, al caer bajo el peso
de la cruz, nos abrió un camino para la lucha en las dificultades, basta ser
humildes, tomar su mano y pasar por debajo de la cruz.
Padrenuestro
Nona estación
El Señor consuela a las mujeres de Jerusalén que
lloran por él
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
Cada año la
Iglesia llora la pasión de Cristo. Y así lo hará hasta el fin de los tiempos.
Porque en su hora, su pasión estuvo envuelta de burlas y carcajadas. Por eso la
Iglesia llora. Llora el mismo llanto de las santas mujeres que, en su hora,
fueron consoladas por Jesús. Llora la Iglesia porque el llanto es el lenguaje
con que los recién nacidos agradecen el amor que les dio la vida. Pero ni todas
las lágrimas de los redimidos de todos los tiempos bastarían para llorar un
amor tan grande como el dolor de Cristo.
Padrenuestro
Décima estación
El Señor cae por tercera vez bajo el peso de la
cruz
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
Un proverbio
medieval reza: «La gota perfora la piedra, no por la fuerza, sino cayendo
siempre». Este proverbio inculca la virtud de la perseverancia. Pero también
enseña que para penetrar en los divinos misterios no hay que usar la fuerza. Es
necesario caer suavemente, reposar en lo divino, una y otra vez. Entonces Dios,
que «resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes», abrirá sus
misterios ante nuestra mirada interior. Así, hemos de reposar sobre el pecho de
Cristo, sagrario en el que laten ocultos los divinos misterios. Si nuestros
corazones reposan sobre el pecho del Señor cuando el martillo de la cruz se
abate sobre nosotros, hallaremos un refugio en su corazón y la cruz será para
nosotros una carga ligera, pues su pecho es manso y humilde como el de un
cordero; fuerte y terrible, como el de un león.
Padrenuestro
Undécima estación
El Señor es despojado de sus vestiduras
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
Noé tuvo tres
hijos, Sem, Cam y Jafet, que salieron del arca tiempo después del diluvio, y de su descendencia volvió a poblarse la
tierra. Dice la Escritura que «Noé comenzó a cultivar la tierra, y plantó una
viña. Un día Noé bebió vino y se emborrachó, y se quedó tirado y desnudo en
medio de su tienda de campaña. Cuando Cam, o sea el padre de Canaán, vio a su
padre desnudo, salió a contárselo a sus dos hermanos. Entonces Sem y Jafet
tomaron una capa, se la pusieron sobre sus propios hombros, y con ella
cubrieron a su padre. Para no verlo desnudo, se fueron caminando hacia atrás y
mirando a otro lado». Fíjate bien. La viña que Noé plantó prefigura a la
Iglesia, por cuya causa Cristo se entregó a la embriaguez de la pasión y al
sueño de la muerte: La tienda de campaña representa el firmamento que fue el
único vestido digno de Cristo cuando ofreció el supremo sacrificio de su amor.
Los tres hijos de Noé representan misteriosamente a toda la humanidad. Cam simboliza
a los incrédulos que se burlan del cuerpo de Cristo, presente en el hambriento,
en el sediento, en el forastero, en el desnudo, en el enfermo, en el
encarcelado. Los otros dos hermanos, en cambio, representan a los benditos del
Padre que ponen el velo de la fe sobre el cuerpo desnudo de Cristo y lo miran
presente en los hermanos. A esta visión de la fe se refiere Melitón de Sardes
cuando dice: «Él es quien sufría tantas penalidades en la persona de muchos
otros: él es quien fue muerto en la persona de Abel y atado en la persona de
Isaac, él anduvo peregrino en la persona de Jacob y fue vendido en la persona
de José, él fue expósito en la persona de Moisés, degollado en el cordero
pascual, perseguido en la persona de David y vilipendiado en la persona de los
profetas». Abramos los ojos de la fe y veamos a Cristo, presente en los
hermanos.
Padrenuestro
Duodécima estación
El Señor es clavado en la cruz
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
En una ocasión,
unos ancianos preguntaron a un sabio pagano cómo nacieron las orquídeas. Y el
sabio les contó que una vez una diosa bajó del cielo junto a un gran río en
oriente. Y comenzó a recorrer el mundo, contemplándolo. Y de las cosas que
halló más bellas hizo flores aún más bellas. Mientras se paseaba por la orilla
de un río, vio un tigre terrible que abría las fauces feroces. Y encantada por
la belleza dorada de su piel y la majestad tremenda de sus fauces, la diosa hizo
una flor que asemejaba a un tigre con las fauces abiertas. Vio luego un tropel
de toros que corrían en estampida, y, maravillada, hizo una guirnalda de flores
que asemejaron una manada de toros saltando. Pero la diosa notó que las abejas
no aman el olor de los toros porque no se bañan, entonces dio un delicado aroma
a su flor para que las abejas pudieran venir a gustar su perfume. Al atardecer,
la diosa vio un grupo de bailarines danzando y también hizo una fiesta de flores
de hermosas faldas y brazos en juego. Y cuando cayó la noche, vio una multitud
de mariposas revoloteando. Y enamorada de sus alas blancas de luna, hizo
también una magnífica flor.
Se acercaba el
tiempo en que la diosa debía partir y volver a su cielo. Pero antes de
marcharse, la diosa quiso ver por última vez sus flores. Con gran tristeza se
dio cuenta de que los hombres descuidados las habían pisoteado y arruinado.
Entonces comenzó a recogerlas una por una y a echarlas en su chal para
llevárselas consigo. Al fin llegó el día en que debía partir y la diosa comenzó
a ascender al cielo. Y mientras ascendía, se le cayó su zapatito que también
era una flor. Se inclinó entonces la diosa para ver dónde había caído su
zapato. Y mientras buscaba, con la mirada en la tierra, se dio cuenta de que
todo se veía muy triste sin la alegría de sus flores. Y mientras se elevaba se
compadeció del mundo, extendió su chal y arrojó de nuevo sus flores, que
quedaron atoradas sobre las ramas de los árboles. Por eso las orquídeas viven y
florecen en las ramas de los árboles. Entonces prometió la diosa que a quienes
cuidaran de sus flores les concedería la virtud de la paciencia y de la
perseverancia, y les enseñaría la prudencia para proteger lo débil y adherirse
a lo fuerte.
Fíjate bien,
Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, vino a este mundo para hacer nuevas
todas las cosas; las revistió de nueva belleza, la belleza de la gracia, y las
perfumó con el aroma del mérito. Pero antes de salir de este mundo para ir al
Padre quiso dejar todas las cosas cumplidas en el árbol de la cruz. Allí puso
al hombre. Lo elevó para que nunca más sea pisoteado por el hombre ni el pecado
lo marchite. Allí, en el árbol de la cruz, está nuestra vida, nuestra esperanza
y nuestra resurrección.
Padrenuestro
Decimotercera estación
El Señor muere en la cruz
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
Sabemos bien que
los olivos dan las mejores y más abundantes cosechas sólo después de treinta
años de vida. Entonces sus ramas se pueblan de hermosas aceitunas que se columpian
alegres acariciadas por el sol. Los antiguos sacudían los árboles cuando las
aceitunas estaban maduras y las que no caían las bajaban golpeándolas con
palos. El Señor Jesús, transcurridos treinta años, el tiempo perfecto según el
cuerpo, como olivo frondoso entró en el huerto de Getsemaní, que significa
prensa de aceite. Allí comenzó a derramar el óleo de su sangre, y en el
Calvario lo derramó todo. Dice la Escritura que los judíos, «como era el día de
la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado, porque
aquel sábado era muy solemne, le rogaron a Pilato que les quebraran las piernas
y los retiraran». Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del
primero y del otro crucificado para poner fin a la agonía. Pero al llegar a
Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. Cristo entregó
voluntariamente su vida entera, madurada al calor de su amor y de su gracia. No
fue necesario golpearlo con un garrote para que se rindiera y entregara sus
frutos. Al contrario, con la lanza se manifestó la sobreabundancia del vino
nuevo y del agua viva del reino. Con toda verdad un Maestro dice: «La sangre
que mana de las heridas de Nuestro Señor es el rocío de su amor que vierte
sobre nosotros. Si quieres ser rociado y florecer sin marchitarte, nunca, ni
una sola vez, has de alejarte de su cruz».
Padrenuestro
Decimocuarta estación
El Señor es bajado de la cruz y colocado en el
sepulcro
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…
Poco antes de su
entrada en Jerusalén, la ciudad santa, Jesús llegó a Betfagé, al Monte de los
Olivos, y allí «envió a dos de sus discípulos diciéndoles: “Vayan a la aldea
que está enfrente. Allí encontrarán una burra que está atada, y un burrito con
ella. Desátenla y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, díganle que el
Señor los necesita y que enseguida los devolverá”. Esto sucedió para que se
cumpliera lo que dijo el profeta, cuando escribió: “Digan a la hija de Sión:
‘Mira, tu Rey viene a ti, humilde, montado en un burro, en un burrito, cría de
una bestia de carga’». Fíjate bien. Cristo el Señor quiso entrar en Jerusalén
montado en una burra y en su cría para mostrar la humildad con que asumió
nuestra naturaleza humana, atada desde el pecado de nuestros primeros padres.
El Señor los tomó con la promesa de devolverlos enseguida, como asumió nuestra
naturaleza humana con la promesa fiel de devolverla resucitada.
Padrenuestro
Del Santo Evangelio según San Lucas
«Él les dijo:
"Qué insensatos y qué duros de corazón para creer todo lo que dijeron los
profetas. ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su
gloria?" Y empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les
explicó lo que a él se refería en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo
a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron
diciéndole: "Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha
declinado". Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a
la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba
dando. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció
de su lado. Se dijeron uno a otro: "¿No estaba ardiendo nuestro corazón
dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las
Escrituras?"»
domingo, 14 de noviembre de 2010
"Hæc quæ videtis, venient dies, in quibus non relinquetur lapis super lapidem, qui non destruatur"
Dominica
XXXIII per annum
Todos alguna vez nos
hemos maravillado por la grandeza de un edificio o por el éxito de un trabajo
realizado; hemos gozado por la lealtad y el cariño de parientes y amigos, y nos
hemos alegrado con la graciosa belleza de los pájaros y la majestad de las
flores. Es que a través de todas estas cosas llega a nosotros la grandeza y la
bondad de Dios. Dios oculta su presencia inmensa en todo lo que amamos. En el
éxito, en la belleza, en la amistad, siempre hay algo extra, algo que viene de
más.
El éxito no es
simplemente la paga exacta por un esfuerzo realizado. Es mucho más que eso.
Lleva una satisfacción oculta que excede al esfuerzo, que le paga de más. Lo
mismo vale para la belleza. La belleza siempre está de más, es superflua e
innecesaria; sobrepasa la utilidad de las cosas, y nos sale al encuentro como
un regalo. Y lo mismo puede decirse de la amistad. Podríamos muy bien hacer
funcionar la vida sin amistad, con relaciones frías, exactas, bien calculadas.
Pero la amistad viene siempre como condimento de la vida.
Todas estas cosas,
éxito, belleza, amistad, son el signo de la presencia de Dios en nuestras vidas. Son un signo de que Dios
habita en nuestras historias como en un templo. Y sin embargo nuestras vidas
siempre le quedan chicas. Por eso las desborda con el éxito, las repleta de
belleza, las hace rebosar con la amistad. Dios siempre nos regala algo más. Y
por eso se muestra oculto en la satisfacción del trabajo bien realizado, en el
esplendor de lo que amamos, en la gratuidad de la amistad.
A lo largo y ancho de
nuestras vidas, Dios siempre agrega algo a nuestros cálculos. Por eso a
nosotros la vida siempre nos queda grande. Tan grande que muchas veces ni
alcanzamos a vislumbrar su verdadera grandeza.
Con todo, cuando el
Señor Jesús vio a unos que admiraban la solidez y la belleza del templo, hizo
un recordatorio profético. Nos recordó algo que vemos cada día: nuestras casas
se derrumban. Con el tiempo comienzan a caer y hay que repararlas aquí y allá. Las
guerras las dividen, los terremotos las derriban. El Señor nos recordó que la
belleza dura sólo algunos años y que, andando el tiempo, se arruina, se
marchita, se estropea. Aun las aves más graciosas y las flores más tiernas
conocen la rigidez de la muerte y la vetusta seriedad del marchitarse. Incluso
las amistades más sólidas cargan un día con el doloroso peso del adiós. Y las
mejores familias experimentan tarde o temprano la lejanía, el enojo, la
enfermedad, la muerte. El cálido hogar de la infancia se parte y reparte en
varias herencias, muchas veces después de una guerra o una revolución entre
parientes. “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que
están admirando. Todo será destruido”.
De todos modos, el
Señor nos advierte que a pesar de lo tremendo de todas estas cosas, no son
ellas el signo del fin. Estas cosas suceden porque así es la vida, y porque
nosotros muy pocas veces estamos a la altura de nosotros mismos y de nuestras
historietas. La vida siempre nos queda grande. Sólo los santos han sabido
vivirla. No porque estuvieran libres de la muerte, el dolor, el fastidio o la
tentación. No. Supieron vivirla, fíjate bien, porque permanecieron firmes a
pesar de todo. Y me preguntas, pero ¿firmes en qué? Y yo te digo: Firmes en la
fe que el Señor ha de venir a buscar en el mundo. Pues si creemos que el Señor
ha de volver al mundo es precisamente porque estamos convencidos que esta vida
necesita un final feliz, un final que nuestras vidas por sí solas no tienen,
porque nuestras mejores cosas siempre acaban marchitas, enfermas, arruinadas
por nuestras batallas y violencias, y por la guerra que nos hace el paso del
tiempo. Nuestra historia necesita un final feliz precisamente porque no se lo
merece.
Sabemos que él vendrá
de nuevo al final de los tiempos porque siempre ha venido en nuestras vidas,
escondido en la belleza, en la amistad, en el éxito. Siempre ha venido a
visitarnos en lo mejor de nosotros, en lo que nos excede y nos sobrepasa.
Vendrá de nuevo y vendrá para siempre. Vendrá buscando la fe de los corazones
que siempre creyeron en su presencia. Y él será el mayor éxito que el mundo
jamás haya imaginado, el amigo inadvertido en la noche ciega de nuestras
guerras, la belleza que salvará al mundo. En el corazón de un mundo derrumbado
él vendrá como el amor y el mundo será juzgado por él.
domingo, 31 de octubre de 2010
"Ecce dimidium bonorum meorum, Domine, do pauperibus et, si quid aliquem defraudavi, reddo quadruplum".
Dominica
XXXI per annum
Muchas veces hemos
escuchado las palabras del Señor: “Vende todo lo que tienes, da el dinero a los
pobres y sígueme”. Una exigencia que resuena en el oído de nuestro corazón como
un despertador al que ya nos acostumbramos a no escuchar. Y sin embargo, todo
el arte de la vida cristiana consiste en saber dejar, dejarlo todo.
Es curioso, antes de
que Jesús pronunciara su mandato “vende todo lo que tienes”, Zaqueo ofreció la
mitad de sus bienes, y el Señor aceptó su oferta. Sólo el cincuenta por ciento.
¿Se trataba de uno más de sus fraudes? ¿Era una más de sus mezquinas
tacañerías? Lo cierto es que Zaqueo pone ante nuestros ojos una verdad capital
de la vida del espíritu.
Fíjate bien, un
Maestro enseña que todo cristiano que emprende el camino de retorno a Dios,
comienza necesariamente sólo con la mitad de sus bienes. Cuando Zaqueo vio a
Jesús supo que esta vez se encontraba ante un verdadero misterio. Supo que
ningún precio sería demasiado alto. Dios lo visitó en su casa, como un rey que
visita la guarida rica y desordenada de un ladrón sofisticado. Sin embargo, Zaqueo
ofreció sólo la mitad de sus bienes porque no tenía más. Como todo hombre que
retorna a Dios, Zaqueo cojeaba. Y es que nadie vuelve a Dios caminando firmemente
con dos pies. Quien vuelve a la vida de oración después de algunos años de
olvido, vuelve sólo con la mitad de sus bienes. Muchas veces intenta orar y ora
con palabras vacías, sin corazón, sin comprender qué gana con asistir de nuevo a
la Iglesia. Los esposos que vuelven a Dios a través de la senda matrimonial,
queriendo recuperar el tiempo perdido, nunca vuelven más que con la mitad de
sus bienes. Muchos gestos para recomenzar la senda del amor aparecen vacíos,
privados de sentido, desencarnados, fingidos. La mayoría se aburren de
arrastrar la vida con puros formalismos y mandan todo a la ruina. Alguna vez
hemos escuchado a un joven monje que aseguraba que antes de entrar en el
monasterio su vida era más entregada a Dios, pero una vez embocado el camino
monástico, su entrega a Dios se vio menguada por las horas de trabajo y de
estudio que nos hacen verdaderos monjes. Es que todo principiante comienza sólo
con la mitad de sus bienes. Tiene presencia, pero le falta experiencia. En
algunos años de escuchar las buenas conciencias, he encontrado tan pocos
cristianos que viven plenamente las verdades que predican. Nosotros comenzamos
y recomenzamos siempre con la mitad de nuestros bienes porque no nos queda de
otra. No tenemos más que la mitad.
Todos comenzamos y
recomenzamos el arrepentimiento con un solo pie. Pero nadie debe quedarse allí,
a medias. Hay que darse prisa y, como el niño que no pudiendo andar con sus dos
pies anda a gatas, hay que restituir cuatro veces nuestros fraudes con Dios,
con el prójimo, con la vida. Zaqueo se hizo más pequeño desde aquel día en que
el Señor Jesús entró en la casa de su vida. Y por eso cuando Zaqueo propone
restituir sus fraudes hasta cuatro veces, comprendemos que la cosa le tomará la
vida entera. Por eso nadie ha de creer que el arrepentimiento llega en un
instante, restaura todo y se marcha para siempre de nuestras vidas. El
arrepentimiento atraviesa nuestra vida toda porque es la lucha entre la verdad
y nuestra falsedad.
Claro que al final de
nuestras vidas difícilmente podremos decir que lo hemos restituido todo. Casi
siempre nuestra vida llega al final y aún nos queda tanto por vivir, tanto por
amar, tanto por perdonar, tantas cuentas pendientes. Pero el esfuerzo constante
por restituir nuestros fraudes nos habrá purificado. Al final, el cristiano que
ha devuelto cuanto ha podido a la Verdad no tiene otra riqueza que la fe, que
es lo único que salva. Después de tantas luchas por vencer nuestra falsedad,
sólo nos quedará un único bien, el tesoro escondido que nos movió a dejarlo
todo, la perla preciosa que nos hizo venderlo todo. Al final sólo nos queda
Cristo, la salvación que un día entró en nuestra casa, la otra mitad de
nuestros bienes que encontramos sólo cuando hemos perdido todo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


