domingo, 23 de octubre de 2016

"Descendit hic iustificatus in domum suam ab illo"

Dominica XXX per annum

Hace poco, el Papa Francisco nos ha instruido acerca del misterio petrino: «Pedro—ha dicho el Santo Padre—recibe la misericordia en su presunción de hombre sensato. Era sensato con la sensatez maciza y trabajada del pescador, que sabe por experiencia cuándo se puede pescar y cuándo no. Es  la sensatez del que, cuando se entusiasma con eso de caminar sobre las aguas y de tener pescas milagrosas y se excede en mirarse a sí mismo, sabe pedir ayuda al único que lo puede salvar. Este Pedro fue sanado en la herida más honda que puede haber, la de negar al amigo. Quizás el reproche de Pablo, cuando le echa en cara su doblez, tiene que ver con esto. Parecía que Pablo se sentía que él había sido el peor antes de conocer a Cristo; pero Pedro lo fue después de conocerlo, lo negó… sin embargo, ser sanado allí convirtió a Pedro en un Pastor misericordioso, en una piedra sólida sobre la cual siempre se puede edificar, porque es piedra débil que ha sido sanada, no piedra que en su contundencia lleva a tropezar al más débil. Pedro es el discípulo a quien más corrige el Señor en el Evangelio. Es el más golpeado. Lo corrige constantemente, hasta aquel último  “A ti qué te importa, tú sígueme a mí”. La tradición dice que se le aparece de nuevo cuando Pedro está huyendo de Roma. El signo de Pedro crucificado cabeza abajo, es quizás el más elocuente de este receptáculo de una cabeza dura que, para ser misericordiada, se pone hacia abajo incluso al estar dando el testimonio supremo de amor a su Señor. Pedro no quiere terminar su vida diciendo: “Yo ya aprendí la lección”, sino diciendo: “Como mi cabeza nunca va a aprender, la pongo para abajo”. Por encima de todo, los pies que lavó el Señor, esos pies son para Pedro el receptáculo por donde recibe la misericordia de su amigo y Señor».
Suele pasar que cuando un ave tiene un ojo enfermo y tú la quieres curar, la cosa se vuelve una cuestión de contorsionista. Las aves son expertas en disimular su malestar. Y si tienen un ojo enfermo y lo quieres mirar para ayudarle, será muy difícil porque siempre que cambies de posición, el ave también lo hará. Girará completamente su cabeza para mirarte perfectamente con el ojo sano.
Alguna vez vi a unos niños que jugaban con una gallina. La mecían en sus brazos con la cabeza hacia delante, y la gallina mantenía inmóvil el cuello, aunque su cuerpo regordete oscilaba de un lado a otro al ritmo de una canción infantil. Es que las gallinas saben que su ancestral secreto para evitar el vértigo está en mantener fijo el cuello y en que se puede balancear todo menos la mirada.
Un perrito sabe que su mirada conquista corazones si es de abajo hacia arriba. Si logra atrapar tu mirada en la suya, ya eres suyo. Pero si el perro está arriba, prefiere atrapar tus nervios cuando su mirada choca con la tuya. A veces he llegado a creer que los perros te consideran un potencial adversario cuando estás debajo de ellos y no tanto cuando estás arriba. Tal vez porque intuyen que pronto harás algo para no estar abajo.
He visto peces y aves que tienen ojos falsos. Un truco para que el depredador se sepa advertido o para que la presa se sienta obligada a moverse, intimidada por una presunta mirada inflexible e inexpresiva.
Y nosotros estamos tan acostumbrados a intercambiar miradas, que sabemos el valor de cada una mucho más que de cualquier moneda. Mirarnos a los ojos nos da confianza, seguridad. Nos muestra lo que realmente sentimos. Y cuando alguien desvía la mirada, sentimos que no podemos ayudarle, que no hay mucho que hacer por ella o por él.
Un publicano lloraba y no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Y su gesto nos inquieta. Sin embargo, como Pedro, había comprendido algo: después de haber sido tocados por la mirada misericordiosa de Dios y su perdón, el cielo de nuestros ojos está en los pies que su compasión lavó. La casa de nuestra justificación se edifica en esa roca sanada, y hay que bajar para habitar en ella, «porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

domingo, 2 de octubre de 2016

"Adauge nobis fidem!"

Dominica XXVII per annum

Todo comenzó con una titulación en enfermería. Bueno, en realidad todo había comenzado mucho antes, pero por lo pronto comencemos desde allí. El día de su titulación, Sor Monjita no era más que una humilde discípula de Cristo, consagrada a Dios por los votos. Había abrazado con poca devoción y mucha ingenuidad la vida religiosa, y sabía casi nada de lo que Dios esperaba de ella. Era una pregunta que prefería dejar para después. Pero por esa extraña compasión que a menudo despiertan los despistados en el corazón de la Iglesia, había logrado avanzar y ahora acababa de recibir su título de enfermería. Tonta no era; despistada sí.
Iba de regreso de la Universidad al convento, cuando de repente unos fuertes gritos y alaridos la sacaron por la salida de emergencia de sus cavilaciones. Una mujer gritaba, y la ola de los curiosos la secundaban. Tendida en el suelo y con una prominente señal de embarazo, la mujer anunciaba a todos a gritos el prodigio. Y como nuestra monjita era más argüendera que enfermera—al menos tenía mucha más experiencia en eso—también comenzó a gritar: «¡Rápido, una ambulancia, llamen a un médico, una enfermera!» Este último grito llegó al fondo de su alma como moneda en alcancía de teléfono. Y le hizo anunciar a sí misma y al universo entero: «¡Yo soy enfermera!»
Bueno, no nos perdamos en los detalles. Al fin y al cabo todos sabemos muy bien lo que es venir al mundo. Todos lo hemos hecho ya alguna vez. En fin, el hermoso bebé nació. Y la orgullosa mamá se derretía de alegría como un helado bajo el sol, mientras la líquida y pegajosa dulzura agradecida fue a parar a las manos de nuestra monjita. Aquella feliz mamá era una mujer muy rica y poderosa, altruista, empeñada en el activismo por las mejores causas. Y su farándula le ayudaba en eso. Así que pronto se hicieron amigas la activista y su heroína. Juntas se propusieron salvar a la humanidad de los partos imprevistos, y comenzaron a soñar con crear una cadena de hospitales que tuvieran una sucursal cada dos cuadras… algo así como esas tiendas de golosinas y bebidas que aparecen por todas partes, más frecuentes que semáforos… por si se ofrece.
El primer obstáculo a vender era la madre priora. Esa mujer necia que nomás no entiende razones. ¿Cómo le iba a dar permiso a una de sus monjitas de involucrarse en un proyecto tan heroico, si nunca había confiado del todo en ella? Nunca había apreciado sus cualidades y por eso permanecían enterradas como un tesoro secreto en una isla desierta. ¿Cómo iba a entender que lo de nuestra monjita, lo suyo, lo suyo, eran los partos de emergencia? Al cabo la priora nunca iba a estar en una de esas, ¿cómo podría valorarla?
Así que nuestra monjita decidió abandonar el convento, crear un nuevo instituto e iniciar el proyecto totalmente innovador al lado de su nueva amiga. Juntas iban a conquistar el mundo. Para ahorrar tiempo, compraron una primer clínica, ya armada y equipada. «Esto urge y no hay tiempo que perder. Es una emergencia». Pronto llegaron los primeros pacientes, pero eran vecinos que venían a preguntar cosas sin importancia, sobre vacunas, resfriados, y muchas cosas de las que ninguna de las dos tenía idea. «¿Cómo le explico, señor, que ésta es una clínica para partos de emergencia?»
Bueno, pronto quedó claro. Hasta que comenzaron a llegar las primeras pacientes.  Exceptuando el caso de alguna que se fue sin pagar, otra que se quejó de muy mal trato, otra que decidió abandonar a su bebé, la clínica fue todo un éxito. No podían abrir todas las sucursales que soñaron, pero la clínica marchaba sobre ruedas. Y hasta algunas chicas se acercaron como voluntarias dispuestas a sumarse a los esfuerzos de nuestra monjita.
Pasaron los años. Un día nuestra monjita se levantó como siempre, a las cinco de la mañana, de muy mal humor. Rezó decepcionada y molesta porque algunas de sus hermanas no vinieron a rezar. Pensó que de todos modos hubiera estado irritada si todas hubieran venido. Había algunas a las que prefería no ver. Desayunó pensando en lo mal que sabían los jugos y desayunos saludables que preparaba su otra colega y mejor fue a una de las dos tiendas de la esquina a comprar unas golosinas y una bebida gaseosa con cafeína y más que azucarada, para despertar. Tenía un montón de partos que atender y se preguntaba si la gente no se cansaba de tener hijos. En su escritorio le esperaba una carta del obispo regañándola por alguna historia de maltrato. Y una demanda de alguna empleada despedida injustamente. En el corazón le guardaba rencor a muchas personas a quienes había ayudado y que de pronto se había venido en contra suya. Muchos a quienes les dio seguridades, trabajo, alegría, no le toleraron sus errores, su nerviosismo, sus neurosis que con la edad se le vinieron también encima. Tampoco entendía por qué se había echado encima la responsabilidad de tantas vidas, al punto de que si algo fallaba seria su ruina. Tenía que ser perfecta, pero muy pocos la apoyaban en ese camino. Lo que comenzó haciendo por un sueño se transformó en una pesadilla tan pesada que por eso se llamaba pesadilla. No entendía por qué el amor se había vuelto como sus guantes de látex. Algo que había que desechar después de cada consulta y se sintió traicionada por ella misma, por la vida. Entonces lloró. Lloró como aquel primer niño que vio nacer. Como aquella madre feliz y satisfecha, como aquella otra que perdió a su hijo, como tantas personas habían llorado con ella.
Fue a la Iglesia y escuchó el Evangelio que leía un joven sacerdote entusiasmado: «Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: “arráncate de raíz y plántate en el mar”, y los obedecería». ¿Qué tiene que ver un grano de mostaza con un árbol frondoso? ¿Y para qué sirve un árbol frondoso arrancado de raíz y plantado en el mar? Qué tontería, morirá sin que nadie pueda cortar sus frutos. Pero el joven sacerdote que leía lo decía con tal entusiasmo, que le pareció que daría su vida entera por tener una fe así de grandota… como el grano de mostaza. De pronto le pareció que el sacerdote envejecía mientras leía: «¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: “Entra enseguida y ponte a comer”? ¿No le dirá más bien: “Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú”? ¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación?»

La idea le pareció terrible, pero tuvo que reconocer que ésta era su propia vida. Y que hay dos tipos de fe. El primero es el de la fe pequeña: si tuvieras fe tan pequeña como un grano de mostaza, podrías, con la fuerza de tu sueño, arrancar un árbol frondoso y plantarlo en el mar, donde morirá y se corromperá, porque en el mar de los sueños hay olas suaves, informes e informales, pero allí un árbol no dura mucho plantado. Entendió que labrar la tierra o pastorear rebaños es algo muy real, tan real como la tierra que nos recibe con durezas y fatigas. Y por eso hay otra fe, mucho más grande, tan grande como un grano de mostaza. Es la fe que Dios nos da cuando le pedimos «Auméntanos la fe». Es la fe que labra la tierra y siembra el grano de mostaza, y una vez que se convierte el arbusto recoge la semilla y convierte el tallo en bastón para pastorear. Y usa la semilla para sazonar la comida del amo que está de regreso. Esa fe está más cerca de la pesadilla que del sueño. No es la fe espectacular que todos aplauden, sino la fe humilde, la de siervos inútiles. En esa fe por la que el mundo no nos ofrece nada en recompensa, en esa fe que nadie nos agradece, pero sin la cual el mundo moriría de hambre, en esa fe está escondido Dios. Cuando somos siervos inútiles que no hacemos más que lo que teníamos que hacer, entonces, es posible que entre las cosas de cada día, hayamos hecho algo increíble por ser algo más grande que los sueños, es posible que hayamos hecho algo imposible de no ser creído por ser tan real… y es posible que hayamos hecho algo meritorio por haberlo hecho simplemente por amor.

domingo, 18 de septiembre de 2016

"Facite vobis amicos de mammona iniquitatis"


Dominica XXV per annum

En una ocasión, el Santo Padre Francisco dijo a propósito de la astucia cínica del administrador en la parábola que hemos escuchado: «La costumbre del soborno es una costumbre mundana y fuertemente pecaminosa. ¡Es una costumbre que no viene de Dios: Dios nos ha mandado llevar el pan a casa con nuestro trabajo honesto! Pero este administrador daba de comer a sus hijos pan sucio. Y sus hijos, quizá educados en colegios caros, tal vez crecidos en ambientes cultos, habían recibido de su padre suciedad como alimento, porque su papá, llevando pan sucio a casa, había perdido la dignidad. Esto es un pecado grave. […] Es un pecado tan grave porque va contra la dignidad, aquella dignidad con la somos ungidos cuando trabajamos […] La corrupción es esto: no ganar el pan con dignidad». En esa ocasión dijo también el Papa: «Tal vez hoy nos hará bien rezar por tantos niños y jóvenes que reciben de sus padres pan sucio. También ellos tienen hambre. Tienen hambre de dignidad».

Las palabras del Santo Padre me trajeron entonces a la mente una fábula que aprendí de un poeta: una araña se encontró con un gusano de seda. Entonces comenzaron, como dos refinadas amigas a hablar de alta costura. La charla fue muy amena y comenzaba a dar paso a la amistad. Hasta que tocaron un tema muy delicado. El gusano de seda comenzó a hablar de su honestidad. Cada vez que se fabricaba una casa con un largo y fino hilo de seda, era porque estaba a punto de hacerse más pequeño. Y la última vez que salía del capullo, abandonaba la casa batiendo alas de libertad y moría de amor, ya sin comer, sin tomar nada del mundo, sin más preocupación que dejar nuevos hijos que siguieran su buen ejemplo. Los hombres, esos seres astutos e inteligentes apreciaron tanto tanta nobleza que con sus pequeñas casas de virtud se hicieron vestidos.
Bueno, la araña podía presumir maestría en el arte de hacer ruedas de hilos finísimos, formas que las mujeres más delicadas imitaban, reconociendo su belleza, para adornar sus casas. Pero en lo que casi no podía alegar nada era a favor de su moralidad. La araña era, digamos, como suele decir un amigo, «de moral distraída», y por lo mismo, sus telas no eran precisamente casas de virtud.
La araña no tenía la humildad de hacerse más pequeña cada que terminaba el tejido. Al contrario, si caía un moscardón gigante, la araña crecía y crecía… sobre todo de su barriguita, pues sus brazos de tejedora implacable se mantenían siempre muy delgaditos y muy en forma. A veces era tanto su peso, que la tela se reventaba y había que tejerla de nuevo. Pero eso no importaba. Su trabajo era una trampa de la que pocos salían vivos. No tenía mucho que decir en materia de moral. Así que se las ingenió para enredar a su amigo el gusano: «Sabes, amigo gusanito, me encanta cómo tejes y lo noble que eres; pero qué malicia tan grande te cargas… Yo como quiera, simplemente hago trampitas piadosas a los bichos inmundos de la sociedad de sabandijas. Pero tú, tú sí me la ganas».
El gusano sorprendido no sabía de qué le hablaba, pero no le parecía novedoso el comentario. Sabía que superaba en todo a la araña. «¿Te has fijado amigo cuántas buenas mujeres han caído seducidas por tus telas? Nada más ayer que me paseaba por una sedería donde no me dejan fácilmente entrar, vi a un hombre dejar sin comer a sus trabajadores por comprar tus telas para hacerse una camisa. No sí. Tú sí que sabes cómo. Y otro más, seducido por la frialdad de tus telas se le enfrió el corazón y el cerebro y se fue a buscar cobijo tras un vestido de seda que envolvía un corazón caluroso. Tú sí sabes. Por no hablar de aquellas personas que con tus hilos sedosos hacen sutiles telarañas que llaman encajes, muselinas, tules y velillos, mucho más peligrosas y engañadoras que las mías. Tú sí sabes, amigo». En fin, así pasó la araña un largo rato dando vueltas alrededor del gusano, apuntándole con su dedo y reprochándole su maldad desmesurada, hasta que, ya bien enredado, se lo comió.
Pero Dios que es bueno, vio al gusano que perecía y quiso que con su seda los novios vistieran de dignidad su amor, los niños embellecieran sus pasos, los piadosos adornaran la casa de Dios y los dolientes recubrieran con ella los cuerpos heridos por la muerte. Eso jamás se haría con telaraña porque es una tela que no tiene nada de amor. Dios no desprecia nada que se haga por virtud y verdadero amor. «Con el dinero, tan lleno de injusticias, háganse amigos que los reciban en el cielo».



domingo, 28 de agosto de 2016

"Sed cum facis convivium, voca pauperes, debiles, claudos, cæcos"

Dominica XXII per annum

Uno de los padres del desierto enseñó: «Si el hombre no dice en su corazón “Dios y yo estamos solos en el mundo”, no tendrá nunca reposo». Y es verdad. Nunca sabrá si ocupa el lugar que le corresponde. Si piensa, en cambio, que sólo Dios y él están en el mundo, sabrá que siempre su lugar es adorando a Dios.
El hombre humilde adora a Dios; el que no es humilde, miente. El hombre que no es humilde no recibe su propia verdad como don de Dios. Se la apropia como quien escoge rápidamente un asiento o el mejor puesto para que no se lo gane otro. El que no es humilde trata de apropiarse con pensamientos, palabras y actitudes de la realidad, engañándose a sí mismo, sin saber nunca cuál es verdaderamente su lugar. El humilde dice en su corazón: «Dios y yo estamos solos en el mundo», y así no se compara con nadie más pero siempre sabe cuál es su lugar. Con todo, nosotros no vemos a Dios y sí vemos a los hombres. Y nos comparamos los unos con los otros para buscar nuestro lugar. Y en la búsqueda ambicionamos más o menos secretamente los primeros lugares.
Es curioso, las formas de medición cambian a menudo de una ciudad a otra, o de un país a otro. En algunos lugares se usa el litro para medir cosas sólidas, y el kilo para algunas líquidas. Aquí usamos tantito; pero ¿qué tanto es tantito? Medirnos requiere una referencia. Y para medirnos a nosotros mismos la mejor referencia, para ser exactos, sería Dios, pero nosotros no hemos visto a Dios y sí hemos visto demasiado a los hombres. Por eso el Señor quiso poner al pobre, al sufriente en nuestras vidas, como punto de referencia.
Dios pone en nuestra puerta al que sufre como una riqueza más, la más difícil de pulir, la más difícil de abrillantar. Dios nos la da para que conquistemos un buen lugar en el cielo. Hay que pulirla y abrillantarla para apoderarnos del cielo. Es una moneda que al pulirla nos hace brillantes, nos hace veraces.
Es que la riqueza, cuando cae en manos de los que sufren ya no es riqueza. Apenas toca la mano del necesitado, se convierte en don de la providencia divina y también en justicia. Providencia divina porque el que sufre siempre recibe la riqueza como regalo de Dios. Justicia porque el que sufre merece de por sí, como todos los hombres, la fugaz alegría de vivir. La riqueza no remedia para siempre el dolor de los que sufren. No es ése su oficio. La riqueza es fugaz, y así la reciben ricos y pobres. Pero en su fugacidad está escondida su chispa divina. Se escapa inaferrable porque es una excelente manifestación de la bondad de Dios que no se deja atrapar. Por eso no hay que instalarse en ella como si ya estuviéramos en el reino.
Para eso se nos da la fugacidad de la riqueza, para perfeccionar la obra de hermandad que Cristo ha comenzado en nosotros. Porque si Dios nos ha concedido el gozo del banquete, es para llevemos a la mesa al sufriente y vuelva a estar a la altura de sí mismo.
El Señor Jesús entró en el mundo sin hacer alarde de su categoría de Dios. No exhibió la grandeza de su divinidad. Entró en el mundo como un pequeño hambriento. Sin embargo, pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los afligidos por el mal. Pero antes de salir del mundo para volver al Padre quiso ser tan pobre como ellos, quiso ser pobre, lisiado, cojo, ciego. Amó hasta el extremo y así ocupó el último lugar. Nosotros no sabemos abajarnos tanto. No podríamos imitarlo en su abajamiento. Imitémoslo elevando al prójimo a la mesa de la fraternidad perfecta. 
Con toda verdad San Agustín decía acerca de los mandamientos de Dios para alcanzarlo: «Si quieres llegar a la verdad, no busques otro camino que el que trazó el mismo Dios, que conoce nuestra enfermedad. Ahora bien, el primero es la humildad, el segundo es la humildad, el tercero es la humildad, y cuantas veces me lo preguntases te respondería la misma cosa. No quiero decir que no haya otros mandamientos, sino que la humildad debe preceder, acompañar y seguir a todo lo bueno que hacemos… si no, el orgullo nos lo arrebata todo».

domingo, 14 de agosto de 2016

Salve, regina et mater monachorum: ora pro nobis

In assumptione BV Mariæ
Missa vespertina in vigilia
 
El Señor Jesús en varias ocasiones llevó a sus amigos a una montaña alta. En muchas ocasiones los llevó a un lugar solitario. Pero no leemos que haya llevado el Señor consigo a la Virgen Madre a una montaña alta o a un lugar solitario para orar. Es que ella era la cumbre, la montaña aireada, la solitaria cima elevada. La fe mueve montañas. Con la ayuda de un pico y una pala. Jamás una montaña se ha movido de otro modo. Pero el amor hoy movió una montaña alta, muy alta, y la plantó en el cielo.
Tomás, como siempre, llegó tarde. Los apóstoles habían sido convocados por mandato divino en Jerusalén. Y en un abrir y cerrar de ojos, como rayos de luz, se reunieron de todos los puntos en que tenían la misión de predicar el Evangelio. La Virgen Madre los bendijo con la dulzura de siempre. Y así, sin violencia, en una victoria amorosa, subió al cielo. Su tránsito fue un dulce sueño de amor. Ella, que tanta caridad había tenido siempre con todos, también la tuvo con su cuerpo. Con toda verdad un Doctor Eminentísimo enseña que «esta Reina celestial se durmió de amor, pues sólo concedía algún reposo a su cuerpo para revigorizarlo, a fin de que pudiese servir mejor a Dios después: acto muy excelente de caridad, porque, como dice San Agustín, “esta virtud nos obliga a amar a nuestros cuerpos lo conveniente”, en cuanto que ellos son necesarios para las buenas obras y parte de nuestra persona, y participarán de nuestra felicidad eterna». La Virgen Madre concedió pues un breve descanso a su cuerpo antes de continuar haciendo bien en el cielo.
Tomás llegó corriendo, siempre tarde, y quería besar las manos bienhechoras de la Madre de Dios por última vez. Así que los apóstoles le abrieron el sagrado cofre que contenía el cuerpo de la Madre de Dios. Ya una vez Cristo mismo le había mostrado los agujeros de los clavos y le había abierto su costado para que viera su corazón amante, y aliviara su incredulidad impuntual. ¿Por qué ocultarle el cuerpo de María, que era un sagrario igualmente precioso a los ojos del Maestro?
Abrieron el cofre. Ciertamente no esperaban encontrar corrupción. Eso nunca se asomó siquiera en el cuerpo santísimo de María. Su mismo Hijo, él, el que todo sostiene en su mano, ¿cómo podría permitir que el sepulcro corrompiera a la que en su nacimiento no menoscabó en su integridad, sino que la consagró, conservándola intacta cual era? Con toda verdad dice el Damasceno: «Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad». Grande fue el asombro gozoso de los Apóstoles. La Madre no estaba en el sepulcro. Comprendieron todo. Había sido llevada al cielo en cuerpo y alma, y había salido del sepulcro por la sutileza propia de los cuerpos gloriosos. En su lugar sólo quedaban las flores e hierbas aromáticas con que la pobreza de los Apóstoles adornó su cuerpo santísimo.
En el cofre había ramas de laurel, porque la Madre era corona de laureles para premiar a todos los Apóstoles y discípulos que progresaban en el arte espiritual. Todo atleta espiritual, ignorado por el mundo y alejado de sus aplausos, la tuvo por corona en la frente de sus fatigas.
En su sepulcro había también hojas de menta, porque la Madre era frescura perfumada de castidad. Y había toronjil, porque ella es resuello, respiro de alivio para el pecador arrepentido.
Había flores de camomila, de manzanilla. Porque la Madre era un colirio para los ojos de los creyentes que enceguecían por la ira, y porque su dulce mansedumbre calmaba la visceralidad de los orgullosos.
Y había ajenjo, hierba muy amarga que sirve para abrir el apetito. Pues la Madre era ajenjo para los apetitos mundanos, pero abría el gusto por las cosas del cielo. La Madre era jengibre, raíz que cura las deformidades de nuestra humanidad y era cardamomo, semilla perfumada de esperanza.
En la tumba había también canela. Pues la Madre era canela. Y así como la canela cura otras plantas y protege sus flores, así la Madre fue médico de médicos. Y como toda la fuerza de la canela le viene de estar adherida al árbol que le dio la vida, así la Virgen Madre, al pie de la cruz, obtiene toda su virtud de estar unida a ella.
La Madre había venido al mundo anhelando el cielo. Como todas las flores e hierbas medicinales, la Madre nació en nuestra tierra. Pero vivió siempre perfumando el cielo, elevándose en busca del sol, desde su pequeñez. Sus raíces estaban en nuestra tierra, pero su mente y su corazón moraban en el cielo. Cada día era un milagro que un éxtasis no la arrebatara para siempre. Con toda verdad un Maestro enseña que hoy un milagro detuvo otro milagro. El milagro de no ser arrebatada al cielo, el milagro de que permaneciera entre nosotros hoy cesó. Y otro milagro se la llevó al cielo.

Hija del cielo, Señora de los ángeles, licor, medicina y perfume de monjes, haznos hoy flores medicinales, hierbas aromáticas, para ennoblecer y embellecer la Iglesia que tú das a luz con dolor. Haznos huerto cercado que no tenga más salida que el cielo, para que arraigados en ti, que eres montaña alta, alcancemos por tu asunción el cielo. Virgen Madre de Dios, alcánzanos la alegría de volar todos juntos ya no como flores arrancadas por las tempestades del tiempo presente, sino como aroma de comunión que asciende por el anhelo de perfumar el cielo.