Este pequeño
tiene unos cinco años viviendo conmigo. Ayer se abrió su primer flor. Es un Paphiopedilum delenati. Llegó a mi celda
cuando era apenas una plántula de pocas semanas de haber salido del frasco. Si
el tiempo se hiciera joya, sería algo así.
jueves, 11 de mayo de 2017
viernes, 14 de abril de 2017
De septem verbis a DNJC in cruce prolatis
Feria VI in parasceve
«Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía
Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una
cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María
tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, le ungió a
Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó con
la fragancia del perfume. Entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, el
que iba a entregar a Jesús, exclamó: “¿Por qué no se ha vendido ese perfume en
trescientos denarios para dárselo a los pobres?”»
Pero lo que
Judas no pudo entender es que el sagrado perfume no se vende; él se entrega.
Cristo el Señor es un frasco de perfume exquisito para ungir a los pobres, los
pobres del gran Rey. Pues cuando éramos enemigos suyos y no teníamos la bendita
riqueza de su amistad, él quiso bendecirnos, impregnando nuestras almas con el
perfume de su gracia. Ese perfume es su Sangre preciosa, derramada para
enriquecer nuestra pobreza. Es el perfume de su compasión, de su ternura, de su
perdón que nos hace gratos al Padre. El aroma de esta sangre preciosa llena la
casa de la Iglesia. Y su aroma es la predicación ardiente que el Señor hizo
desde el púlpito de su cruz y que se eleva como plegaria de suave fragancia
ante el Padre.
Su sangre «clama
mejor que la de Abel», pues ésta pedía la justicia; la de Cristo, en cambio, perdón
y misericordia. Con razón enseña el Maestro Ávila que «más sin comparación le
fue agradable a Dios la voz de Cristo, y su pasión y muerte, que pedían perdón,
que desagradables todos los pecados del mundo, pidiendo venganza».
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»
Fíjate bien, en
una ocasión, el Señor Jesús iba de camino y al pasar vio una higuera. Como no
encontró en ella ningún fruto, la maldijo y se secó. Pero en la cruz, mirando
nuestra humanidad pecadora, buscó en ella algo bueno, y al no hallar más que
vanas hojas de ignorancia e insensatez, no nos maldijo, sino que nos disculpó
ante el Padre diciendo: «no saben lo que hacen».
Con razón un
Maestro enseña que Cristo el Señor no venció al diablo por la fuerza de su
poder, sino confundiéndolo con su verdad. Ningún fraude hubo en la cruz. De la
boca del más bello entre los hijos de los hombres sólo se derramó la gracia,
pero «no hubo engaño en su boca».
Ciertamente
cuando el Señor manifestó su gloria en el Tabor, los discípulos vieron la luz
que un milagro ocultaba cada día a sus ojos. Y ya en esa ocasión, Pedro, fuera
de sí, habló sin saber lo que decía. Desde su
encarnación, Cristo había ocultado la claridad de su gloria: «Sin figura ni belleza, lo vimos sin aspecto atrayente». La belleza de su luz se ocultó ante nuestros ojos, pues el Señor
«se despojó de su rango y tomó la condición
de esclavo, pasando por uno de tantos». Si esa
claridad de su gloria no se hubiera ocultado, «jamás habrían crucificado al
autor de la vida». Nadie habría osado jamás
echar mano de él. Un sacro temor lo habría hecho intocable. ¡Qué admirable
beneficio de su amor por nosotros! El Señor ocultó su belleza para poder decir
con toda verdad y con toda ternura: «Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen».
«Hoy estarás conmigo en el paraíso»
En el santo
sacrificio de la Misa, el sacerdote reza en secreto las plegarias santas del
canon. Y el Padre ve lo secreto. Sin embargo, inicia el sacerdote la última
oración del canon levantando la voz para decir, golpeándose el pecho: «Nobis quoque peccatoribus»
«Y a nosotros, pecadores». Así conmemora al buen ladrón que en el ruidoso
silencio del Calvario levantó la voz para decir: «¿Ni siquiera temes tú a Dios,
estando en el mismo suplicio? Nosotros justamente recibimos el pago de lo que
hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho».
Suelen los
ladrones no saber distinguir el verdadero valor de las cosas. Y
muchas veces cambian o venden por muy poco cosas verdaderamente valiosas. O
venden a un precio excesivo cosas de bien poco valor. Por eso el buen ladrón
dijo a su compañero: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo
suplicio?». No comprendía que el suplicio de Cristo era infinitamente más cruel
y doloroso y lo llamó con ingenuidad «el mismo suplicio». Pero suelen también los ladrones comprender más la justicia que la
verdad. Por eso se esconden y huyen de ella. Y por eso
reconoció también el ladrón la suprema justicia exigida por nuestra redención y cómo el Señor, que es la justicia infinita, eligió morir antes
que dejar impune el pecado. Viendo entonces que la muerte del Señor
era inexorable, pensó en su reino, porque una muerte así merecía la realeza
dado que es lo más digno de un rey morir por su pueblo.
En el ruidoso
corazón del ladrón había comenzado a hablar el silencio de la fe: «Todo
árbol se reconoce por sus frutos». Y al mirar la cruz, el ladrón reconoció su
fruto misterioso, el fruto inocente que cura el pecado de los hombres. Fruto
noble que derrama su savia de suave fragancia. Ante sí estaba la justicia, y ya
no tuvo miedo de ella. Tenía ante sus ojos el fruto del misterioso árbol de la
vida que su padre Adán abandonó en el paraíso, ese fruto que nadie jamás había
podido robar. Y se sintió confiado: «Jesús, acuérdate de mí». Respondió el
Señor: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Y desde ese instante el ladrón por
la fe contempló, entre el dolor y la esperanza, el místico paraíso. Comprendió
que estaba colgado del viejo árbol del conocimiento del bien y del mal, el
árbol ruin y funesto en que los primeros padres desobedecieron a Dios y se
escondieron de él. Entonces, por el cuchillo de la contrición y el vendaje del arrepentimiento
su cruz de muerte se injertó en el noble árbol de la vida y se transformó en
ella.
Esa misma
tarde, las puertas del paraíso se estremecieron. Los querubines, incansables
vigilantes, con espadas de fuego guardaban celosos la herencia de Adán. Una
cruz con vigor golpeó tres veces las puertas del paraíso. Era el buen ladrón,
con su cruz a cuestas. Al verlo los querubines reconocieron el signo amado del
Rey del cielo y lo recibieron con honores: «Entra, buen ladrón, en la patria
santa de tu padre Adán. Tú que has empuñado el arado de la cruz sin mirar
atrás, entra en el gozo de tu Señor. Porque nadie puede entrar en el paraíso si
no ama la cruz, pues aquí se vive de ella».
«–Mujer, ahí tienes a tu hijo. –Ahí tienes a tu madre»
Con toda
verdad enseña Romano el Cantor que el diablo al ver entrar al buen ladrón en el
paraíso dio un rugido tremendo y exclamó: «¡He sido robado por un ladrón que ha
sido justificado y ha vuelto a abrir el paraíso! ¡He sido robado por uno de los
míos mientras buscaba traidores, ladrones y estafadores, para darle compañeros
de servicio! Judas no era discípulo mío, sino de Cristo; si él hubiera entrado
en el paraíso no me enojaría tanto. ¡Pero ese ladrón era mío y se ha convertido
ahora en seguidor fiel de Cristo, ha renunciado a mí y a todas mis seducciones!»
Y desde aquel momento Satanás ardió enloquecido. «Embaucando a los reyes y
tiranos de la tierra, les provocó con violencia contra la cruz de la Vida;
desencadenó persecuciones contra Cristo y sus servidores, imaginando que podría
así impedirles entrar en el paraíso. No sabía el perverso que al derramar la
sangre de los sencillos, sería derrotado; persiguiendo a los apóstoles e
igualmente a los mártires, acabó lamentándose afligido, al ver la perseverancia
de esos campeones de Cristo».
Y tuvo el diablo
especial crueldad contra el corazón doliente de la Virgen Madre. Ella, que
jamás hirió ni la mirada ni el corazón de nadie, digna y calma estaba de pie
junto a la cruz. Pero al verla sosteniendo en la fe al discípulo que tanto
amaba, su amado Hijo fue gravemente herido en la mirada y en el corazón. ¡Oh,
pena grave y cruel, que inundas con lágrimas el fuego y la luz de su mirada!
Con razón canta el amado a su
amada: «Me robaste el corazón con una sola de tus miradas, con una vuelta de tu
collar». Estas palabras se refieren a Cristo que contempla la mirada de su
Madre Santísima. Mirada tan pura y tan profunda. Mirada que se roba todo el
peso del corazón doliente del Hijo, el insostenible peso del amor. «Me robaste
el corazón con una sola de tus miradas».
Cuatro ríos regaban el paraíso que Dios plantó para Adán y cuatro ríos de
sangre regaron el paraíso del buen ladrón y riegan el altar de la Iglesia,
jardín oriental de la cruz. Un paraíso es la Iglesia, casa apostólica, casa de
todo amigo del Señor, consuelo y refugio de todos los que le aman y huyen de
los ataques y la furia del diablo. Pero quiso Cristo que también el corazón de
cada creyente, tuviera otros cuatro ríos, que brotaron de las miradas limpias
de María y el discípulo amado. Él que pasó los días de su vida terrena «ofreciendo
ruegos al Padre, con gran clamor y lágrimas», dejó en el corazón del
cristiano, al pie de la cruz, el ejemplo de las honestas lágrimas de los
limpios de corazón, lágrimas que verán a Dios. Quien está fatigado y agobiado,
beba en el interior de su corazón creyente el don de las lágrimas para reparar
sus fuerzas. Quien combate los ataques del maligno, renueve sus fuerzas con el
fruto que pende de la cruz y diga con el discípulo amado, agradecido por el don
de la Virgen Madre: «Señor, la mujer que me diste por compañera me dio
a comer del árbol de la vida y yo comí: y se hizo en mi boca más dulce que la
miel, porque con ese mismo fruto me diste vida».
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
Fíjate bien en
lo que enseña el bendito Atanasio: «La muerte que golpea a los hombres les
sobreviene por la debilidad de su naturaleza, pues al no poder perdurar en el
tiempo, se descomponen con los años. Por esta razón les asaltan enfermedades y,
privados de sus fuerzas, mueren. El Señor en cambio no es débil, sino el Poder
de Dios y el Verbo de Dios y la Vida en sí. Por tanto, si se hubiera
desprendido de su cuerpo en privado y en un lecho, a la manera de los hombres,
se habría pensado que sufría esta muerte a causa de la debilidad de su
naturaleza y que no poseía nada superior a los otros hombres. Pero, puesto que
era la Vida y el Verbo de Dios, y era necesario que su muerte ocurriera por
todos, tomó la ocasión de ofrecer un sacrificio».
El bendito
cuerpo del Señor gozó desde su encarnación de impasibilidad. Era libre ante el
dolor. Ninguna debilidad ni enfermedad podía vencer al que es la salud y la
vida de todos. Por tanto, él quiso morir de amor, de sacrificio, porque para
ello había nacido. Ningún dolor podía sobrevenirle al Señor si él no lo quería.
Y, aunque sabemos que algunos hombres pueden aliviar sus dolores con el
esfuerzo de sus mentes, Cristo no lo quiso así para su pasión. Quiso que su
dolor fuera el más grande del mundo. Él, cuya alma y cuyos miembros de su
cuerpo habían sido creados con inigualable perfección, tenía una sensibilidad
más perfecta que la de cualquier otro hombre. Y, dado que ninguna enfermedad
era digna del dolor más grande del mundo, Cristo deseó cumplir los sufrimientos
de su pasión en la divina liturgia, pues nada más digno halló de ellos. Por
eso, cuando las tinieblas lo invadieron todo, solemnemente recitó las palabras
del Salmo: «Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?» Y, sabiendo que esta profecía del
salmista podía acarrear incomprensión y turbación, por ir acompañada de
tinieblas, mostró desde la cruz su verdadero sentido. Por su encarnación se
unió el Hijo eterno del Padre a nuestra naturaleza humana. Su cuerpo y su alma
estuvieron y estarán por siempre unidos a su persona divina, sin experimentar
jamás el abandono de Dios. ¿De qué abandono hablaba entonces el salmista? ¿Cuál
abandono experimentaría el verdadero Salmista en la cruz? Un Maestro enseña que
hablaba del abandono de la protección, pues al renunciar el Señor a protegerse
a sí mismo de la crueldad de sus verdugos, se abandonaba a sí mismo a los
dolores de su pasión que bien podía haber evitado por su impasibilidad
soberana. Y no pronunció el Señor estas palabras como regateando el dolor. Más
bien, al adentrarse en la oscuridad de la muerte, como un atleta enardecido
clamaba al Padre: «Padre, al abandonarme a la muerte termina mi ocasión de
padecer por amor a tu amable voluntad y por mi ardiente caridad hacia los
hombres, mis hermanos, ¿por qué al abandonarme a la muerte, la muerte pone fin
a los sufrimientos que con tan gozosa magnanimidad te ofrezco por la redención
de los hombres? ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has
abandonado?»
«Tengo sed»
Del mismo modo,
al agotarse el agua, el cuerpo de los hombres desfallece y experimentan la sed
como un deseo muy profundo de renovarse y vivir. Por eso, el Señor al acercarse
el final de su sacrificio, habló de su sed, de su deseo de refrescar su cuerpo
para continuar su amor. Y así como la sed es deseo y buena voluntad de hacerle
el bien al cuerpo, devolviéndole frescura y paz, así tuvo Cristo la sed de la
caridad hacia nosotros, miembros de su cuerpo que habríamos de refrescarnos con
la gracia de su sangre. Agua viva no le falta al que es el don de Dios que hace
brotar del interior del pecador arrepentido torrentes que saltan hasta la vida
eterna. Vino viejo no le falta al odre que devuelve a Adán, vestido de pieles
muertas, la antigua felicidad perdida. Vino nuevo no le falta al odre que
alegra el corazón del hombre nuevo, revestido de la gracia. Vino mejor no le
falta al esposo vestido de llagas, vestido de bodas, vestido de amor. Y sin
embargo, aquel que se entrega en nuestros labios diciendo: «Tomen y beban», tiene sed.
La Escritura
dice que Noé plantó una viña. Y luego honestamente bebió el fruto de sus
labores. Embriagado por la fatiga y los vapores del vino se quedó dormido
desnudo y uno de sus hijos se burló de su desnudez. Cristo, el Señor, también plantó
su viña y en la desnudez de sus labores recibió nuestras burlas, ultrajes y
desprecios, pero nada del vino de sus fatigas bebió en su propio beneficio,
pues en él no había pecado ni maldad. Toda la fatiga de pisar la uva madura de
su cuerpo y de derramar el dulce jugo de su sangre fue ofrecida para lavar la oscuridad
de nuestros pecados. Nada de ese mosto sagrado bebió Cristo para su beneficio y
por eso declaró: «Tengo sed», antes de sumergirse en el profundo sueño de la muerte, para que
comprendiéramos que no dormía embriagado por sus propias fatigas, sino sediento
de nuestras almas embriagadas con su sangre, lavadas con el agua de su costado.
«Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu»
Cuando
pedimos a un alfarero que elabore con sus manos la vasija en que guardaremos el
agua con que hemos de saciar nuestra sed, de alguna manera ponemos en sus manos
nuestra agua, nuestra vida y todo lo que somos. Cristo el Señor encomendó su
espíritu en las manos del Padre como quien encomienda su agua viva en manos del
alfarero. Así, el Padre nos moldea con sus manos para hacer de nosotros vasos
de elección, destinados a contener la gracia de su Espíritu. Esa gracia
espiritual es también luz de Cristo. Pues él vino para que el hombre conociera
cuánto lo ama Dios y en ese amor ardiera. En efecto, Cristo encendió la lámpara
del amor divino y la escondió debajo de la cama de su sueño en la cruz. Allí,
al pie de la cruz, estamos nosotros, vasijas de barro debajo de las cuales se
escondió el fuego de la divina piedad. Muerto en la cruz por el fuego de la
caridad quiso sepultarse en los corazones nuevos que las manos del Padre
moldean. Pues como dice el Apóstol: «Dios, que ha hecho brillar la luz en las
tinieblas, ha hecho brillar su luz en nuestros corazones para que conociéramos
la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo. Pero llevamos este
tesoro en vasijas de barro para que se vea que tan sublime poder viene de Dios
y no de nosotros».
Así arde
oculto el fuego del divino amor en nuestros corazones: brille la luz de
nuestras obras, para que viendo las obras que realizamos, los hombres den
gloria al Padre, que está en el cielo. En las manos del Padre están las vasijas
que él moldea para que puedan contener el Espíritu de su Hijo. Por eso las
moldea a imagen de su Hijo amado. Él, que es el espejo en que los ángeles
continuamente hacen recta la belleza de su amor, él, en la cruz, es la forma
del hombre, su verdadero rostro. Con toda verdad canta el amado: «¿Dudas si te
amo? Mírame fijamente, fijo en la cruz. Se cierne, en todo el cuerpo, esculpido
el amor». Y la amada en el Cantar «Manojo de mirra en mi pecho es mi amado»,
pues así como la mirra fácilmente se inflama, así el pecho de quien medita los
misterios de su dolorosa pasión. Pero como el fuego se extingue debajo de una
vasija, es del todo necesario que en la vasija haya llagas, puertas de caridad
a través de las cuales respire la llama del divino amor. En las manos del Padre
seamos moldeados por la paciencia en la tribulación, cocidos por el fuego de su
caridad, luminosos por las obras que la gracia nos mueva a realizar, para que
renovados a imagen de Cristo, miembros de su cuerpo en el que se halla
esculpido el amor, podamos decir un día: «Todo está
cumplido».
domingo, 12 de febrero de 2017
"Nemini mandavit impie agere et nemini dedit spatium peccandi"
Dominica
VI per annum
Bueno, cuando
leí este pasaje de la vida del pequeño San Plácido, francamente me sonó a
fervor de principiante. Ese fervor de novato contra el que nos advierte la
Regla, que nos hace sentirnos ermitaños capaces de luchar con sólo nuestros
brazos y nuestras fuerzas contra los demonios antes de saber siquiera vivir en
comunidad. Es como el fervor del niño que juega a bombardear una ciudad o a
arrasar un ejército enemigo sin antes saber siquiera cómo ser buen ciudadano.
En fin, la actitud del pequeño Plácido me hizo recordar a tantos jóvenes monjes
que hacían cosas extrañas y a veces extremas con la sola intención de ser los
mejores monjes y agradar sólo a Dios. Pero no perseveraron en ellas. Porque
bien pronto se daban cuenta que antes de ganarse a Dios, tenían que ganarse a
los hermanos, y eso toma mucho más tiempo. En fin, a pesar
de que la experiencia me muestra que todos necesitamos tantas muletas para
apoyarnos, como caminos emprendemos, la
voz del evangelio sigue sonando: «ya cometió adulterio con ella en su corazón».
Una vez el
superior de un convento, preocupado, me decía: «Sabes, en nuestro convento solemos tantas veces llenar de cosas lo
que pertenece sólo a Dios. A veces lo llenamos de nuestras propias leyes, que
van desde mi horario imperturbable de siesta hasta el omnipotente y pernicioso “A mí no me toca”, “No soy el
encargado”, o el “Yo no tengo ninguna culpa de que Usted no sepa leer, pero por pura
caridad le digo que en la puerta hay un letrero que dice en mayúsculas y en
castellano nuestro horario y hoy no hay servicio». Y en buena medida es verdad. Solemos llenar de nuestros caprichos
lo que sólo debe ocupar Dios, y acariciamos y complacemos nuestras veleidades
con la misma dedicación con que una monjita gatera mimaría cada uno de sus
gatos. Esos caprichos inocentes, tiernos y suaves que muerden y arañan y que
sólo existen para ser servidos pero no para servir. Para un consagrado ése es
el adulterio del corazón, pero también lo puede ser para cualquiera de nosotros
que privilegia su ojo o su mano para complacerse en la ocasión del pecado
mientras busca ansioso cómo llenar el lugar de Dios.
A veces sentimos
el deseo profundo de que nuestra fe sea aceptada por todos como si se tratara
de un producto que ha de venderse más que los demás en todas las tiendas de
abarrotes. Entonces llenamos de ideas aceptables lo que sólo debe llenar la
verdad de Dios. Y muchas veces con el fin de que seamos amados por ser
compasivos y bondadosos hacemos a un lado la justicia y la gracia divinas. Como
si las personas sólo experimentaran la misericordia y la gracia divinas cuando
reciben de nosotros el perdón y la acogida compasiva y no también cuando la
gracia a través de la corrección y del espíritu de sacrificio los ayuda a
levantarse de sus vicios y pecados y a perseverar en una vida podada de toda
ocasión de pecado.
Tal vez el
problema general del adulterio es que no deja para Dios el lugar de Dios. Llena de todo
lo que puede su lugar. Y en ese sentido todos hemos sido adúlteros. Pero Dios «a nadie le ha dado permiso de pecar». Por ello, sólo la santidad y la renuncia al pecado pueden
admitir grados, ascensiones. El pecado no. Dios «a nadie le ha dado permiso de pecar». La Iglesia tampoco puede dar un tal permiso. «Por
lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí
mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al
altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar
tu ofrenda». A veces toma años ir y volver. Por ello, «la Iglesia debe
acompañar con atención y cuidado a sus hijos más frágiles, marcados por el amor
herido y extraviado, dándoles de nuevo confianza y esperanza, como la luz del
faro de un puerto o de una antorcha llevada en medio de la gente para iluminar
a quienes han perdido el rumbo o se encuentran en medio de la tempestad».
domingo, 5 de febrero de 2017
"Vos estis sal terræ"
Dominica
V per annum
Cuando entré en
el monasterio, hace ya más de un par de décadas, los hermanos nos turnábamos en
el servicio de la cocina. Hay que decir que nuestra Regla afirma que en este
servicio «se adquiere mayor
recompensa y caridad». El servicio
lo hacíamos entre dos: uno sabía cocinar y el otro no. Pienso que en ese
entonces los que no sabíamos cocinar teníamos más mérito y caridad. Nuestro
trabajo era básicamente encender el horno, lavar todo lo que el cocinero
ensuciaba, acomodar cuidadosamente los alimentos en jarras, canastos y fuentes,
y finalmente limpiar la cocina. Nada más. Tampoco se esperaba que aprendiéramos
algo más. Con todo, al final de la comida, los hermanos menos agradecidos se
retiraban con rostros radiantes de satisfacción. Con sus barriguitas llenas y
sus corazones contentos. Y los más agradecidos solían pasar a la cocina a
felicitar al cocinero por la virtud de sus platillos. Pero muy raramente
alguien reparaba en el ayudante como para decirle: «Excelente hermano, gracias por tu servicio». No recuerdo que alguien me haya dicho alguna vez: «¡Oye, qué limpias te quedaron las cacerolas!» o «¡qué bueno que
encendiste el horno a tiempo…, estaba en su punto!»
Recuerdo a una
colega profesora que en sus clases cuando algún alumno opinaba algo bobo, solía
decir con un aire entusiasta: «Gracias, fulanito,
qué bueno que pensaste…» Eso hacía
reír a sus demás estudiantes, porque pensar es de por sí algo que no se
agradece aunque a veces cueste más trabajo que tener buenas ideas.
Conozco personas
que de niños metían una piedrita en su zapato durante algunos días de la
cuaresma o callaban toda música en los días santos. Una amiga nos contaba hace
poco que cuando era niña su mamá la convencía de ofrecer pequeños sacrificios
al Niño Jesús. Y entonces ella se ofrecía voluntariamente para lavar la
cacerola donde su mamá hervía la leche para su hermanito. Tomaba un banquito,
se subía en él para estar a la altura del fregadero y pasaba un buen rato
tallando y tallando con un rollo de fibra de yute los restos de nata
sedimentados en la orilla de la cacerola. Y ahora que es mamá siente algo de
nostalgia de esos tiempos en que se hervía la leche y se hacían cosas que hoy
ya nadie hace. Es que el punto no es que ya no se hagan, sino que se hacían por
amor.
Tal vez esos
ratitos de espíritu de sacrificio que nadie premia ni agradece hacen de
nosotros sal de la tierra. Fíjate bien. La sal es una cosa que debe ir bien
escondida. Notamos cuando falta o cuando está de más, pero nunca la agradecemos
cuando está en la medida justa. Es curioso, los antiguos solían salar los
terrenos ajenos como una forma de maldad. Así los hacían estériles para los
cultivos. Y la sal, tirada a la calle, pues servía para mantener el camino sin
hierbas ni vida. «Ustedes son la sal de
la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya
no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente». Ya no sirve más que para hacer estériles los caminos. Y lo mismo
sucede cuando dejamos de hacer pequeñas cosas simplemente por amor.
Últimamente,
acabado el año santo de la Misericordia, me ha dado mucho por pensar que si
cada fiel católico ha hecho algunas obras de misericordia durante todo un año,
si la Iglesia entera se ha aplicado diligentemente a actuar con compasión, si
algunos cristianos hicieron cosas realmente extraordinarias, ¿por qué el mundo
no parece ser mejor? Unos tiranos mueren y otros se levantan, nuevas guerras y
egoísmos nos carcomen, fraudes, tráfico malsano, engaños. ¿Por qué el mundo no
parece haber cambiado? Y sin embargo, las palabras de Jesús resuenan: «Brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las
buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos». Al cristiano se le ha dado tener la luz de sus buenas obras, una
luz que si se escondiera debajo de una olla, moriría. Un cristiano que todo lo
ve mal, que no sale de sí mismo para hacer sus buenas obras, que piensa que no
vale la pena hacer algo porque el mundo nunca va a cambiar, ha escondido la luz
del amor bajo la olla de su propia ceguera. Pero tampoco exageremos. La luz de
nuestras buenas obras no disipa aún las tinieblas del mundo, ésa no es su
tarea. Esa luz que no cabe escondida debajo de la olla de nuestra mezquindad,
sí se esconde en las tinieblas del mundo como la sal en el alimento. Se esconde
en ellas para iluminarlas, recorrerlas, hacerlas camino. Así, dando sabor e
iluminando, el cristiano ha de ser maestro del amor escondido.domingo, 22 de enero de 2017
"Venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum"
Dominica
III per annum
Ayer alguien me
contó que en una ocasión un monje recibió la grata visita de algunos viejos amigos
de una conocida Orden religiosa, cuyo nombre omitiremos, por razones obvias.
Con el debido permiso del abad, se reunieron en el locutorio del monasterio y
comenzaron a platicar acerca de sus hazañas espirituales y temporales. Como
suele suceder en muchos monasterios, el monjecito traía el corazón y el hígado
convulsionados a causa de una serie de obediencias casi imposibles que su abad
le había impuesto, por lo que curioso y quejumbroso les preguntó: «¿Ustedes tienen también problemas con el voto de obediencia?» Uno de ellos le respondió: «No, para nada, ¿cómo crees? Eso es ya cosa del pasado». El monjecito ya entrando en intimidad les comentó: «Nosotros todavía no lo hemos superado. Es que el abad siempre dice
que es el voto más perfecto, y por eso el que más le agrada al Señor». Pero inmediatamente el otro religioso interrumpió con arrogancia
y soltura: «Bueno, será el que más
le agrada a él. Mira, nosotros somos muy democráticos, y no por eso dejamos de
lado la majestad solemne del que manda. Fíjate. Antes de mandarnos algo, el
superior nos reúne y nos escucha a todos, y cuando descubre qué es lo que
queremos hacer, solemnemente nos lo manda—de hecho ahora mismo venimos de una
reunión con el superior y nos ha mandado venir a instruir a los monjes retrógradas
sobre las más modernas prácticas del pluralismo eclesial…»
El monjecito
pensó entonces en su corazón: «¡Caramba! De
esto se tiene que enterar el abad». Se asomó
entonces por la ventana del locutorio, fingiendo que tomaba un poco de aire
fresco para aliviar su apesadumbrado corazón y buscó con la mirada a alguien
que pudiera ir discretamente a llamar al abad para presentarle a sus
paradigmáticos amigos. Pero pronto sus pensamientos se paralizaron cuando
distinguió en el pasillo del claustro a su exigente abad reprendiendo
severamente a un joven monje. Se trataba del más despistado de los monjes, uno
de esos jóvenes que nadie sabe bien qué quieren ni qué buscan, que suelen ser
buenísimos cuando son buenos, pero cuando no, pues tienden a ir de mal en peor,
y que francamente sin la ayuda y los empujones de la comunidad, todavía
estarían pensando que su lugar en el cosmos no se los merece. Todo eso le vino
a la mente en un instante y en ese mismo instante se preguntó en voz alta: «Bueno, si en la Orden de mis amigos todos hacen lo que quieren
hacer, todos hacen lo que les viene en gana, ¿qué harán con los religiosos que
no saben ni qué quieren hacer?» A lo que los
religiosos respondieron: «Es muy
simple, los hacemos superiores». El pobre
monjecito ya nada más exclamó: «¡Recórcholis!» Es curioso, muchas veces el precio de la comodidad de hacer lo
que cada uno quiere hacer es que quien manda no sepa qué hacer. Pero la Iglesia
no es así.
Las palabras de
Jesús: «Síganme y los haré
pescadores de hombres» siempre me
ha parecido una expresión rara, incluso de mal gusto. Además, por surrealistas
podrían inspirar una buena imagen para una campaña ambientalista. Imagina una
red de pescadores repleta de seres humanos, aplastándose unos contra los otros,
tal vez sumergiéndose en el agua en vez de salir de ella, o no sé. Ser
pescadores de hombres no suena nada fácil, porque supongo que cada hombre
pescado querrá volver a la anchura y profundidad de su mar.
De un tiempo a
la fecha he estudiado y observado muy bien cuanto sucede en el mar, en los
arrecifes. Cada vez me convenzo más de que las leyes en el fondo del mar son
muy crueles. Casi todo acaba por convertirse en alimento, vivo o muerto. Pero
los peces aman su mar y en él sienten algo muy parecido a la libertad y a la
felicidad. Entonces, sacarlos en una red para convertirlos en alimento parece
una tiranía inadmisible.
Cuando Juan fue
a dar a la cárcel, arrestado, apareció Jesús en el camino del mar, al otro lado
del Jordán y predicó: «Conviértanse». ¿Pero, en qué? Pues en lo mismo que Juan. Juan era un pez de río
atrapado en las redes de la cárcel de un tirano. Y ahora Jesús predica la misma
conversión: «los haré pescadores
de hombres». El evangelista al
contar la hazaña no pudo dejar de recordar la profecía de Isaías: «se llenará de gloria el camino del mar, más allá del Jordán […]
Porque tú quebrantaste su pesado yugo, la barra que oprimía sus hombros y el
cetro de su tirano». Era una profecía de
libertad; pero Juan acababa de ser arrestado, Jesús habla de una pesca de
hombres, y por cualquier cosa, sus discípulos alistaban las redes.
Es que la Iglesia es una red que hay que remendar porque el pataleo y los manotazos que dan sus pescados los hombres mientras se convierten en alimento la rompen. Y así Dios cura las dolencias de los hombres a través del dolor. A través de la incomodidad de la obediencia y de la vida común, Dios cura la desobediencia y la soberbia. Porque precisamente la incomodidad de estar todos en la misma red es el precio de saber a dónde vamos y en qué queremos convertirnos. Porque el hombre que masticó su propia belleza al morder el fruto del pecado, sólo puede volver a la belleza de su libertad beata convirtiéndose él mismo en alimento, atrapado en las redes de la obediencia, de soportarse mutuamente, hasta la conversión en las lentas, ardientes y dolorosas brazas del amor.
Es que la Iglesia es una red que hay que remendar porque el pataleo y los manotazos que dan sus pescados los hombres mientras se convierten en alimento la rompen. Y así Dios cura las dolencias de los hombres a través del dolor. A través de la incomodidad de la obediencia y de la vida común, Dios cura la desobediencia y la soberbia. Porque precisamente la incomodidad de estar todos en la misma red es el precio de saber a dónde vamos y en qué queremos convertirnos. Porque el hombre que masticó su propia belleza al morder el fruto del pecado, sólo puede volver a la belleza de su libertad beata convirtiéndose él mismo en alimento, atrapado en las redes de la obediencia, de soportarse mutuamente, hasta la conversión en las lentas, ardientes y dolorosas brazas del amor.
domingo, 15 de enero de 2017
"...sed ut manifestetur Israel, propterea veni ego in aqua baptizans"
Dominica
II per annum
Hace poco me
acordé de un hipocondriaco que pasaba toda su vida de tratamiento en
tratamiento para los síntomas de las enfermedades más improbables que uno se
pueda imaginar. Cuando finalmente alguien le recomendó ayuda psicológica,
frecuentó por varios meses a un terapeuta y finalmente contó orgulloso a sus
amigos: «Ahora sí que he
progresado, ¡finalmente estoy enfermo de verdad!» Es que su terapeuta, un poco agobiado por la sensación de
impotencia que suelen suscitar los hipocondriacos en las demás personas, le
había dicho que su actitud era verdaderamente enfermiza. Y así el hipocondriaco
se complacía en confirmar su enfermedad y en hacer sentir a los demás que nada
pudieron hacer por él.
Siempre me ha
llamado la atención que los que practican supersticiones adivinatorias
raramente cuando los consultas te dicen que todo está bien y que tu malestar no
es nada de qué preocuparse, sino que simplemente es parte de las incomodidades
y del precio de vivir. Normalmente los que juegan a adivinar y venden su juego,
apenas dices que algo no va bien en tu vida, sentencian categóricamente que
alguien te está haciendo un mal, un trabajo y esas cosas. Tal vez sería más
veraz decir: «Usted no tiene nada,
la vida es así», como aquel médico
que cuando su paciente le dijo: «Doctor, hace
días que no como ni duermo, ¿qué tengo?» Y su médico con una lógica aplastante le respondió: «Supongo que hambre y sueño». Pero tal vez tampoco ellos soportan la impotencia de decir que
en eso no hay mucho que hacer.
Recuerdo que un
amigo médico en una ocasión realizaba una cirugía y accidentalmente se cortó y
entró en contacto con la sangre del paciente. No sabía que el paciente tenía
una enfermedad contagiosa para la que a la época no había cura y por tanto, el
desenlace sería fatal. Así que consultó a sus más arriesgados colegas para
hacer todo lo posible por detener la enfermedad. Hicieron un plan, el más
sensato que pudieron, y lo pusieron en práctica: vacunas, medicamentos,
calmantes para los efectos secundarios, etcétera. Al cabo de algunos meses de
muchas incomodidades causadas por el tratamiento, se sometió a nuevos estudios
y la presencia de la enfermedad fue negativa. El médico que dirigía el
tratamiento, al darlo de alta, le dijo: «Bueno, felicidades, hay una buena noticia: no estás enfermo. Y hay
una mala noticia: Tal vez nunca lo estuviste». En todo caso, si hubiera estado infectado, habrían descubierto
la cura.
Ver a Jesús ser
bautizado por Juan en el Jordán podría resultar tan absurdo como uno que va al
médico sin estar enfermo y se somete a su tratamiento sin requerirlo. Y, con
todo, Jesús fue a bautizarse donde Juan bautizaba con agua. Suele pasar que
cuando nuestro rostro se ensucia y luego lo lavamos, de nuevo nos descubrimos
de algún modo, vemos cómo somos realmente, ya sin mugre ni polvo. Lo mismo
hacía el bautismo de Juan, era agua que lavaba por el arrepentimiento el rostro
de los hombres afeado por el pecado. Y
precisamente por eso cuando Jesús fue lavado, el agua manifestó su verdad, su
misterio oculto. Juan lo explica: «he venido a
bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel». Así que él no se lavó porque estuviera sucio, pero sí para
manifestar su verdad. No fue al médico porque estuviera enfermo, sino para
darse a conocer como la salud y remedio de cuantos vivían la mortandad nefasta
del pecado. No fue al sacerdote para ser purificado, sino para manifestarse
como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo por su sangre derramada.
En él reposa el Espíritu y por eso su bautismo es para nosotros la medicina que
no sólo nos lava, sino que nos hace participar de su salud que no se agota.
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