jueves, 6 de abril de 2023

"Erat autem nox"

 Missa vespertina in cœna Domini

«En el principio creó Dios el cielo y la tierra». Dice la Escritura que en el día tercero dijo Dios: «“Produzca la tierra vegetación: hierbas que den semillas y árboles frutales que den fruto, según su especie, con su semilla dentro, sobre la tierra”. Y así fue. La tierra produjo vegetación: hierbas que dan semilla, según sus especies, y árboles que dan fruto con la semilla dentro, según sus especies; y vio Dios que estaban bien». En el cuarto día, en cambio, dice la Escritura que Dios puso las luminarias del cielo, el sol y la luna y las estrellas. Cuando hubo concluido su obra, dio Dios a los seres humanos toda hierba que produce semilla sobre la faz de la tierra y todo árbol que produce fruto con semilla para que fuera su alimento. Y a todos los animales les dio la hierba verde como alimento. Dios había dispuesto que los seres vivientes no se nutrieran del dolor y por eso les dio la hierba y los frutos como alimento. El pecado, sin embargo, hizo que el hombre con fatiga consiguiera el alimento, entre abrojos y espinas, y con sudor en el rostro. Y la creación entera comenzó a nutrirse con agonía y dolor por culpa del hombre que la sometió. 
Fíjate bien, en esta noche bendita, Cristo el Señor, antes de rasgar el velo de su sagrada humanidad en los abrojos y espinas de su Pasión, antes de abandonarse a sus fatigas y sangrientos sudores, ha querido dejarnos como memorial un alimento que nos nutre y que recibimos sin fatiga alguna. Con razón escribe San Alfonso: «Para que con mayor facilidad pudiéramos recibirle, quiso ocultarse bajo las especies de pan. Si se hubiera ocultado bajo las apariencias de un alimento raro o de subido precio, los pobres quedarían privados de él. Pero no; Jesucristo quiso quedarse bajo las especies de pan, que está barato y todos lo pueden hallar». No se nos pide para recibirlo otra fatiga que la de la fe y de la caridad. Pero no por ello tengas en baja estima tan grande sacramento. Un Maestro dice que las pruebas de amor que se dan en la muerte quedan más grabadas en la memoria y son las más apreciadas. De ahí que los amigos, al morir, acostumbren dejar a las personas queridas en vida un don cualquiera, un vestido, un anillo, en prenda de su afecto. Pero el Señor no ha dejado un vestido ni alguna otra prenda, sino que nos ha dejado su cuerpo, su sangre, su alma, su divinidad, sin reservarse nada.

En verdad, un Maestro de nuestra Orden enseña que «Todos los misterios de Cristo son esencialmente misterios de fe, tanto que sin ella no podríamos ni aceptar ni contemplar ninguno de ellos. Sin embargo, en cada uno de esos misterios es distinto el grado de luz que alumbra nuestra fe. 

En Belén, por ejemplo, sólo vemos un niñito reclinado en un pesebre, y, sin la fe, no reconoceríamos en él al Hijo de Dios, dueño y soberano de todas las criaturas. Pero oímos las armonías de los ángeles que celebran en coro la venida de este Salvador a la tierra, y vemos una estrella maravillosa que conduce a sus pies a los reyes de Oriente.

De igual modo, en el Tabor, en el misterio de la transfiguración, la fe se halla poderosamente ayudada, pues hiere a la vista la gloria de la divinidad que penetra hasta su misma humanidad; y los discípulos caen al suelo llenos de espanto. 

Por lo contrario, al morir Cristo sobre la cruz como el más vil de los mortales, en medio de los tormentos, se halla velada la divinidad, aunque por su parte, proclama el centurión que verdaderamente este hombre es el Hijo de Dios, y la naturaleza misma, con bruscos temblores, rinde solemne homenaje a su Creador que muere.

En la resurrección, vemos a Jesús todo radiante de gloria, pero que al mismo tiempo se aparece a sus apóstoles y les prueba cómo es él mismo, Dios y hombre a la vez; y se deja tocar, y come con ellos, y les muestra las cicatrices de sus llagas, para manifestarles que no es sólo un espíritu, sino el mismo Jesús con quien vivieron durante tres años».

En su providencia admirable, Dios ha dispuesto que en cada misterio de Cristo haya bastantes sombras y bastante oscuridad para que nuestra fe resulte meritoria. Pero nunca ha dejado de proporcionar a nuestras mentes y a nuestros corazones, una luz intensa sobrenatural que nos ayuda, y gracias a la cual, en todos estos misterios vemos que se manifiesta la inefable unión de la divinidad con la humanidad.

Pero el misterio de la Eucaristía no es así. Con razón enseña la doctísima Hildegarda que la ofrenda se convierte verdaderamente en la carne y la sangre del Señor, pero a los ojos de los hombres parece pan y vino: «porque tan tierna es la fragilidad humana, que le espantaría recibir carne y sangre crudas». Porque él ha tenido la cortesía de darte carne y sangre verdaderas en la tierna bondad del pan y del vino. El Sacramento de la Eucaristía es, pues, doblemente oscuro, pues incluso en la cruz se ocultaba la divinidad del Señor pero permanecía muy visible su humanidad. En la Eucaristía, en cambio, laten ocultas ambas la divinidad y la humanidad del Señor. Esto lo anuncia misteriosamente la Escritura cuando dice que Dios creó primero las hierbas que producen semilla y los árboles que dan fruto y semilla y luego puso las lumbreras del cielo, el sol, la luna y las estrellas. Así proclamaba la creación entera, para nutrir la fe, que el alimento que da la vida eterna se escondería totalmente en las tinieblas del humilde fruto de la tierra y de la vid. El Dios que al principio del mundo hizo germinar el alimento de todos los vivientes antes de poner las luminarias del cielo, eligió las tinieblas del mundo, la noche de nuestro abandono, «erat autem nox», para hacer germinar el cereal que nutre nuestra infancia espiritual y nos da vida eterna. En las tinieblas de su hora él hizo fructificar la vid y sangró las uvas de sus dolores para llenar con vino nuevo los odres nuevos de la vida resucitada.

El misterio de la Eucaristía es, pues, doblemente oscuro para hacer brillar con mayor mérito las lumbreras celestiales de la fe, la esperanza y la caridad. Por eso nuestra fe ha de ver con amor la Eucaristía, sabiendo que, en el Sacramento, el Padre sigue contemplando a su Hijo amado y poniendo en él y en cada uno de sus misterios todas sus complacencias. El Señor a quien nosotros recibimos en la Eucaristía «es el mismo que nació de María Virgen, el que vivió en Nazaret y predicó a los judíos de Palestina. Es el buen samaritano, el que curó a los enfermos. El que liberó a Magdalena de las redes del demonio y el que resucitó a Lázaro; es el que, cansado, dormía en la barquichuela, el que agonizaba en el huerto, abrumado de mortal angustia; el que fue crucificado en el Calvario, es el glorioso resucitado del sepulcro, y el misterioso peregrino de Emaús, el que se hace reconocer en la fracción del pan y el que subió a los cielos sentándose a la diestra del Padre; es, en fin, el pontífice eterno, siempre vivo que intercede por nosotros sin cesar. El Padre ve en él, al mismo que vivió por nosotros, en la tierra durante treinta y tres años; el Padre ve en él todos los misterios de su vida mortal, y las satisfacciones y los méritos que manaron de estos mismos misterios; ve la gloria que este Hijo le dio viviendo cada uno de ellos. En cada uno de ellos también ve siempre al mismo Hijo de sus complacencias». Que él mismo se acuerde de nosotros y nos haga dignos de llegar un día al gozo eterno del banquete de su reino.

lunes, 10 de mayo de 2021

"Qué diferente sería el mundo si se rigiera por un corazón de mamá".

Día de las Madres

 

Un Maestro cuenta que hubo un pueblo muy bonito, de paisajes espectaculares y habitantes muy felices. Pero sucedió en una ocasión que un terrible dragón vino a establecerse en las inmediaciones del pueblo. Se posesionó allí de una gran cueva y se estableció en ella como en su palacio. Era un dragón muy iracundo e incendiaba grandes extensiones del bosque con sus arrebatos de furia. Además, cada tanto hacía incursiones en el pueblo y destruía todo lo que encontraba a su paso: casas, parques, jardines.

Por entonces vino también al pueblo un pequeño buen dragón. Era un dragón simpático, amigable y feliz. Bien pronto se dio cuenta de todos los desmanes que hacía el terrible dragón, y algo en su corazón le sugirió que había llegado el momento de convertirse en un héroe.

Una mañana nuestro joven dragoncito caminaba por el bosque cavilando para trazar en su mente la estrategia a seguir. Y de repente descubrió algo que le pareció maravilloso. Era una mariposa trasparente, como esas que están estrenando vida, que revoloteaba con fatiga por el bosque. La mariposa se le acercó al dragoncito y le entregó una esferita maravillosa, dorada, luminosa. La crisálida se marchó, perdiéndose entre los árboles y nuestro dragón estaba embelesado contemplando la fina luz que irradiaba la pelotita dorada. De pronto le pareció que la esferita le estuviera hablando: «Si quieres ser un héroe de verdad, tienes que hacer todo lo que yo te diga. Aprisa, vamos a adentrarnos en el bosque».

El dragoncito continuó pues su marcha por el bosque. Todos sabemos que los dragones tienen una larga hilera de cuernitos desde el cuello hasta la punta de la cola. Bueno, nuestro dragoncito tenia dos más, que su mamá le había pegado a su traje de dragón para que le sirvieran de bolsillos y pudiera así guardar cosas. Allí guardó la esferita y continuó su camino. 

De repente apareció ante sus ojos un gran pórtico con varias puertas. Dicen que en cada entrada había una inscripción. En la primera estaba escrito: «Puerta de los reyes». La segunda rezaba: «Puerta de los hombres temibles». La siguiente tenía la inscripción: «Puerta de los que ambicionan riqueza y poder.» Y la última decía simplemente «Entrada». Confundido, no sabía por cuál entrar. Pero de repente la esferita dorada salió de su bolsillo y le dijo: «Vamos, sé honesto, tú no eres un rey y mucho menos un hombre temible. No te recomiendo ambicionar riquezas ni poder. Vamos, sé humilde y entra simplemente por la entrada». Así lo hizo y ante sus ojos se desplegó un gran camino tenebroso. En su mente mil interrogantes le cuestionaban qué habría sucedido si hubiera entrado por las otras puertas, pero no se detuvo más en eso. Simplemente continuó su marcha pensando que si quería ser héroe debía confiar en la pelotita dorada.
De repente le salieron al encuentro muchos otros dragones pequeños que inmediatamente le preguntaron de dónde venía y a qué se debía el honor de su visita. Él les reveló sin ambages que se disponía a enfrentar al poderoso dragón. Todos se rieron de él y uno de ellos le aconsejó: «Mira, muchacho, el gran dragón es invencible. Jamás ha conocido una derrota. Pierdes tu tiempo y tu fuerza. Mejor únete a nosotros, los que trabajamos para él. Así puedes acompañarnos a saquear las casas del pueblo y pisotear sus jardines e incendiar sus graneros. Eso sí que es diversión». Pero la esferita dorada comenzó a sonar como un cascabel que nadie más percibía, y le dijo quedito a nuestro dragón: «Espera, espera. No les hagas caso. Lucha por tus ideales. Tú quieres ser un héroe, ¿no?» Los ojos de nuestro dragoncito brillaron de ilusión y como pudo se zafó del grupo volando y les dijo: «Bueno, lo pensaré muy bien, hasta pronto».

Prosiguió su camino, y cuando el bosque se hacía mas denso y tenebroso descubrió una gran roca en la que había un letrero enorme que decía: «Si vienes a enfrentar al gran dragón, toma un arma». En la roca se encontraban engastadas una daga de plata, un hacha de acero, una gran maza de bronce y una especie de sandalia gastada y ya sin mucho brillo. El joven dragón pensó que lo más práctico y manejable sería la daga de plata; pero cuando estaba a punto de empuñarla, la voz tintineante de la pelotita dorada lo detuvo: «Espera—dijo con tono sabihondo—, “no todo lo que brilla es oro”. No te dejes llevar por las apariencias. Toma la sandalia contigo, no pesa mucho y de algo te puede servir». A nuestro dragón le pareció muy poco convencional para un asunto de caballeros, pero como quería ser un héroe prefirió seguir indicaciones. Acomodó la sandalia en su otro bolsillo y prosiguió su camino cada vez más escabroso. Las tinieblas se hacían densas y el camino lúgubre y espantoso. De repente, un sonoro rugido partió las tinieblas. El terrible dragón apareció desde el fondo tenebroso de la cueva. Una llamarada tremenda salía de sus fauces. Entre la confusión, el pequeño dragón apenas alcanzó a oír la voz de la pelotita dorada que le decía exigente: «Rápido, la sandalia». La sacó de su bolsillo con la punta de su cola, pues tenía las manos ocupadas—es que se mordía nerviosamente las uñas de los dedos—. En un segundo de lucidez arrojó con su cola la sandalia, que fue a dar directo a las fauces del gran dragón que comenzó a toser. Sí, se la tragó. Olía a plástico quemado. Y fue tal el golpe que se le apagó el fuego con que destruía el bosque maravilloso del pueblo e incendiaba sus sembrados.

Nuestro dragón comprendió que ya era un héroe. ¡Lo había logrado! Pero decidió darse a la fuga antes de que pudiera haber represalias. Ya cerca del pueblo, cuando ya la gente del lugar lo esperaba con fanfarrias y bailes de fiesta, quiso darle las gracias a la esferita dorada, pero al buscarla en sus bolsillos descubrió que ya no estaba. La buscó volteando sus bolsillos, mirando acá y allá, pero todo fue inútil. No podía encontrarla. De repente escuchó de nuevo su voz: «Y si la encuentro yo, ¿qué te hago?» Entonces comprendió todo: la voz de la esferita rutilante era la voz de mamá que lo había acompañado a todas partes hasta convertirse en un héroe. Era la voz de mamá la que le había enseñado a ser honesto y humilde, al entrar simplemente por la entrada. Era la voz de mamá la que le había enseñado a luchar por sus ideales. Era la voz de mamá la que le había enseñado a no dejarse engañar, a ser práctico, a vencer sus miedos, a combatir el mal. Y sobre todo, a encontrar lo verdaderamente valioso de la vida.

Todos llevamos en el corazón la voz y las enseñanzas de esa esferita dorada que nos vuelve héroes. Es la voz de nuestras mamás que nos enseña que nada está perdido cuando se busca con amor y valentía. Ayer nuestro Obispo de Cuernavaca nos decía: «Y lo mejor de todo esto es que ellas no aprenden nada de esto en las escuelas ni en las universidades. Su escuela es el corazón». Y nos decía: «Qué diferente sería el mundo si se rigiera por un corazón de mamá».

Queridas amigas, queridos amigos, a nombre de la comunidad benedictina queremos desear llenos de gratitud a todas las mamás las mejores bendiciones del cielo. Y a nuestras mamás y abuelitas que ya han partido, que Dios les recompense todo su amor con la gloria del cielo. ¡Feliz Día de las Madres!

domingo, 7 de febrero de 2021

"Et accedens elevavit eam apprehensa manu; et dimisit eam febris, et ministrabat eis"

Dominica V per annum

 

Los gatos raramente se comunican entre sí con maullidos. Salvo que se encuentren en graves aprietos o profundamente enamorados, en general prefieren reservar el maullido para tratar con los humanos. Hace unos días un gatito trataba de llamar mi atención maullando. Y como yo estaba ocupado, distraídamente y sin voltear le pregunté: «Perdón, ¿cómo dices?» Rápidamente caí en la cuenta de que le había respondido como si se tratara de un humano y la cosa me pareció absurda. Tal vez sea algún efecto del confinamiento… Recordé entonces la vieja historia de aquel famoso mercader que recorría el mundo transportando mercancías con la ayuda de su espléndido caballo. Era un caballo fuerte, noble y brillante. Todos los días recorrían largos caminos llevando mercancías pesadas y valiosas sobre la grupa del caballo. Hasta que una tarde, harto del camino, el caballo se tumbó en el suelo y le dijo al mercader: «Sabes, estoy harto de cargar con tantas cosas». El mercader respondió con naturalidad: «Lo sé, hoy ha sido un día pesado; pero mañana la carga será más ligera». El hombre se recostó entonces sobre la barriga del caballo y con los brazos en la nuca se dispuso a dormir. De pronto abrió sus ojos sobresaltado y exclamó: «Espera, ¿sabes hablar? ¿cómo lo has hecho?» Y el caballo respondió: «Hace tantos años que te he escuchado hablar y negociar que he aprendido a hacerlo. Así que, mira, voy a proponerte algo para hacerte rico y para que dejemos esta vida tan pesada que llevamos. Mañana iremos a la plaza del pueblo, y tú reunirás a toda la gente para que escuchen al único caballo que habla. Pediremos a todos unas monedas y cuando todos hayan cooperado, hablaré y diré todo lo que quieran». Así lo hicieron. Por la mañana se presentaron en la plaza y, cuando todos salían de Misa, el mercader agitaba las manos en la plaza e invitaba a todos a escuchar al único caballo parlanchín. La gente depositaba sus monedas en un sombrero del mercader y se disponía a escuchar semejante rareza. Entonces el mercader, haciendo una caravana a su noble caballo, lo invitó a demostrar su talento, pero el caballo sólo miró de reojo a la muchedumbre y se limitó a corresponder a las súplicas de su amo con un sonoro relincho. Una piedra salió proyectada hacia el caballo y su amo, y fue la señal inequívoca: tomó el mercader las monedas, de un salto montó sobre el caballo, y rápidamente emprendieron la huida, dejando atrás una lluvia de piedras, palos y bolas de lodo. Cuando al fin se pusieron a salvo, se detuvieron junto al riachuelo para calmar la sed. El mercader se lavó la cara como si quisiera arrancarse la vergüenza, y mientras se secaba con su camisa, el caballo comentó: «¿Viste cómo los teníamos a todos? Nunca había tenido tantas miradas encima». A lo que el mercader replicó distraído: «Casi nos pillan por tu culpa», y rápidamente cayó en la cuenta de que el caballo había hablado de nuevo. Molesto le reclamó por qué se había negado a hablar, pero el caballo no le dio importancia: «Vamos, no es para tanto. Si hubiera hablado, la gente me habría capturado, tú habrías perdido tu caballo y yo acabaría en la jaula de un circo. Vamos, no te enfades, mañana iremos a otra ciudad y de nuevo convocaremos al pueblo, si esa gente es más noble, les diré todo lo que quieran». Así lo hicieron. El mercader reunió de nuevo a toda la gente, les pidió unas monedas para que el caballo hablara; pero de nuevo, todo fue inútil, y antes de que los pobladores tuvieran tiempo de echarse sobre ellos, el mercader montó su caballo y se dio a la fuga. Apenas estuvieron a salvo, el caballo comenzó a hablar de nuevo: «Ya ves que te he dado suficientes riquezas sin tantas fatigas». Pero el mercader respondió apesadumbrado: «Todos piensan que soy un embustero». «Eso no es verdad—dijo el caballo—, tú mejor que nadie sabes que hablo y que sé hacer negocios. Si me hubieran visto hablar me habrían capturado para darme una vida miserable. Pero mientras esperaban que hablara todos me ponían atención y me miraban con sumo respeto».

Queridas amigas, queridos amigos, el relato de la curación de la suegra de Pedro se reviste de gran solemnidad. Un cortejo de testigos cualificados acompaña a Jesús que entra en la casa y solemnemente levanta a la pobre señora de su lecho febril. Pero aun con toda la elegancia del relato, algunos Maestros opinan que fue algo pequeño lo que hizo Jesús. Quitar una fiebre que podía derivar de un resfriado, no parece tan espectacular como resucitar a una niña muerta, devolver la vista a un ciego o hacer caminar a un paralítico. Con todo, el evangelio no le da menos importancia.
Dios ha querido transformar nuestras vidas por medio del evangelio. Y cambiar radicalmente la historia de hombres y mujeres verdaderamente necesitados del don de la conversión; pero eso no significa que Dios no se ocupe de las pequeñas luchas que libra cada uno de nosotros. Ninguna de nuestras luchas es demasiado pequeña como para que Dios no le dé ninguna importancia. Una fiebre es una reacción de tu cuerpo, que batalla para defenderte de algo que te hace mal. No sabemos contra qué luchaba la suegra de Pedro. Tal vez la lucha era solo contra sí misma. Lo cierto es que Jesús transformó su lucha en servicio.
La sed de reconocimiento hizo que el caballo del mercader abandonara su trabajo y empeño. Así también la suegra de Pedro necesitaba el reconocimiento de Jesús, que la levantara de su pequeña fiebre y la colocara en el servicio. Que nosotros podamos también reconocer y premiar el esfuerzo, la lucha y la entrega de los demás que Cristo ha levantado en la noble dignidad del servicio.

domingo, 24 de enero de 2021

"Et surrexit Ionas et abiit in Nineven iuxta verbum Domini"

Dominica III per annum

 

El corazón humano muchas veces tiende a adentrarse, a perderse y naufragar en lo más oscuro del mundo. Una fascinación por el extravío tira continuamente de él. El caso extremo en la Escritura es Jonás, el profeta del tedio. Como bien sabemos, el Señor dio a Jonás el encargo de predicar que la maldad de los ninivitas había subido hasta el cielo. La maldad lo inundaba todo. Pero Jonás no quiso ir a predicar. El corazón del profeta también parecía anegado por la misma maldad que llegaba al cielo. Así que decidió embarcarse y huir lejos de Dios. Tomó el primer bote que salía y se marchó en busca de la perdición.

De repente el mar se enfureció y las olas eran una amenaza de muerte porque Jonás huía del Señor. «Tómenme y arrójenme en el mar, y se calmará el mar que ahora está contra ustedes». Tomaron a Jonás y lo arrojaron en el mar y el mar, satisfecho, calmó su furia. Así que el profeta, que llevaba el encargo de predicar la Palabra divina, se fue al agua con todo y Palabra, y un monstruo marino se lo tragó.

Una antigua plegaria dice: «Atiende, Señor, mi oración como escuchaste a Jonás en el vientre del monstruo, escúchame, arráncame de la muerte y hazme vivir». Y es que, como dice San Agustín: «Jonás ha gritado desde las profundidades, desde el vientre del monstruo marino. Estaba sobre las olas y, por si esto fuera poco, en las entrañas de una bestia. Pero ni el cuerpo de la bestia ni las olas pudieron impedir que su oración llegara a Dios y el vientre del animal no pudo retener la voz de su plegaria […] Nosotros debemos entender también desde qué profundidad clamamos a Dios. Quien ha comprendido que está en las profundidades, quien se reconoce hundido en el abismo grita, gime, suspira, hasta que es sacado de allí y llega el Señor que descansa sobre todos los abismos, por encima de los querubines, por encima de todo lo que él mismo ha creado».


En efecto, la Escritura dice que cuando Jonás estuvo dentro del cetáceo se puso a cantar un himno a Dios, un himno inspirado por la Palabra de la vida, que brillaba como lámpara en la oscuridad. Es que la Palabra no dejaba de punzar en el corazón del profeta como diciéndole. «Vamos, predícame, para eso estoy contigo». La Palabra se transformó en canto y el cetáceo no soportó el cosquilleo de esta oración que brotó desde lo profundo del oscuro corazón de Jonás y se elevaba al cielo. Fue devuelto entonces a la tierra de los vivos. 

De todo esto aprendemos que por muy mal que vaya el mundo, Dios siempre mantiene su Palabra creadora en la fidelidad al mundo. Precisamente porque fue creado por la Palabra divina, el mundo nunca es abandonado por Dios, pues la Palabra de vida conoce y sondea todas sus profundidades y miserias, buscando el corazón humano.

Por eso el descenso de Jonás a las profundidades de las aguas es también figura de Cristo, Palabra eterna del Padre, que ha descendido hasta la muerte buscando al corazón humano en su extravío. Él ha bajado, a través de las olas del sufrimiento, a las entrañas de la muerte, y después de permanecer en el sepulcro tres días, fue devuelto a la tierra de los vivos. Porque Cristo, «en los días de su vida terrena ofreció oraciones y súplicas con fuertes gritos y lágrimas a Aquel que podía librarlo de la muerte, y fue atendido por su piedad; aun siendo Hijo, aprendió sufriendo a obedecer, y hecho perfecto se hizo causa de salvación para todos los que le obedecen».

En este domingo que el Papa Francisco ha llamado domingo de la Palabra de Dios, dejemos que la Palabra que Dios nos susurra en el oído del corazón se transforme en canto y alcance a quienes necesitan su luz y su esperanza. Así, por las redes de la predicación evangélica seremos pescadores de hombres.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

"La santidad está en quien menos te imaginas"

 In novendiale Domni Hyeronimi Guillén ON

 

«La santidad está en quien menos te imaginas». Cuando era estudiante, uno de nuestros más brillantes profesores solía afirmar: «No entiendo cómo es posible ser célibe sin tener al menos una cincuentena de amistades estelares». Se refería a la amistad con los santos. En el camino, entonces, he cultivado una gran amistad con algunos santos y maestros espirituales. Pero «la santidad está en quien menos te imaginas». Últimamente, agobiado por las preocupaciones de nuestro difícil camino, descubrí que, junto a mí,  caminaba el beato Carlo Acutis. En mis noches de inquietud y preocupación hablé con él. Y me hizo ver grandes cosas. Un pequeño sanando de una dura enfermedad, un joven devuelto a la vida después de un accidente tremendo, muchas vidas protegidas con amor por su intercesión. De Carlo, un jovencito que vivió apenas quince años, aprendí que una vida no necesita ser grande para ser grande.

Venimos a la vida, y somos ya pequeños ancianitos. Tenemos todas las arrugas necesarias para interpelar a la vida. Nuestros ojos todavía no ven la luz y ya están listos para ella. Aún no tenemos sentido del humor pero sonreímos ya a la vida. No sabemos contar, pero somos ya rítmicos porque el corazón materno nos entrena. No sabemos caminar pero nuestros pies están ya listos para la gran andanza. Nuestras manos aún no han tejido memorias pero ya saben aferrar los hilos de la vida. Nadie nace sin estar listo para la vida. y lo mismo sucede con el misterio de la muerte.

La muerte es un nacimiento. Y cuando sucede, estamos listos para la luz risueña aunque nuestro paso esté rodeado de muchas tinieblas. Poco sabemos de la eternidad y de su armonía; pero las corazonadas de aquí, movidas por la caridad, nos habrán entrenado para bailar en ella. Venimos a esta vida aferrando y quedándonos siempre sin nada. Pero en el nacimiento de nuestra muerte no soltamos ese saco enorme que llamamos corazón. Allí llevamos todo nuestro equipaje y nuestro camino, el pueblo entero de nuestras andanzas. Nadie nace para la eternidad sin estar listo para ella. 

Todos sabemos que en este mundo de causas y efectos, los efectos siguen a la causa. Per también muchas veces he pensado que en las cosas de nuestra salvación hay efectos que se anticipan a la causa. El más luminoso ejemplo es María, la Madre de Dios, la incontaminada. Su concepción inmaculada es un fruto de la cruz. Un pálido reflejo del amor divino que engendra en una concepción inmaculada al Verbo eterno. La Madre, que con su sangre purísima dio carne al Hijo de Dios, es el primer fruto de la sangre de Cristo, derramada en la cruz. Y lo mismo sucede con la Eucaristía. Antes de que el Santísimo Cuerpo sea entregado, antes de que la Preciosa Sangre sea derramada en el altar de la cruz, «qui pridie quam pateretur», la víspera de su pasión se entrega en las manos de la Iglesia. En Getsemaní, el Señor se adelanta a todo. En el huerto de los olivos santifica con su oración, su angustia y su sangre, el óleo con que habría de ser consagrada la fe, la caridad y la esperanza de los miembros de su cuerpo, y también su dolor. En esa noche santa, el Señor pensó también en cada uno de los miembros de su cuerpo sacerdotal y nos amó. En esa noche amarga, el Señor fue confortado, y el aceite de su gozo es el crisma que unge a los cristianos. Pero es también el óleo que unge nuestras manos sacerdotales con un sagrado honor que ni la muerte nos puede arrebatar. Porque el Espíritu nos ha elegido para este gozo suyo y para este sacro orgullo nuestro. El día de nuestra ordenación sacerdotal, es el más grande de nuestras vidas. Para ese día nacimos. Ese día es la causa de todo y lo explica todo.


Los días de enfermedad del Padre Jerónimo fueron muy angustiantes para nosotros. También para él, lo sabemos. En todas nuestras oraciones lo recordamos, esperando un milagro. La mañana del 30 de noviembre, uno de sus compañeros, el Padre Cristian, me recordó que era el aniversario de su ordenación. Y por la tarde celebramos la eucaristía. Entonces supimos que el Padre Jerónimo había partido en la misma hora en que Cristo había sellado sus manos con su alianza eterna. Pensando en tantas grandes cosas que el beato Carlo Acutis me enseñó a ver, pienso que ése era el milagro que esperábamos. A Dios le basta una nada, del tamaño de un sí y escogió este sí, para su gozo. «La santidad está en quien menos te imaginas», decía el Padre Jerónimo. Nosotros pensamos que tenemos todo para decir: «Éste es santo y aquél no». Pero al final nuestras vidas no son sino lo que Dios dice de ellas. Lo que Dios diga. Y eso nos basta. A él le basta una nada del tamaño de un sí, y entonces «la santidad está en quien menos te imaginas».

sábado, 10 de octubre de 2020

"La conversione non è altro che lo spostare lo sguardo dal basso verso l’Alto, basta un semplice movimento degli occhi"


Hay tiempos en que el mundo atraviesa noches muy oscuras. Y en esas noches la luz de los santos brilla con nitidez, como diamantes sobre terciopelo negro. Así fue el tiempo de Teresa de Jesús. Un tiempo en el que santos como ella, como Juan de la Cruz, el Maestro San Juan de Ávila, San Juan de Dios y tantos hombres y mujeres espirituales iluminaron las tinieblas de sus noches. Nuestro tiempo, en cambio, no conoce noches verdaderamente oscuras. En nuestras noches pobladas de faros, de alumbrados públicos, de anuncios espectaculares, de asistentes de luz de carretera, no conocemos más la noche oscura, ni el silencio verdadero, ni la oscuridad de ningún camino. Aun así los santos siguen brillando en nuestro tiempo. Es que a menudo Dios los manda a visitar el mundo para llenarnos de esperanza. 

Hace unos días, nuestra Madre la Iglesia agregó al canon de los bienaventurados al venerable siervo de Dios Carlo Acutis. Carlo fue un jovencito que vivió apenas quince años. Y con esos pocos años demostró qué tan poco basta para ser amigo de Dios y preparar la eternidad con él. También el Padre Dom Christian de Chergé solía decir: «Dios tiene mil años para hacer un día: ¡yo tengo sólo un día para hacerlo eterno, y es hoy!»

La fe de Carlo era limpia y graciosa, como suele ser la fe de los pequeños. Ya completa, y sin embargo todavía pequeña. A esa edad la fe es como la risa o como las manos: ya definitivas, y necesitadas de tan poco para estar colmadas. Hay frases de Carlo que me maravillan por su pureza: «La única mujer de mi vida es la Virgen María»; «la Eucaristía es mi autopista al cielo»; y todavía más incisiva: «la felicidad es mirar a Dios, la tristeza es mirarnos a nosotros mismos».

Como benedictinas y benedictinos, creo que desde muy jóvenes aprendemos que la comunidad ha de ser nuestra gran pasión en la vida. Hay que dar todo y dejar todo por ella. Era novicio cuando leí las palabras de Dom Christian: «Este monasterio es como la novia de mi elección, más imperfecta que mi sueño, pero única en su realidad». Sus palabras daban la vuelta al mundo y en mi cabeza en esos años, palabras selladas fielmente con la sangre de su martirio. Para una verdadera benedictina, para un verdadero benedictino, la comunidad es nuestra pasión. Estamos llamados incluso a despertar de nuestros sueños y abrir nuestros ojos a su realidad única, a veces inmadura, a veces envejecida y neurótica, a veces marchita, y seguir cuidando de ella con toda el alma, como del amor de tu vida. Cuando leí por primera vez las palabras de Carlo: «La única mujer de mi vida es la Virgen María», me vinieron también a la mente las palabras de Pedro Casaldáliga: «Al final del camino, cuando se me pregunte: “¿has vivido, has amado?”, abriré el corazón y estará lleno de hombres». Y comprendí que el camino de Carlo era un camino muy diferente del nuestro. La Eucaristía fue su autopista al cielo. Pero nosotros vamos enfrascados en el tráfico de las horas pico. Y a veces recorremos el evangelio «puebleando», como decimos en provincia. Moisés mismo habría sido un fracasado si hubiera puesto una agencia de viajes. Su largo camino por el desierto apenas le permitió gustar el maná, lejano aroma del pan del cielo que cada día alimentaría al mundo. Tomó tanto tiempo llegar a la mesa prometida. Y si Cristo se identifica con quienes han de nacer es precisamente por la larga espera que significó su venida al mundo. La humanidad recorrió tantos caminos antes de encontrarlo. Y eso bien lo sabía Carlo: «Somos más afortunados que los Apóstoles que vivieron con Jesús hace dos mil años. Para encontrarnos con él basta que entremos en la Iglesia».

Pero los santos nunca son un fracaso. Nunca están de más. Incluso aunque sus ideas y mociones no correspondan con la experiencia inmediata de nuestro tiempo. Aun entre las muchas luces mundanas, brillan. Algunos de ellos, como Francisco de Asís o el mismo Carlo Acutis, son hombres no de su tiempo sino del mañana. Vienen de un siglo futuro para llenarnos de esperanza y hacernos anhelar el evangelio ya cumplido.

Pienso que ahora Carlo, desde el cielo, recorre muchos caminos, trayendo sanación y esperanza a un mundo doliente, embotellado, embotado. Pienso que Carlo ahora llena su corazón apasionado de tantas amistades espirituales. Pienso que Cristo ha hecho de él un pescador de hombres con redes sociales. Y pienso que Carlo ha hundido su mirada en la mirada del Padre y nos mira como Dios nos ve, sin tristeza y con entrañable amor.

Mientras tanto, a manera de oración, caminemos con las palabras del Padre Casaldáliga: «Es tarde, pero es nuestra hora. Es tarde, pero es todo el tiempo que tenemos a mano para hacer el futuro. Es tarde, pero aún es madrugada si insistimos un poco».



domingo, 6 de septiembre de 2020

"Si te audierit, lucratus es fratrem tuum"

Dominica XXIII per annum


Hace unas noches entró en mi celda un grillo. Curiosamente su presencia me resultó ingrata desde el principio, a pesar de haber dormido en el pasado muchas noches con música de grillos. Recordé la historia de un sabio que coleccionaba libros. Tenía volúmenes muy hermosos y hermosuras voluminosas en una gran biblioteca. Libros de cantos dorados y tapas cubiertas de tersa piel. Libros de delicadas páginas y preciosos grabados. Lo único malo era que nuestro sabio tenía muchos de esos libros sólo en su mente. Y los libros son más útiles cuando están en el corazón y en las manos. 

Un buen día, comenzaba el invierno, y un pequeño grillo daba brinquitos por el jardín. Había una ventana abierta en la casa de nuestro sabio y por allí entró. Llegó a la cocina y los aromas lo fascinaron. Mordió una manzana, pasó junto a una cebolla y mejor pasó de largo. Pero el grillito buscaba algo más cómodo para pasar el invierno. Subió la escalera a grandes saltos y descubrió la gran biblioteca de suaves alfombras. Se acurrucó y tomó allí una larga siesta.

Esa tarde, el sabio se disponía a disfrutar largas horas de lectura. Llevó una gran taza de té caliente y su pipa encendida; se puso sus pantuflas y su pijama, y se acomodó en su sillón dispuesto a que la noche y el sueño lo sorprendieran absorto en la lectura. Todo marchaba muy bien. Hasta que un crujidito lo sacó de sus cavilaciones. Luego, silencio. Apenas retomó la lectura, el crujidito pasó a tomar la forma de un rasgueo repetitivo. Luego, no cabía duda. Había un grillo en la biblioteca.

Tomó una escoba y se puso a buscar al polizón. Movía libros y libreros y nada. El grillito grillaba a ritmo de música celta, imitando gruñidos de gaita, mientras recorría los volúmenes de leyendas celtas; castañeteaba sobre las historias andaluzas y zapateaba al ritmo de la historia de las revoluciones de México. Así amaneció y nuestro sabio no pudo ni leer ni dormir. Luego el grillito mordisqueó un pedacito de la Metafísica de Aristóteles y se entregó al sueño reparador, y el sabio también le dio tregua.

La noche siguiente, el sabio no sólo planeaba atrapar al grillito y echarlo fuera, al frio del invierno. Había decidido matarlo aplastándolo si era preciso con sus propias manos. Pero todo fue inútil. No pudo leer ni dormir y mucho menos atrapar al grillo. Así pasaron varias noches insomnes, sin lectura tranquila y con grillo. Hasta que en un hermoso atardecer, cercanas ya las melodiosas horas nocturnas, el grillo probó un fragmento densísimo de las Enéadas de Plotino o tal vez algo de algún filósofo decimonónico, y pues le resultó algo indigesto. El pobre grillo se sentía pesado y le costaba mucho trabajo saltar. Fue la primera vez que se vieron cara a cara, el sabio y el grillo. El sabio se le arrojó encima, y el grillo de un salto pasó a otro librero, pero muy pronto se sintió acorralado, los gruesos dedos del sabio casi lo alcanzaban, y finalmente el sabio lo atrapó. Tenía en su mano la maquinita musical más sofisticada que había conocido y le pareció injusto matarlo. Pero pensaba que el grillo merecía un escarmiento. Así que obrando con justicia decidió encarcelarlo el mismo número de noches que no lo había dejado leer ni dormir. Lo llevó entonces a la cocina, hizo un agujero en una cebolla y metió allí al grillito. Puso en la entrada una reja de palillos y el pobre grillo quedó encarcelado, llorando el olor de la cebolla y sin espacio para poder moverse ni cantar.

Así pasaron las horas. Hasta que el triste grillo sintió hambre. No teniendo otra alternativa comenzó a morder la cebolla. Y poco a poco le comenzó a gustar. Descubrió que cuanto más se nutría de ella, más libre era. Y el sabio comenzó a extrañar en su biblioteca la compañía del grillo. Desde que lo había encarcelado el silencio no lo dejaba dormir. Así el grillo aprendió a ser libre nutriéndose en el silencio y el sabio comprendió que el grillo era más que el ruido que hacía: «Yo les aseguro que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Queridas amigas, queridos amigos, el Señor nos enseña que para pedir algo al Padre nos conviene ponernos de acuerdo entre nosotros por el perdón. El perdón nos enseña a nutrirnos y ser libres ante las diferencias, y nos recuerda que los amigos son siempre mucho más que las molestias que nos causan.