miércoles, 4 de enero de 2012
domingo, 1 de enero de 2012
Von guten Mächten wunderbar geborgen
Texto de Dietrich Bonhoeffer, 28 diciembre 1944
Música de Siegfried Fietz
Von guten Mächten treu und still umgeben,
behütet und getröstet wunderbar.
So will ich diese Tage mit euch leben
und mit euch gehen in ein neues Jahr.
Fiel y silenciosamente rodeado de poderes bienhechores,
protegido y maravillosamente consolado,
quiero vivir estos días con ustedes
y con ustedes entrar en un nuevo año.
Noch will das Alte unsere Herzen quälen,
noch drückt uns böser Tage schwere Last.
Ach, Herr, gib unseren aufgescheuchten Seelen
das Heil, für das du uns bereitet hast.
Todavía quiere el pasado atormentar nuestros corazones,
todavía nos oprime la pesada carga de malos días.
Señor, confiere a nuestras espantadas almas
la salvación que para nosotros tienes preparada.
Und reichst du uns den schweren Kelch,
den bittren
des Leids, gefüllt bis an den höchsten Rand,
so nehmen wir ihn dankbar ohne Zittern
aus deiner guten und geliebten Hand.
Y si nos tiendes el pesado, el amargo cáliz
del dolor, lleno hasta desbordar,
lo tomaremos agradecidos y sin temblar
de tu buena y amada mano.
Doch willst du uns noch einmal Freude schenken
an dieser Welt und ihrer Sonne Glanz,
dann woll'n wir des Vergangenen gedenken
und dann gehört dir unser Leben ganz.
Pero si una vez más quieres concedernos alegría
por este mundo y el brillo de su sol,
al pasado retornará nuestra memoria
y nuestra vida será toda para ti.
Laß warm und still die Kerzen heute flammen,
die du in unsere Dunkelheit gebracht.
Führ, wenn es sein kann, wieder uns zusammen.
Wir wissen es, dein Licht scheint in der Nacht.
Permite que hoy llameen con calor y paz los cirios
que tú has traído a nuestra oscuridad;
y, si es posible, reúnenos de nuevo.
Nosotros sabemos que tu luz brilla en la noche.
Wenn sich die Stille nun tief um uns breitet,
so laß uns hören jenen vollen Klang
der Welt,
die unsichtbar sich um uns weitet,
all Deiner Kinder hohen Lobgesang.
Cuando el silencio profundo reine a nuestro alrededor,
concédenos escuchar el sonido entero
del mundo, que invisible se expande en torno nuestro,
el supremo canto de alabanza de todos tus hijos.
Von guten Mächten wunderbar geborgen,
erwarten wir getrost, was kommen mag.
Gott ist mit uns am Abend und am Morgen
und ganz gewiß an jedem neuen Tag.
Maravillosamente protegidos por poderes bienhechores,
esperemos confiados lo que venga.
Dios está con nosotros de tarde y de mañana,
y ciertamente en cada nuevo día.
domingo, 25 de diciembre de 2011
De incarnatione Verbi
Dios, cuando formó al hombre y le dio aliento de vida, puso en la mente del hombre la chispa de su verdad. Entre todos los vivientes que pueblan la tierra, sólo nosotros los humanos podemos pensar en Dios. Su Nombre y su recuerdo son la piedra angular del edificio de nuestra razón, es más, yo creo que sin esta idea de Dios, la razón humana sería un absurdo.
Pero nosotros no quisimos abrir los ojos a la luz. Cegamos nuestros ojos con la tiniebla del pecado. Por eso vino Dios en carne humana, oculto en carne verdadera. Se ocultó para encender en nuestros corazones la claridad de su divinidad. Y María fue la primera en acoger en su corazón la luz de Dios. Desde entonces “ella guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”.
Y así, el Verbo de Dios asumió nuestra carne debilitada por la ceguera del pecado y de la muerte. No hubo más remedio que su divinidad; sólo un Dios pudo salvarnos. Y para darnos su divinidad como alimento, nos entregó su cuerpo y su sangre. Pues el Verbo de Dios, al asumir nuestra naturaleza, se unió a ella de tal manera que ya nada podrá separarla jamás. El que era consustancial al Padre, se hizo consustancial a la Madre. Nuestra carne y sangre son su cuerpo y su sangre, y con ellas nos alimenta. La carne que el Verbo tomó de la sangre purísima de María Virgen es la carne de nuestra humanidad, pero admirablemente renovada por la consagración virginal de la gracia.
Los Santos Padres creyeron que Jesús entró en el mundo no como entramos todos los hombres, arrojados al mundo a través de la violencia del amor. Los Padres enseñaron que al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, sin concurso de varón. Y su nacimiento, por ser un nacimiento de gloria, fue un nacimiento de paz. La gloria de Dios entró en el mundo pacíficamente a través del claustro virginal de María, sin dejar huella alguna de su paso, sin herir la carne que él había venido a sanar. La Gloria nació en el mundo sin violencia; más bien entró en el mundo milagrosamente. Y, como enseña Santo Tomás, las cosas que se producen milagrosamente bajo el impulso del Espíritu Santo son siempre más perfectas que las que se producen naturalmente, como cuando Cristo convirtió el agua en vino, y ésta no se trocó en vino corriente, sino que se produjo el vino mejor. Así Cristo, milagrosamente nacido de María Virgen, es el hombre más humano, el hombre mejor, a la altura de sí mismo. Su nacimiento es la manifestación de lo que la carne del hombre debe llegar a ser: un cuerpo en tal perfección de comunión entre naturaleza y gracia, que jamás hiere al otro, que no destruye la bondad ni marchita la belleza, sino que consagra la hospitalidad con hospitalidad, sin violencia.
El Verbo de Dios entró en el mundo comulgando con la naturaleza humana, tomando devotamente cuerpo y alma humanos. Y los tomó sin despreciar nada. No tuvo horror de nuestra carne, pero asumió al hombre mejor, al hombre que debemos llegar a ser. Por eso, el nacimiento de Cristo es de algún modo el nacimiento de todos los cristianos. Con toda verdad recuerda san Agustín que cuando comulgamos en el altar de Dios, el sacerdote te dice “Cuerpo de Cristo”, y tú respondes “Amén”, porque afirmas lo que eres, cuerpo de Cristo, nacido de su sangre, fruto de su pasión. Él tomó nuestra carne para darnos una carne mejor, nacida no de la violencia del amor, sino del amor a la paz y la comunión. Nos la dio a nosotros, que no podemos dejar de herir a los demás. Él nos dio la carne que no hiere, la carne que no está en guerra consigo misma, la carne que salva al hombre devorado por la lepra del pecado.
Pero nosotros no quisimos abrir los ojos a la luz. Cegamos nuestros ojos con la tiniebla del pecado. Por eso vino Dios en carne humana, oculto en carne verdadera. Se ocultó para encender en nuestros corazones la claridad de su divinidad. Y María fue la primera en acoger en su corazón la luz de Dios. Desde entonces “ella guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”.
Y así, el Verbo de Dios asumió nuestra carne debilitada por la ceguera del pecado y de la muerte. No hubo más remedio que su divinidad; sólo un Dios pudo salvarnos. Y para darnos su divinidad como alimento, nos entregó su cuerpo y su sangre. Pues el Verbo de Dios, al asumir nuestra naturaleza, se unió a ella de tal manera que ya nada podrá separarla jamás. El que era consustancial al Padre, se hizo consustancial a la Madre. Nuestra carne y sangre son su cuerpo y su sangre, y con ellas nos alimenta. La carne que el Verbo tomó de la sangre purísima de María Virgen es la carne de nuestra humanidad, pero admirablemente renovada por la consagración virginal de la gracia.
Los Santos Padres creyeron que Jesús entró en el mundo no como entramos todos los hombres, arrojados al mundo a través de la violencia del amor. Los Padres enseñaron que al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, sin concurso de varón. Y su nacimiento, por ser un nacimiento de gloria, fue un nacimiento de paz. La gloria de Dios entró en el mundo pacíficamente a través del claustro virginal de María, sin dejar huella alguna de su paso, sin herir la carne que él había venido a sanar. La Gloria nació en el mundo sin violencia; más bien entró en el mundo milagrosamente. Y, como enseña Santo Tomás, las cosas que se producen milagrosamente bajo el impulso del Espíritu Santo son siempre más perfectas que las que se producen naturalmente, como cuando Cristo convirtió el agua en vino, y ésta no se trocó en vino corriente, sino que se produjo el vino mejor. Así Cristo, milagrosamente nacido de María Virgen, es el hombre más humano, el hombre mejor, a la altura de sí mismo. Su nacimiento es la manifestación de lo que la carne del hombre debe llegar a ser: un cuerpo en tal perfección de comunión entre naturaleza y gracia, que jamás hiere al otro, que no destruye la bondad ni marchita la belleza, sino que consagra la hospitalidad con hospitalidad, sin violencia.
El Verbo de Dios entró en el mundo comulgando con la naturaleza humana, tomando devotamente cuerpo y alma humanos. Y los tomó sin despreciar nada. No tuvo horror de nuestra carne, pero asumió al hombre mejor, al hombre que debemos llegar a ser. Por eso, el nacimiento de Cristo es de algún modo el nacimiento de todos los cristianos. Con toda verdad recuerda san Agustín que cuando comulgamos en el altar de Dios, el sacerdote te dice “Cuerpo de Cristo”, y tú respondes “Amén”, porque afirmas lo que eres, cuerpo de Cristo, nacido de su sangre, fruto de su pasión. Él tomó nuestra carne para darnos una carne mejor, nacida no de la violencia del amor, sino del amor a la paz y la comunión. Nos la dio a nosotros, que no podemos dejar de herir a los demás. Él nos dio la carne que no hiere, la carne que no está en guerra consigo misma, la carne que salva al hombre devorado por la lepra del pecado.
Con toda verdad oyó la doctísima Hildegarda la voz de Dios que resonó en su corazón diciéndole que en el pan y el vino del altar germina la divinidad de Aquél que por nosotros se nutrió de pan y vino. La ofrenda se convierte en la carne y la sangre del Señor, pero a los ojos de los hombres parece pan y vino: “porque tan tierna es la fragilidad humana, que le espantaría recibir carne y sangre crudas”.
Por eso, no tengas en poca cosa la carne del Señor, no tengas asco de beber su sangre que es tu sangre y mi sangre. Porque él ha tenido la cortesía de darte carne y sangre verdaderas en la tierna bondad del pan y del vino. Y esta carne y esta sangre son la carne y la sangre que Dios tomó de María.
Por eso hoy la Iglesia te alaba, Señora, y te llama dichosa. Salve, claustro de la caridad de Dios hecho hombre. Salve, orgullo glorioso de sacros ministros. Salve, remedio eficaz de mi carne. Salve, Virgen Madre de Dios. Ruega a Cristo por nosotros.
Por eso, no tengas en poca cosa la carne del Señor, no tengas asco de beber su sangre que es tu sangre y mi sangre. Porque él ha tenido la cortesía de darte carne y sangre verdaderas en la tierna bondad del pan y del vino. Y esta carne y esta sangre son la carne y la sangre que Dios tomó de María.
Por eso hoy la Iglesia te alaba, Señora, y te llama dichosa. Salve, claustro de la caridad de Dios hecho hombre. Salve, orgullo glorioso de sacros ministros. Salve, remedio eficaz de mi carne. Salve, Virgen Madre de Dios. Ruega a Cristo por nosotros.
viernes, 25 de noviembre de 2011
domingo, 20 de noviembre de 2011
In solemnitate Domini Nostri Jesuchristi universorum regis
En una ocasión, una monja cisterciense
tuvo una revelación. Se le apareció el Señor Jesús como un peregrino. Caminaba
apesadumbrado y se quejó con ella diciendo que mucho le dolía el que nadie
quisiera recibirlo en su casa, que nadie abriera las puertas de su corazón para
que él entrara. La monja tomó entonces una lámpara y la colocó en medio de un
cementerio. Entonces las gentes le preguntaron por qué hacía aquello, por qué
dejaba una lámpara encendida en el cementerio. Y ella les respondió: “Porque
así está Cristo entre la gente del tiempo presente, como una lámpara en medio
de hombres muertos que no gozan del calor del amor, que no abren el corazón a la
claridad de la gracia, que no reciben en su casa la luz de la verdad”.
En otra ocasión, esta misma monja tuvo otra visión. Le pareció ver a Cristo que venía a su encuentro vestido como un gran rey. Con dulce majestad entró Cristo en la habitación de la monja y se reclinó junto a ella sobre una almohada de amor. Y la monja reposaba en una almohada de dolor. Entonces Cristo le dijo: “Pídeme lo que quieras y te lo concederé”. La monja le respondió: “No te pido, Señor, que me hagas morir de amor, sino que me hagas morir de amor en amor, a la manera como el gorrión salta de rama en rama y el cristiano va de gracia en gracia. Porque quien muere de amor, queda finalmente inerte en manos de su amado, pero quien muere de amor en amor, muere y resucita una y otra vez para que el amado corra siempre tras su amada".
Y es que hay dos maneras de ser cristianos. Una es yaciendo muertos en vida, si no permitimos que el amor de Cristo y el calor de su misericordia nos iluminen. La otra manera es morir de amor en amor, sin que nada nos detenga ni entretenga. Ahora bien, todos sabemos que se puede morir de amor, pero no podemos decir a quién le ha sucedido algo así. Morir de amor es algo muy serio. Morir es entregar la vida. Y morir de amor es entregar la vida por amor. Por eso, desde que Dios se hizo hombre, cada día viene a ti como niño hambriento del pan de tu mesa, como adolescente sediento de tu escucha y aceptación, de tu sabiduría y experiencia. Viene a ti como forastero cargado de rechazos. El que se despojó de su gloria viene a ti despojado, buscando cobijo en la bendición con que Dios ha dado calor a tu casa. El que era la Vida y se hizo llaga abierta por amor, aguarda doliente tu visita. El que siendo invisible en su gloria asumió la cárcel del cuerpo quiere que lo vayas a ver en su cautiverio. Y todas estas cosas son una tarea muy difícil. Exigen la entrega de la vida por amor. Exigen ir muriendo cada día de amor en amor, exigen vivir muriendo.
Todos somos egoístas de nacimiento. Venimos al mundo envueltos en la oscuridad de nuestro amor propio, de nuestro interés y nuestras ambiciones. Por el bautismo se enciende en nosotros la luz de la gracia y de la caridad. Edificar el Reino de Dios es ir venciendo cada día nuestras tinieblas e ir avivando más y más el fuego del amor de Dios. Así seremos cada vez más “luz en el Señor”. Y moriremos a nuestras tinieblas por amor, de amor en amor.
En otra ocasión, esta misma monja tuvo otra visión. Le pareció ver a Cristo que venía a su encuentro vestido como un gran rey. Con dulce majestad entró Cristo en la habitación de la monja y se reclinó junto a ella sobre una almohada de amor. Y la monja reposaba en una almohada de dolor. Entonces Cristo le dijo: “Pídeme lo que quieras y te lo concederé”. La monja le respondió: “No te pido, Señor, que me hagas morir de amor, sino que me hagas morir de amor en amor, a la manera como el gorrión salta de rama en rama y el cristiano va de gracia en gracia. Porque quien muere de amor, queda finalmente inerte en manos de su amado, pero quien muere de amor en amor, muere y resucita una y otra vez para que el amado corra siempre tras su amada".
Y es que hay dos maneras de ser cristianos. Una es yaciendo muertos en vida, si no permitimos que el amor de Cristo y el calor de su misericordia nos iluminen. La otra manera es morir de amor en amor, sin que nada nos detenga ni entretenga. Ahora bien, todos sabemos que se puede morir de amor, pero no podemos decir a quién le ha sucedido algo así. Morir de amor es algo muy serio. Morir es entregar la vida. Y morir de amor es entregar la vida por amor. Por eso, desde que Dios se hizo hombre, cada día viene a ti como niño hambriento del pan de tu mesa, como adolescente sediento de tu escucha y aceptación, de tu sabiduría y experiencia. Viene a ti como forastero cargado de rechazos. El que se despojó de su gloria viene a ti despojado, buscando cobijo en la bendición con que Dios ha dado calor a tu casa. El que era la Vida y se hizo llaga abierta por amor, aguarda doliente tu visita. El que siendo invisible en su gloria asumió la cárcel del cuerpo quiere que lo vayas a ver en su cautiverio. Y todas estas cosas son una tarea muy difícil. Exigen la entrega de la vida por amor. Exigen ir muriendo cada día de amor en amor, exigen vivir muriendo.
Todos somos egoístas de nacimiento. Venimos al mundo envueltos en la oscuridad de nuestro amor propio, de nuestro interés y nuestras ambiciones. Por el bautismo se enciende en nosotros la luz de la gracia y de la caridad. Edificar el Reino de Dios es ir venciendo cada día nuestras tinieblas e ir avivando más y más el fuego del amor de Dios. Así seremos cada vez más “luz en el Señor”. Y moriremos a nuestras tinieblas por amor, de amor en amor.
Cristo vino al mundo en nuestra
verdadera carne y así vendrá de nuevo, rey y soberano de todo. Pero mientras
aguardamos su segunda venida él viene muchas veces para prepararnos y
asegurarse que su primera venida no fue en vano. Con toda verdad un Maestro
enseña que Cristo muchas veces nos visita para “convertir nuestro orgullo en humildad, esa humildad que él mismo mostró cuando vino por vez primeraAsí por la humildad él podrá transformar nuestro cuerpo de humilde condición a semejanza del cuerpo glorioso
que él manifestará cuando venga al final de los tiempos”. Siendo, pues, la
primera venida por gracia, la última venida será por gloria; pero Dios viene ya ahora en
nuestras vidas en gracia y en gloria, cada día. En gracia porque asistir a los pobres de
Dios nos consuela, y en gloria porque al aliviar los sufrimientos de los más necesitados
adelantamos la felicidad eterna. En su primer venida Cristo se manifestó
frágil, y en la segunda se manifestará temible. Por eso ahora viene cada día
frágil como un hambriento, y temible como forastero, enfermo y encarcelado. No
despreciemos pues a Cristo que viene cada día a nosotros. Con sabiduría
asistamos al Rey y Pastor que cada día viene al encuentro de sus ovejas.
domingo, 6 de noviembre de 2011
“Ecce sponsus! Exite obviam ei”
Dominica XXXIII per annum
Sin embargo, hoy hemos escuchado a Jesús, en su parábola. Diez vírgenes, cinco de ellas necias, imprudentes. Y nadie puede hacer algo por ellas, pobres insensatas, sin sentido práctico de la vida. Las prudentes no pueden comunicarles el aceite de su prudencia. Y el esposo no las reconoce, como si no bastara el rayito de luz de las prudentes para delinear su rostro. Esto nos preocupa.
Hace
algún tiempo, que podría haber sido ayer o antier, un poeta ahogado por el
dolor decidió callar sus cantos. Pasaron los días, como jirones de eternidades,
y una mujer le preguntó por el silencio. –“¿Seguirá el silencio?” Y el poeta
respondió: –“Por eso está la palabra de los otros poetas que también me revelan.
A veces se mira el silencio como una negación de la palabra. No, el silencio es
el reverso de la palabra. Las grandes palabras, las que hablan de verdad, nacen
de profundos silencios, y la palabra se recoge en el silencio […] La poesía es
mi patria y los poetas son mis hermanos y esos poetas me dicen al decirse”.
Para
nosotros, monjes cenobitas, la vida común es indispensable para recoger la
palabra divina entre las matas marchitas de la soledad y el silencio. En la
comunión de nuestras soledades cosechamos la palabra divina. En la troje común
de nuestro silencio depositamos las mismas semillas ruidosas de la palabra de
Dios. Como el niño campesino que pregunta a su padre sobre las hierbas buenas
que parecen malas, como el aprendiz que pregunta si los frutos ya están maduros
y pueden cortarse, así el monje pregunta a sus hermanos por el nombre de Dios y
su palabra misteriosa. La ayuda comunitaria es indispensable en el trabajo de
cosechar la voz de Dios. Además, los monjes confiamos firmemente en que la
Iglesia ruidosa hablará al mundo de nosotros y por nosotros, mientras nosotros
nos sumergimos en el silencio. Porque la Iglesia debe estar en todas partes, en
el silencio y en el ruido, en la luz y en la tiniebla, en la alegría y en el
dolor, en la guerra y en la paz.
Fíjate
que también cuando el hombre estaba solo en su paraíso, Dios no quiso dejarlo
así, solo. Le dio como ayuda la belleza viva, la suavidad humana, la
generosidad hasta el peligro, el calor de la mirada amante, le dio a la mujer.
Fíjate que los santos llevan aureolas porque la luz de sus mentes va más allá
de sus pequeñas cabezas. Dios ama el que vayamos más lejos de nosotros mismos,
ama la comunión, ama el amor.
Sin embargo, hoy hemos escuchado a Jesús, en su parábola. Diez vírgenes, cinco de ellas necias, imprudentes. Y nadie puede hacer algo por ellas, pobres insensatas, sin sentido práctico de la vida. Las prudentes no pueden comunicarles el aceite de su prudencia. Y el esposo no las reconoce, como si no bastara el rayito de luz de las prudentes para delinear su rostro. Esto nos preocupa.
Y
es que en la vida común cantamos juntos, caminamos juntos, reímos juntos, nos
fatigamos juntos, luchamos juntos, pero hay un punto de la aventura espiritual
donde el hombre está solo, a solas con Dios. El problema no es si pertenecer o
no al Reino: “El Reino de los cielos es semejante a diez jóvenes”. Las diez
eran del Reino. El tedio, la desesperación, el sueño y la muerte tampoco son el
problema: “Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron”. El
problema es de aceite, y aquí hay un misterio.
Cuando
leo este pasaje de la Escritura por alguna extraña razón me viene a la mente un
fragmento de una antigua fábula del Quiché. Cuentan que dos héroes mitológicos,
Hunahpuh e Ixbalanqué, fueron llamados a luchar en el inframundo, porque los
señores de la engañosa región de las sombras estaban enfurecidos de la alegría
de los hombres sobre la tierra. Así, los dos héroes se dirigieron a la primera
prueba que consistía en atravesar la Casa Oscura con solamente una raja de
ocote y un cigarro encendidos. Los señores infernales confiaron en que los dos
héroes no pasarían la prueba porque al final del recorrido debían devolverles
el ocote y el cigarro enteros. Pero nuestros héroes hicieron algo sorprendente.
Tomaron plumas de guacamaya y con ellas iluminaron el ocote y con luz de
luciérnagas iluminaron el cigarrillo para que no se consumieran. Lo señores
infernales los vigilaban desde lo alto mientras atravesaban la Casa Oscura y
sus corazones ardieron de ira al ver que nuestros héroes atravesaron la Casa
Oscura sin perderse, con su cigarrillo y su ocote bien encendidos y al mismo
tiempo bien apagados.
Puede
ser que este tipo de tretas funcionen bien en el infierno. Al diablo se le
puede engañar. Él mismo se engaña. Lo cierto es que en el Reino de los cielos
no es así. Un poeta ha de ser siempre una mirada, un sentir que permanece a
través del silencio. Un monje es siempre el aceite de una lámpara encendida a
mediodía. Su noche consiste en no alumbrar, ni brillar. Su noche es el silencio
y la soledad. El monje no brilla porque Dios sí brilla. Calla el monje porque
Dios calla con un silencio más grande, como la lámpara calla cuando el sol
resplandece, o como el aceite calla cuando la llama brilla. Una comunidad está
contigo en el claustro para ayudarte, pero hay un punto en que tú estás a solas
con Cristo. A solas con Dios como el aceite con el fuego. Y nadie puede cumplir
lo que tú has prometido. Nadie puede vivir por ti ni alumbrar por ti. No puedes
decir que no traes aceite porque eso es cosa de los prudentes, ni puedes decir
que no traes aceite porque basta la luz de Dios. Te toca a ti. Nadie va a
asumir la paternidad con que Dios te ha bendecido a ti. Nadie va a amar en
lugar tuyo. Te toca a ti. Una esposa siempre es el honor de su esposo. Y si el
poeta, el monje o la esposa han perdido su aceite, de nada sirve que hayan
brillado alguna vez ante los ojos de los hombres. Puedes comprar aceite ante
los ojos de los hombres: “¡vayan a donde lo venden!”, pero ante los ojos de
Dios, que ven en la oscuridad de la noche, no se puede comprarlo. Porque el
aceite es la sabiduría para vivir y para amar, el gozo de despertar y ver al
Esposo celestial en medio de la noche, en la oscuridad del mundo. Porque el
aceite es la verdad de tu vida, el aceite eres tú mismo.
domingo, 16 de octubre de 2011
"Reddite ergo quæ sunt Cæsaris, Cæsari et quæ sunt Dei Deo"
Dominica XXIX per annum
Esto
es fácil de entender, pero muy difícil de practicar. Este año creo que todos
hemos sufrido las consecuencias de la escasez de lluvias. Pueden ver nuestros
diminutos elotitos convertidos en mazorcas. Como comunidad hemos trabajado
mucho en esos campos y hemos disfrutado mucho de la amistad que proporciona la
fidelidad de la tierra. Hemos podido cosechar nuestro maíz y hasta compartirlo
en la caridad. Aún esperamos que las flores silvestres crecidas entre las
milpas nos proporcionen algo de miel. Pero las escasas lluvias no prometen gran
cosa. Las ganancias serán modestas. ¿Cómo podríamos convencer a quienes cultivan
hierbas venenosas de que el trabajo honrado es el camino mejor si nosotros
mismos casi salimos perdiendo? Y es que el cristianismo siempre debe caminar
por el camino más difícil. “Den, pues, al César lo que es del César”.
Creo
que todos pagamos impuestos para conservar la paz, impuestos para mantener la
limpieza pública, impuestos para fabricar la belleza urbana, impuestos para
asegurarnos nuevas ciudades, impuestos para no destruirnos unos a otros. No hay
virtudes civiles que florezcan sin impuestos. Las más hermosas ciudades no
nacen por generación espontánea. Se edifican nutridas por el cansancio y la
sangre de sus ciudadanos. Ninguno de nuestros monasterios se erigió como ciudad
monástica sin que cada monje rindiera entre sus muros el tributo de su vida.
Decimos
que los impuestos son justos cuando buscan el bien común. Pero no seamos
ingenuos. El bien común siempre es más difícil de lograr de lo que pensamos. La
ambición desmedida, la corrupción, la apatía, el conformismo, un extraño gusto
por destruir lo bueno sólo por arruinar el mundo, son los estorbos que nosotros
mismos ponemos a nuestra búsqueda del bien común. Hacer tu parte en la búsqueda
del bien común es ya de por sí algo bueno a favor de la vida.
Ayer
comentaba con alguien que hace algunas décadas se consideraba a los espíritus
que negaban la vida en otros planetas como gente de mente cerrada y mirada
estrecha. Yo nunca he creído esa posibilidad. No creo que haya vida en otros
planetas porque continuamente me maravillo de tan grande milagro en este
planeta. Si creemos en la evolución, necesariamente afirmamos que la vida es un
verdadero misterio, algo muy raro, tan raro que tuvo que remar contra corriente
y evolucionar para adaptarse a un mundo que de por sí le era adverso. La evolución
sería un absurdo si la vida fuera una obviedad, algo muy fácil de darse aquí y
en todas partes. No, la vida es algo muy raro y por eso precioso. Tuvo la
humildad de adaptarse y aceptar el reto de luchar en medio de todo lo que le
era adverso. Desde niño he visto nacer pájaros, peces, reptiles, abejas y
muchas bestias más. En los nacimientos en que hay menos lucha, peligra más la
vida. El polluelo que no lucha contra el cascarón se asfixia, el pececillo que
no nada contra corriente acaba desgarrado contra alguna roca, a la abeja que no
roe el opérculo de su celda natal le revientan las entrañas. El milagro de la
vida se humilla siempre para aceptar las condiciones de esta tierra de todos,
del aire común, del agua que todos bebemos. No somos nosotros, los humanos, los
únicos que hemos luchado por la vida. No somos los únicos que sabemos de dolor,
de traiciones estructurales, de malas pasadas. Todos los vivientes han puesto
la verdad de sus vidas al servicio del mundo de todos, en medio de muchas adversidades.
Dar al César lo que es del César es tener la humildad de luchar por la vida
presente sin hipocresías, sin hacer trampas, hasta las últimas consecuencias.
Nosotros,
los cristianos, sabemos que mientras construimos una ciudad terrena para
custodiar la honestidad de la vida, se nos prepara una ciudad celeste, donde la
vida no lucha más en medio de precariedades. Por eso el cristianismo es la
custodia, el sagrario, el tabernáculo de la vida. Dios nos ha encomendado
llevar la vida de la ciudad terrena a la ciudad celeste donde Dios reina. Ahora
vemos la vida como una vieja moneda gastada, grabada con la imagen del tiempo
que pasa. Pero cuando esto corruptible se vista de incorrupción, la vida tendrá
la imagen de Dios inmortal. Pidamos a Dios que nos ayude a dar lo mejor de
nosotros mismos a favor del bien de todos, a favor de la vida, y que su reino
venga pronto a nosotros para que nuestra vida vuelva a sus manos.
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