martes, 29 de julio de 2014

Misa tradicional en Cuernavaca


Todos los domingos se ofrece el Santo Sacrificio de la Misa en la forma extraordinaria,
por el R. Dom Evagrio López Álvarez OSB,
en la capilla del Monasterio Benedictino, a las 16:00 horas.

domingo, 27 de julio de 2014

"Iterum simile est regnum cælorum homini negotiatori quærenti bonas margaritas. Inventa autem una pretiosa margarita, abiit et vendidit omnia, quæ habuit, et emit eam".


Dominica XVII per annum

Uno de los Santos Padres, cítara del Espíritu Santo, cantó la gloria de Jesucristo y nos instruyó acerca de los misterios del Reino de los cielos. Fíjate bien: como cuando un barco se encuentra en altamar y se desata la fuerza de las olas, si batalla contra ellas se romperá en pedazos, así sucede con quien se adentra en el misterio de Dios con corazón soberbio, pues «Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes». Los corazones humildes que se adentran, pues, en el misterio de Dios son como un barco que no se rebela contra el oleaje del mar, sino que aprovecha el oleaje para ir más adentro.
Bueno, en las profundidades del mar nace la perla, hija del agua. Nace solitaria, de un sepulcro viviente. Y deja el mar para salir a la tierra firme donde es amada por los hombres. Por eso el Señor Jesús quiso llamarse a sí mismo perla muy valiosa. Él es una perla, hija de un mar que no tiene límites, de un mar profundo, que es el insondable misterio de Dios. Él, el Hijo de Dios que nace eternamente en el seno del Padre, en una misteriosa soledad viviente y vivificante, quiso venir a nuestra tierra para ser amado. El que nace solitario, el Hijo Unigénito de Dios, quiso ser nuestro hermano. Y así como en una corona hecha de oro y piedras la perla se distingue por su origen, así el Hijo de Dios resplandeció en medio de nuestra humanidad, porque él no venía de la tierra de la que fueron formados los hombres, sino del profundo misterio de Dios.
La perla es indivisible como la fe y la pureza. Todo cuanto es íntegro se le asemeja, y sin embargo, perforado de dolor, engastado, se hizo uno de nosotros, para darnos su belleza. Pues así como la perla en su pequeñez supera en valor y belleza a los grandes monstruos del mar, así nuestra humanidad se vio engrandecida por la pequeñez del Hijo de Dios, cuando apareció como hombre en medio de nosotros.
Ningún rey, por poderoso que sea, ha encontrado jamás una perla preciosa sin antes despojarse de sus vestidos y de la majestad de su gloria para sumergirse en las aguas profundas, así tampoco los corazones soberbios pueden encontrar a Dios si antes no se despojan de su orgullo y se sumergen en la misericordia de Dios.
La perla preciosa resplandece con una luz humilde y así quiere que sean los corazones que la buscan. Porque las perlas más valiosas reflejan mejor el rostro de quienes se les acercan para enseñarles cómo serán sus rostros si se adornan sabiamente de luz humilde. Es que su luz es más noble que los rayos del sol porque su resplandor no hiere ni lastima, su claridad no deslumbra de arrogancia.
Su luz instruye al sabio y es consejera de reyes. La buscan los hombres cuando piden a Dios sabiduría de corazón. Pues la sabiduría del corazón es Cristo. Él adoctrina secretamente el corazón cuando adorna como perla los oídos de sus amigos. Que sus parábolas de amor se queden en nuestros oídos como perlas preciosas, y así nuestro corazón sepa escuchar para que conozcamos el camino de la prudencia. 

domingo, 29 de junio de 2014

"Itaque, qui se existimat stare, videat, ne cadat"


In festo sanctorum apostolorum Petri ac Pauli

Pedro había tomado la palabra para confesar algo que el Padre le había revelado desde el cielo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Esta sólida confesión es la roca sobre la cual Cristo quiso edificar su Iglesia. Y con todo, el corazón de Pedro se quedó confundido al momento en que debía confesarlo ante los hombres. La noche en que Pedro negó a Jesús, el Apóstol había confiado demasiado en sus propias fuerzas y había olvidado que esa confesión la recibió del cielo. Pedro estaba seguro de que daría la vida por Jesús, y que aunque todos los otros discípulos se escandalizaran, él no se escandalizaría. Con toda sensatez el Apóstol Pablo advierte: «El que piense que está firme, mire de no caer». Es que Pedro no fue vencido por el ímpetu la adversidad, sino por el temor a ella. Por ese temor, aquella noche no quiso seguir a Cristo de cerca, sino que prefirió seguirlo de lejos, y quien le sigue de lejos no pone los pies donde los puso Cristo, ni advierte bien sus pisadas. Para seguir a Cristo, hay que seguirlo muy de cerca.
El gallo cantó, y Jesús, en medio de su abandono y persecución, volvió los ojos a Pedro y lo miró. Pedro, acordándose de lo que Cristo le había dicho, lloró amargamente. Los ojos de Cristo, ojos cargados de misericordia, de caridad y de compasión, buscaron al discípulo. Y aunque Pedro lo seguía de lejos, Cristo lo seguía de cerca, para consolarlo en la amargura del pecado que había cometido. Cristo no permitió que los poderes infernales prevalecieran sobre la roca de la Iglesia. Por eso de la roca brotó saludable el llanto amargo de penitencia y de arrepentimiento. Un mar de llanto brotó de sus ojos. La mirada doliente y compasiva de Cristo libró del incendio del fuego del infierno el corazón traicionero del Apóstol, apagando sus llamas. Y desde entonces la Iglesia llora. Llora su pecado y su traición. Llora cuando Cristo le pregunta como a Saulo: «¿Por qué me persigues?» Llora, porque el llanto fue la primer enseñanza del magisterio de Pedro. 

domingo, 1 de junio de 2014

"Viri galilæi, quid admiramini aspicientes in cælum?


In ascensione Domini

Hace algunos años, luego de presentar el último examen para concluir los estudios de teología, quise ir al mar para aliviar la mente. Llegué a la playa y me dispuse a recorrerla a todo lo largo. Caminé y caminé y caminé, como si caminando pudiera olvidar todo lo que caminando había aprendido. Luego de algunas horas comenzó a atardecer. Y la luz del ocaso se alargaba  sobre el agua. Esa tarde me pareció que la luz tenía algo de muy nuevo. Era una luz que no reconocía. Me di cuenta de repente que yo no conocía esa luz de atardecer, la luz del ocaso.
Los monjes solemos cantar todos los días al atardecer la alabanza a Jesucristo, luz verdadera de la gloria. Y como durante todos esos años de estudios yo no había faltado a la oración vespertina de la comunidad, pues no había visto una puesta del sol durante todo ese tiempo. Uno podría apresurarse a pensar que por esta razón los estudiosos de la teología muchas veces buscamos a Dios en un muy complejo laberinto de razonamientos, cuando bastaría simplemente abrir la ventana al atardecer para intuir algo del misterio de Dios. Es como pretender conocer el cielo sin verlo.
Y con todo, hay algo muy bello en el hecho de cantar la gloria de un cielo que no vemos, y que está verdaderamente más allá del techo de nuestra Iglesia. Las palabras de dos hombres vestidos de blanco que increparon a los apóstoles nos obligan a perdernos un magnífico espectáculo: «¿Qué hacen allí parados mirando al cielo?» Sentimos su impertinencia. Asistimos a un misterio glorioso nunca antes visto y dos hombres vestidos de blanco no nos dejan verlo. Nuestro corazón sube al cielo, con Jesús, pero nuestros ojos son obligados por dos hombres vestidos de blanco para que dejen de contemplarlo.
Es curioso que la Escritura no habla de ángeles que interrumpen la contemplación de los apóstoles, sino de dos hombres vestidos de blanco. Son los miembros del cuerpo de Cristo, blanqueados con su sangre, revestidos de su gracia, fruto de su pasión. Son los miembros del cuerpo de Cristo los que nos obligan a perdernos el espectáculo celestial y volver nuestras miradas a ellos. Su insistente «¿Qué hacen allí parados mirando al cielo?», es la voz de una esposa que te pide pan para tus hijos, es la voz de tu hijo que te pide que no dejes de ser padre, es la voz de tu hermano que te pide que veles con él una hora de su aflicción, de su dolor y de su soledad, es la voz de tu hermana que te pide que escuches por una hora, es la voz de un coro en oración que te despierta para que te unas a ella, es la voz de la vida que te pide un favor.
¿Qué haces allí parado mirando al cielo? Con toda verdad enseña San Agustín que Cristo  «ha sido elevado ya a lo más alto de los cielos; sin embargo, continúa sufriendo en la tierra a través de las fatigas que experimentan sus miembros. Así lo atestiguó con aquella voz bajada del cielo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Y también: “Tuve hambre y me ustedes me dieron de comer”». Porque sigue siendo perseguido en los cristianos perseguidos. Cristo sigue extendiendo su mano hacia ti. Cristo está en los cielos, pero continúa estando con nosotros por su divinidad, por su poder, por su amor; nosotros no tenemos el poder para subir al cielo y quedarnos con él, pero tenemos el amor para quedarnos en la tierra y amar con él.

domingo, 18 de mayo de 2014

"Qui credit in me, opera, quæ ego facio, et ipse faciet et maiora horum faciet, quia ego ad Patrem vado"


Dominica V post Pascha

Bien sabemos que, entre las aves, sin duda alguna las avestruces son las más grandes. Su largo cuello  y su aguda mirada les permiten ver a gran distancia y detectar así la presencia de cualquier intruso. Naturalmente, compiten entre ellas en altura, velocidad y fuerza para ser los líderes dominantes de la manada. Las avestruces son animales curiosos, inquisitivos. A diferencia de cualquier otra ave, les fascina todo lo que brilla, de modo que picotean y a veces hasta se tragan alguna pieza de joyería, algún pedazo de alambre o incluso vidrios, una avaricia que podría costarles la vida. Sin embargo, a pesar de su arrogancia y de su genio prepotente, las avestruces conocen una cierta humildad.
Todos hemos oído alguna vez que las avestruces suelen esconderse entre los matorrales pegando su cabeza al suelo. Desde polluelos suelen reposar en el nido con el cuello tendido por tierra para descansar sus cabezas. Y cuando crecen continúan descansando la cabeza en el suelo, aunque su cuerpo sea ya enorme y se alce un par de metros sobre el suelo. Hacen esto no porque tengan miedo de enfrentar los peligros, pues saben bien que sus potentes piernas les consienten fácilmente huir a toda prisa o patear a matar. En efecto, las avestruces tienen uñas muy duras y afiladas. Una patada hacia atrás o hacia delante podría ser letal. Más bien colocan su cabeza en el suelo porque saben que su cuello es la parte más vulnerable de su cuerpo. Y si se aproxima cualquier agresor lo mirarán desde abajo. Así recuerdan que no hay adversario pequeño.
Algo así es el misterio cristiano. Un cristiano nunca es más que nadie. Y en su lucha contra las tentaciones y el pecado no hay adversario pequeño. Imagina que tú fueras lo máximo. Y por encima de ti no hubiera nadie mejor. Muy pronto, al mirar tus defectos y saber que nadie es mejor que tú, caerías en una tremenda desesperación. No habría remedio. Pero no, fíjate bien, el Señor Jesús, después de lavarles los pies a sus discípulos les dijo: «Yo les aseguro: el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán dichosos». Dijo esto el Señor Jesús luego de que él, que es nuestra cabeza, se puso a nuestros pies, como sirviente. Y es ésta la actitud cristiana. El Señor Jesús nos ha enseñado a nosotros sus discípulos que el cristiano debe ponerse a los pies de sus hermanos porque desde esa noche de amor, en que él lavó nuestros pies, siempre hay alguien a quien servir, siempre hay alguien mayor que tú, siempre hay un camino que ascender por el amor con la esperanza de poder ser mejores. Tu hermano, el pobre,  quien te necesita, se vuelve una estrella que alcanzar, una estrella que te traza el camino al cielo y te obliga a aprender el arte de vivir y de amar.
Imagina que el techo de esta iglesia estuviera al ras de tu cabeza. Y que tu cabeza erguida fuera el límite de la iglesia. Difícilmente podrías elevar los ojos al cielo. Tu mirada estaría fija en eso que somos y nada más. Hoy hemos escuchado las palabras del Señor: «Yo les aseguro, el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre». En verdad, grandes cosas hizo el Señor cuando caminó entre nosotros como hombre entre los hombres. Pero su promesa de que nosotros haremos obras aún mayores es tal vez la más grande de sus obras. El Señor dijo que haríamos obras aún mayores porque él iba al Padre. Es que, al ir al Padre, Cristo levantó el techo de la Iglesia. Lo hizo más alto, tan alto que sube de nuestros pies a los pies del Padre, de nuestros corazones al corazón de Dios, de nuestros ojos a la mirada divina. Así, al ir al Padre, Cristo nos dio mucho, mucho, mucho cielo por ascender por las buenas obras. Por eso los templos cristianos siempre son altos, precisamente para recordarnos que Cristo nuestra cabeza se abajó a nuestro suelo, y se puso a nuestros pies, y luego se fue al Padre y nos preparó un cielo que ascender para estar con él: «Cuando me haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes». El camino es Cristo, es su ejemplo de humildad, si lo conoces, conoces a Dios. Si entiendes esto y lo pones en práctica serás dichoso.

domingo, 4 de mayo de 2014

"Mane nobiscum"

Dominica III post Pascha

Todos sabemos que detrás del fuego muchas veces sigue el humo. Tras el fuego del conocimiento, muchas veces viene el humo de la vanagloria, de la soberbia, de la aburrición, la sospecha y la duda. Detrás del fuego del amor, a menudo viene el humo del hastío, los celos, el odio, el abandono. El fuego deja su luz en nuestros ojos. El humo nos deja lágrimas en el rostro y mal olor en nuestros vestidos. Y así, muchas veces después de haber conocido algo de la luz de Cristo, nuestros ojos se ciegan por el humo de nuestra insensatez, y después de haberlo amado intensamente nos olvidamos, por la dureza de nuestro corazón, del fuego que él vino a prender al mundo. El humo ciega nuestra mirada con un velo llorón y maloliente.
Cleofás creía saber todo acerca de Jesús. Y con humo de arrogancia confesó que Jesús «era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo». Una humareda de enojo y decepción se levantó orgullosa del corazón de Cleofás: «Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron». El humo de la duda velaba los corazones de los discípulos y por eso no comprendieron ni amaron el misterio de la tumba y las mortajas vacías. No se alegraron de ello. Les dolía demasiado el vacío de su corazón como para alegrarse de una tumba vacía.
A tientas, en medio de su ceguera, los discípulos acertaron a encontrar el cerrojo de  la puerta de sus corazones y la abrieron con un gesto de hospitalidad que tenía acentos de plegaria: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer». Es como si dijeran: Quédate con nosotros porque el fuego del conocimiento y del amor ya se apaga y muy pronto las densas nubes de nuestra noche de decepciones y hastío lo invadirán todo. Quédate con nosotros, porque no podemos vivir sin una chispa de luz en nuestros ojos, sin el recuerdo de la luz que la esperanza encendió en nuestras almas y que ahora lentamente se apaga». Y la hospitalidad los salvó de la desesperación. La hospitalidad sola con su palabra mágica: «Quédate».
Él conocía hasta sus corazones, pero ellos no lo reconocieron. Caminó con ellos e hizo arder en sus corazones el fuego de la caridad, ese fuego que como cirio de pascua arde sin humo, esa columna que es frescura de día y brillo de noche. Como enseña San Gregorio el Grande, ellos «escuchando los mandamientos de Dios no fueron iluminados, mientras que sí lo fueron poniéndolos en práctica». Aunque no lo reconocieron como Dios verdadero y Vida inmortal, lo amaron como peregrino, y eso los salvó: «Entró para quedarse con ellos».
Al bendecir el pan, al partirlo, al entregarlo, sus ojos lo reconocieron. Pero él desapareció, mostrando así el verdadero misterio de su cuerpo. El cuerpo resucitado del Señor ya no es un cuerpo visible; es más bien un cuerpo que se muestra, que aparece, porque es un cuerpo que se entrega al Padre y a los hombres. En la sangre derramada y en el cuerpo entregado se oculta todo el destino de nuestra humanidad. Nuestros ojos ya no verán más a Jesús. Pero verán su sangre derramada y su cuerpo entregado. Sangre que maquilla la fealdad de nuestra humanidad. Cuerpo que regenera nuestras almas desnutridas. Viendo su sangre derramada en las vidas de cada hombre y de cada mujer que peregrina a tu lado, viendo su cuerpo entregado por tu hermano que tiene un corazón hambriento, cada vez que por el amor digas la palabra mágica de la hospitalidad: «Quédate», habrás visto y reconocido al Señor.