viernes, 28 de noviembre de 2014

Misa tradicional en Cuernavaca


Todos los domingos se ofrece el Santo Sacrificio de la Misa en la forma extraordinaria,
por el R. Dom Evagrio López Álvarez OSB,
en la capilla del Monasterio Benedictino, a las 16:00 horas.

domingo, 9 de noviembre de 2014

"Zelus domus tuæ comedit me"

In festo dedicationis basilicæ lateranensis

En la Regla que San Benito escribió para nosotros, sus monjes, está escrito: «Así como hay un celo de amargura, malo, que separa de Dios y conduce al infierno, existe también un celo bueno que aparta de los vicios y conduce a Dios y a la vida eterna. Ejerciten, pues, los monjes este celo con el amor más ardiente».
En efecto, ante los ojos de los cristianos se presentan dos caminos: uno lleva al infierno y otro al cielo. Y el buen o mal celo marcan la diferencia. El mal celo, el celo amargo, es un camino frío, de brillantes escarchas para alfombrar nuestros pasos y de calladas heladas que lo queman todo. El buen celo, en cambio, es un camino cálido y luminoso. Y por ello también es muy fatigoso: sus paisajes llenos de flores y de frutos nos hacen sudar al recorrerlos. Es que el buen celo es el calor del alma, es su fervor.
Ahora bien, estos dos caminos en realidad marchan juntos, paralelos, aunque sus metas sean destinos opuestos. Por eso se puede conversar con los que vienen en el camino de al lado, y a veces sucede que nos cambiamos de camino sin darnos cuenta. Distraídos, perdemos la orientación y de pronto no sabemos hacia dónde estamos yendo.
Recuerdo a un monje que en ocasión de un largo viaje que iba a emprender, con gran amor se puso a cocer pan para compartir con otros monjes que visitaría en una ciudad lejana. Hizo un pan excelente, lo envolvió cuidadosamente y lo puso en su alforja. Entonces emprendió el largo viaje. Recorrió duros caminos, lluviosos, ingratos, tristes, hasta que finalmente llegó a su destino. Cuando se encontró con sus hermanos monjes quiso compartir con ellos su pan; pero, al desenvolverlo, una dura masa verde y vaporosa hizo su aparición. Del pan exquisito que había preparado sólo quedaba el fantasma revestido de moho. Al verlo, los monjes le dijeron: «Vamos hermano, tu pan se ha echado a perder. Ven a comer de nuestro pan, siéntate a la mesa con nosotros». Pero el monje peregrino parecía no darse cuenta del estado de su pan y molesto regañaba a los hermanos que no querían comer un pan tan bueno y hecho con tanto amor.
Es curioso, a veces el amor y el buen celo a lo largo del camino se nos transforman en odio y celo de amargura, y ni siquiera nos damos cuenta en qué momento sucede. Lo cierto es que nosotros seguimos llamando amor y buen celo a nuestro enojo y a nuestros celos amargos. Entonces odiamos, sin saberlo, a nuestros seres queridos porque ellos son lo que nosotros no hemos podido ser, como el monjecito que, habiendo atravesado tormentas y tempestades para llevar un pan que finalmente se le echó a perder, se enoja con sus hermanos que comen pan tierno en un refectorio cálido y recogido, y les alega para que coman el pan enmohecido de sus fatigas de camino. Así se acaba por odiar a los demás por no ser lo que nosotros queremos que sean, y el colmo es que a eso lo seguimos llamando amor. Bastaría mirarnos al espejo para darnos cuenta que en esos casos nuestro rostro no es el de alguien que ama.
El buen celo muy fácilmente puede convertirse en celo de amargura. Tal vez por eso a menudo las buenas obras que una vez hacíamos con amor y dedicación, luego acabamos por hacerlas con malhumor y pesadez. Sus caminos se parecen tanto, precisamente en que ambos son fatigosos, ambos queman, pero sólo en uno maduran los frutos y se los puede comer.
Pues bien, el Señor Jesús nos dio ejemplo de ello para que sigamos sus huellas. Fíjate bien, cuando echó fuera a los negociantes del templo, no lo hizo con celo de amargura. Tanta era la bondad con que los expulsó que sus discípulos se acordaron de lo que estaba escrito: «El celo de tu casa me devora». Con toda verdad un Maestro enseña que todo Cristo era comido, devorado por el buen celo. Y como todo aquel que come transforma el manjar en sí mismo, así el buen celo que devoraba a Cristo hizo que todas sus obras fueran buen celo. Cristo hizo un látigo de cordeles para expulsar el celo amargo de quienes habría de atraer con el celo bueno de sus azotes y clavos. Movido por el buen celo, cambió los bueyes, ovejas y palomas del templo y al templo mismo por lo mejor que tenía para ofrecer, su propio cuerpo. Él que siempre había sido devorado por el buen celo, no dudó en darnos a comer su carne. Al expulsar a los negociantes que apolillaban la santidad del templo, el Señor les dio su cuerpo para que lo destruyeran, para que lo consumieran hasta la cruz. Con toda verdad dice: «Cuando yo sea, elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». Que es como si dijera: «Yo expulso a los negociantes del celo amargo para atraerlos al celo bueno, que me devora, porque quien come mi carne tiene vida eterna». Pues bien, aprendamos de Cristo el buen celo. Aprendamos a cocer el pan de nuestras buenas obras al calor del buen celo, y no del celo amargo, pues el pan que viene del buen celo alimenta a todos, mientras que el pan de amargura no nutre a nadie.

domingo, 12 de octubre de 2014

“'Amice, quomodo huc intrasti, non habens vestem nuptialem?'. At ille obmutuit".


Dominica XXVIII per annum

Hace poco hablaba a nuestros novicios acerca del sentido de nuestro hábito monástico. En primer lugar, nuestro hábito es una modesta ermita que sirve para el recogimiento y la separación del mundo. Es una clausura que impide que nuestros pasos se extravíen por caminos erróneos. Es un claustro que peregrina con nosotros a donde quiera que vayamos. El hábito de los monjes es un don que se recibe. No se compra en ningún negocio del mundo. Su estilo anacrónico, fuera de época, más que a una moda nos une a los Padres que nos precedieron, nos hace hermanos herederos de una tradición que recorre los tiempos cristianos.
El hábito es también un signo de Cristo, en quien está oculta toda nuestra vida, pues cuando él pasó por nuestra vida y nos vio—los últimos de sus hermanos—desnudos de su gracia, se compadeció y nos vistió de su divinidad bendita. Cristo es nuestro vestido. Él es nuestra vida y nuestra gloria, como dice el Apóstol: «Ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vida de ustedes, se manifieste, también ustedes serán manifestados con él en la gloria».
Pero hay otras razones para amar el hábito monástico. Un monje que usa el hábito no tiene ya que preocuparse por lo que ha de vestir. Busca más bien el Reino de Dios y su justicia. Recuerdo que alguna vez he visto el cambio de caracol de un cangrejo ermitaño. Los ermitaños, como es bien sabido, son cangrejos un poco particulares. Cambian de exoesqueleto como los demás cangrejos, pero utilizan un caracol vacío para cubrir su blando vientre. Por ello, cuando llega el tiempo en que han crecido, se vuelven muy vulnerables, y encontrar la concha adecuada resulta cuestión de vida o muerte. Incluso, como los ermitaños en realidad viven en colonias, muchas veces tienen que pelear con otros cangrejos por la misma concha. Y bien, cuando finalmente encuentra la concha que le ha de servir de ermita, el cangrejo se muda rápidamente y recomienza la vida. Luego irá a las bodas.
Fíjate bien, normalmente cuando se asiste a una boda hay muchos detalles que cuidar. Y entre los muchos detalles hay que responder a la pregunta que surge implacable: «¿Qué me pongo?» Cada invitado debe cuidar con esmero su mejor aspecto. La elegancia y la distinción son normas naturales a la hora de elegir qué ponerse. Pero es siempre un alivio ponerse a pensar que no podemos ir mejor vestidos, con más formalidad y pureza que los novios. Esto es ya una ayuda para no tomarnos demasiado en serio. «El siervo no es más que su patrón». Ahora bien, seguramente más de uno de nosotros se esmeró mucho en elegir su ropa esta mañana. Si después de todo descubriera que entre los presentes alguien viene vestido exactamente igual probablemente se sentiría incómodo. En una boda real nadie querría ir vestido igual que otro invitado. Pero lo que tienen en común los vestidos de los invitados es que todos deben tener al humildad de no ser tan majestuosos como el vestido de los novios. Es que el vestido de los invitados a bodas es la humildad. Pues bien, hoy escuchamos una parábola acerca de un hombre que entró a una boda sin llevar el vestido de bodas. Y nos espanta la severa inspección del protocolo y la etiqueta. Al menos ha de tranquilizarnos el saber que no tenía que ir mejor vestido que nadie. Sólo necesitaba un traje de fiesta. Igual que el que prefirió su campo y no fue a las bodas, igual que aquel que no quiso ir por atender sus negocios, igual que los que se echaron encima de los criados y los mataron, el hombre que no tenía traje de bodas no tenía humildad. Su silencio mudo era arrogancia y orgullo. La arrogancia con que se mata a los niños en el seno materno, pequeños criados de Dios que no hacen otra servidumbre que venir a invitarnos a las bodas de Dios. El orgullo con que se prefiere un campo mundano sembrado de venenos. La arrogancia de negocios insaciablemente sucios.
Por eso el Apóstol San Pablo nos instruye acerca de la humildad con que hemos de vestirnos para las bodas de la caridad: «Yo sé lo que es vivir en pobreza y también lo que es tener de sobra. Estoy acostumbrado a todo: lo mismo a comer bien que a pasar hambre; lo mismo a la abundancia que a la escasez. Todo lo puedo unido a aquel que me da fuerza». Así pues, sabiéndonos hijos de Dios, vistamos humildemente la infinita riqueza de su amor.

domingo, 28 de septiembre de 2014

"Amen dico vobis: publicani et meretrices præcedunt vos in regnum Dei"

Dominica XXVI per annum

Se cuenta que en el terrible desierto de la Tebaida, donde los monjes entablaron encendidas batallas contra el diablo, hubo una mujer de gran virtud conocida como María Egipciaca. Pero María no siempre estuvo allí. María llegó al desierto después de una larga aventura. Ella en su vida pasada había abandonado su hogar para entregarse a la prostitución en Alejandría y así pasó diecisiete años.
En cierta ocasión oyó decir que una gran caravana emprendería un peregrinaje a Tierra Santa para celebrar allá la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz. Entonces pensó ella que sería una buena oportunidad de divertirse y decidió unirse a la caravana. Durante el camino se dedicó a distraer a cristianos incautos y poco piadosos, que más o menos fácilmente se dieron al desorden y la impiedad. Después de varios días así, llegaron finalmente a Jerusalén y entre risas y bromas María también quiso entrar en la iglesia del Santo Sepulcro; pero para su sorpresa, al intentar entrar en el templo de Dios, sintió una fuerza que la empujaba hacia afuera. Lo intentó de nuevo, y otra vez se encontraba ante las puertas de la iglesia, y una vez más con todas su fuerzas y todo fue inútil. No podía entrar.
Despechada cayó en la cuenta de que nunca antes nadie la había rechazado y un profundo dolor embargó su corazón. Era el dolor del arrepentimiento. Levantó los ojos y vio un icono de la Madre de Dios, y rezó ante él implorando el perdón del cielo y prometiendo renunciar a su vida pasada. Entonces pudo entrar en la iglesia para adorar la Santa Cruz, y al salir oyó la voz de la Madre de Dios que le dijo: «Cruza el Jordán y encontrarás descanso». Así lo hizo, cruzó el Jordán y allí en el monasterio de San Juan el Bautista comulgó reverentemente y se marchó al desierto con sólo tres panes para consagrar el resto de su vida a la oración y la penitencia.
Hoy hemos escuchado la Palabra del Señor: «Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios». Pero, fíjate bien, este adelanto no consiste en tomar ventaja como quien corre más aprisa abriéndose paso con los codos. Este adelanto consiste en dar un paso hacia atrás al experimentar el rechazo de Dios, como le sucedió a María de Egipto. Permítanme decirlo con palabras severas: Dios nos rechaza, nos empuja y nos expulsa de su templo santo porque él y sólo él es el autor de nuestra conversión. Esa mirada que hizo bajar a Zaqueo, la que hizo estallar el llanto amargo de Pedro, la que hizo volverse a María Magdalena de la soledad al amor de la fe, nos hace dar marcha atrás, avanzando en el Reino. En este rechazo está la misericordia. Si no, ¿cómo podríamos volver sobre nuestros pasos extraviados en el pecado?
Con toda verdad un célebre predicador enseña que nosotros ni siquiera sabemos bien a qué debemos renunciar y de qué debemos convertirnos. Porque nuestros pecados muchas veces sólo encubren un amor muy profundo a un fantasma misterioso oculto en los recovecos de nuestra inconsciencia. Un fantasma, un ídolo, que impide que abandonemos las ocasiones de pecado, y más bien hace que las busquemos con distraída inconsciencia. Y que tal vez a eso se refiera el Apóstol Santiago cuando habla de aquel que escucha la palabra y no la pone en práctica: Es como un hombre que mira su rostro en un espejo e inmediatamente se olvida de cómo era. Así, oímos la Palabra de Dios, su ley divina, y vemos nuestra propia monstruosidad, nuestra lejanía de la belleza, nuestra pecaminosa fealdad; pero casi al instante olvidamos la corrupción que hemos visto en nuestra propia alma, como quien no ha sido agraciado con un buen aspecto, y se afeita por la mañana y luego baja las escaleras olvidando lo feo que era. Esa naturaleza oculta, oscura, fea, que nosotros aceptamos y olvidamos fácilmente y aún la amamos casi sin saberlo, es la sombra del pecado al que debemos renunciar.
Por eso, cuando el Señor nos manda trabajar en su viña le decimos: «Ya voy Señor»; pero no vamos. Porque amamos tanto la sombra de muerte que permanecemos asidos a su inercia idolátrica de pecado. «No hago el bien que quiero», dice el Apóstol. Y cuando el Padre nos manda a trabajar en su viña y le decimos: «No quiero ir», reconocemos que es él quien obra nuestro querer y nuestro actuar y que sin la ayuda divina no podríamos detenernos en nuestra loca marcha tras la esclavitud del pecado. Él graciosamente nos empuja entonces al arrepentimiento, y nos hace así cumplir su voluntad. Por eso la vida cristiana sólo comienza a funcionar si aceptamos ser náufragos de la gracia en vez de serlo del pecado.