jueves, 28 de agosto de 2014

«Sangre de Cristo es contemplar las cosas creadas, el que la bebe se hará sabio gracias a ella»


In festo sancti Augustini Episcopi

«Sangre de Cristo es contemplar las cosas creadas, el que la bebe se hará sabio gracias a ella» (Ad Monachos 119). Con este enigma Evagrio Póntico invita en el desierto a sus monjes a encontrar por ellos mismos la sabiduría espiritual. Por su parte, San Agustín advierte para la lectura de las Sagradas Escrituras: «También la ignorancia de las cosas nos hace oscuras las expresiones figuradas, cuando ignoramos  la naturaleza de los animales, de las piedras, de las plantas o de otras cosas, que se aducen muchas veces en las Escrituras como objeto de comparaciones. Así el hecho conocido de que la serpiente expone todo el cuerpo a los que la hieren, guardando su cabeza, ¡cuánto no esclarece el sentido del pasaje en que Dios manda que seamos prudentes como la serpiente; a saber, que ofrezcamos nuestro cuerpo a los que nos persiguen antes que nuestra cabeza, que es Cristo, para que no muera en nosotros la fe cristiana si, por conservar el cuerpo, negamos al Señor! Lo mismo aquello que se dice de ella de que se mete por las rendijas de las cavernas y, dejada la vieja túnica, recibe nuevas fuerzas, ¡qué bien concuerda para que, imitando esta misma maña de la serpiente, pasando por las estrechuras conforme afirma el Señor “entren por la puerta estrecha”, cada uno se desnude del hombre viejo, como dice el Apóstol, y nos vistamos del nuevo. Así como el conocimiento de la naturaleza de la serpiente aclara muchas semejanzas que de este animal suele traer la Escritura, igualmente la ignorancia de la naturaleza de no pocos animales, de que también hace mención, con no menor frecuencia, impide no poco el entenderla. Lo mismo se ha de decir con respecto de las piedras, de las hierbas, y de cualquier cosa que se sostiene por raíces». (De doctrina christiana II,16, 24).
Con estas enseñanzas como preludio, quisiera conversar con Agustín y con Alonso Gracián. En una publicación reciente[1] el Doctor Gracián afirma: «Parece que habitan los demonios donde no hay botánicas, en el puro desierto exterior o interior, en la nada artificial, o en las grandes colinas de hormigón y las moradas artificiales de hierro y plástico, donde el desierto técnico castiga al alma con su presencia asfixiante y su antropocentrismo electrónico. La presencia armoniosa de plantas, árboles y flores nos tranquiliza, hace amable y habitable el Mundo Caído. Lo vegetal parece el estrato de la Creación donde en menor medida ha penetrado el mal por el pecado. Allá donde avanza la consciencia, parece que proliferan los efectos de la Caída».
Pues bien, en uno de sus comentarios al Génesis, San Agustín respecto a la creación de los vegetales apunta al hecho de que no fueron creados en un día propio, sino en el mismo día en que Dios disipó las incomodidades de las aguas reuniéndolas en un solo lugar para que apareciera el suelo: «como por las raíces se unen a la tierra y permanecen fijas en ella, quiso que éstas perteneciesen al mismo día» (De Genesi ad Litteram II,25). En verdad, esta estabilidad ligada a la profundidad del arraigarse contradice radicalmente la girovagancia de los demonios,  siempre errantes, nunca estables, enemigos de toda profundidad, fascinados por la superficialidad originaria precisamente en cuanto que prefieren negar la creación.
A propósito de esta idolatría tenebrosa de la superficialidad originaria, me vienen a la mente las palabras con que se describe Mefistófeles en el Fausto de Goethe: «Soy un espíritu que continuamente estoy negando la evidencia de las cosas, y no me falta razón en parte, porque todo lo que existe, al fin y al cabo, es una mentira que se convertirá en polvo y que, para llegar a este resultado hubiera sido preferible que no hubiese existido jamás. En una palabra, lo que ustedes llaman pecado y destrucción, y más especialmente mal, es el elemento que me constituye». Mefistófeles se presenta a sí mismo como «una pequeña porción»; sin embargo, ante los ojos de Fausto aparece todo entero. Entonces Mefistófeles explica: «Te digo la pura verdad. Si el hombre, ese ente extravagante, cree componerse de un todo, yo, pues, me compongo únicamente de la parte de la parte que en un principio era un todo; me compongo de una parte de las tinieblas que engendraron la luz, esa luz altanera que al presente disputa a su madre, la noche, su antiguo rango y el espacio».
Esta crítica demoniaca de la luz, que tiende a llenar todo cuanto tiene a su disposición, como la música, revela una confianza diabólica de que todo lo creado vuelva a la faz de la nada, a la superficialidad originaria del abismo sobre el que fue llevado el Espíritu creador. «Pululan los demonios donde no hay árboles ni plantas, atraídos por el vacío como las moscas a la miel. Con razón la naturaleza tiene horror al vacío. Empeño diabólico es que no florezca ni arraigue nada», afirma Gracián, y resulta más que convincente su aseveración. Todavía más: «Los demonios sienten fascinación por el vacío, por el mal. Acuden a Él como moscas a la putrefacción. Nada más apetecible para las potestades del mal que los vacíos mentales provocados por técnicas de meditación […]».
Por su parte también el Mefistófeles de Goethe habla de su empeño siempre frustrado y frustrante de volver al vacío: «Y francamente, no he adelantado lo bastante en mi propósito, a pesar de lo mucho que he trabajado. Cuanto más me esfuerzo en destruir al mundo, más chasqueado me quedo; hay en él la realidad, enemiga acérrima de la nada, que le protege, y con todos mis esfuerzos sólo puedo alcanzar que se agiten los mares, que se desencadenen tempestades y que se desarrollen incendios; pero nada logro con ello, porque se apaciguan los mares, se calman las tempestades, se apagan los incendios y todo vuelve a su estado normal y el mundo no sufre por esto modificación que atente a su modo de ser: ¡nada puedo con este maldito semillero de hombres y animales! ¡Cuanto más destruyo en él, más joven y fresca es la sangre que le da vida! Así van las cosas ¡tanto del aire, como de las aguas y también de la tierra parten millares de semillas que germinan en terreno seco, en la humedad, en el calor y en el frío! Si no me hubiese reservado la llama, nada hubiera quedado para mí».
Ahora bien, del vagabundeo demoniaco ciertamente hay evidencia y llaga en los desiertos. Gracián trae a colación el caso de Antoine de Saint-Exupéry: «el aviador y escritor autor de El Principito se estrelló con su avión en el desierto del Sahara. Tanto él como su ayudante, que también sobrevivió, padecieron alucinaciones visuales y auditivas. Como contrapartida, el pequeño príncipe y su rosa nacieron allí, con sus dibujos de heroísmo natural». Curiosamente, cuando Antoine de Saint-Exupéry narra la travesía del Pequeño Príncipe por el desierto en la Tierra, dice que se encontró con una florecita insignificante de tres pétalos. Y cuando le preguntó dónde estaban los hombres, la flor que un día viera pasar una caravana le respondió: «¿Los hombres? Yo creo que existen seis o siete. Los vi hace muchos años. Pero no se puede saber nunca dónde se encuentran. El viento los lleva. Ellos no tienen raíces. No les gustan».
Pienso que en el paso de cuarenta años por el desierto, los israelitas vagaron no por desobediencia a la voluntad e Dios, sino por la murmuración, que es un vagabundeo verbal del corazón. Muchas veces he dicho que así como los israelitas por murmurar comprometieron su entrada en la tierra prometida, así nosotros los cristianos por la murmuración comprometemos nuestro derecho a la tierra prometida. Y nuestra tierra prometida es la cruz. En ella echamos raíces, en ella nos plantamos, en ella fructificamos.
En el discernimiento de espíritus no nos ha de extrañar que el vagabundeo que nada produce sea un signo de la presencia diabólica. Y de sus sugestiones. Dios no vaga. Como explica Agustín: «Así pues, cuando deambulaba Dios por el paraíso en la tarde, significa que al venir hacia ellos a juzgarlos, ya antes de imponerles la pena, él paseaba por el paraíso, es decir, como que se movía en ellos la presencia de Dios, cuando ya ellos mismos no estaban firmemente establecidos en su mandamiento» (De Genesi contra Manichæos II,16,24). En vano se cubren con hojas vegetales, añorando la estabilidad en la obediencia. Su destierro los hace salir al vagabundeo nocturno del mundo.
Por el contrario, la naturaleza del movimiento de los astros rectifica obediencialmente la finalidad del mundo. San Agustín muchas veces halló significados espirituales en las luminarias del cielo, el sol, la luna y las estrellas, como guías para el naufragio de los hombres. Pero esa función es secundaria pues es alivio para el hombre caído. En el día de su creación las luminarias eran signos eminentes de los tiempos, de los días y de los años litúrgicos, y su servicio se ordena establemente a brillar en el cielo y alumbrar la tierra. El mundo no fue hecho para el vagabundeo, el naufragio, el extravío. El mundo es el signo de la fidelidad perenne de Dios y por eso «no vacilará jamás». Y la abundancia de vegetales es promesa de la beatitud final para la que fue hecho el hombre.
Me viene a la mente otro pasaje de El Principito en que el Pequeño Príncipe cuestiona acerca de la importancia o la superficialidad con que se tomaría la destrucción de una planta si fuera la única existente: «Si alguien ama una flor de la que sólo existe un ejemplar en millones y millones de estrellas, eso basta para hacerlo feliz cuando las contempla. Él se dice: “Mi flor está allá, en algún lugar…” ¡Pero si el cordero se come la flor, es, para él, como si todas las estrellas repentinamente se apagasen!, ¡y esto no tiene importancia!» (c.7). La ternura de esta frase distrae a la hora de darnos cuenta que se trata de una hipótesis absurda. La multiplicidad, la abundancia de los vegetales impide obediencialmente su singularización que atraparía, como entre espinas, jirones del afecto humano, desintegrándolo en un desierto de alucinaciones que le harían creer que la nada está ya cerca, a punto de venir, y será «como si todas las estrellas repentinamente se apagasen». Hipótesis absurda, teoría diabólica del desierto final y de la vuelta a la faz de la nada. Señala Gracián: «Lo cierto es que el ecologismo postmoderno, que no ama la Creación, y que es idólatra de Gea, ha caducado la Botánica, ciencia y arte casi sacral, saber de los tiempos antiguos. Resulta notable el amor de los botánicos por la lengua de la Iglesia, el latín, la lengua más bella del mundo, como las flores. Resulta curioso que una lengua inmutable sirva de expresión a la ciencia de lo efímero. A la ciencia del pulchrum, que muestra lo inmutable». La lengua de la Iglesia de por sí no puede ser la lengua del desierto, es la lengua de una asamblea milenaria.
Todavía hay algo más. Me parece que el punto más agudo de la poderosa tesis de Gracián radica precisamente en una sentencia dicha un poco en broma: «Y es que el amor a la Botánica… ¿será señal de Predestinación?» Pregunta graciosa por el humor y agraciada por el amor. Me recuerda las palabras de Agustín: «entre la gracia y la predestinación existe únicamente esta diferencia: que la predestinación es una preparación para la gracia, y la gracia es ya la donación efectiva de la predestinación: prædestinatio est gratiæ præparatio, gratia vero iam ipsa donatio» (De prædestinatione sanctorum 10,19). Es que desde el instante mismo en que Dios plantó un jardín para el hombre, con árboles de aspecto agradable, había ya establecido el amor a la Botánica como signo de predestinación y el único árbol prohibido era la aversión a ella, árbol que deshilacha al hombre entre las espinas del conocimiento del bien y del mal, y lo convierte en una madeja de contradicciones. Ahora bien, la fuerza de atracción de la Botánica radica en que fue hecha germinar para saciar a todos los vivientes precisamente por su buen aspecto y suave sabor, pero también por su abundancia. El árbol de la condena atrae por su soledad desértica, funesta, aun en medio del paraíso. La atracción que ejerce la Botánica no viene de ella misma, sino del Verbo eterno de Dios: «Muestras un ramo verde a una oveja y la atraes; muestras nueces a un niño y lo atraes; se le atrae al lugar a donde corre; se le atrae mediante lo que ama, se le atrae sin violencia corporal alguna; se le atrae con la cuerda del amor. Ahora bien, si estas cosas que pertenecen a las delicias y placeres terrenos, ejercen tal atracción sobre quienes las aman nada más mostrárselas, dado que cada cual es atraído por su placer, ¿qué atracción será la de Cristo revelado por el Padre? ¿Ama el alma algo con más ardor que la verdad? ¿De qué cosa deberá ser ávido el hombre, con qué finalidad ha de desear tener sano el paladar interior con que juzgar la verdad, sino para comer y beber la sabiduría, la justicia, la verdad, la eternidad?» (In Evangelium Ioannis 26,5).
Ahora bien, no escapa a San Agustín el hecho de que el reino vegetal haya sido creado antes que las luminarias del cielo. Lo que habría que señalar es que las plantas necesitan la luz solar para alimentarse, pero no para ser alimento. Y esto se prueba física y metafísicamente. En efecto, la semilla, antes de germinar, es alimento que no se alimenta. Dios dispuso solamente a los vegetales como alimento, y por ello no son tocados por el dolor. Su destrucción conoce una regeneración que perdona incluso las más graves injurias. Pero esta condición física de los vegetales, enseña Agustín, obedece a la causalidad metafísica del Verbo eterno de Dios: «Luego las palabras dichas por Dios en el día sexto: “He aquí que os he dado a vosotros todo alimento seminal que siembra semilla y que está sobre la tierra” y las restantes, no son palabras que suenan, ni palabras proferidas con voz articulada y temporal, sino palabras que están en el Verbo de Dios como potencia creadora».
Dios está dando continuamente de comer al mundo porque el alimento vegetal que llena el vacío es analogía del ser de Aquél que se esconde en cereal y en vino. Cristo, antes de ser un niño que pueda nutrirse, es Pan de ángeles. Antes de tomar pan en la noche del mundo, Cristo es Pan vivo que baja del cielo. Porque en él mismo está la vida. Y si la Botánica atrae a los predestinados, como el néctar a las abejas, es porque todo el reino vegetal está cargado de la atracción a la alabanza que procede de Él, «y el corazón no hallará reposo hasta que repose en Él».

[1] http://infocatolica.com/blog/mirada.php/1408170423-13-de-botanicas-desiertos-y-e

miércoles, 13 de agosto de 2014

Misa tradicional en Cuernavaca


Todos los domingos se ofrece el Santo Sacrificio de la Misa en la forma extraordinaria,
por el R. Dom Evagrio López Álvarez OSB,
en la capilla del Monasterio Benedictino, a las 16:00 horas.

domingo, 10 de agosto de 2014

"Videns vero ventum validum timuit"


Dominica XIX per annum

Los erizos son animales solitarios. También son, de un modo especial, muy defensivos. Cualquier sorpresa que arruine su pesado sueño es mal recibida con gruñidos y una tensión de la piel que redunda en el endurecimiento de sus espinas. Un erizo así tenso duele, y duele mucho. Cada vez que el erizo se siente amenazado, su reacción natural será la de plegarse en sí mismo y formar una pelota de púas que resopla y gruñe compulsiva. En tal caso será mejor esperar si se pretende socializar con él. Pero hay una forma pacífica de sacar a un erizo de su agresivo ensimismamiento. Es cosa de soplar cerca de donde esconde su cabeza, soplar suavemente, y el erizo vuelve a desplegarse. Se desenrosca y comienza a explorar lo que hay a su alrededor. Francamente no sé a qué se debe este comportamiento, pero me sorprende el mágico poder que tiene la suavidad de un soplido para sacarlo de sus impulsos agresivos.
A veces pienso que en eso se parecen a nosotros, que muchas veces necesitamos el suave soplo de la cercanía de un amigo para salir de nosotros mismos y saber que estamos vivos y que el mundo no está contra nosotros. Pienso en los ancianos de cabeza y corazón endurecidos que se vuelven toda dulzura cuando los nietos aparecen en sus vidas como una suave brisa «amansa viejos». Algunas personas simplemente necesitan la brisa del afecto y de la paciencia para salir de su escudo de púas y comenzar a explorar su mundo en busca de una bendición. Cuánto bien hace un soplo de realismo y buen humor a los que hablan mal de todos y de todo. Con toda verdad ha dicho Su Santidad Francisco que «la necesidad de hablar mal del otro indica una baja autoestima; es decir, yo me siento tan abajo que, en vez de subir, bajo al otro. Olvidarse rápido de lo negativo es sano». Un suave soplo nos saca de nosotros mismos.
Algo sí sucedió cuando la suave brisa de la gloria de Dios sacó fuera de sí al profeta Elías. Y también algo así sucedió la noche en que los discípulos vieron a Jesús caminando sobre las aguas. Los discípulos estaban asustados. Y todo su mundo, y toda su historia, y toda su vida se redujeron a una pequeña barca sacudida por las olas. Pero el viento soplaba fuerte, contrario, obligándolos a salir de su miedo a través de su miedo. Allí, esa noche, apareció Jesús, caminando sobre las aguas. Pedro amaba entrañablemente a Jesús, con un amor que pensaba poco y calculaba menos. Supo Pedro que con Jesús su vida estaría a salvo, mucho más segura que en la frágil barca. «Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua». Bien sabía Pedro que Dios nunca manda algo sin dar todo lo necesario para que podamos cumplir su mandamiento. Por eso su plegaria es como si le dijera: «Señor, dame lo que me pides y pídeme lo que quieras; dame caminar sobre las aguas y mándame ir a ti sobre ellas». Y aconteció el milagro. Pedro caminó sobre el agua hacia Jesús y los corazones de los que estaban boquiabiertos en la barca ardían estupefactos, confirmados en la fe: «De veras, es el Señor, y ¡Pedro está caminando sobre el agua!»; pero al sentir la fuerza del viento el pobre Pedrito comenzó a sentir miedo y a hundirse.
Me pregunto si el viento contrario de esa noche no venía del Espíritu de Dios que esa noche era llevado por Jesús sobre la superficie de las aguas. Entonces todo el miedo de los discípulos no era sino el miedo paralizante que todos tenemos hacia el misterio de lo sobrenatural, hacia cualquier soplo divino. Estamos tan encariñados con nuestros pecados y el acomodamiento de nuestra vida, que cualquier soplo de Dios nos da miedo. Amamos a Dios, pero tenemos miedo de admitirlo porque ese amor nos podría llevar muy lejos. Cuando se trata de recorrer la ocasión de acercarnos a Dios lo hacemos, pero como temerosos de que algo suceda en nosotros, y al final, cuando ganan nuestras dudas, salimos como agradecidos de que finalmente no haya sucedido nada, nada que nos cambie la vida, nada que realmente nos transforme. Incluso en nuestras obras de misericordia siempre tenemos miedo de que tanto amor nos haga pobres, y que el servicio nos haga siervos, y que el perdón nos convierta en puentes por encima de los cuales pasen todos. Nos preguntamos una y otra vez si Dios quiere que yo ayude, que yo ame, que yo perdone. Y si la duda gana, quedamos tan tranquilos, tan contentos de haber regresado a la barca, cuando bien habríamos podido caminar sobre el agua e ir más lejos.
Pedro tenía una módica dosis de fe, una fe tan pequeña, como un grano de mostaza, y sin embargo suficiente para mover montañas. Con todo, dudó. Amaba a Jesús y caminó hacia él, pero luego el miedo hizo que nada cambiara en su vida y pudiera regresar a la barca de sus noches y tempestades de siempre. Se dice que Pedro, años más tarde, tras predicar a Jesucristo en Roma, perseguido huyó de la ciudad. En el camino se encontró con el Señor y Pedro le preguntó: «Domine, quo vadis?: Señor, ¿a dónde vas?». Y el Señor, mirándolo con amor y compasión le dijo: «A morir otra vez por ti y en tu lugar». Pedro, avergonzado y con profundo dolor volvió a Roma y allí el soplo del Espíritu lo condujo a la gloria del martirio. Pedro humildemente se reconoció indigno de morir como su Maestro y quiso ser crucificado de cabeza. Con toda verdad un poeta dice que cuando Pedro estuvo de cabeza vio el mundo como es en realidad: las nubes como montañas, las estrellas como flores, y los hombres colgando de cabeza de la misericordia de Dios que todo lo sostiene. Es que la Iglesia no se funda en la frágil barca con que navega las peligrosas aguas del siglo, sino en el soplo de la misericordia de Dios que todo lo eleva como suave brisa de su gloria. Pedro no entendió esto cuando caminó sobre las aguas, pero el amor de este misterio lo llevó a entenderlo cuando en la cruz la Misericordia le tendió la mano y lo sostuvo.

domingo, 27 de julio de 2014

"Iterum simile est regnum cælorum homini negotiatori quærenti bonas margaritas. Inventa autem una pretiosa margarita, abiit et vendidit omnia, quæ habuit, et emit eam".


Dominica XVII per annum

Uno de los Santos Padres, cítara del Espíritu Santo, cantó la gloria de Jesucristo y nos instruyó acerca de los misterios del Reino de los cielos. Fíjate bien: como cuando un barco se encuentra en altamar y se desata la fuerza de las olas, si batalla contra ellas se romperá en pedazos, así sucede con quien se adentra en el misterio de Dios con corazón soberbio, pues «Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes». Los corazones humildes que se adentran, pues, en el misterio de Dios son como un barco que no se rebela contra el oleaje del mar, sino que aprovecha el oleaje para ir más adentro.
Bueno, en las profundidades del mar nace la perla, hija del agua. Nace solitaria, de un sepulcro viviente. Y deja el mar para salir a la tierra firme donde es amada por los hombres. Por eso el Señor Jesús quiso llamarse a sí mismo perla muy valiosa. Él es una perla, hija de un mar que no tiene límites, de un mar profundo, que es el insondable misterio de Dios. Él, el Hijo de Dios que nace eternamente en el seno del Padre, en una misteriosa soledad viviente y vivificante, quiso venir a nuestra tierra para ser amado. El que nace solitario, el Hijo Unigénito de Dios, quiso ser nuestro hermano. Y así como en una corona hecha de oro y piedras la perla se distingue por su origen, así el Hijo de Dios resplandeció en medio de nuestra humanidad, porque él no venía de la tierra de la que fueron formados los hombres, sino del profundo misterio de Dios.
La perla es indivisible como la fe y la pureza. Todo cuanto es íntegro se le asemeja, y sin embargo, perforado de dolor, engastado, se hizo uno de nosotros, para darnos su belleza. Pues así como la perla en su pequeñez supera en valor y belleza a los grandes monstruos del mar, así nuestra humanidad se vio engrandecida por la pequeñez del Hijo de Dios, cuando apareció como hombre en medio de nosotros.
Ningún rey, por poderoso que sea, ha encontrado jamás una perla preciosa sin antes despojarse de sus vestidos y de la majestad de su gloria para sumergirse en las aguas profundas, así tampoco los corazones soberbios pueden encontrar a Dios si antes no se despojan de su orgullo y se sumergen en la misericordia de Dios.
La perla preciosa resplandece con una luz humilde y así quiere que sean los corazones que la buscan. Porque las perlas más valiosas reflejan mejor el rostro de quienes se les acercan para enseñarles cómo serán sus rostros si se adornan sabiamente de luz humilde. Es que su luz es más noble que los rayos del sol porque su resplandor no hiere ni lastima, su claridad no deslumbra de arrogancia.
Su luz instruye al sabio y es consejera de reyes. La buscan los hombres cuando piden a Dios sabiduría de corazón. Pues la sabiduría del corazón es Cristo. Él adoctrina secretamente el corazón cuando adorna como perla los oídos de sus amigos. Que sus parábolas de amor se queden en nuestros oídos como perlas preciosas, y así nuestro corazón sepa escuchar para que conozcamos el camino de la prudencia. 

domingo, 29 de junio de 2014

"Itaque, qui se existimat stare, videat, ne cadat"


In festo sanctorum apostolorum Petri ac Pauli

Pedro había tomado la palabra para confesar algo que el Padre le había revelado desde el cielo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Esta sólida confesión es la roca sobre la cual Cristo quiso edificar su Iglesia. Y con todo, el corazón de Pedro se quedó confundido al momento en que debía confesarlo ante los hombres. La noche en que Pedro negó a Jesús, el Apóstol había confiado demasiado en sus propias fuerzas y había olvidado que esa confesión la recibió del cielo. Pedro estaba seguro de que daría la vida por Jesús, y que aunque todos los otros discípulos se escandalizaran, él no se escandalizaría. Con toda sensatez el Apóstol Pablo advierte: «El que piense que está firme, mire de no caer». Es que Pedro no fue vencido por el ímpetu la adversidad, sino por el temor a ella. Por ese temor, aquella noche no quiso seguir a Cristo de cerca, sino que prefirió seguirlo de lejos, y quien le sigue de lejos no pone los pies donde los puso Cristo, ni advierte bien sus pisadas. Para seguir a Cristo, hay que seguirlo muy de cerca.
El gallo cantó, y Jesús, en medio de su abandono y persecución, volvió los ojos a Pedro y lo miró. Pedro, acordándose de lo que Cristo le había dicho, lloró amargamente. Los ojos de Cristo, ojos cargados de misericordia, de caridad y de compasión, buscaron al discípulo. Y aunque Pedro lo seguía de lejos, Cristo lo seguía de cerca, para consolarlo en la amargura del pecado que había cometido. Cristo no permitió que los poderes infernales prevalecieran sobre la roca de la Iglesia. Por eso de la roca brotó saludable el llanto amargo de penitencia y de arrepentimiento. Un mar de llanto brotó de sus ojos. La mirada doliente y compasiva de Cristo libró del incendio del fuego del infierno el corazón traicionero del Apóstol, apagando sus llamas. Y desde entonces la Iglesia llora. Llora su pecado y su traición. Llora cuando Cristo le pregunta como a Saulo: «¿Por qué me persigues?» Llora, porque el llanto fue la primer enseñanza del magisterio de Pedro.