sábado, 19 de abril de 2014

Misa tradicional en Cuernavaca


Todos los domingos se ofrece el Santo Sacrificio de la Misa en la forma extraordinaria, por el R. Dom Evagrio López Álvarez OSB,
en la capilla del Monasterio Benedictino, a las 16:00 horas.

viernes, 18 de abril de 2014

"Ecce mater tua"

Feria VI in Parasceve

Cuando Jesús tenía doce años, fue presentado en el Templo del Señor. Los jóvenes israelitas comenzaban a cumplir a esa edad las prescripciones de la Ley y por eso Jesús emprendió también ese peregrinaje. Subió con sus padres al templo santo de Jerusalén. Al regresar, entre el gentío de las caravanas, María pensó que su muchachito iba con José, y así prosiguió tranquila, orando en el secreto de su corazón, pensando en Jesús a quien esperaba muy pronto volver a ver. Una dolorosa sorpresa traspasó su alma cuando, al ver a José, no vio con él a su Hijo.
Es curioso, muchas de las más delicadas hortalizas crecen a ras de suelo, y junto a ellas pasan algunas sabandijas ponzoñosas, y sin embargo, no se contagian del veneno porque en su bondad no cabe afinidad con veneno alguno. Así era la Madre de Dios. María no guardaba ningún veneno en su corazón. Si Jesús no estaba con ella, confiaba ciertamente en que estaría con el Señor San José. Es que la Virgen supo siempre encontrar a Dios en su amado esposo. Sabía que Dios estaba con él, y no tenía celos ni envidias del amor que el  joven Jesús tenía por él. Pero fue grande su dolor al no ver a Jesús con José.
Dios es un viñador que limpia los sarmientos para que den más fruto. Pero María ya había dado el fruto más excelente. ¿Qué necesidad había de dolor? Sin embargo, quiso Dios hacerla experimentar el dolor de perder a Dios, el dolor de no poder estrecharlo entre sus brazos. Quiso hacerla probar tan grande dolor para aumentar el brillo de los méritos de su amor. El dolor de María no era por el peso del pecado—ella que había sido concebida sin pecado—; su dolor era por la gloria del amor.
Esta tarde, en que ha muerto Jesús, nos mira la Madre de Dios. Nos mira buscando a Jesús en nuestra caravana y nos pregunta por él. Quiere encontrar en nosotros a Jesús, ella que, sin ningún veneno que nublara su vista, siempre ha visto a Dios en nuestras vidas. Pero Jesús esta tarde no está con nosotros. Lo hemos perdido. Y su pérdida resume todos los momentos de nuestra vida en que nos hemos sentido lejos de Dios. Jesús ha muerto en esta tarde y nuestro corazón llora por él, como se llora por el Hijo único, como se llora por el amigo del corazón, como se llora por el amor del alma. Y nuestro llanto es llanto de asesinos. Él murió por nosotros. Murió porque su amor no soportó nuestras lejanías, esas distancias infinitas que llamamos pecados.
La Virgen Madre lo busca entre nosotros y, sin veneno alguno, se compadece de nuestras miradas despiadadas, de nuestras crueles manos que taladran vidas, de nuestros pasos que caminan sin Dios, de nuestros corazones que matan. Dinos, Señora, dónde hemos de encontrar al amor.
Un Doctor eminentísimo, un gran amigo del alma, enseña con toda verdad que las penas y las aflicciones en sí mismas ciertamente no pueden ser amadas. Pero vistas en la voluntad divina se hacen infinitamente amables. Es como cuando un médico nos presenta remedios y medicamentos amargos y nosotros sentimos mucho disgusto, pero si nos los da una mano querida los recibimos con confianza, pues el amor mitiga la amargura y la aspereza de la vida. ¿Cómo habría podido la Virgen Madre contemplar a su Hijo amado muerto en una cruz, sin enloquecer de terror ante toda la maldad de que el corazón del hombre puede ser capaz? ¿Cómo habría podido sentir compasión de nosotros que extraviamos en la muerte al Hijo que ella con tanto amor dio al mundo? ¿Cómo habría soportado tanta pena si no fuera porque su corazón recibía todo de la mano de Dios y de su amada voluntad? En verdad, nunca hubo tanto dolor porque nunca hubo tanto amor, pues que es gloria del amor adornarse de dolor y el amor crece cuando el dolor lo ensancha.
Virgen Madre del amor enséñanos a mirar la amada mano de Dios en nuestras penas, y a mirar a Jesús en nuestros hermanos para no perderlo jamás por el pecado. Y si el pecado nos hace perderlo y olvidarlo, acompáñanos en el camino de regreso al templo santo de Dios, que es la Iglesia, para que allí lo encontremos viviente, eternamente sabio, ocupado de las cosas de Dios Padre, ocupado en las cosas del perdón, ocupado en la ciencia del amor.

jueves, 17 de abril de 2014

"Hoc est corpus meum, quod pro vobis tradetur"

Feria V in cœna Domini

Dios está siempre cerca de nosotros. Si por un instante Dios se apartara de nosotros, toda nuestra vida se disolvería en la nada. Dios está muy cerca de todas sus creaturas. Pero ha querido estar cerca de nosotros de maneras más excelentes. Fíjate bien, Cristo entró en el mundo en una noche de paz. El Verbo de Dios, luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, inició su sacerdocio en una larga noche, noche de nueve meses de vida oculta en el claustro virginal de María. Esa noche fue una larga noche de paz, en medio de las persecuciones y trajines humanos. En esa noche santa, muchos corazones se agitaban. El corazón de un tirano dio un vuelco de temor arrogante, mientras los corazones de unos pastores se estremecían de tierna alegría y las mentes de unos magos intuyeron una sabiduría inaudita. La profunda voz de Dios resonó esa noche como el llanto de un recién nacido. Y la noche del mundo se conmovió entrañablemente. Con todo, Cristo entró en el mundo en una noche de paz.
La Virgen Madre había tejido con el hilo de su sangre inmaculada la carne del Hijo de Dios, su primer vestido sacerdotal. Esa carne pequeña, esa casi nada, era la primer hostia del sumo y eterno Sacerdote: «Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes». Y cuando la Virgen Madre le daba un cuerpo que fermentaba como masa del Reino, Cristo sabía muy bien por quiénes iba a dar su vida y quiénes comeríamos de su cuerpo. Con toda verdad enseña el Crisóstomo que «los ladrones que comparten la misma sal no tratan ya como enemigos a aquellos con quienes comen, sino que basta la mesa para transformar sus costumbres y para hacer más mansos que los corderos a esos hombres que normalmente son más crueles que las bestias feroces. Nosotros, en cambio, sentados ante una gran mesa y gustando un alimento divino, nos armamos los unos contra los otros, en vez de unirnos, de tomar todos juntos las armas y arrojarnos contra el diablo». Cristo sabía de nuestros pecados, y sin embargo nuestras maldades no turbaron la paz de su noche amante. Y esa noche entregó su cuerpo en nuestras manos.
Hubo otra gran noche: la noche en que un discípulo se inclinó para escuchar el corazón del Maestro, la noche en que Dios se entregó en nuestras manos, la noche en que el hombre comió por vez primera el Pan de los ángeles. Ésa fue también una noche de paz. En esta noche Judas no duerme; corazones de otros tiranos tiemblan de temor; nuevamente se inquieta el tumulto de la mente de los sabios, tratando de adivinar la sabiduría de Dios que esconde su gloria detrás de su misterio: «Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?». Pero la sabiduría nunca lleva prisa: «lo comprenderás más tarde».
Ahora, antes de entregarse a su Pasión quiso, en otra noche de paz, iniciar su sacerdocio en nosotros. En esta noche santa, el Hijo de Dios miró con amor y eligió a cada uno de quienes habríamos de formar su cuerpo sacerdotal, buenos y malos. Sin perder la paz de su misericordia, Cristo nos eligió y nos hizo sacerdotes con su palabra de amor: «Cada vez que hagan esto, lo harán en memoria mía».
En estas dos noches Cristo pensó en ti y en mí. Piensa tú en él en esta noche, vela con él. Él ha velado siempre por ti, y ha anhelado desde siempre el poder estar más cerca de ti. Desde la noche en que Adán se alejó de la luz de la gracia, Cristo preparaba esta noche, noche en que el hombre vuelve a estar cerca de Dios, noche en que el hombre vuelve a nutrirse de Dios, noche en que el hombre toma la forma de Dios.

En estas dos noches, Cristo nos mostró la forma del amor. Cristo se acurruca, se dobla sobre sí mismo, como un niño en el seno materno. Cristo se pliega y repliega a los pies de sus discípulos para mostrar en su cuerpo entregado la forma del amor. El amor tiene forma de hombre puesto a los pies de sus hermanos. El amor tiene la forma de un Dios que se pone a nuestros pies. Tiene la forma de un niño que está a punto de nacer, porque en esta noche Dios está a punto de nacer y nosotros, que somos su cuerpo, naceremos con él.

domingo, 16 de marzo de 2014

"Et transfiguratus est ante eos; et resplenduit facies eius sicut sol, vestimenta autem eius facta sunt alba sicut lux"


II dominica in quadragesima


En una ocasión, Jesús enseñó a sus discípulos: «Han oído ustedes que se dijo: “Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo”. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos. Porque, si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludan tan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto».
En verdad, el Padre celestial es perfecto, y su perfección se manifiesta en que su sol brilla por igual sobre buenos y malos, y su lluvia cae igualmente sobre la tierra de los justos y de los injustos. Y la ley que recibió Moisés en la montaña, se transfigura en la montaña. Con toda verdad la Escritura dice que una «nube luminosa los cubrió». Porque la gloria de Dios no sólo ilumina con su claridad de sol la bondad y la justicia de los hombres. La gloria de Dios también es una nube que riega los campos en que germina la cizaña sembrada por la maldad y la injusticia de los hombres. Por eso la gloria es claridad y nube al mismo tiempo.
Dice la Escritura que en su transfiguración, el rostro de Cristo «se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve». Pero nada se nos dice de su cuerpo. La luz de la transfiguración manifestó la gloria que milagrosamente el rostro de Cristo ocultó desde su nacimiento. Gloria de Dios que no sufre. Gloria sin heridas ni rasguños. En efecto, no en la transfiguración, sino sólo hasta que el Señor Jesús se levantó, resucitado de entre los muertos, se nos dio a conocer por su carne traspasada. ¿Y cómo habría de mostrarnos si no que era él mismo? Él que había atravesado el abismo de la maldad humana, él que había sido torturado en la cruz, al levantarse resucitado, manifestó la gloria de la vida inmortal no sólo en la bondad de su rostro amado, sino también en la profunda oscuridad de sus llagas amantes. La gloria de la resurrección no sólo brilló sobre la carne de Jesucristo, esa carne inmaculada que María, José, y el discípulo amaron. No, la gloria también empapó como lluvia bendita sus negras llagas, surcos profundos en que nuestra maldad sembró el dolor, la injusticia, la maldad hasta la muerte. El Señor Jesús se nos dio a conocer en sus manos traspasadas y en su costado abierto porque éstas son las pruebas de la perfección de su divinidad que baña de gloria la carne pacífica, pero no le borra los inconfundible signos del dolor.
Moisés apareció en la transfiguración del Señor precisamente porque por medio de Moisés se nos dio la ley que decía: «Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo». Al transfigurarse el rostro de Jesús, la ley se transfiguró en él: «Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian».
En el último día, cuando Dios juzgue nuestra humanidad, ¿qué buscará en nosotros?, ¿qué transfigurará de nuestra carne? Precisamente nuestras manos perforadas, marcadas con la huella del habernos donado a nosotros mismos, de habernos vaciado en la entrega, de haber amado a nuestros enemigos, de haber hecho el bien a los que nos odian, de haber sido heridos por tanto dar. Transfigurará el Señor nuestro costado abierto de tanto dolor, nuestro corazón partido de tanto amor. Y buscará el Señor en nosotros las heridas que nos ha hecho el haber cargado con nuestro prójimo, el haber recorrido juntos un tramo de nuestro destino, el haber sido perseguidos y calumniados. Y no borrará nuestras heridas. Pues nuestra carne habrá recibido la perfección gloriosa del Padre celestial tanto en nuestra vida amada como en nuestras heridas vivas. Entonces nos manifestaremos en una única luz, la luz del Cuerpo de Cristo, eternamente amado y eternamente herido.

jueves, 6 de marzo de 2014

Cuitlauzina pendula



Cuitlauzina pendula es una orquídea epífita simpodial endémica de la región occidental de México. Se interpreta el nombre genérico Cuitlauzina referente al emperador Cuauhtláhuac, cuyo nombre significa «Águila sobre el agua». En efecto, la estructura de la flor asemeja a un ave que desciende, por lo que a menudo también es llamada «Orquídea del Espíritu Santo».
Es una orquídea que puede instalarse en raíces de helechos del género Polypodium. Requiere buena ventilación y riegos abundantes durante el verano; sin embargo, en el invierno hay que reducir al mínimo los riegos y colocarla en un sitio con baja humedad relativa. La vara floral nace en invierno junto con los nuevos pseudo bulbos que brotan, y que son particularmente sensibles a la excesiva humedad. La vara alcanza unos 20 centímetros y cuelga con unas quince flores.

sábado, 15 de febrero de 2014

"... et cum spiritalis desiderii gaudio sanctum Pascha expectet"


Terminados los días de gozo por la natividad y la manifestación del Señor, cantemos el último Aleluya en espera de la Santa Pascua de Nuestro Señor.

Cœlia triptera


Orquídea exótica, una de las pocas especies que componen el género Cœlia, distribuida en México, Guatemala y el Caribe. Requiere luz filtrada, humedad relativa alta todo el año, y como sustrato una mezcla de tezontle rojo y negro, corteza, fibra de coco y esfagno. En los meses de enero y febrero produce un capullo al pie de los pseudobulbos que eventualmente se abre para dar paso a una vara floral erguida que no rebasa la mitad de la altura de las hojas, con numerosas flores blancas diminutas de suave fragancia.