domingo, 22 de enero de 2017

Misa tradicional en Cuernavaca


Todos los domingos se ofrece el Santo Sacrificio de la Misa en la forma extraordinaria,
por el R. Dom Evagrio López Álvarez OSB,
en la capilla del Monasterio Benedictino, a las 16:00 horas.

"Venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum"

Dominica III per annum

Ayer alguien me contó que en una ocasión un monje recibió la grata visita de algunos viejos amigos de una conocida Orden religiosa, cuyo nombre omitiremos, por razones obvias. Con el debido permiso del abad, se reunieron en el locutorio del monasterio y comenzaron a platicar acerca de sus hazañas espirituales y temporales. Como suele suceder en muchos monasterios, el monjecito traía el corazón y el hígado convulsionados a causa de una serie de obediencias casi imposibles que su abad le había impuesto, por lo que curioso y quejumbroso les preguntó: «¿Ustedes tienen también problemas con el voto de obediencia?» Uno de ellos le respondió: «No, para nada, ¿cómo crees? Eso es ya cosa del pasado». El monjecito ya entrando en intimidad les comentó: «Nosotros todavía no lo hemos superado. Es que el abad siempre dice que es el voto más perfecto, y por eso el que más le agrada al Señor». Pero inmediatamente el otro religioso interrumpió con arrogancia y soltura: «Bueno, será el que más le agrada a él. Mira, nosotros somos muy democráticos, y no por eso dejamos de lado la majestad solemne del que manda. Fíjate. Antes de mandarnos algo, el superior nos reúne y nos escucha a todos, y cuando descubre qué es lo que queremos hacer, solemnemente nos lo manda—de hecho ahora mismo venimos de una reunión con el superior y nos ha mandado venir a instruir a los monjes retrógradas sobre las más modernas prácticas del pluralismo eclesial…»
El monjecito pensó entonces en su corazón: «¡Caramba! De esto se tiene que enterar el abad». Se asomó entonces por la ventana del locutorio, fingiendo que tomaba un poco de aire fresco para aliviar su apesadumbrado corazón y buscó con la mirada a alguien que pudiera ir discretamente a llamar al abad para presentarle a sus paradigmáticos amigos. Pero pronto sus pensamientos se paralizaron cuando distinguió en el pasillo del claustro a su exigente abad reprendiendo severamente a un joven monje. Se trataba del más despistado de los monjes, uno de esos jóvenes que nadie sabe bien qué quieren ni qué buscan, que suelen ser buenísimos cuando son buenos, pero cuando no, pues tienden a ir de mal en peor, y que francamente sin la ayuda y los empujones de la comunidad, todavía estarían pensando que su lugar en el cosmos no se los merece. Todo eso le vino a la mente en un instante y en ese mismo instante se preguntó en voz alta: «Bueno, si en la Orden de mis amigos todos hacen lo que quieren hacer, todos hacen lo que les viene en gana, ¿qué harán con los religiosos que no saben ni qué quieren hacer?» A lo que los religiosos respondieron: «Es muy simple, los hacemos superiores». El pobre monjecito ya nada más exclamó: «¡Recórcholis!» Es curioso, muchas veces el precio de la comodidad de hacer lo que cada uno quiere hacer es que quien manda no sepa qué hacer. Pero la Iglesia no es así.
Las palabras de Jesús: «Síganme y los haré pescadores de hombres» siempre me ha parecido una expresión rara, incluso de mal gusto. Además, por surrealistas podrían inspirar una buena imagen para una campaña ambientalista. Imagina una red de pescadores repleta de seres humanos, aplastándose unos contra los otros, tal vez sumergiéndose en el agua en vez de salir de ella, o no sé. Ser pescadores de hombres no suena nada fácil, porque supongo que cada hombre pescado querrá volver a la anchura y profundidad de su mar.
De un tiempo a la fecha he estudiado y observado muy bien cuanto sucede en el mar, en los arrecifes. Cada vez me convenzo más de que las leyes en el fondo del mar son muy crueles. Casi todo acaba por convertirse en alimento, vivo o muerto. Pero los peces aman su mar y en él sienten algo muy parecido a la libertad y a la felicidad. Entonces, sacarlos en una red para convertirlos en alimento parece una tiranía inadmisible.
Cuando Juan fue a dar a la cárcel, arrestado, apareció Jesús en el camino del mar, al otro lado del Jordán y predicó: «Conviértanse». ¿Pero, en qué? Pues en lo mismo que Juan. Juan era un pez de río atrapado en las redes de la cárcel de un tirano. Y ahora Jesús predica la misma conversión: «los haré pescadores de hombres». El evangelista al contar la hazaña no pudo dejar de recordar la profecía de Isaías: «se llenará de gloria el camino del mar, más allá del Jordán […] Porque tú quebrantaste su pesado yugo, la barra que oprimía sus hombros y el cetro de su tirano». Era una profecía de libertad; pero Juan acababa de ser arrestado, Jesús habla de una pesca de hombres, y por cualquier cosa, sus discípulos alistaban las redes.
Es que la Iglesia es una red que hay que remendar porque el pataleo y los manotazos que dan sus pescados los hombres mientras se convierten en alimento la rompen. Y así Dios cura las dolencias de los hombres a través del dolor. A través de la incomodidad de la obediencia y de la vida común, Dios cura la desobediencia y la soberbia. Porque precisamente la incomodidad de estar todos en la misma red es el precio de saber a dónde vamos y en qué queremos convertirnos. Porque el hombre que masticó su propia belleza al morder el fruto del pecado, sólo puede volver a la belleza de su libertad beata convirtiéndose él mismo en alimento, atrapado en las redes de la obediencia, de soportarse mutuamente, hasta la conversión en las lentas, ardientes y dolorosas brazas del amor.

domingo, 15 de enero de 2017

"...sed ut manifestetur Israel, propterea veni ego in aqua baptizans"

Dominica II per annum

Hace poco me acordé de un hipocondriaco que pasaba toda su vida de tratamiento en tratamiento para los síntomas de las enfermedades más improbables que uno se pueda imaginar. Cuando finalmente alguien le recomendó ayuda psicológica, frecuentó por varios meses a un terapeuta y finalmente contó orgulloso a sus amigos: «Ahora sí que he progresado, ¡finalmente estoy enfermo de verdad!» Es que su terapeuta, un poco agobiado por la sensación de impotencia que suelen suscitar los hipocondriacos en las demás personas, le había dicho que su actitud era verdaderamente enfermiza. Y así el hipocondriaco se complacía en confirmar su enfermedad y en hacer sentir a los demás que nada pudieron hacer por él.
Siempre me ha llamado la atención que los que practican supersticiones adivinatorias raramente cuando los consultas te dicen que todo está bien y que tu malestar no es nada de qué preocuparse, sino que simplemente es parte de las incomodidades y del precio de vivir. Normalmente los que juegan a adivinar y venden su juego, apenas dices que algo no va bien en tu vida, sentencian categóricamente que alguien te está haciendo un mal, un trabajo y esas cosas. Tal vez sería más veraz decir: «Usted no tiene nada, la vida es así», como aquel médico que cuando su paciente le dijo: «Doctor, hace días que no como ni duermo, ¿qué tengo?» Y su médico con una lógica aplastante le respondió: «Supongo que hambre y sueño». Pero tal vez tampoco ellos soportan la impotencia de decir que en eso no hay mucho que hacer.
Recuerdo que un amigo médico en una ocasión realizaba una cirugía y accidentalmente se cortó y entró en contacto con la sangre del paciente. No sabía que el paciente tenía una enfermedad contagiosa para la que a la época no había cura y por tanto, el desenlace sería fatal. Así que consultó a sus más arriesgados colegas para hacer todo lo posible por detener la enfermedad. Hicieron un plan, el más sensato que pudieron, y lo pusieron en práctica: vacunas, medicamentos, calmantes para los efectos secundarios, etcétera. Al cabo de algunos meses de muchas incomodidades causadas por el tratamiento, se sometió a nuevos estudios y la presencia de la enfermedad fue negativa. El médico que dirigía el tratamiento, al darlo de alta, le dijo: «Bueno, felicidades, hay una buena noticia: no estás enfermo. Y hay una mala noticia: Tal vez nunca lo estuviste». En todo caso, si hubiera estado infectado, habrían descubierto la cura.

Ver a Jesús ser bautizado por Juan en el Jordán podría resultar tan absurdo como uno que va al médico sin estar enfermo y se somete a su tratamiento sin requerirlo. Y, con todo, Jesús fue a bautizarse donde Juan bautizaba con agua. Suele pasar que cuando nuestro rostro se ensucia y luego lo lavamos, de nuevo nos descubrimos de algún modo, vemos cómo somos realmente, ya sin mugre ni polvo. Lo mismo hacía el bautismo de Juan, era agua que lavaba por el arrepentimiento el rostro de los hombres afeado por el pecado.  Y precisamente por eso cuando Jesús fue lavado, el agua manifestó su verdad, su misterio oculto. Juan lo explica: «he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel». Así que él no se lavó porque estuviera sucio, pero sí para manifestar su verdad. No fue al médico porque estuviera enfermo, sino para darse a conocer como la salud y remedio de cuantos vivían la mortandad nefasta del pecado. No fue al sacerdote para ser purificado, sino para manifestarse como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo por su sangre derramada. En él reposa el Espíritu y por eso su bautismo es para nosotros la medicina que no sólo nos lava, sino que nos hace participar de su salud que no se agota.

domingo, 8 de enero de 2017

"Ubi est, qui natus est, rex Iudæorum?"

In epiphania Domini

El seis de enero siempre me pareció uno de los días más bonitos del año. Con el tiempo me di cuenta que la Iglesia había establecido este día para celebrar la manifestación del Señor a los Magos contando doce noches desde la Navidad: así, el buen Dios, fiel a sus promesas regaló una noche bendita a cada una de las tribus de Israel y después de la duodécima se manifestó a todas las naciones. Sin embargo, desde hace algunos años es costumbre de algunas Iglesias celebrar la Epifanía, la manifestación del Señor, el domingo más próximo al seis de enero. La verdad este cambio no me gusta, más allá de los motivos teológicos y pastorales, por una mera cuestión sentimental. Y, ultimadamente, estética: el seis de enero es uno de los día más bonitos de todo el año.
En mis tiempos no se usaban globos para hablarles a los Reyes. Nosotros fuimos tres hermanos. La noche del cinco de enero, después de cenar, papá nos llamaba a los tres y se sentaba enfrente de una mesita, se ponía sus lentes y tomaba muy serio un viejo cuaderno de notas. Papá no era un hombre de letras. Las pocas veces que lo veíamos ponerse sus lentes y tomar un bolígrafo era para firmar nuestras boletas de calificaciones, orgulloso de tener hijos bien listos. Pero a la hora de escribir las cartitas a los Reyes Magos tomaba un severo aire de notario o de escribano público que nos hacía comprender que eso de escribir a Reyes era una cosa muy seria. Y más si eran tres. Escribía con una caligrafía amarrada, bonita. Y mientras, mamá sugería para mi hermana una muñeca que abriera y cerrara sus ojitos, un tráiler para mi hermano o un patito con ruedas para mí. Era tan buena para describir juguetes y la manera de jugarlos que siempre nos convencía de que lo que ella sugería era lo mejor y lo más divertido del mundo. Luego, ya puesto todo por escrito, papá arrancaba irreverente la hoja de su cuaderno y nos la entregaba a cada uno, como un recibo o un vale por toda la felicidad. Entonces doblábamos la cartita y la poníamos dentro de uno de nuestros zapatos.
La cosa de los zapatos siempre me pareció humillante. ¿Por qué un zapato y no un gorrito, por ejemplo? Debo decir que los Reyes nunca me pidieron que me portara bien o que estudiara más o que fuera el mejor, eso se los tengo que agradecer. Sólo pedían eso, un zapato. Y como todavía eran los meses fríos del invierno de mi tierra, no podíamos levantarnos de la cama sin zapatos. No teníamos más que un par de zapatos, comprados con el trabajo duro de mis padres, y nuestros zapatos eran viejitos, curvos, arrugados y raspados, ¿para qué querían los Reyes un zapato así? Y mero lo pedían el día en que más lo necesitaba.
Por orden de edad dejábamos la cartita en el zapato bajo la rama que cubría el Nacimiento y papá nos cargaba uno por uno para llevarnos a la cama, para no ir descalzos. Y al otro día, al despertar, nuestros zapatos ya estaban al pie de la cama, listos para ponérnoslos. Era la prueba de que el milagro se había cumplido. Los poníamos a toda prisa, y corríamos sin atar los cabetes.
Nunca vi a los Reyes. Es más nunca quise verlos. Hasta hoy sigo creyendo que las personas suelen ser invisibles cuando son más buenas. Pero ellos sí veían mi zapato, raspado y andariego. Conservo la idea de que el Niño Jesús por nosotros se hizo camino, y que nadie va al Padre si no es por él. Porque él es nuestro otro zapato, el zapato raspado que lleva la cartita de nuestros juegos, de nuestros sueños y de nuestros tropiezos. Gracias a ese zapato humilde era posible la inocencia y los regalos.
Con el tiempo aprendí a escribir y un día se me ocurrió algo genial. Escribí una carta secreta a los Reyes. No diré aquí lo que pedí porque era física y metafísicamente imposible. Lo recuerdo con risa y vergüenza. Tenía tanta confianza en los Reyes que sabía que ellos podían concederme cualquier cosa. Al fin Magos. Como imaginarán Ustedes, el operativo no funcionó. Sólo recuerdo que al otro día escuché a mamá y a papá hablar de inocencia. Y no entendí de quién hablaban. Tal vez hoy yo mismo lo llamaría ingenuidad.  Y sin embargo aún hoy sigo pidiendo cosas imposibles. Y sé que algún día se realizarán. Por ahora recorramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante. Corramos el camino de nuestra vida poniendo los ojos en Jesús autor y consumador de nuestra fe, poniendo, en fin, nuestros mejores deseos en Jesús, nuestro otro zapato.

domingo, 27 de noviembre de 2016

"...si sciret pater familias qua hora fur venturus esset, vigilaret utique et non sineret perfodi domum suam"

Dominica I adventus

Se cuenta que hubo un hermoso monasterio construido al pie de una montaña alta y escarpada. Por las ventanas de las celdas de los ermitaños que allí moraban se podía apreciar el espectáculo de rocas magníficas amontonadas para dar cuerpo a la montaña. Un día un huésped parlanchín pasó por el monasterio, curioseando en todo e inquiriendo acerca de cuanto veía a su paso. Mientras uno de los ermitaños contemplaba atento la montaña, el huésped vagabundo buscaba la ocasión de romper el hielo y trabar conversación con él. «Qué enormes son las rocas en la cima de la montaña». El ermitaño frunció la frente. Era un comentario tan obvio que no le pareció motivo suficiente para desgajar el silencio. Pero el forastero insistió: «¿Y nunca rueda alguna de esas rocas desde la cima de la montaña?» A lo que el monje respondió con un asentimiento. Y el peregrino preguntó: «No es que quiera parecer inquisitivo, pero ¿y qué hacen entonces los monjes en esos casos?» A lo que el ermitaño sonriendo respondió: «Procuramos vivir en gracia de Dios». Al otro día el huésped curioso se marchó. Era curioso, pero prudente. En verdad, cuando se vive en un monasterio así de hermoso, no queda más que procurar vivir en gracia de Dios.
«Así como sucedió en tiempos de Noé, así también sucederá cuando venga el Hijo del hombre… Cuando menos lo esperaban, sobrevino el diluvio y se los llevó a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. Entonces, de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada».
Al oír estas palabras del Señor, me vienen a la mente las palabras con que el Maestro Agustín explicó este pasaje: «Yo considero que llamó molino a este mundo, porque da vueltas como en una rueda del tiempo, que tritura a los que lo aman. Hay quienes no se apartan de las actividades del mundo, y sin embargo en ellas unos obran bien y otros mal; algunos en ellas se ganan amigos con las injustas riquezas, y serán recibidos por ellos en las moradas eternas. A ellos se les dirá: “Tuve hambre y me dieron de comer”. Otros descuidan esto; a ellos se les dirá: “Tuve hambre y no me dieron de comer”. Por eso, como de los que están metidos en los negocios y quehaceres de este mundo, unos se preocupan de ayudar a los necesitados, y otros lo descuidan, sucederá lo mismo que a las dos del molino: “una será tomada y la otra rechazada”».
Ahora bien, el Señor no ha querido ocultarnos el misterio de la suerte final de buenos y malos.  Pero no nos la ha dado a conocer para que nos complazcamos en ella. Sino como preparación para la lucha. Con toda verdad advierte San Agustín: «A cualquier profesión que te dediques, prepárate a soportar a los falsos; porque si no te prepararas, te encontrarás con lo que no esperabas, y te desanimarás o te disgustarás».
El Señor nos ha indicado cómo hemos de esperar su venida: «como un padre de familia que no sabe a qué hora va a venir el ladrón. Si lo supiera, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa». Porque si entra en la casa puede hacer daño a su mujer o a alguno de sus hijos. ¿Y quién quiere que eso suceda? No creo que alguien sensato tenga un su casa un hijo que pueda ser herido en caso de que el ladrón venga en la noche.
Hace poco escuché de un monje un pasaje de la vida de San Sabas. El santo monje tenía un discípulo muy vanidoso. Entre sus motivos de orgullo estaba el hecho de que sabía cocinar muy bien. De todos los huéspedes que llegaban al eremitorio esperaba siempre una felicitación por su destreza en la cocina. Un día San Sabas iba pasando por la celda del hermano y vio de pronto que una mano salía por la ventana y vaciaba una cacerola de habas. Es que el hermano era tan vanidoso que no soportaba que la comida tuviera alguna falla. Y si algo no era de su agrado, lo tiraba por la ventana. Dolido San Sabas, recogió las habas que el hermano había tirado. Las puso al sol para secarlas y las guardó con amor. Un día las sacó, las puso a cocer con especias y hierbas finas, e invitó a su discípulo a comer. Sorprendido el joven monje le dijo al anciano: «Padre, nunca había probado nada igual». Y el monje anciano le respondió: «Son las habas que tú tiraste».
Dios no ha dado a su Iglesia el permiso de desperdiciar nada. No hay vidas perdidas. No hay historias de las que Dios no pueda hacer algo mejor. Pero la Iglesia debe velar y estar preparada para que ocurra el milagro, para que la gracia transforme las habas rancias de nuestras vidas y haga de nuestras pobres migajas un único pan de eucaristía.
Hace algunas décadas apareció en el cine una película muy interesante. La historia se desarrolla en 1943. Romek, un niño judío polaco de doce años, cuyos padres fueron asesinados, es perseguido por el odio en la Segunda Guerra. El chiquillo va a parar a una aldea polaca donde un granjero lo acoge como si fuera un pariente lejano. Un sacerdote se encarga de instruirlo en los rudimentos de la fe cristiana. El chico oye al sacerdote predicar duramente sobre la salvación y la perdición, pero nada le convence. Hasta que un vecino lo delata y parece que la vida se le acaba. En un momento el sacerdote arregla las hostias para la Misa y, para calmar la tensión del momento, le ofrece los recortes al niño. El pequeño los mira con incertidumbre y se niega a comerlos. El sacerdote entonces le aclara que no están consagrados, son sólo recortes. Y el niño le pregunta: «¿Es que algunos somos sólo recortes que no estamos benditos ni consagrados por Dios?» Pero el sacerdote responde con la profunda serenidad de la fe: «Todos estamos benditos, porque todos somos migajas». Entonces el pequeño Romek toma los recortes y los parte con sus manos, recordando tantas vidas cortadas, imitando sin saberlo, el gesto eterno de Dios que por nosotros se hizo migaja. ¡Ven ya, Señor Jesús!

domingo, 20 de noviembre de 2016

"Iesu, memento mei, cum veneris in regnum tuum"

In solemnitate DNJC universorum regis

Le sucedió a San Agustín. El santo obispo caminaba por la orilla del mar meditando sobre el misterio de la santa Trinidad. De pronto, su mirada tropezó con un niñito que jugaba con una minúscula concha a meter todo el océano en un pocito cavado en la arena. Como el obispo le preguntara al niño qué era lo que hacía, el niño le respondió que estaba metiendo el mar en el pequeño agujero. Puesto que Agustín desde muy joven solía reírse de la ingenuidad y candidez de los juegos de los más pequeños, el asunto le causó risa. Pero el niño le replicó: «Tampoco tú podrás meter el misterio de la Trinidad en tu cabeza». De todos modos, Agustín terminó y publicó su bien conocido tratado, que entre otras cosas destaca lo bien que cabe la Trinidad en nosotros. A fin de cuentas, solemos llevar tantas cosas dentro de nosotros sin que parezca que estamos muy cargados. Alguien dice que «hay cosas que no caben en maletas, pero se llevan en el corazón». Y es que en el corazón caben muchas cosas. El corazón es como un pocito en la playa. Todo un mar cabe en él.
Fíjate bien, en la última cena, Jesús lavó los pies de sus amigos. Un gesto enamorado, incómodo, extraño. Se trataba sólo de hacer pasar agua de una jarra a una palangana. Y un amor inmenso de un corazón a otro corazón, sin otro medio que un pie. En cada pie, el agua que caía formaba una cruz con el amor que ascendía. Porque esta es la forma del amor.
Y de pronto, el Maestro lavaba dos pies muy amados. Eran unos pies andariegos, heridos de andanzas y ansiedades. Eran los pies de Judas. Eran los pies de un discípulo que alguna vez se había escandalizado por un perfume costoso, derramado en los pies del Maestro. Esta vez ya no dijo nada. Sabía que el Maestro era un frasco de alabastro, y su amistad, un valioso perfume. ¿Y él? Él era el más pobre de los pobres. Un traidor a quien el diablo le había dado por limosna la intención de entregar al Maestro. Judas no dijo nada. No se rebeló ni protestó. Era un rey ungido por el siervo más diligente que el mundo jamás haya conocido. Sólo al llegar a los pies de Pedro el silencio estalló como un frasco que se rompe. «¿Me vas a lavar tú los pies a mí?» A Jesús no le extraña. Muchas veces nuestra rebeldía es un signo de que hemos sido elegidos para la fidelidad. Y así el Maestro lava nuestros pies.
Al otro día, en la cruz, dos ladrones hablaban de sus vidas y de sus muertes como algo que algo que no podían llevar en el corazón, pero que había que meter en las maletas de la justicia, cerrar el velís y marcharse: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho». Jesús no cabía en el estrecho pozo de la justicia en que los dos malhechores entraban perfectamente. Era como querer meter el océano entero en un pocito. Por eso Jesús hizo algo muy grande. Estando en la cruz, inmóvil, fijo, hizo pasar el corazón creyente del ladrón arrepentido al paraíso de su propio corazón. Bastó un «Señor, acuérdate de mí» lleno de fe, para reinar en el corazón de Dios.

De pequeños todos supimos la triste historia de «un rey de chocolate con nariz de cacahuate, que a pesar de ser tan dulce tenía amargo el corazón. La princesa Caramelo no quería vivir con él, pues al rey, en vez de pelo, le brotaba pura miel. Aquél rey, al ver su suerte, comenzó a llorar tan fuerte, que al llorar tiró el castillo y un merengue lo aplastó». La verdad cuando trato de imaginar el castillo del rey de chocolate con nariz de cacahuate, me da claustrofobia. Bueno, es que en realidad era un rey poco convencional. Nosotros siempre hemos imaginado reyes poderosos con mantos de seda, púrpura y armiño, hermosas coronas y cetros y elegantes zapatillas. Pero un palacio que se desploma con el llanto del rey, eso sí que es una tragedia. El palacio del rey debe ser por eso grande y espacioso. Se me ocurre que sólo cuando el rey de chocolate con nariz de cacahuate desplomó con su llanto el castillo, pudo tener de verdad un palacio digno de un rey, tan amplio que «la princesa Caramelo a su paje Pirulí, lo mandó con el monarca a decir por fin que sí». En verdad, la majestad de los reyes no cabe en maletas; requiere algo más grande: se lleva en el corazón. Por eso Dios ha querido que su corazón sea nuestro castillo y nuestro reino. Y se ha hecho hombre para que nosotros nos hagamos pequeños y así pequeños entremos en la inmensidad de su corazón y reinemos con él.

domingo, 2 de octubre de 2016

"Adauge nobis fidem!"

Dominica XXVII per annum

Todo comenzó con una titulación en enfermería. Bueno, en realidad todo había comenzado mucho antes, pero por lo pronto comencemos desde allí. El día de su titulación, Sor Monjita no era más que una humilde discípula de Cristo, consagrada a Dios por los votos. Había abrazado con poca devoción y mucha ingenuidad la vida religiosa, y sabía casi nada de lo que Dios esperaba de ella. Era una pregunta que prefería dejar para después. Pero por esa extraña compasión que a menudo despiertan los despistados en el corazón de la Iglesia, había logrado avanzar y ahora acababa de recibir su título de enfermería. Tonta no era; despistada sí.
Iba de regreso de la Universidad al convento, cuando de repente unos fuertes gritos y alaridos la sacaron por la salida de emergencia de sus cavilaciones. Una mujer gritaba, y la ola de los curiosos la secundaban. Tendida en el suelo y con una prominente señal de embarazo, la mujer anunciaba a todos a gritos el prodigio. Y como nuestra monjita era más argüendera que enfermera—al menos tenía mucha más experiencia en eso—también comenzó a gritar: «¡Rápido, una ambulancia, llamen a un médico, una enfermera!» Este último grito llegó al fondo de su alma como moneda en alcancía de teléfono. Y le hizo anunciar a sí misma y al universo entero: «¡Yo soy enfermera!»
Bueno, no nos perdamos en los detalles. Al fin y al cabo todos sabemos muy bien lo que es venir al mundo. Todos lo hemos hecho ya alguna vez. En fin, el hermoso bebé nació. Y la orgullosa mamá se derretía de alegría como un helado bajo el sol, mientras la líquida y pegajosa dulzura agradecida fue a parar a las manos de nuestra monjita. Aquella feliz mamá era una mujer muy rica y poderosa, altruista, empeñada en el activismo por las mejores causas. Y su farándula le ayudaba en eso. Así que pronto se hicieron amigas la activista y su heroína. Juntas se propusieron salvar a la humanidad de los partos imprevistos, y comenzaron a soñar con crear una cadena de hospitales que tuvieran una sucursal cada dos cuadras… algo así como esas tiendas de golosinas y bebidas que aparecen por todas partes, más frecuentes que semáforos… por si se ofrece.
El primer obstáculo a vender era la madre priora. Esa mujer necia que nomás no entiende razones. ¿Cómo le iba a dar permiso a una de sus monjitas de involucrarse en un proyecto tan heroico, si nunca había confiado del todo en ella? Nunca había apreciado sus cualidades y por eso permanecían enterradas como un tesoro secreto en una isla desierta. ¿Cómo iba a entender que lo de nuestra monjita, lo suyo, lo suyo, eran los partos de emergencia? Al cabo la priora nunca iba a estar en una de esas, ¿cómo podría valorarla?
Así que nuestra monjita decidió abandonar el convento, crear un nuevo instituto e iniciar el proyecto totalmente innovador al lado de su nueva amiga. Juntas iban a conquistar el mundo. Para ahorrar tiempo, compraron una primer clínica, ya armada y equipada. «Esto urge y no hay tiempo que perder. Es una emergencia». Pronto llegaron los primeros pacientes, pero eran vecinos que venían a preguntar cosas sin importancia, sobre vacunas, resfriados, y muchas cosas de las que ninguna de las dos tenía idea. «¿Cómo le explico, señor, que ésta es una clínica para partos de emergencia?»
Bueno, pronto quedó claro. Hasta que comenzaron a llegar las primeras pacientes.  Exceptuando el caso de alguna que se fue sin pagar, otra que se quejó de muy mal trato, otra que decidió abandonar a su bebé, la clínica fue todo un éxito. No podían abrir todas las sucursales que soñaron, pero la clínica marchaba sobre ruedas. Y hasta algunas chicas se acercaron como voluntarias dispuestas a sumarse a los esfuerzos de nuestra monjita.
Pasaron los años. Un día nuestra monjita se levantó como siempre, a las cinco de la mañana, de muy mal humor. Rezó decepcionada y molesta porque algunas de sus hermanas no vinieron a rezar. Pensó que de todos modos hubiera estado irritada si todas hubieran venido. Había algunas a las que prefería no ver. Desayunó pensando en lo mal que sabían los jugos y desayunos saludables que preparaba su otra colega y mejor fue a una de las dos tiendas de la esquina a comprar unas golosinas y una bebida gaseosa con cafeína y más que azucarada, para despertar. Tenía un montón de partos que atender y se preguntaba si la gente no se cansaba de tener hijos. En su escritorio le esperaba una carta del obispo regañándola por alguna historia de maltrato. Y una demanda de alguna empleada despedida injustamente. En el corazón le guardaba rencor a muchas personas a quienes había ayudado y que de pronto se había venido en contra suya. Muchos a quienes les dio seguridades, trabajo, alegría, no le toleraron sus errores, su nerviosismo, sus neurosis que con la edad se le vinieron también encima. Tampoco entendía por qué se había echado encima la responsabilidad de tantas vidas, al punto de que si algo fallaba seria su ruina. Tenía que ser perfecta, pero muy pocos la apoyaban en ese camino. Lo que comenzó haciendo por un sueño se transformó en una pesadilla tan pesada que por eso se llamaba pesadilla. No entendía por qué el amor se había vuelto como sus guantes de látex. Algo que había que desechar después de cada consulta y se sintió traicionada por ella misma, por la vida. Entonces lloró. Lloró como aquel primer niño que vio nacer. Como aquella madre feliz y satisfecha, como aquella otra que perdió a su hijo, como tantas personas habían llorado con ella.
Fue a la Iglesia y escuchó el Evangelio que leía un joven sacerdote entusiasmado: «Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: “arráncate de raíz y plántate en el mar”, y los obedecería». ¿Qué tiene que ver un grano de mostaza con un árbol frondoso? ¿Y para qué sirve un árbol frondoso arrancado de raíz y plantado en el mar? Qué tontería, morirá sin que nadie pueda cortar sus frutos. Pero el joven sacerdote que leía lo decía con tal entusiasmo, que le pareció que daría su vida entera por tener una fe así de grandota… como el grano de mostaza. De pronto le pareció que el sacerdote envejecía mientras leía: «¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: “Entra enseguida y ponte a comer”? ¿No le dirá más bien: “Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú”? ¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación?»

La idea le pareció terrible, pero tuvo que reconocer que ésta era su propia vida. Y que hay dos tipos de fe. El primero es el de la fe pequeña: si tuvieras fe tan pequeña como un grano de mostaza, podrías, con la fuerza de tu sueño, arrancar un árbol frondoso y plantarlo en el mar, donde morirá y se corromperá, porque en el mar de los sueños hay olas suaves, informes e informales, pero allí un árbol no dura mucho plantado. Entendió que labrar la tierra o pastorear rebaños es algo muy real, tan real como la tierra que nos recibe con durezas y fatigas. Y por eso hay otra fe, mucho más grande, tan grande como un grano de mostaza. Es la fe que Dios nos da cuando le pedimos «Auméntanos la fe». Es la fe que labra la tierra y siembra el grano de mostaza, y una vez que se convierte el arbusto recoge la semilla y convierte el tallo en bastón para pastorear. Y usa la semilla para sazonar la comida del amo que está de regreso. Esa fe está más cerca de la pesadilla que del sueño. No es la fe espectacular que todos aplauden, sino la fe humilde, la de siervos inútiles. En esa fe por la que el mundo no nos ofrece nada en recompensa, en esa fe que nadie nos agradece, pero sin la cual el mundo moriría de hambre, en esa fe está escondido Dios. Cuando somos siervos inútiles que no hacemos más que lo que teníamos que hacer, entonces, es posible que entre las cosas de cada día, hayamos hecho algo increíble por ser algo más grande que los sueños, es posible que hayamos hecho algo imposible de no ser creído por ser tan real… y es posible que hayamos hecho algo meritorio por haberlo hecho simplemente por amor.