viernes, 7 de septiembre de 2018

Pie Iesu Domine, dona eis requiem

In Missa in sufragio pro R. Domno Benito Verber ON

Cuando conocí al Padre Benito, tenía un pavo real. Suelen los pavos reales volar recogiendo sus brillos en la fuerza de sus alas. Y en eso muestran, por el recogimiento de sus plumas, que son humildes cuando se elevan. Pero cuando posan por tierra, despliegan un circulo perfecto de plumas majestuosas. Así muestran que aman por igual a cada una de sus plumas y las despliegan con igual majestad a todas, orgullosos de cada una de ellas. Ningún otra ave tiene un amor tan equitativo y justo por sus plumas que el pavo real. Y por eso son imagen de Cristo, humilde cuando asciende y justo cuando ama.
Cuando conocí al Padre Benito, tenía algunos cuervos. Y bueno, pues los cuervos representan la sabiduría benedictina que acarrea lo que nutre y aleja lo que envenena. Los antiguos creyeron escuchar en el graznido de los cuervos las voces: «cras, cras». Y pues «cras», en latín significa «mañana». Así, el cuervo benedictino es pregonero del mañana, pues siempre que haya monjes esforzados en llevar alimento al claustro y en alejar de los monjes cuanto puede envenenarlos, siempre habrá un mañana.
Hace algunas semanas he visto un magnífico copón, adornado con bellos esmaltes y con aplicaciones metálicas en forma de águilas. En la tapa lleva una inscripción que explica el sentido de las águilas: «Ubi est corpus, ibi congregabuntur et aquilae», «Donde está el cuerpo, allí se congregarán las águilas». En efecto, esa hermosa palabra evangélica es ley para los corazones de los monjes. Pues así como las águilas no se nutren de carne muerta, sino que se elevan para buscar desde lo alto la carne viva que las nutre, así las almas amantes han de buscar el Cuerpo vivo del Señor, elevándose por la humildad y cerniéndose por el amor. Habrá que perseguir a Cristo, como el águila persigue la carne que le alimenta.
Cristo es un monje laborioso que lleva incansable el pan de su vida a los corazones que lo buscan y aleja de ellos todo veneno mortal. Como imitador de Cristo, el Padre Benito fue también un trabajador incansable. El trabajo fue para él cáliz de salvación, cáliz de la pasión del Señor, que bebió con Cristo hasta el final. El trabajo fue para él vino nuevo para dejar atrás todas las amarguras de la vida. No creo que haya una mejor manera de honrar su memoria sino siguiendo su ejemplo de diligencia en el trabajo y en la plegaria.
Curiosamente el Padre Benito usó también un cáliz hermoso, regalo de su mamá, cuya copa se apoya sobre una cruz de amatistas, que son las piedras de la fidelidad. Pues como enseñaron nuestros padres, «la disciplina claustral es la cruz de Cristo, y nadie es depuesto de ella sino muerto». Hace unos días escuché a alguien decir que un abuelo es alguien que tiene cabellos de plata y corazón de oro. Y nosotros muchas veces escuchamos al Padre Benito decir con lágrimas: «La vida monástica vale oro». De ese oro monástico había mucho en su corazón, junto con lágrimas y fuego.
En Santa María de la resurrección el Padre plantó algunos árboles que él llamaba algarrobos. Pues siempre se sintió un hijo que añoraba la casa paterna, aun viviendo en este monasterio. Tal vez ahora, en el claustro del cielo, que es el corazón abierto de Cristo, tal vez ahora añore esta casa materna. Y puesto que ha imitado a Cristo en sus labores, y lo ha abrazado a través de la muerte como manojo de mirra, vuele al cielo como águila y como cuervo amigo vuelva a dispensar el pan de la intercesión y despliegue las alas de su protección sobre todos nosotros.
Todos soñamos un mejor monasterio, una comunidad mejor. Sé que no fui el mejor hermano ni el superior que él hubiera deseado, y pues quisiera pedir perdón y decir gracias, con el gracias de Cristo, que transforma nuestra insuficiencia en pan de vida y de bendición. En la mesa santa en que Dios sirve y es servido comulgamos juntos el perdón de Dios y su amor, que es él mismo. Imitamos juntos sus misterios y los realizamos para bien de la Iglesia. Sea el amor justo del Señor, nuestro pavo real y divino, lo que nos lleve a todos juntos a la vida eterna.
Requiem æternam dona eis, Domine. Et lux perpetua luceat eis.
Requiescat in pace.

domingo, 8 de abril de 2018

" Infer digitum tuum huc et vide manus meas et affer manum tuam et mitte in latus meum"

Dominica in albis

Suelen nuestros sentidos emparentarse con las señales del mundo. Nuestras manos palpan el frío, el calor, la aspereza o la suavidad; nuestro olfato percibe aromas agradables y otros olores menos gratos; nuestro gusto experimenta la bendición del buen sazón que Dios pone a nuestro alcance para nutrir nuestra vida con alegría. Y bien sabemos que nuestra percepción de estas bondades tiene como fin acercarnos a lo que más nos conviene y alejarnos de lo que nos hace daño. Por ello nuestra sensibilidad difiere de la de las otras creaturas. He visto flores hermosas con olores muy nauseabundos. Y en torno a esas flores siempre hay moscas y otros insectos que encuentran agradable ese olor. Algunos insectos vuelan frenéticamente y se ciernen constantemente en flores de orquídeas de las que manan delicados aceites cuyo aroma nosotros apenas si lo percibimos. Y los bigotes del gato lo alejan de la exquisita seriedad del calor de una buena taza de café.
A veces, sin embargo, nuestra percepción de lo que nos conviene se ve limitada. Y entonces, en un mundo lleno de señales, no podemos con naturalidad ver lo que hay que ver, oír lo que conviene, sentir lo que nos rodea. Cuando esto sucede, un sentido viene a ocupar el lugar del que falta. Así, la vista se vuelve escucha para quien no puede oír, y el tacto se vuelve visión para quien no puede ver.
Dios hizo al hombre para que percibiera en el mundo las señales de su amor. De modo que cada perfume, cada color, cada sabor, cada caricia fueran una señal del deseo de Dios de que nosotros vivamos verdaderamente. Y cuando Dios se hizo hombre, experimentó convenientemente la perfección de este amor. El cuerpo de Cristo, formado milagrosamente de María Virgen era perfecto. Como el vino de Caná se formó milagrosamente mucho mejor que cualquier otro vino elaborado naturalmente, así la sensibilidad de Cristo fue perfectísima por haber sido formados sus miembros por la virtud de un milagro.
Así pues, el Señor gustó la perfección del amor contenida en el delicado sabor del pan caliente amasado con dulces pasas por las manos sabias e irreprensibles de su madre. Y conoció muy bien el sabor picante de una comida en casa de un fariseo escandalizado por el amargo llanto de una mujer de moral dulzona. Miró profundamente el corazón del pobre joven rico. Escuchó muy claramente los cuchicheos de los discípulos que discutían por el camino quién era el más importante de entre ellos, y sintió el tembloroso manoseo de una mujer enferma que vino detrás de él para arrancar de la orla de su manto la potencia de un milagro, mientras se dirigía como médico experto a palpar el pulso de una niña que todos daban por muerta.
En la cruz, el Señor experimentó el dolor como nadie jamás podría hacerlo. La perfección de sus miembros y el excelso poder de su divinidad hicieron del dolor de su muerte un fuego poderosísimo apoyado en una frágil zarza que no se consume. Un dolor acérrimo labró la carne del Señor, esculpiendo la eterna imagen del amor con espinas, clavos y lanza. En nada quiso dejar de sentir. Y al probar vinagre y hiel gustó toda la amargura que ha mordido nuestra humanidad desde que Adán probó la desobediencia. Sus oídos escucharon blasfemias, el vociferar de falsos testigos. Y esas calumnias eran la peor tortura para el que dijo: «Yo soy la verdad». Todo fetidez era el lugar de la calavera, donde se corrompían los cuerpos de los malhechores. Y el único perfume que consolaba sus sentidos era la inocencia de María. Sus lágrimas eran néctar sagrado para consolar sus amarguras. Pero al mismo tiempo, ver a María su Madre y junto a ella al discípulo que el Señor tanto amaba, era el dolor más cruento para la mirada del Señor. Así, sufriendo en la perfección de todos sus sentidos, quiso el Señor dejar en nuestra humanidad un nuevo sentido, sus llagas victoriosas. Sus llagas preciosas son el sentido de la divina misericordia, el sentido de la gloria, el sentido de la vida inmortal, el sentido que percibe todo aquello de lo que está lleno el cielo.
Toca las llagas del Señor aquel que por la fe escucha la voz del Padre que lo proclama su Hijo amado. Toca las llagas del Señor aquel que por la caridad lo reconoce como su señor en el último, en el más pequeño. Toca las llagas del Señor aquel que no desespera de su misericordia.
La divina bondad, desde que el Señor labró sus llagas en nuestra humanidad, ha dispuesto que de todas nuestras heridas, de todos nuestros dolores, de todas nuestras angustias y enfermedades podamos hacer una puerta al cielo. Por la gloria de la resurrección del Señor, el umbral de nuestro dolor es el umbral de nuestra gloria.
Pastor bueno, acuérdate de este día, que tú hiciste, consagrado con tu gloriosa resurrección. No tengas en cuentas mis pecados, oh Bueno, y guíame por los senderos de la vida, para que tu pueblo se alegre contigo. Consérvame perpetuamente, oh Santo, en el honor de tu santo servicio y en el temor de tu Nombre, tú que brillas sereno, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos.

jueves, 29 de marzo de 2018

"Panem angelorum manducavit homo"

In cœna Domini

Cuando Dios se hizo hombre, la Virgen incontaminada lo vistió de carne inmaculada. De modo admirable, el fuego que incendia de gloria los cielos descendió al corazón de la Madre de Dios y en sus entrañas se nutrió de ella sin consumirla. Y así como el fuego transforma en pan el trigo amasado con agua, así el fuego divino convertía en pan la sangre purísima de la Virgen fiel.
Belén significa «casa del pan», pues así fue proféticamente llamada la ciudad de David, en honor del verdadero Rey de Israel, Cristo el Señor. Allí el pan de los ángeles bajó del cielo y los ángeles cantaron su gloria y su paz en medio de nosotros. Fíjate bien. Cuando los árboles producen sus frutos, suelen ser los mejores los que están más elevados. Maduran primero porque están más cerca de la luz y las aves del cielo los alcanzan sin dificultad. Pero las aves no sólo aman los frutos que los árboles elevados les ofrecen generosos. Suelen los pájaros picotear también las migajas con que los hombres los alimentan. Y saltan de gozo queriendo arrancar con sus picos los trocitos de pan con que luego alimentarán también a sus polluelos. Con todo, los pájaros no encuentran el pan en ningún árbol. No es un alimento que ellos puedan buscar en las alturas. Más bien tienen que bajar a la tierra y recoger del suelo las suaves migajas que caen de las manos de los hombres. Algo así sucede con los ángeles. Con toda sabiduría y fe David cantó: «El hombre comió pan de ángeles», refiriéndose al misterioso maná. Pero tras el maná se ocultaba la promesa del verdadero pan de los ángeles. En Belén, en un pesebre lleno de espinosas pajas, los ángeles contemplaron a aquel que los nutre con la claridad altísima de su gracia. Pero no lo contemplaron en su excelsa altura, en el resplandor ardiente de su gloria inmensa, sino como migaja caída de la mesa de los hijos, como grano de trigo caído por tierra, rodeado de rubia paja.
En el desierto Dios alimentó a su pueblo con pan celestial para mostrar la promesa del pan con que habría de alimentar a su Iglesia. Así, alimentado con el amor de los amores, su pueblo santo, en el desierto del mundo, vive del fuego. Con toda verdad un Maestro dice que así como suelen los leones en el desierto alimentar su rugido con el ardor del sol, de manera que, cuando rugen, de algún modo es el ardor mismo del sol el que invisiblemente emite su fragor, así el fuego sagrado nutre a la Iglesia. Y así, al nutrirse la Iglesia en la mesa santa, devora al fuego invisible que hace temblar al infierno.
Pero Dios no sólo quiso llevar a su Iglesia al desierto para hablarle y nutrir su corazón.
Dios, en efecto, tomó nuestra carne formada del barro. Y como sembrador amoroso trabajó con fatiga nuestra tierra. Con la escarda de las espinas apartó los abrojos de los pensamientos e intenciones de nuestros corazones, y con el arado de los clavos y de la lanza surcó nuestras obras muertas. Así hizo brotar flores de sangre en la tierra reseca de nuestra humanidad. Y como la abeja no acalla su zumbido hasta que entra en la flor, así el alma cristiana no encuentra reposo hasta que penetra en las flores de sangre de esas llagas preciosas, en las que se oculta el néctar de la vida divina. Esas flores son el verdadero maná que lleva oculta la savia vital que hace vivir de vida incorruptible nuestra tierra. Quien bebe de ella, se embriaga de aquella mansedumbre que lo hace digno de recibir como herencia la tierra de su carne resucitada.
Hoy el Señor, en esta noche santa, nos dejó su amor como alimento. Nos lo dejó transfigurado en la ternura del pan y del vino. Pan para el desierto y vino para el paraíso de paraísos. Más no nos podía dejar, pues en el sacramento de su amor se nos ha dado todo. En el desierto del mundo y en el paraíso del cielo la Iglesia se nutre de amor. Come amor divino. Bebe amor divino. Porque come y bebe a Dios mismo.
Queridos hijos, queridas hijas, en tiempos de Noé, cuando Dios quiso purificar el mundo, abrió las compuertas del cielo e hizo llover el diluvio. Noé se refugió en el arca, junto con todas las creaturas que Dios quiso preservar. Cuando llegó el tiempo en que el diluvio cesó, después de una cuaresma, Noé abrió una ventana y envió un cuervo, imagen de los contritos de corazón, que al no encontrar donde posarse volvió al corazón del arca. Entonces envió Noé una paloma, que representaba a los puros de corazón, y que tampoco halló donde posarse y volvió para que, apoyada en el brazo firme de Noé, pudiera entrar de nuevo en el arca. Siete días después, envió Noé de nuevo una paloma que luego volvió con una hoja de olivo en el pico, signo de la paz de Dios. Esta hoja de olivo representaba místicamente la pasión del Señor de la que habría de brotar el aceite de perdón, aceite de misericordia, aceite de paz, aceite de Espíritu Santo. Cristo, en efecto, dice la Escritura, «en los días de su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas, al que podía librarlo de la muerte, fue escuchado a causa de su temor reverente». Así, pues, al cesar el diluvio de sus lágrimas amantes, la Iglesia vuelve al corazón del arca apoyándose sólo en el poder del brazo extendido de Cristo. Su mano la conduce al arca de su corazón traspasado, sagrario de sus divinos tesoros. Seca sus pies con la toalla limpísima del firme mandato del amor mutuo. Y vuela entonces la Iglesia hasta la cruz, prensa sagrada del amor de Dios, en que Cristo, nuestro olivo, entrega su aceite. De la cruz recibe la Iglesia el óleo del Espíritu Santo con que han sido ungidas las manos apostólicas. Con este óleo de Espíritu Santo esta noche el Señor ungió nuestras manos para el honor de su santo servicio, a fin de que consagremos con ese mismo óleo los corazones creyentes como altares y templos del Espíritu de Dios y hagamos brillar en ellos la integridad de la fe, y de curar con ese aceite las heridas del combate espiritual de su Iglesia, donándole la paz que brota del amor resucitado, del perdón pascual.
Pastor santo, acuérdate de mí, por la dulzura de tu dolorosa pasión. 

domingo, 25 de marzo de 2018

"Et angariant praetereuntem quempiam Simonem Cyrenæum venientem de villa, patrem Alexandri et Rufi, ut tolleret crucem eius"

Dominica palmarum

Dice la Escritura que cuando Dios quiso manifestarse a su pueblo, se apareció a Moisés en el desierto. Moisés vio algo asombroso. Una zarza ardía sin consumirse. Y quiso acercarse para ver qué era eso. Cuando estuvo cerca, Dios le ordenó descalzarse pues estaba en tierra sagrada y allí le manifestó el ardor de su Nombre. El fuego divino reposó acariciando las espinas de una zarza. Pero los abrojos no pudieron sofocarlo. Y tampoco la gloria devoró la fragilidad de la zarza, porque en la trenzada violencia de sus espinas quiso anidar el amor.
Dice también la Escritura que en tiempos de Noé, cuando Dios quiso purificar el mundo, abrió las compuertas del cielo e hizo llover el diluvio. Noé se refugió en el arca, junto con todas las creaturas que Dios quiso preservar. Cuando llegó el tiempo en que el diluvio cesó, después de una cuaresma, Noé abrió una ventana y envió un cuervo, imagen de los contritos de corazón, que al no encontrar donde posarse volvió al corazón del arca. Entonces envió Noé una paloma, que representaba a los puros de corazón, y que tampoco halló donde posarse y volvió para que, apoyada en el brazo firme de Noé, pudiera entrar de nuevo en el arca. Siete días después, envió Noé de nuevo una paloma que luego volvió con una hoja de olivo en el pico, signo de la paz de Dios.
Voló el curso de los tiempos, hasta que un día un hombre volvía del campo, un cierto Simón de Cirene. Y es que el campo representa místicamente al mundo. Apareció cargando con Cristo la cruz de nuestra salvación. De él era imagen la paloma que habría de volar por los campos del tiempo y del mundo, y en él ahora volvía al arca santa, no ya con una hoja de olivo, sino trayendo consigo la vara maestra para construirle un nido al amor.
Una multitud con ramos de olivo y hojas de palmera trenzaron y trenzan hoy el nido del amor. Hoy el amado vuela del desierto para anidar con su amada en el santo paraíso de su pasión, desplegando para ella todas las riquezas de su amor. Entregándose al sueño de la muerte, el amado reposa como manojo de mirra en el corazón de la amada Iglesia, exhalando tesoros de gracia y misericordia.

Pues, con verdad una Maestra enseña que así como los pájaros cuando se enciende en ellos el celo del amor buscan una viga alta, y al encontrarla ponen en ella su nido rodeándose de débiles pajas, así hemos de subir al árbol santo de la cruz poniendo ante nuestros ojos la fragilidad de nuestros pecados. Y como manojito de mirra han de esconderse en nuestro pecho las amarguras de la pasión del amado y de su muerte perfumada de amor inmortal. Anidemos pues con Cristo en la zarza ardiente de su pasión y de su amor que no se consumirá jamás.

jueves, 1 de febrero de 2018

Les chats

Les amoureux fervents et les savants austères
Aiment également, dans leur mûre saison,
Les chats puissants et doux, orgueil de la maison,
Qui comme eux sont frileux et comme eux sédentaires.

Amis de la science et de la volupté
Ils cherchent le silence et l'horreur des ténèbres;
L'Erèbe les eût pris pour ses coursiers funèbres,
S'ils pouvaient au servage incliner leur fierté.

Ils prennent en songeant les nobles attitudes
Des grands sphinx allongés au fond des solitudes,
Qui semblent s'endormir dans un rêve sans fin;

Leurs reins féconds sont pleins d'étincelles magiques,
Et des parcelles d'or, ainsi qu'un sable fin,
Etoilent vaguement leurs prunelles mystiques.

Charles Baudelaire

domingo, 31 de diciembre de 2017

"...et loquebatur de illo omnibus"

In festo Sanctæ Familiæ DNJC

Un bien conocido escritor mexicano mientras jugaba con sus nietecitos se detuvo un instante para observar un nido de golondrinas: «Llega la golondrina madre, se posa sobre la sabia alfarería de su nido y me mira como diciendo con orgullo: “¿Qué tal, eh?” Yo no soy menos. Con mis dos nietos de la mano le digo a ella en igual tono: “¿Qué tal, eh?” Pienso esto: Dios nos está mirando a todos—a las golondrinitas y a su madre; a mis nietos y a mí; a la tierra con todas sus criaturas y al mar con sus pescaditos; a la espléndida vida generosa—y le dice también a alguien: “¿Qué tal, eh”?»
Es que el mundo entero es una gran obra de alfarería en la que Dios anida. Fíjate bien, cuando Jesús nació, la mirada humilde y pura de María se elevó en un alto nido de misterios. En sus ojos había ya nacido una inocente chispa de la luz desde que el ángel le habló de la encarnación de Dios. Y ahora la luz nacía escondiéndose en pequeñez humana. Pero sólo Dios—no los ángeles ni nadie más—podían ver toda la profundidad, sabiduría y belleza del misterio del amor de Dios hecho niño. Cada latido, cada respiro, cada puchero del pequeño balbuciente embriagaba el corazón del Padre. Porque cada vez que el pecho del pequeño se elevaba por la suavidad de un respiro y descendía exhalando la suave brisa de su aliento, lo hacía por amor y obediencia al Padre. Por amor nuestro, la gloria de Dios exhalaba su suave brisa en el aire común que todos respiramos. Y el Padre miró al mundo con un amor que susurraba: «¿Qué tal, eh? ¡Cuántas veces quise cobijarte como la gallina a sus pollitos!»
El mismo Maestro afirma: «En el cielo, según es bien sabido, hay varias jerarquías. Están los ángeles y los arcángeles, los serafines y los querubines, los tronos, las virtudes, los principados, las potestades y las dominaciones. También están los santos: las vírgenes, los mártires, los confesores. Todos ellos se la pasan cantando eternas alabanzas al Señor. Hay, sin embargo, otro departamento aparte. Ahí se encuentran los más felices entre todos los bienaventurados. Son los abuelos y las abuelitas. Se la pasan hablando de sus nietos. Para ellos eso es el paraíso».
Y en parte tiene razón. Tal vez María y José amen entrar en ese lugar. Allí estarán Simeón y Ana. Esos dulces ancianitos que recibieron con amor al Niño cuya espera hacía tiempo mantenía vivo el latido de sus corazones. Y así hemos visto a Dios vivir entre nosotros. Dos ancianitos no dejaban de hablar del Niño porque lo amaban con amor de abuelos y eran así la suave imagen del amor del Dios ancianito que no cesa de hablar de su Hijo amado.
Suele decir nuestro Maestro: «Si hubiese sabido antes lo que es ser abuelo, habría tenido primero a mis nietos y luego a mis hijos». Y con inspirada prudencia un poeta cristiano invoca a María: «Virgen Madre, hija de tu Hijo», pues Dios ama a María con la dulzura de amor con que se ama a la hijita de un hijo muy amado. Y ama a su Hijo hecho hombre con el amor inmenso de quien ama al hijo de su hija. Y con ese amor nos ama a todos.
Pero si es cosa de ancianitos no dejar de hablar de sus nietos, san José no dijo nada. Toda una vida junto a María y Jesús y ninguna palabra. Tan cerca del misterio y ninguna disertación. Mil preocupaciones y ninguna cartita de amor que dejara nada en claro. José no dijo nada. Su silencio eran besos, caricias, brazos elevando al cielo al Dios niño que ríe cuando de él hablan los entendidos, palmaditas en la espalda para premiar la ciencia y el arte del hacedor de todo.
Fíjate bien. Cuando el Príncipe de los Apóstoles, Pedro, vio la gloria de Dios sobre el monte Tabor, todo fuera de sí exclamó: «¡Qué bien se está aquí, hagamos tres chozas!» Evidentemente el santo pescador era muy hogareño, a pesar de que vivía flotando en una barca, de acá para allá. Nos sorprende en cambio que Simeón, que frecuentaba mucho el templo, y que tal vez se la pasaba más a gusto allí que en su casa, cuando vio al Salvador exclamó: «Ahora deja ir a tu siervo en paz». Simeón apenas vio la Salvación de Dios y ya se quería ir… ¿A dónde? Pero si la cosa apenas comenzaba…
Simeón, habitaba en Jerusalén, que significa Ciudad de paz, cuando fue conducido al templo por el Espíritu, para que tomara en sus brazos al trofeo de su oración, de sus brazos tanto tiempo levantados. Y fue el Espíritu que moraba en el corazón de Simeón el que lo condujo al templo para que él, que conocía ya al Verbo eterno como Verdad y Vida, lo conociera ahora como Camino. «¡Miren cómo el Señor en su bondad nos enseña el Camino de la Vida!» Por eso dice Simeón: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz», que es como si dijera: «Señor, qué bien se está aquí, en tu Ciudad de Paz, donde marchamos libres y pacíficos, llevando al Niño de nuestro amor en nuestros brazos, trofeo de tu victoria».
Pero el buen Pedro no pensaba todavía en la Ciudad de Paz, sino en la seguridad de la Iglesia peregrina, que todavía está en camino hacia la Jerusalén del Cielo, hacia la Ciudad de Dios. Esta Iglesia salmodia, y acompasa su marcha con un ir y venir, como una barca en el mar, que las olas llevan y traen. Sube con la humildad, baja por la soberbia; se acerca al puerto con el soplo suave de la caridad, se aleja con las borrascas de las discordias.
Pedro es todavía un padre, no un abuelo, y aún tiene que construir las chozas de la Iglesia para socorrer al indigente, para consolar al afligido, para compartir las lágrimas y el dolor de los que sufren, y abrir la puerta a quienes quieran entrar, para custodiar la lealtad y hospedar la misericordia y la compasión. Pues la Iglesia aquí en la tierra aún es hospital de campaña. Hasta que llegue el día en que, desaparecida toda miseria y todo dolor, habitemos en la Ciudad de la Paz, morada del Espíritu Santo. 

domingo, 29 de octubre de 2017

"In his duobus mandatis universa Lex pendet et Prophetæ"

Dominica XXX per annum

Un Maestro enseña que en una ocasión un caballero poderoso dio una moneda por amor de Dios a un pobre que le pedía limosna. Pero como al instante se acercó otro que también le pedía, no quiso darle más nada de lo que tenía de sobra. Entonces el pobre que recibió la moneda compró un pan y dio la mitad de su pan al pobre que no había recibido nada. Cuando el caballero lo supo, mucho se maravilló de que aquel pobre tuviera mucho más caridad con la única moneda que tenía, que él con toda su riqueza. En efecto, Dios se hizo nuestro pobre por amor nuestro para convidarnos de su pobreza. Porque nosotros necesitamos más compartir la pequeñez que la grandeza. En las pequeñas cosas de cada día, en los pequeños gestos de amistad, en la pequeña migaja del pan cotidiano recibimos la grandeza de la caridad y del amor.
Un poeta cuenta que hay una isla en la que habitan todos juntos los sentimientos humanos. En una ocasión un sentimiento de miedo hizo pensar que la isla entera se hundiría. Así que cada sentimiento quiso ponerse a salvo. Desvalido y pobre estaba escondido el amor cuando vio marcharse al orgullo en un gran barco cargado de riquezas y que rompía olas vacías como su alma. No había espacio para el amor ni en las olas ni en el barco. Luego vio marcharse a la tristeza, en un pequeño bote, sola, y tampoco con ella había lugar para el amor, pues ella, en el fondo de su barca, no anhelaba más que estar sola. Enseguida se puso en marcha la ira, empujada por la cobardía. Juntas emprendían una fuga de fuego y de viento, pues la ira es fuego pero la impulsa el aliento frío de muerte de la cobardía. En un barco alegre, lleno de bailes y festejos partió la felicidad que entre tanta bulla se marchó también sin el amor. En fin, cuando el amor estaba totalmente abandonado, cuenta el poeta, un ancianito le tendió la mano. Y, sorprendido, el amor preguntó al anciano quién era. Y al ver su sonrisa infantil, comprendió que era el tiempo, pues sólo el tiempo no abandona al amor.
Pero yo les digo, que el tiempo se lo lleva todo, pero el amor no abandona al tiempo, porque el amor es eterno y quien ama ha cumplido ya todos los tiempos, todas las leyes, todo con Dios. «Ha nacido de Dios y conoce a Dios».
Sin embargo, son tan pocos los que no abandonarían jamás la caridad. Pero quienes la aferran son dueños de Dios, aunque no tengan del mundo más que pequeñeces de cada día. Con toda verdad un Maestro cuenta que en una ocasión un joven preguntó a un sabio ermitaño: «¿Por qué la caridad se ha perdido tanto y se multiplica la crueldad?» A lo que el ermitaño respondió contándole: «Hijo mío, en una ciudad había un obispo que era muy avaro y el príncipe de aquella ciudad era muy malo y cruel; pues en ambos flaqueaba la caridad y los poseía la crueldad. Todos los hombres de aquella ciudad recibían mal ejemplo, por lo que también en ellos menguaba la caridad y crecía la crueldad. En aquella ciudad había un varón de vida santa, hijo de la caridad, y que era pobre en cuanto a los bienes temporales, pero era rico en los espirituales. Un día ocurrió que el príncipe y el obispo cabalgaban juntos y pasaban por el camino en que estaba el santo varón. El santo varón, cuando los vio, dijo gritando que en ellos había muerto la caridad y que la crueldad se había apoderado de sus almas. Aquel santo hombre fue apresado y golpeado y llevado a la cárcel, donde estuvo mucho tiempo por las palabras que había dicho a los enemigos de la paciencia, la humildad y la caridad».
Meditando esas palabras que el ermitaño le dijo, el joven repasó las calles de su aldea en las que había visto la crueldad de los avaros que llenaban sus casas de bienes que no tenían más utilidad que encender envidias y ambiciones, ya no pudo reconocer sonrisas porque la crueldad acabó por poner en los rostros la mueca de la burla. Y vio una guerra cruel entre dos ejércitos que habían abandonado los campos de batalla para combatir dentro de los hospitales: era la guerra de las madres ansiosas de destruir a sus hijos. Recordó la crueldad de quienes abandonaban toda lucha por mantener vivo el amor, y se dio cuenta de cuánta culpa hay en quienes dejan morir la caridad, sofocada por la exuberancia de la crueldad. El joven sintió deseos de gritar a la gente de su tiempo, como el santo varón del que le habló el ermitaño, que eran hijos de la crueldad, pero sintió miedo de ser castigado con insultos e injurias y finalmente guardó silencio, convencido de que él mismo tampoco era hijo de la caridad. El miedo y la tristeza lo habían convencido de abandonar a su madre, la caridad. Pues la crueldad también tiene por hijos al miedo y la tristeza.