lunes, 18 de enero de 2016

Misa tradicional en Cuernavaca


Todos los domingos se ofrece el Santo Sacrificio de la Misa en la forma extraordinaria,
por el R. Dom Evagrio López Álvarez OSB,
en la capilla del Monasterio Benedictino, a las 16:00 horas.

domingo, 17 de enero de 2016

"Tu servasti bonum vinum usque adhuc"

 Dominica II per annum

Normalmente nosotros pensamos que las grandes personas que encontramos en la vida tienen un ciclo de esplendor que luego comienza a declinar hasta que se apaga. Es natural que las personas virtuosas en cualquier arte o ciencia, con el tiempo vengan a menos y tengan que aprender el duro arte de dejar y de perder. Muy pronto en la vida entendemos que lo mejor de nosotros se acaba, y que «todo mundo sirve primero el vino mejor, y cuando los invitados ya han bebido bastante, se sirve el corriente». Por eso es mucho más fácil emprender nuevas aventuras que permanecer fieles a nuestra propia historia. Es más fácil cuidar de un niño que de un anciano. El niño está lleno de promesas, lo mejor aún está por llegar; pero de nuestra vejez raramente esperamos algo mejor. La vida y el tiempo se llevan muchas cosas y sólo nos traen a cambio el vino corriente de los buenos recuerdos. Por fortuna muchas veces anda por allí la felicidad, agazapada, escondida, como una niña pequeña, para enseñarnos la alegría del vino corriente, de las cosas simples, de lo de cada día. Y así, bien o mal llevamos a término la fiesta de la vida.
Pero cuando Dios arma la fiesta, las cosas no son así. Cuentan los santos Padres del desierto que en una ocasión Dios le envió un ángel a un santo abad para que le hablara de un flautista que tenía deseos de santidad muy parecidos a los suyos. Se trataba de un hombre que en su juventud había sido muy malo, deshonesto y ruin, y entregado a una vida disoluta. Un buen día comprendió ese hombre que había hecho mucho daño y decidió apartarse de su mal camino. Se dedicó entonces durante varios años a recorrer los bosques tocando su flauta como para devolver al mundo algo de la armonía que con sus malas acciones le había robado. Hasta que se encontró con el monjecito. El santo abad quiso entonces saber cuáles eran las obras buenas que adornaban el alma de aquel hombre, pero él solo recordaba haber salvado a una monja de las manos de unos ladrones y haber pagado alguna deuda de un pobre matrimonio que estaba a punto de ir a la cárcel por no poder pagar. El monjecito reconoció que este loco flautista, a pesar de todo, había sido instrumento de la providencia divina, pero le pareció demasiado poco lo que había logrado en todos esos años y lo exhortó a seguir a Cristo en la vida del monasterio. El hombre, que tenía sus flautas en la mano, las tiró al instante, y transformando su armonía musical en melodía espiritual, siguió al padre al desierto. Tras practicar duras penitencias por tres años con todas sus fuerzas, esmerándose en ocupar todo el tiempo restante en elevar himnos y oraciones, un buen día emprendió finalmente su camino hacia el cielo, y descansó en paz uniéndose al coro de los santos y de los ángeles. Pues bien, de esto aprendió el santo monje que en las cosas de la gracia siempre se puede ir más lejos, siempre se puede mejorar. Que Dios no hace rebajas ni descuentos, y no se conforma con lo que hay. Dios nunca ofrece un vino corriente después del buen vino.
Personalmente, lo que siempre me ha sorprendido del milagro de Caná tiene que ver con el tiempo. Un buen vino no se produce en pocas horas. Se requieren años desde el cultivo de la vid hasta la maduración del caldo. Y en un instante, Jesús transformó el agua en muy buen vino para una boda en la que ya no había con qué alegrarse. Lo peligroso aquí es no notar la procedencia. Muchas vidas perdidas no encuentran acogida cuando buscan una posada para encontrarse a sí mismas. Y a veces cuando alguien quiere cambiar de vida no encuentra nadie que le crea. Estamos tan acostumbrados a que lo que sigue es siempre peor, es siempre vino corriente, que nos cuesta creer que en poco tiempo Dios nos ofrezca buen vino donde antes sólo hubo lágrimas y fatigas. Pero las cosas de Dios no acaban igual que las de los hombres. Su gracia crece en nosotros y transforma, a veces incluso en un instante, lo que todos nuestros años no alcanzan con sus propias fuerzas. Las cosas de Dios tienen un vino mejor reservado para el final. Lo importante es saberlo gustar. Saber estar atentos porque Dios puede actuar. Con toda verdad una Maestra espiritual dijo que el amor a Dios es como un fuego que un hombre enciende, al inicio le hará llorar el humo, pero una vez encendido le dará claridad, luz y calor siempre más grandes. 

miércoles, 6 de enero de 2016

"Vidimus enim stellam eius in oriente et venimus adorare eum"

In Epiphania DNJC

Miró Dios nuestra tierra. Vio cuanto había creado. Y no todo era bueno. Eligió un pesebre y hoy brilla el pesebre. Brilla porque la Virgen Madre, la Virgen prudentísima, lo enciende como lámpara con el aceite de la caridad. El pesebre tiene aceite virginal de amor y arde porque en él reposa el gran fuego del cielo, el esposo que llega a la mitad de la noche. Belén es un cielo, y el pesebre un astro que enamora la mirada de Dios Padre. Dios, que siempre había recorrido las oscuras noches de los hombres, buscando su corazón, hoy tiene una luminaria en la noche del mundo. El pesebre es su estrella, su gran lámpara de bodas. Y unos Magos miran al cielo. Y en su profunda negra noche descubren una estrella, reflejo pálido en el cielo de la estrella que Dios mira en el suelo.
Dios, cuando hizo el mundo, había puesto en su firmamento el sol y la luna para separar el día de la noche y para que sirvieran de señal de las estaciones, días y años. Y luego hizo las estrellas para que alumbraran sobre la tierra. Así separó la luz de las tinieblas. También en la noche santa de su manifestación, Dios puso su sol ya no en el cielo, sino sobre la tierra para separar una vez más la luz de nuestras tinieblas. Porque nuestra tierra está entenebrecida de muerte. Muerte que humedece nuestros caminos de sangres, llantos y sudores. Así mojándose, la tierra se oscurece. Pero cuando Dios la baña de luz y de lluvia, todo reverdece.
Pues bien, los Magos vieron surgir la estrella del Niño y fueron de prisa a adorarlo. Pero al llegar a Jerusalén, el brillo de una ciudad mundana les ocultó la estrella. Entonces el tirano llamó en secreto a los Magos para que le hablaran de la estrella y los mandó a Belén a buscar al Niño, como le habían indicado  los sacerdotes y escribas que conocían bien las profecías. Un gran pecado ensombreció el alma del tirano, pues sabiendo guiar a los sabios hacia Dios, comenzó a destruir la vida de muchos infantes. Destruyó sus vidas con la misma insensatez de quien quiere mudar las estrellas, desviarlas de su trayectoria.
Y es que tal vez las estrellas están en el cielo para mostrar que nuestras vidas son caminos de esperanza que se ocultan de día y Dios las reenciende en la noche. Tal vez Dios puso en su cielo millones de estrellas que nuestros ojos poco notan para recordarnos en las noches que el cielo no nos olvida. Que cada hombre tiene una trayectoria en el pensamiento de Dios, pues Dios no deja de pensarnos. Pero nosotros muchas veces queremos detener la trayectoria que Dios ha fijado a los hombres, no dejándoles nacer, arruinándoles la vida, impidiendo sus caminos, cegándoles el paso, derribándolos con proyectiles de muerte.
Una estrella anunció fiestas nuevas, estaciones, días, años. Una estrella anunció nuevo verdor en nuestra seca paja. Esta estrella es el reflejo de Dios hecho hombre, de un Dios que llora, sangra, suda en la tierra por salvar al hombre de sus dolores, maldades y fatigas. Abre los ojos y mira, mira las estrellas del cielo.  Y no olvides que el fuego de la gracia Dios lo ha puesto hoy en el suelo, para incendiar constelaciones de estrellas con los corazones de todos los cristianos. Abre pues los ojos porque el fuego de Dios hoy camina contigo. La estrella de Belén brilla hoy en el corazón de cada cristiano y se hace camino hacia Dios. Síguela con nuevos ojos, con nueva esperanza.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Puer natus est nobis et filius datus est nobis

In Nativitate Domini
Prima Missa ad nocte

Esta noche el llanto de un niño estremece la tierra. Las entrañas de la tierra se resquebrajan. Porque un niño llora y su llanto las despierta. Ese llanto llega a la tumba de Adán, el lejano padre del linaje humano. La tumba se quebranta y el alma del antiguo padre se agita inquieta. Adán sabe de llantos porque fue el primero que lloró. Y sin embargo, el llanto que escucha es nuevo y hace temblar su alma. Ese llanto es música del cielo. Desde la región de los muertos Adán escucha al Niño que ha nacido.
Las pequeñas manos del Niño apenas si aferran los dedos de José, el carpintero. Son manos en que aún no cabe el clavo de la crueldad humana, pero cabe ya en ellas todo el amor y la misericordia de Dios. La Virgen incontaminada y prudente besa ahora con labios puros el rostro que un día será besado por labios traidores. Y alimenta con su vida al que un día nuestra maldad hará beber hiel y vinagre. Allí en Belén llora el que morirá en la cruz. Llora el amor. Ese llanto es medicina para nuestros siglos de dolores.
Y el Niño ríe, y su risa embriaga los cielos, hace una efervescencia de estrellas, enciende el gozo de los ángeles. Nunca la risa de uno de los hijos de Adán había alegrado tanto el cielo como lo hace la risa de este Niño. Y Adán llora conmovido porque al fin uno de sus hijos ríe con verdadera felicidad, con felicidad de cielo, con felicidad divina. Llora porque le sonríe desde la cuna, con sonrisa de tierno Niño, el que llorará por él en la cruz.
Esta noche santa es noche de llanto y de risa, noche de dolor y de amor. Y todos los sueños y anhelos de los hombres ya se cumplen porque Dios se ha dejado vencer por su amor hacia los hijos de Adán. Dios había deseado tanto esta noche.
Un nuevo paraíso es el pesebre. Un nuevo río de llanto lo riega y muy pronto hará reverdecer la seca paja. Un río de llanto nuevo llega hasta el corazón marchito de Adán. Un nuevo paraíso es el pesebre. Y el misterioso árbol de la vida se levanta risueño en él, jugando a hacerle cosquillas al cielo. El Niño es el nuevo árbol de la vida, adornado con perlas de sangre y luces de sudor y fatiga, frutos hermosos a la vista y agradables para nutrirse de ellos. Adán lo contempla desde la muerte y eleva una súplica. Adán reza: «Por el misterio de tu encarnación, por tu nacimiento y por tu infancia, por toda tu vida consagrada al Padre. Por tus trabajos y tus fatigas, por tu predicación y por tus largas horas de camino, por toda tu vida entregada a la salvación de los pecadores. Por tu agonía y tu pasión, por tu cruz y tu desamparo, por tus angustias, por tu muerte y tu sepultura. Por tu santa resurrección y tu admirable ascensión, por el don del Espíritu Santo, por tu triunfo eterno y tu gloria, sálvanos, dulce Niño de nuestros pecados»

domingo, 22 de noviembre de 2015

"Ego in hoc natus sum et ad hoc veni in mundum, ut testimonium perhibeam veritati"


In solemnitate DNJC universorum Regis

Había una vez, una reina muy vanidosa que gobernaba un inmenso país. Los habitantes de aquel lugar no eran felices y ella tampoco. Pero para ocultar su desdicha, la reina llenó de vanidad su palacio. Todo era lujo y esplendor. Una numerosa servidumbre se encargaba de los más pequeños detalles de la sala de banquetes, y muchas doncellas atendían el cuidado personal de la reina. La reina fue coronada cuando tenía pocos años, y por ello era caprichosa y berrinchuda. Sólo lo que a ella le gustaba le parecía bueno, y lo que no le gustaba lo consideraba tonto y absurdo. Era tan egoísta que en ocasión de los grandes banquetes que celebraba, todos sus invitados debían ir vestidos de una etiqueta tan rigurosa como ridícula: unas veces como payasos; otras, disfrazados de animales exóticos. Todo con tal de no competir con la elegancia de su reina. En su jardín había flores de muchas formas y colores, y cada maceta era cuidada escrupulosamente día y noche por los jardineros reales. Todo debía aparecer impecable y pulcro, dado que la reina recibía constantes visitas importantes que venían a maravillarse de su esplendor.
La reina era hermosa, pero todos le temían. Un buen día preguntó a sus consejeros qué faltaba en su palacio. Todos guardaron silencio, y la reina sonrió satisfecha, pensando que en verdad no faltaba nada en su palacio. Para provocar un poco más a sus consejeros les dijo: «Premiaré con un tesoro y grandes honores al que descubra qué falta en mi palacio». Todos guardaron silencio, pues temían desagradar a su reina. Hasta que uno de ellos se atrevió a decirlo: «La felicidad, Majestad, falta la felicidad». La reina se sintió ofendida, y le preguntó con arrogancia y sarcasmo: «¿Y cómo piensa Usted que podemos obtenerla? ¿Hay algún rico país del que podamos traerla en caravanas de camellos y elefantes, pagando por ella con nuestro oro y diamantes?». Pero su consejero le dijo: «Es muy simple, Majestad, cásese con un príncipe feliz y él le dará la felicidad, y todo su reino será feliz a causa de su felicidad».
A la reina le pareció muy astuto su consejero y muy sagaz su respuesta. Así que decidió anunciar a todos los reinos de la tierra que estaba dispuesta a casarse. Muchos príncipes y reyes vinieron de los confines del mundo a proponerle matrimonio y a ofrecerle compartir con ella la grandeza de sus reinos, pero ella los desdeñaba a todos, considerándolos de poca alcurnia, limitados en riqueza, disgustosos. Ninguno la satisfizo. Por fin un día apareció un joven príncipe que a ella le pareció muy apuesto. Pronto sintió fascinación por él y algo en el frío océano de su corazón le dijo que como una flota de barcos había llegado la felicidad a su reino. Los latidos en su pecho y las mariposas en su estómago no podían equivocarse. Y su mente vanidosa le insinuaba complacida: «Ahora sí ya no va a faltar nada en tu reino. Serás la única reina que tiene todo en su palacio».
Tal era su vanidad que no dudó en contarlo a sus consejeros. Pero uno de ellos, el más osado, fue a contarle al príncipe los sentimientos de la reina. Éste se sintió profundamente dolido por haber sido tomado como un objeto más de la colección real y quiso poner a prueba el corazón de la reina. Así que una noche, en una cena espléndida, el príncipe le dijo: «Majestad, soy muy feliz de anunciar esta noche, ante tan distinguidos invitados, mi deseo de proponerte matrimonio. Pero antes de unir nuestras vidas y ser felices juntos, quiero pedirte una gracia especial para uno de mis más leales siervos. En mi reino hay un hombre sin más nobleza en su sangre que las muchas veces que ha derramado la suya por salvar la mía en el campo de batalla. No tiene oro ni plata, pero el arado con que labra la tierra de la que saca el pan con que nutre a mis pobres vale su peso en oro. No tiene piedras preciosas, pero su corazón es un tesoro por sus virtudes. Nada se corrompe ni se pudre en su alma, pues no sabe guardar odio ni rencor. No viste con más fasto que una túnica teñida y perfumada con tierra, sangre y sudor. Dime, amada reina, si un hombre así no debe ser recompensado por tu Majestad con una esposa de tu dignísimo reino. Por ello, antes de unir nuestras vidas propongo que mi leal siervo sea recompensado con una esposa. Pero como él es maestro de virtudes y ama enseñar e instruir, propongo que se case con la mujer más vanidosa de tu reino. Así él le enseñará con gozo a buscar lo que verdaderamente vale en la vida y dónde está la verdadera felicidad».
La reina, sobrecogida, asintió con un gesto preocupado, pero solemne. Por todo el reino se buscó sin descanso a la mujer más vanidosa, pero no había más que sencillas amas de casa, esposas modestas de campesinos, costureras y tejedoras de hermosas telas y ricos abrigos que vestían sobriamente, maestras serviciales y acogedoras.
Por fin, cansados, tuvieron que decir la verdad: «No hay mujer más vanidosa en todo el reino que su Majestad». La reina temió no poder cumplir lo convenido; pero ante la presencia de los invitados venidos de todas partes del mundo, no podía faltar a su palabra. La felicidad se alejaba de su reino a grandes zancadas y tuvo que correr a su recámara para llorar allí amargamente.
Cuando llegó el día de la boda, la reina aún no había visto al fiel lacayo del príncipe con quien contraería matrimonio. Esperaba que fuera alguien que pudiera llenar de ilusiones su corazón como lo había hecho el príncipe. Pero no fue así. Apenas lo vio, sintió terror. Estaba bien feo, feo. Bueno, feo era poco. Para consolarse, trató de recordar todo lo que el príncipe había dicho de él, pero nada calmaba la intranquilidad de su corazón y quiso salir huyendo, aunque el miedo a faltar a su palabra la armó de valor. Estaba vestido con una túnica vieja recién lavada de manchas de tierra, sangre y sudor. No llevaba más insignias que una lanza, y en la cabeza una incómoda diadema espinosa. El corazón de la reina dio un vuelco de terror; pero algo en su corazón le hizo saber que podía amar a ese hombre por todo lo bueno que de él había dicho el príncipe. Así que contrajeron nupcias y por un momento a la reina le pareció ver en sus ojos la belleza de la mirada de su amado príncipe. Y en su sonrisa pronto descubrió la lección: el príncipe se había disfrazado para casarse con ella, la mujer más vanidosa del reino.
Queridos hijos e hijas, el Señor Jesús, rey del universo ha querido desposar nuestra vanidad orgullosa y egoísta. Y para ello ha querido mostrarse el más noble de los príncipes de la tierra, asumiendo la condición de siervo, para enseñarnos lo que verdaderamente vale en la vida. Así, «sin figura ni belleza, despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, acostumbrado a sufrimientos, como uno del que se aparta la mirada», se presentó y sigue presentándose a las bodas de su amor para enseñar a su Iglesia el camino de la verdadera felicidad que es el amor y el dar la vida. En cada uno de los pequeños, de los enfermos, de los necesitados, en el hermano difícil, en la miseria del pecador, Cristo sigue presentándose a desposar nuestra vanidad. Anda, no desprecies a Cristo esposo, síguelo hasta la gloria, síguelo hasta el amor.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Beati


In solemnitate omnium sanctorum

Había una vez una bruja que hacía pócimas y hechizos extraordinarios. Tenía recetas mágicas para lograr cualquier cosa, y sabía hechizos que nadie más en el mundo conocía. Era tan famosa que todas las brujas del mundo querían robarle los libros que contenían todos sus secretos. Era una bruja perfecta. Bueno, ni tanto. Tenía un gran defecto: era muy desordenada. Pero a ella le daba lo mismo, porque cuando necesitaba algo que no encontraba, lanzaba un hechizo y aparecía. Su hechizo para localizar cosas perdidas era infalible. Bueno, no tanto. Un día notó que con los años estaba perdiendo la memoria, así que comenzó a buscar entre sus muchos recetarios un viejo libro que contenía el conjuro para recuperar la memoria. Vagamente recordaba que el libro tenía tapas oscuras. Como no sabía dónde lo había puesto la última vez que lo había usado, quiso aplicar su hechizo para encontrar las cosas perdidas; pero esta vez le falló y la bruja no lograba comprender qué había pasado, porque según ella había aplicado el mismo conjuro de siempre.
Entonces un ratoncito que vivía con ella, y que en otro tiempo había sido un niño, se subió a una mesa y le dijo: «Señora Bruja, no es el hechizo lo que  falló, sino que no buscas el libro correcto». A lo que la bruja replicó: «¿El libro correcto? ¿Y cual es el libro correcto? Madre mía… ¡estoy perdiendo la memoria!» El ratoncito entonces le propuso un trato: «Si me conviertes otra vez en niño, te ayudaré a poner en orden todo esto y a buscar la receta que necesitas para recuperar la memoria. Puedes hacer un hechizo para cerrar la puerta para que no me escape mientras buscamos el libro, pero cuando lo hayamos encontrado, me dejarás volver a la casa de mis padres». La bruja accedió, hizo el hechizo para cerrar la puerta y convirtió al ratón de nuevo en niño.
Juntos se pusieron a ordenar todo aquel desastre. Pero, como la bruja ya casi no tenía memoria, olvidó que precisamente estaban buscando el libro donde estaba el conjuro para recuperar la memoria. Cuando al fin acabaron de ordenar todo, el niño le pidió a la bruja que le abriera la puerta, pero ella lo traicionó, fingiendo no recordar más nada, y lo volvió a convertir en ratón.
En poco tiempo, la bruja volvió a tener su laboratorio mágico tan desordenado que era imposible encontrar algo. Y cuando la bruja se dio cuenta de que no encontraba lo que necesitaba, intentó otra vez lanzar el hechizo para encontrar cosas. Pero todo fue inútil, lo había olvidado, y tampoco tenía a la mano la receta de la pócima para acordarse de las cosas. Intentó buscar los libros, pero aquello era un auténtico desastre.
Entonces la bruja vio pasar al ratoncito y lo llamó a gritos. Le prometió una vez más que lo dejaría marchar como un niño normal si le ayudaba a recoger todo aquello. Al ratoncito le pareció bien, pero le propuso a la bruja: «Debes convertirme en niño otra vez para que pueda ayudarte a poner orden, pero esta vez, antes de arreglar tu desorden yo mismo voy a devolverte la memoria. Cuando encontremos el libro correcto yo mismo voy a preparar la pócima para que recuerdes todo».
Así lo hicieron, cuando el niño halló el libro, que en realidad era de doradas tapas, y que contenía la receta de la pócima para recordar lo olvidado, él mismo la preparó. Pero exageró de tal modo los ingredientes que unas veces ponía demasiado y otra veces demasiado poco. Un poco más de lágrimas, menos piedras preciosas; más gotas de sangre, menos hojas de laureles; más tinieblas, menos tibieza… en fin, la bruja bebió al fin la pócima de la memoria rápidamente, más bien distraída en planear cómo volver a estafar al niño y convertirlo otra vez en ratón. Pero conforme iba haciendo efecto la pócima, ante su memoria comenzó a desfilar una muchedumbre de recuerdos… ¡y todos tenían un rostro! Recordó los numerosos niños que convirtió en ratones, los príncipes que transformó en sapos para que recibieran escobazos por doquier y alejarlos así de sus virtuosas prometidas, recordó las enfermedades con que cubrió a los jóvenes y la miseria en que sumió a los ancianos. Todos pasaron por su memoria atormentándola, y la bruja no hacía más que implorar una pócima para el olvido.
Queridos hijos e hijas. Hoy la Iglesia celebra la memoria dichosa de todos aquellos hermanos nuestros que atravesaron la gran tribulación y la oscuridad de la vida. De todos los que triunfaron del embrujo de la muerte y del pecado. Muchos de ellos pasaron grandes fatigas antes de obtener la victoria. Algunos de ellos salieron heridos y cayeron muchas veces en el combate, y hasta tuvieron que curar sus heridas y purgar sus impurezas por el fuego. Pero una vez purificados, liberados del desorden del diablo, gozan de gran recompensa. Para eso Dios se hizo niño. Para eso Dios se hizo hombre: para hacernos herederos de una gran recompensa. Y aunque el diablo quiso encerrarlo en las trampas de la muerte, nada pudo contra el que pone en paz todas las cosas. Todos ellos triunfaron porque poseían los ingredientes de la pócima para recordar lo olvidado: pobreza, mansedumbre, llanto, hambre y sed de justicia, misericordia, limpieza de corazón, trabajo por la paz, persecución. Éstos son los ingredientes que Dios puso en cada uno de sus santos, como en frascos de especias preciosas, y los escribió en una receta luminosa, que es el Evangelio. Ésas son las obras que Dios recuerda siempre con amor y fidelidad. Las obras que Dios premia y que atormentan la memoria del diablo. Pongámoslas pues por obra con la ayuda divina.