viernes, 17 de octubre de 2014

Misa tradicional en Cuernavaca


Todos los domingos se ofrece el Santo Sacrificio de la Misa en la forma extraordinaria,
por el R. Dom Evagrio López Álvarez OSB,
en la capilla del Monasterio Benedictino, a las 16:00 horas.

domingo, 12 de octubre de 2014

“'Amice, quomodo huc intrasti, non habens vestem nuptialem?'. At ille obmutuit".


Dominica XXVIII per annum

Hace poco hablaba a nuestros novicios acerca del sentido de nuestro hábito monástico. En primer lugar, nuestro hábito es una modesta ermita que sirve para el recogimiento y la separación del mundo. Es una clausura que impide que nuestros pasos se extravíen por caminos erróneos. Es un claustro que peregrina con nosotros a donde quiera que vayamos. El hábito de los monjes es un don que se recibe. No se compra en ningún negocio del mundo. Su estilo anacrónico, fuera de época, más que a una moda nos une a los Padres que nos precedieron, nos hace hermanos herederos de una tradición que recorre los tiempos cristianos.
El hábito es también un signo de Cristo, en quien está oculta toda nuestra vida, pues cuando él pasó por nuestra vida y nos vio—los últimos de sus hermanos—desnudos de su gracia, se compadeció y nos vistió de su divinidad bendita. Cristo es nuestro vestido. Él es nuestra vida y nuestra gloria, como dice el Apóstol: «Ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vida de ustedes, se manifieste, también ustedes serán manifestados con él en la gloria».
Pero hay otras razones para amar el hábito monástico. Un monje que usa el hábito no tiene ya que preocuparse por lo que ha de vestir. Busca más bien el Reino de Dios y su justicia. Recuerdo que alguna vez he visto el cambio de caracol de un cangrejo ermitaño. Los ermitaños, como es bien sabido, son cangrejos un poco particulares. Cambian de exoesqueleto como los demás cangrejos, pero utilizan un caracol vacío para cubrir su blando vientre. Por ello, cuando llega el tiempo en que han crecido, se vuelven muy vulnerables, y encontrar la concha adecuada resulta cuestión de vida o muerte. Incluso, como los ermitaños en realidad viven en colonias, muchas veces tienen que pelear con otros cangrejos por la misma concha. Y bien, cuando finalmente encuentra la concha que le ha de servir de ermita, el cangrejo se muda rápidamente y recomienza la vida. Luego irá a las bodas.
Fíjate bien, normalmente cuando se asiste a una boda hay muchos detalles que cuidar. Y entre los muchos detalles hay que responder a la pregunta que surge implacable: «¿Qué me pongo?» Cada invitado debe cuidar con esmero su mejor aspecto. La elegancia y la distinción son normas naturales a la hora de elegir qué ponerse. Pero es siempre un alivio ponerse a pensar que no podemos ir mejor vestidos, con más formalidad y pureza que los novios. Esto es ya una ayuda para no tomarnos demasiado en serio. «El siervo no es más que su patrón». Ahora bien, seguramente más de uno de nosotros se esmeró mucho en elegir su ropa esta mañana. Si después de todo descubriera que entre los presentes alguien viene vestido exactamente igual probablemente se sentiría incómodo. En una boda real nadie querría ir vestido igual que otro invitado. Pero lo que tienen en común los vestidos de los invitados es que todos deben tener al humildad de no ser tan majestuosos como el vestido de los novios. Es que el vestido de los invitados a bodas es la humildad. Pues bien, hoy escuchamos una parábola acerca de un hombre que entró a una boda sin llevar el vestido de bodas. Y nos espanta la severa inspección del protocolo y la etiqueta. Al menos ha de tranquilizarnos el saber que no tenía que ir mejor vestido que nadie. Sólo necesitaba un traje de fiesta. Igual que el que prefirió su campo y no fue a las bodas, igual que aquel que no quiso ir por atender sus negocios, igual que los que se echaron encima de los criados y los mataron, el hombre que no tenía traje de bodas no tenía humildad. Su silencio mudo era arrogancia y orgullo. La arrogancia con que se mata a los niños en el seno materno, pequeños criados de Dios que no hacen otra servidumbre que venir a invitarnos a las bodas de Dios. El orgullo con que se prefiere un campo mundano sembrado de venenos. La arrogancia de negocios insaciablemente sucios.
Por eso el Apóstol San Pablo nos instruye acerca de la humildad con que hemos de vestirnos para las bodas de la caridad: «Yo sé lo que es vivir en pobreza y también lo que es tener de sobra. Estoy acostumbrado a todo: lo mismo a comer bien que a pasar hambre; lo mismo a la abundancia que a la escasez. Todo lo puedo unido a aquel que me da fuerza». Así pues, sabiéndonos hijos de Dios, vistamos humildemente la infinita riqueza de su amor.

domingo, 28 de septiembre de 2014

"Amen dico vobis: publicani et meretrices præcedunt vos in regnum Dei"

Dominica XXVI per annum

Se cuenta que en el terrible desierto de la Tebaida, donde los monjes entablaron encendidas batallas contra el diablo, hubo una mujer de gran virtud conocida como María Egipciaca. Pero María no siempre estuvo allí. María llegó al desierto después de una larga aventura. Ella en su vida pasada había abandonado su hogar para entregarse a la prostitución en Alejandría y así pasó diecisiete años.
En cierta ocasión oyó decir que una gran caravana emprendería un peregrinaje a Tierra Santa para celebrar allá la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz. Entonces pensó ella que sería una buena oportunidad de divertirse y decidió unirse a la caravana. Durante el camino se dedicó a distraer a cristianos incautos y poco piadosos, que más o menos fácilmente se dieron al desorden y la impiedad. Después de varios días así, llegaron finalmente a Jerusalén y entre risas y bromas María también quiso entrar en la iglesia del Santo Sepulcro; pero para su sorpresa, al intentar entrar en el templo de Dios, sintió una fuerza que la empujaba hacia afuera. Lo intentó de nuevo, y otra vez se encontraba ante las puertas de la iglesia, y una vez más con todas su fuerzas y todo fue inútil. No podía entrar.
Despechada cayó en la cuenta de que nunca antes nadie la había rechazado y un profundo dolor embargó su corazón. Era el dolor del arrepentimiento. Levantó los ojos y vio un icono de la Madre de Dios, y rezó ante él implorando el perdón del cielo y prometiendo renunciar a su vida pasada. Entonces pudo entrar en la iglesia para adorar la Santa Cruz, y al salir oyó la voz de la Madre de Dios que le dijo: «Cruza el Jordán y encontrarás descanso». Así lo hizo, cruzó el Jordán y allí en el monasterio de San Juan el Bautista comulgó reverentemente y se marchó al desierto con sólo tres panes para consagrar el resto de su vida a la oración y la penitencia.
Hoy hemos escuchado la Palabra del Señor: «Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios». Pero, fíjate bien, este adelanto no consiste en tomar ventaja como quien corre más aprisa abriéndose paso con los codos. Este adelanto consiste en dar un paso hacia atrás al experimentar el rechazo de Dios, como le sucedió a María de Egipto. Permítanme decirlo con palabras severas: Dios nos rechaza, nos empuja y nos expulsa de su templo santo porque él y sólo él es el autor de nuestra conversión. Esa mirada que hizo bajar a Zaqueo, la que hizo estallar el llanto amargo de Pedro, la que hizo volverse a María Magdalena de la soledad al amor de la fe, nos hace dar marcha atrás, avanzando en el Reino. En este rechazo está la misericordia. Si no, ¿cómo podríamos volver sobre nuestros pasos extraviados en el pecado?
Con toda verdad un célebre predicador enseña que nosotros ni siquiera sabemos bien a qué debemos renunciar y de qué debemos convertirnos. Porque nuestros pecados muchas veces sólo encubren un amor muy profundo a un fantasma misterioso oculto en los recovecos de nuestra inconsciencia. Un fantasma, un ídolo, que impide que abandonemos las ocasiones de pecado, y más bien hace que las busquemos con distraída inconsciencia. Y que tal vez a eso se refiera el Apóstol Santiago cuando habla de aquel que escucha la palabra y no la pone en práctica: Es como un hombre que mira su rostro en un espejo e inmediatamente se olvida de cómo era. Así, oímos la Palabra de Dios, su ley divina, y vemos nuestra propia monstruosidad, nuestra lejanía de la belleza, nuestra pecaminosa fealdad; pero casi al instante olvidamos la corrupción que hemos visto en nuestra propia alma, como quien no ha sido agraciado con un buen aspecto, y se afeita por la mañana y luego baja las escaleras olvidando lo feo que era. Esa naturaleza oculta, oscura, fea, que nosotros aceptamos y olvidamos fácilmente y aún la amamos casi sin saberlo, es la sombra del pecado al que debemos renunciar.
Por eso, cuando el Señor nos manda trabajar en su viña le decimos: «Ya voy Señor»; pero no vamos. Porque amamos tanto la sombra de muerte que permanecemos asidos a su inercia idolátrica de pecado. «No hago el bien que quiero», dice el Apóstol. Y cuando el Padre nos manda a trabajar en su viña y le decimos: «No quiero ir», reconocemos que es él quien obra nuestro querer y nuestro actuar y que sin la ayuda divina no podríamos detenernos en nuestra loca marcha tras la esclavitud del pecado. Él graciosamente nos empuja entonces al arrepentimiento, y nos hace así cumplir su voluntad. Por eso la vida cristiana sólo comienza a funcionar si aceptamos ser náufragos de la gracia en vez de serlo del pecado.

jueves, 28 de agosto de 2014

«Sangre de Cristo es contemplar las cosas creadas, el que la bebe se hará sabio gracias a ella»


In festo sancti Augustini Episcopi

«Sangre de Cristo es contemplar las cosas creadas, el que la bebe se hará sabio gracias a ella» (Ad Monachos 119). Con este enigma Evagrio Póntico invita en el desierto a sus monjes a encontrar por ellos mismos la sabiduría espiritual. Por su parte, San Agustín advierte para la lectura de las Sagradas Escrituras: «También la ignorancia de las cosas nos hace oscuras las expresiones figuradas, cuando ignoramos  la naturaleza de los animales, de las piedras, de las plantas o de otras cosas, que se aducen muchas veces en las Escrituras como objeto de comparaciones. Así el hecho conocido de que la serpiente expone todo el cuerpo a los que la hieren, guardando su cabeza, ¡cuánto no esclarece el sentido del pasaje en que Dios manda que seamos prudentes como la serpiente; a saber, que ofrezcamos nuestro cuerpo a los que nos persiguen antes que nuestra cabeza, que es Cristo, para que no muera en nosotros la fe cristiana si, por conservar el cuerpo, negamos al Señor! Lo mismo aquello que se dice de ella de que se mete por las rendijas de las cavernas y, dejada la vieja túnica, recibe nuevas fuerzas, ¡qué bien concuerda para que, imitando esta misma maña de la serpiente, pasando por las estrechuras conforme afirma el Señor “entren por la puerta estrecha”, cada uno se desnude del hombre viejo, como dice el Apóstol, y nos vistamos del nuevo. Así como el conocimiento de la naturaleza de la serpiente aclara muchas semejanzas que de este animal suele traer la Escritura, igualmente la ignorancia de la naturaleza de no pocos animales, de que también hace mención, con no menor frecuencia, impide no poco el entenderla. Lo mismo se ha de decir con respecto de las piedras, de las hierbas, y de cualquier cosa que se sostiene por raíces». (De doctrina christiana II,16, 24).
Con estas enseñanzas como preludio, quisiera conversar con Agustín y con Alonso Gracián. En una publicación reciente[1] el Doctor Gracián afirma: «Parece que habitan los demonios donde no hay botánicas, en el puro desierto exterior o interior, en la nada artificial, o en las grandes colinas de hormigón y las moradas artificiales de hierro y plástico, donde el desierto técnico castiga al alma con su presencia asfixiante y su antropocentrismo electrónico. La presencia armoniosa de plantas, árboles y flores nos tranquiliza, hace amable y habitable el Mundo Caído. Lo vegetal parece el estrato de la Creación donde en menor medida ha penetrado el mal por el pecado. Allá donde avanza la consciencia, parece que proliferan los efectos de la Caída».
Pues bien, en uno de sus comentarios al Génesis, San Agustín respecto a la creación de los vegetales apunta al hecho de que no fueron creados en un día propio, sino en el mismo día en que Dios disipó las incomodidades de las aguas reuniéndolas en un solo lugar para que apareciera el suelo: «como por las raíces se unen a la tierra y permanecen fijas en ella, quiso que éstas perteneciesen al mismo día» (De Genesi ad Litteram II,25). En verdad, esta estabilidad ligada a la profundidad del arraigarse contradice radicalmente la girovagancia de los demonios,  siempre errantes, nunca estables, enemigos de toda profundidad, fascinados por la superficialidad originaria precisamente en cuanto que prefieren negar la creación.
A propósito de esta idolatría tenebrosa de la superficialidad originaria, me vienen a la mente las palabras con que se describe Mefistófeles en el Fausto de Goethe: «Soy un espíritu que continuamente estoy negando la evidencia de las cosas, y no me falta razón en parte, porque todo lo que existe, al fin y al cabo, es una mentira que se convertirá en polvo y que, para llegar a este resultado hubiera sido preferible que no hubiese existido jamás. En una palabra, lo que ustedes llaman pecado y destrucción, y más especialmente mal, es el elemento que me constituye». Mefistófeles se presenta a sí mismo como «una pequeña porción»; sin embargo, ante los ojos de Fausto aparece todo entero. Entonces Mefistófeles explica: «Te digo la pura verdad. Si el hombre, ese ente extravagante, cree componerse de un todo, yo, pues, me compongo únicamente de la parte de la parte que en un principio era un todo; me compongo de una parte de las tinieblas que engendraron la luz, esa luz altanera que al presente disputa a su madre, la noche, su antiguo rango y el espacio».
Esta crítica demoniaca de la luz, que tiende a llenar todo cuanto tiene a su disposición, como la música, revela una confianza diabólica de que todo lo creado vuelva a la faz de la nada, a la superficialidad originaria del abismo sobre el que fue llevado el Espíritu creador. «Pululan los demonios donde no hay árboles ni plantas, atraídos por el vacío como las moscas a la miel. Con razón la naturaleza tiene horror al vacío. Empeño diabólico es que no florezca ni arraigue nada», afirma Gracián, y resulta más que convincente su aseveración. Todavía más: «Los demonios sienten fascinación por el vacío, por el mal. Acuden a Él como moscas a la putrefacción. Nada más apetecible para las potestades del mal que los vacíos mentales provocados por técnicas de meditación […]».
Por su parte también el Mefistófeles de Goethe habla de su empeño siempre frustrado y frustrante de volver al vacío: «Y francamente, no he adelantado lo bastante en mi propósito, a pesar de lo mucho que he trabajado. Cuanto más me esfuerzo en destruir al mundo, más chasqueado me quedo; hay en él la realidad, enemiga acérrima de la nada, que le protege, y con todos mis esfuerzos sólo puedo alcanzar que se agiten los mares, que se desencadenen tempestades y que se desarrollen incendios; pero nada logro con ello, porque se apaciguan los mares, se calman las tempestades, se apagan los incendios y todo vuelve a su estado normal y el mundo no sufre por esto modificación que atente a su modo de ser: ¡nada puedo con este maldito semillero de hombres y animales! ¡Cuanto más destruyo en él, más joven y fresca es la sangre que le da vida! Así van las cosas ¡tanto del aire, como de las aguas y también de la tierra parten millares de semillas que germinan en terreno seco, en la humedad, en el calor y en el frío! Si no me hubiese reservado la llama, nada hubiera quedado para mí».
Ahora bien, del vagabundeo demoniaco ciertamente hay evidencia y llaga en los desiertos. Gracián trae a colación el caso de Antoine de Saint-Exupéry: «el aviador y escritor autor de El Principito se estrelló con su avión en el desierto del Sahara. Tanto él como su ayudante, que también sobrevivió, padecieron alucinaciones visuales y auditivas. Como contrapartida, el pequeño príncipe y su rosa nacieron allí, con sus dibujos de heroísmo natural». Curiosamente, cuando Antoine de Saint-Exupéry narra la travesía del Pequeño Príncipe por el desierto en la Tierra, dice que se encontró con una florecita insignificante de tres pétalos. Y cuando le preguntó dónde estaban los hombres, la flor que un día viera pasar una caravana le respondió: «¿Los hombres? Yo creo que existen seis o siete. Los vi hace muchos años. Pero no se puede saber nunca dónde se encuentran. El viento los lleva. Ellos no tienen raíces. No les gustan».
Pienso que en el paso de cuarenta años por el desierto, los israelitas vagaron no por desobediencia a la voluntad e Dios, sino por la murmuración, que es un vagabundeo verbal del corazón. Muchas veces he dicho que así como los israelitas por murmurar comprometieron su entrada en la tierra prometida, así nosotros los cristianos por la murmuración comprometemos nuestro derecho a la tierra prometida. Y nuestra tierra prometida es la cruz. En ella echamos raíces, en ella nos plantamos, en ella fructificamos.
En el discernimiento de espíritus no nos ha de extrañar que el vagabundeo que nada produce sea un signo de la presencia diabólica. Y de sus sugestiones. Dios no vaga. Como explica Agustín: «Así pues, cuando deambulaba Dios por el paraíso en la tarde, significa que al venir hacia ellos a juzgarlos, ya antes de imponerles la pena, él paseaba por el paraíso, es decir, como que se movía en ellos la presencia de Dios, cuando ya ellos mismos no estaban firmemente establecidos en su mandamiento» (De Genesi contra Manichæos II,16,24). En vano se cubren con hojas vegetales, añorando la estabilidad en la obediencia. Su destierro los hace salir al vagabundeo nocturno del mundo.
Por el contrario, la naturaleza del movimiento de los astros rectifica obediencialmente la finalidad del mundo. San Agustín muchas veces halló significados espirituales en las luminarias del cielo, el sol, la luna y las estrellas, como guías para el naufragio de los hombres. Pero esa función es secundaria pues es alivio para el hombre caído. En el día de su creación las luminarias eran signos eminentes de los tiempos, de los días y de los años litúrgicos, y su servicio se ordena establemente a brillar en el cielo y alumbrar la tierra. El mundo no fue hecho para el vagabundeo, el naufragio, el extravío. El mundo es el signo de la fidelidad perenne de Dios y por eso «no vacilará jamás». Y la abundancia de vegetales es promesa de la beatitud final para la que fue hecho el hombre.
Me viene a la mente otro pasaje de El Principito en que el Pequeño Príncipe cuestiona acerca de la importancia o la superficialidad con que se tomaría la destrucción de una planta si fuera la única existente: «Si alguien ama una flor de la que sólo existe un ejemplar en millones y millones de estrellas, eso basta para hacerlo feliz cuando las contempla. Él se dice: “Mi flor está allá, en algún lugar…” ¡Pero si el cordero se come la flor, es, para él, como si todas las estrellas repentinamente se apagasen!, ¡y esto no tiene importancia!» (c.7). La ternura de esta frase distrae a la hora de darnos cuenta que se trata de una hipótesis absurda. La multiplicidad, la abundancia de los vegetales impide obediencialmente su singularización que atraparía, como entre espinas, jirones del afecto humano, desintegrándolo en un desierto de alucinaciones que le harían creer que la nada está ya cerca, a punto de venir, y será «como si todas las estrellas repentinamente se apagasen». Hipótesis absurda, teoría diabólica del desierto final y de la vuelta a la faz de la nada. Señala Gracián: «Lo cierto es que el ecologismo postmoderno, que no ama la Creación, y que es idólatra de Gea, ha caducado la Botánica, ciencia y arte casi sacral, saber de los tiempos antiguos. Resulta notable el amor de los botánicos por la lengua de la Iglesia, el latín, la lengua más bella del mundo, como las flores. Resulta curioso que una lengua inmutable sirva de expresión a la ciencia de lo efímero. A la ciencia del pulchrum, que muestra lo inmutable». La lengua de la Iglesia de por sí no puede ser la lengua del desierto, es la lengua de una asamblea milenaria.
Todavía hay algo más. Me parece que el punto más agudo de la poderosa tesis de Gracián radica precisamente en una sentencia dicha un poco en broma: «Y es que el amor a la Botánica… ¿será señal de Predestinación?» Pregunta graciosa por el humor y agraciada por el amor. Me recuerda las palabras de Agustín: «entre la gracia y la predestinación existe únicamente esta diferencia: que la predestinación es una preparación para la gracia, y la gracia es ya la donación efectiva de la predestinación: prædestinatio est gratiæ præparatio, gratia vero iam ipsa donatio» (De prædestinatione sanctorum 10,19). Es que desde el instante mismo en que Dios plantó un jardín para el hombre, con árboles de aspecto agradable, había ya establecido el amor a la Botánica como signo de predestinación y el único árbol prohibido era la aversión a ella, árbol que deshilacha al hombre entre las espinas del conocimiento del bien y del mal, y lo convierte en una madeja de contradicciones. Ahora bien, la fuerza de atracción de la Botánica radica en que fue hecha germinar para saciar a todos los vivientes precisamente por su buen aspecto y suave sabor, pero también por su abundancia. El árbol de la condena atrae por su soledad desértica, funesta, aun en medio del paraíso. La atracción que ejerce la Botánica no viene de ella misma, sino del Verbo eterno de Dios: «Muestras un ramo verde a una oveja y la atraes; muestras nueces a un niño y lo atraes; se le atrae al lugar a donde corre; se le atrae mediante lo que ama, se le atrae sin violencia corporal alguna; se le atrae con la cuerda del amor. Ahora bien, si estas cosas que pertenecen a las delicias y placeres terrenos, ejercen tal atracción sobre quienes las aman nada más mostrárselas, dado que cada cual es atraído por su placer, ¿qué atracción será la de Cristo revelado por el Padre? ¿Ama el alma algo con más ardor que la verdad? ¿De qué cosa deberá ser ávido el hombre, con qué finalidad ha de desear tener sano el paladar interior con que juzgar la verdad, sino para comer y beber la sabiduría, la justicia, la verdad, la eternidad?» (In Evangelium Ioannis 26,5).
Ahora bien, no escapa a San Agustín el hecho de que el reino vegetal haya sido creado antes que las luminarias del cielo. Lo que habría que señalar es que las plantas necesitan la luz solar para alimentarse, pero no para ser alimento. Y esto se prueba física y metafísicamente. En efecto, la semilla, antes de germinar, es alimento que no se alimenta. Dios dispuso solamente a los vegetales como alimento, y por ello no son tocados por el dolor. Su destrucción conoce una regeneración que perdona incluso las más graves injurias. Pero esta condición física de los vegetales, enseña Agustín, obedece a la causalidad metafísica del Verbo eterno de Dios: «Luego las palabras dichas por Dios en el día sexto: “He aquí que os he dado a vosotros todo alimento seminal que siembra semilla y que está sobre la tierra” y las restantes, no son palabras que suenan, ni palabras proferidas con voz articulada y temporal, sino palabras que están en el Verbo de Dios como potencia creadora».
Dios está dando continuamente de comer al mundo porque el alimento vegetal que llena el vacío es analogía del ser de Aquél que se esconde en cereal y en vino. Cristo, antes de ser un niño que pueda nutrirse, es Pan de ángeles. Antes de tomar pan en la noche del mundo, Cristo es Pan vivo que baja del cielo. Porque en él mismo está la vida. Y si la Botánica atrae a los predestinados, como el néctar a las abejas, es porque todo el reino vegetal está cargado de la atracción a la alabanza que procede de Él, «y el corazón no hallará reposo hasta que repose en Él».

[1] http://infocatolica.com/blog/mirada.php/1408170423-13-de-botanicas-desiertos-y-e

domingo, 10 de agosto de 2014

"Videns vero ventum validum timuit"


Dominica XIX per annum

Los erizos son animales solitarios. También son, de un modo especial, muy defensivos. Cualquier sorpresa que arruine su pesado sueño es mal recibida con gruñidos y una tensión de la piel que redunda en el endurecimiento de sus espinas. Un erizo así tenso duele, y duele mucho. Cada vez que el erizo se siente amenazado, su reacción natural será la de plegarse en sí mismo y formar una pelota de púas que resopla y gruñe compulsiva. En tal caso será mejor esperar si se pretende socializar con él. Pero hay una forma pacífica de sacar a un erizo de su agresivo ensimismamiento. Es cosa de soplar cerca de donde esconde su cabeza, soplar suavemente, y el erizo vuelve a desplegarse. Se desenrosca y comienza a explorar lo que hay a su alrededor. Francamente no sé a qué se debe este comportamiento, pero me sorprende el mágico poder que tiene la suavidad de un soplido para sacarlo de sus impulsos agresivos.
A veces pienso que en eso se parecen a nosotros, que muchas veces necesitamos el suave soplo de la cercanía de un amigo para salir de nosotros mismos y saber que estamos vivos y que el mundo no está contra nosotros. Pienso en los ancianos de cabeza y corazón endurecidos que se vuelven toda dulzura cuando los nietos aparecen en sus vidas como una suave brisa «amansa viejos». Algunas personas simplemente necesitan la brisa del afecto y de la paciencia para salir de su escudo de púas y comenzar a explorar su mundo en busca de una bendición. Cuánto bien hace un soplo de realismo y buen humor a los que hablan mal de todos y de todo. Con toda verdad ha dicho Su Santidad Francisco que «la necesidad de hablar mal del otro indica una baja autoestima; es decir, yo me siento tan abajo que, en vez de subir, bajo al otro. Olvidarse rápido de lo negativo es sano». Un suave soplo nos saca de nosotros mismos.
Algo sí sucedió cuando la suave brisa de la gloria de Dios sacó fuera de sí al profeta Elías. Y también algo así sucedió la noche en que los discípulos vieron a Jesús caminando sobre las aguas. Los discípulos estaban asustados. Y todo su mundo, y toda su historia, y toda su vida se redujeron a una pequeña barca sacudida por las olas. Pero el viento soplaba fuerte, contrario, obligándolos a salir de su miedo a través de su miedo. Allí, esa noche, apareció Jesús, caminando sobre las aguas. Pedro amaba entrañablemente a Jesús, con un amor que pensaba poco y calculaba menos. Supo Pedro que con Jesús su vida estaría a salvo, mucho más segura que en la frágil barca. «Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua». Bien sabía Pedro que Dios nunca manda algo sin dar todo lo necesario para que podamos cumplir su mandamiento. Por eso su plegaria es como si le dijera: «Señor, dame lo que me pides y pídeme lo que quieras; dame caminar sobre las aguas y mándame ir a ti sobre ellas». Y aconteció el milagro. Pedro caminó sobre el agua hacia Jesús y los corazones de los que estaban boquiabiertos en la barca ardían estupefactos, confirmados en la fe: «De veras, es el Señor, y ¡Pedro está caminando sobre el agua!»; pero al sentir la fuerza del viento el pobre Pedrito comenzó a sentir miedo y a hundirse.
Me pregunto si el viento contrario de esa noche no venía del Espíritu de Dios que esa noche era llevado por Jesús sobre la superficie de las aguas. Entonces todo el miedo de los discípulos no era sino el miedo paralizante que todos tenemos hacia el misterio de lo sobrenatural, hacia cualquier soplo divino. Estamos tan encariñados con nuestros pecados y el acomodamiento de nuestra vida, que cualquier soplo de Dios nos da miedo. Amamos a Dios, pero tenemos miedo de admitirlo porque ese amor nos podría llevar muy lejos. Cuando se trata de recorrer la ocasión de acercarnos a Dios lo hacemos, pero como temerosos de que algo suceda en nosotros, y al final, cuando ganan nuestras dudas, salimos como agradecidos de que finalmente no haya sucedido nada, nada que nos cambie la vida, nada que realmente nos transforme. Incluso en nuestras obras de misericordia siempre tenemos miedo de que tanto amor nos haga pobres, y que el servicio nos haga siervos, y que el perdón nos convierta en puentes por encima de los cuales pasen todos. Nos preguntamos una y otra vez si Dios quiere que yo ayude, que yo ame, que yo perdone. Y si la duda gana, quedamos tan tranquilos, tan contentos de haber regresado a la barca, cuando bien habríamos podido caminar sobre el agua e ir más lejos.
Pedro tenía una módica dosis de fe, una fe tan pequeña, como un grano de mostaza, y sin embargo suficiente para mover montañas. Con todo, dudó. Amaba a Jesús y caminó hacia él, pero luego el miedo hizo que nada cambiara en su vida y pudiera regresar a la barca de sus noches y tempestades de siempre. Se dice que Pedro, años más tarde, tras predicar a Jesucristo en Roma, perseguido huyó de la ciudad. En el camino se encontró con el Señor y Pedro le preguntó: «Domine, quo vadis?: Señor, ¿a dónde vas?». Y el Señor, mirándolo con amor y compasión le dijo: «A morir otra vez por ti y en tu lugar». Pedro, avergonzado y con profundo dolor volvió a Roma y allí el soplo del Espíritu lo condujo a la gloria del martirio. Pedro humildemente se reconoció indigno de morir como su Maestro y quiso ser crucificado de cabeza. Con toda verdad un poeta dice que cuando Pedro estuvo de cabeza vio el mundo como es en realidad: las nubes como montañas, las estrellas como flores, y los hombres colgando de cabeza de la misericordia de Dios que todo lo sostiene. Es que la Iglesia no se funda en la frágil barca con que navega las peligrosas aguas del siglo, sino en el soplo de la misericordia de Dios que todo lo eleva como suave brisa de su gloria. Pedro no entendió esto cuando caminó sobre las aguas, pero el amor de este misterio lo llevó a entenderlo cuando en la cruz la Misericordia le tendió la mano y lo sostuvo.