martes, 12 de abril de 2016

Misa tradicional en Cuernavaca


Todos los domingos se ofrece el Santo Sacrificio de la Misa en la forma extraordinaria,
por el R. Dom Evagrio López Álvarez OSB,
en la capilla del Monasterio Benedictino, a las 16:00 horas.

domingo, 10 de abril de 2016

"Venite, prandete"

Dominica III Paschæ

Tomás, uno de los doce discípulos, no estaba con ellos cuando vino el Señor. Tampoco estaba al pie de la cruz junto a María la Madre del Señor y el discípulo que Jesús amaba. Todo lo que supo acerca de esas tres horas, lo supo porque la Madre del Señor y el discípulo amado se  lo contaron.
La tarde en que el Señor fue sepultado, aparecieron discípulos secretos, amigos piadosos de Jesús que, a diferencia de Tomás, no dejaron todo para seguirlo por los pobres y fatigosos caminos que el Evangelio emprendía. Eran discípulos más o menos bien establecidos que esa tarde salieron de sus escondites para negociar con Pilatos la entrega del Cuerpo muerto del Señor. Discípulos que esa tarde tenían suficiente mirra, perfumes y mortajas para honrar y dar un sepulcro nuevo a una muerte totalmente nueva. Fueron ellos los primeros en admirar horrorizados las llagas del Señor. Tomás, naturalmente, no estaba con ellos esa tarde. Él formaba parte del grupo de amigos que caminaron unos tres años con el Señor, dejándolo todo, dispuestos a cualquier cosa por él y por su Evangelio, y que, sin embargo, lo abandonaron en esas horas decisivas, en la hora de la cruz. Tomás no estaba cuando Jesús fue amortajado, esa tarde en que las llagas se volvieron la contraseña para los cristianos. Los agujeros de los clavos y la abertura del costado eran misteriosos pasadizos secretos que él no había visto con sus propios ojos. Y sin embargo, había creído todo sin haber visto. Creía que había heridas de clavos y de lanza y que por tres horas la sangre del Señor fluyó a través de ellas.
Me sorprende que Tomás haya querido tocar esos agujeros que jamás había visto para poder creer. Es extraño lo que Tomás pide: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

De por sí era ya difícil creer que un hombre al que muchos vieron morir, ahora estuviera vivo. Y pensar que vive con llagas abiertas, es algo todavía más difícil. Porque nosotros no podríamos propiamente vivir con una llaga abierta. La vida se nos escaparía por ella… a través del dolor. Viendo las llagas abiertas del que es la Vida, Tomás pudo creer, no sólo que estaba vivo, resucitado, sino que él es verdadero Dios, pues sólo a Dios no se le escapa la vida como a nosotros. Sólo a Dios una llaga no lo corroe. Por eso nosotros comemos sus llagas gloriosas en su cuerpo misterioso, para sellar las nuestras, a través de las cuales se nos va la vida. Sus llagas nutren las nuestras de una gloria que de otro modo no conoceríamos jamás. La miseria de nuestras heridas se sacia de la riqueza de su gloria.
Bueno, algo parecido le sucedió también a Pedro. Los discípulos fueron a pescar con él. Y se embarcaron en una noche en que no pescaron nada. Hasta que apareció el Señor; pero ellos no lo reconocieron. Luego de que los instruyó sobre dónde debían pescar, echaron la red y luego ya no podían jalarla por ser tantos los pescados. El discípulo amado reconoció al Señor y se lo dijo a Pedro: «Es el Señor». Y el apóstol Pedro se arrojó al agua. Mientras tanto, Jesús preparaba el almuerzo. Tal vez Pedro y Juan recordaron aquel día en que Pedro estaba muy angustiado por una fiebre que tenía en cama a su suegra. Y llegó Jesús, y no había nada de desayunar, y el pobre Pedro que ni sabía calentar pan ni  asar pescados. Todo lo quemaba con su ímpetu. Entonces Jesús, que quería desayunar–como nota un poeta–, tomó de la mano a la suegra de Pedro, la levantó, y la fiebre desapareció, y ella se puso a preparar el almuerzo como todos los días. Y allí estaba Jesús ahora, recuerdo resucitado, como una vieja fotografía que poco a poco nos devuelve un pasado que ya casi no reconocemos. Con el aroma de pescado y pan, una marejada de recuerdos de las pequeñas cosas de cada día resucitaba en la playa del corazón de Pedro, y entre la brisa de sus olas resplandecían tres llagas majestuosas, radiantes. Eran las llagas que el señor le mostró a Pedro. No las del cuerpo, sino las del alma. «Pedro, ¿me amas más que éstos?» «Pedro, ¿me amas?» «Pedro, ¿te caigo bien?» Y cada pregunta era un agujero abierto, vestigios de tanto amor que faltó, y en ellos metió el Apóstol su dedo, el dedo de su pobre «Sí, Señor, me caes bien». Con un pobre «Tú sabes que me caes bien, tú bien sabes que te quiero», Pedro trataba de llenar los enormes huecos que las negaciones dejaron en el alma del Señor. «Señor, tú lo sabes todo, sabes que no te amo más que éstos, mis hermanos, sabes que ni yo mismo sé si te amo; pero tú lo sabes todo, y bien sabes que te quiero».
Y esas llagas del alma de Cristo están también revestidas de gloria. Y también nos nutren. Son el comedero de la Iglesia: «Apacienta mis corderos»; «Pastorea mis ovejas»; «Apacienta mis ovejas»: «Pastorea mi Iglesia en mis llagas. Porque quien se nutre de mis llagas, las llagas de mi alma, curará con ellas las de la suya, y un día, al final, se manifestarán gloriosas y resplandecientes como las mías en el corazón resucitado de la Iglesia».

sábado, 26 de marzo de 2016

Surrexit Dominus vere, alleluia, alleluia

In vigilia resurrectionis DN Iesu Christi

Amaneció el Sábado Santo. María, la Madre de Dios, se despertó con la sensación de haber vivido una cruel pesadilla. Pero pronto sus recuerdos comenzaron a empapar otra vez su corazón, y las lágrimas, sus ojos. Oraba a Dios. No sé qué pedía. Tal vez pedía un amor todavía más grande, el colmo del amor, el colmo del perdón.
La Madre lo había perdido todo. Las largas horas de la cruz volvían a su memoria, lúcidas, claras. No puedo imaginar qué pedía la Madre al pie de la cruz: ¿que no le fuera arrebatado el amor que desde el día de aquellas misteriosas alas del ángel Gabriel le había arrebatado el corazón? No lo creo. La Madre sólo pedía un amor más grande. Y sus ojos eran un espejo inundado del cielo de los ojos del Hijo. Hasta que el Hijo amado se durmió en el sueño de la muerte. Dos discípulos pidieron a Pilato de noche el cuerpo de Jesús, mientras la Madre sólo pedía al Padre un amor todavía más grande.
Y mientras el Rey del cielo que hace temblar las estrellas dormía bajo la bóveda pedregosa del sepulcro, a la Virgen Madre le parecía ver a su Hijo en todas partes. Entre la gente que pasaba por las calles, le parecía distinguir a Jesús; pero no era él. En esa cierta hora después del duro trabajo, antes de ir a pescar con sus amigos, en esa hora en que Jesús solía irla a buscar para comer juntos el pan de los sencillos y refrescarse con el atardecer, todo le anunciaba que Jesús estaba cerca, oía sus pasos y creía escuchar la puerta que se abría. Pero no era él. El sol, marchándose, juraba que ya estaba cerca, que ya pronto estaría con ella, pero no podía cumplir sus promesas. Sólo el llanto visitaba puntualmente sus ojos. Estaba sola, verdaderamente sola. Y extrañaba a Jesús con un dolor inimaginable.
En el umbral de la casa, cuando sus amigos venían avergonzados y sin palabras a abrazarla y a llorar amargamente en sus hombros, algo le hizo sentir que él estaba con ellos. Pero no era así. Ellos venían con el alma vacía, sin comprender nada de lo que había pasado. Entonces ella les contó lo sucedido. Les habló del silencio de Jesús, de su obediencia al Padre, de su inigualable amor por nosotros. Les dijo que Juan sería ahora su hijo; pero les confesó que siempre había amado a todos como a hijos. Y mientras abría el tesoro de su corazón donde guardaba todas estas cosas, volvían a resonar en sus oídos los gemidos del dolor desde la cruz, la voz atormentada con que pronunció Jesús el acento final de su amor. Y la sangre amada brillaba todavía ante sus ojos como hermosos rubíes arrojados al suelo. En esa tarde un sentimiento vacío la agobiaba. Como si el caer de la tarde la amenazara con repetir la cruel despedida, el último abrazo, frío, tremendo. La Madre recordaba todo, con amor y terror. Y, mientras acogía en sus hombros las amargas lágrimas de Pedro y con sus manos reconfortaba la dura espalda agobiada por la culpa de haber negado al Señor; mientras acogía en su regazo la ternura virginal de Juan, el amigo del Señor; mientras abrazaba la vergüenza de los demás discípulos, algo verdaderamente misterioso sucedía más allá del sepulcro. Cristo, el Señor descendía a los infiernos, a la región de los muertos. Y, mientras la Madre acogía en la caridad a la Iglesia recién nacida que lloraba su viejo pecado, el Señor acogía en sus hombros el amargo llanto de Adán y de Eva, viejos amigos de la infancia del mundo. «Adán, Eva, amigos, vine a verlos. No he dejado de pensar en ustedes en mi pasión. He venido a buscarlos en la noche del mundo, en la noche de su muerte. Porque puede el hombre acostumbrarse a vivir sin Dios; pero Dios no se acostumbra a vivir sin el hombre».
El  sepulcro es una asamblea de llantos, llanto de justos que lloran el amor de Dios y la ingratitud del hombre. El Señor les ofrece el evangelio de su sangre, y con ella bautiza diciendo: «Hoy estarás conmigo en el paraíso», a todo los que le suplican: «Señor acuérdate de mí». Esta es la noche de la que estaba escrito: «Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo».
Esta noche, la Virgen Madre no puede dormir. Ella, que tanta caridad tuvo con su cuerpo, esta noche no le concede el descanso. Vela, vigila. Mientras el Señor no resucite, ella debe cuidar de su Iglesia. Reúne presurosa a sus amigas, llevan perfumes de fe, de esperanza, de amor, mientras se realiza el misterio más glorioso que jamás haya visto el mundo.
Goza y alégrate, Virgen Santa Madre de Dios, porque verdaderamente ha resucitado el Señor, aleluya, aleluya.

viernes, 25 de marzo de 2016

"Spinas et tribulos germinabit tibi"


Feria VI in Parasceve

Cuando Adán pecó, desobedeciendo el mandato de Dios, una funesta oscuridad invadió la tierra. La voz de Dios resonó entonces: «Maldita será la tierra por tu causa. Con fatiga comerás de ella tu pan todos los días de tu vida. Abrojos y espinas te producirá». Entonces la muerte que Adán había comido comenzó a invadirlo todo. La fragilidad de la vida, ya intoxicada por la inyección letal del pecado y de la muerte, se volvió la preocupación y la fatiga más grande de todo cuanto brota en la tierra. En el afán de protegerse, las plantas se hicieron abrojos y espinos que ahogaban muchas veces con su preocupada ansia de vivir las buenas semillas. Y el hombre hecho de tierra también comenzó a producir abrojos y espinas de maldad y pecado. Y la buena semilla que Dios sembraba en su corazón muchas veces se ahogó por las preocupaciones de esta vida.
Por eso Cristo, el Señor, para darnos la vida verdadera, la vida que no conoce la preocupación de la muerte, quiso subir a la cruz, con su frente poblada de espinas. La tierra se oscureció bajo una sombra de espinos porque Dios se puso a los pies del hombre para que el hombre alcanzara el cielo. Y en esa densa nube de crimen y maldad sólo Cristo podía ver lo que nadie veía. Él era nuestra tierra buena, la tierra inocente de la que fuimos formados. Y él quiso sembrarnos de nuevo, ahora en su inocencia. En la frente de Cristo estábamos nosotros sembrados, abrojos enormes que lo oscurecían todo con la sombra de sus espinas. Hasta que lo ahogamos en la muerte. Pero él nos veía, y amó a cada uno de nosotros y por cada uno de nosotros se ofreció al Padre eterno para que a cada uno se le perdonaran sus pecados y recibiera la gracia. Con toda verdad un Maestro enseña que él «murió por cada uno como si cada uno estuviera solo en el mundo. Y no sólo esto, sino que en la cruz vio cada uno de nuestros pecados, cómo los cometíamos, los vio entonces, antes de que sucedieran, de la misma manera como los ve ahora cuando suceden. Esto afligió de un modo indecible su Sagrado Corazón, y rezó al Padre, y suplicó por cada uno para que, a cada uno, se le perdonaran los pecados». En la profunda sombra de nuestra muerte él nos vio, él nos amó, él pensó en nosotros. Y mientras, nuestros clavos, espinas, y lanza se hundían en su carne como raíces voraces ansiosas de alimento. Y la sangre de su carne inmaculada nos lavaba de la toxicidad del pecado, transformándonos de abrojos en cruces de vida eterna. Porque el hombre hecho abrojo se convierte en cruz cuando la sangre de la gracia lo transforma.
Por eso exultemos hoy y unamos nuestra voz para cantar el misterio de la memoria de Dios: «¡Bienaventurada memoria que se acordó de nosotros! ¡Dichosa la hora en que estuvimos presentes todos nosotros en el mismo monte Calvario! Sí, estábamos allí, no lejos de la cruz ni siquiera cerca, sino en la misma cruz, en la misma frente del Señor, en el mismo pecho de nuestro redentor. Allí nos abrazaba con inmenso amor, y nos ofrecía al Padre como cosa suya—espinas clavadas en su carne—, como si fuésemos él mismo para que así Dios nos aceptara».
En medio de las tinieblas una luz pequeña brilla hoy, como luciérnaga nacida de tierra recién fecundada. Es una luz que nace de la inocencia, la luz de la Virgen Madre. Y la Madre llora. Riega con lágrimas lo que el Hijo regó con sangre. Porque todo lo que nuestras espinas han hecho en la carne y en el alma de su Hijo amado, el amor lo ha hecho en su corazón de madre. El amor ha tatuado en su corazón toda la fealdad que desfigura la carne de Cristo. Y esa fealdad de Cristo es ya nuestra hermosura.
De la tierra buena en que Dios sembró su Palabra no ha quedado más que un sepulcro pedregoso. Los espinos han devorado todo. Pero entre las rocas del sepulcro hay dos corazones: el corazón amante de Cristo, y el corazón doliente de la Madre. Y así como la divinidad de Cristo no abandonará entre las piedras la carne y el alma que tomó de nuestra humanidad, tampoco el corazón de la Madre se apartará de ella. Donde está su tesoro, está su corazón. Y la Madre no tiene más tesoro que el corazón del Hijo. Con toda verdad un Maestro reza: «¡Feliz sepulcro, que guardas en ti un cuerpo y dos corazones!» Por eso el corazón de la Madre estará allí en la tumba, hasta que la tierra nueva vuelva a ver la luz y haga germinar la gracia de la resurrección: ¡Dichosos los pacientes!, porque recibirán la buena tierra en herencia, la tierra resucitada, la tierra pacífica que cumplirá por siempre la voluntad del Padre.

jueves, 24 de marzo de 2016

"Qui lotus est, non indiget nisi ut pedes lavet, sed est mundus totus"

Missa vesperina in cœna Domini

Nosotros muchas veces hemos atravesado una guerra. Una guerra terrible y devastadora. La guerra que se libra dentro de nosotros mismos. Esa guerra es una noche en la que nuestro corazón se agita insomne porque tenemos que decidirnos entre el bien y el mal, y muchas veces, de algún modo, el mal nos ha ya convencido. A veces sabemos que muchas de nuestras buenas obras vienen detrás de intenciones egoístas y que es mejor no hablar de ellas. No siempre podemos hablar del egoísmo que nos mueve a actuar porque si lo decimos, algo de nuestro obrar perdería su encanto y se haría reprochable. Por eso aprendemos a tener un cuidado especial, una falsa prudencia a la hora de actuar. A veces nuestra mente nos indica con mucha precisión cuál es el camino a seguir; pero nuestra carne habla en su propio favor y quiere seguir los vericuetos del amor propio y la pasión. Otras veces el corazón nos dicta sentencias de misericordia, pero algo visceral nos arrastra a la venganza, al odio, a la inclemencia. Dentro de nosotros somos una madeja de contradicciones.
Cristo no es así. Jamás hubo en él la lucha interior que todos libramos entre el bien y el mal, entre la carne y el espíritu, entre la razón y el corazón. Todo en él era la suprema armonía, la dicha perfecta. Y sin embargo, no podemos decir que Cristo no haya sido un combatiente. En él hay algo que hizo de su vida la más cruel de las batallas. Fue la tremenda contradicción entre su santidad incorruptible y todo lo que externamente le rodeaba. Él, el Hijo de Dios bajado del cielo vino a vivir en medio de nosotros, pecadores, y la diferencia entre nuestras almas y cuerpos corruptibles y su santidad incorruptible es infinita. Nosotros estamos tan acostumbrados al pecado, que poco nos contrista que el hombre peque; pero para quien no conoce el pecado, la diferencia entre la bondad y la maldad es un abismo vertiginoso, tremendo.
Algo de ello puedes intuir, por ejemplo, cuando amas la música y oyes un cantor desafinado; o cuando eres un experto cocinero y pruebas algo mal sazonado; o cuando eres un bibliotecario y miras a alguien robándose un libro, o cuando tratas de ser bueno y alguien comete en contra tuya una maldad que no creías merecer… no estás bien, no estás a gusto con eso. Pues bien, cuando no se conoce el pecado, la batalla interior ante la oscuridad de nuestros corazones es verdaderamente tremenda.
Así fue la vida entera del Señor Jesús. Y sin embargo, él no despreció nuestras tinieblas. Él que era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, quiso ser noche. En su pecho en esta tarde se celebra un solemne oficio de tinieblas. En su corazón resuenan hoy latidos con graves notas de una angustia de muerte. En esta noche él se sumerge en nuestra tiniebla, en la oscuridad de nuestra contradicción.
Con toda verdad un Maestro enseña que él no es como uno que vive entre los hombres y sin embargo se recoge las vestiduras para no manchárselas, apartándose y diciendo: «No me toquen, porque yo estoy limpio». Él, que estaba limpio, él que es la cabeza y las manos con que Dios obra todo en todos, no necesitaba lavar más que a nosotros que somos sus pies, manchados por la mugre del pecado, heridos por la tentación, lastimados por el odio. No, él no despreció lavar los pies de su Iglesia, sino que tomó una toalla, se la ciñó como se ciñe un vestido, y con ella secó los pies que lavó de sus amigos. «No, él marcha decididamente con el pecador y con el traidor, con el cobarde y con el fanático, porque ellos son realmente sus amigos». En la toalla que lo ceñía estaba toda su entrañable misericordia que seca lo que su muerte lavó.
En esta noche, su bondad desciende a nuestros pies. Y los ángeles del cielo miran asombrados cómo el hombre hecho de tierra ha quedado por encima de Dios. Esa pobre creatura opaca, sin alas espirituales para ascender, ahora sube. Sube porque Dios se abaja y le lava los pies de la mugre de sus contradicciones, de su pecado, de su maldad. Esta noche Dios cambia de casa. Transcurridos unos treinta años, tras haber caminado como hombre entre los hombres, ahora pasa de este mundo al Padre. Y nos lleva consigo, en la toalla de su memoria. Para eso hemos comido su carne y bebido su sangre, para que su amor habite en nuestros corazones y su gracia nos eleve y nos conduzca a la casa del Padre, donde se acaban las guerras, donde comienza la vida verdadera. 

domingo, 17 de enero de 2016

"Tu servasti bonum vinum usque adhuc"

 Dominica II per annum

Normalmente nosotros pensamos que las grandes personas que encontramos en la vida tienen un ciclo de esplendor que luego comienza a declinar hasta que se apaga. Es natural que las personas virtuosas en cualquier arte o ciencia, con el tiempo vengan a menos y tengan que aprender el duro arte de dejar y de perder. Muy pronto en la vida entendemos que lo mejor de nosotros se acaba, y que «todo mundo sirve primero el vino mejor, y cuando los invitados ya han bebido bastante, se sirve el corriente». Por eso es mucho más fácil emprender nuevas aventuras que permanecer fieles a nuestra propia historia. Es más fácil cuidar de un niño que de un anciano. El niño está lleno de promesas, lo mejor aún está por llegar; pero de nuestra vejez raramente esperamos algo mejor. La vida y el tiempo se llevan muchas cosas y sólo nos traen a cambio el vino corriente de los buenos recuerdos. Por fortuna muchas veces anda por allí la felicidad, agazapada, escondida, como una niña pequeña, para enseñarnos la alegría del vino corriente, de las cosas simples, de lo de cada día. Y así, bien o mal llevamos a término la fiesta de la vida.
Pero cuando Dios arma la fiesta, las cosas no son así. Cuentan los santos Padres del desierto que en una ocasión Dios le envió un ángel a un santo abad para que le hablara de un flautista que tenía deseos de santidad muy parecidos a los suyos. Se trataba de un hombre que en su juventud había sido muy malo, deshonesto y ruin, y entregado a una vida disoluta. Un buen día comprendió ese hombre que había hecho mucho daño y decidió apartarse de su mal camino. Se dedicó entonces durante varios años a recorrer los bosques tocando su flauta como para devolver al mundo algo de la armonía que con sus malas acciones le había robado. Hasta que se encontró con el monjecito. El santo abad quiso entonces saber cuáles eran las obras buenas que adornaban el alma de aquel hombre, pero él solo recordaba haber salvado a una monja de las manos de unos ladrones y haber pagado alguna deuda de un pobre matrimonio que estaba a punto de ir a la cárcel por no poder pagar. El monjecito reconoció que este loco flautista, a pesar de todo, había sido instrumento de la providencia divina, pero le pareció demasiado poco lo que había logrado en todos esos años y lo exhortó a seguir a Cristo en la vida del monasterio. El hombre, que tenía sus flautas en la mano, las tiró al instante, y transformando su armonía musical en melodía espiritual, siguió al padre al desierto. Tras practicar duras penitencias por tres años con todas sus fuerzas, esmerándose en ocupar todo el tiempo restante en elevar himnos y oraciones, un buen día emprendió finalmente su camino hacia el cielo, y descansó en paz uniéndose al coro de los santos y de los ángeles. Pues bien, de esto aprendió el santo monje que en las cosas de la gracia siempre se puede ir más lejos, siempre se puede mejorar. Que Dios no hace rebajas ni descuentos, y no se conforma con lo que hay. Dios nunca ofrece un vino corriente después del buen vino.
Personalmente, lo que siempre me ha sorprendido del milagro de Caná tiene que ver con el tiempo. Un buen vino no se produce en pocas horas. Se requieren años desde el cultivo de la vid hasta la maduración del caldo. Y en un instante, Jesús transformó el agua en muy buen vino para una boda en la que ya no había con qué alegrarse. Lo peligroso aquí es no notar la procedencia. Muchas vidas perdidas no encuentran acogida cuando buscan una posada para encontrarse a sí mismas. Y a veces cuando alguien quiere cambiar de vida no encuentra nadie que le crea. Estamos tan acostumbrados a que lo que sigue es siempre peor, es siempre vino corriente, que nos cuesta creer que en poco tiempo Dios nos ofrezca buen vino donde antes sólo hubo lágrimas y fatigas. Pero las cosas de Dios no acaban igual que las de los hombres. Su gracia crece en nosotros y transforma, a veces incluso en un instante, lo que todos nuestros años no alcanzan con sus propias fuerzas. Las cosas de Dios tienen un vino mejor reservado para el final. Lo importante es saberlo gustar. Saber estar atentos porque Dios puede actuar. Con toda verdad una Maestra espiritual dijo que el amor a Dios es como un fuego que un hombre enciende, al inicio le hará llorar el humo, pero una vez encendido le dará claridad, luz y calor siempre más grandes. 

miércoles, 6 de enero de 2016

"Vidimus enim stellam eius in oriente et venimus adorare eum"

In Epiphania DNJC

Miró Dios nuestra tierra. Vio cuanto había creado. Y no todo era bueno. Eligió un pesebre y hoy brilla el pesebre. Brilla porque la Virgen Madre, la Virgen prudentísima, lo enciende como lámpara con el aceite de la caridad. El pesebre tiene aceite virginal de amor y arde porque en él reposa el gran fuego del cielo, el esposo que llega a la mitad de la noche. Belén es un cielo, y el pesebre un astro que enamora la mirada de Dios Padre. Dios, que siempre había recorrido las oscuras noches de los hombres, buscando su corazón, hoy tiene una luminaria en la noche del mundo. El pesebre es su estrella, su gran lámpara de bodas. Y unos Magos miran al cielo. Y en su profunda negra noche descubren una estrella, reflejo pálido en el cielo de la estrella que Dios mira en el suelo.
Dios, cuando hizo el mundo, había puesto en su firmamento el sol y la luna para separar el día de la noche y para que sirvieran de señal de las estaciones, días y años. Y luego hizo las estrellas para que alumbraran sobre la tierra. Así separó la luz de las tinieblas. También en la noche santa de su manifestación, Dios puso su sol ya no en el cielo, sino sobre la tierra para separar una vez más la luz de nuestras tinieblas. Porque nuestra tierra está entenebrecida de muerte. Muerte que humedece nuestros caminos de sangres, llantos y sudores. Así mojándose, la tierra se oscurece. Pero cuando Dios la baña de luz y de lluvia, todo reverdece.
Pues bien, los Magos vieron surgir la estrella del Niño y fueron de prisa a adorarlo. Pero al llegar a Jerusalén, el brillo de una ciudad mundana les ocultó la estrella. Entonces el tirano llamó en secreto a los Magos para que le hablaran de la estrella y los mandó a Belén a buscar al Niño, como le habían indicado  los sacerdotes y escribas que conocían bien las profecías. Un gran pecado ensombreció el alma del tirano, pues sabiendo guiar a los sabios hacia Dios, comenzó a destruir la vida de muchos infantes. Destruyó sus vidas con la misma insensatez de quien quiere mudar las estrellas, desviarlas de su trayectoria.
Y es que tal vez las estrellas están en el cielo para mostrar que nuestras vidas son caminos de esperanza que se ocultan de día y Dios las reenciende en la noche. Tal vez Dios puso en su cielo millones de estrellas que nuestros ojos poco notan para recordarnos en las noches que el cielo no nos olvida. Que cada hombre tiene una trayectoria en el pensamiento de Dios, pues Dios no deja de pensarnos. Pero nosotros muchas veces queremos detener la trayectoria que Dios ha fijado a los hombres, no dejándoles nacer, arruinándoles la vida, impidiendo sus caminos, cegándoles el paso, derribándolos con proyectiles de muerte.
Una estrella anunció fiestas nuevas, estaciones, días, años. Una estrella anunció nuevo verdor en nuestra seca paja. Esta estrella es el reflejo de Dios hecho hombre, de un Dios que llora, sangra, suda en la tierra por salvar al hombre de sus dolores, maldades y fatigas. Abre los ojos y mira, mira las estrellas del cielo.  Y no olvides que el fuego de la gracia Dios lo ha puesto hoy en el suelo, para incendiar constelaciones de estrellas con los corazones de todos los cristianos. Abre pues los ojos porque el fuego de Dios hoy camina contigo. La estrella de Belén brilla hoy en el corazón de cada cristiano y se hace camino hacia Dios. Síguela con nuevos ojos, con nueva esperanza.