domingo, 12 de febrero de 2017

"Nemini mandavit impie agere et nemini dedit spatium peccandi"

Dominica VI per annum

Una monja de nuestra Orden escribió La vida del pequeño San Plácido. En uno de los primeros pasajes se narra de cómo vino a visitarlo su tía en una ocasión. Pues nada, llegó la tía al monasterio cargada de gatitos. Es que su tía era una monjita gatera. Bueno, viendo todos los mimos que la monjita le hacía a sus mininos, Placidito estalló en furia y preguntó con voz airada: «¿Pero qué significa esto, tía?» A lo que la monjita respondió con tono maternal: «Mire, mi’jito, usted se pasa de bobo si cree que uno puede pasarse la vida amando sólo a Dios. No, no, mi sobrinito querido. Hay que ponerle color a la vida, es necesario llenar los vacíos del corazón…» Estas palabras encendieron todavía más el corazón celoso de Placidito que, armado de una gran escoba, trataba de echar fuera a su tía y a sus gatos gritándole: «¡Fuera, adúltera! ¡Haber llenado de gatos, y quién sabe de qué otras cosas más, un corazón solemnemente consagrado a Dios! ¡Haber dejado las preocupaciones del mundo, creyendo que lo hacías por amor a Dios, y haber degenerado en el amor a los gatos! Eres lo más infame que puede haber en esta tierra».
Bueno, cuando leí este pasaje de la vida del pequeño San Plácido, francamente me sonó a fervor de principiante. Ese fervor de novato contra el que nos advierte la Regla, que nos hace sentirnos ermitaños capaces de luchar con sólo nuestros brazos y nuestras fuerzas contra los demonios antes de saber siquiera vivir en comunidad. Es como el fervor del niño que juega a bombardear una ciudad o a arrasar un ejército enemigo sin antes saber siquiera cómo ser buen ciudadano. En fin, la actitud del pequeño Plácido me hizo recordar a tantos jóvenes monjes que hacían cosas extrañas y a veces extremas con la sola intención de ser los mejores monjes y agradar sólo a Dios. Pero no perseveraron en ellas. Porque bien pronto se daban cuenta que antes de ganarse a Dios, tenían que ganarse a los hermanos, y eso toma mucho más tiempo. En fin, a pesar de que la experiencia me muestra que todos necesitamos tantas muletas para apoyarnos, como caminos emprendemos, la  voz del evangelio sigue sonando: «ya cometió adulterio con ella en su corazón».
Una vez el superior de un convento, preocupado, me decía: «Sabes, en nuestro convento solemos tantas veces llenar de cosas lo que pertenece sólo a Dios. A veces lo llenamos de nuestras propias leyes, que van desde mi horario imperturbable de siesta hasta el omnipotente y pernicioso A mí no me toca, “No soy el encargado, o el Yo no tengo ninguna culpa de que Usted no sepa leer, pero por pura caridad le digo que en la puerta hay un letrero que dice en mayúsculas y en castellano nuestro horario y hoy no hay servicio». Y en buena medida es verdad. Solemos llenar de nuestros caprichos lo que sólo debe ocupar Dios, y acariciamos y complacemos nuestras veleidades con la misma dedicación con que una monjita gatera mimaría cada uno de sus gatos. Esos caprichos inocentes, tiernos y suaves que muerden y arañan y que sólo existen para ser servidos pero no para servir. Para un consagrado ése es el adulterio del corazón, pero también lo puede ser para cualquiera de nosotros que privilegia su ojo o su mano para complacerse en la ocasión del pecado mientras busca ansioso cómo llenar el lugar de Dios.
A veces sentimos el deseo profundo de que nuestra fe sea aceptada por todos como si se tratara de un producto que ha de venderse más que los demás en todas las tiendas de abarrotes. Entonces llenamos de ideas aceptables lo que sólo debe llenar la verdad de Dios. Y muchas veces con el fin de que seamos amados por ser compasivos y bondadosos hacemos a un lado la justicia y la gracia divinas. Como si las personas sólo experimentaran la misericordia y la gracia divinas cuando reciben de nosotros el perdón y la acogida compasiva y no también cuando la gracia a través de la corrección y del espíritu de sacrificio los ayuda a levantarse de sus vicios y pecados y a perseverar en una vida podada de toda ocasión de pecado.
Tal vez el problema general del adulterio es que no deja para Dios el lugar de Dios. Llena de todo lo que puede su lugar. Y en ese sentido todos hemos sido adúlteros. Pero Dios «a nadie le ha dado permiso de pecar». Por ello, sólo la santidad y la renuncia al pecado pueden admitir grados, ascensiones. El pecado no. Dios «a nadie le ha dado permiso de pecar». La Iglesia tampoco puede dar un tal permiso. «Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda». A veces toma años ir y volver. Por ello, «la Iglesia debe acompañar con atención y cuidado a sus hijos más frágiles, marcados por el amor herido y extraviado, dándoles de nuevo confianza y esperanza, como la luz del faro de un puerto o de una antorcha llevada en medio de la gente para iluminar a quienes han perdido el rumbo o se encuentran en medio de la tempestad».

domingo, 5 de febrero de 2017

"Vos estis sal terræ"

Dominica V per annum

Cuando entré en el monasterio, hace ya más de un par de décadas, los hermanos nos turnábamos en el servicio de la cocina. Hay que decir que nuestra Regla afirma que en este servicio «se adquiere mayor recompensa y caridad». El servicio lo hacíamos entre dos: uno sabía cocinar y el otro no. Pienso que en ese entonces los que no sabíamos cocinar teníamos más mérito y caridad. Nuestro trabajo era básicamente encender el horno, lavar todo lo que el cocinero ensuciaba, acomodar cuidadosamente los alimentos en jarras, canastos y fuentes, y finalmente limpiar la cocina. Nada más. Tampoco se esperaba que aprendiéramos algo más. Con todo, al final de la comida, los hermanos menos agradecidos se retiraban con rostros radiantes de satisfacción. Con sus barriguitas llenas y sus corazones contentos. Y los más agradecidos solían pasar a la cocina a felicitar al cocinero por la virtud de sus platillos. Pero muy raramente alguien reparaba en el ayudante como para decirle: «Excelente hermano, gracias por tu servicio». No recuerdo que alguien me haya dicho alguna vez: «¡Oye, qué limpias te quedaron las cacerolas!» o «¡qué bueno que encendiste el horno a tiempo…, estaba en su punto!»
Recuerdo a una colega profesora que en sus clases cuando algún alumno opinaba algo bobo, solía decir con un aire entusiasta: «Gracias, fulanito, qué bueno que pensaste…» Eso hacía reír a sus demás estudiantes, porque pensar es de por sí algo que no se agradece aunque a veces cueste más trabajo que tener buenas ideas.
Conozco personas que de niños metían una piedrita en su zapato durante algunos días de la cuaresma o callaban toda música en los días santos. Una amiga nos contaba hace poco que cuando era niña su mamá la convencía de ofrecer pequeños sacrificios al Niño Jesús. Y entonces ella se ofrecía voluntariamente para lavar la cacerola donde su mamá hervía la leche para su hermanito. Tomaba un banquito, se subía en él para estar a la altura del fregadero y pasaba un buen rato tallando y tallando con un rollo de fibra de yute los restos de nata sedimentados en la orilla de la cacerola. Y ahora que es mamá siente algo de nostalgia de esos tiempos en que se hervía la leche y se hacían cosas que hoy ya nadie hace. Es que el punto no es que ya no se hagan, sino que se hacían por amor.
Tal vez esos ratitos de espíritu de sacrificio que nadie premia ni agradece hacen de nosotros sal de la tierra. Fíjate bien. La sal es una cosa que debe ir bien escondida. Notamos cuando falta o cuando está de más, pero nunca la agradecemos cuando está en la medida justa. Es curioso, los antiguos solían salar los terrenos ajenos como una forma de maldad. Así los hacían estériles para los cultivos. Y la sal, tirada a la calle, pues servía para mantener el camino sin hierbas ni vida. «Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente». Ya no sirve más que para hacer estériles los caminos. Y lo mismo sucede cuando dejamos de hacer pequeñas cosas simplemente por amor.

Últimamente, acabado el año santo de la Misericordia, me ha dado mucho por pensar que si cada fiel católico ha hecho algunas obras de misericordia durante todo un año, si la Iglesia entera se ha aplicado diligentemente a actuar con compasión, si algunos cristianos hicieron cosas realmente extraordinarias, ¿por qué el mundo no parece ser mejor? Unos tiranos mueren y otros se levantan, nuevas guerras y egoísmos nos carcomen, fraudes, tráfico malsano, engaños. ¿Por qué el mundo no parece haber cambiado? Y sin embargo, las palabras de Jesús resuenan: «Brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos». Al cristiano se le ha dado tener la luz de sus buenas obras, una luz que si se escondiera debajo de una olla, moriría. Un cristiano que todo lo ve mal, que no sale de sí mismo para hacer sus buenas obras, que piensa que no vale la pena hacer algo porque el mundo nunca va a cambiar, ha escondido la luz del amor bajo la olla de su propia ceguera. Pero tampoco exageremos. La luz de nuestras buenas obras no disipa aún las tinieblas del mundo, ésa no es su tarea. Esa luz que no cabe escondida debajo de la olla de nuestra mezquindad, sí se esconde en las tinieblas del mundo como la sal en el alimento. Se esconde en ellas para iluminarlas, recorrerlas, hacerlas camino. Así, dando sabor e iluminando, el cristiano ha de ser maestro del amor escondido.

domingo, 22 de enero de 2017

Misa tradicional en Cuernavaca


Todos los domingos se ofrece el Santo Sacrificio de la Misa en la forma extraordinaria,
por el R. Dom Evagrio López Álvarez OSB,
en la capilla del Monasterio Benedictino, a las 16:00 horas.

"Venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum"

Dominica III per annum

Ayer alguien me contó que en una ocasión un monje recibió la grata visita de algunos viejos amigos de una conocida Orden religiosa, cuyo nombre omitiremos, por razones obvias. Con el debido permiso del abad, se reunieron en el locutorio del monasterio y comenzaron a platicar acerca de sus hazañas espirituales y temporales. Como suele suceder en muchos monasterios, el monjecito traía el corazón y el hígado convulsionados a causa de una serie de obediencias casi imposibles que su abad le había impuesto, por lo que curioso y quejumbroso les preguntó: «¿Ustedes tienen también problemas con el voto de obediencia?» Uno de ellos le respondió: «No, para nada, ¿cómo crees? Eso es ya cosa del pasado». El monjecito ya entrando en intimidad les comentó: «Nosotros todavía no lo hemos superado. Es que el abad siempre dice que es el voto más perfecto, y por eso el que más le agrada al Señor». Pero inmediatamente el otro religioso interrumpió con arrogancia y soltura: «Bueno, será el que más le agrada a él. Mira, nosotros somos muy democráticos, y no por eso dejamos de lado la majestad solemne del que manda. Fíjate. Antes de mandarnos algo, el superior nos reúne y nos escucha a todos, y cuando descubre qué es lo que queremos hacer, solemnemente nos lo manda—de hecho ahora mismo venimos de una reunión con el superior y nos ha mandado venir a instruir a los monjes retrógradas sobre las más modernas prácticas del pluralismo eclesial…»
El monjecito pensó entonces en su corazón: «¡Caramba! De esto se tiene que enterar el abad». Se asomó entonces por la ventana del locutorio, fingiendo que tomaba un poco de aire fresco para aliviar su apesadumbrado corazón y buscó con la mirada a alguien que pudiera ir discretamente a llamar al abad para presentarle a sus paradigmáticos amigos. Pero pronto sus pensamientos se paralizaron cuando distinguió en el pasillo del claustro a su exigente abad reprendiendo severamente a un joven monje. Se trataba del más despistado de los monjes, uno de esos jóvenes que nadie sabe bien qué quieren ni qué buscan, que suelen ser buenísimos cuando son buenos, pero cuando no, pues tienden a ir de mal en peor, y que francamente sin la ayuda y los empujones de la comunidad, todavía estarían pensando que su lugar en el cosmos no se los merece. Todo eso le vino a la mente en un instante y en ese mismo instante se preguntó en voz alta: «Bueno, si en la Orden de mis amigos todos hacen lo que quieren hacer, todos hacen lo que les viene en gana, ¿qué harán con los religiosos que no saben ni qué quieren hacer?» A lo que los religiosos respondieron: «Es muy simple, los hacemos superiores». El pobre monjecito ya nada más exclamó: «¡Recórcholis!» Es curioso, muchas veces el precio de la comodidad de hacer lo que cada uno quiere hacer es que quien manda no sepa qué hacer. Pero la Iglesia no es así.
Las palabras de Jesús: «Síganme y los haré pescadores de hombres» siempre me ha parecido una expresión rara, incluso de mal gusto. Además, por surrealistas podrían inspirar una buena imagen para una campaña ambientalista. Imagina una red de pescadores repleta de seres humanos, aplastándose unos contra los otros, tal vez sumergiéndose en el agua en vez de salir de ella, o no sé. Ser pescadores de hombres no suena nada fácil, porque supongo que cada hombre pescado querrá volver a la anchura y profundidad de su mar.
De un tiempo a la fecha he estudiado y observado muy bien cuanto sucede en el mar, en los arrecifes. Cada vez me convenzo más de que las leyes en el fondo del mar son muy crueles. Casi todo acaba por convertirse en alimento, vivo o muerto. Pero los peces aman su mar y en él sienten algo muy parecido a la libertad y a la felicidad. Entonces, sacarlos en una red para convertirlos en alimento parece una tiranía inadmisible.
Cuando Juan fue a dar a la cárcel, arrestado, apareció Jesús en el camino del mar, al otro lado del Jordán y predicó: «Conviértanse». ¿Pero, en qué? Pues en lo mismo que Juan. Juan era un pez de río atrapado en las redes de la cárcel de un tirano. Y ahora Jesús predica la misma conversión: «los haré pescadores de hombres». El evangelista al contar la hazaña no pudo dejar de recordar la profecía de Isaías: «se llenará de gloria el camino del mar, más allá del Jordán […] Porque tú quebrantaste su pesado yugo, la barra que oprimía sus hombros y el cetro de su tirano». Era una profecía de libertad; pero Juan acababa de ser arrestado, Jesús habla de una pesca de hombres, y por cualquier cosa, sus discípulos alistaban las redes.
Es que la Iglesia es una red que hay que remendar porque el pataleo y los manotazos que dan sus pescados los hombres mientras se convierten en alimento la rompen. Y así Dios cura las dolencias de los hombres a través del dolor. A través de la incomodidad de la obediencia y de la vida común, Dios cura la desobediencia y la soberbia. Porque precisamente la incomodidad de estar todos en la misma red es el precio de saber a dónde vamos y en qué queremos convertirnos. Porque el hombre que masticó su propia belleza al morder el fruto del pecado, sólo puede volver a la belleza de su libertad beata convirtiéndose él mismo en alimento, atrapado en las redes de la obediencia, de soportarse mutuamente, hasta la conversión en las lentas, ardientes y dolorosas brazas del amor.

domingo, 15 de enero de 2017

"...sed ut manifestetur Israel, propterea veni ego in aqua baptizans"

Dominica II per annum

Hace poco me acordé de un hipocondriaco que pasaba toda su vida de tratamiento en tratamiento para los síntomas de las enfermedades más improbables que uno se pueda imaginar. Cuando finalmente alguien le recomendó ayuda psicológica, frecuentó por varios meses a un terapeuta y finalmente contó orgulloso a sus amigos: «Ahora sí que he progresado, ¡finalmente estoy enfermo de verdad!» Es que su terapeuta, un poco agobiado por la sensación de impotencia que suelen suscitar los hipocondriacos en las demás personas, le había dicho que su actitud era verdaderamente enfermiza. Y así el hipocondriaco se complacía en confirmar su enfermedad y en hacer sentir a los demás que nada pudieron hacer por él.
Siempre me ha llamado la atención que los que practican supersticiones adivinatorias raramente cuando los consultas te dicen que todo está bien y que tu malestar no es nada de qué preocuparse, sino que simplemente es parte de las incomodidades y del precio de vivir. Normalmente los que juegan a adivinar y venden su juego, apenas dices que algo no va bien en tu vida, sentencian categóricamente que alguien te está haciendo un mal, un trabajo y esas cosas. Tal vez sería más veraz decir: «Usted no tiene nada, la vida es así», como aquel médico que cuando su paciente le dijo: «Doctor, hace días que no como ni duermo, ¿qué tengo?» Y su médico con una lógica aplastante le respondió: «Supongo que hambre y sueño». Pero tal vez tampoco ellos soportan la impotencia de decir que en eso no hay mucho que hacer.
Recuerdo que un amigo médico en una ocasión realizaba una cirugía y accidentalmente se cortó y entró en contacto con la sangre del paciente. No sabía que el paciente tenía una enfermedad contagiosa para la que a la época no había cura y por tanto, el desenlace sería fatal. Así que consultó a sus más arriesgados colegas para hacer todo lo posible por detener la enfermedad. Hicieron un plan, el más sensato que pudieron, y lo pusieron en práctica: vacunas, medicamentos, calmantes para los efectos secundarios, etcétera. Al cabo de algunos meses de muchas incomodidades causadas por el tratamiento, se sometió a nuevos estudios y la presencia de la enfermedad fue negativa. El médico que dirigía el tratamiento, al darlo de alta, le dijo: «Bueno, felicidades, hay una buena noticia: no estás enfermo. Y hay una mala noticia: Tal vez nunca lo estuviste». En todo caso, si hubiera estado infectado, habrían descubierto la cura.

Ver a Jesús ser bautizado por Juan en el Jordán podría resultar tan absurdo como uno que va al médico sin estar enfermo y se somete a su tratamiento sin requerirlo. Y, con todo, Jesús fue a bautizarse donde Juan bautizaba con agua. Suele pasar que cuando nuestro rostro se ensucia y luego lo lavamos, de nuevo nos descubrimos de algún modo, vemos cómo somos realmente, ya sin mugre ni polvo. Lo mismo hacía el bautismo de Juan, era agua que lavaba por el arrepentimiento el rostro de los hombres afeado por el pecado.  Y precisamente por eso cuando Jesús fue lavado, el agua manifestó su verdad, su misterio oculto. Juan lo explica: «he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel». Así que él no se lavó porque estuviera sucio, pero sí para manifestar su verdad. No fue al médico porque estuviera enfermo, sino para darse a conocer como la salud y remedio de cuantos vivían la mortandad nefasta del pecado. No fue al sacerdote para ser purificado, sino para manifestarse como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo por su sangre derramada. En él reposa el Espíritu y por eso su bautismo es para nosotros la medicina que no sólo nos lava, sino que nos hace participar de su salud que no se agota.

domingo, 8 de enero de 2017

"Ubi est, qui natus est, rex Iudæorum?"

In epiphania Domini

El seis de enero siempre me pareció uno de los días más bonitos del año. Con el tiempo me di cuenta que la Iglesia había establecido este día para celebrar la manifestación del Señor a los Magos contando doce noches desde la Navidad: así, el buen Dios, fiel a sus promesas regaló una noche bendita a cada una de las tribus de Israel y después de la duodécima se manifestó a todas las naciones. Sin embargo, desde hace algunos años es costumbre de algunas Iglesias celebrar la Epifanía, la manifestación del Señor, el domingo más próximo al seis de enero. La verdad este cambio no me gusta, más allá de los motivos teológicos y pastorales, por una mera cuestión sentimental. Y, ultimadamente, estética: el seis de enero es uno de los día más bonitos de todo el año.
En mis tiempos no se usaban globos para hablarles a los Reyes. Nosotros fuimos tres hermanos. La noche del cinco de enero, después de cenar, papá nos llamaba a los tres y se sentaba enfrente de una mesita, se ponía sus lentes y tomaba muy serio un viejo cuaderno de notas. Papá no era un hombre de letras. Las pocas veces que lo veíamos ponerse sus lentes y tomar un bolígrafo era para firmar nuestras boletas de calificaciones, orgulloso de tener hijos bien listos. Pero a la hora de escribir las cartitas a los Reyes Magos tomaba un severo aire de notario o de escribano público que nos hacía comprender que eso de escribir a Reyes era una cosa muy seria. Y más si eran tres. Escribía con una caligrafía amarrada, bonita. Y mientras, mamá sugería para mi hermana una muñeca que abriera y cerrara sus ojitos, un tráiler para mi hermano o un patito con ruedas para mí. Era tan buena para describir juguetes y la manera de jugarlos que siempre nos convencía de que lo que ella sugería era lo mejor y lo más divertido del mundo. Luego, ya puesto todo por escrito, papá arrancaba irreverente la hoja de su cuaderno y nos la entregaba a cada uno, como un recibo o un vale por toda la felicidad. Entonces doblábamos la cartita y la poníamos dentro de uno de nuestros zapatos.
La cosa de los zapatos siempre me pareció humillante. ¿Por qué un zapato y no un gorrito, por ejemplo? Debo decir que los Reyes nunca me pidieron que me portara bien o que estudiara más o que fuera el mejor, eso se los tengo que agradecer. Sólo pedían eso, un zapato. Y como todavía eran los meses fríos del invierno de mi tierra, no podíamos levantarnos de la cama sin zapatos. No teníamos más que un par de zapatos, comprados con el trabajo duro de mis padres, y nuestros zapatos eran viejitos, curvos, arrugados y raspados, ¿para qué querían los Reyes un zapato así? Y mero lo pedían el día en que más lo necesitaba.
Por orden de edad dejábamos la cartita en el zapato bajo la rama que cubría el Nacimiento y papá nos cargaba uno por uno para llevarnos a la cama, para no ir descalzos. Y al otro día, al despertar, nuestros zapatos ya estaban al pie de la cama, listos para ponérnoslos. Era la prueba de que el milagro se había cumplido. Los poníamos a toda prisa, y corríamos sin atar los cabetes.
Nunca vi a los Reyes. Es más nunca quise verlos. Hasta hoy sigo creyendo que las personas suelen ser invisibles cuando son más buenas. Pero ellos sí veían mi zapato, raspado y andariego. Conservo la idea de que el Niño Jesús por nosotros se hizo camino, y que nadie va al Padre si no es por él. Porque él es nuestro otro zapato, el zapato raspado que lleva la cartita de nuestros juegos, de nuestros sueños y de nuestros tropiezos. Gracias a ese zapato humilde era posible la inocencia y los regalos.
Con el tiempo aprendí a escribir y un día se me ocurrió algo genial. Escribí una carta secreta a los Reyes. No diré aquí lo que pedí porque era física y metafísicamente imposible. Lo recuerdo con risa y vergüenza. Tenía tanta confianza en los Reyes que sabía que ellos podían concederme cualquier cosa. Al fin Magos. Como imaginarán Ustedes, el operativo no funcionó. Sólo recuerdo que al otro día escuché a mamá y a papá hablar de inocencia. Y no entendí de quién hablaban. Tal vez hoy yo mismo lo llamaría ingenuidad.  Y sin embargo aún hoy sigo pidiendo cosas imposibles. Y sé que algún día se realizarán. Por ahora recorramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante. Corramos el camino de nuestra vida poniendo los ojos en Jesús autor y consumador de nuestra fe, poniendo, en fin, nuestros mejores deseos en Jesús, nuestro otro zapato.

domingo, 27 de noviembre de 2016

"...si sciret pater familias qua hora fur venturus esset, vigilaret utique et non sineret perfodi domum suam"

Dominica I adventus

Se cuenta que hubo un hermoso monasterio construido al pie de una montaña alta y escarpada. Por las ventanas de las celdas de los ermitaños que allí moraban se podía apreciar el espectáculo de rocas magníficas amontonadas para dar cuerpo a la montaña. Un día un huésped parlanchín pasó por el monasterio, curioseando en todo e inquiriendo acerca de cuanto veía a su paso. Mientras uno de los ermitaños contemplaba atento la montaña, el huésped vagabundo buscaba la ocasión de romper el hielo y trabar conversación con él. «Qué enormes son las rocas en la cima de la montaña». El ermitaño frunció la frente. Era un comentario tan obvio que no le pareció motivo suficiente para desgajar el silencio. Pero el forastero insistió: «¿Y nunca rueda alguna de esas rocas desde la cima de la montaña?» A lo que el monje respondió con un asentimiento. Y el peregrino preguntó: «No es que quiera parecer inquisitivo, pero ¿y qué hacen entonces los monjes en esos casos?» A lo que el ermitaño sonriendo respondió: «Procuramos vivir en gracia de Dios». Al otro día el huésped curioso se marchó. Era curioso, pero prudente. En verdad, cuando se vive en un monasterio así de hermoso, no queda más que procurar vivir en gracia de Dios.
«Así como sucedió en tiempos de Noé, así también sucederá cuando venga el Hijo del hombre… Cuando menos lo esperaban, sobrevino el diluvio y se los llevó a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. Entonces, de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada».
Al oír estas palabras del Señor, me vienen a la mente las palabras con que el Maestro Agustín explicó este pasaje: «Yo considero que llamó molino a este mundo, porque da vueltas como en una rueda del tiempo, que tritura a los que lo aman. Hay quienes no se apartan de las actividades del mundo, y sin embargo en ellas unos obran bien y otros mal; algunos en ellas se ganan amigos con las injustas riquezas, y serán recibidos por ellos en las moradas eternas. A ellos se les dirá: “Tuve hambre y me dieron de comer”. Otros descuidan esto; a ellos se les dirá: “Tuve hambre y no me dieron de comer”. Por eso, como de los que están metidos en los negocios y quehaceres de este mundo, unos se preocupan de ayudar a los necesitados, y otros lo descuidan, sucederá lo mismo que a las dos del molino: “una será tomada y la otra rechazada”».
Ahora bien, el Señor no ha querido ocultarnos el misterio de la suerte final de buenos y malos.  Pero no nos la ha dado a conocer para que nos complazcamos en ella. Sino como preparación para la lucha. Con toda verdad advierte San Agustín: «A cualquier profesión que te dediques, prepárate a soportar a los falsos; porque si no te prepararas, te encontrarás con lo que no esperabas, y te desanimarás o te disgustarás».
El Señor nos ha indicado cómo hemos de esperar su venida: «como un padre de familia que no sabe a qué hora va a venir el ladrón. Si lo supiera, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa». Porque si entra en la casa puede hacer daño a su mujer o a alguno de sus hijos. ¿Y quién quiere que eso suceda? No creo que alguien sensato tenga un su casa un hijo que pueda ser herido en caso de que el ladrón venga en la noche.
Hace poco escuché de un monje un pasaje de la vida de San Sabas. El santo monje tenía un discípulo muy vanidoso. Entre sus motivos de orgullo estaba el hecho de que sabía cocinar muy bien. De todos los huéspedes que llegaban al eremitorio esperaba siempre una felicitación por su destreza en la cocina. Un día San Sabas iba pasando por la celda del hermano y vio de pronto que una mano salía por la ventana y vaciaba una cacerola de habas. Es que el hermano era tan vanidoso que no soportaba que la comida tuviera alguna falla. Y si algo no era de su agrado, lo tiraba por la ventana. Dolido San Sabas, recogió las habas que el hermano había tirado. Las puso al sol para secarlas y las guardó con amor. Un día las sacó, las puso a cocer con especias y hierbas finas, e invitó a su discípulo a comer. Sorprendido el joven monje le dijo al anciano: «Padre, nunca había probado nada igual». Y el monje anciano le respondió: «Son las habas que tú tiraste».
Dios no ha dado a su Iglesia el permiso de desperdiciar nada. No hay vidas perdidas. No hay historias de las que Dios no pueda hacer algo mejor. Pero la Iglesia debe velar y estar preparada para que ocurra el milagro, para que la gracia transforme las habas rancias de nuestras vidas y haga de nuestras pobres migajas un único pan de eucaristía.
Hace algunas décadas apareció en el cine una película muy interesante. La historia se desarrolla en 1943. Romek, un niño judío polaco de doce años, cuyos padres fueron asesinados, es perseguido por el odio en la Segunda Guerra. El chiquillo va a parar a una aldea polaca donde un granjero lo acoge como si fuera un pariente lejano. Un sacerdote se encarga de instruirlo en los rudimentos de la fe cristiana. El chico oye al sacerdote predicar duramente sobre la salvación y la perdición, pero nada le convence. Hasta que un vecino lo delata y parece que la vida se le acaba. En un momento el sacerdote arregla las hostias para la Misa y, para calmar la tensión del momento, le ofrece los recortes al niño. El pequeño los mira con incertidumbre y se niega a comerlos. El sacerdote entonces le aclara que no están consagrados, son sólo recortes. Y el niño le pregunta: «¿Es que algunos somos sólo recortes que no estamos benditos ni consagrados por Dios?» Pero el sacerdote responde con la profunda serenidad de la fe: «Todos estamos benditos, porque todos somos migajas». Entonces el pequeño Romek toma los recortes y los parte con sus manos, recordando tantas vidas cortadas, imitando sin saberlo, el gesto eterno de Dios que por nosotros se hizo migaja. ¡Ven ya, Señor Jesús!