miércoles, 13 de agosto de 2014

Misa tradicional en Cuernavaca


Todos los domingos se ofrece el Santo Sacrificio de la Misa en la forma extraordinaria,
por el R. Dom Evagrio López Álvarez OSB,
en la capilla del Monasterio Benedictino, a las 16:00 horas.

domingo, 10 de agosto de 2014

"Videns vero ventum validum timuit"


Dominica XIX per annum

Los erizos son animales solitarios. También son, de un modo especial, muy defensivos. Cualquier sorpresa que arruine su pesado sueño es mal recibida con gruñidos y una tensión de la piel que redunda en el endurecimiento de sus espinas. Un erizo así tenso duele, y duele mucho. Cada vez que el erizo se siente amenazado, su reacción natural será la de plegarse en sí mismo y formar una pelota de púas que resopla y gruñe compulsiva. En tal caso será mejor esperar si se pretende socializar con él. Pero hay una forma pacífica de sacar a un erizo de su agresivo ensimismamiento. Es cosa de soplar cerca de donde esconde su cabeza, soplar suavemente, y el erizo vuelve a desplegarse. Se desenrosca y comienza a explorar lo que hay a su alrededor. Francamente no sé a qué se debe este comportamiento, pero me sorprende el mágico poder que tiene la suavidad de un soplido para sacarlo de sus impulsos agresivos.
A veces pienso que en eso se parecen a nosotros, que muchas veces necesitamos el suave soplo de la cercanía de un amigo para salir de nosotros mismos y saber que estamos vivos y que el mundo no está contra nosotros. Pienso en los ancianos de cabeza y corazón endurecidos que se vuelven toda dulzura cuando los nietos aparecen en sus vidas como una suave brisa «amansa viejos». Algunas personas simplemente necesitan la brisa del afecto y de la paciencia para salir de su escudo de púas y comenzar a explorar su mundo en busca de una bendición. Cuánto bien hace un soplo de realismo y buen humor a los que hablan mal de todos y de todo. Con toda verdad ha dicho Su Santidad Francisco que «la necesidad de hablar mal del otro indica una baja autoestima; es decir, yo me siento tan abajo que, en vez de subir, bajo al otro. Olvidarse rápido de lo negativo es sano». Un suave soplo nos saca de nosotros mismos.
Algo sí sucedió cuando la suave brisa de la gloria de Dios sacó fuera de sí al profeta Elías. Y también algo así sucedió la noche en que los discípulos vieron a Jesús caminando sobre las aguas. Los discípulos estaban asustados. Y todo su mundo, y toda su historia, y toda su vida se redujeron a una pequeña barca sacudida por las olas. Pero el viento soplaba fuerte, contrario, obligándolos a salir de su miedo a través de su miedo. Allí, esa noche, apareció Jesús, caminando sobre las aguas. Pedro amaba entrañablemente a Jesús, con un amor que pensaba poco y calculaba menos. Supo Pedro que con Jesús su vida estaría a salvo, mucho más segura que en la frágil barca. «Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua». Bien sabía Pedro que Dios nunca manda algo sin dar todo lo necesario para que podamos cumplir su mandamiento. Por eso su plegaria es como si le dijera: «Señor, dame lo que me pides y pídeme lo que quieras; dame caminar sobre las aguas y mándame ir a ti sobre ellas». Y aconteció el milagro. Pedro caminó sobre el agua hacia Jesús y los corazones de los que estaban boquiabiertos en la barca ardían estupefactos, confirmados en la fe: «De veras, es el Señor, y ¡Pedro está caminando sobre el agua!»; pero al sentir la fuerza del viento el pobre Pedrito comenzó a sentir miedo y a hundirse.
Me pregunto si el viento contrario de esa noche no venía del Espíritu de Dios que esa noche era llevado por Jesús sobre la superficie de las aguas. Entonces todo el miedo de los discípulos no era sino el miedo paralizante que todos tenemos hacia el misterio de lo sobrenatural, hacia cualquier soplo divino. Estamos tan encariñados con nuestros pecados y el acomodamiento de nuestra vida, que cualquier soplo de Dios nos da miedo. Amamos a Dios, pero tenemos miedo de admitirlo porque ese amor nos podría llevar muy lejos. Cuando se trata de recorrer la ocasión de acercarnos a Dios lo hacemos, pero como temerosos de que algo suceda en nosotros, y al final, cuando ganan nuestras dudas, salimos como agradecidos de que finalmente no haya sucedido nada, nada que nos cambie la vida, nada que realmente nos transforme. Incluso en nuestras obras de misericordia siempre tenemos miedo de que tanto amor nos haga pobres, y que el servicio nos haga siervos, y que el perdón nos convierta en puentes por encima de los cuales pasen todos. Nos preguntamos una y otra vez si Dios quiere que yo ayude, que yo ame, que yo perdone. Y si la duda gana, quedamos tan tranquilos, tan contentos de haber regresado a la barca, cuando bien habríamos podido caminar sobre el agua e ir más lejos.
Pedro tenía una módica dosis de fe, una fe tan pequeña, como un grano de mostaza, y sin embargo suficiente para mover montañas. Con todo, dudó. Amaba a Jesús y caminó hacia él, pero luego el miedo hizo que nada cambiara en su vida y pudiera regresar a la barca de sus noches y tempestades de siempre. Se dice que Pedro, años más tarde, tras predicar a Jesucristo en Roma, perseguido huyó de la ciudad. En el camino se encontró con el Señor y Pedro le preguntó: «Domine, quo vadis?: Señor, ¿a dónde vas?». Y el Señor, mirándolo con amor y compasión le dijo: «A morir otra vez por ti y en tu lugar». Pedro, avergonzado y con profundo dolor volvió a Roma y allí el soplo del Espíritu lo condujo a la gloria del martirio. Pedro humildemente se reconoció indigno de morir como su Maestro y quiso ser crucificado de cabeza. Con toda verdad un poeta dice que cuando Pedro estuvo de cabeza vio el mundo como es en realidad: las nubes como montañas, las estrellas como flores, y los hombres colgando de cabeza de la misericordia de Dios que todo lo sostiene. Es que la Iglesia no se funda en la frágil barca con que navega las peligrosas aguas del siglo, sino en el soplo de la misericordia de Dios que todo lo eleva como suave brisa de su gloria. Pedro no entendió esto cuando caminó sobre las aguas, pero el amor de este misterio lo llevó a entenderlo cuando en la cruz la Misericordia le tendió la mano y lo sostuvo.

domingo, 27 de julio de 2014

"Iterum simile est regnum cælorum homini negotiatori quærenti bonas margaritas. Inventa autem una pretiosa margarita, abiit et vendidit omnia, quæ habuit, et emit eam".


Dominica XVII per annum

Uno de los Santos Padres, cítara del Espíritu Santo, cantó la gloria de Jesucristo y nos instruyó acerca de los misterios del Reino de los cielos. Fíjate bien: como cuando un barco se encuentra en altamar y se desata la fuerza de las olas, si batalla contra ellas se romperá en pedazos, así sucede con quien se adentra en el misterio de Dios con corazón soberbio, pues «Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes». Los corazones humildes que se adentran, pues, en el misterio de Dios son como un barco que no se rebela contra el oleaje del mar, sino que aprovecha el oleaje para ir más adentro.
Bueno, en las profundidades del mar nace la perla, hija del agua. Nace solitaria, de un sepulcro viviente. Y deja el mar para salir a la tierra firme donde es amada por los hombres. Por eso el Señor Jesús quiso llamarse a sí mismo perla muy valiosa. Él es una perla, hija de un mar que no tiene límites, de un mar profundo, que es el insondable misterio de Dios. Él, el Hijo de Dios que nace eternamente en el seno del Padre, en una misteriosa soledad viviente y vivificante, quiso venir a nuestra tierra para ser amado. El que nace solitario, el Hijo Unigénito de Dios, quiso ser nuestro hermano. Y así como en una corona hecha de oro y piedras la perla se distingue por su origen, así el Hijo de Dios resplandeció en medio de nuestra humanidad, porque él no venía de la tierra de la que fueron formados los hombres, sino del profundo misterio de Dios.
La perla es indivisible como la fe y la pureza. Todo cuanto es íntegro se le asemeja, y sin embargo, perforado de dolor, engastado, se hizo uno de nosotros, para darnos su belleza. Pues así como la perla en su pequeñez supera en valor y belleza a los grandes monstruos del mar, así nuestra humanidad se vio engrandecida por la pequeñez del Hijo de Dios, cuando apareció como hombre en medio de nosotros.
Ningún rey, por poderoso que sea, ha encontrado jamás una perla preciosa sin antes despojarse de sus vestidos y de la majestad de su gloria para sumergirse en las aguas profundas, así tampoco los corazones soberbios pueden encontrar a Dios si antes no se despojan de su orgullo y se sumergen en la misericordia de Dios.
La perla preciosa resplandece con una luz humilde y así quiere que sean los corazones que la buscan. Porque las perlas más valiosas reflejan mejor el rostro de quienes se les acercan para enseñarles cómo serán sus rostros si se adornan sabiamente de luz humilde. Es que su luz es más noble que los rayos del sol porque su resplandor no hiere ni lastima, su claridad no deslumbra de arrogancia.
Su luz instruye al sabio y es consejera de reyes. La buscan los hombres cuando piden a Dios sabiduría de corazón. Pues la sabiduría del corazón es Cristo. Él adoctrina secretamente el corazón cuando adorna como perla los oídos de sus amigos. Que sus parábolas de amor se queden en nuestros oídos como perlas preciosas, y así nuestro corazón sepa escuchar para que conozcamos el camino de la prudencia. 

domingo, 29 de junio de 2014

"Itaque, qui se existimat stare, videat, ne cadat"


In festo sanctorum apostolorum Petri ac Pauli

Pedro había tomado la palabra para confesar algo que el Padre le había revelado desde el cielo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Esta sólida confesión es la roca sobre la cual Cristo quiso edificar su Iglesia. Y con todo, el corazón de Pedro se quedó confundido al momento en que debía confesarlo ante los hombres. La noche en que Pedro negó a Jesús, el Apóstol había confiado demasiado en sus propias fuerzas y había olvidado que esa confesión la recibió del cielo. Pedro estaba seguro de que daría la vida por Jesús, y que aunque todos los otros discípulos se escandalizaran, él no se escandalizaría. Con toda sensatez el Apóstol Pablo advierte: «El que piense que está firme, mire de no caer». Es que Pedro no fue vencido por el ímpetu la adversidad, sino por el temor a ella. Por ese temor, aquella noche no quiso seguir a Cristo de cerca, sino que prefirió seguirlo de lejos, y quien le sigue de lejos no pone los pies donde los puso Cristo, ni advierte bien sus pisadas. Para seguir a Cristo, hay que seguirlo muy de cerca.
El gallo cantó, y Jesús, en medio de su abandono y persecución, volvió los ojos a Pedro y lo miró. Pedro, acordándose de lo que Cristo le había dicho, lloró amargamente. Los ojos de Cristo, ojos cargados de misericordia, de caridad y de compasión, buscaron al discípulo. Y aunque Pedro lo seguía de lejos, Cristo lo seguía de cerca, para consolarlo en la amargura del pecado que había cometido. Cristo no permitió que los poderes infernales prevalecieran sobre la roca de la Iglesia. Por eso de la roca brotó saludable el llanto amargo de penitencia y de arrepentimiento. Un mar de llanto brotó de sus ojos. La mirada doliente y compasiva de Cristo libró del incendio del fuego del infierno el corazón traicionero del Apóstol, apagando sus llamas. Y desde entonces la Iglesia llora. Llora su pecado y su traición. Llora cuando Cristo le pregunta como a Saulo: «¿Por qué me persigues?» Llora, porque el llanto fue la primer enseñanza del magisterio de Pedro. 

domingo, 1 de junio de 2014

Stapelia gigantea: flor estrella de mar o flor de carroña


«La belleza sin virtud es como una flor hermosa que tiene un olor desagradable. Pero la verdadera belleza se baña en la luz sin la cual nada es hermoso. La belleza es un don de Dios, como la lluvia. Él permite que caiga la lluvia sobre justos y malvados, y él da la belleza no solamente a los buenos, sino incluso a los malvados. La belleza impía toca la vista, pero la belleza interior de la gracia conquista el alma». Venerable Fulton Sheen

tr. mía
Stapelia gigantea es una suculenta que produce grandes flores con forma de estrella, pero de olor desagradable, semejante a carne podrida, por lo que suele atraer moscas que hacen posible su polinización.

"Viri galilæi, quid admiramini aspicientes in cælum?


In ascensione Domini

Hace algunos años, luego de presentar el último examen para concluir los estudios de teología, quise ir al mar para aliviar la mente. Llegué a la playa y me dispuse a recorrerla a todo lo largo. Caminé y caminé y caminé, como si caminando pudiera olvidar todo lo que caminando había aprendido. Luego de algunas horas comenzó a atardecer. Y la luz del ocaso se alargaba  sobre el agua. Esa tarde me pareció que la luz tenía algo de muy nuevo. Era una luz que no reconocía. Me di cuenta de repente que yo no conocía esa luz de atardecer, la luz del ocaso.
Los monjes solemos cantar todos los días al atardecer la alabanza a Jesucristo, luz verdadera de la gloria. Y como durante todos esos años de estudios yo no había faltado a la oración vespertina de la comunidad, pues no había visto una puesta del sol durante todo ese tiempo. Uno podría apresurarse a pensar que por esta razón los estudiosos de la teología muchas veces buscamos a Dios en un muy complejo laberinto de razonamientos, cuando bastaría simplemente abrir la ventana al atardecer para intuir algo del misterio de Dios. Es como pretender conocer el cielo sin verlo.
Y con todo, hay algo muy bello en el hecho de cantar la gloria de un cielo que no vemos, y que está verdaderamente más allá del techo de nuestra Iglesia. Las palabras de dos hombres vestidos de blanco que increparon a los apóstoles nos obligan a perdernos un magnífico espectáculo: «¿Qué hacen allí parados mirando al cielo?» Sentimos su impertinencia. Asistimos a un misterio glorioso nunca antes visto y dos hombres vestidos de blanco no nos dejan verlo. Nuestro corazón sube al cielo, con Jesús, pero nuestros ojos son obligados por dos hombres vestidos de blanco para que dejen de contemplarlo.
Es curioso que la Escritura no habla de ángeles que interrumpen la contemplación de los apóstoles, sino de dos hombres vestidos de blanco. Son los miembros del cuerpo de Cristo, blanqueados con su sangre, revestidos de su gracia, fruto de su pasión. Son los miembros del cuerpo de Cristo los que nos obligan a perdernos el espectáculo celestial y volver nuestras miradas a ellos. Su insistente «¿Qué hacen allí parados mirando al cielo?», es la voz de una esposa que te pide pan para tus hijos, es la voz de tu hijo que te pide que no dejes de ser padre, es la voz de tu hermano que te pide que veles con él una hora de su aflicción, de su dolor y de su soledad, es la voz de tu hermana que te pide que escuches por una hora, es la voz de un coro en oración que te despierta para que te unas a ella, es la voz de la vida que te pide un favor.
¿Qué haces allí parado mirando al cielo? Con toda verdad enseña San Agustín que Cristo  «ha sido elevado ya a lo más alto de los cielos; sin embargo, continúa sufriendo en la tierra a través de las fatigas que experimentan sus miembros. Así lo atestiguó con aquella voz bajada del cielo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Y también: “Tuve hambre y me ustedes me dieron de comer”». Porque sigue siendo perseguido en los cristianos perseguidos. Cristo sigue extendiendo su mano hacia ti. Cristo está en los cielos, pero continúa estando con nosotros por su divinidad, por su poder, por su amor; nosotros no tenemos el poder para subir al cielo y quedarnos con él, pero tenemos el amor para quedarnos en la tierra y amar con él.

domingo, 18 de mayo de 2014

"Qui credit in me, opera, quæ ego facio, et ipse faciet et maiora horum faciet, quia ego ad Patrem vado"


Dominica V post Pascha

Bien sabemos que, entre las aves, sin duda alguna las avestruces son las más grandes. Su largo cuello  y su aguda mirada les permiten ver a gran distancia y detectar así la presencia de cualquier intruso. Naturalmente, compiten entre ellas en altura, velocidad y fuerza para ser los líderes dominantes de la manada. Las avestruces son animales curiosos, inquisitivos. A diferencia de cualquier otra ave, les fascina todo lo que brilla, de modo que picotean y a veces hasta se tragan alguna pieza de joyería, algún pedazo de alambre o incluso vidrios, una avaricia que podría costarles la vida. Sin embargo, a pesar de su arrogancia y de su genio prepotente, las avestruces conocen una cierta humildad.
Todos hemos oído alguna vez que las avestruces suelen esconderse entre los matorrales pegando su cabeza al suelo. Desde polluelos suelen reposar en el nido con el cuello tendido por tierra para descansar sus cabezas. Y cuando crecen continúan descansando la cabeza en el suelo, aunque su cuerpo sea ya enorme y se alce un par de metros sobre el suelo. Hacen esto no porque tengan miedo de enfrentar los peligros, pues saben bien que sus potentes piernas les consienten fácilmente huir a toda prisa o patear a matar. En efecto, las avestruces tienen uñas muy duras y afiladas. Una patada hacia atrás o hacia delante podría ser letal. Más bien colocan su cabeza en el suelo porque saben que su cuello es la parte más vulnerable de su cuerpo. Y si se aproxima cualquier agresor lo mirarán desde abajo. Así recuerdan que no hay adversario pequeño.
Algo así es el misterio cristiano. Un cristiano nunca es más que nadie. Y en su lucha contra las tentaciones y el pecado no hay adversario pequeño. Imagina que tú fueras lo máximo. Y por encima de ti no hubiera nadie mejor. Muy pronto, al mirar tus defectos y saber que nadie es mejor que tú, caerías en una tremenda desesperación. No habría remedio. Pero no, fíjate bien, el Señor Jesús, después de lavarles los pies a sus discípulos les dijo: «Yo les aseguro: el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán dichosos». Dijo esto el Señor Jesús luego de que él, que es nuestra cabeza, se puso a nuestros pies, como sirviente. Y es ésta la actitud cristiana. El Señor Jesús nos ha enseñado a nosotros sus discípulos que el cristiano debe ponerse a los pies de sus hermanos porque desde esa noche de amor, en que él lavó nuestros pies, siempre hay alguien a quien servir, siempre hay alguien mayor que tú, siempre hay un camino que ascender por el amor con la esperanza de poder ser mejores. Tu hermano, el pobre,  quien te necesita, se vuelve una estrella que alcanzar, una estrella que te traza el camino al cielo y te obliga a aprender el arte de vivir y de amar.
Imagina que el techo de esta iglesia estuviera al ras de tu cabeza. Y que tu cabeza erguida fuera el límite de la iglesia. Difícilmente podrías elevar los ojos al cielo. Tu mirada estaría fija en eso que somos y nada más. Hoy hemos escuchado las palabras del Señor: «Yo les aseguro, el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre». En verdad, grandes cosas hizo el Señor cuando caminó entre nosotros como hombre entre los hombres. Pero su promesa de que nosotros haremos obras aún mayores es tal vez la más grande de sus obras. El Señor dijo que haríamos obras aún mayores porque él iba al Padre. Es que, al ir al Padre, Cristo levantó el techo de la Iglesia. Lo hizo más alto, tan alto que sube de nuestros pies a los pies del Padre, de nuestros corazones al corazón de Dios, de nuestros ojos a la mirada divina. Así, al ir al Padre, Cristo nos dio mucho, mucho, mucho cielo por ascender por las buenas obras. Por eso los templos cristianos siempre son altos, precisamente para recordarnos que Cristo nuestra cabeza se abajó a nuestro suelo, y se puso a nuestros pies, y luego se fue al Padre y nos preparó un cielo que ascender para estar con él: «Cuando me haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes». El camino es Cristo, es su ejemplo de humildad, si lo conoces, conoces a Dios. Si entiendes esto y lo pones en práctica serás dichoso.