lunes, 20 de junio de 2016

Misa tradicional en Cuernavaca


Todos los domingos se ofrece el Santo Sacrificio de la Misa en la forma extraordinaria,
por el R. Dom Evagrio López Álvarez OSB,
en la capilla del Monasterio Benedictino, a las 16:00 horas.

domingo, 12 de junio de 2016

"Simon, habeo tibi aliquid dicere"

Dominica XI per annum

Un buen amigo mío suele decir que cada persona, por dentro, es como si llevara una caja. Sí, una caja enigmática. Y lo que es más curioso es que esa caja se abre sólo con una llave; pero por alguna extraña razón hemos perdido esa llave. Por lo mismo, pasamos buena parte de nuestra vida buscando la llave. Y mientras no encontramos la llave, nos suceden muchas cosas: a veces nos enfermamos de tanto buscarla; otras veces intoxicamos a los demás con nuestro frenesí; unas veces saboteamos nuestra propia biografía con nuestro desánimo, y otras veces no paramos de arruinarle a otros la vida. Simplemente porque estamos buscando la llave perdida.
A veces nos sentimos tan miserables, tan empobrecidos por haberla perdido, que se la cobramos a todos los que pasan por nuestra historieta. Cada uno debe pagar su cuota de conflicto, de sufrimiento, de abandono o de dolor para que yo pueda encontrar la llave perdida, la llave que me ha abandonado. Otras veces sentimos que lo único que nos hace valiosos en la vida es haberla perdido y estarla buscando. Unas veces nos sentimos enojados porque los demás no son la llave que nosotros queremos que sean. Y otras nos pintamos la sonrisa de un cinismo indolente, alegrándonos de que el otro no sea la llave para que así tengamos un buen pretexto para seguir buscando.
A veces sospechamos que la llave perdida está en el fondo de una botella de alcohol, ahogándose entre lágrimas y humillaciones. Otras veces se nos figura que está metida entre los pliegues del asiento de un coche de lujo o flotando arrogante en la alberca de una residencia magnífica. Y hacemos toda clase de trampas y corrupciones para tener la casa y el coche. Pero luego no encontramos la llave allí y con ambición renovada sentenciamos que habrá que ir a buscarla a otra parte. A veces incluso usamos armas para ir en busca de la llave perdida. Y nuestras armas son tan grandes como grande es nuestro miedo a que se nos arrebate la vida antes de que la encontremos.
A veces, mientras buscamos la llave, nos volvemos como un hámster que corre en una rueda. Siempre tiene la sensación de que sube y de que avanza, pero en realidad ni sube ni avanza. Permanece abajo y en su mismo lugar, aunque haya corrido noches enteras sin detenerse un instante en su fuga laboriosa.
Lo más raro de este asunto, dice mi amigo, es que no sabemos qué hay en la caja. Y esa ignorancia nos agobia, nos frustra, nos tiene ansiosos. Esa ignorancia nos mantiene en una búsqueda desesperada, a menudo con la sensación de que esta vez el hallazgo ya está a la vuelta de la esquina. No sabemos lo que hay en la caja. Puede ser que dentro de la caja haya un pasado doloroso, oscuro, algo que es mejor no recordar y dejar allí dentro. Alegrías borradas demasiado pronto. Sueños y familias vacías como olas. O puede ser que no haya nada... ¿Y si no hay nada?
Una mujer «fue y se puso detrás de Jesús, y comenzó a llorar, y con sus lágrimas le bañaba sus pies, los enjugó con su cabellera, los besó y los ungió». Había tomado consigo un frasco de alabastro, el frasco de su propia vida, la caja escondida. Y cuando se acercó a Jesús algo se abrió. El ungüento que estaba en la caja de alabastro era un perfume con que ungió los pies de Jesús. Era un perfume mundano, el perfume de eso que solemos llamar «una mala vida». El aroma de tantas historias turbulentas de su propia ternura y crueldad, el pesado perfume de una búsqueda incansable, el residuo amargo de sus muchos fracasos. Era uno de esos perfumes que pronto te hartan. Y por eso tuvo que diluirlo con lágrimas. Había encontrado la llave perdida, y lloraba con el intenso vapor de toda una vida perdida.
Simón, el fariseo, también buscaba su llave perdida. Como todos. Pero al ver que Jesús confiaba en aquella mujer, se sintió decepcionado. Jesús no era la llave perdida que abriría su caja hermética. No era la llave sabelotodo: «Si este hombre fuera un profeta, sabría qué clase de mujer es la que lo está tocando. Es una pecadora». Pero el Señor abrió la caja con su fuerza. ¿Y dentro?, dentro no había nada. No había agua para los pies, no había beso de saludo, no había aceite para la cabeza. Y tampoco había muchos pecados. Bueno, sí, unos cuantos. Pero, todo sumado había poco que perdonarle y amaba poco.
Queridos hijos e hijas, todos buscamos una llave que dé sentido a nuestras vidas. Una llave que abra la caja oculta de lo que hay en nosotros. No sabemos nada de lo que cada uno lleva en la caja. Puede estar llena, puede estar vacía. Y no sé qué es mejor ni qué es peor. Pero algo es verdadero: dentro de la caja hay algo que nuestros ojos no ven, pero que siempre está allí. Es la misericordia de Dios, es su gracia, es tu oportunidad de salvarte. Y es la razón por la que Dios abre tu caja. Porque más allá de la nada o de todo lo que tú hayas escondido allí, a veces hasta el olvido, Dios ha querido poner allí, en lo íntimo de lo íntimo, el don de su misericordia para que no dejes de buscarla. Y esa misericordia puede curar enfermedades, liberar de espíritus malignos, y hasta puede librarnos de nosotros mismos. No podemos ver la misericordia de Dios, pero está allí, y si la acogemos, lloraremos como lloran los recién nacidos, precisamente por estrenar la vida nueva, nacida de la conversión.

viernes, 10 de junio de 2016

Eucaristía, corazón del mundo

II Congreso Eucarístico Arquidiocesano
Ciudad de México
Eucaristía, ofrenda de amor: alegría y vida de la familia y del mundo

En cada familia tenemos un cierto modo de hablar y de comunicarnos. Una frase, una palabra, a menudo significa muchas más cosas dicha en la intimidad familiar, que pronunciada en cualquier otro ambiente. Desde niños aprendemos a leer gestos, expresiones, sonrisas a tal punto que cada presencia se vuelve un diálogo aun en el silencio. Pero cuando estamos delante del misterio de la eucaristía, sucede algo muy diferente. A pesar de que allí todo es palabra y gesto de entrega, la empatía allí no se construye leyendo gestos, interpretando expresiones y palabras, sino atravesando el silencio que permanece. El Señor en el Sacramento guarda un misterioso silencio. Y sin embargo, desde allí, desde su blanca inmovilidad, nos enseña un nuevo «léxico familiar». Sus mociones hablan al corazón, tocan las entrañas, pero sin gestos, sin rostro. Y todos los gestos que el Señor se ahorra, nos envía a buscarlos en los rostros de nuestros hermanos. El Señor en el Sacramento no nos muestra dolor, pero nos manda consolarlo en los que lloran. No nos muestra su hambre, su soledad, su vergüenza, pero nos manda buscar su rostro en los pobres y dolientes, en los arrepentidos. Y todas las palabras que el Señor se calla en el Sacramento, nos manda anunciarlas como Evangelio encarnado, como Palabra de Dios hecha vida.
El Señor Jesús, al entregar la ofrenda de su vida en el altar de la cruz, no sólo quiso que su cuerpo santísimo, su humanidad santificada por su divinidad, fuera transportado al cielo. Quiso también que su vida divina fuera transportada a nuestros corazones y habitara en ellos, y con ellos recorriera nuestros caminos. Por eso, así como un ave preciosa es el alma y el esplendor de una jaula, así la presencia del Señor que late en cada sagrario es el fuego que anima y da vida a nuestras ciudades. Y como el canto de un pájaro, aun estando preso en una jaula, extiende su libertad por el aire, llenando todo de gozosa armonía, así la sublime voz de Dios habla desde su tabernáculo, abarcando y ordenando todo con firmeza y suavidad. Fíjate bien, los pájaros son dueños de los campos y los recorren sin fronteras como legítimos ciudadanos; pero cuando moran en la jaula se dejan servir y esperan de nosotros el alimento de sus campos. Así el Señor, dueño de todo, en cada sagrario espera de nosotros la ofrenda de nuestras vidas, espera nutrirse de nosotros. Porque Dios nos nutre cuando comemos su carne y bebemos su sangre; pero se nutre de nuestras almas cuando nos acercamos a él. Con razón un Maestro se pregunta si Cristo resucitado comió también con sus discípulos cuando se les apareció y les dio a comer pescado y pan. Y responde que sí, pues hay dos modos de comer: uno por necesidad y otro por poder. La tierra reseca absorbe con voracidad el agua porque la necesita; pero también el fuego ardiente la devora, no porque la necesite, sino porque tiene la potencia de consumirla. La devora por gloria. Cristo resucitado no comió porque sintiera hambre y sus fuerzas desfallecieran, sino por la potencia de su vida gloriosa. Así el Señor, fuego que purifica nuestra tierra, viene cada día, en la tarde de nuestros corazones a buscar amor, no porque lo necesite, sino porque es gloria suya nutrirse de nuestras almas. El pan eucarístico nos devora cuando entramos en su presencia. Nos devora por gloria cuando encuentra en nuestras almas la dulzura del afecto, el sazón del gozo y del espíritu de sacrificio, la amargura de la pena, la acidez del dolor. Dios nos come en su eucaristía y así asocia los sabores de nuestras vidas al gusto misterioso de su pasión.
«Él instituyó la eucaristía para que en el mundo latiera sin cansancio el amor de Dios, para involucrarnos en su obra de salvación y para consolarnos con la alegría invencible, la alegría de la vida verdadera, de la fraternidad en la caridad».
El mejor signo de esto, es el de la vid. Toda la savia vital impregna las fibras más íntimas de la vid, y luego de llenar de vida las ramas, los sarmientos, finalmente se cubre de frutos que concentran toda la bondad de la savia. De igual modo la vida divina se comunica y difunde en Cristo, vid verdadera. Cristo es la vid en la que abunda la vida de Dios. Con razón Cristo dice de sí mismo: «Yo soy la vid», porque la vida del Padre fluye escondida en Cristo, lo secreto de su vida divina, lo que nadie puede conocer del Padre, es conocido por el Hijo y él nos lo ha dado a conocer. Cristo nos enseña a gustar y a comprender su propia vida, la vida que nos alimenta. «Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí». Comer a Cristo en la eucaristía es aprender de él a vivir la vida verdadera y a fructificar en ella.
Ahora bien, un Maestro enseña que «los frutos, aunque tan variados como las plantas, tienen en común el contener algo agradable, según su especie, y ser el último esfuerzo de la planta. Ser agradable y ser el último esfuerzo de la planta, son las condiciones necesarias para constituir el fruto propiamente dicho. Por esta razón no se llaman frutos las hojas ni las flores». Pues bien, la vida espiritual se dona amando hasta el extremo. No da frutos buenos el cristiano que, injertado en la vid verdadera que es Cristo, vive sólo de deseos o de servicios cumplidos flojamente, o viciados con malas intenciones. Esos frutos no son dignos de ser llamados así porque no son el último esfuerzo de la planta, no brotan del amor hasta el extremo y les falta la dulzura que viene de haber agotado todo en la entrega de la caridad.
En el misterio de la Cruz, el Señor se dona. Todo el misterio trinitario resplandece en la cruz. Y sin embargo, también se eclipsa por la sombra del sacrificio y de la muerte. Pero en el altar, nuestros ojos contemplan con mucha mayor claridad lo que sucede en el Calvario. Sabemos bien que a lo largo de los siglos los hombres hemos ofrecido sacrificios. En ellos irremediablemente la víctima derrama su sangre, se desangra. Y con la sangre se le escapa la vida a la víctima. Pero el sacrificio de Cristo no es así. En el altar comprendemos mejor lo que sucede en el Calvario. Las especies de pan y de vino se ofrecen separadamente. En un plato ofrecemos el pan eucarístico; en una copa ofrecemos el vino. Entonces, al convertirse en el cuerpo y la sangre de Cristo, el cuerpo no derrama sangre: el cuerpo derrama al Espíritu de Dios, y de la sangre también se derrama la misericordia de Dios, su Espíritu de perdón, el Espíritu Santo. De la carne y de la sangre de Dios mana el Espíritu Santo, emana la misericordia, brota la vida de la gracia, la vida sobrenatural. Por eso los cristianos no comemos carne muerta, sino que comemos la vida misma.
«El espacio privilegiado del amor eucarístico en la ciudad siguen siendo las familias. Su raíz es siempre el amor de Dios por el ser humano, el amor de Cristo por su Iglesia, que con razón se ha relacionado con el misterio profundo del amor matrimonial. La familia articula a la Iglesia y la Iglesia sirve a la familia para que responda a su vocación originaria. Las familias no dejan de ser invitadas a encontrar en la eucaristía la fuente de su propia alegría y la inspiración de su misión de misericordia».
Fíjate bien, cuando encendemos un cirio, ponemos especial cuidado en que la llama no se apague. Y poco nos cuidamos de la cera que se consume. De igual modo, cuando se nos confía ser padres, ser maestros, cuidar de nuestros hermanos, especialmente sabemos que hemos de cuidar sus almas para que se salven. Es nuestra tarea. Sin embargo, ésta no era propiamente la misión del Señor San José. Digamos que a él le fue dado un cirio encendido, pero no debía cuidar la llama, sino la cera. José no tuvo que cuidar la llama viva que ardía en el corazón de María. Ella, la incontaminada, no tenía nada que ensombreciera y amenazara con apagar la claridad de su luz interior. Ningún mal deseo ponía su corazón en otro tesoro que no fueran los divinos misterios. Y el tesoro de misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos estaba bien custodiado por la meditación en el cofre de su corazón. Ella había elegido la mejor parte y nadie se la quitaría. José nunca tuvo que cuidar el corazón de María. Y tampoco el de Jesús. Su trabajo era cuidar las cosas pequeñas, las cosas exteriores, las cosas de cada día, la vida doméstica. Por eso cada día se esforzaba en alegrar el corazón de aquella a la que una espada le habría de atravesar el alma. Y debía cuidar del peso del martillo las manos de aquél que un día pendería de una cruz, clavado. Tuvo que buscar entre fatigas y sudores el pan que nutrió al que nos alimenta con su carne y su sangre. Y enseñó a andar y a volver de Egipto al que es el camino y volvió victorioso de la muerte. José cuidó la carne de Cristo, con toda su alma, con todas sus fuerzas. Nada estuvo tanto tiempo en sus pensamientos, en sus dudas, en sus congojas, sino el misterio de la encarnación de Dios. Bien sabía José que esa carne bendita era la carne que Dios tomó de María Virgen, su prometida. Y por eso la amaba como promesa cumplida. Y al amar la carne de Cristo, al cuidar de ella, José nos amó a cada uno de nosotros, amó a la Iglesia que habría de nutrirse de esa carne bendita. Al nutrir al que alimentó la muchedumbre de la Iglesia, José nos dio vida a todos. Ese pobre José, no hizo más que cuidar la cera con que se alimenta la luz pascual de la Iglesia. No hizo más que dar trigo, agua y calor al Pan vivo, para que de su cielo bajara al altar de la Iglesia. Así nos enseñó José que quien ama al cuerpo de Cristo no puede amarlo sino con amor de familia, con amor doméstico, con amor de Iglesia.

Una última idea, suele pasar que cuando se vive como extranjero en un país lejano, comer los alimentos de la patria resulta un poderoso signo de comunión, de añoranza y memoria de recuerdos alegres. Porque los primeros alimentos, esos con los que más nos identificamos—porque somos lo que comemos—, esos los recibimos como don, acompañado del calor maternal, de la complicidad de los hermanos, de la generosidad paterna. Cuando como extranjeros comemos la comida de la patria, de alguna manera comemos todo lo bello que hemos vivido. Algo así sucede en la eucaristía. La eucaristía es un alimento de añoranza. Un alimento que nos hace sentir nostalgia por la patria, por el banquete del cielo. Comemos la belleza de una patria que no conocemos y ya añoramos. Porque la ira, la violencia, el engaño, la venganza, son vino de dragones que bebemos en nuestras calles, en nuestros trabajos, y que envenena nuestra vida. Son vino que deforma nuestros rostros, les desfigura la belleza. Tal vez en nuestro tiempo lo que más evidente nos resulta del pecado no es siempre su componente moral. Tal vez en nuestro tiempo lo que hace evidente la maldad del pecado es su fealdad. Una vida en el pecado es fea. Una vida sin comunión, cargada de odio y rencores, es muy fea. Olvidar a los pobres, abandonar a los ancianos, asesinar a los pequeños, es algo feo. No hay belleza en nada de eso. Comer la eucaristía es comer la belleza. La belleza que puede recordarnos lo que somos, la belleza que puede transportarnos a la patria que nos espera. «¡Gusten y vean, qué bueno es el Señor!»

domingo, 15 de mayo de 2016

"Pax vobis! Sicut misit me Pater, et ego mitto vos"

Dominica Pentecostes

Hace pocos días visité un monasterio de nuestra Orden en el que las puertas normalmente no se cierran con llave. Y los terrenos del monasterio no están delimitados con bardas. Entonces me acordé de un cuento que un conocido abad de nuestra Orden suele contar: Sucedió en una ocasión que un hombre murió. Y llegó al cielo. Para su sorpresa, el cielo no tenía ni oficina ni recepción, como suelen imaginar los que cuentan chistes y cuentos sobre el cielo. Había una puerta, y el alma recién llegada tocó suavemente, pero como nadie respondió, la abrió sigilosamente y se asomó. No había nadie, pero dentro todo era hermoso como los jardines de algunos monasterios. Nadie le salió al encuentro, ni ángeles, ni santos, nadie. Entonces se puso a dar un paseo fisgoneando allá y acullá. Todo era muy lindo y ameno. De momento le pasó por la mente el deseo de pasar allí toda su eternidad, simplemente disfrutando, pero le interrumpió una inquietud: «Bueno, la gente aquí debe ser muy honrada. ¡Mira que dejar toda esta riqueza así sin vigilancia y sin llave!…»
Y así se fue curioseando cómo era la gloria, recorriendo las moradas celestiales hasta que se encontró con una modesta habitación. Era de muy buen gusto, pero claramente era un lugar de trabajo. Pronto lo comprendió. Estaba ni más ni menos que delante del escritorio de Dios Padre. Detrás del escritorio había tres cómodos sillones y sobre uno de ellos, unos anteojos. Como desde niño tenía la manía de probarse los lentes de los demás, sintió deseos de probárselos también, y como en el cielo todo siempre acaba por inspirar confianza, pues finalmente se los puso. ¡Qué impresión! Todo era tan claro y patente. Abrió un cajón, que tampoco tenía llave, y sacó algunos expedientes. Todo le quedaba claro: las verdaderas intenciones de la gente, sus secretos, sus frustraciones, el peso de la tentación… y, lo que antes casi no había notado, tantos dolores. Todo se veía tan claro con los anteojos de Dios.
Entonces se le ocurrió una idea… echar un vistazo al expediente de sus conocidos. Comenzó a buscar y encontró el de un socio de su empresa y bien pronto, con los anteojos de Dios, percibió una terrible injusticia. Lleno de furia quiso hacer algo. Buscaba nervioso algún botón secreto desde el cual Dios mandara algún rayo o algo así. ¿Tal vez eso sí lo tendrían con llave en el cielo? Desesperado, tomó un banquito en el que Dios suele reposar sus pies y lo lanzó contra su socio. Un derrumbe en la oficina de la empresa hizo entonces que su socio interrumpiera la mala transacción que estaba realizando para salir corriendo pues ya un ladrillo le había golpeado fuertemente la cabeza y el resto del edificio amenazaba con venirse abajo. Con esos lentes de Dios su puntería había realmente mejorado.
De pronto una gran alegría retumbó en el cielo, voces angelicales y cantos de santos y santas resonaron por doquier. Era Dios que volvía de un paseo con las cortes celestiales. Rápidamente se quitó los lentes de Dios y trató de esconderse detrás de una lámpara de indulgencias que al parecer Dios usa para darle un poquito de color a algunas almas paliduchas. Pero todo fue inútil. Porque Dios apenas lo vio le sonrió con esa sonrisa de complicidad que Dios tiene desde que hizo al hombre. «Siéntete como en tu casa, hijo, me alegro mucho de que hayas venido». Y la pobre alma respondió: «Bueno, verás Dios, ya entrando en confianza, fíjate que me puse tus lentes, espero no te enojes… pero sólo fue por un ratito. Se ve todo clarito, clarito». A lo que Dios le respondió con una pregunta: «¿Y qué hiciste?» «Nada Dios, no te enojes, quise pedir permiso, pero no vi a nadie y todo aquí es tan acogedor que…» «Sí, eso está muy bien, dijo Dios, pero ¿y luego qué hiciste?» «Pues miraba todo como tú lo miras». «No, hijo, no me has entendido, eso está muy bien, yo quisiera que todos vieran el mundo como yo lo veo, pero dime qué hiciste con el banquito donde pongo mis pies».
«Ah, pues, mira Dios, un socio mío estaba haciendo una tremenda injusticia, lo vi todo, y en la tierra nunca me preocupaban esas cosas, pero desde aquí como que me dieron muchas ganas de hacer justicia. Entonces le lancé el banquito a la tierra y, como tenía puestos tus lentes, no me falló la puntería y la empresa se derrumbó… salió vivo, pero todo descalabrado ¿Qué de malo hay en eso?»
Ay, hijo, mira, hay que tener mucho cuidado cuando te pones mis lentes. Tenías mis lentes, y veías todo como yo lo veo; pero no tenías mi amor. Lo que a ti te pareció que eran mis lentes, es mi Hijo, la verdad que se hizo hombre para que tú puedas ver todo como Dios lo ve. Yo lo envié al mundo para dar la buena nueva a mis pobres; pero no lo envié sin mi Espíritu de perdón. Mi Hijo puede juzgar porque sólo él puede salvar. Él ha lavado con su sangre al hombre para que pueda presentarse digno delante de Dios. Mi Hijo sabe muy bien que no basta con que veas todo como yo lo veo. Es necesario que ames como yo amo. Pues mi justicia no es simplemente un puño para estorbar y castigar los malvados designios del corazón humano. Mi justicia es compasión que transforma al hombre desde dentro y regenera todo lo que ha carcomido el pecado. Por eso mi Hijo entregó mi Espíritu Santo en la cruz, para que ame en ti, perdone en ti, ore en ti. Como yo envié a mi Hijo al mundo, con mi Espíritu de paz, así mi Hijo manda a los creyentes, con mi Espíritu de amor, para que la paz esté con ustedes.

domingo, 10 de abril de 2016

"Venite, prandete"

Dominica III Paschæ

Tomás, uno de los doce discípulos, no estaba con ellos cuando vino el Señor. Tampoco estaba al pie de la cruz junto a María la Madre del Señor y el discípulo que Jesús amaba. Todo lo que supo acerca de esas tres horas, lo supo porque la Madre del Señor y el discípulo amado se  lo contaron.
La tarde en que el Señor fue sepultado, aparecieron discípulos secretos, amigos piadosos de Jesús que, a diferencia de Tomás, no dejaron todo para seguirlo por los pobres y fatigosos caminos que el Evangelio emprendía. Eran discípulos más o menos bien establecidos que esa tarde salieron de sus escondites para negociar con Pilatos la entrega del Cuerpo muerto del Señor. Discípulos que esa tarde tenían suficiente mirra, perfumes y mortajas para honrar y dar un sepulcro nuevo a una muerte totalmente nueva. Fueron ellos los primeros en admirar horrorizados las llagas del Señor. Tomás, naturalmente, no estaba con ellos esa tarde. Él formaba parte del grupo de amigos que caminaron unos tres años con el Señor, dejándolo todo, dispuestos a cualquier cosa por él y por su Evangelio, y que, sin embargo, lo abandonaron en esas horas decisivas, en la hora de la cruz. Tomás no estaba cuando Jesús fue amortajado, esa tarde en que las llagas se volvieron la contraseña para los cristianos. Los agujeros de los clavos y la abertura del costado eran misteriosos pasadizos secretos que él no había visto con sus propios ojos. Y sin embargo, había creído todo sin haber visto. Creía que había heridas de clavos y de lanza y que por tres horas la sangre del Señor fluyó a través de ellas.
Me sorprende que Tomás haya querido tocar esos agujeros que jamás había visto para poder creer. Es extraño lo que Tomás pide: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

De por sí era ya difícil creer que un hombre al que muchos vieron morir, ahora estuviera vivo. Y pensar que vive con llagas abiertas, es algo todavía más difícil. Porque nosotros no podríamos propiamente vivir con una llaga abierta. La vida se nos escaparía por ella… a través del dolor. Viendo las llagas abiertas del que es la Vida, Tomás pudo creer, no sólo que estaba vivo, resucitado, sino que él es verdadero Dios, pues sólo a Dios no se le escapa la vida como a nosotros. Sólo a Dios una llaga no lo corroe. Por eso nosotros comemos sus llagas gloriosas en su cuerpo misterioso, para sellar las nuestras, a través de las cuales se nos va la vida. Sus llagas nutren las nuestras de una gloria que de otro modo no conoceríamos jamás. La miseria de nuestras heridas se sacia de la riqueza de su gloria.
Bueno, algo parecido le sucedió también a Pedro. Los discípulos fueron a pescar con él. Y se embarcaron en una noche en que no pescaron nada. Hasta que apareció el Señor; pero ellos no lo reconocieron. Luego de que los instruyó sobre dónde debían pescar, echaron la red y luego ya no podían jalarla por ser tantos los pescados. El discípulo amado reconoció al Señor y se lo dijo a Pedro: «Es el Señor». Y el apóstol Pedro se arrojó al agua. Mientras tanto, Jesús preparaba el almuerzo. Tal vez Pedro y Juan recordaron aquel día en que Pedro estaba muy angustiado por una fiebre que tenía en cama a su suegra. Y llegó Jesús, y no había nada de desayunar, y el pobre Pedro que ni sabía calentar pan ni  asar pescados. Todo lo quemaba con su ímpetu. Entonces Jesús, que quería desayunar–como nota un poeta–, tomó de la mano a la suegra de Pedro, la levantó, y la fiebre desapareció, y ella se puso a preparar el almuerzo como todos los días. Y allí estaba Jesús ahora, recuerdo resucitado, como una vieja fotografía que poco a poco nos devuelve un pasado que ya casi no reconocemos. Con el aroma de pescado y pan, una marejada de recuerdos de las pequeñas cosas de cada día resucitaba en la playa del corazón de Pedro, y entre la brisa de sus olas resplandecían tres llagas majestuosas, radiantes. Eran las llagas que el señor le mostró a Pedro. No las del cuerpo, sino las del alma. «Pedro, ¿me amas más que éstos?» «Pedro, ¿me amas?» «Pedro, ¿te caigo bien?» Y cada pregunta era un agujero abierto, vestigios de tanto amor que faltó, y en ellos metió el Apóstol su dedo, el dedo de su pobre «Sí, Señor, me caes bien». Con un pobre «Tú sabes que me caes bien, tú bien sabes que te quiero», Pedro trataba de llenar los enormes huecos que las negaciones dejaron en el alma del Señor. «Señor, tú lo sabes todo, sabes que no te amo más que éstos, mis hermanos, sabes que ni yo mismo sé si te amo; pero tú lo sabes todo, y bien sabes que te quiero».
Y esas llagas del alma de Cristo están también revestidas de gloria. Y también nos nutren. Son el comedero de la Iglesia: «Apacienta mis corderos»; «Pastorea mis ovejas»; «Apacienta mis ovejas»: «Pastorea mi Iglesia en mis llagas. Porque quien se nutre de mis llagas, las llagas de mi alma, curará con ellas las de la suya, y un día, al final, se manifestarán gloriosas y resplandecientes como las mías en el corazón resucitado de la Iglesia».

sábado, 26 de marzo de 2016

Surrexit Dominus vere, alleluia, alleluia

In vigilia resurrectionis DN Iesu Christi

Amaneció el Sábado Santo. María, la Madre de Dios, se despertó con la sensación de haber vivido una cruel pesadilla. Pero pronto sus recuerdos comenzaron a empapar otra vez su corazón, y las lágrimas, sus ojos. Oraba a Dios. No sé qué pedía. Tal vez pedía un amor todavía más grande, el colmo del amor, el colmo del perdón.
La Madre lo había perdido todo. Las largas horas de la cruz volvían a su memoria, lúcidas, claras. No puedo imaginar qué pedía la Madre al pie de la cruz: ¿que no le fuera arrebatado el amor que desde el día de aquellas misteriosas alas del ángel Gabriel le había arrebatado el corazón? No lo creo. La Madre sólo pedía un amor más grande. Y sus ojos eran un espejo inundado del cielo de los ojos del Hijo. Hasta que el Hijo amado se durmió en el sueño de la muerte. Dos discípulos pidieron a Pilato de noche el cuerpo de Jesús, mientras la Madre sólo pedía al Padre un amor todavía más grande.
Y mientras el Rey del cielo que hace temblar las estrellas dormía bajo la bóveda pedregosa del sepulcro, a la Virgen Madre le parecía ver a su Hijo en todas partes. Entre la gente que pasaba por las calles, le parecía distinguir a Jesús; pero no era él. En esa cierta hora después del duro trabajo, antes de ir a pescar con sus amigos, en esa hora en que Jesús solía irla a buscar para comer juntos el pan de los sencillos y refrescarse con el atardecer, todo le anunciaba que Jesús estaba cerca, oía sus pasos y creía escuchar la puerta que se abría. Pero no era él. El sol, marchándose, juraba que ya estaba cerca, que ya pronto estaría con ella, pero no podía cumplir sus promesas. Sólo el llanto visitaba puntualmente sus ojos. Estaba sola, verdaderamente sola. Y extrañaba a Jesús con un dolor inimaginable.
En el umbral de la casa, cuando sus amigos venían avergonzados y sin palabras a abrazarla y a llorar amargamente en sus hombros, algo le hizo sentir que él estaba con ellos. Pero no era así. Ellos venían con el alma vacía, sin comprender nada de lo que había pasado. Entonces ella les contó lo sucedido. Les habló del silencio de Jesús, de su obediencia al Padre, de su inigualable amor por nosotros. Les dijo que Juan sería ahora su hijo; pero les confesó que siempre había amado a todos como a hijos. Y mientras abría el tesoro de su corazón donde guardaba todas estas cosas, volvían a resonar en sus oídos los gemidos del dolor desde la cruz, la voz atormentada con que pronunció Jesús el acento final de su amor. Y la sangre amada brillaba todavía ante sus ojos como hermosos rubíes arrojados al suelo. En esa tarde un sentimiento vacío la agobiaba. Como si el caer de la tarde la amenazara con repetir la cruel despedida, el último abrazo, frío, tremendo. La Madre recordaba todo, con amor y terror. Y, mientras acogía en sus hombros las amargas lágrimas de Pedro y con sus manos reconfortaba la dura espalda agobiada por la culpa de haber negado al Señor; mientras acogía en su regazo la ternura virginal de Juan, el amigo del Señor; mientras abrazaba la vergüenza de los demás discípulos, algo verdaderamente misterioso sucedía más allá del sepulcro. Cristo, el Señor descendía a los infiernos, a la región de los muertos. Y, mientras la Madre acogía en la caridad a la Iglesia recién nacida que lloraba su viejo pecado, el Señor acogía en sus hombros el amargo llanto de Adán y de Eva, viejos amigos de la infancia del mundo. «Adán, Eva, amigos, vine a verlos. No he dejado de pensar en ustedes en mi pasión. He venido a buscarlos en la noche del mundo, en la noche de su muerte. Porque puede el hombre acostumbrarse a vivir sin Dios; pero Dios no se acostumbra a vivir sin el hombre».
El  sepulcro es una asamblea de llantos, llanto de justos que lloran el amor de Dios y la ingratitud del hombre. El Señor les ofrece el evangelio de su sangre, y con ella bautiza diciendo: «Hoy estarás conmigo en el paraíso», a todo los que le suplican: «Señor acuérdate de mí». Esta es la noche de la que estaba escrito: «Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo».
Esta noche, la Virgen Madre no puede dormir. Ella, que tanta caridad tuvo con su cuerpo, esta noche no le concede el descanso. Vela, vigila. Mientras el Señor no resucite, ella debe cuidar de su Iglesia. Reúne presurosa a sus amigas, llevan perfumes de fe, de esperanza, de amor, mientras se realiza el misterio más glorioso que jamás haya visto el mundo.
Goza y alégrate, Virgen Santa Madre de Dios, porque verdaderamente ha resucitado el Señor, aleluya, aleluya.

viernes, 25 de marzo de 2016

"Spinas et tribulos germinabit tibi"


Feria VI in Parasceve

Cuando Adán pecó, desobedeciendo el mandato de Dios, una funesta oscuridad invadió la tierra. La voz de Dios resonó entonces: «Maldita será la tierra por tu causa. Con fatiga comerás de ella tu pan todos los días de tu vida. Abrojos y espinas te producirá». Entonces la muerte que Adán había comido comenzó a invadirlo todo. La fragilidad de la vida, ya intoxicada por la inyección letal del pecado y de la muerte, se volvió la preocupación y la fatiga más grande de todo cuanto brota en la tierra. En el afán de protegerse, las plantas se hicieron abrojos y espinos que ahogaban muchas veces con su preocupada ansia de vivir las buenas semillas. Y el hombre hecho de tierra también comenzó a producir abrojos y espinas de maldad y pecado. Y la buena semilla que Dios sembraba en su corazón muchas veces se ahogó por las preocupaciones de esta vida.
Por eso Cristo, el Señor, para darnos la vida verdadera, la vida que no conoce la preocupación de la muerte, quiso subir a la cruz, con su frente poblada de espinas. La tierra se oscureció bajo una sombra de espinos porque Dios se puso a los pies del hombre para que el hombre alcanzara el cielo. Y en esa densa nube de crimen y maldad sólo Cristo podía ver lo que nadie veía. Él era nuestra tierra buena, la tierra inocente de la que fuimos formados. Y él quiso sembrarnos de nuevo, ahora en su inocencia. En la frente de Cristo estábamos nosotros sembrados, abrojos enormes que lo oscurecían todo con la sombra de sus espinas. Hasta que lo ahogamos en la muerte. Pero él nos veía, y amó a cada uno de nosotros y por cada uno de nosotros se ofreció al Padre eterno para que a cada uno se le perdonaran sus pecados y recibiera la gracia. Con toda verdad un Maestro enseña que él «murió por cada uno como si cada uno estuviera solo en el mundo. Y no sólo esto, sino que en la cruz vio cada uno de nuestros pecados, cómo los cometíamos, los vio entonces, antes de que sucedieran, de la misma manera como los ve ahora cuando suceden. Esto afligió de un modo indecible su Sagrado Corazón, y rezó al Padre, y suplicó por cada uno para que, a cada uno, se le perdonaran los pecados». En la profunda sombra de nuestra muerte él nos vio, él nos amó, él pensó en nosotros. Y mientras, nuestros clavos, espinas, y lanza se hundían en su carne como raíces voraces ansiosas de alimento. Y la sangre de su carne inmaculada nos lavaba de la toxicidad del pecado, transformándonos de abrojos en cruces de vida eterna. Porque el hombre hecho abrojo se convierte en cruz cuando la sangre de la gracia lo transforma.
Por eso exultemos hoy y unamos nuestra voz para cantar el misterio de la memoria de Dios: «¡Bienaventurada memoria que se acordó de nosotros! ¡Dichosa la hora en que estuvimos presentes todos nosotros en el mismo monte Calvario! Sí, estábamos allí, no lejos de la cruz ni siquiera cerca, sino en la misma cruz, en la misma frente del Señor, en el mismo pecho de nuestro redentor. Allí nos abrazaba con inmenso amor, y nos ofrecía al Padre como cosa suya—espinas clavadas en su carne—, como si fuésemos él mismo para que así Dios nos aceptara».
En medio de las tinieblas una luz pequeña brilla hoy, como luciérnaga nacida de tierra recién fecundada. Es una luz que nace de la inocencia, la luz de la Virgen Madre. Y la Madre llora. Riega con lágrimas lo que el Hijo regó con sangre. Porque todo lo que nuestras espinas han hecho en la carne y en el alma de su Hijo amado, el amor lo ha hecho en su corazón de madre. El amor ha tatuado en su corazón toda la fealdad que desfigura la carne de Cristo. Y esa fealdad de Cristo es ya nuestra hermosura.
De la tierra buena en que Dios sembró su Palabra no ha quedado más que un sepulcro pedregoso. Los espinos han devorado todo. Pero entre las rocas del sepulcro hay dos corazones: el corazón amante de Cristo, y el corazón doliente de la Madre. Y así como la divinidad de Cristo no abandonará entre las piedras la carne y el alma que tomó de nuestra humanidad, tampoco el corazón de la Madre se apartará de ella. Donde está su tesoro, está su corazón. Y la Madre no tiene más tesoro que el corazón del Hijo. Con toda verdad un Maestro reza: «¡Feliz sepulcro, que guardas en ti un cuerpo y dos corazones!» Por eso el corazón de la Madre estará allí en la tumba, hasta que la tierra nueva vuelva a ver la luz y haga germinar la gracia de la resurrección: ¡Dichosos los pacientes!, porque recibirán la buena tierra en herencia, la tierra resucitada, la tierra pacífica que cumplirá por siempre la voluntad del Padre.