domingo, 2 de octubre de 2016

"Adauge nobis fidem!"

Dominica XXVII per annum

Todo comenzó con una titulación en enfermería. Bueno, en realidad todo había comenzado mucho antes, pero por lo pronto comencemos desde allí. El día de su titulación, Sor Monjita no era más que una humilde discípula de Cristo, consagrada a Dios por los votos. Había abrazado con poca devoción y mucha ingenuidad la vida religiosa, y sabía casi nada de lo que Dios esperaba de ella. Era una pregunta que prefería dejar para después. Pero por esa extraña compasión que a menudo despiertan los despistados en el corazón de la Iglesia, había logrado avanzar y ahora acababa de recibir su título de enfermería. Tonta no era; despistada sí.
Iba de regreso de la Universidad al convento, cuando de repente unos fuertes gritos y alaridos la sacaron por la salida de emergencia de sus cavilaciones. Una mujer gritaba, y la ola de los curiosos la secundaban. Tendida en el suelo y con una prominente señal de embarazo, la mujer anunciaba a todos a gritos el prodigio. Y como nuestra monjita era más argüendera que enfermera—al menos tenía mucha más experiencia en eso—también comenzó a gritar: «¡Rápido, una ambulancia, llamen a un médico, una enfermera!» Este último grito llegó al fondo de su alma como moneda en alcancía de teléfono. Y le hizo anunciar a sí misma y al universo entero: «¡Yo soy enfermera!»
Bueno, no nos perdamos en los detalles. Al fin y al cabo todos sabemos muy bien lo que es venir al mundo. Todos lo hemos hecho ya alguna vez. En fin, el hermoso bebé nació. Y la orgullosa mamá se derretía de alegría como un helado bajo el sol, mientras la líquida y pegajosa dulzura agradecida fue a parar a las manos de nuestra monjita. Aquella feliz mamá era una mujer muy rica y poderosa, altruista, empeñada en el activismo por las mejores causas. Y su farándula le ayudaba en eso. Así que pronto se hicieron amigas la activista y su heroína. Juntas se propusieron salvar a la humanidad de los partos imprevistos, y comenzaron a soñar con crear una cadena de hospitales que tuvieran una sucursal cada dos cuadras… algo así como esas tiendas de golosinas y bebidas que aparecen por todas partes, más frecuentes que semáforos… por si se ofrece.
El primer obstáculo a vender era la madre priora. Esa mujer necia que nomás no entiende razones. ¿Cómo le iba a dar permiso a una de sus monjitas de involucrarse en un proyecto tan heroico, si nunca había confiado del todo en ella? Nunca había apreciado sus cualidades y por eso permanecían enterradas como un tesoro secreto en una isla desierta. ¿Cómo iba a entender que lo de nuestra monjita, lo suyo, lo suyo, eran los partos de emergencia? Al cabo la priora nunca iba a estar en una de esas, ¿cómo podría valorarla?
Así que nuestra monjita decidió abandonar el convento, crear un nuevo instituto e iniciar el proyecto totalmente innovador al lado de su nueva amiga. Juntas iban a conquistar el mundo. Para ahorrar tiempo, compraron una primer clínica, ya armada y equipada. «Esto urge y no hay tiempo que perder. Es una emergencia». Pronto llegaron los primeros pacientes, pero eran vecinos que venían a preguntar cosas sin importancia, sobre vacunas, resfriados, y muchas cosas de las que ninguna de las dos tenía idea. «¿Cómo le explico, señor, que ésta es una clínica para partos de emergencia?»
Bueno, pronto quedó claro. Hasta que comenzaron a llegar las primeras pacientes.  Exceptuando el caso de alguna que se fue sin pagar, otra que se quejó de muy mal trato, otra que decidió abandonar a su bebé, la clínica fue todo un éxito. No podían abrir todas las sucursales que soñaron, pero la clínica marchaba sobre ruedas. Y hasta algunas chicas se acercaron como voluntarias dispuestas a sumarse a los esfuerzos de nuestra monjita.
Pasaron los años. Un día nuestra monjita se levantó como siempre, a las cinco de la mañana, de muy mal humor. Rezó decepcionada y molesta porque algunas de sus hermanas no vinieron a rezar. Pensó que de todos modos hubiera estado irritada si todas hubieran venido. Había algunas a las que prefería no ver. Desayunó pensando en lo mal que sabían los jugos y desayunos saludables que preparaba su otra colega y mejor fue a una de las dos tiendas de la esquina a comprar unas golosinas y una bebida gaseosa con cafeína y más que azucarada, para despertar. Tenía un montón de partos que atender y se preguntaba si la gente no se cansaba de tener hijos. En su escritorio le esperaba una carta del obispo regañándola por alguna historia de maltrato. Y una demanda de alguna empleada despedida injustamente. En el corazón le guardaba rencor a muchas personas a quienes había ayudado y que de pronto se había venido en contra suya. Muchos a quienes les dio seguridades, trabajo, alegría, no le toleraron sus errores, su nerviosismo, sus neurosis que con la edad se le vinieron también encima. Tampoco entendía por qué se había echado encima la responsabilidad de tantas vidas, al punto de que si algo fallaba seria su ruina. Tenía que ser perfecta, pero muy pocos la apoyaban en ese camino. Lo que comenzó haciendo por un sueño se transformó en una pesadilla tan pesada que por eso se llamaba pesadilla. No entendía por qué el amor se había vuelto como sus guantes de látex. Algo que había que desechar después de cada consulta y se sintió traicionada por ella misma, por la vida. Entonces lloró. Lloró como aquel primer niño que vio nacer. Como aquella madre feliz y satisfecha, como aquella otra que perdió a su hijo, como tantas personas habían llorado con ella.
Fue a la Iglesia y escuchó el Evangelio que leía un joven sacerdote entusiasmado: «Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: “arráncate de raíz y plántate en el mar”, y los obedecería». ¿Qué tiene que ver un grano de mostaza con un árbol frondoso? ¿Y para qué sirve un árbol frondoso arrancado de raíz y plantado en el mar? Qué tontería, morirá sin que nadie pueda cortar sus frutos. Pero el joven sacerdote que leía lo decía con tal entusiasmo, que le pareció que daría su vida entera por tener una fe así de grandota… como el grano de mostaza. De pronto le pareció que el sacerdote envejecía mientras leía: «¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: “Entra enseguida y ponte a comer”? ¿No le dirá más bien: “Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú”? ¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación?»

La idea le pareció terrible, pero tuvo que reconocer que ésta era su propia vida. Y que hay dos tipos de fe. El primero es el de la fe pequeña: si tuvieras fe tan pequeña como un grano de mostaza, podrías, con la fuerza de tu sueño, arrancar un árbol frondoso y plantarlo en el mar, donde morirá y se corromperá, porque en el mar de los sueños hay olas suaves, informes e informales, pero allí un árbol no dura mucho plantado. Entendió que labrar la tierra o pastorear rebaños es algo muy real, tan real como la tierra que nos recibe con durezas y fatigas. Y por eso hay otra fe, mucho más grande, tan grande como un grano de mostaza. Es la fe que Dios nos da cuando le pedimos «Auméntanos la fe». Es la fe que labra la tierra y siembra el grano de mostaza, y una vez que se convierte el arbusto recoge la semilla y convierte el tallo en bastón para pastorear. Y usa la semilla para sazonar la comida del amo que está de regreso. Esa fe está más cerca de la pesadilla que del sueño. No es la fe espectacular que todos aplauden, sino la fe humilde, la de siervos inútiles. En esa fe por la que el mundo no nos ofrece nada en recompensa, en esa fe que nadie nos agradece, pero sin la cual el mundo moriría de hambre, en esa fe está escondido Dios. Cuando somos siervos inútiles que no hacemos más que lo que teníamos que hacer, entonces, es posible que entre las cosas de cada día, hayamos hecho algo increíble por ser algo más grande que los sueños, es posible que hayamos hecho algo imposible de no ser creído por ser tan real… y es posible que hayamos hecho algo meritorio por haberlo hecho simplemente por amor.

lunes, 15 de agosto de 2016

Misa tradicional en Cuernavaca


Todos los domingos se ofrece el Santo Sacrificio de la Misa en la forma extraordinaria,
por el R. Dom Evagrio López Álvarez OSB,
en la capilla del Monasterio Benedictino, a las 16:00 horas.

domingo, 14 de agosto de 2016

Salve, regina et mater monachorum: ora pro nobis

In assumptione BV Mariæ
Missa vespertina in vigilia
 
El Señor Jesús en varias ocasiones llevó a sus amigos a una montaña alta. En muchas ocasiones los llevó a un lugar solitario. Pero no leemos que haya llevado el Señor consigo a la Virgen Madre a una montaña alta o a un lugar solitario para orar. Es que ella era la cumbre, la montaña aireada, la solitaria cima elevada. La fe mueve montañas. Con la ayuda de un pico y una pala. Jamás una montaña se ha movido de otro modo. Pero el amor hoy movió una montaña alta, muy alta, y la plantó en el cielo.
Tomás, como siempre, llegó tarde. Los apóstoles habían sido convocados por mandato divino en Jerusalén. Y en un abrir y cerrar de ojos, como rayos de luz, se reunieron de todos los puntos en que tenían la misión de predicar el Evangelio. La Virgen Madre los bendijo con la dulzura de siempre. Y así, sin violencia, en una victoria amorosa, subió al cielo. Su tránsito fue un dulce sueño de amor. Ella, que tanta caridad había tenido siempre con todos, también la tuvo con su cuerpo. Con toda verdad un Doctor Eminentísimo enseña que «esta Reina celestial se durmió de amor, pues sólo concedía algún reposo a su cuerpo para revigorizarlo, a fin de que pudiese servir mejor a Dios después: acto muy excelente de caridad, porque, como dice San Agustín, “esta virtud nos obliga a amar a nuestros cuerpos lo conveniente”, en cuanto que ellos son necesarios para las buenas obras y parte de nuestra persona, y participarán de nuestra felicidad eterna». La Virgen Madre concedió pues un breve descanso a su cuerpo antes de continuar haciendo bien en el cielo.
Tomás llegó corriendo, siempre tarde, y quería besar las manos bienhechoras de la Madre de Dios por última vez. Así que los apóstoles le abrieron el sagrado cofre que contenía el cuerpo de la Madre de Dios. Ya una vez Cristo mismo le había mostrado los agujeros de los clavos y le había abierto su costado para que viera su corazón amante, y aliviara su incredulidad impuntual. ¿Por qué ocultarle el cuerpo de María, que era un sagrario igualmente precioso a los ojos del Maestro?
Abrieron el cofre. Ciertamente no esperaban encontrar corrupción. Eso nunca se asomó siquiera en el cuerpo santísimo de María. Su mismo Hijo, él, el que todo sostiene en su mano, ¿cómo podría permitir que el sepulcro corrompiera a la que en su nacimiento no menoscabó en su integridad, sino que la consagró, conservándola intacta cual era? Con toda verdad dice el Damasceno: «Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad». Grande fue el asombro gozoso de los Apóstoles. La Madre no estaba en el sepulcro. Comprendieron todo. Había sido llevada al cielo en cuerpo y alma, y había salido del sepulcro por la sutileza propia de los cuerpos gloriosos. En su lugar sólo quedaban las flores e hierbas aromáticas con que la pobreza de los Apóstoles adornó su cuerpo santísimo.
En el cofre había ramas de laurel, porque la Madre era corona de laureles para premiar a todos los Apóstoles y discípulos que progresaban en el arte espiritual. Todo atleta espiritual, ignorado por el mundo y alejado de sus aplausos, la tuvo por corona en la frente de sus fatigas.
En su sepulcro había también hojas de menta, porque la Madre era frescura perfumada de castidad. Y había toronjil, porque ella es resuello, respiro de alivio para el pecador arrepentido.
Había flores de camomila, de manzanilla. Porque la Madre era un colirio para los ojos de los creyentes que enceguecían por la ira, y porque su dulce mansedumbre calmaba la visceralidad de los orgullosos.
Y había ajenjo, hierba muy amarga que sirve para abrir el apetito. Pues la Madre era ajenjo para los apetitos mundanos, pero abría el gusto por las cosas del cielo. La Madre era jengibre, raíz que cura las deformidades de nuestra humanidad y era cardamomo, semilla perfumada de esperanza.
En la tumba había también canela. Pues la Madre era canela. Y así como la canela cura otras plantas y protege sus flores, así la Madre fue médico de médicos. Y como toda la fuerza de la canela le viene de estar adherida al árbol que le dio la vida, así la Virgen Madre, al pie de la cruz, obtiene toda su virtud de estar unida a ella.
La Madre había venido al mundo anhelando el cielo. Como todas las flores e hierbas medicinales, la Madre nació en nuestra tierra. Pero vivió siempre perfumando el cielo, elevándose en busca del sol, desde su pequeñez. Sus raíces estaban en nuestra tierra, pero su mente y su corazón moraban en el cielo. Cada día era un milagro que un éxtasis no la arrebatara para siempre. Con toda verdad un Maestro enseña que hoy un milagro detuvo otro milagro. El milagro de no ser arrebatada al cielo, el milagro de que permaneciera entre nosotros hoy cesó. Y otro milagro se la llevó al cielo.

Hija del cielo, Señora de los ángeles, licor, medicina y perfume de monjes, haznos hoy flores medicinales, hierbas aromáticas, para ennoblecer y embellecer la Iglesia que tú das a luz con dolor. Haznos huerto cercado que no tenga más salida que el cielo, para que arraigados en ti, que eres montaña alta, alcancemos por tu asunción el cielo. Virgen Madre de Dios, alcánzanos la alegría de volar todos juntos ya no como flores arrancadas por las tempestades del tiempo presente, sino como aroma de comunión que asciende por el anhelo de perfumar el cielo.

domingo, 24 de julio de 2016

"... et pulsanti aperietur"

Dominica XVII per annum

Recuerdo que cuando comenzamos a aprender a trabajar la cerámica, nuestra maestra nos pidió que hiciéramos un cuenco con las palmas de nuestras manos. Era imaginarnos como hombres de las cavernas disponiéndonos a acarrear algo. Bueno, de este gesto tan elemental surge todo el arte del ceramista. Sus palmas formando un cuenco están dispuestas a recibir y a llevar. El ceramista no hace otra cosa que extender este gesto con formas bellas, texturas, colores. Y algo así sucedió cuando Juan enseñó a orar a sus discípulos. Les compuso una pequeña oración que era como un cuenco formado con las palmas de las manos y de allí ya todo lo demás era posible.
Cuando uno de los discípulos de Jesús le dijo: «Señor, enséñanos a orar como Juan enseñó a sus discípulos», él, que como verdadero Dios escucha la oración de todos, les enseñó la oración que solía dirigirle Juan, la misma que le dirigían sus discípulos. El Señor conocía la secreta oración de Juan y podía enseñarla porque como verdadero Dios escucha y conoce cada plegaria. Y les dijo entonces: «Si alguno de ustedes tiene un amigo, y viene durante la noche para decirle: "Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle". Y, desde dentro, el otro le responde: "No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos". Si el otro insiste llamando, les aseguro que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite».
Esta enseñanza de Jesús me recuerda unas notas de un monje escritas pocos meses antes de ir al martirio: «Yo no tengo nada y es de noche… Soy pobre, pero tengo un amigo. Recibo de su corazón abierto lo que me falta: el amor, la misericordia, la ternura, la paciencia y la paz». Sabía muy bien nuestro mártir que toda la vida del cristiano es una larga noche en la que no tenemos nada. Somos pobres. Y sin embargo, recibimos del amigo todo eso que nos falta para acoger en la hospitalidad al amigo que viene de viaje. Este amigo que viene en nuestra misma noche es el terrorista, el violento, el hombre armado. Al final, «frente al martirio el santo y el asesino no son más que dos ladrones que cuelgan del mismo perdón». Y habrá que acogerlo en nuestra misma noche con panes de misericordia, de paciencia y de paz. Panes que no tenemos. Por eso, en la noche oscura, hemos de pedir al amigo que nos abra su casa, la despensa de su corazón rasgado para encontrar en ella todo lo que nos falta.

domingo, 12 de junio de 2016

"Simon, habeo tibi aliquid dicere"

Dominica XI per annum

Un buen amigo mío suele decir que cada persona, por dentro, es como si llevara una caja. Sí, una caja enigmática. Y lo que es más curioso es que esa caja se abre sólo con una llave; pero por alguna extraña razón hemos perdido esa llave. Por lo mismo, pasamos buena parte de nuestra vida buscando la llave. Y mientras no encontramos la llave, nos suceden muchas cosas: a veces nos enfermamos de tanto buscarla; otras veces intoxicamos a los demás con nuestro frenesí; unas veces saboteamos nuestra propia biografía con nuestro desánimo, y otras veces no paramos de arruinarle a otros la vida. Simplemente porque estamos buscando la llave perdida.
A veces nos sentimos tan miserables, tan empobrecidos por haberla perdido, que se la cobramos a todos los que pasan por nuestra historieta. Cada uno debe pagar su cuota de conflicto, de sufrimiento, de abandono o de dolor para que yo pueda encontrar la llave perdida, la llave que me ha abandonado. Otras veces sentimos que lo único que nos hace valiosos en la vida es haberla perdido y estarla buscando. Unas veces nos sentimos enojados porque los demás no son la llave que nosotros queremos que sean. Y otras nos pintamos la sonrisa de un cinismo indolente, alegrándonos de que el otro no sea la llave para que así tengamos un buen pretexto para seguir buscando.
A veces sospechamos que la llave perdida está en el fondo de una botella de alcohol, ahogándose entre lágrimas y humillaciones. Otras veces se nos figura que está metida entre los pliegues del asiento de un coche de lujo o flotando arrogante en la alberca de una residencia magnífica. Y hacemos toda clase de trampas y corrupciones para tener la casa y el coche. Pero luego no encontramos la llave allí y con ambición renovada sentenciamos que habrá que ir a buscarla a otra parte. A veces incluso usamos armas para ir en busca de la llave perdida. Y nuestras armas son tan grandes como grande es nuestro miedo a que se nos arrebate la vida antes de que la encontremos.
A veces, mientras buscamos la llave, nos volvemos como un hámster que corre en una rueda. Siempre tiene la sensación de que sube y de que avanza, pero en realidad ni sube ni avanza. Permanece abajo y en su mismo lugar, aunque haya corrido noches enteras sin detenerse un instante en su fuga laboriosa.
Lo más raro de este asunto, dice mi amigo, es que no sabemos qué hay en la caja. Y esa ignorancia nos agobia, nos frustra, nos tiene ansiosos. Esa ignorancia nos mantiene en una búsqueda desesperada, a menudo con la sensación de que esta vez el hallazgo ya está a la vuelta de la esquina. No sabemos lo que hay en la caja. Puede ser que dentro de la caja haya un pasado doloroso, oscuro, algo que es mejor no recordar y dejar allí dentro. Alegrías borradas demasiado pronto. Sueños y familias vacías como olas. O puede ser que no haya nada... ¿Y si no hay nada?
Una mujer «fue y se puso detrás de Jesús, y comenzó a llorar, y con sus lágrimas le bañaba sus pies, los enjugó con su cabellera, los besó y los ungió». Había tomado consigo un frasco de alabastro, el frasco de su propia vida, la caja escondida. Y cuando se acercó a Jesús algo se abrió. El ungüento que estaba en la caja de alabastro era un perfume con que ungió los pies de Jesús. Era un perfume mundano, el perfume de eso que solemos llamar «una mala vida». El aroma de tantas historias turbulentas de su propia ternura y crueldad, el pesado perfume de una búsqueda incansable, el residuo amargo de sus muchos fracasos. Era uno de esos perfumes que pronto te hartan. Y por eso tuvo que diluirlo con lágrimas. Había encontrado la llave perdida, y lloraba con el intenso vapor de toda una vida perdida.
Simón, el fariseo, también buscaba su llave perdida. Como todos. Pero al ver que Jesús confiaba en aquella mujer, se sintió decepcionado. Jesús no era la llave perdida que abriría su caja hermética. No era la llave sabelotodo: «Si este hombre fuera un profeta, sabría qué clase de mujer es la que lo está tocando. Es una pecadora». Pero el Señor abrió la caja con su fuerza. ¿Y dentro?, dentro no había nada. No había agua para los pies, no había beso de saludo, no había aceite para la cabeza. Y tampoco había muchos pecados. Bueno, sí, unos cuantos. Pero, todo sumado había poco que perdonarle y amaba poco.
Queridos hijos e hijas, todos buscamos una llave que dé sentido a nuestras vidas. Una llave que abra la caja oculta de lo que hay en nosotros. No sabemos nada de lo que cada uno lleva en la caja. Puede estar llena, puede estar vacía. Y no sé qué es mejor ni qué es peor. Pero algo es verdadero: dentro de la caja hay algo que nuestros ojos no ven, pero que siempre está allí. Es la misericordia de Dios, es su gracia, es tu oportunidad de salvarte. Y es la razón por la que Dios abre tu caja. Porque más allá de la nada o de todo lo que tú hayas escondido allí, a veces hasta el olvido, Dios ha querido poner allí, en lo íntimo de lo íntimo, el don de su misericordia para que no dejes de buscarla. Y esa misericordia puede curar enfermedades, liberar de espíritus malignos, y hasta puede librarnos de nosotros mismos. No podemos ver la misericordia de Dios, pero está allí, y si la acogemos, lloraremos como lloran los recién nacidos, precisamente por estrenar la vida nueva, nacida de la conversión.

viernes, 10 de junio de 2016

Eucaristía, corazón del mundo

II Congreso Eucarístico Arquidiocesano
Ciudad de México
Eucaristía, ofrenda de amor: alegría y vida de la familia y del mundo

En cada familia tenemos un cierto modo de hablar y de comunicarnos. Una frase, una palabra, a menudo significa muchas más cosas dicha en la intimidad familiar, que pronunciada en cualquier otro ambiente. Desde niños aprendemos a leer gestos, expresiones, sonrisas a tal punto que cada presencia se vuelve un diálogo aun en el silencio. Pero cuando estamos delante del misterio de la eucaristía, sucede algo muy diferente. A pesar de que allí todo es palabra y gesto de entrega, la empatía allí no se construye leyendo gestos, interpretando expresiones y palabras, sino atravesando el silencio que permanece. El Señor en el Sacramento guarda un misterioso silencio. Y sin embargo, desde allí, desde su blanca inmovilidad, nos enseña un nuevo «léxico familiar». Sus mociones hablan al corazón, tocan las entrañas, pero sin gestos, sin rostro. Y todos los gestos que el Señor se ahorra, nos envía a buscarlos en los rostros de nuestros hermanos. El Señor en el Sacramento no nos muestra dolor, pero nos manda consolarlo en los que lloran. No nos muestra su hambre, su soledad, su vergüenza, pero nos manda buscar su rostro en los pobres y dolientes, en los arrepentidos. Y todas las palabras que el Señor se calla en el Sacramento, nos manda anunciarlas como Evangelio encarnado, como Palabra de Dios hecha vida.
El Señor Jesús, al entregar la ofrenda de su vida en el altar de la cruz, no sólo quiso que su cuerpo santísimo, su humanidad santificada por su divinidad, fuera transportado al cielo. Quiso también que su vida divina fuera transportada a nuestros corazones y habitara en ellos, y con ellos recorriera nuestros caminos. Por eso, así como un ave preciosa es el alma y el esplendor de una jaula, así la presencia del Señor que late en cada sagrario es el fuego que anima y da vida a nuestras ciudades. Y como el canto de un pájaro, aun estando preso en una jaula, extiende su libertad por el aire, llenando todo de gozosa armonía, así la sublime voz de Dios habla desde su tabernáculo, abarcando y ordenando todo con firmeza y suavidad. Fíjate bien, los pájaros son dueños de los campos y los recorren sin fronteras como legítimos ciudadanos; pero cuando moran en la jaula se dejan servir y esperan de nosotros el alimento de sus campos. Así el Señor, dueño de todo, en cada sagrario espera de nosotros la ofrenda de nuestras vidas, espera nutrirse de nosotros. Porque Dios nos nutre cuando comemos su carne y bebemos su sangre; pero se nutre de nuestras almas cuando nos acercamos a él. Con razón un Maestro se pregunta si Cristo resucitado comió también con sus discípulos cuando se les apareció y les dio a comer pescado y pan. Y responde que sí, pues hay dos modos de comer: uno por necesidad y otro por poder. La tierra reseca absorbe con voracidad el agua porque la necesita; pero también el fuego ardiente la devora, no porque la necesite, sino porque tiene la potencia de consumirla. La devora por gloria. Cristo resucitado no comió porque sintiera hambre y sus fuerzas desfallecieran, sino por la potencia de su vida gloriosa. Así el Señor, fuego que purifica nuestra tierra, viene cada día, en la tarde de nuestros corazones a buscar amor, no porque lo necesite, sino porque es gloria suya nutrirse de nuestras almas. El pan eucarístico nos devora cuando entramos en su presencia. Nos devora por gloria cuando encuentra en nuestras almas la dulzura del afecto, el sazón del gozo y del espíritu de sacrificio, la amargura de la pena, la acidez del dolor. Dios nos come en su eucaristía y así asocia los sabores de nuestras vidas al gusto misterioso de su pasión.
«Él instituyó la eucaristía para que en el mundo latiera sin cansancio el amor de Dios, para involucrarnos en su obra de salvación y para consolarnos con la alegría invencible, la alegría de la vida verdadera, de la fraternidad en la caridad».
El mejor signo de esto, es el de la vid. Toda la savia vital impregna las fibras más íntimas de la vid, y luego de llenar de vida las ramas, los sarmientos, finalmente se cubre de frutos que concentran toda la bondad de la savia. De igual modo la vida divina se comunica y difunde en Cristo, vid verdadera. Cristo es la vid en la que abunda la vida de Dios. Con razón Cristo dice de sí mismo: «Yo soy la vid», porque la vida del Padre fluye escondida en Cristo, lo secreto de su vida divina, lo que nadie puede conocer del Padre, es conocido por el Hijo y él nos lo ha dado a conocer. Cristo nos enseña a gustar y a comprender su propia vida, la vida que nos alimenta. «Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí». Comer a Cristo en la eucaristía es aprender de él a vivir la vida verdadera y a fructificar en ella.
Ahora bien, un Maestro enseña que «los frutos, aunque tan variados como las plantas, tienen en común el contener algo agradable, según su especie, y ser el último esfuerzo de la planta. Ser agradable y ser el último esfuerzo de la planta, son las condiciones necesarias para constituir el fruto propiamente dicho. Por esta razón no se llaman frutos las hojas ni las flores». Pues bien, la vida espiritual se dona amando hasta el extremo. No da frutos buenos el cristiano que, injertado en la vid verdadera que es Cristo, vive sólo de deseos o de servicios cumplidos flojamente, o viciados con malas intenciones. Esos frutos no son dignos de ser llamados así porque no son el último esfuerzo de la planta, no brotan del amor hasta el extremo y les falta la dulzura que viene de haber agotado todo en la entrega de la caridad.
En el misterio de la Cruz, el Señor se dona. Todo el misterio trinitario resplandece en la cruz. Y sin embargo, también se eclipsa por la sombra del sacrificio y de la muerte. Pero en el altar, nuestros ojos contemplan con mucha mayor claridad lo que sucede en el Calvario. Sabemos bien que a lo largo de los siglos los hombres hemos ofrecido sacrificios. En ellos irremediablemente la víctima derrama su sangre, se desangra. Y con la sangre se le escapa la vida a la víctima. Pero el sacrificio de Cristo no es así. En el altar comprendemos mejor lo que sucede en el Calvario. Las especies de pan y de vino se ofrecen separadamente. En un plato ofrecemos el pan eucarístico; en una copa ofrecemos el vino. Entonces, al convertirse en el cuerpo y la sangre de Cristo, el cuerpo no derrama sangre: el cuerpo derrama al Espíritu de Dios, y de la sangre también se derrama la misericordia de Dios, su Espíritu de perdón, el Espíritu Santo. De la carne y de la sangre de Dios mana el Espíritu Santo, emana la misericordia, brota la vida de la gracia, la vida sobrenatural. Por eso los cristianos no comemos carne muerta, sino que comemos la vida misma.
«El espacio privilegiado del amor eucarístico en la ciudad siguen siendo las familias. Su raíz es siempre el amor de Dios por el ser humano, el amor de Cristo por su Iglesia, que con razón se ha relacionado con el misterio profundo del amor matrimonial. La familia articula a la Iglesia y la Iglesia sirve a la familia para que responda a su vocación originaria. Las familias no dejan de ser invitadas a encontrar en la eucaristía la fuente de su propia alegría y la inspiración de su misión de misericordia».
Fíjate bien, cuando encendemos un cirio, ponemos especial cuidado en que la llama no se apague. Y poco nos cuidamos de la cera que se consume. De igual modo, cuando se nos confía ser padres, ser maestros, cuidar de nuestros hermanos, especialmente sabemos que hemos de cuidar sus almas para que se salven. Es nuestra tarea. Sin embargo, ésta no era propiamente la misión del Señor San José. Digamos que a él le fue dado un cirio encendido, pero no debía cuidar la llama, sino la cera. José no tuvo que cuidar la llama viva que ardía en el corazón de María. Ella, la incontaminada, no tenía nada que ensombreciera y amenazara con apagar la claridad de su luz interior. Ningún mal deseo ponía su corazón en otro tesoro que no fueran los divinos misterios. Y el tesoro de misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos estaba bien custodiado por la meditación en el cofre de su corazón. Ella había elegido la mejor parte y nadie se la quitaría. José nunca tuvo que cuidar el corazón de María. Y tampoco el de Jesús. Su trabajo era cuidar las cosas pequeñas, las cosas exteriores, las cosas de cada día, la vida doméstica. Por eso cada día se esforzaba en alegrar el corazón de aquella a la que una espada le habría de atravesar el alma. Y debía cuidar del peso del martillo las manos de aquél que un día pendería de una cruz, clavado. Tuvo que buscar entre fatigas y sudores el pan que nutrió al que nos alimenta con su carne y su sangre. Y enseñó a andar y a volver de Egipto al que es el camino y volvió victorioso de la muerte. José cuidó la carne de Cristo, con toda su alma, con todas sus fuerzas. Nada estuvo tanto tiempo en sus pensamientos, en sus dudas, en sus congojas, sino el misterio de la encarnación de Dios. Bien sabía José que esa carne bendita era la carne que Dios tomó de María Virgen, su prometida. Y por eso la amaba como promesa cumplida. Y al amar la carne de Cristo, al cuidar de ella, José nos amó a cada uno de nosotros, amó a la Iglesia que habría de nutrirse de esa carne bendita. Al nutrir al que alimentó la muchedumbre de la Iglesia, José nos dio vida a todos. Ese pobre José, no hizo más que cuidar la cera con que se alimenta la luz pascual de la Iglesia. No hizo más que dar trigo, agua y calor al Pan vivo, para que de su cielo bajara al altar de la Iglesia. Así nos enseñó José que quien ama al cuerpo de Cristo no puede amarlo sino con amor de familia, con amor doméstico, con amor de Iglesia.

Una última idea, suele pasar que cuando se vive como extranjero en un país lejano, comer los alimentos de la patria resulta un poderoso signo de comunión, de añoranza y memoria de recuerdos alegres. Porque los primeros alimentos, esos con los que más nos identificamos—porque somos lo que comemos—, esos los recibimos como don, acompañado del calor maternal, de la complicidad de los hermanos, de la generosidad paterna. Cuando como extranjeros comemos la comida de la patria, de alguna manera comemos todo lo bello que hemos vivido. Algo así sucede en la eucaristía. La eucaristía es un alimento de añoranza. Un alimento que nos hace sentir nostalgia por la patria, por el banquete del cielo. Comemos la belleza de una patria que no conocemos y ya añoramos. Porque la ira, la violencia, el engaño, la venganza, son vino de dragones que bebemos en nuestras calles, en nuestros trabajos, y que envenena nuestra vida. Son vino que deforma nuestros rostros, les desfigura la belleza. Tal vez en nuestro tiempo lo que más evidente nos resulta del pecado no es siempre su componente moral. Tal vez en nuestro tiempo lo que hace evidente la maldad del pecado es su fealdad. Una vida en el pecado es fea. Una vida sin comunión, cargada de odio y rencores, es muy fea. Olvidar a los pobres, abandonar a los ancianos, asesinar a los pequeños, es algo feo. No hay belleza en nada de eso. Comer la eucaristía es comer la belleza. La belleza que puede recordarnos lo que somos, la belleza que puede transportarnos a la patria que nos espera. «¡Gusten y vean, qué bueno es el Señor!»