lunes, 2 de junio de 2014

Misa tradicional en Cuernavaca


Todos los domingos se ofrece el Santo Sacrificio de la Misa en la forma extraordinaria,
por el R. Dom Evagrio López Álvarez OSB,
en la capilla del Monasterio Benedictino, a las 16:00 horas.

domingo, 1 de junio de 2014

"Viri galilæi, quid admiramini aspicientes in cælum?


In ascensione Domini

Hace algunos años, luego de presentar el último examen para concluir los estudios de teología, quise ir al mar para aliviar la mente. Llegué a la playa y me dispuse a recorrerla a todo lo largo. Caminé y caminé y caminé, como si caminando pudiera olvidar todo lo que caminando había aprendido. Luego de algunas horas comenzó a atardecer. Y la luz del ocaso se alargaba  sobre el agua. Esa tarde me pareció que la luz tenía algo de muy nuevo. Era una luz que no reconocía. Me di cuenta de repente que yo no conocía esa luz de atardecer, la luz del ocaso.
Los monjes solemos cantar todos los días al atardecer la alabanza a Jesucristo, luz verdadera de la gloria. Y como durante todos esos años de estudios yo no había faltado a la oración vespertina de la comunidad, pues no había visto una puesta del sol durante todo ese tiempo. Uno podría apresurarse a pensar que por esta razón los estudiosos de la teología muchas veces buscamos a Dios en un muy complejo laberinto de razonamientos, cuando bastaría simplemente abrir la ventana al atardecer para intuir algo del misterio de Dios. Es como pretender conocer el cielo sin verlo.
Y con todo, hay algo muy bello en el hecho de cantar la gloria de un cielo que no vemos, y que está verdaderamente más allá del techo de nuestra Iglesia. Las palabras de dos hombres vestidos de blanco que increparon a los apóstoles nos obligan a perdernos un magnífico espectáculo: «¿Qué hacen allí parados mirando al cielo?» Sentimos su impertinencia. Asistimos a un misterio glorioso nunca antes visto y dos hombres vestidos de blanco no nos dejan verlo. Nuestro corazón sube al cielo, con Jesús, pero nuestros ojos son obligados por dos hombres vestidos de blanco para que dejen de contemplarlo.
Es curioso que la Escritura no habla de ángeles que interrumpen la contemplación de los apóstoles, sino de dos hombres vestidos de blanco. Son los miembros del cuerpo de Cristo, blanqueados con su sangre, revestidos de su gracia, fruto de su pasión. Son los miembros del cuerpo de Cristo los que nos obligan a perdernos el espectáculo celestial y volver nuestras miradas a ellos. Su insistente «¿Qué hacen allí parados mirando al cielo?», es la voz de una esposa que te pide pan para tus hijos, es la voz de tu hijo que te pide que no dejes de ser padre, es la voz de tu hermano que te pide que veles con él una hora de su aflicción, de su dolor y de su soledad, es la voz de tu hermana que te pide que escuches por una hora, es la voz de un coro en oración que te despierta para que te unas a ella, es la voz de la vida que te pide un favor.
¿Qué haces allí parado mirando al cielo? Con toda verdad enseña San Agustín que Cristo  «ha sido elevado ya a lo más alto de los cielos; sin embargo, continúa sufriendo en la tierra a través de las fatigas que experimentan sus miembros. Así lo atestiguó con aquella voz bajada del cielo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Y también: “Tuve hambre y me ustedes me dieron de comer”». Porque sigue siendo perseguido en los cristianos perseguidos. Cristo sigue extendiendo su mano hacia ti. Cristo está en los cielos, pero continúa estando con nosotros por su divinidad, por su poder, por su amor; nosotros no tenemos el poder para subir al cielo y quedarnos con él, pero tenemos el amor para quedarnos en la tierra y amar con él.

domingo, 18 de mayo de 2014

"Qui credit in me, opera, quæ ego facio, et ipse faciet et maiora horum faciet, quia ego ad Patrem vado"


Dominica V post Pascha

Bien sabemos que, entre las aves, sin duda alguna las avestruces son las más grandes. Su largo cuello  y su aguda mirada les permiten ver a gran distancia y detectar así la presencia de cualquier intruso. Naturalmente, compiten entre ellas en altura, velocidad y fuerza para ser los líderes dominantes de la manada. Las avestruces son animales curiosos, inquisitivos. A diferencia de cualquier otra ave, les fascina todo lo que brilla, de modo que picotean y a veces hasta se tragan alguna pieza de joyería, algún pedazo de alambre o incluso vidrios, una avaricia que podría costarles la vida. Sin embargo, a pesar de su arrogancia y de su genio prepotente, las avestruces conocen una cierta humildad.
Todos hemos oído alguna vez que las avestruces suelen esconderse entre los matorrales pegando su cabeza al suelo. Desde polluelos suelen reposar en el nido con el cuello tendido por tierra para descansar sus cabezas. Y cuando crecen continúan descansando la cabeza en el suelo, aunque su cuerpo sea ya enorme y se alce un par de metros sobre el suelo. Hacen esto no porque tengan miedo de enfrentar los peligros, pues saben bien que sus potentes piernas les consienten fácilmente huir a toda prisa o patear a matar. En efecto, las avestruces tienen uñas muy duras y afiladas. Una patada hacia atrás o hacia delante podría ser letal. Más bien colocan su cabeza en el suelo porque saben que su cuello es la parte más vulnerable de su cuerpo. Y si se aproxima cualquier agresor lo mirarán desde abajo. Así recuerdan que no hay adversario pequeño.
Algo así es el misterio cristiano. Un cristiano nunca es más que nadie. Y en su lucha contra las tentaciones y el pecado no hay adversario pequeño. Imagina que tú fueras lo máximo. Y por encima de ti no hubiera nadie mejor. Muy pronto, al mirar tus defectos y saber que nadie es mejor que tú, caerías en una tremenda desesperación. No habría remedio. Pero no, fíjate bien, el Señor Jesús, después de lavarles los pies a sus discípulos les dijo: «Yo les aseguro: el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán dichosos». Dijo esto el Señor Jesús luego de que él, que es nuestra cabeza, se puso a nuestros pies, como sirviente. Y es ésta la actitud cristiana. El Señor Jesús nos ha enseñado a nosotros sus discípulos que el cristiano debe ponerse a los pies de sus hermanos porque desde esa noche de amor, en que él lavó nuestros pies, siempre hay alguien a quien servir, siempre hay alguien mayor que tú, siempre hay un camino que ascender por el amor con la esperanza de poder ser mejores. Tu hermano, el pobre,  quien te necesita, se vuelve una estrella que alcanzar, una estrella que te traza el camino al cielo y te obliga a aprender el arte de vivir y de amar.
Imagina que el techo de esta iglesia estuviera al ras de tu cabeza. Y que tu cabeza erguida fuera el límite de la iglesia. Difícilmente podrías elevar los ojos al cielo. Tu mirada estaría fija en eso que somos y nada más. Hoy hemos escuchado las palabras del Señor: «Yo les aseguro, el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre». En verdad, grandes cosas hizo el Señor cuando caminó entre nosotros como hombre entre los hombres. Pero su promesa de que nosotros haremos obras aún mayores es tal vez la más grande de sus obras. El Señor dijo que haríamos obras aún mayores porque él iba al Padre. Es que, al ir al Padre, Cristo levantó el techo de la Iglesia. Lo hizo más alto, tan alto que sube de nuestros pies a los pies del Padre, de nuestros corazones al corazón de Dios, de nuestros ojos a la mirada divina. Así, al ir al Padre, Cristo nos dio mucho, mucho, mucho cielo por ascender por las buenas obras. Por eso los templos cristianos siempre son altos, precisamente para recordarnos que Cristo nuestra cabeza se abajó a nuestro suelo, y se puso a nuestros pies, y luego se fue al Padre y nos preparó un cielo que ascender para estar con él: «Cuando me haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes». El camino es Cristo, es su ejemplo de humildad, si lo conoces, conoces a Dios. Si entiendes esto y lo pones en práctica serás dichoso.

domingo, 4 de mayo de 2014

"Mane nobiscum"

Dominica III post Pascha

Todos sabemos que detrás del fuego muchas veces sigue el humo. Tras el fuego del conocimiento, muchas veces viene el humo de la vanagloria, de la soberbia, de la aburrición, la sospecha y la duda. Detrás del fuego del amor, a menudo viene el humo del hastío, los celos, el odio, el abandono. El fuego deja su luz en nuestros ojos. El humo nos deja lágrimas en el rostro y mal olor en nuestros vestidos. Y así, muchas veces después de haber conocido algo de la luz de Cristo, nuestros ojos se ciegan por el humo de nuestra insensatez, y después de haberlo amado intensamente nos olvidamos, por la dureza de nuestro corazón, del fuego que él vino a prender al mundo. El humo ciega nuestra mirada con un velo llorón y maloliente.
Cleofás creía saber todo acerca de Jesús. Y con humo de arrogancia confesó que Jesús «era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo». Una humareda de enojo y decepción se levantó orgullosa del corazón de Cleofás: «Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron». El humo de la duda velaba los corazones de los discípulos y por eso no comprendieron ni amaron el misterio de la tumba y las mortajas vacías. No se alegraron de ello. Les dolía demasiado el vacío de su corazón como para alegrarse de una tumba vacía.
A tientas, en medio de su ceguera, los discípulos acertaron a encontrar el cerrojo de  la puerta de sus corazones y la abrieron con un gesto de hospitalidad que tenía acentos de plegaria: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer». Es como si dijeran: Quédate con nosotros porque el fuego del conocimiento y del amor ya se apaga y muy pronto las densas nubes de nuestra noche de decepciones y hastío lo invadirán todo. Quédate con nosotros, porque no podemos vivir sin una chispa de luz en nuestros ojos, sin el recuerdo de la luz que la esperanza encendió en nuestras almas y que ahora lentamente se apaga». Y la hospitalidad los salvó de la desesperación. La hospitalidad sola con su palabra mágica: «Quédate».
Él conocía hasta sus corazones, pero ellos no lo reconocieron. Caminó con ellos e hizo arder en sus corazones el fuego de la caridad, ese fuego que como cirio de pascua arde sin humo, esa columna que es frescura de día y brillo de noche. Como enseña San Gregorio el Grande, ellos «escuchando los mandamientos de Dios no fueron iluminados, mientras que sí lo fueron poniéndolos en práctica». Aunque no lo reconocieron como Dios verdadero y Vida inmortal, lo amaron como peregrino, y eso los salvó: «Entró para quedarse con ellos».
Al bendecir el pan, al partirlo, al entregarlo, sus ojos lo reconocieron. Pero él desapareció, mostrando así el verdadero misterio de su cuerpo. El cuerpo resucitado del Señor ya no es un cuerpo visible; es más bien un cuerpo que se muestra, que aparece, porque es un cuerpo que se entrega al Padre y a los hombres. En la sangre derramada y en el cuerpo entregado se oculta todo el destino de nuestra humanidad. Nuestros ojos ya no verán más a Jesús. Pero verán su sangre derramada y su cuerpo entregado. Sangre que maquilla la fealdad de nuestra humanidad. Cuerpo que regenera nuestras almas desnutridas. Viendo su sangre derramada en las vidas de cada hombre y de cada mujer que peregrina a tu lado, viendo su cuerpo entregado por tu hermano que tiene un corazón hambriento, cada vez que por el amor digas la palabra mágica de la hospitalidad: «Quédate», habrás visto y reconocido al Señor.

sábado, 19 de abril de 2014

Surrexit Dominus vere. Alleluia, alleluia.

Sabbato sancto

Sin duda los delfines son cetáceos misteriosos. Su célebre inteligencia nos entusiasma. Son fuertes mamíferos que habitan en su mayoría en aguas saladas, y acostumbran mantenerse siempre cerca de la tierra firme. Suelen nadar en grupo y ayudarse mutuamente para encontrar alimento y proteger a sus crías. Cuando los delfines nacen, reciben de su madre leche a chorros, y los miembros de la manada los rodean de modo que ellos juegan en el centro del grupo, y así tonifican sus cuerpos para la vida en el mar.
Son los delfines amigos de los hombres. Muchas historias de marineros cuentan de embarcaciones en peligro de naufragio que fueron guiadas por delfines hasta encontrar tierra firme, salvándoles la vida. Y así, los delfines son imagen de Cristo, buen amigo del hombre, que nos guía a través del mar de este mundo a un puerto seguro, a la tierra firme de la vida resucitada.
Y también son figura de nosotros los cristianos. Una antigua leyenda cuenta que un dios viajaba en una embarcación vestido de majestad y esplendor. Un grupo de piratas vio su nave y, pensando que se trataba de un noble príncipe, quisieron atacarla para despojarlo de sus riquezas y venderlo como esclavo. Asaltaron la nave y sometieron al príncipe. Pero cuando ya se alegraban de su botín, el príncipe se transformó en un león rugiente que rompió las ataduras que lo tenían subyugado. Los piratas aterrorizados se arrojaron al mar, y suplicaron al dios por su vida. Entonces tuvo compasión de ellos y los convirtió en delfines, ordenándoles que en adelante su vida entera estuviera consagrada a ayudar a los hombres que se encontraran en medio de los peligros del mar.
Fíjate bien, el Señor Jesús, Dios verdadero, se entregó a sí mismo en nuestras manos para ser clavado en la cruz, y después de haber atravesado la muerte, como león victorioso se ha levantado del abismo, ha roto las cadenas de nuestra esclavitud, nos ha sumergido en las aguas del bautismo y nos ha transformado en creaturas nuevas. Los nuevos cristianos, como jóvenes delfines, son alimentados con la leche de la fe, la esperanza y el amor, mientras se fortalecen para la navegación cristiana. Y así la Iglesia es una sabia familia de delfines. Hemos sido perdonados por Cristo, a nuestra vez hemos de hacernos como él, amigos del hombre para socorrer a todos los que están en la tribulación. 

viernes, 18 de abril de 2014

"Ecce mater tua"

Feria VI in Parasceve

Cuando Jesús tenía doce años, fue presentado en el Templo del Señor. Los jóvenes israelitas comenzaban a cumplir a esa edad las prescripciones de la Ley y por eso Jesús emprendió también ese peregrinaje. Subió con sus padres al templo santo de Jerusalén. Al regresar, entre el gentío de las caravanas, María pensó que su muchachito iba con José, y así prosiguió tranquila, orando en el secreto de su corazón, pensando en Jesús a quien esperaba muy pronto volver a ver. Una dolorosa sorpresa traspasó su alma cuando, al ver a José, no vio con él a su Hijo.
Es curioso, muchas de las más delicadas hortalizas crecen a ras de suelo, y junto a ellas pasan algunas sabandijas ponzoñosas, y sin embargo, no se contagian del veneno porque en su bondad no cabe afinidad con veneno alguno. Así era la Madre de Dios. María no guardaba ningún veneno en su corazón. Si Jesús no estaba con ella, confiaba ciertamente en que estaría con el Señor San José. Es que la Virgen supo siempre encontrar a Dios en su amado esposo. Sabía que Dios estaba con él, y no tenía celos ni envidias del amor que el  joven Jesús tenía por él. Pero fue grande su dolor al no ver a Jesús con José.
Dios es un viñador que limpia los sarmientos para que den más fruto. Pero María ya había dado el fruto más excelente. ¿Qué necesidad había de dolor? Sin embargo, quiso Dios hacerla experimentar el dolor de perder a Dios, el dolor de no poder estrecharlo entre sus brazos. Quiso hacerla probar tan grande dolor para aumentar el brillo de los méritos de su amor. El dolor de María no era por el peso del pecado—ella que había sido concebida sin pecado—; su dolor era por la gloria del amor.
Esta tarde, en que ha muerto Jesús, nos mira la Madre de Dios. Nos mira buscando a Jesús en nuestra caravana y nos pregunta por él. Quiere encontrar en nosotros a Jesús, ella que, sin ningún veneno que nublara su vista, siempre ha visto a Dios en nuestras vidas. Pero Jesús esta tarde no está con nosotros. Lo hemos perdido. Y su pérdida resume todos los momentos de nuestra vida en que nos hemos sentido lejos de Dios. Jesús ha muerto en esta tarde y nuestro corazón llora por él, como se llora por el Hijo único, como se llora por el amigo del corazón, como se llora por el amor del alma. Y nuestro llanto es llanto de asesinos. Él murió por nosotros. Murió porque su amor no soportó nuestras lejanías, esas distancias infinitas que llamamos pecados.
La Virgen Madre lo busca entre nosotros y, sin veneno alguno, se compadece de nuestras miradas despiadadas, de nuestras crueles manos que taladran vidas, de nuestros pasos que caminan sin Dios, de nuestros corazones que matan. Dinos, Señora, dónde hemos de encontrar al amor.
Un Doctor eminentísimo, un gran amigo del alma, enseña con toda verdad que las penas y las aflicciones en sí mismas ciertamente no pueden ser amadas. Pero vistas en la voluntad divina se hacen infinitamente amables. Es como cuando un médico nos presenta remedios y medicamentos amargos y nosotros sentimos mucho disgusto, pero si nos los da una mano querida los recibimos con confianza, pues el amor mitiga la amargura y la aspereza de la vida. ¿Cómo habría podido la Virgen Madre contemplar a su Hijo amado muerto en una cruz, sin enloquecer de terror ante toda la maldad de que el corazón del hombre puede ser capaz? ¿Cómo habría podido sentir compasión de nosotros que extraviamos en la muerte al Hijo que ella con tanto amor dio al mundo? ¿Cómo habría soportado tanta pena si no fuera porque su corazón recibía todo de la mano de Dios y de su amada voluntad? En verdad, nunca hubo tanto dolor porque nunca hubo tanto amor, pues que es gloria del amor adornarse de dolor y el amor crece cuando el dolor lo ensancha.
Virgen Madre del amor enséñanos a mirar la amada mano de Dios en nuestras penas, y a mirar a Jesús en nuestros hermanos para no perderlo jamás por el pecado. Y si el pecado nos hace perderlo y olvidarlo, acompáñanos en el camino de regreso al templo santo de Dios, que es la Iglesia, para que allí lo encontremos viviente, eternamente sabio, ocupado de las cosas de Dios Padre, ocupado en las cosas del perdón, ocupado en la ciencia del amor.

jueves, 17 de abril de 2014

"Hoc est corpus meum, quod pro vobis tradetur"

Feria V in cœna Domini

Dios está siempre cerca de nosotros. Si por un instante Dios se apartara de nosotros, toda nuestra vida se disolvería en la nada. Dios está muy cerca de todas sus creaturas. Pero ha querido estar cerca de nosotros de maneras más excelentes. Fíjate bien, Cristo entró en el mundo en una noche de paz. El Verbo de Dios, luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, inició su sacerdocio en una larga noche, noche de nueve meses de vida oculta en el claustro virginal de María. Esa noche fue una larga noche de paz, en medio de las persecuciones y trajines humanos. En esa noche santa, muchos corazones se agitaban. El corazón de un tirano dio un vuelco de temor arrogante, mientras los corazones de unos pastores se estremecían de tierna alegría y las mentes de unos magos intuyeron una sabiduría inaudita. La profunda voz de Dios resonó esa noche como el llanto de un recién nacido. Y la noche del mundo se conmovió entrañablemente. Con todo, Cristo entró en el mundo en una noche de paz.
La Virgen Madre había tejido con el hilo de su sangre inmaculada la carne del Hijo de Dios, su primer vestido sacerdotal. Esa carne pequeña, esa casi nada, era la primer hostia del sumo y eterno Sacerdote: «Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes». Y cuando la Virgen Madre le daba un cuerpo que fermentaba como masa del Reino, Cristo sabía muy bien por quiénes iba a dar su vida y quiénes comeríamos de su cuerpo. Con toda verdad enseña el Crisóstomo que «los ladrones que comparten la misma sal no tratan ya como enemigos a aquellos con quienes comen, sino que basta la mesa para transformar sus costumbres y para hacer más mansos que los corderos a esos hombres que normalmente son más crueles que las bestias feroces. Nosotros, en cambio, sentados ante una gran mesa y gustando un alimento divino, nos armamos los unos contra los otros, en vez de unirnos, de tomar todos juntos las armas y arrojarnos contra el diablo». Cristo sabía de nuestros pecados, y sin embargo nuestras maldades no turbaron la paz de su noche amante. Y esa noche entregó su cuerpo en nuestras manos.
Hubo otra gran noche: la noche en que un discípulo se inclinó para escuchar el corazón del Maestro, la noche en que Dios se entregó en nuestras manos, la noche en que el hombre comió por vez primera el Pan de los ángeles. Ésa fue también una noche de paz. En esta noche Judas no duerme; corazones de otros tiranos tiemblan de temor; nuevamente se inquieta el tumulto de la mente de los sabios, tratando de adivinar la sabiduría de Dios que esconde su gloria detrás de su misterio: «Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?». Pero la sabiduría nunca lleva prisa: «lo comprenderás más tarde».
Ahora, antes de entregarse a su Pasión quiso, en otra noche de paz, iniciar su sacerdocio en nosotros. En esta noche santa, el Hijo de Dios miró con amor y eligió a cada uno de quienes habríamos de formar su cuerpo sacerdotal, buenos y malos. Sin perder la paz de su misericordia, Cristo nos eligió y nos hizo sacerdotes con su palabra de amor: «Cada vez que hagan esto, lo harán en memoria mía».
En estas dos noches Cristo pensó en ti y en mí. Piensa tú en él en esta noche, vela con él. Él ha velado siempre por ti, y ha anhelado desde siempre el poder estar más cerca de ti. Desde la noche en que Adán se alejó de la luz de la gracia, Cristo preparaba esta noche, noche en que el hombre vuelve a estar cerca de Dios, noche en que el hombre vuelve a nutrirse de Dios, noche en que el hombre toma la forma de Dios.

En estas dos noches, Cristo nos mostró la forma del amor. Cristo se acurruca, se dobla sobre sí mismo, como un niño en el seno materno. Cristo se pliega y repliega a los pies de sus discípulos para mostrar en su cuerpo entregado la forma del amor. El amor tiene forma de hombre puesto a los pies de sus hermanos. El amor tiene la forma de un Dios que se pone a nuestros pies. Tiene la forma de un niño que está a punto de nacer, porque en esta noche Dios está a punto de nacer y nosotros, que somos su cuerpo, naceremos con él.