lunes, 4 de mayo de 2015

Misa tradicional en Cuernavaca


Todos los domingos se ofrece el Santo Sacrificio de la Misa en la forma extraordinaria,
por el R. Dom Evagrio López Álvarez OSB,
en la capilla del Monasterio Benedictino, a las 16:00 horas.

domingo, 3 de mayo de 2015

Nos autem gloriari oportet in Cruce Domini nostri Iesu Christi


In festo inventionis Sanctæ Crucis DNJC


En el principio, cuando Dios creó todo, plantó un jardín en Edén para que el hombre lo habitara. En el centro del jardín puso Dios dos árboles: el del conocimiento del bien y del mal y el árbol de la Vida. Dios prohibió al hombre comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Pero el hombre comió y la desobediencia entró en él. Entonces comenzó a llorar y a sudar por sus fatigas. Y el llanto de sus ojos y el sudor de su frente alimentaban secretamente al árbol prohibido que comenzó a crecer más y más y extendía sus ramas por doquier. Sus oscuras hojas lo cubrían todo, como una hiedra tenebrosa que le escondía la tierra al sol. Nada bello germinó sobre la tierra que no se corrompiera porque las densas ramas del árbol de la desobediencia lo opacaban todo. Hasta que un día un rayo de luz atravesó las tinieblas con que el árbol del pecado cubría la tierra. Ese rayo de luz era Dios. Dios se hizo Niño. Y el Niño era un Cordero. Por eso lo adoraron los pastores. Y los reyes de la tierra le ofrecieron oro, incienso y mirra. Con la mirra Niño hizo un clavo de obediencia para sus pies; con el incienso hizo los clavos de pobreza para sus manos, y con el oro hizo una lanza de pureza para su corazón.
Así, pues, el pequeño Niño, el Hijo del Cielo, guardó celosamente en su corazón estos clavos y esta lanza. Y con ellos fue en busca del misterioso árbol de la Vida, ése otro árbol que Dios había puesto en las entrañas del paraíso. De ese árbol tomaron forma las estrellas y las aves que Dios puso en el cielo. Y todos los árboles y plantas del paraíso una y otra vez imitaban su forma con sus ramas, en sus hojas y en sus flores. Ese árbol de la Vida era la Cruz.
Pero el diablo, enemigo de todo lo bello, sospechó que en la belleza del árbol de la Vida se ocultaba un misterio de la bondad divina, y quiso ocultarlo vistiéndolo de toda ignominia. Así, el árbol de la Cruz fue cubierto de oprobio, horror y vergüenza. Hasta que el Príncipe del Cielo, Nuestro Señor Jesucristo, le salió al encuentro. Cuando Cristo encontró el árbol de la Cruz, las más tensas fibras del misterioso árbol se estremecieron. Cristo lo abrazó con ternura infinita y con un dulce beso le devolvió la honra que el diablo le había arrebatado.
En efecto, este árbol no es como el árbol del conocimiento del bien y del mal, que se nutre de las lágrimas y sudores de los hombres. Este árbol se nutre de la sonrisa divina, y por eso el tierno beso de Cristo le devolvió toda su nobleza y su fuerza. El hacedor de todo confió entonces en los brazos de la Cruz sus manos sagradas. Y el pie de la Cruz sostuvo los pies santos con que él vino a buscarnos. Sus misteriosos clavos la adornaron, y por ellos derramó no amargo sudor ni lágrimas, sino dulce sangre y agua, el vino mejor de su reino. Así ascendió por esos clavos a la cruz y se hizo fuego, fuego de sangre, fuego de amor. Y este fuego consumió las sombrías ramas venenosas del árbol del pecado, abriendo paso así a la luz de la gracia que hace florecer y fructificar todo.
Por eso la Iglesia se alegra cada año al celebrar el nacimiento del dulce Niño que al devolvernos el árbol de la Vida nos ha dado una escalera al cielo. Y no deja la Iglesia de mostrarnos los tres misteriosos clavos y la lanza. Pues apenas celebra el nacimiento de Cristo, celebra luego la fiesta del martirio de San Esteban que siguió a Cristo hasta el cielo obedeciendo fielmente el mandato del amor a los enemigos: es la fiesta del clavo hecho de mirra con que Dios sujeta nuestros pies para que muramos a nuestras voluntades rebeldes y nos confiemos obedientes a su voluntad. Luego celebra la Iglesia la virginidad del Apóstol San Juan, fiesta de la lanza hecha de oro purísimo, el oro de la caridad divina que ha sido derramada en nuestros corazones. Y finalmente celebra la Iglesia la fiesta de los clavos de incienso que son la pobreza que nada aferra y todo eleva al cielo: la celebra en la flor de los mártires, los Santos Inocentes, que siguen a Cristo en la pobreza más extrema al no tener más riqueza que su vida y aun ésa también se les quita sin que opongan resistencia.
Queridos hijos e hijas, esos santos rodean la cuna del Salvador y su Cruz, y nos enseñan a crucificarnos con Cristo para ascender al cielo por la obediencia, la pureza de corazón y el amor a la pobreza. Es que la obediencia es un clavo que sujeta nuestros pies y nos hace permanecer donde Dios quiere que estemos, cumpliendo su mandato de amar incluso a nuestros enemigos. La castidad es una lanza que abre nuestro corazón al amor de Dios. Y la pobreza es clavo que abre nuestras manos para que no aferremos nada y estemos abiertos a recibir todo de Dios. Ascendamos por ellos a la Cruz. Y por la Cruz ascendamos al cielo.

sábado, 4 de abril de 2015

"Resurrexi et adhuc tecum sum"

In vigilia resurrectionis DNJC

Dice la Escritura que «en el principio creó Dios el cielo y la tierra». Y también dice la Escritura que «el cielo pertenece al Señor; la tierra se la ha dado a los hombres». Y al decir esto, como enseña San Agustín, no habla ciertamente del cielo que vemos, porque ese cielo pertenece a la tierra. Habla de esa creatura perfectísima, que es llamada «el cielo de los cielos», como si se llamara «lo mejor de lo mejor». Ese cielo son los ángeles, que son casa de Dios, ciudad santa. Unidos como una sola creatura, nunca abandonan la adhesión a Dios, sino que lo rodean como una muralla, como una fortaleza. Dios mora en ellos y ellos son su casa luminosa. Porque cuando Dios dijo: «Que haya luz», los ángeles fueron iluminados con el resplandor de la gracia, pues entonces contemplaron a Dios. Y por esa contemplación de la Luz ellos mismos son luz.
Esa contemplación de Dios los hizo sabios. Ellos son la sabiduría que estaba ante el trono de Dios cuando él hacía el mundo. Y mientras Dios creaba, ellos retozaban contemplándolo, jugueteando entre sus manos creadoras. Y cuando ordenaba Dios que se hicieran todas las cosas, antes tenían lugar en el conocimiento del ángel que en la propia naturaleza de las cosas. Los ángeles contemplaron en la gran claridad de Dios todo lo que él iba a crear. Como cuando nosotros miramos el rostro de un artista, y por el brillo de sus ojos y la expresión de sus facciones conocemos de algún modo ya su obra, así los ángeles conocieron en Dios su obra antes de conocerla en las cosas mismas. Si no lo comprendes, permíteme explicarlo con un ejemplo insensato. Cuando era niño jugaba con mis hermanitos a adivinar lo que mamá iba a cocinar. Y dependiendo de su cara yo podía afirmar: «Hoy se ve que va a cocinar un delicioso pastel»… o bien «hoy tiene cara de que va a cocinar crema de coliflores».
Cuando Dios estaba por terminar su obra, los ángeles vieron radiante de gozo y de amor el rostro de Dios. Estaba a punto de plasmar en tierra su propia imagen. Y vieron a Dios plantar un jardín cerrado en Edén como patria para esa creatura tan amada. Conocieron con gozo cada árbol que el amor de Dios con quiso plantar allí. Y vieron la mano de Dios hacer brotar toda clase de fruto bueno y agradable a los ojos. Pero ellos conocían todo aquello en Dios mucho mejor que en las cosas mismas.
Entonces la potente mano de Dios formó a Adán, el hombre, el dueño de ese jardín que con tanto amor Dios plantó. Y los ángeles se alegraron por tanto amor que Dios le tuvo. Sabían muy bien lo que era el hombre según Dios, porque habían contemplado en él su rostro antes de que lo plasmara en tierra y soplara en sus narices aliento de vida. Pero una vez formado, su carne opaca no les permitía ver lo que había en su corazón. A él no lo conocían en sí mismo, sino en Dios.
Un día funesto, Adán comió de un misterioso árbol que Dios le prohibió comer. Y su rostro se ensombreció envenenado. Ese rostro que Dios amaba y que los ángeles contemplaron en la claridad de Dios antes que en Adán mismo, ese rostro que era tan semejante al rostro de Dios, comenzó a sudar, a mentir, a esconderse, a deformarse tras una venenosa sombra que era el pecado. Jamás habrían imaginado que una tarde verían al amado de Dios así, tan desfigurado.
Dios vio marcharse a Adán del paraíso hacia una tierra de fatigas y sudores abundantes que es él mismo desde que conoció el pecado. Y luego de numerosas mordeduras de muerte, su cuerpo envejecido y humillado, sucumbió definitivamente a las fauces del averno. Herido mortalmente de pecado cayó por tierra y lo acogió un sepulcro, puerta de la región de los muertos. Entonces los ángeles vieron llorar a Dios, y viéndolo aprendieron a llorar con él la muerte de su amado.
Pero hoy toda la ciudad celestial canta himnos de victoria. Hoy del abismo asciende una marcha triunfal de ángeles en fiesta. Porque la patria de Adán, el paraíso, ha sido rescatada. Ángeles de Dios hacen fiesta porque el Hijo de Dios ha descendido al sepulcro para rescatar a Adán y devolverle el rostro que conocieron los ángeles en el amor de Dios. Esta noche el rostro del hombre se ilumina con el resplandor del Hijo resucitado que devuelve a nuestras almas la semejanza con Dios por pura gracia, mientras aguardamos la resurrección de nuestros cuerpos. Hoy un ángel instruye a las mujeres que no mezclen sus lágrimas con los perfumes de la muerte. Porque el perfume es una máscara de la muerte, pero las lágrimas son el canto de la nueva vida. Dejemos que el llanto de gozo se eleve al cielo transfigurando nuestro rostro. Porque esta noche Dios llora de nuevo, llora por su Hijo muerto y que ahora vive: ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya!

viernes, 3 de abril de 2015

"Consummatum est"


Feria VI in parasceve

La luna es eclipsada cuando la tierra se interpone entre ella y el sol. Y tú, Virgen Madre, eres una luna llena, repleta de la gracia del sol. Toda la sombra de la tierra, todo el dolor por la maldad humana se interpuso hoy entre tus ojos y la radiante luz de la mirada de tu amado hijo. Hoy la luz nos abandona. Hoy se apaga la luz de tus ojos, Señora intachable. Hoy se ha marchado el Pastor, Cordera hermosa e inmaculada, que diste al Cordero de Dios una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Así mostraste a los hombres, Sapientísima, que la carne que tejiste para tu hacedor la formaste con el poder del Espíritu Santo que te cubrió con su sombra. Hoy la sombra de nuestros pecados y de nuestras maldades te arrebata la luz que llenaba de gloria esa túnica blanca, de una blancura que ningún hombre puede lograr sobre la tierra.
El Pastor se duerme, Dulce Oveja. Muere el que tuvo hambre del hombre y tú le diste su carne que es verdadera comida y su sangre que es verdadera bebida. Desfallece el que tuvo sed de amor y bebió de tus ojos, que «son palomas junto a corrientes de agua». Se marcha el eterno forastero que acogiste en tu corazón y en tus entrañas virginales. Se despoja el que tú, Oveja santa, vestiste de carne y caricias, el que cargó con nuestras enfermedades, el que se encarceló en la celda de nuestras soledades y tú lo fuiste a ver, cuando Dios era el menor de los humanos.
La dulce mirada del Dueño de toda vida se nubla misteriosamente ante tu mirada. Ángeles suben y bajan en torno a la cruz. Sin dejar la gloria del cielo suben porque Cristo se hunde en la muerte. Sin dejar de servir al Dios verdadero bajan porque ya es adorado en la región de los muertos el que está por encima de todo.
Virgen Madre de Dios, perdona, porque perdimos el  Camino, traicionamos la Verdad y dimos muerte al que es la Vida. Con toda verdad un Maestro enseña que tu regazo es una playa que acogió los restos de nuestro naufragio.
El corazón de tu Amado se ha detenido, ese corazón que tanto amaste desde el primer latido, y se queda a solas el amor de tu corazón, abandonado al frío del mundo, como un polluelo arrojado del nido por una cruel tormenta. Su corazón, música de tu alma, se detiene. Y con él se acaba el calor de tu casa. Una lanza lo atraviesa sin causarle ya dolor. Pero a ti te atraviesa el alma. Y mientras de su costado mana sangre y agua, tu corazón abre tesoros de misterios, de amor y de compasión.
Ya no le hablas al oído, ahora está abierto su corazón. Y tus labios se acercan a la herida del costado y susurran dolientes al corazón inerte con secreta complicidad de madre que consuela: «Aquí está tu esclava, mi Señor, que se cumpla en mí todo lo que tú has dicho. Todo está cumplido… en el amor». Y pues tu corazón, fuente de amor, se hunde en el misterioso silencio de Dios, en el corazón del averno ya resuena un himno de victoria.

jueves, 2 de abril de 2015

"Si non lavero te, non habes partem mecum"


Missa vespertina in cœna Domini

Cuenta un poeta que dos amigos viajaban por el desierto y a un cierto punto del viaje discutieron. Uno de ellos le dio una bofetada al otro. Éste, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena: «Hoy mi mejor amigo me ha dado una bofetada». Siguieron adelante y llegaron a un oasis en el que decidieron bañarse. De repente, el que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, y su amigo, sin pensarlo, se arrojó al agua y lo salvó. Al recuperarse, tomó un punzón y escribió en una roca: «Hoy mi mejor amigo me salvó la vida”. Intrigado, el amigo le preguntó: «¿Por qué después de que te lastimé escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?» Sonriendo, el amigo respondió: «Cuando un gran amigo nos ofende, hemos de escribir en la arena, donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo; pero cuando nos pase algo grandioso, algo verdaderamente extraordinario, hemos de grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde ningún viento  podrá jamás borrarlo».
Fíjate bien, algo así hizo Dios con nosotros. Cuando Dios dio su ley a Moisés, la escribió en duras tablas de roca. Su dedo potente trazó su alianza de amor imborrable con su pueblo. Porque Dios escribe en roca cuando sucede algo grandioso. Pero cuando Dios vino al mundo, le llevaron una mujer sorprendida cometiendo adulterio. Era nuestra humanidad. Y Dios, que escribe en el polvo las ofensas de los hombres, se inclinó y escribió en el suelo: «El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra». Nadie tenía una piedra que arrojar porque nadie había amado tanto como Dios. Por eso Cristo, nuestra roca espiritual, se entregó en nuestras manos en esta noche santa. ¿Habrá un Padre que cuando su hijo le pida pan le dé una piedra? Sí, Dios, Padre de todos. «Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único». Esta noche se nos da una piedra que es pan. Y en él, en nuestra roca, escribimos nuestra historia, la historia del amor que Dios nos tiene. Con espinas, con clavos, con la punta de una lanza, escribimos en su cuerpo, nuestra roca: «Hoy mi mejor amigo me salvó la vida».
Queridos hijos e hijas, dejemos que Cristo lave nuestros pies. Dejemos que quite el polvo de nuestros pecados con el agua de su perdón. No nos obstinemos en guardar el fango del camino, que si él no nos lava, no tendremos parte con él. Y así, libres del polvo del pecado, escribamos en la memoria del corazón: «Esta noche mi mejor amigo me salvó la vida».


domingo, 29 de marzo de 2015

"Acceperunt ramos palmarum et processerunt obviam ei"


29 marzo 2015
Dominica in palmis

Muchos árboles ofrecen sus frutos generosamente para que se nutran de ellos los demás vivientes. Pero muchos de ellos, si nadie les corta sus frutos, los guardan por mucho tiempo. Cuando esto sucede, el árbol reúne casi todas sus fuerzas para mantenerlos en buen estado, salvándolos de la corrupción y la podredumbre. Los frutos se conservan así por mucho tiempo; pero el árbol que los guarda se avejenta. Como todas sus fuerzas las concentra en conservar sus frutos, nada invierte en echar brotes nuevos y renovar sus hojas. Luego hasta se olvida de florecer. En esos casos, el buen horticultor deberá podar el árbol, cortar todos los frutos, y abonarlo, para que el árbol envejecido se renueve al recibir nueva luz y alimento.
Algo así era nuestra humanidad bajo el signo del pecado. Envenenada de muerte porque Adán mordió la desobediencia, todos sus frutos habrían de acabar en la corrupción de la muerte. Y todas las fuerzas de nuestra humanidad ninguna otra cosa buscaron más que conservar esos pobres frutos. Y mientras nuestra humanidad buscaba ansiosa hacer durar sus frutos, ella misma envejecía.
Fíjate bien. Hoy el Señor ha venido a podar nuestra humanidad. Quiere arrancarnos los frutos de desobediencia que conservamos en la loca carrera por perdurar a pesar de la muerte. El Señor poda nuestras ramas envejecidas y abre nuestros brazos a la nueva luz de sus divinos misterios. Por eso hoy agitamos ramos mientras Cristo pasa sobre ellos como sol victorioso que nos llena de luz y alimento nuevos. Niños hebreos y una muchedumbre gozosa aclamaron en este día con ramos de olivo y con palmas al Señor. Esos niños eran ya la primavera eterna que Cristo trajo a su Iglesia. Eran los brotes nuevos para las fiestas nuevas, las fiestas de la gracia.
Fíjate bien, en estos días, en que la Iglesia atraviesa la gran tribulación y en que tantos cristianos son inmolados por el odio a la fe, no podemos olvidar que ellos como nosotros formamos el cuerpo de Cristo: «Mas aquel amorosísimo conocimiento, que desde el primer momento de su encarnación tuvo de nosotros el Redentor divino—enseña la Iglesia—, está por encima de todo el alcance escrutador de la mente humana, porque, en virtud de aquella visión beatífica de que disfrutó, apenas recibido en el seno de la madre divina, tiene siempre y continuamente presentes a todos los miembros del Cuerpo místico y los abraza con su amor salvífico. ¡Oh admirable dignación de la piedad divina para con nosotros! ¡Oh inapreciable orden de la caridad infinita! En el pesebre, en la cruz, en la gloria eterna del Padre, Cristo ve ante sus ojos y tiene a sí unidos a todos los miembros de la Iglesia con mucha más claridad y mucho más amor que una madre conoce y ama al hijo que lleva en su regazo, que cualquiera se conoce y ama a sí mismo».
La sangre de los mártires son brotes de vida nueva para la Iglesia. Por ello, la suerte de los mártires no puede ser ajena a nosotros, como tampoco lo fue para Cristo, pues en verdad él tuvo una inmensa solidaridad con los miembros de su cuerpo místico, cuando sin herida aparente derramó sangre en Getsemaní, padeciendo en anticipo cuanto habrían de padecer sus mártires y todos sus fieles. Y así, él era ya en Getsemaní apedreado en Esteban, crucificado en Pedro, decapitado en Pablo, quemado en Lorenzo, odiado en cada uno de sus hermanos, frutos nuevos de su Pasión, testigos de su sangre y de su amor. Porque «éste es el que tuvo que sufrir mucho y en muchas ocasiones: el mismo que fue asesinado en Abel y atado de pies y manos en Isaac, el mismo que peregrinó en Jacob y fue vendido en José, expuesto en Moisés y sacrificado en el cordero, perseguido en David y deshonrado en los profetas. Éste es el que se encarnó en la Virgen, fue colgado del madero y fue sepultado en tierra, y el que, resucitado de entre los muertos, subió al cielo». Antes, pues, de ser clavado con clavos, él ya estaba unido a nosotros por el amor, crucificado en la cruz de nuestra carne por su misericordiosa encarnación.



martes, 6 de enero de 2015

"Et apertis thesauris suis, obtulerunt ei munera, aurum et tus et myrrham"


In Epiphania Domini

«Había una vez un reino tan pobre, tan pobre, pero tan pobre… que sólo tenía dinero».  Los habitantes de ese lugar no tenían hambre ni sed ni frío ni cansancio. Es más, no tenían tiempo. Su vida era un culto esmerado del dinero que circulaba entre sus manos. Y para ello necesitaban arrogancia, astucia y corrupción. Pero no siempre fue así. Alguna vez los habitantes de ese reino eran felices. Trabajaban juntos y compartían sus alegrías y aflicciones. Cada ciudadano, cuando se retiraba a dormir, hubiera cenado o no, dormía profundamente. En cambio ahora, difícilmente podían dormir. A veces la hartura de sus mentes o de sus estómagos no les dejaban dormir. Todo comenzó una mañana en que una niñita caminaba junto al lecho de un río seco que ninguno de los habitantes del pueblo había notado. La pequeñita jugaba. Quería edificar una casita para sus muñecas. Así que tomó una cubeta y la llenó de piedras. Con fatiga las llevó a casa y al lavarlas un finísimo polvo dorado se precipitó rápidamente al fondo. La pequeñita lo separó y lo puso en su cara como maquillaje, jugando a ser una princesa. Cuando la gente la vio, comenzaron los rumores. Unos y otros la interrogaban: «¿de dónde sacaste eso?», y ella los llevó al escondido cauce seco del río de sus juegos. Luego comenzaron los secretos, y siguieron más rumores… hasta que se desató la fiebre del oro. Hombres y mujeres abandonaron sus hogares, sus cultivos y sus rebaños para ir a extraer oro. Y mucha gente comenzó a venir de lejos. A veces eran mal recibidos y enfermaban. Otras veces se trataba de gente malvada que sólo ambicionaba fortuna y la robaba por las noches.
Una de esas noches, el rey no podía dormir. Salió al balcón de su palacio y miró al cielo. Un cielo oscuro profundo y sin señales. Y oró a Dios por su pueblo. En la oscuridad, a lo lejos, divisó una estrella. Era hermosa como oro en terciopelo negro. Pensó el rey que tal vez esa estrella era la madre de todo aquel oro que se esparcía por el suelo de su reino y que tanto agitaba los corazones de sus ciudadanos. Tomó un poco de oro fino y se puso en marcha, en dirección de la estrella. Así pasaron doce días con sus noches. Y cuando creía estar muy cerca de la estrella, la perdió de vista. Entonces oyó el bullicio de la plaza. Era Jerusalén, la célebre Ciudad Santa, la ciudad de Salomón y de David, los reyes sabios. En ese momento, las embajadas de dos reyes misteriosos hacían su entrada en la Ciudad Santa. Eran dos reyes vecinos que eran amigos. Sus reinos eran violentos y muchas familias habían sido laceradas por manos asesinas. En sus casas escaseaba el amor, y en sus calles se lo mendigaba. Una noche se reunieron los dos reyes para soñar con la paz en sus reinos. Y de repente vieron brillar en el cielo una magnífica estrella cerca de Jerusalén, y se pusieron en marcha. En su camino, muchos niños les salieron al paso y ellos les dieron regalos, diciéndoles a sus padres que guardaran viva en sus niños la inocencia y la esperanza. Luego comenzaron a sufrir toda suerte de asaltos e infortunios, y cuando llegaron a Jerusalén, ya no traían consigo más que un poco de incienso y algo de mirra. Habían puesto en su ajuar varios cofres de incienso aromático, y cada atardecer, en medio de una nube de tribulaciones, lo quemaron en honor del Dios vivo. Llevaban también mirra en su equipaje porque sabían de los peligros del camino y la usarían si alguno resultaba herido. En efecto, en sus reinos usaban la mirra para calmar el dolor de las heridas y para embalsamar a los muertos. Así se encontraron los tres Reyes Magos en la Ciudad de Salomón. Y preguntaron por la estrella, que sin duda era el signo de un gran rey. El tirano Herodes se estremeció y toda Jerusalén con él. Pero la estrella condujo a los Magos a Belén, y allí adoraron al Rey de reyes.
Queridos hijos e hijas. Los Magos no llevaron ante el Niño sino su pobreza y su no tener más nada que ofrecer. Le ofrecieron el oro que inquieta los sueños de los hombres, agobia sus corazones, los divide como espada, y los hace morir por una falsa gloria. Le ofrecieron incienso porque el incienso es la sangre de un madero, una nube que sube al cielo como las oscuras noches del alma, una nube que hace llorar: es más, es el llanto del alma que cae al cielo cuando  nuestros llantos caen por tierra. Y le ofrecieron mirra, anunciando sin saberlo, que ese gran rey habría de ser herido y de morir por su pueblo. Le ofrecieron la amargura que calma las heridas de los hombres y atesora muerte. Regalos inauditos, tremendos, espantosos. Y nosotros hoy ofrecemos también al gran Rey el oro de todo aquello que en nosotros no es más que un remedo de gloria, el incienso de nuestra plegaria incesante y la mirra de nuestro dolor inconsciente. Que él nos dé a cambio la gloria verdadera.