jueves, 8 de enero de 2015

Misa tradicional en Cuernavaca


Todos los domingos se ofrece el Santo Sacrificio de la Misa en la forma extraordinaria,
por el R. Dom Evagrio López Álvarez OSB,
en la capilla del Monasterio Benedictino, a las 16:00 horas.

martes, 6 de enero de 2015

"Et apertis thesauris suis, obtulerunt ei munera, aurum et tus et myrrham"


In Epiphania Domini

«Había una vez un reino tan pobre, tan pobre, pero tan pobre… que sólo tenía dinero».  Los habitantes de ese lugar no tenían hambre ni sed ni frío ni cansancio. Es más, no tenían tiempo. Su vida era un culto esmerado del dinero que circulaba entre sus manos. Y para ello necesitaban arrogancia, astucia y corrupción. Pero no siempre fue así. Alguna vez los habitantes de ese reino eran felices. Trabajaban juntos y compartían sus alegrías y aflicciones. Cada ciudadano, cuando se retiraba a dormir, hubiera cenado o no, dormía profundamente. En cambio ahora, difícilmente podían dormir. A veces la hartura de sus mentes o de sus estómagos no les dejaban dormir. Todo comenzó una mañana en que una niñita caminaba junto al lecho de un río seco que ninguno de los habitantes del pueblo había notado. La pequeñita jugaba. Quería edificar una casita para sus muñecas. Así que tomó una cubeta y la llenó de piedras. Con fatiga las llevó a casa y al lavarlas un finísimo polvo dorado se precipitó rápidamente al fondo. La pequeñita lo separó y lo puso en su cara como maquillaje, jugando a ser una princesa. Cuando la gente la vio, comenzaron los rumores. Unos y otros la interrogaban: «¿de dónde sacaste eso?», y ella los llevó al escondido cauce seco del río de sus juegos. Luego comenzaron los secretos, y siguieron más rumores… hasta que se desató la fiebre del oro. Hombres y mujeres abandonaron sus hogares, sus cultivos y sus rebaños para ir a extraer oro. Y mucha gente comenzó a venir de lejos. A veces eran mal recibidos y enfermaban. Otras veces se trataba de gente malvada que sólo ambicionaba fortuna y la robaba por las noches.
Una de esas noches, el rey no podía dormir. Salió al balcón de su palacio y miró al cielo. Un cielo oscuro profundo y sin señales. Y oró a Dios por su pueblo. En la oscuridad, a lo lejos, divisó una estrella. Era hermosa como oro en terciopelo negro. Pensó el rey que tal vez esa estrella era la madre de todo aquel oro que se esparcía por el suelo de su reino y que tanto agitaba los corazones de sus ciudadanos. Tomó un poco de oro fino y se puso en marcha, en dirección de la estrella. Así pasaron doce días con sus noches. Y cuando creía estar muy cerca de la estrella, la perdió de vista. Entonces oyó el bullicio de la plaza. Era Jerusalén, la célebre Ciudad Santa, la ciudad de Salomón y de David, los reyes sabios. En ese momento, las embajadas de dos reyes misteriosos hacían su entrada en la Ciudad Santa. Eran dos reyes vecinos que eran amigos. Sus reinos eran violentos y muchas familias habían sido laceradas por manos asesinas. En sus casas escaseaba el amor, y en sus calles se lo mendigaba. Una noche se reunieron los dos reyes para soñar con la paz en sus reinos. Y de repente vieron brillar en el cielo una magnífica estrella cerca de Jerusalén, y se pusieron en marcha. En su camino, muchos niños les salieron al paso y ellos les dieron regalos, diciéndoles a sus padres que guardaran viva en sus niños la inocencia y la esperanza. Luego comenzaron a sufrir toda suerte de asaltos e infortunios, y cuando llegaron a Jerusalén, ya no traían consigo más que un poco de incienso y algo de mirra. Habían puesto en su ajuar varios cofres de incienso aromático, y cada atardecer, en medio de una nube de tribulaciones, lo quemaron en honor del Dios vivo. Llevaban también mirra en su equipaje porque sabían de los peligros del camino y la usarían si alguno resultaba herido. En efecto, en sus reinos usaban la mirra para calmar el dolor de las heridas y para embalsamar a los muertos. Así se encontraron los tres Reyes Magos en la Ciudad de Salomón. Y preguntaron por la estrella, que sin duda era el signo de un gran rey. El tirano Herodes se estremeció y toda Jerusalén con él. Pero la estrella condujo a los Magos a Belén, y allí adoraron al Rey de reyes.
Queridos hijos e hijas. Los Magos no llevaron ante el Niño sino su pobreza y su no tener más nada que ofrecer. Le ofrecieron el oro que inquieta los sueños de los hombres, agobia sus corazones, los divide como espada, y los hace morir por una falsa gloria. Le ofrecieron incienso porque el incienso es la sangre de un madero, una nube que sube al cielo como las oscuras noches del alma, una nube que hace llorar: es más, es el llanto del alma que cae al cielo cuando  nuestros llantos caen por tierra. Y le ofrecieron mirra, anunciando sin saberlo, que ese gran rey habría de ser herido y de morir por su pueblo. Le ofrecieron la amargura que calma las heridas de los hombres y atesora muerte. Regalos inauditos, tremendos, espantosos. Y nosotros hoy ofrecemos también al gran Rey el oro de todo aquello que en nosotros no es más que un remedo de gloria, el incienso de nuestra plegaria incesante y la mirra de nuestro dolor inconsciente. Que él nos dé a cambio la gloria verdadera.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Dignare me laudare te, Virgo sacrata: da mihi virtutem contra hostes tuos.


In Nativitate Domini
Ad tertiam Missam in die

Cuenta San Pascual Baylón que en una ocasión leyó un escrito del bendito abad Teodoro. Allí se cuenta que el santo abad, contemplando los misterios de la Navidad, vio a los demonios cerca de Belén, congregados en un gran consejo. Y se decían unos a otros: «Gran fiesta se hace en este lugar, ¿qué será?» Y otros decían: «Creo que María de Nazaret ha dado a luz aquí y los ángeles se le acercan como si fueran muchos familiares, y le dan consuelo». Opinaron otros: «¿Por qué no nos entrometemos para saber quién es y qué será del niño que ha traído al mundo?» Y respondieron otros más: «No creo que sea alguien de bien porque de Nazaret nunca ha salido ni un profeta ni nada bueno. No debemos temer nada que venga de Nazaret».
Pero otros replicaron: «No se confíen, porque cuando Dios quiere quebranta a los fuertes y derriba a los poderosos, y a los pequeños y débiles los fortalece y levanta. Bien saben ustedes que a nosotros, luego del pecado, nos arrojó de su gracia. Y en cambio a los hijos de Adán, esas miserables criaturas modeladas de barro, quiere darles una gloria mayor a la que nosotros perdimos. Por eso, a pesar de que Nazaret sea un lugar de poco bien, algún hombre de bien podría salir de allí, toda vez que María es una criatura muy santa y aborrece toda vanagloria. Bien saben ustedes cuántas veces la hemos tentado y siempre quedamos vencidos y avergonzados».
Entonces habló un demonio al que Satanás había encargado de tentar ferozmente a María y dijo: «Dios no acostumbra honrar por sus ángeles a personas pecadoras, lo sabemos. Sólo honra así a las almas santas y perfectas. Y en Belén no hay ninguna así, más que María. Tengan por cierto que algo muy santo se trae entre los brazos. A juzgar por la honra que Dios le ha dado enviando un ejército celestial, sin duda María ha dado a luz a un hijo como no ha habido otro igual. Miren cuánta luz irradian los ángeles. Más nos vale huir de ella».
Pero otro demonio, lleno de cólera estalló y dijo: «Basta, bestia inofensiva, nuestro oficio y propósito es pelear contra Dios y contra su voluntad. Hagamos nuestro poderío para que nadie le obedezca ni respete su voluntad». Todos los demonios estuvieron de acuerdo y se presentaron ante Lucifer, el más terrible de los príncipes de los demonios. Lucifer bufaba de rabia, de amargura y de odio, y así recibió a sus demonios, diciéndoles: «Por cuanto he sabido, se ha cumplido ya el tiempo en que Dios envía a su Hijo al mundo, nacido de una Mujer; y por las circunstancias que he oído, este Niño nacido de María es el Salvador del mundo. Nada pueden mi odio ni mis tentaciones contra él, pues se llama Dios fuerte; pero porque quiero disgustar a Dios, desde ahora es ya mi enemigo, y mi furia no se aplacará contra él. Toda su vida lo perseguiré y en la hora de su muerte conocerá mi poder».
Mientras tanto María escuchaba la dulce melodía del corazón del Niño, acariciaba su sapientísima frente y besaba con ternura las pequeñas manos y los pies del Salvador. Manos que un día, clavadas en la cruz, habrían de arrancar al hombre de las garras del diablo. Pies que un día, clavados por la maldad del diablo, habrían de llegar al corazón del hombre para conducirlo sobre sus hombros al corazón de Dios. Con María, la preciosa Reina Madre de Dios, adoremos a Dios hecho hombre, y con los ángeles fieles sirvámosle obedientes y piadosos.

Hic iacet in presepio, alleluia, qui regnat sine termino, alleluia alleluia


In Nativitate Domini
Ad primam Missam in nocte

Cuando Dios concluyó la obra de su creación, dio alimento al hombre y a su mujer: «Miren, a ustedes les doy todas las plantas de la tierra que producen semilla, y todos los árboles que dan fruto». Luego dio alimento también a los demás vivientes: «a los animales salvajes, a los que se arrastran por el suelo y a las aves, les doy la hierba como alimento». Así, todos los vivientes se nutrían sin causar dolor, sin hacer daño. Pero el hombre, engañado por el diablo, comió un fruto funesto que abrió una muy profunda herida en su alma, una llaga que poco a poco corroe su carne. La tierra comenzó a producir abrojos y espinas, y brotaron de ella hierbas venenosas. Y el hombre tuvo que trabajar la tierra para comer hierbas.
Desde entonces el hombre llora. Llora cuando nace y cuando muere, llora sus pérdidas y su abandono. Llora cuando la belleza lo hiere y cuando el pecado lo abruma. Llora el dolor de su carne. Y sus lágrimas reblandecen el barro reseco del que fue formado.
En esta noche, Dios reposa en un pesebre. Y el pesebre es su paraíso. Allí, sobre pajas secas reposa el «que da su alimento al ganado y a las crías del cuervo que graznan». Y el pequeño es tierra nueva bañada de lágrimas. Es tierra prometida que devuelve su bondad a las pajas secas y las hace germinar en viñedo y trigal. Sólo buen pan y buen vino brotan de la tierra nueva que es el Salvador.
Fíjate bien. Una Santa Doctora contempló a Dios en la majestad de su trono real, inmerso en la luz de una prodigiosa gloria. En su pecho tenía una masa fangosa de tierra negra, como del tamaño del corazón de un hombre y rodeado de piedras preciosas y de perlas: Es que en el corazón de Dios está su Hijo, tesoro de su divinidad, y esta noche el Hijo se ha vestido de barro. Y así, vestido de nuestro barro, reposa sereno en el corazón del Padre. Esta noche el corazón de Dios tiene forma humana. Y en el cielo los ángeles adoran la pequeña joya de barro que reina en el pecho del Padre.
Y nosotros en la tierra vemos un pesebre, patena en que se entrega todo el sabor del cielo, cáliz en que se guardan las lágrimas de Dios: Es que esta noche el Niño llora. Pero no llora como los niños cuando nacen, no llora el abandono, ni el frío, no llora su dolor. Llora de amor, y su llanto es la primer nota de su canto de victoria. Llora de gracia, aurora de la redención. Llora, y sus lágrimas anuncian su sangre, ungüento precioso que curará todas nuestras heridas, remedio eficaz de todos nuestros llantos.
Queridos amigos, el llanto de este Niño es el gozo del cielo y el consuelo de nuestros dolores. El llanto de este Niño devuelve la alegría a los que sufren. Unamos nuestros corazones al gozo del cielo y reposemos con Cristo en el corazón de Dios.

domingo, 9 de noviembre de 2014

"Zelus domus tuæ comedit me"

In festo dedicationis basilicæ lateranensis

En la Regla que San Benito escribió para nosotros, sus monjes, está escrito: «Así como hay un celo de amargura, malo, que separa de Dios y conduce al infierno, existe también un celo bueno que aparta de los vicios y conduce a Dios y a la vida eterna. Ejerciten, pues, los monjes este celo con el amor más ardiente».
En efecto, ante los ojos de los cristianos se presentan dos caminos: uno lleva al infierno y otro al cielo. Y el buen o mal celo marcan la diferencia. El mal celo, el celo amargo, es un camino frío, de brillantes escarchas para alfombrar nuestros pasos y de calladas heladas que lo queman todo. El buen celo, en cambio, es un camino cálido y luminoso. Y por ello también es muy fatigoso: sus paisajes llenos de flores y de frutos nos hacen sudar al recorrerlos. Es que el buen celo es el calor del alma, es su fervor.
Ahora bien, estos dos caminos en realidad marchan juntos, paralelos, aunque sus metas sean destinos opuestos. Por eso se puede conversar con los que vienen en el camino de al lado, y a veces sucede que nos cambiamos de camino sin darnos cuenta. Distraídos, perdemos la orientación y de pronto no sabemos hacia dónde estamos yendo.
Recuerdo a un monje que en ocasión de un largo viaje que iba a emprender, con gran amor se puso a cocer pan para compartir con otros monjes que visitaría en una ciudad lejana. Hizo un pan excelente, lo envolvió cuidadosamente y lo puso en su alforja. Entonces emprendió el largo viaje. Recorrió duros caminos, lluviosos, ingratos, tristes, hasta que finalmente llegó a su destino. Cuando se encontró con sus hermanos monjes quiso compartir con ellos su pan; pero, al desenvolverlo, una dura masa verde y vaporosa hizo su aparición. Del pan exquisito que había preparado sólo quedaba el fantasma revestido de moho. Al verlo, los monjes le dijeron: «Vamos hermano, tu pan se ha echado a perder. Ven a comer de nuestro pan, siéntate a la mesa con nosotros». Pero el monje peregrino parecía no darse cuenta del estado de su pan y molesto regañaba a los hermanos que no querían comer un pan tan bueno y hecho con tanto amor.
Es curioso, a veces el amor y el buen celo a lo largo del camino se nos transforman en odio y celo de amargura, y ni siquiera nos damos cuenta en qué momento sucede. Lo cierto es que nosotros seguimos llamando amor y buen celo a nuestro enojo y a nuestros celos amargos. Entonces odiamos, sin saberlo, a nuestros seres queridos porque ellos son lo que nosotros no hemos podido ser, como el monjecito que, habiendo atravesado tormentas y tempestades para llevar un pan que finalmente se le echó a perder, se enoja con sus hermanos que comen pan tierno en un refectorio cálido y recogido, y les alega para que coman el pan enmohecido de sus fatigas de camino. Así se acaba por odiar a los demás por no ser lo que nosotros queremos que sean, y el colmo es que a eso lo seguimos llamando amor. Bastaría mirarnos al espejo para darnos cuenta que en esos casos nuestro rostro no es el de alguien que ama.
El buen celo muy fácilmente puede convertirse en celo de amargura. Tal vez por eso a menudo las buenas obras que una vez hacíamos con amor y dedicación, luego acabamos por hacerlas con malhumor y pesadez. Sus caminos se parecen tanto, precisamente en que ambos son fatigosos, ambos queman, pero sólo en uno maduran los frutos y se los puede comer.
Pues bien, el Señor Jesús nos dio ejemplo de ello para que sigamos sus huellas. Fíjate bien, cuando echó fuera a los negociantes del templo, no lo hizo con celo de amargura. Tanta era la bondad con que los expulsó que sus discípulos se acordaron de lo que estaba escrito: «El celo de tu casa me devora». Con toda verdad un Maestro enseña que todo Cristo era comido, devorado por el buen celo. Y como todo aquel que come transforma el manjar en sí mismo, así el buen celo que devoraba a Cristo hizo que todas sus obras fueran buen celo. Cristo hizo un látigo de cordeles para expulsar el celo amargo de quienes habría de atraer con el celo bueno de sus azotes y clavos. Movido por el buen celo, cambió los bueyes, ovejas y palomas del templo y al templo mismo por lo mejor que tenía para ofrecer, su propio cuerpo. Él que siempre había sido devorado por el buen celo, no dudó en darnos a comer su carne. Al expulsar a los negociantes que apolillaban la santidad del templo, el Señor les dio su cuerpo para que lo destruyeran, para que lo consumieran hasta la cruz. Con toda verdad dice: «Cuando yo sea, elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». Que es como si dijera: «Yo expulso a los negociantes del celo amargo para atraerlos al celo bueno, que me devora, porque quien come mi carne tiene vida eterna». Pues bien, aprendamos de Cristo el buen celo. Aprendamos a cocer el pan de nuestras buenas obras al calor del buen celo, y no del celo amargo, pues el pan que viene del buen celo alimenta a todos, mientras que el pan de amargura no nutre a nadie.