domingo, 18 de agosto de 2019

"Ignem veni mittere in terram et quid volo? Si iam accensus esset!"

Dominica XX per annum
Hubo una vez un dragón gigantesco con dos cabezas. Era una de esas magníficas quimeras de la antigüedad. De las fauces de sus dos terribles cabezas salían llamaradas fulminantes de fuego abrasador que flagelaban todo lo que estuviera a su alcance siempre que sus ojos se inyectaban de rabia. Pero no siempre fue así. Nuestro terrible dragón alguna vez fue bueno. Nació de un huevo abandonado a su suerte sobre un nido construido en una cumbre rocosa. Y sólo tenía una cabeza. Cuando rompió el cascarón no hubo nadie que lo acariciara y mucho menos alguien que le enseñara a ser malvado. Estaba libre. Así nacen los dragones. Y conforme sus patitas cobraban fuerzas y desplegaba sus alas, comenzó a alistarse para la aventura de la vida. Empezó por arrastrarse como una lagartija pero conforme pasaban sus días y su panza crecía, comenzó a erguirse para caminar sólo en dos patas. Luego aprendió a volar.
Era un dragón muy feliz. Se alimentaba de amaneceres y cenaba luz de estrellas, todo saludable y delicioso. Creció nuestro dragón de amaneceres y atardeceres hasta que un buen día tuvo un hijo. Bueno, un huevo salió de su panza y pues lo acomodó en un nido elevado y allí lo abandonó, como suelen hacer los dragones.
Pero algo no le permitía marcharse del todo y cada día volvió para echar un vistazo al huevo. Un buen día, un gruñido sordo quebrantó el cascarón y un hermoso dragón pequeñito salió de él. Y nuestro gran dragón cuidaba de él, cosa muy rara porque los dragones no necesitan nunca quien los cuide.
Una tarde, nuestro dragón pensaba en todo aquello que el pequeño dragón hacía. Lo había escuchado hablar de sus sueños. Quería ser amigo de los humanos, defender castillos, jugar con los niños, proteger princesas, ser aliado de príncipes y caballeros.
Entonces nuestro gran dragón pensaba que sí el pequeño continuaba con esas ideas, la especie se extinguiría, que se necesitaba mucha malicia con los humanos. Y, mientras cavilaba, comenzó a sentir que su cabeza flotaba a punto de estallar. Sentía un odio que hacía arder sus pensamientos y fue entonces, cuando sus pensamientos se hacían cenizas y resurgían otros aún más candentes, que cayó en la cuenta que le había crecido otra cabeza. Una nueva cabeza que le hacía ver peores todas las cosas.
Avergonzado, no quiso que nadie lo viera y escapó. Huyendo por la foresta, tropezó con un grupo de leñadores que al verlo se echaron a correr abandonando sus hachas. Nuestro dragón se preguntaba entonces por qué los humanos huían de él y entonces un chispazo se encendió entre sus dos cabezas. Salió fuego de sus fauces que acabó por fundir las hachas de los leñadores. Y así marchó por el bosque, iracundo e incendiario.
Pasó mucho tiempo. Y un buen día por el bosque oyó ruidos tremendos. Se alistó para combatir con su fuego, pero pronto descubrió entre los árboles al joven buen dragón. Llevaba consigo arados y otras herramientas humanas. Nuestro dragón conmovido tallaba su cuello, bueno, sus cuellos en el pecho del joven dragón como un gatito se talla a los pies de su dueño. Y finalmente le preguntó qué era toda esa herramienta. A lo que el joven dragón le respondió: «Son cosas que he recogido de incendios que tú has provocado. El hierro candente suelda y, pues al menos puedo hacer herramientas para trabajar la tierra y reconstruir casas y ciudades. Sabes, el fuego tiende a unir y hay que aprovecharlo. Los elementos más nobles se funden o se sueldan entre sí bajo su fuerza».
Fíjate bien. Todos sabemos lo dolorosas que resultan las divisiones en nosotros mismos y entre los nuestros. También sabemos que lo que las genera en nosotros pocas veces es la fidelidad al evangelio o el amor a Jesucristo. Muchas veces nuestras divisiones son como otra cabeza que nos crece cuando nuestros pensamientos se incendian por la ira, la desconfianza, el rencor, la envidia. Peleamos las mismas causas que nuestros adversarios sólo que lo hacemos desde nuestra segunda cabeza, la que incendia todo con su violencia. Muchas veces lo que nos divide es el reflejo de nosotros mismos, la sombra de nuestras ambiciones, la proyección de nuestro egoísmo, nuestra propia intolerancia hacia la frustración o el rigor de nuestra tibieza porque los extremos a fuerza de estar separados se juntan.
El Señor Jesús sabía que su paz habría de ser arrasada por nuestro fuego. «Él es nuestra paz». Y en la cruz nuestra paz ardió bautizada por el fuego de nuestro odio, de nuestra violencia, de nuestras torturas, de nuestras luchas peleadas desde varios frentes, desde nuestra segunda cabeza. «He venido a prender fuego en el mundo y cuánto deseo que esté ya ardiendo. Tengo que recibir un bautismo y cómo me angustio mientras llega».
Justamente por eso, porque los extremos a fuerza de estar separados se juntan, es posible sanar la violencia con la paz, forjar herramientas donde arde el fuego. Sólo por eso el fuego puede rescatarnos. Su magia vuelve a soldar lo que nuestra violencia arrasa. Y así es Cristo. Sólo él, nuestro buen dragón, amigo de nuestra humanidad, hizo del incendio de la cruz una fragua para alcanzarnos el arado que nos hace dignos de ser sus discípulos. Sólo él pudo forjar en la cruz las herramientas de paciencia y abandono, de amor y de perdón que nos permiten edificar una morada en el cielo. No abandones esas herramientas porque son vasos sagrados del altar que nos salva de nuestra segunda cabeza.

domingo, 28 de abril de 2019

"Ostendit eis manus et latus. Gavisi sunt ergo discipuli, viso Domino"

Dominica in albis

Normalmente todas nuestras heridas vienen de dos causas. La primera es la entrega con que nos apasionamos en la vida, como el niño y el joven se hieren una y otra vez mientras aprenden a caminar, a correr, a luchar, a ganar. El esfuerzo nos esculpe, nos perfecciona, pero también abre nuestras ínfimas grietas que con el tiempo nos desmoronan.
Hay algo más que nos hiere y tal vez sea lo más doloroso para nosotros y es todo aquello que exige de nosotros resignación porque no pide permiso. Muchas cosas llegan a nuestras vidas y nos golpean, la violencia, la maldad, la incomprensión, la enfermedad, sin que podamos esquivarlas. Nuestra piel se marca por la herida causada por una imprudencia inesperada; los juegos políticos resquebrajan los ideales; la vejez y nuestras más íntimas herencias familiares nos doblan de achaques.
También sucedió así en la pasión del Señor. Él era un guerrero, un atleta apasionado. Y por eso sus heridas eran fruto de su entrega. Ni el peso de la cruz, ni la crueldad de los clavos, ni su abandono a la voluntad del Padre fueron algo ajeno a su entrega ardiente y amorosa. Dio paso hacia la muerte porque quiso. Al mismo tiempo Cristo sufría injustamente las voces de aquellos que sin amar la verdad lo llamaron impostor, la oscura noche de los corazones de sus amigos que lo abandonaban, la vida pecaminosa de todos aquellos que lo condenaban a muerte, además de la inflexible fuerza del clavo y la violencia de los azotes y tormentos. Aun cuando un ejército de ángeles a su servicio pudo haberlo librado si así él lo hubiera querido, él quiso, por así decirlo, ser atropellado irremediablemente por el mal.
Sabemos bien que él gozó toda su vida de la visión del Padre, que es la felicidad de los santos. Digamos que interiormente tenía siempre a la mano todo cuanto puede hacer dichoso a alguien de modo sobrenatural. Sin embargo, un célebre predicador enseña que ya pensando seriamente nos es más fácil pensar en Jesús como el varón de dolores y el siervo sufriente que profetizó Isaías que entender cómo pudo haber alegría en una vida como la suya.
Tal vez la corona de espinas mostró por unas horas algo que siempre sucedió en la vida del Señor. Él y sólo él, que no conoció pecado, conocía como verdadero Dios el horror del pecado, la maldad que lo mueve, incluso sin que los que pecamos podamos ver ni entender. Ante sus ojos, la maldad y el pecado fueron toda su vida dolorosas espinas. Y el que es la Verdad no podía disimular ni recurrir al engaño o a una falsa esperanza.
A veces, por ejemplo, cuando temes que la maldad de un criminal o de alguien malvado pueda golpearte, pues esperas que cambie de parecer o se conmueva. Pero el Señor supo siempre cuántas traiciones serían irreversibles en su vida, que el martillo no se detendría, y que ni la ciega lanza daría marcha atrás ante un corazón ya crispado de tanto amor y dolor.
Y con todo, las llagas del Señor son una ventana. Su cuerpo lo es. Y como toda ventana pertenece tanto a la habitación como al jardín y al exterior, así sus llagas pertenecen a nuestra maldad y a su gloria, pertenecen a nuestra incredulidad y a su verdad, pertenecen al amor y al gozo, al tiempo y a la eternidad, como todo su cuerpo.
Tomás llevaba las negras llagas de su incredulidad, de su desesperación, en sus dedos, en sus manos. Pero sobre todo en su alma. Y con esas negras llagas tocó las llagas que no guardan rencor, atravesó la ventana de la libre felicidad de Dios. Y la luz de la fe asomó risueña a través de esas llagas gloriosas, pues «Dios, que ha hecho brillar la luz en las tinieblas, ha hecho brillar su luz en nuestros corazones para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo».

Ninguna otra luz puede iluminar nuestras llagas más que la que viene de la felicidad del Señor. Esa felicidad que hacía luminosa cada herida que nuestras faltas e incredulidades abrieron en su alma y en su carne mientras estuvo entre nosotros. Esa felicidad que se cuela a través de la ventana de sus llagas es lo único que puede sanar las nuestras. Por eso nosotros, edificados en la roca de la fe que es Cristo, esculpidos por su pasión, nutridos con su cuerpo, abramos las ventanas de nuestras heridas, para que la luz del gozo divino llene nuestros corazones con la belleza de su claridad.

Pastor bueno, acuérdate de este día, que tú hiciste, consagrado con tu gloriosa resurrección. No tengas en cuentas mis pecados, oh Bueno, y guíame por los senderos de la vida, para que tu pueblo se alegre contigo. Consérvame perpetuamente, oh Santo, en el honor de tu santo servicio y en el temor de tu Nombre, tú que brillas sereno, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos.

viernes, 19 de abril de 2019

De septem verbis a DNJC in cruce prolatis

Feria VI in parasceve

Fíjate bien, cuando Adán pecó contra Dios, lo hizo por desobediencia, comiendo del fruto del árbol que Dios le había prohibido comer. Dice la Escritura que el fruto les pareció «agradable a los ojos y útil para adquirir sabiduría». De este modo, el pecado encontraba ventaja en la vista, el olfato y el gusto. Y pues, al extender la mano hacia el fruto funesto, el tacto se despojaría de su dignidad. Sólo el oído permanecería intacto, y por eso el diablo, enemigo de todo lo bueno, quiso hablar al oído de los primeros padres para que el pecado comenzara justo por el sentido que pudo permanecer inocente.
El Señor en la cruz nos ha dado a gustar el fruto más excelente de su obediencia al Padre. Él, el Pan de la vida, quiso ser para salvarnos fruto de obediencia. «Sin figura, ni belleza, lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por todos, varón de dolores, acostumbrado a sufrimientos, uno ante el cual se aparta la mirada, despreciado y humillado». Y así, no teniendo nada atrayente, el fruto que nos sana habló en el sagrado púlpito de la cruz al oído de nuestro corazón, para sanar así con la suavidad de sus palabras, la grave herida que un día infligiera en el oído humano la voz mentirosa del diablo. Y con la suavidad de sus palabras no deja de atraernos al amor de su belleza escondida, pues con toda verdad él había dicho de esta hora «cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».
Dice la Escritura que el fruto del árbol de la desobediencia, pareció a los primeros padres «útil para adquirir sabiduría». Y, en efecto, por tratarse del árbol del conocimiento del bien y del mal nos proporciona una sabiduría que es más bien estulticia e insensatez. Pues desde entonces conocer el mal nos da un remedo de sabiduría, como quien se vuelve experto en mentir, hábil en cometer crímenes, astuto para hacer fraudes, sabio por su propia experiencia del mal. Así, en la cruz, toda la industria y esfuerzo humanos se comprometían a fingir sabiduría, mientras se realizaba la locura de crueldad más grande que el mundo haya conocido, la fiebre de odio que recogía en sí misma todos los siglos de nuestros pecados. Y en nuestra locura de pecar y blasfemar contra Dios sólo la palabra del Señor se elevaba desde la cruz con sabiduría y sensatez:

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»

Fíjate bien y pon atención para que mejor comprendas los divinos misterios. Cuando el Señor fue bautizado por Juan en el Jordán, se sumergió el Señor en las aguas, no para ser lavado por ellas, él que es la cabeza de la Iglesia. Por así decirlo, él lavaba las aguas y las santificaba místicamente para que concibieran el poder de santificar. Con toda verdad Malaquías profeta anunció este día diciendo: «¿Quién podrá soportar el día de su venida?¿Y quién podrá mantenerse de pie cuando él aparezca? Él es como fuego de fundidor y como lejía de lavanderos». Así, todos nosotros, que somos miembros de su Cuerpo, hemos sido lavados por las aguas que lavó él, nuestra cabeza.
Y algo así ha sucedido también cuando el Señor oró en el huerto de los olivos. Con su oración Cristo santificó el óleo que se esconde en el duro corazón de las olivas. Por eso el Jueves Santo el obispo en la Iglesia bendice el óleo con que se ha de ungir el pecho y la espalda de los catecúmenos para impedir el paso al demonio y hacer de ellos un templo grato a Dios. Cristo, nuestro obispo, consagra también con su oración en el huerto de los olivos el Crisma indeleble que nos hace nación santa, linaje escogido, sacerdocio regio, según lo había anunciado David en su salmo cuando dijo: «me unges la cabeza con perfume», y bendice también con su oración el óleo de consuelo que conforta y sella el final de nuestras vidas.
Y para instruirnos mejor acerca de este misterio, el Señor invitó al buen ladrón a entrar en su gozo. Ungía con la fe el pecho del ladrón que renunciaba a Satanás y a sus obras y la espalda con que cargaba su cruz para seguirlo, y lo convertía así en templo del Espíritu Santo. Lo ungía con su Crisma, marcándolo con el sello indeleble de la redención, el sello «más fuerte que la muerte», ese sello que resplandece ante los ojos de los serafines y abre las puertas del cielo a quienes lo conservan luminoso como lámpara encendida. Y ungió también con el óleo de sus dolores la muerte que el ladrón completaba junto con el Señor.
Cristo nos nutre, nos limpia y perfuma con el óleo de su alegría, preparado en el huerto secreto de su oración y cosechado a través del dolor.  Y este óleo santo nos hace pasar como ladrones bienaventurados del huerto de los olivos al huerto del paraíso, a través de la puerta angosta que es la cruz. Por eso el Señor dijo al buen ladrón:

«Hoy estarás conmigo en el paraíso»

Y no hay ninguna tribulación ni estrechez en la cruz que no haya sido atravesada también por Cristo. Porque la cruz es la forma y medida de su amor. En ella —como en todos los misterios de la vida santísima de nuestro Señor— brilla como antorcha la claridad con que Dios nos ama y nos conoce. «En el pesebre, en la cruz, en la gloria eterna del Padre, Cristo ve ante sus ojos y tiene a sí unidos a todos los miembros de la Iglesia con mucha más claridad y mucho más amor que una madre conoce y ama al hijo que lleva en su regazo».
Por ello, la suerte de los mártires, los dolores de su Iglesia, no pueden ser ajenos a la pasión del Señor, pues en verdad él tuvo una inmensa solidaridad con los miembros de su cuerpo místico, cuando sin herida aparente derramó sangre en Getsemaní, padeciendo en anticipo cuanto habrían de padecer sus mártires y todos sus fieles. Y así, él era ya en Getsemaní apedreado en Esteban, crucificado en Pedro, decapitado en Pablo, quemado en Lorenzo, odiado en cada uno de sus hermanos, frutos nuevos de su Pasión, testigos de su sangre y de su amor. Porque con toda verdad uno de los Padres enseña que «éste es el que tuvo que sufrir mucho y en muchas ocasiones: el mismo que fue asesinado en Abel y atado de pies y manos en Isaac, el mismo que peregrinó en Jacob y fue vendido en José, expuesto en Moisés y sacrificado en el cordero, perseguido en David y deshonrado en los profetas. Éste es el que se encarnó en la Virgen, fue colgado del madero y fue sepultado en tierra, y el que, resucitado de entre los muertos, subió al cielo». Antes, pues, de ser clavado con clavos, él ya estaba unido a nosotros por el amor, crucificado en la cruz de nuestra carne por su misericordiosa encarnación.

«–Mujer, ahí tienes a tu hijo.Ahí tienes a tu madre»

¿Cómo habría podido la Virgen Madre contemplar a su Hijo amado muriendo en una cruz, sin enloquecer de terror ante toda la maldad de que el corazón humano puede ser capaz? ¿Cómo habría podido sentir compasión de nosotros que extraviamos en la muerte al Hijo que ella con tanto amor dio al mundo? ¿Cómo habría soportado tanta pena si no fuera porque su corazón recibía todo de la mano de Dios y de su amada voluntad? En verdad, nunca hubo tanto dolor porque nunca hubo tanto amor, pues que es gloria del amor adornarse de dolor y el amor crece cuando el dolor lo ensancha. Dios es un viñador amoroso que limpia los sarmientos para que den más fruto. Pero María ya había dado el fruto más excelente. ¿Qué necesidad había de dolor? Sin embargo, quiso Dios hacerla experimentar el dolor de perder a Dios, el dolor de no poder estrecharlo entre sus brazos. Quiso hacerla probar tan grande dolor para aumentar el brillo de los méritos de su amor. El dolor de María no era por el peso del pecado—ella que había sido concebida sin pecado—; su dolor era por la gloria del amor.
La tarde en que murió Jesús la mirada de la Madre buscó en la caravana de nuestra crueldad. Buscó en nuestros corazones y en nuestras miradas un signo del amor y la compasión que él enseñó. Pero esa tarde lo perdimos todo. Y esa pérdida resume todos los momentos de nuestra vida en que nos hemos sentido lejos de Dios. Cristo muere en esta tarde y nuestro corazón llora por él, como se llora por el Hijo único, como se llora por el amigo del corazón, como se llora por el amor del alma. Y nuestro llanto es llanto de asesinos. Él murió por nosotros. Murió porque su amor no soportó nuestras lejanías, esas distancias infinitas que llamamos pecados.
La Virgen Madre lo busca entre nosotros y se compadece de nuestras miradas despiadadas, de nuestras crueles manos que taladran vidas, de nuestros pasos que caminan sin Dios, de nuestros corazones que matan. Ella nos toma por hijos mientras su Hijo se ocupa de las cosas de su Padre, clamando como zarza que arde sin querer consumirse:

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

El bendito cuerpo del Señor gozó desde su encarnación de impasibilidad. Era libre ante el dolor. Ninguna debilidad ni enfermedad podía vencer al que es la salud y la vida de todos. Por tanto, él quiso morir de amor, de sacrificio, porque para ello había nacido. Ningún dolor podía sobrevenirle al Señor si él no lo quería. Y, aunque sabemos que algunos hombres pueden aliviar sus dolores con el esfuerzo de sus mentes, Cristo no lo quiso así para su pasión. Quiso que su dolor fuera el más grande del mundo. Él, cuya alma y cuyos miembros de su cuerpo habían sido creados con inigualable perfección, tenía una sensibilidad más perfecta que la de cualquier otro hombre. Y, dado que ninguna enfermedad era digna del dolor más grande del mundo, Cristo deseó cumplir los sufrimientos de su pasión en la divina liturgia, pues nada más digno halló de ellos. Por eso, cuando las tinieblas lo invadieron todo, solemnemente recitó las palabras del Salmo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Y, sabiendo que esta profecía del salmista podía acarrear incomprensión y turbación, por ir acompañada de tinieblas, mostró desde la cruz su verdadero sentido. Por su encarnación se unió el Hijo eterno del Padre a nuestra naturaleza humana. Su cuerpo y su alma estuvieron y estarán por siempre unidos a su persona divina, sin experimentar jamás el abandono de Dios. ¿De qué abandono hablaba entonces el salmista? ¿Cuál abandono experimentaría el verdadero Salmista en la cruz? Un Maestro enseña que hablaba del abandono de la protección, pues al renunciar el Señor a protegerse a sí mismo de la crueldad de sus verdugos, se abandonaba a sí mismo a los dolores de su pasión que bien podía haber evitado por su impasibilidad soberana y se sumergía en el sueño de la muerte. Y no pronunció el Señor estas palabras como regateando el dolor. Más bien, al adentrarse en la oscuridad de la muerte, como un atleta enardecido clamaba al Padre: «Padre, por qué la muerte ponen fin a la ocasión de padecer por amor a tu voluntad y por caridad con mis hermanos? ¿Por qué termina en el tiempo el dolor que he encendido con amor eterno? ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?»
Del mismo modo, al agotarse el agua, el cuerpo de los hombres desfallece y experimentan la sed como un deseo muy profundo de renovarse y vivir. Por eso, el Señor al acercarse el final de su sacrificio, habló de su sed, de su deseo de refrescar su cuerpo para continuar su amor. Aquel que se entrega en nuestros labios diciendo: «Tomen y beban», dice también:

«Tengo sed»

Con razón dice la amada en el Cantar: «Reanímenme con pasteles de pasas, reconfórtenme con manzanas, porque me muero de amor». Fíjate bien que la amada, son aquellos que en la Iglesia quieren vivir como él murió. Y la amada pide pasteles de pasas, pues las pasas no son sino uvas que se han secado rápidamente para que no experimenten corrupción alguna. La amada no pide bebida alguna porque rechaza las aguas amargas de la duda y la tentación. Ha bebido sólo el vino del amor. Por eso dice también en el Cantar: «Son mejores que el vino tus amores, tu nombre es perfume derramado, por eso te aman las vírgenes». Pues el amado tampoco tiene sed de aguas amargas de duda y tentación. Sólo tiene sed de amores, de corazones virginales que lo aman. Y la amada se nutre de perfumes que sanan la pestilencia de la muerte. Así, el fruto del árbol de la vida es Cristo en la cruz, plantado en el corazón de su amada Iglesia, su hermana y Madre. Él es lo «que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palpado con nuestras manos». Él es el fruto que deleita la visión espiritual, refresca la sed de amor y perfuma el olfato virginal.
Dice la Escritura que con el dinero que Judas devolvió, los sacerdotes compraron el Campo del Alfarero, también llamado Campo de Sangre porque el color de su barro era rojo, como el barro del que Dios había modelado al Adán en el principio. Así Dios modelaba de nuevo al hombre con sus manos. Y una vez restaurados su sentidos espirituales, infundió en él un espíritu nuevo.
Por eso el Señor dijo:

«Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu»

Y así entregaba su amor y su vida en la nueva vasija de barro que el amor de Dios modelaba con su barro. Fíjate bien y no te distraigas. Dice la Escritura que en una ocasión, cuando la reina Ester se presentó delante del rey Asuero para abogar por su pueblo, el rey le dijo: «Qué es lo que tienes reina Ester, ¿Cuál es tu petición? La mitad de mi reino se te dará». Y es que nuestro Señor es rey de justicia y de misericordia. Pero María sólo tiene la mitad de su reino. Ella no juzga, sólo se compadece. Por eso, antes de llegar ante el juez eterno, aplica el remedio del Doctor que te aconseja: «Si se levanta la tempestad de las tentaciones, si caes en el abismo de las tristezas, eleva tus ojos a la Estrella del mar. Invoca a María. Si te golpean las olas de la soberbia, de la maledicencia, de la envidia, mira a la Estrella, invoca a María. Si la ira, la avaricia, la sensualidad quieren hundir la barca de tu espíritu, levanta los ojos de la fe, mira la Estrella, invoca a María. Si ante el recuerdo desconsolador de tus muchos pecados y de la severidad de Dios, sientes que vas hacia el abismo del desaliento y de la desesperación, lánzale una mirada a la Estrella del cielo y rézale a la Madre de Dios. En medio de tus peligros, de tus angustias, de tus dudas, piensa en María, invoca a María. El pensar en ella y el invocarla, sean dos cosas que no se aparten nunca ni de tu corazón ni de tus labios».
Y en verdad te digo que también el Señor, luego de entregar su Espíritu en las manos del Padre, sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, sabiendo que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas, que había salido de Dios y a Dios volvía, miró la Estrella. Miró a María y complacido exclamó amando hasta el extremo:

«Todo está cumplido». Todo está cumplido en el amor.

Virgen Madre, ruega Dios por mí, pecador. Salve, remedio eficaz de mi carne. Salve, plegaria ante el juez verdadero. Salve, orgullo glorioso de sacros ministros. Dignare me laudare te Virgo sacrata, da mihi virtutem contra hostes tuos.

domingo, 11 de noviembre de 2018

"... hæc vero de penuria sua omnia, quæ habuit, misit, totum victum suum"


Dominica XXXII per annum

Sucedió que los príncipes habían dado un edicto para que los hijos de los veteranos fueran enrolados en el ejército. Martín desde los diez años escapó de su casa para ir a la Iglesia y pidió ser catecúmeno. Desde los doce años ya quería ir al desierto y abrazar la vida monástica. Pero por ese edicto a los quince años fue enrolado en el ejército. Cuenta Sulpicio Severo que  en una ocasión Martín iba de camino cabalgando. Aún no había abrazado la vida monástica, pero ya su corazón ardía de caridad cristiana. Se encontró entonces a un pobre sin cobijo que pedía limosna tumbado en el suelo. Entonces, movido a compasión, no teniendo a la mano más que sus armas, tomó la espada y dividió en dos partes su manto. Era invierno. Esa misma noche en sueños supo que era el mismo Cristo quien le había suplicado. Vio en sueños al Señor vestido con el trozo de capa con que Martín había cobijado al pobre. Y escuchó al Señor que hablaba a una multitud de ángeles: «Martín, siendo apenas catecúmeno me ha cubierto con este vestido». Así el Señor mostraba cuánta estima tiene de quienes recuerdan sus palabras: «Lo que hicieron a uno de estos pequeños a mí me lo hicieron». Por eso proclamó con toda verdad haber recibido el vestido en la persona del pobre.
Hoy hemos visto a Jesús sentado frente a la alcancía del templo, como verdadero Dios. Pocas veces pensamos que la alcancía del templo sea un lugar cerca del cual Dios podría estar sentado. El botecito del pobre, la mano de la viuda, la alcancía del templo podrían incluso parecer cosas sucias. Y sin embargo allí enfrente estaba Jesús sentado como juez supremo y juzgó que muchos echaban allí de lo que tenían en abundancia. Pero una mujer viuda echó mucho más porque lo dio todo. Eran dos moneditas que se revolvieron con las tantas otras monedas que mantendrían el decoro del templo. Pero la pobre mujer viuda ya no mezclaría con nada su vida. no había adquirido con ellas sino la mirada de Jesús y mañana no podría llamar ya a la puerta de ningún comerciante. En un gesto incomprensible había dejado en una gran alcancía todo lo que tenía para vivir. Dios no hace descuentos. Sin embargo, pensando en lo que sucedió al otro día, creo que en el monedero de aquella pobre mujer viuda, buscando tantito, urgando un poco, siempre habrá otras dos moneditas de muy poco valor que son todo lo que tiene para vivir. Esa gente de corazón grande suele encontrar muy pronto otra vez algo para vivir.
Mi madre solía presumir mucho de sus hijos. Y cuando caía en la cuenta de que ya estaba exagerando, pues entonces solía contar que hubo una vez una zarigüella, una simpática tlacuachita, que tenía muchos hijitos. Como se le perdiera uno, recorrió el bosque buscándolo por doquier. Y a cuantos animalitos encontraba les preguntaba: «¿Acaso han visto a  mi hijito?» Y a todos se lo describía con tanta gracia: «Tiene unos ojitos muy brillantes como azabache y vivarachos como luceros, sus pelitos muy bien ordenados y una colita de lo más hermosa, además mi pequeño huele a bebé». Hasta que un sabio búho encontró al tlacuachito y al entregarlo a su madre le dijo: «He encontrado este animalejo con cara de sabandija, cola pelada y muy maloliente. Pero ¿qué no dirá de su hijo una madre?»
Cuando somos ordenados sacerdotes el obispo unge nuestras manos con el santo crisma, óleo perfumado de la caridad del Señor. Sequé mis manos con borra de algodón que he guardado todo este tiempo. El día en que mi madre partió a la presencia de Dios corté un pedazo y lo puse en sus manos, para que cuando llegara ante el Señor se lo entregara como su monedita en la alcancía del cielo. Y pudiera decir orgullosa: «Señor, acuérdate de aquella historia: ¡Qué no dirá de su hijo una madre!»

¡Busque cada quien en el monedero de su corazón las dos moneditas que bastan para vivir, para dar la vida, para entregarlas orgullosos y confiados en la alcancía del cielo!