domingo, 20 de julio de 2025

«Domine, non est tibi curæ quod soror mea reliquit me solam ministrare? Dic ergo illi, ut me adiuvet»

Dominica XVI per annum

 

Cuando escucho este pasaje del evangelio, la visita de Jesús al hogar de dos hermanas, Marta y María, no puedo evitar recordar una historieta que contaba un célebre maestro. En una casa como cualquier otra, había un perro como en cualquier otra. También había un gato, como en cualquier otra, y un ratón como en cualquier otra. Sucedía que el ratón vivía en paz. El perro era viejo e inofensivo, pero mantenía alejado al gato. Y al ratoncito de algún modo le había tomado ya la medida al gato. Así, cuando el perro ladraba, nuestro pequeño ratoncito podía entrar cómodamente en la cocina, roer alguna galleta, degustar un buen queso, pellizcar algo de salami, o simplemente mordizquear algún brownie abandonado. Y bueno, cuando el gato maullaba, el ratoncito se envolvía en su cama para no oírlo y seguir durmiendo. La vida de nuestro ratón era bastante segura, hasta que una tarde, oyó los ladridos del perro. Saltó de su cama, todavía bostezando y estirándose y se dispuso a ir a la despensa en la cocina. Apenas estaba escogiendo el quesito de su almuerzo, cuando las manos peludas del gato lo atraparon. Confundido, no entendía lo que había pasado. Estaba seguro de haber escuchado al perro. Y salió de dudas cuando escuchó al gato ladrar. «No es justo, dijo el ratoncito, estoy seguro de haber escuchado al perro». Pero el gato replicó: «Mira, como va el mundo, si uno no habla al menos dos idiomas, se muere de hambre». En efecto el evangelio nos enseña dos idiomas que es necesario hablar: el lenguaje de las cosas de cada día, de esas muchas cosas que nos inquietan, y el lenguaje del amor. Si uno no habla estos dos idiomas, se arriesga a morir de hambre. Ya sea por las cosas temporales, ya sea por el hambre del espíritu. Sin el lenguaje del amor, algo en nosotros, en nuestra vida familiar, en la comunidad, se muere de hambre.

Ahora, fíjate bien. Tampoco podemos despreciar los servicios y cuidados de Marta. Tal vez sin ellos el Señor ni siquiera se habría detenido en esa casa. No lo sé. Si te invitan a platicar lo primero que te preguntas es si no te hará daño platicar así. ¿Así como? Pues así, sin pan ni café. Sin los detallitos de Marta, tal vez la mejor parte de María pierde una poco su chistecito.

Además, no se necesita ser demasiado sutil para darse cuenta que su queja ante el Señor va cargada de enojo. Marta está incómoda porque de algún modo ha perdido a su hermana y se siente sola. La diligente y mandona Marta prefiere que Jesús se quede solo que seguir sintiéndose sola con todo el quehacer: «Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude». O sea, sí suena un poquito como «En esta casa mando yo, y yo decido quién se queda solo y quién no, pero tú dile».

Esta reacción ante la pérdida me recuerda otra historia que se parece a todas las historias de nuestras pérdidas. Hubo una vez un hada, que vino al mundo bajo la luz de una estrella. Y como suele suceder con muchas hadas, hacía magia con la luz de la estrella. Pedía deseos, concedía sueños, llenaba de ilusiones a muchos gracias a la luz de la estrella. Sólo que una noche, un gran cometa surcó el cielo, y el hada pidió al cometa que la llevara hasta su estrella. Y así sucedió. Pero cuando el hada llegó a su estrella, descubrió lo que jamás habría pensado. Hacía tiempo que la estrella se había apagado, no había luz en ella. Pero, como sucede con muchas estrellas, la luz que un día había brillado en ella seguía viajando, iluminando sueños y coloreando deseos a pesar de que la estrella ya no tenía luz. El hada se sintió profundamente decepcionada. Y sintió mucho enojo contra su estrella: «¿Me has tenido todo este tiempo, pidiéndote deseos, sin que me escuches, hablando sola como una loca?» Volvió a la tierra arrastrada por la cola del cometa, decidida a no volver a confiar más en las estrellas. Dejó de volar de noche, de iluminar sueños, de soñar deseos, de desear vuelos. Y comenzó a vagar a plena luz del día. Una mañana calurosa llegó a un encinar, pisando enojada la hojarasca. Sí, era un encinar como aquel bajo cuya sombra Abraham acogió e hizo descansar misteriosamente a tres hombres. Solo que en el encinar de nuestra hada cada encino era un esqueleto desnudo de hojas, una radiografía creada por el exceso de luz. El sol era tan radiante y fuerte en esa época del año que todas las hojas de los encinos se marchitaban y caían. El hada se sentó en la desnuda rama el encino y allí, en el árbol de las pérdidas y de la hospitalidad, descubrió que una orquídea comenzaba a florecer. Sorprendida, el hada le preguntó: «¿Cómo puedes florecer bajo un sol tan inclemente, con el aire tan reseco, sin hojas que te protejan?» Pero la orquídea le explicó: «Mira, las orquídeas de mi especie somos recibidas en los brazos de estos árboles cuando la lluvia y el buen tiempo los tienen llenos de follaje. Las verdes hojas de los encinos nos protegen cuando somos apenas unas plántulas. Entonces crecemos y nos hacemos fuertes. Luego vienen los tiempos difíciles, la inclemencia del sol de primavera, la lluvia se marcha y el encino lo pierde todo, menos la hospitalidad con que nos recibió. Es entonces cuando también nosotras, las orquídeas, sentimos la cercanía de nuestro fin, y cuando sentimos que ha llegado el momento de morir, florecemos, como agradecimiento al encinar que nos acogió y nos permitió vivir.

Muchas veces en nuestra vida las cosas cambian. En la historia de Marta y de María, María escogió la mejor parte, mientras Marta se quedaba sola con todo el quehacer. La tentación de Marta era la de estar enojada con María por haberla dejado sola. Su camino espiritual en adelante será el de aprender a amar a una María que ya no está con ella, sino que está sentada a los pies de Jesús. Y tendrá que caminar del enojo a la gratitud.

Fíjate bien. Un hombre anciano tenía un burro y un caballo. Con ellos ejercía todas sus labores, aún las más difíciles y luego de una larga rutina de trabajo volvía a casa con ellos. Sólo que al regreso solía colocar en cada uno un cántaro lleno de agua fresca. El cántaro del caballo era perfecto y también el caballo lo era. El del asno era un cántaro mal hecho y agrietado. Un día sucedió que el caballo se sintió enojado porque se daba cuenta que el burro perdía en el camino casi la mitad del agua del cántaro, porque en el camino iba rebuznando de alegría por regresar a casa, brincado entre las piedras, y además su cántaro tenía una grieta. En cambio él, el caballo, era firme, serio y seguro. No derramaba ni una gota y su cántaro siempre llegaba lleno. Así que el caballo se quejó con su amo. No era justo permitirle tanto al burro. Merecía un castigo. Pero el amo replicó: «Pero, has visto ¿cuántas flores nos muestran el camino de regreso a casa? Pues si el burro no regara el agua, tampoco tendríamos flores».

domingo, 13 de julio de 2025

«Et appropians alligavit vulnera eius infundens oleum et vinum»

Dominica  XV per annum

 

Todo comenzó una mañana en un paseo por el bosque. El niño descubrió un hermoso loro de plumaje azul entre las ramas de un árbol y deseó llevarlo a casa. Mamá le explicó que era imposible. No podrían atraparlo y seguramente ese loro tendría una familia que lo extrañaría. El pequeño comenzó entonces a sentir que algo se derrumbaba dentro de su cabeza y el verdor del bosque comenzaba a fluir dentro de él. «¡Pero yo lo quiero!», alcanzó a gritar antes de ponerse rojo, fruncir los labios y comenzar a llorar.

Entonces un pequeño changuito vino a verlo, comiendo despreocupado su banana. Entre lágrimas, el niño lo distinguió borroso, colgado de su cola. «¿Qué pasa, amigo?» Entre sollozos y tembloroso de rabia el niño le explicó lo del loro de plumas azules, y concluyó con un enfático: «Pero yo lo quiero». El changuito trató de calmarlo, «Mira, los loros vuelan muy alto, seguro si estás atento al cielo lo verás de nuevo». Pero el pequeño seguía enojado. Entonces el changuito le dijo: «Ok, mira pues, cuando yo estoy enojado, hago algunos ejercicios de respiración y muy pronto logró calmarme». El changuito se colgó de la cola, y así de cabeza, cruzó las piernas, cerró los ojos y comenzó a recitar como en secreto: «Estoy en armonía con todo lo que me rodea, incluso con este niño berrinchudo, inhalo: exhalo; inhalo: exhalo; inhalo: exhalo». Pero el niño seguía furioso y ahora se sentía ofendido por haber sido llamado berrinchudo. Así que lo interrumpió diciendo: «Pero sigo sintiéndome mal». El changuito entonces propuso otra solución: «Está bien optemos por una técnica más científica. Vamos a contar hasta diez». Y comenzaron: «uno, dos, tres, cuatro, cinco, y siete, espera te saltaste el seis». Y el niño seguía furioso al recordar que no sabía contar bien, y los muchos disgustos que le hacía pasar su maestra de matemáticas. Buscaron una solución más movida, brincaron, bailaron, cantaron canciones de despecho de una conocida poetisa urbana, llamada Francisquita. Y nada. El pequeño seguía sintiéndose enojado. Hicieron la dinámica del peluche y de la carta, la del frasco vacío, la de la hamburguesa y nada, el enojo seguía allí. Ya era tarde y se acostaron en la hierba, el niño y el changuito, pensando cómo podían vencer juntos el enojo del niño. Hasta que se quedaron dormidos los tres, el niño, el changuito y el enojo.

Queridas amigas, queridos amigos, un doctor de la ley pone a prueba la fuerza del evangelio con una pregunta intensa, incisiva: «¿Y quién es mi prójimo?» El Señor lo explica con la fuerza de una parábola, la del buen samaritano y lo conduce a dar él mismo la respuesta: «¿Cuál de estos tres—el sacerdote, el levita o el samaritano—te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?»

En la lógica del doctor de la ley el que se portó como prójimo es el que tuvo compasión de aquel hombre. Y Jesús acepta su respuesta con un desafío: «Anda y haz tú lo mismo». Pero esto no es absoluto. Es verdad que los Padres de la Iglesia y numerosos Maestros vieron en el hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó una figura de Adán, que descendió del paraíso, ciudad de paz, a la ciudad terrena, al mundo asediado por tentaciones y pruebas. Y bueno, Cristo, el buen samaritano no pasó de largo, dejando al ser humano solo con sus heridas, asaltado y medio muerto. Sino que se detuvo, ungió y vendó las heridas, y condujo al hombre caído al albergue de su Iglesia para que en ella fuera cuidado mientras él vuelve. Pero también es cierto que otros Maestros encontraron en la parábola que el prójimo es Cristo que se ha hecho próximo a nosotros en su abajamiento. Él es el hombre que cayó en mano de los bandidos, que fue abandonado medio muerto, que fue desatendido por el sacerdote y el levita. Él era el prójimo. El hambriento que nadie alimentó, el forastero que nadie acogió, el enfermo que nadie visitó, el encarcelado que nadie fue a ver, el amor que nadie correspondió, el pequeño que nadie quiso ver.

Es que ser prójimo implica estar de ambos lados, compartir con el otro, para bien o para mal, un mundo común heredado, el aire común, la tierra que a todos recibe. Y lo que te pasa a ti puede pasarme a mí. Tanto, el mundo es el mismo. El mismo pecado, la misma prueba, el mismo dolor, la misma herida, la misma ansiedad que te agobia puede sucederme a mí.

Fíjate bien, todos al nacer lo primero que hicimos fue llorar, y desde pequeños sentimos angustia, enojo, malestar. Y no sabíamos qué hacer con eso. Hay algo grandioso, maravilloso, en que alguien, nuestra madre, nuestros padres, nos reciban nuestro llanto, nuestro enojo, nuestra frustración o nuestro miedo. Y todos esos esos sentimientos insoportables con los que no sabemos qué hacer.

En la parábola evangélica, el hombre medio muerto, herido por el asalto de los ladrones, no parece tener emociones ni sentimientos. Nada se nos dice en el evangelio sobre sus reacciones. No lo vemos enojado, triste o en una crisis de pánico o de ansiedad. Tampoco agradecido por haber sido auxiliado. Recuerdo que alguna vez un sacerdote nos comentó que, yendo de camino en carretera, un perrito fue atropellado por un vehículo. Detuvo su coche para tratar de ayudarlo, pero el perrito lo mordió. Sorprendido de esa ingratitud se preguntaba por qué. La respuesta era obvia. Lo mordió porque estaba herido. Muchas veces nuestro prójimo está enojado precisamente porque está herido. Y nuestra tarea fundamental ciertamente no es tener una solución para todo. Eso probablemente no está en nuestras manos. Tal vez ser prójimo no sea otra cosa que estar dispuestos a recibir los unos de los otros el peso de aquellas emociones insoportables con las que no sabemos qué hacer, en un mundo común, heredado, caído.


El evangelio dice que el samaritano que iba de viaje, «al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó». Pero recuerdo a un Maestro estudioso de las Escrituras que solía señalar que el texto griego dice más bien: «Habiendo bajado, ató sus heridas vertiendo aceite y vino». El Maestro señalaba como curioso el orden. Normalmente nosotros curamos una herida poniendo alcohol y luego alguna pomada o ungüento, y luego vendamos. El orden aquí parece desordenado: venda las heridas y luego coloca aceite y vino. Tarea absurda para un médico como Lucas, a quien Pablo llama «médico amado». Pero tal vez así son las cosas espirituales. Tal vez en las cosas del alma la herida se venda antes de ungirla y desinfectarla. A lo mejor en las cosas espirituales haya primero que vendar la herida para no verla más que al prójimo doliente detrás de ella.

domingo, 1 de junio de 2025

«Et factum est, dum benediceret illis, recessit ab eis et ferebatur in cælum».

Dominica in ascensione Domini

 

Todos sabemos que el conejito Totopo es un gran súper héroe. No tenemos el tiempo de contar sus grandes aventuras, pero baste decir que es tan valiente que cuando le sobra valentía se permite tener miedo. En fin. No siempre fue así. Hubo en tiempo, cuando era apenas un gazapo, en que tenía miedo de estar solo. Estaba muy a gusto cuando jugaba cerca de mamá y papá. Pero cuando los perdía de vista o ya no los escuchaba cerca, comenzaba a sentir angustia. Sus orejitas se ponían rígidas y salía a toda prisa a buscarlos, como si temiera ser abandonado y olvidado.

Una tarde estaba jugando fútbol con sus amigos, el partido era maravilloso y el equipo de Totopo, con él en la portería, iba ganado. Sus padres desde el palco saltaban de alegría cada vez que su equipo anotaba un gol. Pero cuando bajaron a comprar una torta como las que preparan los monjes, con su agua de coco-melón y una buena rebanada de pastel de zanahoria—pida su descuento en caja—, Totopo dejó de verlos en la tribuna y comenzó a sentir terror.

Ya no se concentraba en el juego. Se sentía solo en un inmenso campo, abandonado como portería sin guardameta, y en un abrir y cerrar de ojos se le vino el mundo encima. Cuando volvió en sí todavía sentía el balonazo en sus mejillas. Pero se tranquilizó al ver a sus padres junto a él, tratando de reanimarlo con agua de guayaba, fresa y menta.

Regresaron a casa, pero esa noche Totopo no quiso dormir solo. Pensaba que como todo había salido mal esta tarde, sus papás tenían suficientes motivos para abandonarlo a su suerte para siempre. Cabizbajo descubrió que su calcetín tenía un hilo suelto y eso le pareció muy mal. Un hilo perdido, solo, abandonado. Notó que la pijama de su papá también tenía un hilo suelto. Y entonces se le ocurrió una gran idea pero tenía que ser discreto. Fingió dormirse rápidamente, y papá, pensando que estaría cansado por haber tenido un mal día se dispuso también a dormir luego de darle a Totopo un besito en la frente. Cuando papá ya dormía profundamente, Totopo se levantó y amarró el hilo suelto de su calcetín con el hilo suelto de la pijama de su papá.

Todo iba muy bien, el plan era perfecto. El problema comenzó cuando Totopo despertó y sintió sed. Se levantó a tomar un vaso de agua de kiwi y limón, sin acordarse que estaba amarrado. Cuando volvió a la cama se dio cuenta que el hilo suelto de su calcetín había deshilado un buen pedazo de la pijama de su papá. Se le hizo divertido. Tomó el hilo y se lo puso como bigote y corrió al espejo para ver si se parecía a papá. Y pues ahora el hilo era más grande. Se lo puso como peluca de conejito renacentista. Y le dio mucha risa. Probó a tener barba, a convertirse en un monstruo peludo que infundía terror en el espejo, hasta que papá también apareció justamente en el espejo y con media pijama menos.

Como Totopo siempre buscaba soluciones, se le ocurrió dar vueltas alrededor de papá para rehacerle su pijama. Pero el resultado fue peor, parecía la momia del estambre. Era inútil. Tuvo que venir mamá y con sus agujas comenzó de nuevo a tejer la pijama de papá. Y, cuando llegó al nudo con el hilo del calcetín de Totopo, mamá lo cortó con sus tijeras. Y así se sintió aliviado.

Al día siguiente papá le enseñó a Totopo a jugar a las escondidas. Comprendió que se puede estar juntos y estar escondidos, y ése es un gran misterio de la vida y del amor. Aprendemos a estar solos cuando nuestros padres están ya escondidos en el corazón. Y aprendemos que Dios está con nosotros cuando su misterio más se esconde en lo más íntimo de nuestro interior.

Fíjate bien. El Señor Jesús pasó casi toda su vida terrena oculto entre nosotros. No alzó la voz ni se hizo notar. Desde niño vivió en secreto entregado a la oración y al trabajo. Luego se dio a conocer a los suyos. Pero en su rostro había muy pocos rasgos de su divinidad. El Verbo de Dios había ocultado en Jesús su eterna felicidad. En su risa y en sus lágrimas, en su fuerza y en su cansancio, en su sueño y en sus vigilias, en sus palabras y en su silencio, el Verbo de Dios escondió todo su amor ardiente. Y así pasó por uno de tantos. En la cruz, revestido de la más sincera desnudez, el amor de Cristo se ocultó en un manantial de sangre y agua, sumergiéndose en el profundo abismo de la muerte. Entonces la loza del sepulcro nos ocultó su cuerpo.

En este día santísimo, en que la Iglesia celebra la ascensión de Cristo, su entrada en el santuario del cielo, una nube nos oculta el gran misterio. En este día, la Iglesia se alegra porque ojos humanos, los ojos de Cristo, han visto a Dios cara a cara y la muerte no los cegará jamás. Manos humanas entran en el santuario de Dios invisible, las manos traspasadas de Cristo. El corazón humano de Cristo repica gozoso en el corazón intangible de Dios. El alma de Cristo arde de afecto en el seno de la beatitud trinitaria que es Dios. Y a nosotros una nube nos oculta el misterio del amigo que se marcha  llevando consigo la primicia de nuestra humanidad. 

Muchos adioses nos ocultan tu rostro, amigo del hombre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero; muchos adioses te arrancan de nuestro lado, carne de nuestra carne, corazón del corazón, alma del alma. Vuelve ya, amigo del hombre. A ti te anhelan quienes conocen la grandeza y la gloria y quienes nada poseen. De ti tienen sed por igual los que beben de ti y los que ni te conocen. A ti te busca el corazón del hombre, a ti que huyes de quien llamas. Y puesto que el amor es siempre un gran secreto, tan secreto como el alma, tan secreto como el corazón, escóndete más para que más te amemos.

domingo, 25 de mayo de 2025

"ille vos docebit omnia"

Dominica VI Paschæ

Hay un jardín misterioso en el que crecen las flores de los sueños. Pero las flores no pueden abandonar ese maravilloso jardín. Si alguna de las flores quiere viajar, tiene por fuerza que convertirse en semilla, y entonces un viento misterioso la guía de noche hasta donde deba llegar.

Una noche hermosa, en que la luna resplandecía, una niña abrió la ventana de su casa y comenzó a mirar las estrellas. Jugaba a pedir deseos a cada estrella que se asomaba tintilando. Y de pronto le pareció que el viento había arrancado una de ellas y la arrastraba hasta su ventana. Pero no, no era una estrella. Era una semilla de las flores de los sueños. Y la niña lo supo rápidamente. La puso junto a la ventana en una maceta con tierra blanda, perfumada de humildad, y la regó con cariño. Pasaron varios días y nada parecía cambiar. Hasta que una noche la niña se acercó a la maceta, le puso un poco de agua, y un minúsculo brote luminoso comenzó a asomarse. La niña aplaudió emocionada. Incluso una ranita que miraba desde la gran hoja de un nenúfar aplaudió con sus nudosos deditos pegajosos cuando brotó la primera luz de la plantita.

Un gran sueño estaba germinando. Pero una sorpresa desilusionó un poco a la niña a la mañana siguiente. La plantita de los sueños tenía ya las primeras hojas, sólo que no eran hojas verdes, sino hojas blancas, sí como las de tu cuaderno. Claro, todas las hojas, verdes o blancas, salen de las plantas y de los árboles. Pronto las blancas hojas de la planta comenzaron a tomar formas. Con extraordinaria precisión de origami, las hojas se plegaban y formaban flores, estrellas, mariposas. Cada noche había hojas nuevas y formas nuevas.

Una noche brotó una hoja nueva. Pero ésta no se dobló. Apareció escrito en ella con una torpe caligrafía: «Ya soy una princesa». Y la planta crecía. Luego aparecieron hojas cuadriculadas con problemas de matemáticas, ejercicios de gramática, y muchos dibujos. Un dibujo casi incomprensible se explicaba con siete letras: «Familia», y un perrito en origami hizo menos cuadrada la vida. Cada vez más páginas con problemas por resolver y menos dibujos.

La planta fue puesta en el jardín, cerca de la ventana. Y una mañana apareció una canción en una hoja pautada. Sonaba muy bien en las tardes de lluvia, cuando las gotas hacían de orquesta y la planta bailaba. Pero una tarde hubo mucho viento y una gran tormenta se desató. Una hoja oscura apareció con las palabras: «Tengo mucho miedo, no quiero perder mis hojas». Esa noche algunas hojas cayeron. Eran de las más bellas. La niña las encontró tiradas, las recogió y las guardó con amor. Aún así, al día siguiente, de la planta brotó una hoja en la que estaba escrito: «Gracias Dios, sigo de pie, y lo estamos todos».

La planta se convirtió en un arbolito. Hubo hojas doradas, que brillaban con el sol. Hojas rosadas llenas de corazones. Hojas de colores, laboriosas y llenas de sonrisas. Solo que un día una hoja brotó. Era color marrón, y en ella estaban copiadas, repetidas, las partes más bonitas de otras hojas. Como si fuera una hoja de otoño, la hoja de los recuerdos se desprendió muy pronto del árbol, y luego otras hojas marrón brotaron e hicieron lo mismo, llevándose muchos recuerdos.

Entonces la niña, que cuidaba del arbolito, comprendió que había llegado el tiempo. Fue desprendiendo una por una las hojas del arbolito. y las fue colocando por orden, como habían aparecido, una por una. Y la ranita del nenúfar la miraba, ahora envejecida, desde la hoja. Cuando retiró todas las hojas las ligó con un hilo blanco, hizo una cubierta y con letras doradas la niña escribió: «Ésta es la historia de la ranita que soñó con ser una princesa».

Queridas amigas, queridos amigos: la noche en que la ranita y la niña vieron germinar la plantita de los sueños, la ranita soñó con ser una princesa. El sueño germinó hasta convertirse en el árbol de su vida. Algo así sucede con nosotros. Cuando pensamos por primera vez en Dios, soñamos con todo lo que podemos ser en él. Es la providencia de Dios la que siembra en nuestros corazones la ilusión de vivir, y cuida de ella. Pero es su Espíritu el que guarda nuestra historia como historia de salvación. Como la niña, es el Espíritu de Dios el que no olvida nada, nada pierde, sino que recoge en una historia de amor todo lo que Dios ha hecho para salvarnos.Hoy celebramos también la memoria de San Beda el venerable, un monje de nuestra Orden. Al concluir una de sus más célebres obras de historia, Beda escribe: «Te suplico, amante Jesús, que, así como me has concedido beber las deliciosas palabras de tu sabiduría, me concedas un día llegar a ti, fuente de toda ciencia y permanecer, para siempre, ante tu faz». Es que Dios ilumina a sus santos con las delicias de sus palabras, pero en el el futuro beberán por la contemplación de la fuente misma que es Dios. Por eso conoceremos mejor nuestra vida, lo que hemos sido, cuando podamos contemplar la vida de Dios como fuente de la nuestra. Entonces comenzaremos, por así decirlo, a vivir de verdad nuestra vida, instruidos por el Espíritu que nos enseñará todo.


Se dice que la tarde en que San Beda murió, un discípulo suyo a quien el santo dictaba sus escritos y traducciones le pidió terminar la traducción del Evangelio de San Juan. De prisa por la proximidad de la muerte, San Beda dictó la traducción, y el amanuense dijo: «Ya está terminado», a lo que el santo respondió: «Es verdad lo que dices, ya está terminado», y pidió que le sostuviese la cabeza, inclinada hacia la iglesia en la que tantos años oró, y cantó por última vez: «Gloria al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo». Así terminaba de traducir el Evangelio al mismo tiempo que terminaba de escribir el libro de su vida. No dejemos, pues, de soñar con todo lo que podemos llegar a ser en Dios. Es su Espíritu quien guardará celosamente nuestra historia, la historia que soñamos. Y nos enseñará todo lo que Dios ha hecho con nosotros, cuando haya recogido nuestra historia de amor en el libro de la vida. Entonces leeremos nuestra historia y la viviremos de verdad porque entonces la conoceremos contada según Dios.

domingo, 30 de marzo de 2025

"In se autem reversus dixit: 'Quanti mercennarii patris mei abundant panibus, ego autem hic fame pereo'".

 Dominica IV quadragesimæ

 

Era una mañana cualquiera. La mamá gansa seguía aburrida en el nido, oyendo viejas canciones que alguna vez fueron de moda y que venían de algún taller del pueblo. Alguna canción pasadita de despecho hizo que mamá gansa comenzara a estirar su cuello y a cantar con emoción. Y no se sabe muy bien si era la intensidad del momento o de los decibeles, pero uno por uno fueron tronando los cascarones y de cada uno eclosionó un extraño animalito amarillo. Al fin los gansitos habían nacido. Todos eran muy bonitos y muy pronto comenzaron a dar pruebas de su gran habilidad para la música y el baile. Todos los gansitos tenían vocecitas delicadas, como de pollito, y cantaban canciones bonitas. La madre gansa estaba muy orgullosa de sus chiquillos y atribuía las virtudes de sus pollitos a todo el sentimiento que puso al cantar la mañana en que sus hijitos nacieron. También podría ser algún gen perdido de un lejano pariente que cantaba rock.


Una noche, cuando ya todos los gansitos estaban acurrucados bajo el mórbido plumaje de la madre, los pequeños canturreaban alguna elegante canción de cuna..., o de nido, pues. Y uno de ellos, el más gordito, fue el primero en adormentarse. Su respiración era pesada y de pronto, mamá lo despertó asustada: «Despierta, estás roncando, no lo puedo creer». Al día siguiente la mamá gansa se levantó más temprano que de costumbre y los gansitos no la vieron discutir con el papá. Y pues la discusión pasó del enojo al llanto.

Había soñado tanto que sus hijos fueran cantantes, verdaderos artistas, y no podía aceptar que no lo fueran también en los sueños. Un hijo que ronca, a fin de cuentas, sueña desafinado. Llamaron a un conejito especialista en terapia del silencio, acostaron en el diván al gansito y el conejito simplemente guardó silencio. Al cabo de un rato el gansito comenzó a roncar desde las profundidades del inconsciente. El conejito simplemente guardó un silencio empático... o más bien engánsico y levantó sus orejas dando a entender así que el tratamiento sería bastante largo.

Al inicio el gansito tomaba estas cosas con paciencia, pero luego se fue sintiendo cada vez más rechazado, humillado, ofendido. Así que un buen día tomó su mochila y decidió marcharse. Dejó una emotiva cartita de despedida, diciendo a sus familiares que había pasado por el pueblo una gran parvada de gansos y que el instinto había sido irrefrenable. Volaba con ellos en busca de mejores condiciones de vida, que los llevaría en su corazón y en sus sueños, bueno, sobre todo en las noches en que no roncara. A todos les pareció extraño porque el gansito era todavía muy pequeño como para volar y, sin darle mucha importancia al asunto, pensaron que pronto estaría de regreso con sus molestos ronquidos.

El gansito entonces llegó a un monasterio, donde casi lo pisa un monje. Por fortuna era un monje de esos que se fijan muy bien por dónde caminan. Y como era un gansito bonito, pronto se robó el corazón del joven monje, y luego de toda la comunidad. Solo que las cosas cambiaron cuando el gansito no pudo ocultar más su secreto. Una noche un anciano monje no podía dormir. No sabía a qué se debía su insomnio, pero salió al patio del claustro a tomar algo de aire fresco y de oscuridad. De pronto creyó haber descubierto al causante de su desvelo. El gansito rocaba a todo pulmón. Así que, escandalizado y lleno de indignación, el anciano monje fue a buscar al monje joven y lo reprendió severamente por haber traído al monasterio un indigno animal destructor del silencio.

El joven monje se quedó muy triste y apesadumbrado. Al día siguiente, el joven monje se encontró con otro anciano espiritual que se detuvo y le preguntó la causa de su congoja. Pero el joven nada le dijo. Lloraba amargamente, hasta que, después de muchos ruegos, le contó lo que había sucedido: estaba desesperado por las palabras que había escuchado del otro anciano. Por ello el anciano espiritual lo consoló, animándolo a seguir el ejemplo de los santos que confiaron en Dios y salieron victoriosos por su gracia.

Entonces el anciano espiritual fue a la celda del monje anciano, se detuvo ante su puerta y oró así: «Señor, que diriges las tentaciones sobre aquel a quien le son útiles, cambia el combate del hermano hacia este anciano, para que, tentado en su ancianidad, aprenda lo que en su larga vida no se le enseñó, a fin de que se compadezca de los que son combatidos». Y cuando terminó de orar, un ángel travieso disparó un dardo contra el anciano monje.

Sonó la campana para la oración y el anciano monje llegó puntual al oratorio pero se sintió cansado y agobiado por el tedio. Apenas comenzaban las lecturas cuando cabeceó un poquito y ... comenzó a roncar. El coro de monjes, que sonaba como los mismísimos ángeles, ahora tenía de fondo el grave ronquido del anciano monje. Más tarde los monjes fueron a trabajar en la huerta, y luego de podar varios árboles, descansaron a la sombra de uno grande y frondoso. Y aunque la motosierra ya estaba apagada, seguían escuchando un potente motor. Era el monje anciano que se había quedado dormido debajo de un árbol. Lo despertaron y lo llamaron para comer. Estaba tomando la sopa, abrió la boca, pero todavía no llegaba la cuchara cuando su gesto se convirtió en un gran bostezo y se quedó dormido, con la cuchara en el aire y, en el fondo, sus ronquidos. Luego, entre sueños se acomodó en la mesa. Al despertar le pareció estar viviendo o soñando su peor pesadilla. Y se sintió desesperado. Iba y venía tratando de no quedarse en ningún sitio para no dormirse y roncar.

El anciano espiritual entonces le salió al encuentro, y viéndolo tan confundido le preguntó: «Padre, ¿a dónde vas?» Pero el anciano nada respondió. Todo él era turbación y contradicción, que pronto intentó disimular con enojo y soberbia. Pero el anciano espiritual lo calmó diciéndole: «Padre, el joven monje que tú insultaste vivía con esa misma prueba que tú ahora no puedes soportar, vuelve a tu celda, para que la humildad te sane y en adelante pídele a Dios que te dé una lengua instruida para que sepas en qué momento es necesario abrir la boca para reprender y en qué momento es necesario abrirla para consolar. Porque la boca que sólo reprende y nunca consuela no vale más que un ronquido.

Querido hijos e hijas, el Señor Jesús, llevado por el Espíritu al desierto, pasó cuarenta días sin comer nada, pues ni el hambre ni la miseria abatían al que es la vida, al que es el pan de los ángeles, al pan vivo bajado del cielo. Pero él quiso experimentar nuestra fragilidad en la prueba para consolarnos a todos. Quiso mostrarse tan débil, para enseñarnos a confiar sólo en la gracia y la misericordia de Dios. Quiso sumergirse hasta el fondo de nuestras tentaciones para enseñarnos que el camino de la victoria no está en el orgullo de nuestras propias fuerzas, sino en la humildad y la compasión.

Fíjate bien, la compasión humilde es nuestra conversión más fuerte, porque ya no es hacia Dios, sino hacia el hermano. El evangelio hoy nos muestra a dos hermanos que han pasado hambre: uno queriendo saciarse con las bellotas con que los extranjeros alimentaban a los cerdos; el otro, en la casa de su padre sin poder comer un cabrito con sus amigos. Siempre me ha sorprendido el razonamiento más o menos sensato del hijo pródigo: «¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores».

Siendo un poco crítico, creo que el razonamiento sería más empático si sonara más o menos así: «¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre y de mi hermano tienen pan de sobra pero les falta palabra y presencia. Y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre, sin poder sentarme a la mesa con mi padre, mi madre y mi hermano. Me levantaré. Volveré a mi padre y a mi hermano y les diré: 'Padre, hermano, he pecado contra el cielo y contra ustedes; ya no merezco llamarme hijo ni hermano. Recíbanme en la mesa de los amigos perdonados, de los hermanos reencontrados». Porque lo contrario de pasar hambre no es simplemente comer. Lo opuesto de pasar hambre es sentarse a la mesa, compartir la palabra y partir el pan, pues partir el pan siempre implica pensar en otro con quien compartir, a quien ofrecer. Es pensar en el hermano, en el padre, en la madre, en Cristo: en el amigo que siente hambre igual que yo.  El hijo pródigo aún necesita otra conversión, la conversión hacia su hermano. No basta que haya atravesado tantas miserias para ser perfecto. Es necesario partir el pan en la mesa, entre palabra y presencia. Con toda sensatez un Maestro de nuestra Orden nos predica: «Por eso, "vuelve a casa", "vuelve pronto", "vuelve ahora" Porque el amor de Dios no es para mañana, es para hoy. Es el amor salvando abismos para salvar personas. No sigas lejos, no te resignes a la tristeza, no pienses que ya es tarde. La casa del Padre está abierta, la mesa está servida, el banquete ha comenzado… Y hay un sitio reservado para ti. Amén».

domingo, 2 de marzo de 2025

"Nonne ambo in foveam cadent?"

Dominica VIII per annum

 

Al escuchar la palabra evangélica, «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima de su maestro; todo aquel que esté bien instruido podrá ser como su maestro», recordaba una historia que suele contar una Maestra: El otoño estaba llegando a su fin, y el aire frío anunciaba que era tiempo de hibernar. Todos los animales del bosque diponían cálidas madrigueras y algunos estrenaban pelaje para la maravillosa aventura de dormir. La familia de los osos preparaba laboriosamente todo lo necesario para los meses siguientes: miel, nueces, frutas secas, y sobre todo almohadas y edredones exquisitos. Todos estaban estusiasmados con los siguientes meses de sueño como si se fueran a ir de vacaciones en crucero. Sólo el más pequeño de los oseznos se quejaba. Todavía no cumplía los seis meses y ya tenía que irse a dormir. Mamá le había explicado que eso de hibernar era una muy bonita costumbre familiar y que sus más ilustres antepasados la habían observado religiosamente. Sería una gran afrenta para la familia que alguien no cumpliera con tan bonita tradición. Pero el pequeño osezno no se sentía ni tantito cansado.  Su padre le explicó que no era tan difícil: «Sólo acuéstate, cierra los ojos y ya. Cinco o seis meses se pasan de volada, en un abrir y cerrar de ojos». El pequeño osito se puso su pijama, abrazó su osito de peluche, pensó en cosas bonitas, se acostó boca arriba, luego mejor de lado, se hizo bolita, se acostó boca abajo, se tapó los ojos con el brazo, se puso tapones en las orejas, fingió un bostezo, y nada. No podía conciliar el sueño. Se sentó sobre la cama, buscó sus pantuflas y fue a la cocina por algun bocadito de miel o de algo porque sentía un huequito en el estómago.


Estaba comiendo sus botanitas con un juguito de jitomate cuando de repente un lobo feroz se asomó por la ventana. El osezno saludó al lobo con mucha gentileza: «Buenas noches, señor lobo». Entonces el lobo le preguntó por qué estaba despierto todavía, y el pequeño oso le explicó que tenía insomnio, y no lograba conciliar el sueño». «Deberías contar ovejas, dijo el lobo, yo lo hago con mucha frecuencia. Al inicio se me hace agua la boca, pero después de cien me da sueño». Lo intentaron juntos, contaron ovejas y no habían llegado a más de veinte, cuando el lobo ya dormía profundamente. Posiblemente, también, porque no sabía contar hasta cien. Y el pequeño oso seguía despierto.

Iba ya a volver a su habitación, cuando oyó un golpeteo en la ventana. Era un ruiseñor, trovador nocturno, que pasaba por allí y le llamó la atención verlo todavía despierto. El pequeño oso le explicó que no podía dormir, y el ruiseñor le dijo: «Falta de confianza. Yo tengo todo lo necesario para hacerte dormir, sólo cierra los ojos y escucha mi canto». Al inicio el ruiseñor cantó canciones muy moviditas. Y poco a poco comenzó a bailar las calmadas; pero nada de que se durmiera el pequeño oso. Más bien el ruiseñor cansado esponjó sus plumas, escondió el pico en su espalda y se quedó profundamente dormido.

El osezno aburrido iba a morder una manzana, pero notó que un gusanito salía de ella. El gusanito le dijo: «¡Ey, osezno, lo he oído todo. Ya sé toda la verdad. Sé que no puedes dormir. Pero, no te preocupes yo también padezco de insomnio, y cuando no logro conciliar el sueño, le doy varias vueltas a la manzana y, finalmente, cansado, puedo dormir. Vamos, démosle unas vueltas a la manzana». Y eso hicieron. El gusanito con trabajo daba vueltas a la manzana, mientras que el osito corría alrededor de ella. Cuando el gusanito había dado dos vueltas, el oso llevaba más de veinte, y se sentía pleno de energía. El gusanito, agotado, volvió a meterse en el agujerito de la manzana y se quedó profundamente dormido. 

Una lechuza sabia golpeó entonces la ventana y le dijo al osito: «Veo en tus ojos que no tienes sueño. Mis años de experiencia me permiten ver en tu mirada que sigues despierto. Pero mira, te contaré un cuento, y mi sabiduría te ayudará a dormir en paz. El osito estaba tan emocionado, escuchando las historias de la lechuza, que poco a poco se hacían más lentas. Los grandes ojos de la lechuza comenzaron a convertirse en medias lunas hasta que la lechuza también se durmió. 

Un murciélago le propuso corregir la postura y dormir cabeza abajo. «Esa no la he intentado», dijo el osezno. Y ambos se colgaron cabeza abajo, pero fuera de un ligero mareo, el osito no sintió nada parecido al sueño. Es más, hizo algunas abdominales hasta incorporarse, dejando colgado a su amigo murciélago que ya se había dormido.

Y el pequeño oso seguía despierto. Viendo a todos dormir, comenzó a pensar que no estaría tan mal quedarse despierto mientras los demás dormían. Comenzó a planear juegos, excursiones. Pensaba pasar el invierno jugando con la nieve, recorriendo parques solitarios, conociendo osos polares. Tal vez emigraría a un país con el clima más agradable. Iría tal vez a Cuernavaca, la ciudad de la eterna primavera. Y mientras más grandes eran sus sueños, comenzó a sentir un poquitito de sueño, luego un poco más, se fue a su cama, y se quedó profundamente dormido.

Queridas amigas, queridos amigos. Toda nuestra vida hacemos miles de cosas para no caer en el misterio de la muerte. Muchos maestros nos pueden enseñar a soñar. Muchas guías nos puede indicar el camino que ellos mismos recorrieron para cumplir sus sueños. Pero tarde o temprano nuestros sueños se truncan y caemos en la fosa de la muerte. «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?»Sólo Cristo nos puede mostrar el camino a través del sueño de la muerte e ir más allá. Sólo él, que ha visto la vida que nos aguarda, puede enseñarnos a soñar más allá de la muerte.

Él nos recuerda que el sueño de la muerte, es como el sueño de un árbol que, cuando llega el tiempo, da frutos según su naturaleza. En nada nos conviene juzgar ahora la conducta de los hombres: «No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados». Son los frutos lo que evidencia la naturaleza de los hombres, más allá de nuestros juicios, que muchas veces son ofuscados por la sombra de las pasiones, de sentimientos llevados al extremo. El árbol bueno ha atravesado el invierno de la muerte e, impregnado de la savia vital del Espíritu Santo, da frutos de caridad, gozo, paz, paciencia, comprensión de los demás, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí mismo. El árbol malo, en cambio, nutrido de su propio pecado, no da sino espinas y abrojos. Fructifiquemos con la dulzura del Espíritu Santo que Cristo nos ha donado en la cruz. Así haremos vida en nosotros lo que el Señor ha soñado para nosotros cuando se durmió en la cruz, donándonos la vida verdadera.

domingo, 16 de febrero de 2025

"Verumtamen vae vobis divitibus, quia habetis consolationem vestram!"

Dominica VI per annum

 

Todos sabemos las diferencias abismales que hay entre la pobreza y la riqueza. Que la diferencia principal entre ser rico o ser pobre depende de la cantidad de dinero que uno puede permitirse gastar. Por consiguiente, ser rico tiene que ver en buena medida con el poder adquisitivo y los lujos que uno puede darse o no. Luego, cuando ya vemos las cosas más de cerca, distinguir la riqueza y la pobreza puede ser mucho más complicado. Sobre todo porque sabemos que la salud, la felicidad, la paz mental, con todo y que son cosas temporales, son algunas de las más grandes y deseables riquezas de la vida. Y si sacamos las cuentas, a veces esas riquezas llenan de vida a quienes tienen los bolsillos vacíos: «Voy camino de la vida, muy feliz con mi pobreza. Como no tengo dinero, tengo mucho corazón».

Justamente hace unos días, conversando con algunos amigos, alguien recordó al célebre compositor mexicano que al presentar lo mejor de su música no sabía tocar ningún instrumento y que al ofrecerle acompañamiento no sabía ni qué necesitaba, pues sabía casi nada de armonía, tonalidad y de ritmo. Maravillados, los promotores le preguntaron: «¿Y cómo compone si no sabe tocar ningún instrumento?» Y el Maestro respondió: «Es que yo compongo de chiflidito». Efectivamente, componía sus célebres canciones silbando. No sólo su palabra era la ley, también su silbido lo era...


En un tiempo en que tener un caballo blanco era ya un lujo pintoresco, bucólico y anacrónico, el Maestro compuso su Corrido del caballo blanco, que en realidad era su viejo automóvil que ya se andaba quedando, cojeando de la llanta izquierda y sintiendo que moría, presumiblemente con el radiador estallándole como hocico ensangrentado.

Pero, siendo honestos, el Maestro no era tan feliz como cantaba. La felicidad que cantaba era como su caballo blanco, algo que no tenía, pero se parecía tanto a lo que sí tenía. El Maestro limpiaba con canciones un alma apesadumbrada por sus deseos y sus excesos. Es que el exceso no es riqueza, pero nos confundimos porque se le parece tanto.

Hoy escuchamos en el evangelio las palabras de Jesús: «¡Ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que se hartan ahora, porque después tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ríen ahora, porque llorarán de pena! ¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe...!»

Y es que aun quien se jacta de «haber nacido en el barrio más humilde, alejado el bullicio y de la falsa sociedad», tiene por riqueza su cuna y su alejamiento. Y esa riqueza es ya su consuelo. Además, el hambre que no se sacia con alimento, será interminabemente engañada con otras sustancias y cosas.

Todos buscamos alivio, consuelo, calmar el hambre de sonrisas, de que no nos falle el pueblo, o que por lo menos nuestro barrio nos respalde. Incluso la vida contemplativa, con ser algo espiritual no puede prescindir de ciertas riquezas, como el estudio. No deja de maravillarme la expresión de uno de los más autorizados comentadores de la Regla benedictina: «Se debe desconfiar de quienes descuidan el estudio con el pretexto de que somos llamados a la pura contemplación o bien porque, según el Apóstol, "la ciencia hincha". Hay que resaltar que el gusto por la auténtica y sana doctrina es, en el conjunto de nuestra vida monástica, una garantía de perseverancia, de dignidad y progreso, más segura a veces que ciertas formas de piedad». Y también sin la riqueza del diálogo, de la lectura o la ascesis del estudio, difícilmente comprendemos que no todo conviene a todos, porque no todos los espíritus son iguales. Lo que es riqueza para unos puede ser pobreza para otros.

Es entonces difícil encontrar la diferencia entre lo que Jesús advierte: «¡Ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que se hartan ahora...!», y lo que Jesús alaba: «Dichosos ustedes». Pienso que la diferencia no es estática. Requiere que tengamos la fuerza y el valor de no detenernos en lo que ahora nos sacia y nos basta.

Permítanme explicarlo con una historia insensata. Hubo una vez un pequeño elefante. Al nacer todo fue maravilloso. Estaba rodeado de cariño materno y otras elefantas nodrizas lo cuidaron. En su familia, las normas eran pocas, pero había una muy buena organización. En su familia todos los elefantes recordaban con amor lo bien que lo pasaban juntos, y cuando por algún motivo se separaban el reencuentro era toda una fiesta.

De pequeño el elefantito tenía muy claro que era grande a pesar de ser pequeño. Había nacido pesando unos cien kilos y  aún así era un indefenso elefantito. Hasta que un día, un grupo de cazadores asaltaron la manada y tomaron preso al elefantito. Lo llevaron a un circo y lo vendieron. Cada kilo del elefantito por una moneda. Con una cadena fue sujetado a un árbol y, en vez de ir a la escuela para aprender a volar, el maltrato fue su docente. Lo primero que tenía que olvidar era que tenía grandes orejas, que en su mundo le permitían viajar muy lejos y oír las voces de otros elefantes a muy largas distancias. Luego había que olvidar que había sido muy amado. Y que alguna vez fue feliz corriendo. Aprendió que la cadena era más fuerte que él y por eso todo esfuerzo por liberarse era inútil. Y así aprendió a quedarse, a no moverse y a olvidar.


Los años pasaron, y nuestro elefantito se convirtió en un enorme elefante, atado con una cuerda. El árbol era ya una estaca gastada por los años, que un domador clavaba y arrancaba del suelo con pereza. Nuestro elefante había crecido, y pesaba toneladas. Pero había aprendido que no podía liberarse. Un día en que el circo viajaba en tierras lejanas, un ratoncito se deslizó por la carpa del circo. Vio a un león amaestrado y le pareció espectacular ver tan grande fiera saltando por un aro de fuego. Así que el ratón quiso jugar a ser león. «Si lo sueñas, puedes lograrlo», pensó. En la noche se puso a roer una cuerda sucia y gastada para hacerse con los hilos una melena. Y cuando todo estaba listo, el elefante que había estado atado con la cuerda despertó. Vio al ratón y éste ensayó su mejor rugido. Instintivamente el elefante salió corriendo, asustado, olvidando que había estado atado tantos años, y dejando convencido al ratón de que era un león invencible.

Queridas amigas, queridos amigos, tal vez es ésta la saciedad de la que nos advierte el evangelio. El saciarnos de lo que nos aprisiona y no nos permite ir más lejos, de las cadenas que nos impiden escapar incluso hacia los prados de la memoria. El saciarnos de la convicción de que no podemos ser libres ni estar a la altura de nosotros mismos. Por eso Dios se ha hecho pequeño, para mostrarnos que somos más grandes de lo que creemos, y concedernos vivir en la libertad de los hijos e hijas de Dios.