lunes, 20 de febrero de 2012

Neopsephotus bourkii

Doce días después de nacer...


No es Monster's Inc.


Aun cuando estos pollos están siendo bien alimentados por la madre, creo muy importante la manipulación, pues los bourkis improntados tienen menos problemas a la hora de incubar y empollar. Una hembra bien familiarizada con el criador no abandona fácilmente el nido y, sobre todo, tolera la limpieza, indispensable para sacar adelante la nidada. Así, es mejor que desde polluelos, sobre todo las hembras, no le tengan miedo a nada.

martes, 14 de febrero de 2012

De amicitia

Un Maestro de la antigüedad cuenta que en una ocasión dos terribles enemigos viajaban en un mismo barco. Para no estar juntos, uno se fue a la popa, y el otro a la proa. Como se alzara una terrible tempestad, y el barco comenzara a hundirse, el que estaba en la proa fue a preguntar al capitán cuál parte se hundiría primero. El capitán le dijo que la popa. Así que el hombre se alegró porque antes de morir vería la muerte de su enemigo.
Otro Maestro hizo notar que muchos hombres pueden despreciar las riquezas y las honras, y contentarse con bien poco para mantener la vida. Muchos podrían nutrirse frugalmente y hallar complacencia en ello. Pero de la amistad todos sienten de la misma manera. “Todos juzgan que no es vida la que está desamparada de amigos… ¿Cómo se puede soportar la vida que no descansa en la benevolencia de un amigo?”
Una vida sin amigos no es vida. De nada serviría a un hombre ganarse todas las riquezas del mundo, si se pierde a sí mismo. Y aun la misma pobreza y el hambre serían la más lamentable desgracia si Cristo no se hubiera hecho amigo del pobre y del hambriento. El hombre que no tiene amigos es una vida perdida, sea rico o sea pobre. Pero, fíjate bien. La amistad es privilegio de los buenos, de los puros de corazón. Los amigos que conducen al pecado y a la maldad se parecen más bien al hombre que se alegra de ver morir a su enemigo antes de marchar a la misma ruina.

viernes, 10 de febrero de 2012

"Egredere modo, frater: egredere, si potes: et dimissa, ad monasterium recede"




Un día, el hombre de Dios, Benito, bendito de nombre y por la gracia, quiso encontrarse, como cada año, con su hermanita Escolástica. Un mutuo comercio de amor y honor se celebró en los confines del monasterio, en la más nítida contemplación de las cosas del cielo. Eran dos almas que habían visto nacer a Dios dentro de sí mismas y corrían con sus corazones dilatados por el gozo, iluminados como una noche de Pascua.
La santa monja Escolástica sabía que su vida tocaba el ocaso y que había llegado para ella el momento de abandonar este mundo para ir al Padre. Para el alma pura que atraviesa la oscuridad de la noche, sólo los lejanos gozos celestes brillan clarísimos como diamantes en terciopelo negro, mientras el resto del mundo permanece oscuro. La noche del espíritu movió a la monja a la plegaria que acompañó su último pasaje terreno: –"Te ruego, no me dejes por esta noche; mejor platiquemos hasta el amanecer acerca de los gozos de la vida celeste". "¡Ay, cuánto he deseado comer con ustedes esta Pascua antes de padecer!".
Pero Benito le responde con firmeza: –"¿Qué estás diciendo, hermana? Por ningún motivo puedo pasar la noche fuera del monasterio". El venerable padre contempla y ama la serenidad del cielo que no se inmuta. Ha templado con tanta estabilidad su corazón que sólo un cielo impasible y sereno da una idea de lo que hay en su alma. En su corazón ya casi nada se antepone al cielo. Pero el hombre de Dios piensa todavía en el monasterio. Piensa en el desierto. Piensa cobijarse en la soledad del árido desierto monástico. Con razón dice San Gregorio: "Y ¿cómo habría de temer el estío aquel árbol bendito? ¿o cómo estaría preocupado por la sequía aquél, para quien el agua viva, la gracia del Espíritu, no cesa de suministrar en lo más recóndito la savia vital de la esperanza y de la caridad?"
Sin embargo,  "la monja, al reclinar la cabeza entre las manos, había derramado sobre la mesa un torrente de lágrimas que transformaron en lluvia el azul del cielo". Llovió a cántaros y el bienaventurado Benito no podía volver a su celda: –"Dios te perdone, hermana, ¿qué es lo que has hecho?". Y es que pudo más quien más amó: –"Te lo pedí y no quisiste escucharme; rogué al Señor y me escuchó".
El milagro ilumina como una luz del Espíritu divino, detiene la naturaleza por un momento, la contradice y la desmiente. El santo patriarca ha reconocido en el milagro de Escolástica, en el alzar de su frente, la más perfecta unidad entre el corazón humano purificado y la presencia del Espíritu de Dios. Amor a Dios y Amor de Dios se han hecho una sola cosa en el alma de Escolástica.
El corazón de Escolástica fue hecho tan conforme al Espíritu de Dios que mereció volar al cielo como una paloma, pues como dice San Gregorio, "de la misma manera que quienes reciben la muerte de Cristo y mortifican sus miembros acá en la tierra se hacen partícipes de una muerte semejante a la suya, así también éstos que reciben la fuerza del Espíritu Santo y que son por él santificados y colmados de sus dones, como quiera que él apareció en forma de paloma, también ellos se vuelven palomas, para volar de los lugares terrenales y corpóreos a los celestiales, en alas del Espíritu Santo".

martes, 7 de febrero de 2012

"Vigilavi et factus sum sicut passer solitarius in tecto"

Tal vez esto no tiene nada de espectacular. Pero esta noche no quise dejar pasar la ocasión de hacer algunas fotos.


Hace poco tuvimos que quitar un foco del techo de uno de los pasillos. Y alguien sabe optimizar el espacio.


domingo, 29 de enero de 2012

Non occides: No matarás


El Señor Dios ordena: “No matarás”.
Y un Maestro añade: “No matarás: A ti mismo, ni al tiempo (que pertenece a Dios), ni a la confianza. No matarás la muerte (trivializándola), al país, al otro, a la Iglesia”.
Amigos y amigas, una vida se nutre para subsistir. Pero para vivir también se necesita ayunar. Cuando Adán y Eva vivían en el paraíso, el Señor Dios les dijo: “De todos los árboles del jardín pueden alimentarse, pero no coman del árbol del conocimiento del bien y del mal”. Era una forma de ayuno que el Señor Dios les impuso para preservar sus vidas de la muerte. Ayunar de lo que daña la vida es renunciar a matarse a sí mismo. Si un hombre lleva a sus entrañas la maldad que lo destruye, de nada le aprovecha. Se parece a un jinete que lleva un dardo mortal en el corazón, aun cuando el caballo logre ponerse a salvo, corriendo por caminos seguros, la vida verdadera ya se ha perdido. No matarás a ti mismo, no pondrás en tu corazón el dardo envenenado de la maldad, de la crueldad, de la violencia.
Y no matarás el tiempo, que pertenece a Cristo, dueño y maestro de toda vida. Porque el tiempo es una luz que Dios ha puesto en las lámparas de nuestras vidas para iluminar la gran noche de espera que es nuestra historia, mientras aguardamos que despunte su gran día, el día del Señor. No matarás el tiempo, porque el tiempo es la esperanza de Dios. Como el sol que desde lejos acaricia con su calor y claridad los frutos de los campos y los hace madurar, así Dios se sirve del tiempo para madurar desde lejos los frutos de nuestras vidas. No matarás el tiempo, porque matar el tiempo es vivir en la embriaguez ociosa de un sonambulismo sin vigilancia ni presencia.
Y tampoco matarás la confianza, que es el lecho de la vida, su baluarte, su fortaleza, su escondite. La confianza es el pecho donde se reclina la vida, buscando una fuente escondida en la corazonada del prójimo. No matarás la confianza, porque los hilos de la confianza han sido puestos por Dios para que los sarmientos puedan trepar mientras descansan. No matarás la confianza con el gusano de la infidelidad y la traición, ni con la polilla de la mentira y el chisme. No dejes caer lo que Dios ha puesto en tus manos.
Nosotros, vivificados en la resurrección del Señor, sabemos que toda vida humana es irreversible e irrevocable. Una vez echada a andar, no da marcha atrás. Porque no hay nada que pueda detener la firme llamada con que Dios saca nuestras vidas de la faz de la nada. Nada puede detener su mandato de amor: “¡Vive!”. Por eso, no matarás la muerte, banalizándola, porque la muerte es un gran misterio. Es de todos nuestros nacimientos el más doloroso, el que nos hace más libres, pero también más cercanos al juicio de Dios.
No matarás el país, porque Aquel que es la Patria verdadera, Cristo, verdadera casa del Padre, ha querido que tengamos un país para prepararnos a la Ciudad Celeste. No siembres, pues, el miedo, el fraude, la maldad en esta tierra, porque toda semilla de corrupción será arrancada en la Patria del Cielo.
Y tampoco matarás al otro. No cortarás la vida de tu prójimo, impidiéndole el paso a la aventura del amor y de la libertad, ni matarás a la Iglesia, impidiendo que la fresca vida que brota de la cruz llegue a todos los corazones, hogares, ciudades.
Amigos, todo esto, el tiempo, la confianza, la Patria, el prójimo, la Iglesia, son profetas que Dios envía día con día a pedirnos cuentas de su viña, la viña que él plantó, y que somos cada uno de nosotros. Los envía para anticipar su venida. ¿Qué hará el Señor, dueño de la viña, si a su vuelta encuentra sólo la embriaguez del tiempo perdido? ¿Qué hará si encuentra la confianza muerta a traición o si encuentra a su regreso apedreada la Patria, el prójimo, la Iglesia?



martes, 17 de enero de 2012

Sancte Antonius, ora pro nobis


"Tengan también esta otra señal: si el alma sigue con miedo, el enemigo está presente. Los demonios no quitan el miedo que producen, como lo hizo el gran arcángel Gabriel con María y Zacarías, y el que se le apareció a las mujeres en el sepulcro. Los demonios, al contrario, cuando ven que los hombres tienen miedo, aumentan sus fantasmagorías, para aterrorizarlos aún más, luego bajan y los engañan diciéndoles: 'Póstrense y adórennos'".
Tomado del discurso sobre el discernimiento de espíritus de la Vita Antonii escrita por San Atanasio

viernes, 13 de enero de 2012

In baptismate DN Jesu Christi


Sermón predicado el 9 de enero de 2009 y el 13 de enero de 2012


Es curioso, muchas aves en las horas crepusculares suelen gritar con todas sus fuerzas. Es como si tuvieran miedo al día que termina o al que comienza. Con sus gritos pretenden fastidiar el humor de sus potenciales depredadores y tenerlos alejados, mientras buscan refugio y seguridad en la compañía de otras aves de la misma especie. Ya en otra ocasión les he contado que hace algunos años me regalaron un loro bebé, un polluelo que tuve que alimentar desde pequeño con una cuchara. El polluelo fue creciendo hasta convertirse en un loro fuerte y chistoso. A un cierto punto, como les sucede a todos los loros, descubrió que su pico y su voz eran sus juguetes favoritos, y también su arma más confiable. Gritaba con todas sus fuerzas cuando se sentía solo o fuera de lugar.


Un día me regalaron otro loro de la misma especie, pero un año más joven. Pensé que el asunto de la soledad estaba finalmente arreglado. Pero no fue así. Cuando intenté poner juntos a los dos loros, el más joven, y menos corpulento, esponjó sus plumas hasta parecer una gran pelota emplumada para fingir ser el más grande y comenzó a lanzar gritos y picotazos contra el loro mayor. El más grande, en cambio, comenzó seriamente a proteger su territorio y a devolver con arrogancia cada picotazo que el más joven le propinaba. Muchas veces pensé que así como nos sucede a todos, estos loros tenían la solución a todas sus soledades y angustias en su propia casa, pero el complicado juego que establece quién es el más grande siempre acaba por privarnos de la felicidad. ¡Qué curioso! El otro día un hermano, mientras íbamos de camino, me hizo notar que casi siempre buscamos la felicidad como quien busca sus lentes y los tiene en la cabeza.


Bueno, el caso es que para disolver las diferencias entre los dos loros, decidí recurrir a un truco infalible. Saben, el agua es siempre un medio de reconciliación. Une lo que de otro modo no se disuelve. Incluso las fieras más temibles perdonan la vida a su presa si a la mano hay agua que les permita aplacar la rebelión interna que la sed provoca. También los loros aman el agua. Ya desde el nido aprenden a bañarse incluso antes de aprender a nutrirse por sí solos. En las tardes de lluvia, los polluelos apenas emplumados salen en fila, caminando de lado, una pata después de la otra, sujetándose con fuerza de las más gruesas ramas de los árboles gracias a sus afiladas uñas todavía sin estrenar. Y disfrutan, como chiquillos que son, la fiesta del agua. Como las plumas brotan encapsuladas en una suerte de espina, cuando emerge la suavidad del plumaje, la espina se revienta en muchas pequeñas escamas que provocan picazón e incomodidad al antiguo dinosaurio volador. El agua alivia la incomodidad de las plumas nuevas, lo suaviza todo. Además, hace hervir de frescura el torrente sanguíneo, y el polluelo acaba con el corazón bien alegre.


Fue así como pude hacer que los dos loros se hicieran amigos. Los llevé a tomar un baño de agua fresca. No pudieron resistir. En pocos minutos el agua había borrado territorios y tamaños, y los dos rivales disfrutaban la fiesta del agua como dos viejos camaradas.


El Creador de todas las cosas quiso que el agua fuera instrumento de reconciliación, de amistad, de pureza y de paz. ¿Cómo se nutriría la raíz de la tierra, sin la mediación del agua? ¿Cómo se restauraría la belleza, sin la pureza desinteresada del agua? ¿Cómo se refrescaría la caridad sin un vaso de agua? El agua obliga a la solidaridad y a la amistad. Por eso Dios quiso que el agua fuera el signo de su vida y de su amor. Cristo, al bajar a las frías aguas del Jordán, quiso manifestar su descenso en la frialdad de nuestra muerte para que nosotros ascendamos a la frescura de su vida divina. Cristo, al bajar a la aguas del Jordán manifestó ante el mundo entero que Dios es pequeño y humilde y que su amor quiere la amistad con el corazón sediento del hombre. Cuando Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, Dios vino a la fiesta del agua y de la limpieza. Vino a alegrarse con el hombre, a ser amigo suyo. Pero eso no es todo. Dios Padre, Creador de todo, que en el principio separó las aguas para establecer la tierra firme donde pudiera el hombre caminar y vivir la vida, cuando Cristo fue bautizado ya no separó las aguas, porque en adelante las aguas habrían de ser sacramento de unidad entre los hombres. Abrió Dios los cielos y los separó, para que el hombre tuviera cielo firme, un territorio de comunión con los santos. Abrió Dios los cielos para que entren en ellos los que se unen en caridad por las aguas del bautismo. Cuando Juan bautizó a Cristo con el agua del Jordán, el Padre lo bautizó con su testimonio de amor: “Éste es mi Hijo muy amado”. Y cada uno de nosotros ha celebrado su propio bautismo en su bautismo de amor. Hemos sido bautizados en el torrente de amor con que el Padre ama a Cristo. No ensuciemos las aguas de la vida, no dividamos las aguas del único amor, no despreciemos la claridad de la gracia que nos salva.