jueves, 2 de abril de 2015

"Si non lavero te, non habes partem mecum"


Missa vespertina in cœna Domini

Cuenta un poeta que dos amigos viajaban por el desierto y a un cierto punto del viaje discutieron. Uno de ellos le dio una bofetada al otro. Éste, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena: «Hoy mi mejor amigo me ha dado una bofetada». Siguieron adelante y llegaron a un oasis en el que decidieron bañarse. De repente, el que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, y su amigo, sin pensarlo, se arrojó al agua y lo salvó. Al recuperarse, tomó un punzón y escribió en una roca: «Hoy mi mejor amigo me salvó la vida”. Intrigado, el amigo le preguntó: «¿Por qué después de que te lastimé escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?» Sonriendo, el amigo respondió: «Cuando un gran amigo nos ofende, hemos de escribir en la arena, donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo; pero cuando nos pase algo grandioso, algo verdaderamente extraordinario, hemos de grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde ningún viento  podrá jamás borrarlo».
Fíjate bien, algo así hizo Dios con nosotros. Cuando Dios dio su ley a Moisés, la escribió en duras tablas de roca. Su dedo potente trazó su alianza de amor imborrable con su pueblo. Porque Dios escribe en roca cuando sucede algo grandioso. Pero cuando Dios vino al mundo, le llevaron una mujer sorprendida cometiendo adulterio. Era nuestra humanidad. Y Dios, que escribe en el polvo las ofensas de los hombres, se inclinó y escribió en el suelo: «El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra». Nadie tenía una piedra que arrojar porque nadie había amado tanto como Dios. Por eso Cristo, nuestra roca espiritual, se entregó en nuestras manos en esta noche santa. ¿Habrá un Padre que cuando su hijo le pida pan le dé una piedra? Sí, Dios, Padre de todos. «Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único». Esta noche se nos da una piedra que es pan. Y en él, en nuestra roca, escribimos nuestra historia, la historia del amor que Dios nos tiene. Con espinas, con clavos, con la punta de una lanza, escribimos en su cuerpo, nuestra roca: «Hoy mi mejor amigo me salvó la vida».
Queridos hijos e hijas, dejemos que Cristo lave nuestros pies. Dejemos que quite el polvo de nuestros pecados con el agua de su perdón. No nos obstinemos en guardar el fango del camino, que si él no nos lava, no tendremos parte con él. Y así, libres del polvo del pecado, escribamos en la memoria del corazón: «Esta noche mi mejor amigo me salvó la vida».


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