domingo, 7 de diciembre de 2014

"Venit fortior me post me, cuius non sum dignus procumbens solvere corrigiam calceamentorum eius"


Dominica II adventus

Hace poco un niño me pidió que le atara los cabetes de su zapato y al atarlos tuve la sensación de que estaba haciendo algo muy poco usual. Bueno, es que cuando yo era niño solía pedirle a mi padre que atara y desatara mis zapatos. Y mi papá lo hacía con una paciencia de santo. Pero yo muy rara vez ato y desato mis zapatos. Normalmente hago un nudo cuando son nuevos, un nudo muy definitivo, ni muy apretado ni muy flojo, y después todo es cosa de quitar y poner los zapatos como si no tuvieran cabetes. Bueno, mi papá anudaba con su paciencia lo que yo no tengo la paciencia de anudar.
Cuando pienso en el sentido de las palabras de Juan el Bautista «no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias», pienso en la profunda humildad de Juan. De por sí se puede vivir tranquilamente sin desatar los zapatos. Basta atarlos una sola vez cuando son nuevos. De hecho no me gustaría que alguien viniera en este momento y desatara mis zapatos. Me obligaría luego a la molestia de inclinarme y amarrarlos de nuevo.
Tal vez haya un misterio oculto en el ministerio de Juan de desatar las correas de las sandalias del Señor. Fíjate bien. Juan predicó un bautismo de conversión, y quienes fueron al Jordán se sumergieron en las aguas y así prepararon un camino al Señor en el desierto de sus corazones resecos. Pero, como con toda verdad un poeta dice que así como el sediento busca el agua, el agua también está buscando al sediento, Dios bajó a nuestra naturaleza para buscar nuestra sequedad sedienta. Y cuando el camino de los corazones estaba preparado con las aguas del arrepentimiento, Dios vino al mundo. En su marcha Juan le desató las sandalias. La humildad de Juan se inclinó para que la humildad de Dios se inclinara, para que se detuviera una y otra vez en el camino, y al inclinarse la luz de su rostro iluminara nuestra pequeñez. Esa luz nos hizo germinar, como semillas bañadas de frescura.
El profeta de soledades no merece siquiera inclinarse para desatar las correas de las sandalias del Señor. Y sin embargo lo hace, pues sabe muy bien que la grandeza del Salvador está en inclinarse para cuidar de sus pies. Esto me hace pensar en un texto de la pequeña Teresa que hace poco un amigo espiritual citaba. Teresa del Niño Jesús ha escrito: «Él ha querido crear grandes santos, que pueden compararse a los lirios y a las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han de conformarse con ser margaritas o violetas destinadas a recrear los ojos de Dios cuando mira a sus pies». Precisamente para eso él crea sus grandes santos, para que se inclinen por la más profunda humildad y realicen obras de misericordia a favor de los más pequeños. Y así Dios mire compasivo y misericordioso a los más pequeños cuando se mire los pies.
Así, desatamos las sandalias del Señor cuando humildemente nos inclinamos para dar el perdón a quien nos ha ofendido. Desatamos las sandalias del Señor cuando nos inclinamos compasivos hacia los enfermos y los que han pecado. Desatamos las sandalias del Señor cuando enseñamos a un pequeño a atarse los zapatos para que se eche a correr libre y sin tropiezos. Entonces, cuando nos inclinamos nosotros para desatar las sandalias de Dios, el Señor se detiene y se inclina para atárselas de nuevo. Entonces da la gracia de perdón al pecador, el consuelo y la perseverancia al que sufre, la libertad al pequeño, la santidad a todos los sedientos de justicia.

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