Coelogyne cristata es una orquídea que se localiza en regiones elevadas, por lo que requiere bajas temperaturas, con humedad relativa alta, buena ventilación y luz intensa. Puede ser cultivada en maceta con sustrato litófito de origen volcánico. Durante los meses de primavera y verano nutre sus nuevos pseudo bulbos, por lo que debe ser regada con regularidad, pero llegado el invierno hay que disminuir al mínimo los riegos. En México florece en los meses de diciembre a febrero.
miércoles, 5 de febrero de 2014
Cœlogyne cristata
Cœlogyne es un género de orquídeas, originario del sudeste asiático, cuyo nombre viene de los vocablos griegos κοίλον, que significa
«hueco», y de γυνή, es decir, «mujer». Las orquídeas de este género son litófitas y epífitas simpodiales, de grandes pseudo bulbos ovales. Casi todas las Cœlogyne producen flores blancas, perfumadas, con labelos sofisticados. La especie C. cristata debe su nombre a las crestas amarillas que se forman a lo largo del labelo.
domingo, 2 de febrero de 2014
"Postquam impleti sunt dies purgationis Mariæ, secundum legem Moysi, tulerunt Jesum in Jerusalem, ut sisterent eum Domino"
In purificatione BVM
Hace mucho tiempo, el abad de un
gran monasterio quiso fundar otro monasterio. Envió unos cuantos monjes a
buscar en un país remoto un rincón donde construirlo, y así surgió un
monasterio muy pequeño en las entrañas de un gran país. Pocos monjes vivieron
en él. Trabajaron y envejecieron, pero el monasterio no prosperó. Todos los
esfuerzos de los monjes apenas fueron suficientes para obtener el sustento
cotidiano. No construyeron grandes edificios ni fundaron escuelas. Tampoco
escribieron libros ni custodiaron tesoros. Simplemente trabajaron la tierra con
sus manos, buscando en ella el pan de cada día. En el transcurso de varias décadas, los monjes
fueron muriendo sin dejar huella de su vida misteriosa. El último de ellos,
antes de morir quiso escribir una cartita al monasterio fundador para dar
cuenta de lo que había sucedido allí. Simplemente escribió: «Obedecimos«». Sin duda en esta única palabra estaban resumidas todas sus
biografías, la historia de su peregrinación por este mundo. Fue ése su único fruto, el que les costó la vida. Es que de los votos
que los monjes hacemos, sin duda el más difícil es el de obedecer, porque lleva
directo al corazón una espada que no sólo traspasa la carne, sino que se
adentra hasta alma.
Desde que Adán y Eva comieron el
funesto fruto de la desobediencia, el veneno de la desobediencia se regó por
toda el alma e invadió nuestra carne, de suerte que cada hombre lleva en sí
mismo una guerra civil. Hacer el bien se vuelve para nosotros algo fatigoso, a
pesar de que fuimos creados para ello. Conocemos el bien y reconocemos que
queremos hacerlo, pero un abismo de contradicciones se abre entre lo que
queremos hacer y lo que en verdad hacemos. Como dice el Apóstol: «No hago el bien que quiero, sino el mal
que no quiero, eso hago, y si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace
sino el pecado que habita en mí».
Todos queremos un país más honesto y justo, pero también todos alguna vez hemos
contribuido a la corrupción del país. Todos alguna vez hemos soñado que
nuestros hijos tengan la mejor educación como herencia; sin embargo, muchos de
los patrones nefastos de nuestras familias los heredamos de padres a hijos como
secretos de familia, y para eso no se necesita más cátedra que las cosas de
cada día. El criminal no nació criminal; alguna vez fue mejor, pero no pudo
mantenerse en su puesto. Todos alguna vez nos hemos propuesto ser mejores; pero
una desobediencia silenciosa una y otra vez nos convence de no continuar la
marcha hacia adelante. Nos cuesta mucho trabajo obedecer. Obedecernos a nosotros
mismos y obedecer a Dios.
Muchas veces he hecho notar que
todos los pueblos que practicaron religiones sacrificiales tuvieron algo en
común. Todos supieron que a Dios había que ofrecerle la vida. Y llevaron
ofrendas vivas que sacrificaron en sus templos. Ningún pueblo llevó a sus
templos animales muertos. Llevaron la vida y sabían que la vida grita siempre
antes de morir. De algún modo, en la resistencia de la víctima, en su rebelión
antes de morir, estaba condensado todo el drama humano: el hecho de que
obedecernos a nosotros mismos y obedecer a Dios nos cuesta la vida. Siempre hay
algo en nosotros que debe morir, algo que debe ser inmolado—atravesado por una
espada—, si queremos obedecernos y obedecer a Dios. A esto se refiere san
Agustín cuando suspira orante «muera
yo, para que viva yo».
Recuerdo que cuando era novicio leí
varios pasajes de las vidas de los Padres del desierto en los que se elogiaba y
se nos instruía acerca de la obediencia. En uno de esos relatos se contaba cómo
un monje anciano quiso probar la obediencia de un joven discípulo. Para ello le
mandó dulcemente: «Hijo, si
quieres ser perfecto has de cultivar la tierra que Dios te da. Por ello, no
teniendo semillas que darte para sembrar, te ruego que plantes mi bastón en la
arena y lo riegues cada día hasta que reverdezca y así puedas nutrirte del
fruto de la tierra». Era un
mandato muy difícil de obedecer, si consideramos que los bastones nunca
reverdecen, y que en el desierto el agua es tan escasa que uno no se puede dar
el lujo de desperdiciarla regando bastones. Bueno, el relato decía que así lo
hizo el joven monje. Obedeció y un día milagrosamente el bastón enterrado echó
un brote que luego se convirtió en una rama. De esa historia aprendí que la obediencia
es un fruto que antecede al árbol. Antes de que el bastón retoñara, ya había
producido en el joven monje la obediencia.
Algo así es el misterio que hoy
adoramos. Hoy la Virgen María y San José llevaron al templo al Niño Jesús. La
Virgen esperó cuarenta días porque la Ley de Moisés prescribía ese tiempo de
purificación a causa de la sangre que normalmente se derrama en el parto. Pero
nosotros sabemos que el parto de la Virgen fue glorioso, pues ella no vivió la
guerra civil que todos los hijos de Adán libramos cada día. Concebida sin la
mancha del pecado original, no estuvo jamás sujeta a la desobediencia que hace
de nosotros una madeja de contradicciones y que congestiona nuestras buenas
obras. Ella fue obediente consigo misma y obedientísima a Dios. Puntualmente
acogió las palabras del ángel y diligentemente se encaminó presurosa a las montañas
para ayudar a su prima santa Isabel. Nosotros muchas veces hemos sentido el
dolor de la espada que atraviesa nuestra alma abriendo una llaga entre lo que
somos y lo que queremos ser, entre el bien que queremos y el daño que hacemos casi
sin querer. Ella no fue así. La espada que atravesó su alma fue una espada de
amor obediente. Por eso su dolor fue perfecto. Jamás hubo una herida más grande
porque jamás hubo un Hijo más amado. Y nada tuvo ella de más preciado que su
amado Hijo. En efecto, María nada le negó al Señor. La Ley prescribía ofrecer
una tórtola y un cordero, pero si la mujer no tenía para ofrecer el cordero
podía ofrecer dos tórtolas o dos pichones. María no ofreció un cordero, no por
regatear a Dios la ofrenda, sino porque bien sabía que su Hijo es el verdadero
Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
María, pues, no necesitaba
purificarse por otra causa que no fuera la obediencia. Quiso purificarse por
obedecer, y su perfecta obediencia era un fruto que antecedió al árbol de la
cruz. Gran misterio es éste: la Madre es fruto, es hija de su Hijo. María nació
de Cristo, el Dios que «por
nosotros se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz».
Imitemos pues los ejemplos de
María, y que ella nos enseñe a cultivar por la obediencia el árbol de la cruz que
nos libra de nuestra desobediencia.
martes, 21 de enero de 2014
miércoles, 25 de diciembre de 2013
"Et lux in tenebris lucet"
In die Nativitatis
Domini Nostri Jesu Christi
Cuando Adán y Eva cayeron en el
pecado, sus ojos se abrieron a la vergüenza de una desnudez sin amor. Ese día
atardeció buscando ansioso las negras tinieblas. Las mismas tinieblas que una
vez desde la esterilidad de su nada alumbraron la luz por la fuerza de la
Palabra creadora, esas mismas tinieblas desde aquella noche se hicieron
cómplices del pecado. Lo acogieron en su regazo como quien cobija una serpiente
para perpetuar su mordedura. Y así, su oscuridad nefasta se prologó de pecado
en pecado uniendo los días del mundo como en una única noche.
Esa tarde funesta, Dios buscó al
hombre. En vano quisieron ocultarse de Dios. Adán y Eva vieron en sí mismos una
desnudez sin amor, mientras Dios seguía viendo en sus sombríos rostros los
vestigios de su imagen. Entonces, dice la Escritura, Dios cosió túnicas de pieles y las
dio a Adán y Eva. Pero quiso Dios coser otra túnica misteriosa que guardó en su
corazón. La guardó como promesa. Era la túnica de piel que un día habría de
vestir su Hijo, prenda de la fidelidad de su amor. Dios la guardó oculta en su
corazón como un anciano guarda vestidos preciosos en su baúl, vestidos que
huelen a recuerdos, vestidos que visten el amor. Dios escondió en su corazón la
túnica de piel de los hijos de Adán, esa túnica frágil que no soporta la luz,
que se avergüenza de sí misma, que se muere cada día, esa túnica que descansa
en las tinieblas y que Dios quiere verla cada noche a la luz. Como un joven
novio que mira el vestido de bodas cada noche anhelando el día de la amada, así
miró Dios en la larga noche del mundo la túnica de piel que un día asumiría su
Hijo.
En este día santísimo, Dios envió a
su Hijo al mundo en una carne como la nuestra. En este día Dios se ha escondido
en nuestra carne para que veamos desnuda la verdad de su amor y de su perdón.
Dios, que había ocultado en su corazón la túnica de pieles de su Hijo, en este
día santo ocultó todo su amor en el pequeño corazón de un niño, primer sagrario
del amor de Dios. Y late en el pecho de un niño todo el amor que hace sollozar de
luz a las estrellas. Y se oculta en un pequeño corazón toda la verdad de Dios
que sacó luz de las tinieblas.
Y así, en el corazón de la noche
del mundo, Dios ha hecho brillar «la luz de su gloria con nuevo resplandor, para que, conociendo a
Dios visiblemente, él nos lleve al amor de lo invisible». Esta luz de la gloria brilla hoy sobre
un misterioso árbol plantado en Oriente. Sus ramas se agitan y sus entrañas se tensan.
La Navidad del Señor le da un nuevo vigor. Y sus hojas cantan a dos voces. Una
dice: «Yo soy la Cruz,
ustedes los sarmientos»; la
segunda clama: «Sin mí nada
pueden hacer». La luz de la
gloria acaricia las ramas y traspasa con su calor de vida la corteza tensando
todas sus fibras. Es el árbol de la Cruz que renueva el rigor de sus entrañas
porque el Sol de Justicia lo acaricia con sus manos. Un día las manos de la
Gloria descansarán en los brazos de este árbol, su última cuna, que lo
arrullará con su canto hasta el sueño de la muerte. Y dormido reposará en un
sepulcro virginal para revestir a Adán de la juventud que abandonó cuando se
cubrió de vetustos harapos de pecado. Ahora el Niño duerme en los tiernos
brazos de la Virgen Madre. Duerme el que quiere dar a Adán la verdadera
infancia que no conoció por haber mordido la malicia del pecado.
Duerme ahora, dulce Niño. No te despierten
los aullidos de mis pecados. Duerme en el fondo de la barca del alma, y que el
oleaje de nuestra navegación te arrulle. Y si el miedo nos invade y se oscurece
nuestra fe, danos tú el milagro de tu amor. Impera sobre el mar y el viento.
Ordena a las aguas de amargura que se calmen y a la tempestad de nuestras
angustias dile que no sople. Y habrá una gran paz en nuestros días. Envía tu
luz y tu verdad sobre nuestra tierra, pues seremos tierra desolada y vacía si
no nos iluminas. Haz que brille hoy tu rostro sobre nosotros y nos salve, para
que en tu luz veamos la luz. Y mientras brille la luz en nuestros ojos, canten
nuestras almas tu grandeza que hoy hiciste caber en un pequeño cuerpecito
humano, primer sagrario de tu misericordia y de tu gracia. Exulte nuestro
espíritu en ti, Dios nuestro, porque hoy miras compasivo la humillación de
nuestra humanidad esclava.
domingo, 22 de diciembre de 2013
"Ecce angelus Domini in somnis apparuit ei"
Dominica IV adventus
Hay muchas maneras de soñar.
Soñamos despiertos. Soñamos dormidos. Todos soñamos. La Escritura, sin embargo,
muy raras veces nos enseña que Dios haya hablado a los hombres a través de
sueños. Dios más bien suele hablarnos cuando estamos en vela, bien despiertos. Es
verdad que el patriarca Jacob vio en sueños una escalera que llegaba al cielo
ante el trono de Dios y el Señor le prometió estar con él en todos sus caminos
sin abandonarlo hasta cumplir con él cuanto le había prometido. También Salomón
habló en sueños con Dios. El Señor se alegró de que Salomón le pidiera un
corazón dócil y le concedió sabiduría; y ya con esa sabiduría comprendió
Salomón, dice la Escritura, que todo había sido un sueño. Dios no suele hablar
en sueños.
Cuando dormimos, nuestro cuerpo reposa,
pero la vida más elemental continúa. Y lo mismo sucede con el alma. El alma
descansa, se rinde al sueño. Pero al mismo tiempo una serie inmensa de
movimientos continúan. El alma trabaja al mismo tiempo que duerme: entonces
soñamos. Los sueños son como la digestión del alma. Nuestros sueños son el
trabajo de un misterioso ejército de mayordomos invisibles que se dan a la
tarea de poner todas nuestras experiencias en su lugar, de colocar cada
vivencia en el lugar correcto de la alacena del alma. Soñar es asimilar lo que
hemos vivido despiertos. Y asimilar no es otra cosa que integrar algo a
nosotros, como cuando al digerir los alimentos les damos un lugar en nuestro cuerpo
y de algún modo los convertimos en nosotros mismos. Lo mismo hace el alma. Por medio
de los sueños el alma asimila las experiencias que la nutren, y las convierte
en sí misma.
Los sueños son los pedagogos del
alma. La instruyen acerca de la vida, y muchas veces le muestran con imágenes
lo que de otro modo no entendería. Le enseñan al alma lo que ella misma sabe y lo
que piensa de cuanto ha vivido. En este sentido, no existen sueños falsos,
todos son verdaderos, pues le dicen al alma lo que verdaderamente hay en ella:
deseos, inquietudes, miedos, esperanzas, ambiciones, pérdidas, tentaciones e
incluso el amor y la felicidad.
A veces, mientras descansamos,
muchos ruidos interiores y exteriores nos molestan y amenazan con arruinar
nuestro descanso. Los sueños los integran y así tejen con ruidos la trama de
nuestro sueño, como cuando un hombre duerme cansado y alguien más con una
trompeta molesta su descanso: entonces sueña un desfile militar con música de
trompeta. Sueña para no despertar. Es que los sueños son una muralla que
protege nuestro descanso. Los sueños trabajan muy rudo para enderezar los
senderos del alma y hacerlos transitables, pero su trabajo lo hacen como de
puntitas para no despertarnos. Los sueños edifican puentes y allanan caminos;
enarbolan emblemas de nuestras batallas, con sus triunfos y derrotas, en los
castillos del alma, pero su cometido es hacer todo eso sin despertar la ciudad
que duerme, la ciudad del alma.
Como los sueños son una muralla,
son impenetrables para cualquier espíritu. Como sucede con una ciudad
fortificada, los ruidos del exterior pueden entrar, saltar sus muros, pero no
pueden pasar las personas. Podemos soñar con otras personas, pero eso no
significa que entren en nuestro sueño o visiten nuestras almas, porque la
persona es de por sí incomunicable. Muchas veces nos inquietamos cuando soñamos
con alguien que ya ha partido, que ha muerto. Pensamos que la imagen que
soñamos podría venir de fuera de nosotros mismos, pero eso no es verdadero. La
imagen la fabricamos nosotros mismos para asimilar una ausencia, para retardar
la presencia, para consolarnos en el dolor, para comprender su nueva presencia.
Las almas de quienes han partido viven, pero no pueden entrar en nuestros
sueños porque los sueños son una muralla impenetrable, aunque pueden desde
afuera hacernos intuir algo de su vida más allá de esta vida.
Ningún espíritu, ni de hombres, ni
ángeles ni demonios pueden atravesar esa muralla. Los Santos Padres enseñaron
que el diablo es un maestro de fantasías, y en ese sentido se complace en
producir sueños oscuros cuando los hombres descansan. Los demonios nos provocan
sueños cargados de malicia y de horror. Incluso llegan a infundirnos un temor
de Dios desesperanzado que nos conduce a soñar nuestra ruina y condena. Pero
todo esto lo infunden desde afuera de nuestros sueños, con aullidos y sugestiones
terribles. Los demonios no pueden entrar en nuestros sueños, aunque nuestros
sueños traigan imágenes diabólicas. Esas imágenes las fabricamos nosotros
mismos, a pesar de que a menudo es el diablo mismo el que nos dispone a
crearlas.
Fíjate bien. Cuando Cristo vino al
mundo se cumplió una misteriosa profecía. Profecía grandiosa: una virgen
concibió por obra del Espíritu Santo. Que el amor de Dios que hace temblar a
las estrellas haya descendido de su cielo y tomado carne en las entrañas de una
virgen, eso fue algo verdaderamente extraordinario, algo insólito. Nunca sucede
así. Un prodigio así no se ha visto nunca ni se verá de nuevo. Y que un ángel
haya atravesado los sueños de un hombre, y que le haya hablado desde dentro de
sus sueños sin hacerlo estallar, es un verdadero milagro. José era un hombre
justo, y sabía muy bien que algo extraordinario acontecía en las entrañas de
María. Por eso, por justicia, no quiso atribuirse la paternidad de aquel que
desciende de las estrellas. Habría mentido al atribuir a sí mismo lo que sólo
puede venir de Dios. Por eso pensó dejarla en secreto. Entonces Dios hizo en
José lo imposible. Envió un ángel que milagrosamente le habló desde lo más
íntimo de sus sueños. El Señor San José supo muy pronto que esa visita del
ángel no era uno de los muchos sueños que fabricamos nosotros mismos. Supo que
el milagro se había realizado. El ángel había entrado milagrosamente en su
sueño como Dios había entrado milagrosamente en la carne y en la historia de
nuestra humanidad.
Cuando Adán vivía en el paraíso,
vio Dios que no era bueno que estuviera solo. Así que quiso darle una ayuda
conveniente. Lo hizo caer en un profundo sopor, y de lo más hondo de sus sueños
formó a Eva, su mujer, quitándole una costilla. Entonces, cuando Adán vio a su
mujer dijo: «Ella es hueso de
mis huesos y carne de mi carne».
El Señor San José no dijo lo mismo de María Virgen. Sabía muy bien que un
prodigio tan grande como la maternidad virginal no podía venir de sus huesos ni
de su carne: era el inicio de Dios-con-nosotros. Y al entrar el ángel en sus
sueños comprendió José que Dios verdaderamente está con nosotros.
Comprendamos el misterio de Dios
que entra en nuestros sueños. Entra en los sueños gozosos de una humanidad que
anhela a Dios. Entra también en los sueños oscuros de una humanidad tentada,
asediada por su propia maldad y la del diablo. Y atrevámonos a soñar la
humanidad nacida de María virgen. Así pondremos toda nuestra esperanza en Dios
que quiso visitar nuestros sueños cuando milagrosamente se hizo
Dios-con-nosotros.
domingo, 15 de diciembre de 2013
"Lætentur deserta et invia, et exsultet solitudo et floreat quasi lilium".
Dominica Gaudete
El profeta Isaías había gritado: «Regocíjate, yermo sediento. Que se
alegre el desierto y se cubra de flores, que florezca como un campo de lirios,
que se alegre y dé gritos de júbilo, porque le será dada la gloria del Líbano,
el esplendor del Carmelo y del Sarón». Ciertamente el Señor Jesús en su día dijo:
«Consideren los lirios,
cómo crecen; no trabajan ni hilan. Pero les digo que ni Salomón en toda su
gloria se vistió como uno de éstos». Y sin embargo, esta gloria de los lirios no floreció en el desierto de
Juan el Bautista: «¿Qué fueron a ver ustedes en el desierto? ¿Una caña sacudida
por el viento? No. Pues entonces, ¿qué fueron a ver?, ¿a un hombre lujosamente
vestido? No, ya que los que visten con lujo habitan en los palacios». Juan no
era un lirio majestuosamente vestido. Juan era un camello.
Fíjate bien, los camellos son
animales muy resistentes. Sus pequeñas orejas peludas custodian un muy agudo
sentido de la escucha. Y una membrana traslúcida vela sus grandes ojos cuando los
fuertes vientos del desierto amenazan con impedirles la marcha. Sus gruesos
labios pueden soportar sin serias dificultades las punzantes espinas de algunas
plantas del desierto. Y su piel tiene duras callosidades que los protegen de la quemadura de la arena
ardiente.
A veces pensamos que los camellos
guardan agua en sus grandes jorobas, pero eso no es verdad. Más bien sus
jorobas son almacenes de grasa para los días difíciles en que el alimento
escasea. Entonces, en caso de severa penuria y hambre, el camello agota sus
reservas de tal modo que su joroba acaba colgada en su lomo como el saco vacío
de un forajido.
Juan el Bautista era un camello.
Sus oídos pequeños escucharon atentos el más sutil zumbido de la Palabra de
Dios, e ignoraron el vocerío de las voluntades caprichosas de los hombres. Un
velo cubrió los grandes ojos del Bautista. Un velo traslúcido que no detuvo su
marcha, pero que le hizo preguntar:
«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». Juan sabía
alimentarse de las duras espinas de la vida. Supo nutrirse del dolor. Es bien
sabido que los camellos se arrodillan antes de levantarse y echarse a andar. Y
así lo hizo Juan. Adoró humildemente al Dios de la luz, con las rodillas
encallecidas de dorada arena, y caminó en su presencia. Cargó en sus espaldas
con la joroba de un rico tesoro de unción espiritual que le mantuvo la vida en
los largos caminos del hambre del alma. Es que la ciencia espiritual es un
cúmulo de grasa que los sabios cargan en sus espaldas y lo agotan cuando hay
poco alimento en el desierto y el hambre duele más que las espinas.
Juan era un camello, y en los días más oscuros de su noche su joroba no era
más que un saco vacío. Ya sin el óleo bendito del consuelo espiritual, Juan oyó
hablar de las obras de Cristo y mandó a preguntar: «Eres tú el que ha de venir
o tenemos que esperar a otro?». Cristo significa «el Ungido», y por eso Juan
oyó hablar de sus obras. Cristo es la fuente, y el agudo oído de Juan desde
lejos oyó sus obras, como un ciervo escucha desde lejos el suave murmullo de
las aguas que nacen. Juan oyó las obras de Cristo, oyó escurrir el óleo del
Espíritu y mandó a pedir la unción de Dios, su gracia, su misericordia, la
grasa que mueve las buenas obras de los hombres, el combustible de nuestras
obras buenas que es puro amor de Dios.
Cristo responde: «Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los
ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los
sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio.
Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí». Juan supo desde su helada
cárcel que el desierto ardiente florecía como un campo de lirios porque Dios
comenzaba su reino en el mundo. Pero también sabía que los lirios del reino no
florecerían en la fría oscuridad de su calabozo antes de que entregara su último
suspiro. Juan había respirado el anhelo de todos los profetas. Y exhaló el
último aliento mientras el desierto del mundo florecía. Dicen que el aliento de
los camellos es muy húmedo, pero raramente lo sentimos porque ellos saben muy
bien guardar el agua que trae el aire que respiran… hasta que exhalan su último
respiro. Juan, ungido con el Evangelio de las obras de Cristo, sabiendo muy bien que sin la gracia de Dios el hombre nada puede, entregó su
último aliento, el aliento de la lucha y de la esperanza, el aliento del perdón
y de la paz. Y este aliento se unió a la frescura que Cristo trajo al mundo y
que hizo florecer desiertos, fortaleciendo manos cansadas y afianzando rodillas
vacilantes, iluminando ojos ciegos, y abriendo oídos sordos. El último aliento que exhaló el profeta se unió como gotas de agua al cáliz de Cristo.
También nosotros recorremos la noche de la espera. Ansiosos de que Cristo
florezca en nuestro desierto, anhelamos la conversión de quienes destruyen la
vida, la justicia, el amor, la paz. Anhelamos que nuestro desierto florezca. Mientras
aguardamos, pues, la hora en que Cristo nazca de nuevo en nuestra historia,
unamos nuestro aliento fatigado, el aliento de nuestras luchas por una
comunidad mejor, por una familia mejor, por un mundo mejor, a la frescura de
Dios que hace florecer el desierto.
miércoles, 4 de diciembre de 2013
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



