domingo, 2 de agosto de 2015

"Et ecce angeli accesserunt et ministrabant ei"


In solemnitate BVM Reginae Angelorum

Si entraras en una habitación oscura de un viejo castillo abandonado, lo primero que necesitarás es un poco de luz. Si luego recuerdas que tienes una cajita de cerillos, seguramente la buscarás en tus bolsillos para encender uno cuanto antes. Si entonces descubres que sólo tienes un cerillo, el que acabas de encender, tu vista se apresurará a buscar una vela donde puedas alojar y alimentar el pequeño fuego que tienes entre las puntas de los dedos. Mirarás el suelo, por si acaso hay algo que te pueda hacer tropezar y caer. En fin, si enciendes un cerillo en una habitación tenebrosa, te ocupas de explorar lo que hay a tu alrededor. Creo que difícilmente te quedarías contemplando la luz que estalla despeinada cuando el fósforo se enciende y luego se ordena vertical para ascender al cielo. Tal vez si te quedas contemplando la solemne presencia de la luz y su decidido avance, fríamente azul, hacia tus dedos, francamente pierdes tu tiempo y tu único cerillo.
Algo así sucede en la vida espiritual. Cuando Dios enciende su luz en nuestro interior, lo primero que hay que hacer es mirarnos por dentro, buscar una lámpara donde alojar el pequeño fuego que se ha encendido y, entre nuestras sombras que lo invaden todo, hay que habitar con nosotros mismos. Cuando Dios enciende su luz en nuestro interior, distinguimos en la penumbra algo de lo que puede hacernos tropezar y caer, la presencia amenazadora de lo que suele hacernos daño, y finalmente esa batalla constante que hacen las sombras a la luz. Y si la luz se apaga, todas nuestras seguridades de nuevo nos abandonan. Vamos, hasta nuestra sombra nos abandona cuando la luz se apaga. ¡Necesitamos tanto la luz! Sobretodo la luz interior que Dios enciende. Hasta para ver nuestras sombras la necesitamos. Pero una vez encendida no tenemos tiempo para ella. No tenemos tiempo para mirarla. Nuestros ojos apenas la toleran. La miras fijamente unos instantes y te queda un recuerdo alucinante, extraño, que te obliga a cerrar la mirada y a esperar a que tus ojos la olviden. No tenemos tiempo para la luz. Ni tiempo ni mirada. Más bien nosotros miramos lo que la luz ilumina y en eso se va nuestro tiempo.
También sucede algo así con los ángeles. Decimos que los ángeles son luz. Y en verdad lo son, pero nosotros no tenemos más que tiempo que se nos escapa, y no tenemos mirada para esa luz. Vemos lo que ellos iluminan, pero no los vemos a ellos. Ellos templan la claridad de su gloria para  estar con nosotros.
Es curioso, Jesús fue al desierto, empujado por el Espíritu. Pero allí en el desierto no estaba solo. Quien quiera ir al desierto a buscar a Jesús, bien pronto se dará cuenta que allí Jesús no está a solas. El diablo está allí con él y con él platica como la luz platica con las sombras en un castillo nocturno. Dice la Escritura que allí en el desierto el diablo tentó a Jesús. La prueba era la llaga abierta de su hambre, pero Cristo la venció, abriendo sus llagas a la sed que le hizo manar sangre y agua. La prueba era arrojarse desde el templo al vacío de la idolatría, pero él fue más allá y descendió hasta el abismo de nuestra muerte. La prueba era un monte tan elevado que hacía mirar todos los reinos de la tierra, pero él subió más alto, subió hasta la cruz, que abre la mirada al reino de los cielos. Y cuando Cristo lo hubo vencido, se retiró el diablo, y los ángeles se acercaron y le servían.
Un Maestro enseña que así da a entender el Evangelio que «el escenario del combate estaba rodeado de ángeles. Pero ninguno se acercó hasta que Cristo no hubo vencido. Porque ciertamente el Señor no necesita ayuda alguna, él que es la ayuda de todos». Se acercaron cuando hubo vencido, y le sirvieron no en él sino en nosotros.
El diablo sabe muy bien que no hubo ángeles en la arena en que lucharon vida y muerte. Sabe que Dios combatió en la soledad más avara. Y aunque los ángeles rodearon la arena del combate, ninguno de ellos se acercó a ayudarlo. Ahora los ángeles están siempre donde Dios combate, donde Cristo combate. Están con cada cristiano que combate. Y no pudiendo alejar a los ángeles, los demonios quieren alejar a los cristianos. Con toda verdad un Maestro enseña que ésta es su consigna: «Que no haya cristianos». Cada mañana en nuestro coro, en nuestra iglesia, resuena el grito de batalla de Satanás: «Que no haya cristianos». Y tras las espaldas atormentadas de los cristianos perseguidos suena la salvaje furia de Satanás: «Que no haya cristianos». En las calles, en las plazas, en los hogares, en las celdas de los conventos resuena su árido alarido «Que no haya cristianos». Y ansioso de resecar la sangre el diablo secretea: «Que no nazcan los cristianos».
Hoy en la fiesta de la Virgen hay muchos ángeles en este lugar, porque donde está María siempre hay ángeles. Que haya muchos cristianos que vengan a este lugar a encontrar a los ángeles que aquí les sirven porque Dios quiso ser servido aquí.

domingo, 19 de julio de 2015

"Et præcepit illis, ut accumbere facerent omnes secundum contubernia super viride fenum"


Dominica XVI per annum

Hace muchos años, no sé bien cómo llegó al monasterio un borreguito sin pastor. Cuando llegó era una delicada criatura que causaba ternura y simpatía en los rostros de todos. Sus balidos semejaban una risa y sus redondos ojos negros eran como espejos para cualquier alma que se asomara en ellos. Tenía en su aspecto la magia de sacar a la superficie de cualquier corazón al menos una chispa de ternura, incluso de los corazones severísimos de algún magro atleta espiritual. Bueno, la bestiecita no se quedó así. Fue creciendo en la medida en que comía, pero su panza de rumiante imparable creció más rápido que el resto de su cuerpo. Al inicio estaba solo y tranquilo mientras pastaba en el jardín del claustro. Y después de pasar el día gozando del remanso de paz que es el monasterio, iba a dormir plácidamente en un establo chiquito que un hermano improvisó para él. Todo iba muy bien hasta que un día conoció la amistad. Sí, la amistad.
Un joven novicio alimentaba pájaros. Entonces el borreguito panzón pasaba por allí y se acercó curioso. El novicio tuvo la ocurrencia de ofrecerle una rama de alfalfa y el borreguito la tomó devotamente. Seguramente el sabor no era mucho mejor que el de los pastos del claustro, pero la ramita iba misteriosamente condimentada de amistad y eso lo cambió todo. A la tarde siguiente, a la misma hora, el borrego panzón estaba allí, junto a su nuevo pastor, esperando una ramita de alfalfa. Agradecido, el borreguito caminó con su pastor hasta su celda. Luego otros hermanos hicieron lo mismo, le dieron un pedazo de manzana, una zanahoria, un tallo de apio y así muchas más cosas. Y al borrego le dio por acompañar a cada uno de sus pastores. Como la panza del borrego crecía, pronto resultó inevitable que, al pasar por pasillos estrechos, la panza del borregote rozara los hábitos de los hermanos, de modo que todos se convirtieron casi sin darse cuenta en pastores con olor a oveja y con blancos hilos de lana adheridos a su negra túnica. Algunos para evitar el roce, apretaban el paso cuando el borrego los acompañaba; pero el borrego sentía que había algún peligro y también aceleraba el paso y se pegaba más a su pastor. Luego los hermanos probaron otra táctica para cuando se cruzaran por el camino con el borrego. Arrojarían alguna verdura y mientras el borrego iba por ella, ellos se echarían a correr para llegar a la celda sin olor a oveja. Al principio funcionó. Pero luego, cuando el monje se echaba a correr para llegar a su celda, el borrego recogía rápidamente la verdura y corría tras su pastor, quienquiera que fuera. No había remedio. Los hermanos corrían y, tras entrar en sus celdas, cerraban rápidamente la puerta y… el borrego aprendió a tocar la puerta: sólo quería recargar su panza en el halda del hábito de su amable pastor, pero nadie quería oler a borrego ni llevar bolitas de lana en su escapulario. Los hermanos querían ser pastores del borrego y lo alimentaban con amor, pero su olor era el problema. Puede parecer exagerado, pero en los edificios donde hay paso de ovejas se puede ver una diferencia de color en la pared. Donde pasan, dejan una ocre franja de mugre grasosa y terrosa a la altura de sus panzas.
Bueno, yo pienso que el problema se habría resuelto, al menos un poco, si nuestro borrego hubiera tenido cerca otros borregos, sin importar que tuvieran el mismo olor. Porque es verdad que es muy digno de compasión un borrego sin pastor. Pero todavía es más digno de compasión un borrego sin rebaño. El cristiano ha sido rescatado por Cristo, el cordero sin mancha ni defecto, para que vuelva a su rebaño, para que vaya a los suyos, a sus hermanos. Cristo se compadeció de la multitud porque andaban como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles muchas cosas, pero luego les mandó que se sentaran por grupos. Y, dice la Escritura, se sentaron en grupos de cien y de cincuenta, pues cincuenta es la cifra que implica el perdón, pues cada cincuenta años la ley mandaba celebrar el jubileo y perdonar las deudas, y también es la cifra de pentecostés, fiesta de comunión. Pues bien, no andemos como ovejas sin pastor. No andemos como ovejas sin rebaño.

domingo, 7 de junio de 2015

"Quæ est mater mea et fratres mei?"


Dominica X per annum

Con frecuencia los polluelos de las aves nacen todos más o menos al mismo tiempo. Pero también suele pasar que uno nace un día y al día siguiente nace otro, y luego, pasado otro día, nacerá otro, y al otro día, el último. Y si consideras que en los primeros días de nacido cada polluelo llega incluso a duplicar su tamaño de un día para otro, bueno, cuando nazca el último, el primero será monstruosamente mucho más grande que él, corriendo el riesgo terrible de que el más pequeño muera aplastado o que al momento en que los padres vengan a ofrecer comida, simplemente el más grande logre estirar más el pescuezo para acosar a los padres y recibir el alimento. Algunos pájaros se esfuerzan por ser muy igualitarios, de modo que se las ingenian para llegar al polluelo más pequeño, atravesando los gritos de asedio de los mayores, y así lo alimentan y poco a poco emparejan el tamaño de las crías.
Entre las rapaces, en cambio, sucede a menudo que la madre tiene un predilecto, que escoge sin que nosotros comprendamos exactamente por qué. Y si escasea el alimento, la madre no dudará en sacrificar a los otros para alimentar al predilecto. Lo cierto es que, a la hora en que el aguilucho se convierta en un ave fuerte, se marchará del nido sin decepcionar por ello a la madre ni causarle dolor. Es más, muchas aves ahuyentan a picotazos a las mismas crías por las que pusieron en peligro sus vidas, precisamente cuando ya son capaces de conservar la vida y volar.
Nosotros los humanos también conocemos la predilección. No somos igualitarios en el afecto. Un vínculo especial nos une a nuestros parientes, y esperamos de ellos mucho más que de otras personas. Algunos amigos ocupan un lugar muy especial del corazón. Y nuestro corazón se ensancha en la medida en que ellos lo pueblan. Somos más afectuosos con unas personas que con otras. No somos igualitarios en el afecto, no podemos serlo.
Con toda verdad un célebre predicador enseña que cuando mostramos nuestro cariño a las personas, «queremos que estén a la altura del ideal que tenemos de ellas; queremos que desarrollen las buenas cualidades que hemos descubierto en ellas; queremos que aprecien las mismas cosas, las mismas personas, que nosotros. Y si forma parte de nuestro trabajo diario influir en otras personas, casi inevitablemente nos hacemos más afectuosos con unas que con otras. El maestro tiene sus alumnos favoritos; la madre incluso descubre que tiene favoritos entre sus propios hijos, aunque tiene mucho cuidado de que nadie se dé cuenta de ello. Lo más común en el mundo es ser afectuoso con alguien, y por esta razón intentar influir en él en la buena dirección; ilusionarnos con ello, hacer planes al respecto. Y en la medida en que te haces viejo y te queda menos vida propia por vivir, eres más propenso que nunca a vivir en las vidas de otras personas: el padre en el hijo, el maestro en su alumno inteligente, el sacerdote en las almas prometentes, y así sucesivamente».
Alguien me dijo una vez: «¿Sabes qué pasa cuando un tonto se rasura la barba? Bueno, vas al lavabo y miras el espejo lleno de venditas». Es chistoso, pero en realidad es algo que nos sucede a todos. Al enfrentarnos con la dificultad de curar nuestras propias heridas, ponemos la venda en el espejo. Y nos resulta más fácil arreglar la vida de los demás, vivir la vida de los demás… sobre todo cuando hay menos remedio a los achaques de la nuestra. Todo eso es muy obvio, pero precisamente por eso fácilmente nos decepcionan las personas que queremos.
Ciertamente, enseña un predicador, el Señor Jesús experimentó también esa decepción; pero no a la manera como nosotros la experimentamos, como algo que no esperábamos, algo que no sabíamos que ocurriría. En su ciencia perfectísima el Señor sabía que sería traicionado y sabía quiénes no creerían en él. Sin embargo, quiso probar el sentimiento tan nuestro de la decepción cuando sus parientes no creyeron en él, precisamente ellos que deberían sentirse más orgullosos de él. Y seguramente entre aquellos de quienes dijo: «Éstos son mi madre y mis hermanos», se encontraban muchos que no estarían con él en la cruz. Esos mismos serían un reino, una familia dividida por el miedo, el abandono, la traición. Es que en este sentimiento de decepción está toda la historia de nuestra humanidad y de la Iglesia. Desde Adán hasta nosotros. Pienso en esto cuando leo muchos de los ataques a la Iglesia por los que no creen. Hay un sentimiento rencoroso, oscuro, hasta morboso, por el hecho de que también la Iglesia decepciona. Es verdad, no siempre cumplimos la voluntad de Dios. Y sin embargo, una cierta ternura afectuosa me viene al pensar que también los que reprochan a la Iglesia su decepción, también ellos han decepcionado una y otra vez el afecto de los suyos. También han mentido o se han dejado arrastrar por mitos que no han comprobado con sus ojos, también han fallado y han traicionado sus principios, también han sido intolerantes con quienes no piensan como ellos: también han pecado. Dios santificó el sentimiento de decepción al haberlo atravesado todo entero, bebiendo su cáliz. Y lo hizo porque sabe muy bien que no podemos dejar de decepcionar: algo de nosotros puede ser mejor pero rara vez cambia del todo. Lo hizo también porque sabía que nuestro afecto no puede dejar de decepcionarse, porque tus padres y hermanos dejan de creer en ti, o el hijo predilecto emprende malos pasos, el amigo del corazón se aparta, o el aspirante a discípulo deja el arado y mira hacia atrás. No podemos dejar de decepcionarnos. Y sin embargo nuestro afecto desilusionado tiene aún mucho que enseñar, como el afecto decepcionado de Cristo todavía hoy nos enseña a amar y creer en nuestra humanidad.
Eso nos diferencia de los demonios. Ellos no se dividen por la decepción, pues nunca esperan nada bueno de los suyos. Su amistad y unidad siempre encuentra lo que busca: hacer peor al otro y por eso no esperan nada bueno ni de los hombres ni de los mismos demonios. Nunca se decepcionan. Que no sea así entre nosotros. Esperemos lo mejor de los demás, aunque nos decepcionen. Demos siempre lo mejor de nosotros, aunque siempre decepcionemos.

domingo, 24 de mayo de 2015

"Sicut misit me Pater, et ego mitto vos"


Cuando Dios modeló al hombre del barro de la tierra, hizo su cabeza redonda para asemejarla al cielo. Y puso en su cabeza cuatro sentidos y el quinto sentido lo repartió en todo su cuerpo. Así, su cabeza sería de un modo especialísimo una morada de Dios, un pequeño firmamento de astros encargados de ver, oír, gustar y oler.  Este firmamento sería imagen de la morada eterna del Padre y del Hijo. Pero el resto de su cuerpo habría de ser una imagen de la morada del Espíritu Santo. Por eso cuando Cristo modeló su Iglesia no la creó de barro ni de costilla humana. La modeló de sangre y agua, y sopló sobre ella su Espíritu Santo para que fuera su cuerpo místico.
Fíjate bien, el alma humana está toda entera en el cuerpo, y toda entera en cada una de sus partes. Y no puedes decir que tu alma está más en tus ojos que en tus pies. De un modo semejante está Dios todo entero en todo el mundo, y todo entero en cada parte del mundo, de modo semejante Y también así como está Jesucristo todo entero en la hostia y en cada una de sus partículas, así está el Espíritu Santo en cada uno de los miembros de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Con toda verdad el Apóstol enseña que en la Iglesia «Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diferentes actividades, pero Dios , que hace todo en todos, es el mismo». Porque así como en un cuerpo ninguno de los miembros tiene el alma en mayor o menor medida, tampoco ninguno de los miembros del cuerpo de Cristo posee el Espíritu Santo en mayor o menor medida. «En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque así como cuerpo es uno y tiene muchos miembros y todos ellos, a pesar de ser muchos, forman un solo cuerpo, así también es Cristo».
Todavía más. El Señor cuando se presentó a sus discípulos les entregó el don de la paz, le mostró las manos y el costado, y volvió a entregarles la paz. Entonces les dijo: «Como el Padre me ha enviado, así los envío yo». ¿Pero a dónde los enviaba aquél que había sido enviado a cumplir la voluntad del Padre? ¿A dónde los enviaba aquél que había nacido para la cruz? Los enviaba precisamente a sus manos y su costado llagados. Ése sería su camino. Pues eran la única puerta abierta en la casa donde se hallaban los discípulos al anochecer del día de la resurrección. Las manos perforadas y el costado traspasado de Cristo son la única puerta a la que somos enviados. Son puertas que conducen a la morada del Espíritu Santo, que es misericordia y perdón de los pecados. Y así como el Espíritu está todo entero en el cuerpo que es la Iglesia y en cada uno de sus miembros, así también todo el Espíritu, que es misericordia de Dios, está en las llagas de Cristo y en las heridas de cada uno de sus miembros. Cristo te envía a sus llagas, las llagas de su cuerpo. Cristo te envía a completar lo que falta a su Pasión. Cristo te envía a las llagas que tus hermanos han abierto en ti para que desates la indulgencia y perdones. Cristo te envía a la herida que has abierto en tu prójimo, para que pidas perdón y recibas misericordia.
Pero por esa puerta no se entra con vana curiosidad, como quienes vagabundean en torno a un accidentado. Por esa puerta sólo se puede entrar con la paz que Cristo nos dejó. Que la paz del Espíritu de Jesucristo nos habite siempre para que por ella vayamos a aliviar las heridas de la Iglesia.

domingo, 3 de mayo de 2015

Nos autem gloriari oportet in Cruce Domini nostri Iesu Christi


In festo inventionis Sanctæ Crucis DNJC


En el principio, cuando Dios creó todo, plantó un jardín en Edén para que el hombre lo habitara. En el centro del jardín puso Dios dos árboles: el del conocimiento del bien y del mal y el árbol de la Vida. Dios prohibió al hombre comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Pero el hombre comió y la desobediencia entró en él. Entonces comenzó a llorar y a sudar por sus fatigas. Y el llanto de sus ojos y el sudor de su frente alimentaban secretamente al árbol prohibido que comenzó a crecer más y más y extendía sus ramas por doquier. Sus oscuras hojas lo cubrían todo, como una hiedra tenebrosa que le escondía la tierra al sol. Nada bello germinó sobre la tierra que no se corrompiera porque las densas ramas del árbol de la desobediencia lo opacaban todo. Hasta que un día un rayo de luz atravesó las tinieblas con que el árbol del pecado cubría la tierra. Ese rayo de luz era Dios. Dios se hizo Niño. Y el Niño era un Cordero. Por eso lo adoraron los pastores. Y los reyes de la tierra le ofrecieron oro, incienso y mirra. Con la mirra Niño hizo un clavo de obediencia para sus pies; con el incienso hizo los clavos de pobreza para sus manos, y con el oro hizo una lanza de pureza para su corazón.
Así, pues, el pequeño Niño, el Hijo del Cielo, guardó celosamente en su corazón estos clavos y esta lanza. Y con ellos fue en busca del misterioso árbol de la Vida, ése otro árbol que Dios había puesto en las entrañas del paraíso. De ese árbol tomaron forma las estrellas y las aves que Dios puso en el cielo. Y todos los árboles y plantas del paraíso una y otra vez imitaban su forma con sus ramas, en sus hojas y en sus flores. Ese árbol de la Vida era la Cruz.
Pero el diablo, enemigo de todo lo bello, sospechó que en la belleza del árbol de la Vida se ocultaba un misterio de la bondad divina, y quiso ocultarlo vistiéndolo de toda ignominia. Así, el árbol de la Cruz fue cubierto de oprobio, horror y vergüenza. Hasta que el Príncipe del Cielo, Nuestro Señor Jesucristo, le salió al encuentro. Cuando Cristo encontró el árbol de la Cruz, las más tensas fibras del misterioso árbol se estremecieron. Cristo lo abrazó con ternura infinita y con un dulce beso le devolvió la honra que el diablo le había arrebatado.
En efecto, este árbol no es como el árbol del conocimiento del bien y del mal, que se nutre de las lágrimas y sudores de los hombres. Este árbol se nutre de la sonrisa divina, y por eso el tierno beso de Cristo le devolvió toda su nobleza y su fuerza. El hacedor de todo confió entonces en los brazos de la Cruz sus manos sagradas. Y el pie de la Cruz sostuvo los pies santos con que él vino a buscarnos. Sus misteriosos clavos la adornaron, y por ellos derramó no amargo sudor ni lágrimas, sino dulce sangre y agua, el vino mejor de su reino. Así ascendió por esos clavos a la cruz y se hizo fuego, fuego de sangre, fuego de amor. Y este fuego consumió las sombrías ramas venenosas del árbol del pecado, abriendo paso así a la luz de la gracia que hace florecer y fructificar todo.
Por eso la Iglesia se alegra cada año al celebrar el nacimiento del dulce Niño que al devolvernos el árbol de la Vida nos ha dado una escalera al cielo. Y no deja la Iglesia de mostrarnos los tres misteriosos clavos y la lanza. Pues apenas celebra el nacimiento de Cristo, celebra luego la fiesta del martirio de San Esteban que siguió a Cristo hasta el cielo obedeciendo fielmente el mandato del amor a los enemigos: es la fiesta del clavo hecho de mirra con que Dios sujeta nuestros pies para que muramos a nuestras voluntades rebeldes y nos confiemos obedientes a su voluntad. Luego celebra la Iglesia la virginidad del Apóstol San Juan, fiesta de la lanza hecha de oro purísimo, el oro de la caridad divina que ha sido derramada en nuestros corazones. Y finalmente celebra la Iglesia la fiesta de los clavos de incienso que son la pobreza que nada aferra y todo eleva al cielo: la celebra en la flor de los mártires, los Santos Inocentes, que siguen a Cristo en la pobreza más extrema al no tener más riqueza que su vida y aun ésa también se les quita sin que opongan resistencia.
Queridos hijos e hijas, esos santos rodean la cuna del Salvador y su Cruz, y nos enseñan a crucificarnos con Cristo para ascender al cielo por la obediencia, la pureza de corazón y el amor a la pobreza. Es que la obediencia es un clavo que sujeta nuestros pies y nos hace permanecer donde Dios quiere que estemos, cumpliendo su mandato de amar incluso a nuestros enemigos. La castidad es una lanza que abre nuestro corazón al amor de Dios. Y la pobreza es clavo que abre nuestras manos para que no aferremos nada y estemos abiertos a recibir todo de Dios. Ascendamos por ellos a la Cruz. Y por la Cruz ascendamos al cielo.

domingo, 19 de abril de 2015

"Pax vobis"


Dominica III post pascha

Un Doctor eminentísimo enseña: «quéjate lo menos que puedas de los agravios que recibas, pues de ordinario peca el que se molesta; porque el amor propio siempre nos pinta las injurias mayores de lo que son; y sobre todo, nunca hables de tus resentimientos a personas propensas a indignarse y a pensar mal. Pero si acaso conviene dar a alguno la queja, ya sea para remediar la ofensa o ya sea para aquietar el espíritu, ha de ser a personas pacíficas y que amen mucho a Dios; porque de otra manera, lejos de aliviar tu espíritu, lo llenarán de mayores inquietudes, y en lugar de sacar la espina que molestaba, te la enterrarán más en el pie».
Por esta razón el Señor al presentarse resucitado a sus discípulos los saludó diciendo: «La paz esté con ustedes». Y al decir esto, no sólo deseaba que sus discípulos fueran pacíficos, sino que el Creador de todas las cosas al decir «La paz esté con ustedes», creaba en ellos la paz. Bien sabía el Señor que el gran trabajo de sus discípulos sería apacentar sus ovejas, es decir, aliviar los corazones del rebaño inquieto. Y para esto se requiere ser pacífico y amar mucho a Dios.
Un monje solía decir: «recuerdo que, cuando vivía yo en el desierto, disponía de una pluma para escribir que, a mi parecer, era o demasiado gruesa o demasiado fina; tenía también un cuchillo cuyo filo, achatado sobremanera, apenas si podía cortar; una piedra de sílex  cuya chispa no brotaba lo bastante prontamente para satisfacer mi afán de leer enseguida; y entonces sentía yo nacer en mí tales oleadas de indignación, que no podía menos de proferir maldiciones, a veces contra esos objetos insensibles, a veces contra el mismo Satanás. Ello es una prueba contundente de que de poco sirve no tener a nadie con quien enojarnos. Si no hemos alcanzado antes la paciencia, nuestra ira se desencadenará incluso contra las cosas inanimadas, a falta de quien pueda sufrir el golpe».
La falta de paciencia es contraria a la paz. Cristo al darnos la paz y mostrarnos sus heridas quiso enseñarnos que cuando se hace el bien se reciben heridas y que la paciencia nos libra de la ceguera de la ira, del estrabismo de la envidia, de la miopía de la venganza. En una palabra, la paciencia es el colirio que mantiene la claridad de nuestros ojos en medio de las fatigas y dolores que nos vienen por realizar el bien.
Muchos hombres han abandonado la esperanza por no haber tenido paciencia. Porque la esperanza es una dulce lucecita que brilla en las noches oscuras de los hombres, nace en sus corazones cuando duermen, pero escapa de ellos si no la arrulla el constante vaivén de la paciencia, cuna natural de la esperanza en la que se cobija como una niña pequeña. Muchos hombres han dejado apagarse el fuego de la caridad en sus almas por no haber sido pacientes. En la paciencia descansa seguro el fuego de la caridad, de ella se nutre, se aviva y toma fuerzas. Es que la caridad es un cálido hogar, cuyo fuego se alimenta de espera ardiente mañana, tarde y noche. Muchos hombres han perdido la fe por no haber tenido paciencia, pues la paciencia es la tierra que hace del grano de mostaza el ingrediente secreto, es la rama y el nido, es la pala y el pico con que se mueven montañas.