jueves, 26 de julio de 2012

"Simile est regnum cælorum thesauro abscondito in agro"

In festo sanctæ Annæ, matris BMV

La Virgen María vino al mundo envuelta en milagros. Muy grandes milagros. Sus padres, Joaquín y Ana, eran ancianos y no tenían hijos. Por eso Joaquín, su padre, un día se retiró a la cima de una montaña alta, formada de rocas desnudas, esterilizadas por la fuerza del viento, el fuego ardiente de los rayos del sol y la helada pureza de las nieves. Joaquín subió a la montaña dispuesto a  no tener otro alimento que la plegaria. En su ayuno clamaba a Dios diciendo: “No bajaré de la montaña hasta que me visites”. Ana, en cambio, se fue a descansar en un jardín bajo un laurel mientras lamentaba ante Dios su esterilidad y la lejanía de su esposo. Debajo del laurel contemplaba un nido de gorriones que festejaban con cantos la vida nueva y despreocupados tomaban granos de los campos fecundos para nutrir a sus polluelos. Al cabo de cuarenta días con sus noches, el Ángel del Señor visitó a los dos ancianos. “Ana, Ana, el Señor ha escuchado tu oración”; “Joaquín, Joaquín, el Señor ha escuchado tu oración”.
La Virgen María fue concebida milagrosamente. Es hija de la oración que nace en la montaña del ayuno, donde los hombres desafían el cielo. Y es también hija del descanso glorioso, escondido y solitario. María fue concebida en la montaña de las preocupaciones de los hombres y en el jardín de la vida contemplativa.
Por eso la niña que nació tenía en su corazón la riqueza del ayuno, y la abundancia de quien asciende para extender las manos vacías hacia Dios y recibir en ellas el cielo entero. Hace falta subir a la montaña de las fatigas humanas para ser dueño del cielo. Hace falta el ayuno del corazón para saciarse de Dios por el deseo. Hace falta caminar la senda de la renuncia para tocar la áurea puerta del santuario más íntimo de Dios y obligarlo a visitar nuestra pobreza. Por eso la niña que nació era la más pobre de todas.
Esta niña no tenía en su corazón otra ocupación que el descanso contemplativo. Sus ojos de niña gozaron viendo la libertad confianzuda de las aves del cielo. Aprendió de ellas a no sembrar ni cosechar ni amontonar en graneros. Era una niñita de su tierra, y con sus manos buscó en la tierra su alimento. Y como las aves del cielo, la niña fue rica porque era pobre. Por eso la niña que nació era la más rica de todas.
Concebida debajo de un laurel, le devolvió al mundo su corona de gloria, la gloria abandonada en el funesto árbol de la prueba. La niña más rica y noble le devolvió al mundo su esplendor. Y sin embargo siempre vivió a la sombra de la gloria, escondida, oculta en Dios. Es dueña de muchos milagros y señora de grandes misterios. Y sube presurosa las montañas de la plegaria para servir a los pobres, para cuidar a los ancianos, para velar por los niños.
Pero nadie puede llevarse a esta dulce niña a su casa si no va a habitar primero por debajo de la gloria del mundo; nadie puede llevarse a esta Señora de milagros a habitar en su casa sin antes estar con ella al pie de la cruz, en la montaña de la plegaria, a la sombra de la vida, allí donde anida el amor y el dolor se consume.
Que esta Virgen gloriosa nos conceda ocultarnos bajo la sombra de la vida, bajo la gloria de Cristo crucificado. Que él nos la conceda como Madre, a nosotros, sus hermanos que lo hemos conducido a la montaña de nuestra muerte. Y mirándola a ella, nos llame con amor y nos bendiga.

viernes, 22 de junio de 2012

"Qui memor es Mori, longæ tibi tempora vitæ sint, et ad æternam peruia porta, mori".

«Aquí yace Joan, la querida esposa de Tomás Moro, que quiere sea también la tumba de Alice y la mía. Una de ellas, unida conmigo en los años de nuestra vigorosa juventud, me dio un niño y tres niñas que me llaman padre. La otra ha sido mujer tan dedicada como si los hijos fueran suyos, una cualidad muy rara en una madrastra. Una vivió su vida conmigo, y la otra vive todavía conmigo de tal guisa que no puedo decidir cual de las dos es más amada. ¡Qué felices hubiéramos vivido los tres si el destino y la religión lo hubieran permitido! Pero la tumba nos unirá y rezo para que el cielo también nos una. La muerte nos dará lo que la vida no pudo».


Epitafio de Santo Tomás Moro

sábado, 16 de junio de 2012

"Puer autem crescebat": San David Uribe

«Los hermanos antes citados [sus hermanos mayores Atilano y Vicenta], afirmaban que desde niño manifestaba una marcada tendencia al ministerio sacerdotal. Muchas veces lo vieron jugar a decir Misa y predicar.
Cumplidos los catorce años, manifestó a su padre su ardiente anhelo de ser sacerdote y le rogó le permitiera ingresar al seminario de Chilapa.
D. Juan le negó el permiso aduciendo que los demás hijos también querrían hacer carrera y él no podría tener preferencia por ninguno; por otra parte, añadía el papá, el trabajo era necesario para el sostenimiento de la familia.
Cuantas veces insistía David, encontraba la misma respuesta.
“Un día, narraba su hermano Atilano, nos encontrábamos trabajando en el campo, mi padre, mi hermano David y yo. Platicábamos después de comer cuando de pronto mi hermano se subió a una piedra y comenzó a predicarnos. Como viera que mi padre y yo seguíamos conversando sin prestarle atención nos dio la espalda y empezó a decir a voz en cuello: ‘Vacas y caballos, burros y perros, lagartijas y chapulines… escuchen la palabra de Dios porque los humanos no quieren hacer caso’.
No recuerdo qué más decía porque en realidad no me fijé en él sino en mi padre que lo miraba entre pensativo y sonriente.
Entonces dije: Padre, deje ir a este hombre al Seminario, yo pienso que es pa’ cura. Creo que mi padre pensaba lo mismo porque luego le dio permiso y él mismo lo llevó a Chilapa”».


Tomado del libro Beato P. David Uribe Velasco. Vida y martirio, escrito por el R.P. José Uribe Nieto.

jueves, 14 de junio de 2012

"Merear, Domine, portare manipulum fletus et doloris; ut cum exsultatione recipiam mercedem laboris"


«Los verdugos, repuestos del asombro que la presencia de la Madre desolada les había causado, colocaron a Jesús sobre el madero afrentoso. Iban a enclavarle. María lanzó un grito sin ejemplo al ver los clavos y el martillo en manos del verdugo. Cristo, tendido sobre la cruz, envió una sonrisa de amor a su Madre. Juan y Magdalena arrancaron de aquel sitio a María conduciéndola a una cueva que se hallaba a pocos pasos de allí. De pronto se oyó un ruido seco, desgarrador, espantoso; era el sangriento clavo que, horadando la carne, clavaba la mano derecha de Jesús en el vergonzoso madero. Ante aquel sonido enmudecieron todas las gargantas; pero en medio de aquel universal silencio se escuchó un lamento doloroso que penetró en todos los corazones, y que salía del fondo de la cueva. Aquel grito de dolor brotaba del fondo del alma de la Madre de Jesús. Cuatro veces cayó con fuerza sobre el duro clavo el terrible martillo, y su sonido, seco, aterrador, llegaba hasta el corazón de María, desgarrándole como si fuera la punta de un puñal. La sangre saltaba al rostro del verdugo. Jesús se agitó dolorosamente sobre el madero. Entonces uno de los sayones, que observaba con frialdad el espantoso martirio del Galileo, se puso de rodillas sobre el virginal pecho de Jesús.
–"Ya está este brazo"–dijo un bruciano limpiándose la sangre purísima de Jesús que había salpicado su rostro.
–"Pues al otro, y acabemos".
Pero ¡ay! cuando los verdugos se apoderaron de la mano izquierda para clavarla, vieron que no llegaba al sitio donde estaban indicados los agujeros. Entonces… ¡horrible pensamiento! ataron una cuerda a la muñeca de Jesús, y apoyando un pie sobre una piedra, tiraron brutalmente, hasta el punto de dislocarle los hombros. El pecho de Jesús se levantaba con una agitación espantosa, y el infame verdugo hundía con más fuerza en él sus rodillas.
La mano izquierda fue clavada por fin. Los clavos tenían nueve pulgadas, eran triangulares y de cabeza redonda. La punta ensangrentada salió por el otro lado de la cruz. Faltaban los pies, y los colocaron sobre el punto de apoyo el uno sobre el otro. Dos clavos esperaban la carne para horadarla. Diez martillazos terminaron el horrible martirio. Jesús quedó enclavado, y fue levantado a la vista de las naciones. Entonces resonó un grito de alegría alrededor del Gólgota».

Tomado del libro El mártir del Gólgota, de Enrique Pérez Escrich

miércoles, 13 de junio de 2012

"Erat autem nox": San David Uribe

«Erat autem nox. Era pues de noche. Noche en la mente de Judas; mente obnubilada por la nefanda codicia. Noche en su corazón, negro por la pérfida cobardía que le llevara al ominoso suicidio, miserable preludio de la noche sin esperanza de aurora.
La Hora de las Tinieblas, había dicho el Dulcísimo Jesús en cuya mente divina sólo había luz; en cuyo corazón, el indómito valor de un amor sin orillas. No le quitaban la vida; Él la daba para volverla a tomar. El triunfo del Príncipe de las Tinieblas sería momentáneo… aparente.  La luz del Divino Resucitado, sobre quien la muerte no tendría ya dominio, jamás se apagaría. La luminosa sencillez de la Tumba Vacía vencería al Poder de las Tinieblas.
Era de noche. Noche en la mente y en el corazón de aquellos epígonos del callismo que, por  mal razonadas, cobardes, diabólicas consignas, habían decidido la muerte del P. David Uribe.
En el mártir, en cambio, a pesar del natural y humano azoro que debe causar arrostrar la muerte, todo era luz. Había deseado ardientemente, así lo había dicho con frecuencia, dar su vida en defensa de su fe. ¡Cuántas veces pidió oraciones para obtener esa gracia! Sentía que para esa hora había nacido; que para eso había venido al mundo, para ser un testigo, un mártir de la Verdad. Anhelaba rubricar con su sangre lo que con su palabra y con su vida había predicado. Y… la detonación de aquel artero balazo en la nuca, hendió el silencio de las tres de la mañana de aquel doce de abril, Martes Santo, de 1927.
El cuerpo, exánime, cayó en la gleba de aquella tierra de labranza; cayó el grano de trigo; en el surco, para ser fecundo. Se quebró el alabastro para que el perfume de sus virtudes humanas, cristianas y sacerdotales empezara a llenar toda la Casa. Cayó el cuerpo y callaron los labios de quien sólo anunció cosas buenas, para que la elocuencia del martirio proclamara la fuerza del Evangelio.
Para él había terminado la noche y resplandecía ya el Sol que nunca tendrá ocaso.
Un mes antes de su sacrificio, el doce de marzo, escribía: “Terminada la noche del sufrimiento, aparecerá radiante el día de la felicidad. ¡Así Dios lo haga!”
Y el Señor… así lo hizo».

Proemio del libro Beato P. David Uribe Velasco. Vida y martirio, escrito por el R.P. José Uribe Nieto, de muy amada memoria.