domingo, 13 de junio de 2010

"Et osculabatur pedes eius et unguento ungebat"

Dominica XI per annum

Desde hace algunos siglos ha existido en la tradición monástica una curiosa práctica. En algunos monasterios se acostumbra que, al recibir a quien quiere entrar al noviciado para llegar a ser monje, el abad reúne a toda la comunidad en el coro, y entonces él mismo se arrodilla delante del postulante, le lava los pies y se los besa. Luego toda la comunidad le besa los pies y el abad le entrega entonces el hábito del monasterio.
El gesto es humilde y francamente incómodo. Tanto que son ya muy pocos los monasterios que conservan esta práctica. La Regla no prescribe este rito; pero en algún sentido se puede decir que es una exigencia del amor. Amar es ponerse a los pies del prójimo para elevarlo, para enaltecerlo.
San Benito manda recibir a los huéspedes como al mismo Cristo, pues él dirá: «fui forastero y ustedes me hospedaron». La comunidad honra a Cristo mismo en quienes vienen a vivir con nosotros; pero también se reconoce pecadora. Por eso se pone a los pies de quien quiere imitar a Cristo en el camino de perfección.
En adelante, el novicio tendrá que perdonar una y otra vez a la comunidad que en aquel primer día se puso a sus pies. Todavía más, desde aquel día, el monje principiante aprenderá el sagrado deber de leer los corazones para apreciar el amor con que Cristo es amado en él y no debe menospreciar nada del amor de la comunidad. Éste es el arte más difícil no sólo en la vida monástica. En un matrimonio sucede lo mismo. Muchas veces los esposos no quieren saber nada del amor con que Cristo es amado en ellos. Una densa nube de sospechas y rencores no les deja ver más que la mala vida de sus consortes. Perdonar más hace germinar mejor el amor. Pero nosotros muchas veces ya no queremos el amor. Perdonamos como quien limpia un terreno de abrojos y malezas, pero no queremos sembrarlo de nuevo. Claro que así bien pronto vuelve a vencer la maleza del odio y del fastidio.
El Señor Jesús perdonó los pecados de una mujer que se puso a sus pies mezclando lágrimas y perfume. Todo pecado ofende los pies de Cristo, porque cuando nuestro corazón se ensucia, Cristo sigue caminando en él. Cristo recorre en nuestros corazones la vida que nosotros recorremos con el corazón. Ensuciar el corazón es ensuciar los pies de Cristo.
Las lágrimas que vienen del corazón arrepentido lavan los pies de Cristo, y Cristo se inclina misericordioso para lavar con ellas el corazón del hombre. Pero las lágrimas no bastan. Hace falta el perfume del amor. Las lágrimas son fe confiada en que Dios puede perdonar nuestros pecados, pero el amor es el aroma del corazón perdonado. Sin la fe nadie puede salvarse, pero sin el amor, que es el perfume de la fe, el corazón del hombre se vuelve un fantasma, una sombra de sí mismo. En la vida futura, cuando vayamos al cielo, nuestras lágrimas se secarán con el resplandor de la gloria; pero el perfume de nuestra caridad y de las buenas obras se elevará ante los pies de Cristo como incienso exquisito. Que Dios nos conceda la fe necesaria para que nuestros pecados nos sean perdonados y que podamos por las obras del amor perfumar el mundo entero.

domingo, 6 de junio de 2010

"Noli flere!"

Dominica X per annum

Dice la Escritura: “La que es verdadera viuda y se encuentra abandonada, espera en el Señor y persevera en la oración noche y día". Por eso el Señor Jesús enseñó a orar a una viuda en Naím, cuando le dijo: “No llores”. El Señor dijo a la viuda: “No llores”, porque la oración necesita silencio. El llanto es nuestro modo de gritar al mundo nuestra soledad y nuestro abandono. Es la manera como el amor declara su viudez al universo entero. Y sin embargo, el Señor ordena: “No llores”, porque la oración necesita silencio, como un bebé necesita silencio para soñar con un mundo magnífico que aún no conoce. La oración es el sueño del alma, su vida interior y su reposo. Ningún ruido debe perturbarla.
El Señor dijo a la viuda “No llores”, porque la oración, como toda semilla, necesita la sequedad y la aridez antes de germinar. Un corazón seco es tierra preparada para la semilla de la oración; es tierra humilde y suave. En cambio, un corazón de fango y lodo es terreno resbaloso. Hace caer en el oscuro abismo de la desesperación a todos los que pasan por él. Un corazón seco acoge la semilla de la oración en espera ansiosa de lluvias benditas para abundantes cosechas. Pero un corazón enfangado con el lodo de la rebeldía desesperanzada, lo pudre todo.
El Señor dijo a la viuda: “No llores”, porque la oración es un pañuelo impregnado del perfume de la esperanza. Quienes enjugan con él sus lágrimas dejan en él su rostro doliente a cambio de la fresca claridad de la esperanza. La oración es la única sonrisa que el hombre puede imitar sin fingimiento, porque es la sonrisa de Dios, la sonrisa más sincera, la única sonrisa que no es absurda en medio del dolor.
La pobre viuda ni siquiera podía hablar con Jesús. El ruido de su llanto se lo impedía, su corazón era un terreno enlodado por las lágrimas, sus ojos estaban ciegos a la esperanza. Hasta que llegó Jesús y le dijo: “No llores”. Entonces el llanto se hizo oración que germinó en el silencio y dio frutos de esperanza.
El Señor no sólo dijo a la viuda: “No llores”, sino que en sus palabras le entregó todo cuanto necesitaba para no llorar. Le entregó el silencio del corazón y la sequedad; le entregó la esperanza. Pero sobre todo, le devolvió el amor vivo, al entregarle a su hijo. Muchas veces en la vida experimentamos la viudez del corazón, como cuando la esposa no puede ser lo que esperamos, y nuestros sueños mueren con ella. O cuando el esposo deja de luchar por una vida familiar como Dios manda, y así muere para su esposa y para sus hijos. O cuando los hijos se pierden en caminos oscuros, pisoteando las flores de la esperanza del corazón de sus padres.
Una y otra vez, en el silencio y la sequedad de la oración, Cristo nos entrega de corazón a corazón, lo que hemos perdido, el amor que nos hizo viudos. Es la oración lo que hace verdadera la vida que deseamos en los demás. Porque el hombre es siempre deseo. Siempre esperamos más de los demás. El corazón del hombre por estar arraigado en la tierra y al mismo tiempo pertenecer al cielo es siempre deseo. Tenemos solamente un corazón, que nos bastaría para vivir en la tierra, y sin embargo tenemos amor para vivir con otros muchos en el cielo. Y es que nadie se basta a sí mismo y, sin embargo, con el llanto lo gritamos todo.
Un día, cuando estemos juntos en el cielo terminará el deseo y renacerá el amor. Cristo nos devolverá todo cuanto amamos en esta vida, mucho o poco, y nos devolverá el amor, ese amor que muchas veces tuvimos que llevar a enterrar fuera de nuestros ojos, en tierra enlodada de lágrimas. Un día Cristo nos devolverá todo lo que no pudo ser, con su palabra compasiva: “No llores”. Ahora, en el tiempo presente, entre consolación y desolación pasamos del llanto a la oración y de la oración al amor resucitado hasta que vuelva Cristo y nos devuelva todo. Así sea.

domingo, 11 de abril de 2010

Pax vobis!

Dominica in albis

Es curioso, los evangelios nos cuentan grandes prodigios y milagros que realizó Jesús, cuando estuvo aquí, entre nosotros. La Escritura dice que él pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el demonio, porque Dios estaba con él. Y la Iglesia siempre vio una prueba de la divinidad de Cristo precisamente en las grandes obras y prodigios que realizó. Es más, cuando pensamos en Cristo, lo más natural es creer que todo lo bueno está al alcance de su mano. Si te fijas, Jesús nunca fundó instituciones. Ni siquiera la Iglesia es una institución; la Iglesia es esposa, una esposa que nació crucificada cuando Cristo dormía el sueño de la muerte. Pero una esposa siempre es mucho más que una institución. Cristo no fundó instituciones. Él no necesitaba otra mediación para traernos el bien. Cuando se le acercó un leproso, cuando encontró a un ciego, cuando llegó una viuda que perdió a su único hijo, Jesús no fundó hospitales, ni asociaciones de beneficencia o de asistencia espiritual. El Padre del cielo puso todo lo que había creado bueno en manos de Cristo. Él podía dar inmediatamente todo bien. Y parece que la Iglesia en sus primeros años gozó también de esta inmediatez respecto al bien. Dice la Escritura que “los apóstoles realizaban muchas señales y prodigios en medio del pueblo”, y que “tenían que sacar en literas y camillas a los enfermos y ponerlos en las plazas, para que, cuando Pedro pasara, al menos su sombra cayera sobre alguno de ellos… y todos quedaban curados”.
Sin embargo, todo este mediodía pascual, en el que la sombra de Pedro brillaba como antorcha, lentamente fue atardeciendo en la vida de la Iglesia. Muy pronto habría que elegir diáconos para el servicio estable de las viudas y de los pobres. La Iglesia vio sus sombras alargarse en la oscuridad de la noche y confundirse con las sombras del mundo. En medio de la noche ya no se oye hablar de grandes prodigios, sino de servicios ordinarios. Y sin embargo, en el corazón del anochecer resuena la palabra fiel de Cristo: “La paz esté con ustedes”. Y es que los discípulos de nuestro tiempo, los discípulos de este anochecer, no tenemos otra luz que la paz de Cristo. El Señor, que había dado a sus discípulos el poder de realizar proezas, no quiso perpetuar este poder en todos los discípulos que vendrían después. Quiso dejar en todos sus discípulos un único poder, el de la paz. “La paz esté con ustedes”. Y les mostró las manos y el costado. Entonces los discípulos se llenaron de alegría, la alegría propia de los pacíficos. Habían visto a través de las llagas de Cristo ya no el abismo desfondado del dolor inocente, sino el abismo de la misericordia, del perdón y la amistad. Dios mandó su paz a los hombres a través de las llagas de Cristo, como la luz risueña que se filtra a través de las grietas de los muros. En adelante los cristianos no tendremos a la mano un antídoto infalible contra el dolor, pero el dolor de nuestra vida será siempre una puerta para la luz de la paz que viene de Dios, porque en Cristo el perdón se hizo llaga abierta. Y cuando pecamos, y nuestra maldad nos pone en guerra contra nosotros mismos, no tendremos otra esperanza que buscar la paz perdonándonos mutuamente nuestras faltas.
Cristo nos envió  al mundo sin otra cosa que la paz. Fue lo único que puso en nuestro aliento, cuando sopló en nosotros la vida resucitada. Y esta paz es muy frágil porque viene todavía de una llaga abierta. Es mano abierta para bendecir y corazón abierto para la amistad y el perdón. Conservemos en nuestros corazones el soplo de Cristo, que es la paz, para que allí donde respiremos, se respire a Cristo. Amemos la paz, porque es el único poder que Cristo quiso entregarnos para salvar al mundo.

viernes, 25 de diciembre de 2009

In Nativitate Domini


Ad primam Missam. In nocte

Dios entró en el mundo en una noche profunda. Aquél que sondea los abismos se adentró en la oscuridad del mundo. Dígannos, pues, ángeles de Dios, cómo fue el nacimiento de la Luz en las tinieblas de la noche. El que toma las tinieblas de la noche y las extiende de un extremo al otro de la tierra y luego las toma de la mano para conducirlas de nuevo a su casita, ¿cómo nació en medio de la noche? El que es luz de luz, ¿cómo apareció entre las negras manitas de las tinieblas? El que no se mueve en el tiempo, ¿cómo se entregó en las resbalosas manos de la noche, entre sus dedos de horas de prisas interminables? Dígannos ángeles de Dios, ¿cómo nació la Luz eterna en esta noche?
Y cuéntennos, pastores, ¿cómo se perfumó el rebaño cuando nació el Cordero de Dios? Cuéntennos, ¿cómo era el perfume espiritual del primogénito, el aroma calmante de la Víctima, el aroma tan nuevo escondido entre el viejo olor de las ovejas?
Dinos, José, ¿cómo rasgó el silencio la sublime voz de Dios, esa voz que echó a andar a Abraham, que encendió de erupción el Sinaí e hizo resplandecer la oscuridad del rostro de Moisés, esa voz que hizo arder de rabia a los profetas? Dinos, José, cómo de  tus huesos secos brotó un río de llanto que se dividió en tus ojos cuando la tremenda voz de Dios pasó entre ellos; dinos cómo pasó solemne entre el torrente de tus pensamientos chillones el llanto de un niño para ir a refugiarse en tu corazón, su tierra prometida. Tú, río de llanto silencioso en que nació el llanto de Dios, llora con nosotros en el silencio, para que oigamos el llanto del amor, el grito de Dios.
Y tú, Virgen santísima, dinos cómo era el amor virginal, el amor que no conoce pecado, el amor que se engendra a sí mismo y nace. Dios, que fue para su pueblo “como los que alzan a una criatura contra sus mejillas” quiso ser levantado entre tus brazos contra tus mejillas. Dinos pues, Virgen purísima, lo hermosas que eran sus mejillas, como cántaros de hierbas perfumadas. Levanta contra tus mejillas de granadas la suave ternura que hace sonreír al mundo. Y enséñanos a reír como lo hizo Dios embriagado de ternura en esta noche santísima.
Dulce Niño, que en esta noche viniste a nosotros con los ojos cerrados ante la maldad del mundo, y abriste tus manos para acariciar el mundo, míranos con clemencia y no nos sueltes de tu mano. Enséñanos el camino de la vida que eres tú mismo. Sé nuestro bastón y apoyo en el camino, y mientras aprendes a caminar delante de nosotros, llévanos detrás de ti, como discípulos, y que siempre con amor nos inclinemos ante ti, el más pequeño de nuestros hermanos.

domingo, 6 de diciembre de 2009

"...fuit Ioannes Baptista in deserto prædicans baptismum pænitentiæ in remissionem peccatorum".

Dominica II adventus

Dice la Escritura que cuando Dios vino al mundo, nació en un pesebre de Belén porque ya no había lugar para él en la posada del mundo. Cristo vino al mundo y el mundo no lo reconoció. Por eso, cuando llegó el tiempo en que debía manifestarse a los hombres, «vino la palabra de Dios en el desierto sobre Juan, hijo de Zacarías». Juan, el joven profeta de soledades, nació del árido enmudecimiento de su padre Zacarías. Y mientras los poderosos se disputaban las tierras habitadas por hombres, Juan reinaba en el desierto. Es más, él era el desierto.
Sabemos bien que, curiosamente, los desiertos son la parte de tierra emergida más extensa de nuestro mundo. Su lejanía respecto a las fuentes de agua los deja a merced de la avaricia del viento. Reciben sólo la escasa humedad que el viento les quiera traer. Pero cuando se trata de ir tan lejos, el viento siempre prefiere viajar ligero de equipaje.
Es curioso, los antiguos consideraron el desierto como tierra de nadie, como un no-lugar. Y esto porque la vida en el desierto se construye en función de lo que falta, de lo que está lejos, de lo que no puede ser. En el desierto todo guarda silencio porque todo atiende a la voz del viento. En cualquier instante el viento puede hablar y proclamar que trae consigo una suave brisa del mar, para aliviar un poquito la lejanía. Bueno, el caso es que allí, lejos de las fuentes de aguas, la voz del Espíritu sopló suavemente sobre Juan el bautista. En el silencio del desierto, Juan escuchó una voz vacía, como un viento seco, tan seco que lo obligó a dejar el desierto y a marchar hacia la región del Jordán. Era la voz de Dios que tenía sed. Tenía sed de amigos, sed de justos, sed de misericordiosos, sed de hombres y mujeres que quieren comenzar de nuevo. Dios exhaló su ardiente aliento reseco, pronunció su palabra sedienta sobre Juan el bautista, y el pobre Juan marchó hacia el Jordán cargando con la sed de Dios.
Fíjate bien. Nadie que vea jugar a los niños en la fuente de nuestra Iglesia se preguntará al verlos tan incansables si nunca antes han jugado así. Y al verlos tan felices resollando cuando el agua los salpica, nadie se preguntará si nunca antes han tocado el agua. Y sin embargo, parece que verdaderamente están estrenando agua, y juegos, y vida. También Juan jugó con las aguas de penitencia como si nunca antes las hubiera tocado. Jugó con las aguas del Jordán como un niño ante la Puerta de la naciente Iglesia. El profeta de sequedades gozó secretamente al ver a los hombres y mujeres que se sumergían en las aguas de penitencia y resollaban aliviados, como se resuella después de un largo llanto. Con Juan, todo el desierto marchó hacia la frescura de la vida. Con Juan, todos jugaron con las frescas aguas de la penitencia. Y es que hacer penitencia es eso, dejar el desierto de la sequedad espiritual, de la lejanía de Dios y sumergirse en las aguas, jugar con ellas, resollar en ellas, como quien comienza la vida.
Que Dios nos conceda, por la penitencia y las buenas obras, prepararnos a la venida de su hijo como niños que juegan en las aguas de la vida, y mientras juegan se lavan, y mientras se lavan se purifican. Juguemos a hacer resollar de vida nueva a nuestros hermanos, a tu esposa, a tu esposo, a tus hijos, para que cuando venga Cristo, nos encuentre adornados con las perlas de agua viva que son la penitencia y las buenas obras.

domingo, 4 de octubre de 2009

"Sinite parvulos venire ad me. Ne prohibueritis eos; talium est enim regnum Dei"

Dominica XXVII per annum

Cada año, por estos días, nuestra montañita comienza a vestirse de milagro. Toda la montaña se cubrirá de pequeñas fuentecitas de néctar que se llaman flores. Y nuestras abejas, locas hiperactivas, fascinadas por el aroma meloso de las flores comenzarán una frenética fiebre de recolección. Unos mil litros o más. Si lo piensas, la montaña mana miel. El chiste es saber encontrarla.
La primera vez que trabajé en la cosecha de miel me parecía un trabajo exquisito. Habría comido tanta miel si no fuera porque no conviene quitarse el velo que protege la cara mientras se trabaja. La dulzura perfumada atrae. Pero al siguiente año, extrayendo tanta miel, francamente quedé aburrido. Es siempre lo mismo. Comprendí entonces por qué las abejas viven tan poco. La mayoría no alcanza a disfrutar las seguridades de su propio trabajo y está bien. Lo que almacenan se queda para nutrir la nueva generación de abejas y, por supuesto, para nosotros los hombres. Creo que si tuvieran que hacer esta recolección una segunda vez ya no tendrían ni el humor ni la misma tenacidad. La muerte las libra de la aburrición y del tedio.
Cuando Dios te llama a la vida matrimonial, despiertas de la pesadez de tus sueños y tus ojos se abren a la realidad más bella. Todo se cubre de flores espléndidas que te fascinan con su aroma matutino. Pero la vida no se detiene con la primer dulzura. Como joven sacerdote he visto muy de cerca el cansancio, el aburrimiento y la desesperación de muchos matrimonios. También he visto el cansancio de algunos de mis hermanos en el presbiterado. Es como si el cansancio que exige la dulzura del primer día finalmente nos pasara la factura.
El Señor Jesús, médico de las almas y de los cuerpos, diagnosticó dureza de corazón. Por eso Moisés había recetado el divorcio. Moisés no tenía a la mano otro remedio. Hay matrimonios que no tienen ya más vínculo entre ellos que el odio y el tedio. El odio y el tedio se vuelven lazos tan poderosos entre sus corazones endurecidos que cuesta mucho trabajo desatarlos. Y si los cortas duele. Son carne viva. Moisés no encontró otro remedio. Había que cortar. Y una herida abierta siempre está expuesta a nuevas infecciones.
Jesús propone otro remedio. Una cirugía que no sólo corte con los lazos del odio y el tedio, sino que además rebaje los callos del corazón. Hay que limar el corazón hasta que quede chiquito, como nuevo, como el de un niño. Sólo así, con el corazón empequeñecido, puedes recibir al Reino de Dios que es tu esposa, tu esposo, los de tu casa. Un niño recién nacido recibe a los de su casa con un corazón pequeño y sin escrúpulos. Espera siempre algo bueno de los suyos, a pesar de todo. No le importa si el abuelo está viejo y enfermo. Le importa el cariño, el juego, la paciencia. En fondo no le importa si la mamá no es muy bonita. Le importa que es suya y que está cerca y que lo nutre. Le importa que su padre lo puede todo y no le importa que haya mejores.
Pero también es verdad que una vida matrimonial es mucho más difícil que esto porque hay más libertad interior y exterior en juego. Los niños crecen. Siempre. Es su principal tarea. Y la ropa de pequeños ni les queda ni les gusta. Todos crecemos, y la magia de muchas cosas se hace rutina, aburrición, rebeldía. Entonces el corazón se endurece. San Ambrosio, como muchos otros santos, cuando era niño jugaba a ser obispo. Cuando llegó a serlo descubrió que el mismo juego, tomado en serio exige también fatigas y cansancio.
Cuando el corazón se endurece por el tedio y las fatigas, el Señor Jesús nos manda recrearnos, ser como niños por la renovación de nuestras mentes. Fíjate bien, los ángeles no están sujetos al tiempo, por eso no tienen ni biografía ni historia. Son lo que deciden ser. Y no pueden dar marcha atrás. Sus existencias están de tal manera comprometidas con la pureza de su voluntad y de su inteligencia que no pueden retractarse, no tienen tiempo para arrepentirse. El ángel elige a Dios y es bienaventurado o elige la nada de donde fue sacado y se hace tenebroso y maléfico. Nada puede revocar lo que ha libremente elegido ser. Los hombres no somos así, aunque a veces tenemos la terrible tentación de tomarnos gravemente en serio. Somos la única criatura que puede iniciar, que puede crear algo nuevo, que puede ser niño para recibir el Reino de Dios. Y esto porque somos inicio. Nos fascina lo nuevo porque sin nosotros humanos, nada habría de nuevo bajo el sol, nada de nuevo en el universo.
Esto es el meollo de todo sacramento, lo nuevo que sólo el hombre a imagen de Dios puede hacer. Iniciar de nuevo es la tarea de todo matrimonio; dejar que Dios alegre nuestra juventud ante su altar es la tarea cotidiana de todo sacerdote. Que la gracia de nuestros sacramentos nos renueve cada instante y nos haga niños bajo las manos de Cristo, bendecidos por él.

domingo, 21 de junio de 2009

"Quid timidi estis? Necdum habetis fidem?"


Dominica XII per annum

Los discípulos no olvidarían tan fácilmente lo que sucedió aquella tarde. Imagina. Cansados de una larga jornada de trabajo, oyeron que Jesús quería todavía ir más lejos. Atravesar el lago al atardecer, de espaldas al sol que caía, era casi una locura. Como buenos pescadores, los discípulos conocían bien el dialecto oscuro del cielo cuando se avecina la tormenta. Y Jesús quería hablarles todavía, del otro lado del lago, de las cosas del Cielo. Por puro cariño y deseo de aprender, los discípulos comenzaron a cruzar lago adentro.
Jesús cómodamente se instaló en el fondo de la barca con un cojín bajo su cabeza. Y se quedó dormido el que es el día sin ocaso. Duerme, sueña. Sueña el que es la Verdad. Sueña con el reino, el reino de los Cielos. Sueña con las incansables risas de los niños y las esperanzas de los recién casados, sueña con el ciego que abrió los ojos a una nueva vida y con el paralítico que ahora camina, sueña con la fe de los humildes y la caridad de los sencillos. Duerme el Hijo del hombre, con la cabeza sobre un cojín, él que no tiene dónde reclinar la cabeza. Duerme Cristo, pero su corazón vela. Vela por la viuda que ha dado, en el templo del que es la Vida, todo lo que tenía para vivir. Vela por el huérfano que no tiene protección. Vela por el pobre y por los que sufren. El corazón de Cristo vela con el secuestrado, con el niño que no se le deja nacer, con la esposa abandonada a su suerte, con el adicto que ya no tiene sueños, sólo alucinaciones. Cristo sufre en ellos la pesadilla del dolor.
Un griterío lo sacó de su sueño. Los discípulos, mareados entre el viento y la tormenta, despiertan al Amigo con una pregunta desesperada: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Lo que no entienden los discípulos es que Jesús ya estaba bien hundido. Sí, bien hundido en la misteriosa profundidad del corazón humano. Cristo lo sabe todo.
Como niños asombrados por la magia de su padre, los discípulos contemplaron un milagro. La voz de Dios hizo callar al mar. Y el viento cesó. Y Cristo les habló de la fe: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” Es como si les dijera: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Les importa tan poco que me hunda en el profundo misterio de sus corazones, en sus gozos y en sus penas? Y es que eso es la fe. La fe no es una confianza ciega en que todo saldrá bien. La fe es la presencia real de Cristo en toda nuestra vida, en las buenas, en las malas y en las peores. Tener fe es saber que verdaderamente Cristo se alegra contigo y sufre contigo, como dice el Apóstol, “Ya sea que vivamos o muramos, somos de Señor”. A él le pertenecemos y “nuestra vida está escondida con Cristo en Dios”. A él la gloria por los siglos de los siglos.