viernes, 25 de marzo de 2016

"Spinas et tribulos germinabit tibi"


Feria VI in Parasceve

Cuando Adán pecó, desobedeciendo el mandato de Dios, una funesta oscuridad invadió la tierra. La voz de Dios resonó entonces: «Maldita será la tierra por tu causa. Con fatiga comerás de ella tu pan todos los días de tu vida. Abrojos y espinas te producirá». Entonces la muerte que Adán había comido comenzó a invadirlo todo. La fragilidad de la vida, ya intoxicada por la inyección letal del pecado y de la muerte, se volvió la preocupación y la fatiga más grande de todo cuanto brota en la tierra. En el afán de protegerse, las plantas se hicieron abrojos y espinos que ahogaban muchas veces con su preocupada ansia de vivir las buenas semillas. Y el hombre hecho de tierra también comenzó a producir abrojos y espinas de maldad y pecado. Y la buena semilla que Dios sembraba en su corazón muchas veces se ahogó por las preocupaciones de esta vida.
Por eso Cristo, el Señor, para darnos la vida verdadera, la vida que no conoce la preocupación de la muerte, quiso subir a la cruz, con su frente poblada de espinas. La tierra se oscureció bajo una sombra de espinos porque Dios se puso a los pies del hombre para que el hombre alcanzara el cielo. Y en esa densa nube de crimen y maldad sólo Cristo podía ver lo que nadie veía. Él era nuestra tierra buena, la tierra inocente de la que fuimos formados. Y él quiso sembrarnos de nuevo, ahora en su inocencia. En la frente de Cristo estábamos nosotros sembrados, abrojos enormes que lo oscurecían todo con la sombra de sus espinas. Hasta que lo ahogamos en la muerte. Pero él nos veía, y amó a cada uno de nosotros y por cada uno de nosotros se ofreció al Padre eterno para que a cada uno se le perdonaran sus pecados y recibiera la gracia. Con toda verdad un Maestro enseña que él «murió por cada uno como si cada uno estuviera solo en el mundo. Y no sólo esto, sino que en la cruz vio cada uno de nuestros pecados, cómo los cometíamos, los vio entonces, antes de que sucedieran, de la misma manera como los ve ahora cuando suceden. Esto afligió de un modo indecible su Sagrado Corazón, y rezó al Padre, y suplicó por cada uno para que, a cada uno, se le perdonaran los pecados». En la profunda sombra de nuestra muerte él nos vio, él nos amó, él pensó en nosotros. Y mientras, nuestros clavos, espinas, y lanza se hundían en su carne como raíces voraces ansiosas de alimento. Y la sangre de su carne inmaculada nos lavaba de la toxicidad del pecado, transformándonos de abrojos en cruces de vida eterna. Porque el hombre hecho abrojo se convierte en cruz cuando la sangre de la gracia lo transforma.
Por eso exultemos hoy y unamos nuestra voz para cantar el misterio de la memoria de Dios: «¡Bienaventurada memoria que se acordó de nosotros! ¡Dichosa la hora en que estuvimos presentes todos nosotros en el mismo monte Calvario! Sí, estábamos allí, no lejos de la cruz ni siquiera cerca, sino en la misma cruz, en la misma frente del Señor, en el mismo pecho de nuestro redentor. Allí nos abrazaba con inmenso amor, y nos ofrecía al Padre como cosa suya—espinas clavadas en su carne—, como si fuésemos él mismo para que así Dios nos aceptara».
En medio de las tinieblas una luz pequeña brilla hoy, como luciérnaga nacida de tierra recién fecundada. Es una luz que nace de la inocencia, la luz de la Virgen Madre. Y la Madre llora. Riega con lágrimas lo que el Hijo regó con sangre. Porque todo lo que nuestras espinas han hecho en la carne y en el alma de su Hijo amado, el amor lo ha hecho en su corazón de madre. El amor ha tatuado en su corazón toda la fealdad que desfigura la carne de Cristo. Y esa fealdad de Cristo es ya nuestra hermosura.
De la tierra buena en que Dios sembró su Palabra no ha quedado más que un sepulcro pedregoso. Los espinos han devorado todo. Pero entre las rocas del sepulcro hay dos corazones: el corazón amante de Cristo, y el corazón doliente de la Madre. Y así como la divinidad de Cristo no abandonará entre las piedras la carne y el alma que tomó de nuestra humanidad, tampoco el corazón de la Madre se apartará de ella. Donde está su tesoro, está su corazón. Y la Madre no tiene más tesoro que el corazón del Hijo. Con toda verdad un Maestro reza: «¡Feliz sepulcro, que guardas en ti un cuerpo y dos corazones!» Por eso el corazón de la Madre estará allí en la tumba, hasta que la tierra nueva vuelva a ver la luz y haga germinar la gracia de la resurrección: ¡Dichosos los pacientes!, porque recibirán la buena tierra en herencia, la tierra resucitada, la tierra pacífica que cumplirá por siempre la voluntad del Padre.

jueves, 24 de marzo de 2016

"Qui lotus est, non indiget nisi ut pedes lavet, sed est mundus totus"

Missa vesperina in cœna Domini

Nosotros muchas veces hemos atravesado una guerra. Una guerra terrible y devastadora. La guerra que se libra dentro de nosotros mismos. Esa guerra es una noche en la que nuestro corazón se agita insomne porque tenemos que decidirnos entre el bien y el mal, y muchas veces, de algún modo, el mal nos ha ya convencido. A veces sabemos que muchas de nuestras buenas obras vienen detrás de intenciones egoístas y que es mejor no hablar de ellas. No siempre podemos hablar del egoísmo que nos mueve a actuar porque si lo decimos, algo de nuestro obrar perdería su encanto y se haría reprochable. Por eso aprendemos a tener un cuidado especial, una falsa prudencia a la hora de actuar. A veces nuestra mente nos indica con mucha precisión cuál es el camino a seguir; pero nuestra carne habla en su propio favor y quiere seguir los vericuetos del amor propio y la pasión. Otras veces el corazón nos dicta sentencias de misericordia, pero algo visceral nos arrastra a la venganza, al odio, a la inclemencia. Dentro de nosotros somos una madeja de contradicciones.
Cristo no es así. Jamás hubo en él la lucha interior que todos libramos entre el bien y el mal, entre la carne y el espíritu, entre la razón y el corazón. Todo en él era la suprema armonía, la dicha perfecta. Y sin embargo, no podemos decir que Cristo no haya sido un combatiente. En él hay algo que hizo de su vida la más cruel de las batallas. Fue la tremenda contradicción entre su santidad incorruptible y todo lo que externamente le rodeaba. Él, el Hijo de Dios bajado del cielo vino a vivir en medio de nosotros, pecadores, y la diferencia entre nuestras almas y cuerpos corruptibles y su santidad incorruptible es infinita. Nosotros estamos tan acostumbrados al pecado, que poco nos contrista que el hombre peque; pero para quien no conoce el pecado, la diferencia entre la bondad y la maldad es un abismo vertiginoso, tremendo.
Algo de ello puedes intuir, por ejemplo, cuando amas la música y oyes un cantor desafinado; o cuando eres un experto cocinero y pruebas algo mal sazonado; o cuando eres un bibliotecario y miras a alguien robándose un libro, o cuando tratas de ser bueno y alguien comete en contra tuya una maldad que no creías merecer… no estás bien, no estás a gusto con eso. Pues bien, cuando no se conoce el pecado, la batalla interior ante la oscuridad de nuestros corazones es verdaderamente tremenda.
Así fue la vida entera del Señor Jesús. Y sin embargo, él no despreció nuestras tinieblas. Él que era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, quiso ser noche. En su pecho en esta tarde se celebra un solemne oficio de tinieblas. En su corazón resuenan hoy latidos con graves notas de una angustia de muerte. En esta noche él se sumerge en nuestra tiniebla, en la oscuridad de nuestra contradicción.
Con toda verdad un Maestro enseña que él no es como uno que vive entre los hombres y sin embargo se recoge las vestiduras para no manchárselas, apartándose y diciendo: «No me toquen, porque yo estoy limpio». Él, que estaba limpio, él que es la cabeza y las manos con que Dios obra todo en todos, no necesitaba lavar más que a nosotros que somos sus pies, manchados por la mugre del pecado, heridos por la tentación, lastimados por el odio. No, él no despreció lavar los pies de su Iglesia, sino que tomó una toalla, se la ciñó como se ciñe un vestido, y con ella secó los pies que lavó de sus amigos. «No, él marcha decididamente con el pecador y con el traidor, con el cobarde y con el fanático, porque ellos son realmente sus amigos». En la toalla que lo ceñía estaba toda su entrañable misericordia que seca lo que su muerte lavó.
En esta noche, su bondad desciende a nuestros pies. Y los ángeles del cielo miran asombrados cómo el hombre hecho de tierra ha quedado por encima de Dios. Esa pobre creatura opaca, sin alas espirituales para ascender, ahora sube. Sube porque Dios se abaja y le lava los pies de la mugre de sus contradicciones, de su pecado, de su maldad. Esta noche Dios cambia de casa. Transcurridos unos treinta años, tras haber caminado como hombre entre los hombres, ahora pasa de este mundo al Padre. Y nos lleva consigo, en la toalla de su memoria. Para eso hemos comido su carne y bebido su sangre, para que su amor habite en nuestros corazones y su gracia nos eleve y nos conduzca a la casa del Padre, donde se acaban las guerras, donde comienza la vida verdadera. 

domingo, 13 de marzo de 2016

"Magister, hæc mulier manifesto deprehensa est in adulterio"

Dominica V in quadragesima

Ayer me visitó un amigo que tiene un aviario. Hablamos de varias cosas relacionadas con las aves. Y a un cierto punto me contó que hacía pocos días había llegado a su casa un periquito australiano vagabundo. Lo acogieron en casa, le dieron de comer y de beber, y encargaron al hijo menor para que cuidara de él. Todo iba muy bien, el periquito se mostraba feliz y agradecido con su nueva familia. Hasta que una mañana desapareció. Nadie encontró huella de su vuelo. Simplemente no estaba más en la jaula. Lo buscaron por todas partes, pero fue inútil. La mamá, para animar al chiquillo encargado de cuidarlo, le dijo: «No te preocupes, seguramente volverá, pues tú le dabas de comer y es tu amigo». Pero comenzó a anochecer y la jaula permaneció vacía. El periquito simplemente no volvió. Sin embargo, a la mañana siguiente, el papá se levantó para alimentar sus aves y notó algo pequeñito cobijado entre dos grandes y hermosas cotorras blancas. Era el periquito que había vuelto. Y el papá comentó: «Bueno, no es nada tonto el periquito, regresó para cotorrear en grande».
Es curioso, algo así sucede en nuestros corazones. En todas nuestras búsquedas de amor queremos un amor siempre más bello, más compatible con nuestra necesidad que pronto se vuelve exigencia. Pedimos de los demás que nos amen con un amor infinito en belleza, en compatibilidad, en todo. Esperamos un amor siempre cortado a la medida y a la moda, y nos decepcionamos cuando ya nos queda chico o ya es aburrido, porque los demás no siempre pueden ser todo eso que pedimos de la vida. Unimos nuestras vidas buscando en el esposo o en la esposa un consuelo infinito a nuestra sed infinita de felicidad. Y como somos tan limitados, tan breves, no podemos saciar esa sed de eternidad en nadie. A veces los minutos son eternos, pero el tiempo siempre reclama lo suyo a la eternidad y lo borra. Y de todo lo que el tiempo se lleva, queda siempre nuestra sed de infinito. Siempre queremos algo más y parece que no lo encontramos en nada ni en nadie.
En el fondo, ésta es nuestra manera de intuir que estamos lejos de Dios, que nuestro corazón fue creado para amar al suyo, y que el corazón no encontrará reposo hasta que repose en él. Por eso nadie excepto Dios puede satisfacernos. El corazón vive exiliado, desterrado de su fuente y de su fin, y aquí la busca. Le ha sido dado encontrar consuelo en el cariño de los amigos, en su lealtad y generosidad, en la fidelidad de la esposa o del esposo, pero todo esto es sólo un don de la compasión de Dios. Sólo compasión y nada más.
Dios hizo al corazón humano para que le amara y hallara su felicidad en la infinitud de su amor. Y cuando nos apartamos de su amor por la desobediencia del pecado, el corazón siguió amando su misterio. La necesidad de Dios nunca desaparece. Incluso quienes no creen en él, de algún modo lo aman cuando anhelan una felicidad, una belleza, y un amor, que sólo se encuentra de modo infinito en él. Con toda verdad un Maestro enseña que del mismo modo que si alguien negara la existencia del agua, de todos modos sentiría sed, así quienes niegan a Dios igualmente lo anhelan y tienen sed de él.
Muchas veces el corazón cae en adulterio porque busca en otra parte la felicidad, la belleza y el amor que encontrará sólo en Dios. Nos abandonamos decepcionados, nos mentimos, nos engañamos porque no soportamos tener que esperar al infinito. El corazón nos urge a buscar lo eterno, pero nosotros creemos sólo en el tiempo y no queremos perderlo. En el fondo el adulterio es el extravío del corazón. Llevamos tanta prisa por encontrar el amor, la felicidad, la paz, que nos perdemos buscando por caminos espinosos y oscuros, lo que sólo encontraremos en el cielo.
Los amigos, las personas que amamos, la esposa, el esposo, no son sino dones que Dios pone en nuestra vida para calmar por un tiempo nuestra sed de infinitud, pero nunca podrán saciarnos para siempre. Su presencia en nuestras vidas presta un servicio a nuestra humanidad. El amor de los amigos y de un modo especial el amor familiar es un servicio que prestamos a la especie humana mientras marchamos hacia el encuentro con Dios. Tal vez nuestras familias y nuestras amistades durarían mucho más si entendiéramos esto y no exigiéramos de ellos lo que de por sí no pueden dar.
Algo así ha sucedido con la mujer sorprendida en adulterio. Seguramente todos tenemos en nuestras mentes mil caminos e historias que nos hacen comprensible su pecado. Pensaremos que no estaba plenamente feliz con su esposo, que algo ya no funcionaba, tal vez había sido traicionada o maltratada. Puede ser, pero ella buscaba algo que sólo pudo encontrar en Jesús. Cualquier hombre con un poco de sensibilidad pudo haberla salvado de una costumbre bárbara, de las piedras de una ley despiadada; pero sólo un Dios podía salvarla de sí misma. Y ése era el misterio. Sólo un Dios podía librarla de su interminable búsqueda de algo mejor, de sospechar que esta vez la felicidad y el amor verdaderos estaban a la vuelta de la esquina. Porque sólo Dios libra al hombre de la terrible sentencia que mucha veces dictamos contra nosotros mismos: «Te condeno a ser tú mismo». 

domingo, 17 de enero de 2016

"Tu servasti bonum vinum usque adhuc"

 Dominica II per annum

Normalmente nosotros pensamos que las grandes personas que encontramos en la vida tienen un ciclo de esplendor que luego comienza a declinar hasta que se apaga. Es natural que las personas virtuosas en cualquier arte o ciencia, con el tiempo vengan a menos y tengan que aprender el duro arte de dejar y de perder. Muy pronto en la vida entendemos que lo mejor de nosotros se acaba, y que «todo mundo sirve primero el vino mejor, y cuando los invitados ya han bebido bastante, se sirve el corriente». Por eso es mucho más fácil emprender nuevas aventuras que permanecer fieles a nuestra propia historia. Es más fácil cuidar de un niño que de un anciano. El niño está lleno de promesas, lo mejor aún está por llegar; pero de nuestra vejez raramente esperamos algo mejor. La vida y el tiempo se llevan muchas cosas y sólo nos traen a cambio el vino corriente de los buenos recuerdos. Por fortuna muchas veces anda por allí la felicidad, agazapada, escondida, como una niña pequeña, para enseñarnos la alegría del vino corriente, de las cosas simples, de lo de cada día. Y así, bien o mal llevamos a término la fiesta de la vida.
Pero cuando Dios arma la fiesta, las cosas no son así. Cuentan los santos Padres del desierto que en una ocasión Dios le envió un ángel a un santo abad para que le hablara de un flautista que tenía deseos de santidad muy parecidos a los suyos. Se trataba de un hombre que en su juventud había sido muy malo, deshonesto y ruin, y entregado a una vida disoluta. Un buen día comprendió ese hombre que había hecho mucho daño y decidió apartarse de su mal camino. Se dedicó entonces durante varios años a recorrer los bosques tocando su flauta como para devolver al mundo algo de la armonía que con sus malas acciones le había robado. Hasta que se encontró con el monjecito. El santo abad quiso entonces saber cuáles eran las obras buenas que adornaban el alma de aquel hombre, pero él solo recordaba haber salvado a una monja de las manos de unos ladrones y haber pagado alguna deuda de un pobre matrimonio que estaba a punto de ir a la cárcel por no poder pagar. El monjecito reconoció que este loco flautista, a pesar de todo, había sido instrumento de la providencia divina, pero le pareció demasiado poco lo que había logrado en todos esos años y lo exhortó a seguir a Cristo en la vida del monasterio. El hombre, que tenía sus flautas en la mano, las tiró al instante, y transformando su armonía musical en melodía espiritual, siguió al padre al desierto. Tras practicar duras penitencias por tres años con todas sus fuerzas, esmerándose en ocupar todo el tiempo restante en elevar himnos y oraciones, un buen día emprendió finalmente su camino hacia el cielo, y descansó en paz uniéndose al coro de los santos y de los ángeles. Pues bien, de esto aprendió el santo monje que en las cosas de la gracia siempre se puede ir más lejos, siempre se puede mejorar. Que Dios no hace rebajas ni descuentos, y no se conforma con lo que hay. Dios nunca ofrece un vino corriente después del buen vino.
Personalmente, lo que siempre me ha sorprendido del milagro de Caná tiene que ver con el tiempo. Un buen vino no se produce en pocas horas. Se requieren años desde el cultivo de la vid hasta la maduración del caldo. Y en un instante, Jesús transformó el agua en muy buen vino para una boda en la que ya no había con qué alegrarse. Lo peligroso aquí es no notar la procedencia. Muchas vidas perdidas no encuentran acogida cuando buscan una posada para encontrarse a sí mismas. Y a veces cuando alguien quiere cambiar de vida no encuentra nadie que le crea. Estamos tan acostumbrados a que lo que sigue es siempre peor, es siempre vino corriente, que nos cuesta creer que en poco tiempo Dios nos ofrezca buen vino donde antes sólo hubo lágrimas y fatigas. Pero las cosas de Dios no acaban igual que las de los hombres. Su gracia crece en nosotros y transforma, a veces incluso en un instante, lo que todos nuestros años no alcanzan con sus propias fuerzas. Las cosas de Dios tienen un vino mejor reservado para el final. Lo importante es saberlo gustar. Saber estar atentos porque Dios puede actuar. Con toda verdad una Maestra espiritual dijo que el amor a Dios es como un fuego que un hombre enciende, al inicio le hará llorar el humo, pero una vez encendido le dará claridad, luz y calor siempre más grandes. 

miércoles, 6 de enero de 2016

"Vidimus enim stellam eius in oriente et venimus adorare eum"

In Epiphania DNJC

Miró Dios nuestra tierra. Vio cuanto había creado. Y no todo era bueno. Eligió un pesebre y hoy brilla el pesebre. Brilla porque la Virgen Madre, la Virgen prudentísima, lo enciende como lámpara con el aceite de la caridad. El pesebre tiene aceite virginal de amor y arde porque en él reposa el gran fuego del cielo, el esposo que llega a la mitad de la noche. Belén es un cielo, y el pesebre un astro que enamora la mirada de Dios Padre. Dios, que siempre había recorrido las oscuras noches de los hombres, buscando su corazón, hoy tiene una luminaria en la noche del mundo. El pesebre es su estrella, su gran lámpara de bodas. Y unos Magos miran al cielo. Y en su profunda negra noche descubren una estrella, reflejo pálido en el cielo de la estrella que Dios mira en el suelo.
Dios, cuando hizo el mundo, había puesto en su firmamento el sol y la luna para separar el día de la noche y para que sirvieran de señal de las estaciones, días y años. Y luego hizo las estrellas para que alumbraran sobre la tierra. Así separó la luz de las tinieblas. También en la noche santa de su manifestación, Dios puso su sol ya no en el cielo, sino sobre la tierra para separar una vez más la luz de nuestras tinieblas. Porque nuestra tierra está entenebrecida de muerte. Muerte que humedece nuestros caminos de sangres, llantos y sudores. Así mojándose, la tierra se oscurece. Pero cuando Dios la baña de luz y de lluvia, todo reverdece.
Pues bien, los Magos vieron surgir la estrella del Niño y fueron de prisa a adorarlo. Pero al llegar a Jerusalén, el brillo de una ciudad mundana les ocultó la estrella. Entonces el tirano llamó en secreto a los Magos para que le hablaran de la estrella y los mandó a Belén a buscar al Niño, como le habían indicado  los sacerdotes y escribas que conocían bien las profecías. Un gran pecado ensombreció el alma del tirano, pues sabiendo guiar a los sabios hacia Dios, comenzó a destruir la vida de muchos infantes. Destruyó sus vidas con la misma insensatez de quien quiere mudar las estrellas, desviarlas de su trayectoria.
Y es que tal vez las estrellas están en el cielo para mostrar que nuestras vidas son caminos de esperanza que se ocultan de día y Dios las reenciende en la noche. Tal vez Dios puso en su cielo millones de estrellas que nuestros ojos poco notan para recordarnos en las noches que el cielo no nos olvida. Que cada hombre tiene una trayectoria en el pensamiento de Dios, pues Dios no deja de pensarnos. Pero nosotros muchas veces queremos detener la trayectoria que Dios ha fijado a los hombres, no dejándoles nacer, arruinándoles la vida, impidiendo sus caminos, cegándoles el paso, derribándolos con proyectiles de muerte.
Una estrella anunció fiestas nuevas, estaciones, días, años. Una estrella anunció nuevo verdor en nuestra seca paja. Esta estrella es el reflejo de Dios hecho hombre, de un Dios que llora, sangra, suda en la tierra por salvar al hombre de sus dolores, maldades y fatigas. Abre los ojos y mira, mira las estrellas del cielo.  Y no olvides que el fuego de la gracia Dios lo ha puesto hoy en el suelo, para incendiar constelaciones de estrellas con los corazones de todos los cristianos. Abre pues los ojos porque el fuego de Dios hoy camina contigo. La estrella de Belén brilla hoy en el corazón de cada cristiano y se hace camino hacia Dios. Síguela con nuevos ojos, con nueva esperanza.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Puer natus est nobis et filius datus est nobis

In Nativitate Domini
Prima Missa ad nocte

Esta noche el llanto de un niño estremece la tierra. Las entrañas de la tierra se resquebrajan. Porque un niño llora y su llanto las despierta. Ese llanto llega a la tumba de Adán, el lejano padre del linaje humano. La tumba se quebranta y el alma del antiguo padre se agita inquieta. Adán sabe de llantos porque fue el primero que lloró. Y sin embargo, el llanto que escucha es nuevo y hace temblar su alma. Ese llanto es música del cielo. Desde la región de los muertos Adán escucha al Niño que ha nacido.
Las pequeñas manos del Niño apenas si aferran los dedos de José, el carpintero. Son manos en que aún no cabe el clavo de la crueldad humana, pero cabe ya en ellas todo el amor y la misericordia de Dios. La Virgen incontaminada y prudente besa ahora con labios puros el rostro que un día será besado por labios traidores. Y alimenta con su vida al que un día nuestra maldad hará beber hiel y vinagre. Allí en Belén llora el que morirá en la cruz. Llora el amor. Ese llanto es medicina para nuestros siglos de dolores.
Y el Niño ríe, y su risa embriaga los cielos, hace una efervescencia de estrellas, enciende el gozo de los ángeles. Nunca la risa de uno de los hijos de Adán había alegrado tanto el cielo como lo hace la risa de este Niño. Y Adán llora conmovido porque al fin uno de sus hijos ríe con verdadera felicidad, con felicidad de cielo, con felicidad divina. Llora porque le sonríe desde la cuna, con sonrisa de tierno Niño, el que llorará por él en la cruz.
Esta noche santa es noche de llanto y de risa, noche de dolor y de amor. Y todos los sueños y anhelos de los hombres ya se cumplen porque Dios se ha dejado vencer por su amor hacia los hijos de Adán. Dios había deseado tanto esta noche.
Un nuevo paraíso es el pesebre. Un nuevo río de llanto lo riega y muy pronto hará reverdecer la seca paja. Un río de llanto nuevo llega hasta el corazón marchito de Adán. Un nuevo paraíso es el pesebre. Y el misterioso árbol de la vida se levanta risueño en él, jugando a hacerle cosquillas al cielo. El Niño es el nuevo árbol de la vida, adornado con perlas de sangre y luces de sudor y fatiga, frutos hermosos a la vista y agradables para nutrirse de ellos. Adán lo contempla desde la muerte y eleva una súplica. Adán reza: «Por el misterio de tu encarnación, por tu nacimiento y por tu infancia, por toda tu vida consagrada al Padre. Por tus trabajos y tus fatigas, por tu predicación y por tus largas horas de camino, por toda tu vida entregada a la salvación de los pecadores. Por tu agonía y tu pasión, por tu cruz y tu desamparo, por tus angustias, por tu muerte y tu sepultura. Por tu santa resurrección y tu admirable ascensión, por el don del Espíritu Santo, por tu triunfo eterno y tu gloria, sálvanos, dulce Niño de nuestros pecados»

domingo, 6 de diciembre de 2015

«Parate viam Domini, rectas facite semitas eius»

Dominica II adventus

 

Hay hormigas que cortan hojas que les sirven de alimento y de sustrato para cultivar hongos con los que se nutren y nutren a sus pupas. Para ello, deben evitar a toda costa el cortar hojas que hagan daño al hongo de que se alimentan. Así, el trabajo de cortar hojas se vuelve sorprendente. Algunas hormigas marchan solitarias y con las antenas caídas en busca de alimento, y mientras exploran el terreno van dejando un rastro oloroso que luego servirá para recordar mejor el camino de regreso al hormiguero. Si la expedición tuvo éxito, otras hormigas seguirán el mismo sendero, frenéticas y presurosas en una loca carrera por llevar cuanto se requiera al nido.

Pero un camino de hormigas no es nada sencillo. Está lleno de sorpresas, tropiezos, choques. Las hormigas podrían hacer caminos muy anchos, para librarse de los problemas de tránsito, pero un camino cuanto más ancho sea es más difícil de mantener. En los lugares donde caen hojas, basura o escobas, un camino ancho es muy mala inversión. Y si es en el pasto, no hay que olvidar que el pasto siempre vuelve a crecer. Cuanto más ancho sea el camino, más se batalla cortando el pasto que crece de nuevo y dificulta la marcha de esas cargadoras exageradas. Por ello, el camino ha de ser angosto, estrecho.


Y no todas las hormigas son iguales. Por eso se requiere una suerte de organización desordenada. Es decir, las más pequeñas se quedan en casa, a cuidar hongos, las medianas se encargan de la defensa, las grandes cortan hojas y las grandulonas mantienen limpio el camino. Pero no todas las cortadoras son igual de fortachonas. Unas aguantan cargas mucho mayores que su propio tamaño, y otras son muy lentas en cargar un trocito pequeño. Estas diferencias provocan choques constantes y roces que sirven para reforzar el olor del camino, pues aunque las hormigas pueden recordar el paisaje que han visto, cuando van cargadas no miran tanto el paisaje como la carga y por eso requieren guiarse por el olor. Pues bien, un camino sin choques no tendría aroma de camino. Y sin aroma tendrían que transportar sólo muy pequeñas cargas que no les impidan la visibilidad.

Las hormigas son muy limpias. Saben que si las hojas que almacenan se pudren, puede contaminarse todo su alimento. Por eso, si algo se echa a perder, las hormigas más viejas lo llevan a un basurero y lo mueven constantemente para facilitar la descomposición. Así las hormiguitas más pequeñas, las responsables de cultivar los hongos, no entrarán en contacto con la basura. Preparar el camino del Señor también significa tirar lo que nos hace daño, lo que nos envenena. Como las hormigas cortadoras ancianas que amontonan todo lo que contamina su alimento, y luego remueven todo para que se descomponga, así nosotros hemos de abajar las montañas de odio, de rencor, de envidia, de vicio y de todo pecado.

Pues bien, el Señor nos manda prepararle un camino, hacer rectos sus senderos. Pero al prepararle el camino al Señor, no hagamos un camino ancho, porque estrecha es la puerta que conduce a la vida. Más bien caminemos por el camino estrecho de la piedad y de la devoción.

Queridos amigos, queridas amigas: hay un misterio más en las hormigas. La reina suele llevar en su boca pequeños pedacitos de hojas que también sirven de sustrato al hongo del que se nutren todas. Así lleva su propio cultivo en la boca, como Cristo nuestro Maestro que tiene en su boca palabras de vida eterna. Preguntemos pues a Cristo: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna». Y él nos responderá «Vayan a los caminos y a todos los que encuentren convóquenlos al banquete de mi Reino».

La Escritura dice que cuando los Magos fueron a buscar a Jesús, al gran rey que había nacido en Belén, lo hicieron porque vieron su estrella en Oriente y fueron a adorarlo. Lo buscaron en Jerusalén, y preguntaron por él diciendo «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?» Luego vieron de nuevo la estrella y se alegraron mucho. Los pastores, en cambio, los humildes pastores, recibieron el anuncio de un ángel y oyeron la milicia angelical cantar la gloria de Dios. Con todo, ningún ángel los guió hasta el Niño. Seguramente en su camino no miraban al cielo, sino que preguntaron de puerta en puerta, de ventana en ventana por el prodigioso Niño. El ángel les habló de un salvador que había nacido, pero no les dio más signo que una madre envolviendo en pañales al pequeño. Eso en realidad no es un signo de nada, todas las mamás envuelven a los niños en pañales. Los pastores, pues, no buscaron el signo del Niño en el cielo, sino en los rostros de todos aquellos con quienes chocaron y tropezaron en el camino, encontrándose unos con otros. Pues bien, los pastores, como hormigas buscaron entre la paja el alimento que sostiene la vida. Todos tenemos en nuestras casas, en nuestras calles, en nuestros talleres alguien que choca con nosotros, alguien que nos calumnia para explicar su propio malestar interior, alguien que no comprendemos o que no nos comprende, alguien que a pesar de ser fuerte carga con muy poco o alguien muy débil que quiere cargar con todo. Todos esos choques hacen lento el tránsito por el camino que hemos preparado al Señor, pero le dan un olor inconfundible, el olor de la compasión y de la misericordia, el olor de camino.