Por eso Cristo, el Señor, para
darnos la vida verdadera, la vida que no conoce la preocupación de la muerte,
quiso subir a la cruz, con su frente poblada de espinas. La tierra se oscureció bajo una
sombra de espinos porque Dios se puso a los pies del hombre para que el hombre
alcanzara el cielo. Y en esa densa nube de crimen y maldad sólo Cristo podía
ver lo que nadie veía. Él era nuestra tierra buena, la tierra inocente de la
que fuimos formados. Y él quiso sembrarnos de nuevo, ahora en su inocencia. En
la frente de Cristo estábamos nosotros sembrados, abrojos enormes que lo oscurecían
todo con la sombra de sus espinas. Hasta que lo ahogamos en la muerte. Pero él
nos veía, y amó a cada uno de nosotros y por cada uno de nosotros se ofreció al
Padre eterno para que a cada uno se le perdonaran sus pecados y recibiera la
gracia. Con toda verdad un Maestro enseña que él «murió por cada uno como si cada
uno estuviera solo en el mundo. Y no sólo esto, sino que en la cruz vio cada
uno de nuestros pecados, cómo los cometíamos, los vio entonces, antes de que
sucedieran, de la misma manera como los ve ahora cuando suceden. Esto afligió
de un modo indecible su Sagrado Corazón, y rezó al Padre, y suplicó por cada
uno para que, a cada uno, se le perdonaran los pecados». En la profunda sombra de
nuestra muerte él nos vio, él nos amó, él pensó en nosotros. Y mientras,
nuestros clavos, espinas, y lanza se hundían en su carne como raíces voraces
ansiosas de alimento. Y la sangre de su carne inmaculada nos lavaba de la
toxicidad del pecado, transformándonos de abrojos en cruces de vida eterna.
Porque el hombre hecho abrojo se convierte en cruz cuando la sangre de la
gracia lo transforma.viernes, 25 de marzo de 2016
"Spinas et tribulos germinabit tibi"
Por eso Cristo, el Señor, para
darnos la vida verdadera, la vida que no conoce la preocupación de la muerte,
quiso subir a la cruz, con su frente poblada de espinas. La tierra se oscureció bajo una
sombra de espinos porque Dios se puso a los pies del hombre para que el hombre
alcanzara el cielo. Y en esa densa nube de crimen y maldad sólo Cristo podía
ver lo que nadie veía. Él era nuestra tierra buena, la tierra inocente de la
que fuimos formados. Y él quiso sembrarnos de nuevo, ahora en su inocencia. En
la frente de Cristo estábamos nosotros sembrados, abrojos enormes que lo oscurecían
todo con la sombra de sus espinas. Hasta que lo ahogamos en la muerte. Pero él
nos veía, y amó a cada uno de nosotros y por cada uno de nosotros se ofreció al
Padre eterno para que a cada uno se le perdonaran sus pecados y recibiera la
gracia. Con toda verdad un Maestro enseña que él «murió por cada uno como si cada
uno estuviera solo en el mundo. Y no sólo esto, sino que en la cruz vio cada
uno de nuestros pecados, cómo los cometíamos, los vio entonces, antes de que
sucedieran, de la misma manera como los ve ahora cuando suceden. Esto afligió
de un modo indecible su Sagrado Corazón, y rezó al Padre, y suplicó por cada
uno para que, a cada uno, se le perdonaran los pecados». En la profunda sombra de
nuestra muerte él nos vio, él nos amó, él pensó en nosotros. Y mientras,
nuestros clavos, espinas, y lanza se hundían en su carne como raíces voraces
ansiosas de alimento. Y la sangre de su carne inmaculada nos lavaba de la
toxicidad del pecado, transformándonos de abrojos en cruces de vida eterna.
Porque el hombre hecho abrojo se convierte en cruz cuando la sangre de la
gracia lo transforma.jueves, 24 de marzo de 2016
"Qui lotus est, non indiget nisi ut pedes lavet, sed est mundus totus"
Con toda verdad un Maestro enseña
que él no es como uno que vive entre los hombres y sin embargo se recoge las
vestiduras para no manchárselas, apartándose y diciendo: «No
me toquen, porque yo estoy limpio». Él, que estaba limpio, él que es la cabeza y las manos con
que Dios obra todo en todos, no necesitaba lavar más que a nosotros que somos sus pies, manchados por
la mugre del pecado, heridos por la tentación, lastimados por el odio. No, él
no despreció lavar los pies de su Iglesia, sino que tomó una toalla, se la ciñó
como se ciñe un vestido, y con ella secó los pies que lavó de sus amigos. «No,
él marcha decididamente con el pecador y con el traidor, con el cobarde y con
el fanático, porque ellos son realmente sus amigos». En la toalla que lo ceñía
estaba toda su entrañable misericordia que seca lo que su muerte lavó.domingo, 13 de marzo de 2016
"Magister, hæc mulier manifesto deprehensa est in adulterio"
Dios hizo
al corazón humano para que le amara y hallara su felicidad en la infinitud de
su amor. Y cuando nos apartamos de su amor por la desobediencia del pecado, el
corazón siguió amando su misterio. La necesidad de Dios nunca desaparece.
Incluso quienes no creen en él, de algún modo lo aman cuando anhelan una
felicidad, una belleza, y un amor, que sólo se encuentra de modo infinito en él.
Con toda verdad un Maestro enseña que del mismo modo que si alguien negara la
existencia del agua, de todos modos sentiría sed, así quienes niegan a Dios
igualmente lo anhelan y tienen sed de él.domingo, 17 de enero de 2016
"Tu servasti bonum vinum usque adhuc"
Personalmente, lo que
siempre me ha sorprendido del milagro de Caná tiene que ver con el tiempo. Un
buen vino no se produce en pocas horas. Se requieren años desde el cultivo de
la vid hasta la maduración del caldo. Y en un instante, Jesús transformó el
agua en muy buen vino para una boda en la que ya no había con qué alegrarse. Lo
peligroso aquí es no notar la procedencia. Muchas vidas perdidas no encuentran
acogida cuando buscan una posada para encontrarse a sí mismas. Y a veces cuando
alguien quiere cambiar de vida no encuentra nadie que le crea. Estamos tan
acostumbrados a que lo que sigue es siempre peor, es siempre vino corriente,
que nos cuesta creer que en poco tiempo Dios nos ofrezca buen vino donde antes
sólo hubo lágrimas y fatigas. Pero las cosas de Dios no acaban igual que las de
los hombres. Su gracia crece en nosotros y transforma, a veces incluso en un
instante, lo que todos nuestros años no alcanzan con sus propias fuerzas. Las
cosas de Dios tienen un vino mejor reservado para el final. Lo importante es
saberlo gustar. Saber estar atentos porque Dios puede actuar. Con toda verdad
una Maestra espiritual dijo que el amor a Dios es como un fuego que un hombre
enciende, al inicio le hará llorar el humo, pero una vez encendido le dará
claridad, luz y calor siempre más grandes. miércoles, 6 de enero de 2016
"Vidimus enim stellam eius in oriente et venimus adorare eum"
viernes, 25 de diciembre de 2015
Puer natus est nobis et filius datus est nobis
Un nuevo paraíso es el pesebre. Un nuevo río de llanto
lo riega y muy pronto hará reverdecer la seca paja. Un río de llanto nuevo
llega hasta el corazón marchito de Adán. Un nuevo paraíso es el pesebre. Y el
misterioso árbol de la vida se levanta risueño en él, jugando a hacerle
cosquillas al cielo. El Niño es el nuevo árbol de la vida, adornado con perlas
de sangre y luces de sudor y fatiga, frutos hermosos a la vista y agradables
para nutrirse de ellos. Adán lo contempla desde la muerte y eleva una
súplica. Adán reza: «Por el misterio de tu encarnación, por tu nacimiento y
por tu infancia, por toda tu vida consagrada al Padre. Por tus trabajos y tus
fatigas, por tu predicación y por tus largas horas de camino, por toda tu vida entregada
a la salvación de los pecadores. Por tu agonía y tu pasión, por tu cruz y tu
desamparo, por tus angustias, por tu muerte y tu sepultura. Por tu santa
resurrección y tu admirable ascensión, por el don del Espíritu Santo, por tu
triunfo eterno y tu gloria, sálvanos, dulce Niño de nuestros pecados»domingo, 6 de diciembre de 2015
«Parate viam Domini, rectas facite semitas eius»
Dominica II adventus
Hay hormigas que cortan hojas que les sirven de alimento y de sustrato para cultivar hongos con los que se nutren y nutren a sus pupas. Para ello, deben evitar a toda costa el cortar hojas que hagan daño al hongo de que se alimentan. Así, el trabajo de cortar hojas se vuelve sorprendente. Algunas hormigas marchan solitarias y con las antenas caídas en busca de alimento, y mientras exploran el terreno van dejando un rastro oloroso que luego servirá para recordar mejor el camino de regreso al hormiguero. Si la expedición tuvo éxito, otras hormigas seguirán el mismo sendero, frenéticas y presurosas en una loca carrera por llevar cuanto se requiera al nido.
Pero un camino de hormigas no es nada sencillo. Está lleno de sorpresas, tropiezos, choques. Las hormigas podrían hacer caminos muy anchos, para librarse de los problemas de tránsito, pero un camino cuanto más ancho sea es más difícil de mantener. En los lugares donde caen hojas, basura o escobas, un camino ancho es muy mala inversión. Y si es en el pasto, no hay que olvidar que el pasto siempre vuelve a crecer. Cuanto más ancho sea el camino, más se batalla cortando el pasto que crece de nuevo y dificulta la marcha de esas cargadoras exageradas. Por ello, el camino ha de ser angosto, estrecho.
Y no todas las hormigas son iguales. Por eso se requiere una suerte de organización desordenada. Es decir, las más pequeñas se quedan en casa, a cuidar hongos, las medianas se encargan de la defensa, las grandes cortan hojas y las grandulonas mantienen limpio el camino. Pero no todas las cortadoras son igual de fortachonas. Unas aguantan cargas mucho mayores que su propio tamaño, y otras son muy lentas en cargar un trocito pequeño. Estas diferencias provocan choques constantes y roces que sirven para reforzar el olor del camino, pues aunque las hormigas pueden recordar el paisaje que han visto, cuando van cargadas no miran tanto el paisaje como la carga y por eso requieren guiarse por el olor. Pues bien, un camino sin choques no tendría aroma de camino. Y sin aroma tendrían que transportar sólo muy pequeñas cargas que no les impidan la visibilidad.
Las hormigas son muy limpias. Saben que si las hojas que almacenan se pudren, puede contaminarse todo su alimento. Por eso, si algo se echa a perder, las hormigas más viejas lo llevan a un basurero y lo mueven constantemente para facilitar la descomposición. Así las hormiguitas más pequeñas, las responsables de cultivar los hongos, no entrarán en contacto con la basura. Preparar el camino del Señor también significa tirar lo que nos hace daño, lo que nos envenena. Como las hormigas cortadoras ancianas que amontonan todo lo que contamina su alimento, y luego remueven todo para que se descomponga, así nosotros hemos de abajar las montañas de odio, de rencor, de envidia, de vicio y de todo pecado.
Pues bien, el Señor nos manda prepararle un camino, hacer rectos sus senderos. Pero al prepararle el camino al Señor, no hagamos un camino ancho, porque estrecha es la puerta que conduce a la vida. Más bien caminemos por el camino estrecho de la piedad y de la devoción.
Queridos amigos, queridas amigas: hay un misterio más en las hormigas. La reina suele llevar en su boca pequeños pedacitos de hojas que también sirven de sustrato al hongo del que se nutren todas. Así lleva su propio cultivo en la boca, como Cristo nuestro Maestro que tiene en su boca palabras de vida eterna. Preguntemos pues a Cristo: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna». Y él nos responderá «Vayan a los caminos y a todos los que encuentren convóquenlos al banquete de mi Reino».
La Escritura dice que cuando los Magos fueron a buscar a Jesús, al gran rey que había nacido en Belén, lo hicieron porque vieron su estrella en Oriente y fueron a adorarlo. Lo buscaron en Jerusalén, y preguntaron por él diciendo «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?» Luego vieron de nuevo la estrella y se alegraron mucho. Los pastores, en cambio, los humildes pastores, recibieron el anuncio de un ángel y oyeron la milicia angelical cantar la gloria de Dios. Con todo, ningún ángel los guió hasta el Niño. Seguramente en su camino no miraban al cielo, sino que preguntaron de puerta en puerta, de ventana en ventana por el prodigioso Niño. El ángel les habló de un salvador que había nacido, pero no les dio más signo que una madre envolviendo en pañales al pequeño. Eso en realidad no es un signo de nada, todas las mamás envuelven a los niños en pañales. Los pastores, pues, no buscaron el signo del Niño en el cielo, sino en los rostros de todos aquellos con quienes chocaron y tropezaron en el camino, encontrándose unos con otros. Pues bien, los pastores, como hormigas buscaron entre la paja el alimento que sostiene la vida. Todos tenemos en nuestras casas, en nuestras calles, en nuestros talleres alguien que choca con nosotros, alguien que nos calumnia para explicar su propio malestar interior, alguien que no comprendemos o que no nos comprende, alguien que a pesar de ser fuerte carga con muy poco o alguien muy débil que quiere cargar con todo. Todos esos choques hacen lento el tránsito por el camino que hemos preparado al Señor, pero le dan un olor inconfundible, el olor de la compasión y de la misericordia, el olor de camino.


